Albergues del Libertador en Colombia

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Quinta de Bolívar
Bogotá, Cundinamarca.

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Texto: Alberto Miramón.

La quinta bogotana que sobre todas tuvo la fortuna de pasar a la posteridad con el nombre inmortal del héroe, fue construída a principios del siglo XIX por don José Antonio Portocarrero, acaudalado comerciante, con el designio - dicen las crónicas - de dar una fiesta en el día del cumpleaños de doña Francisca Villanova, esposa del señor Virrey don Antonio Amar.

El 16 de julio de 1820, hallándose el Libertador en el Norte el Vicepresidente Francisco de Paula Santander la adquirió a nombre del Gobierno Granadino por la suma de $2.000.oo para obsequiársela al Libertador. Este la habitó en todo el mes de enero de 1821 durante su permanencia en Bogotá y a fines de octubre cuando pasó por ella antes de partir para el Sur. Cinco años más tarde, el 14 de noviembre de 1826, de regreso del Perú, volvió a instalarse en ella, y lo mismo ocurrió al año siguiente cuando tornó de Venezuela.

Tras los sucesos de la noche septembrina refugió en ella su tribulación. Y volvió a habitarla el 15 de enero de 1830, cuando tornó a la capital, aunque solo transitoriamente ya que el 28 de ese mismo mes hizo donación por escritura pública de ella a su grande amigo don José Ignacio París.

Sintiéndose muy débil, el 2 de marzo de 1830 dejó encargado de la Presidencia de Colombia al general Domingo Caicedo. Se retiró un tiempo a la finca que este tenía a orillas del río Fucha pero vuelto a la capital, ocupó el Palacio de San Carlos por un mes; pasó unos días en la quinta y finalmente se aposentó en la casa de su amigo el general Pedro Alcántara Herrán antes de partir definitivamente de la capital.

En la parte norte de aquella corriente (riachuelo del Boquerón), o sea en las inmediaciones de donde esta brota de la garganta de la montaña, el presidente Bolívar posee una casa de campo de hermosa construcción, dotada de suficientes habitaciones para alojamiento de su comitiva. Un gracioso arroyuelo, que es una vena derivada de las aguas del río abastece la casa para los requerimientos del consumo doméstico; y al atravesar el espacio trasero ocupado por los departamentos situados en el lado septentrional, llena los depósitos y piletas de una confortable casa de baño. La morada tiene un salón, una sala, un desahogado comedor y un saloncito privado. Hacia el fondo se alza una capilla, provista de su altar; y hay varios aposentos, a continuación unos de otros, en uno de los cuerpos. Está rodeada por un jardín que, aunque no muy anchuroso, resulta suficiente para el agrado de una familia que desee llevar allí una vida retirada, y abunda en todas aquellas curiosas plantas y arbustos susceptibles de florecer en semejante clima. Esta residencia, situada en posición dominante sobre la ciudad, se encuentra solitaria, pero en buen estado de conservación; sin embargo, quizás sus visitantes no serían tan numerosos si perteneciera a un personaje menos venerado. La costumbre europea de cobrar determinada suma por la visita a monumentos y edificios permite que el guardían perciba un modesto estipendio.

WILLIAN DUANE. Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823. Caracas, Instituto Nacional de Hipódromos, Colección Venezolanista, Serie “Viajeros”, II, tomo II, 1968, pags.134-135.

 

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