Albergues del Libertador en Colombia

Banco de la República

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Casa del Marqués de Valdehoyos
Cartagena, Bolívar.

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Texto de: Nicolás del Castillo Mathieu.

Bolívar está en Cartagena el 1º. de julio de 1830‘(1) cuando recibe la terrible noticia de la muerte de Sucre, que lo estremece y destruye quizá más que la abeja de la tisis que colma ya el panal de sus pulmones. El General Posada Gutiérrez refiere que la infausta nueva le llegó cuando se encontraba en el Pie de la Popa y, en efecto, existe una carta redactada por el Libertador en el simpático barrio cartagenero entonces sedes de pequeñas fincas de recreo – el 29 de junio de ese año.

Bolívar ya no era el mismo: sus amigos lo encuentran flaco, ojeroso y cansado. Pero a pesar de ello la chispa de la ambición ardía aún en su alma. ¿Había desistido, en realidad, de dirigir el país que había liberado y creado y renunciado, en verdad, a la justa satisfacción que proporciona el ejercito del mando y a la compañía de la mujer amada?… ¿Anhelaba únicamente recuperar la paz y la salud? ¿Era cierto que solo en busca de ellas había descendido el Río Magdalena, en fatigosas jornadas, con el‘ánimo de abandonar a Colombia?.

Cuando el Libertador entra al recinto amurallado se aloja en una amplia y ventilada mansión de balcones corridos, patio con aljibe, portón claveteado y balaustradas en abanico, fielmente restaurada en 1974, y considerada hoy como una de las más bellas, si no la más bella casa de Cartagena. La construyó, según parece, el primer Marqués de Valdehoyos, rico mercader y negrero y luego debió ampliarla y ennoblecerla su viuda, que continuó trayendo de las antillas inglesas y holandesas, especialmente de Jamaica y Curazao, esclavos y mercancías. El negocio no era entonces, hacia 1763, importar africanos sino harina, siempre escasa y codiciada, y para estimular la traída de negros, más necesario que la blanca flor, los Virreyes permitieron agregar dos sacos de harina por cada esclavo. Pero la astuta y desfachatada Marquesa, más intrépida que su marido, introducía por el puerto –no sabemos cómo, aunque sí lo sospechamos- diez sacos de harina por cada etíope, lo que ocasionó la protesta de los agricultores de la Sabana de Bogotá…

Muerta la Marquesa y muerto su hijo, el segundo Marqués, en Bolivia, la casona quedó sin herederos aparentes y el general venezolano Mariano Montilla, quien dirigía las tropas que liberaron definitivamente a Cartagena del dominio español en 1821, gracias a la brillante tarea cumplida en la bahía por el Almirante José Padilla, se la hizo adjudicar, así como parte de las extensas tierras del latifundio de “Aguas Vivas” –que hoy –divididas y subdivididas- todavía guardan suficiente amplitud como para albergar una ganadería de reses bravas… Montilla se lleva a Bolívar a su fastuosa mansión de la Calle de la Factoría y allí debió evocar el Libertador los tristes quejidos de los esclavos hacinados en el traspatio de la casa y el olor aséptico de la harina almacenada en el seco polvoriento entresuelo.

Vino Bolívar a Cartagena –según manifestaba públicamente- con el ánimo de tomar un barco que lo llevara a Jamaica y después a Europa, pero a Flóres le escribe desde allí que quiere ir a Venezuela y a otros les dice que se dirigirá a Ocaña, a Bucaramanga y, tal vez, a Bogotá. La terrible enfermedad la impedirá cumplir estos propósitos: En busca de mejores aires va nuevamente al Pié de la Popa y se aloja en una casita de palma y bahareque que, según supone el historiador Eduardo Lemaitre, debió ocupar el lugar de la que conoció con el nombre de “María Carolina” y que pertenecía a un súbdito inglés, de apellido Kingseller. De allí partirá, pasando por Soledad y Barranquilla, hacia Santa Marta, para cumplir su cita con la muerte…

(1) La presencia de Bolívar en Cartagena se documenta desde el 24 de junio de 1830 hasta, el 29 de septiembre del mismo año.

 

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