Andrés de Santa María

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Prólogo


Ana María, 1896
Oleo sobre lienzo
0,57 x 0,26
Firmado y fechado
Banco de Bogotá, Bogotá.El Paso de los Andes, 1897
   Oleo sobre lienzo
   0,62 x 0,70
   Sin firma
   Colección particular, Bogotá.El Arreglo del Bebé, 1904
Oleo sobre lienzo 1,58 x 1,30 Firmado abajo a la derecha: A. de Santa María Colección particular, Bélgica.Playa de Macuto con Pueblecito, 1904
Oleo sobre lienzo
0,62 x 0,50
Firmado abajo a la izquierda: A. de Santa María
Colección particular, Bogotá.La Pequeña Magdalena, 1904
Oleo sobre lienzo
0,07 x 0,54
Firmado abajo a la izquierda: A. de Santa María
Colección particular, Bélgica.

 

Texto de: Frank RENEVIER

La vida y obra de Andrés de Santa María son la urdimbre de un constante ir y venir entre Europa y el trópico, entre las corrientes innovadoras de] viejo Occidente y la sensibilidad cultural, en toda su efervescencia, de América Latina.

El Maestro colombiano efectuó repetidas veces como viajero el recorrido entre aquellos dos universos que ejercen el uno sobre el otro una fascinación recíproca, y jamás dejó de hacerlo en su mente y en su desenvolvimiento como pintor.

El impulso de su pensamiento pictórico, sus asociaciones de forma y de color, y lo que constituye el fundamento de su inspiración más personal son fruto de estos constantes viajes de un mundo al otro, en cualquier período de su obra y cualquiera que sea el estilo que la caracterice. Así, por un lado, la emoción tropical le concede al lienzo su viveza cromática, la densidad casi sensual del óleo, la proliferación de rasgos y, por otro lado, la gracia europea confiere armonía a la composición y sutileza al toque del pincel y al trazo del dibujo.

Andrés de Santa María figura entre los pasajeros de aquel gran buque que, en los albores del siglo XX, transporta hacia las riberas europeas, en el sentido inverso al de Cristóbal Colón, a los hijos del descubrimiento de América.

Estos visitantes llegan con la cabeza llena de relatos de sus padres, de imágenes y sueños, y se sienten a la vez peregrinos en uno de los principales santuarios de la historia y exploradores de una deslumbrante modernidad.

A la personalidad de Santa María va unida una mezcla admirable de modestia y curiosidad, cuando el pintor descubre Londres y después París y Bruselas, en una época en que estas tres capitales rebosan de vida artística.

Andrés de Santa María siempre tomó muy en serio su trabajo de pintor y lo consideró como oficio en el cual, antes que afirmar, era necesario ver y aprender.

Sus primeras obras son las de un discípulo talentoso que refleja en su pintura los estilos y las formas pictóricas de los maestros de su época, de quienes es en muchos casos su amigo o alumno. Esto es, al menos, lo que él manifiesta. Sin embargo, al analizar de cerca sus lienzos de juventud, vemos que, lejos de ser variaciones elegantes de unos modelos, son obras de verdad. Incluso cuando el joven creador se inscribe deliberadamente dentro de una filiación, su pintura se desprende de ella. Adopta una línea de fuga ante las obras maestras que la rodean y comienza a abrir el camino de su propia expresión, con independencia y originalidad.

Al ser nombrado su padre en un puesto diplomático en Inglaterra, Andrés de Santa María, en los primeros deslumbramientos de su infancia, llega por primera vez a Europa. Partícipe de la vida oficial de sus padres, eruditos y conocedores de arte, descubre la pintura bajo su aspecto más sofisticado en los salones, las galerías y a través de sus contactos con los artistas y los críticos invitados a la embajada. En una de estas frecuentes veladas, aún adolescente, conoce a John famoso crítico inglés de aquella época, quien, asombrado por la agudeza de los comentarios del joven sobre el arte, le dará las bases para admirar la pintura, hablándole de su historia y de las grandes corrientes estéticas, durante numerosas conversaciones. Más tarde su familia se establece en Bélgica.

Allí, Santa María siente confirmada su atracción por la pintura y escoje el camino del estudio y del aprendizaje. En el taller de James Ensor en Ostende, conoce, a través de la evolución personal de su profesor, la metamorfosis progresiva del impresionismo hacia el expresionismo.

El ambiente pictórico de Bélgica en aquel entonces se inclina más bien por el naturalismo bucólico y campestre de Millet y Meunier de Groux, sin olvidar el resplandor imponente de la gran tradición flamenca cuyas obras maestras estudia Santa María en los museos de Amberes, de Brujas y de Gante.

Andrés de Santa María ya está seguro de su condición de pintor cuando su padre es nombrado Encargado de Negocios en París. El joven artista aprovecha esta circunstancia para visitar Monmartre. Allí conoce a Manet y Monet. Ellos le imprimen una nueva huella y le dan fermentos que enriquecen su naciente camino. Se encuentra en el corazón mismo del impresionismo en todo su apogeo. A lo largo de sus correrías descubre la obra de Renoir, Gauguin, Sisley, Pisarro, Cezanne. Se nutre de aquella corriente a través de sus representantes más fecundos y en su propia fuente. Algunos de sus cuadros de la primera época nos dan prueba de ello, pero no sin evidenciar un distanciamiento y una interpretación que demuestran hasta qué punto, a pesar de admirar y adherir a unos de los movimientos más creativos de la pintura moderna, su alma de colombiano y su alma de pintor persisten de consuno en expresar su independencia y su originalidad, incluso en aquellos lienzos que parecen, a primera vista, los más cercanos a aquel movimiento.

A los veintidós años se inscribe en la Escuela de Bellas Artes de París. En 1883, es decir, un año después, la pintura se vuelve su profesión. Con las "Lavanderas del Sena", obtiene su primer éxito en el Salón de los Artistas Franceses en 1887. Su producción en aquella época es considerada por los críticos como la herencia inspirada de Monticelli, parentesco que el maestro colombiano admite con gusto.

En la obra titulada "El Té", trasluce la manera pictórica de Renoir. Santa María transcribe con acierto sus influencias más significativas. Durante una de sus frecuentes estancias en Inglaterra pinta "Los Dragones de la guardia", cuadro que le permite ganar una mención en el Salón de la Sociedad Nacional de París en 1903. El Museo de Filadelfia compró esta obra poco después y aún forma parte de sus colecciones.

Luego, Andrés de Santa María regresa a Colombia donde piensa radicarse por el resto de su vida.

Su pintura da testimonio entonces de su regreso a las fuentes de inspiración colombianas, tanto en el modo como en los temas. Durante cerca de veinte años se dedica en Bogotá a profundizar su trabajo de taller. Es una actividad creadora permanente de la cual apenas se aparta para enseñar Artes Plásticas en la Escuela de Bellas Artes.

Su estancia en Colombia es interrumpida por numerosos viajes al Viejo Continente; uno especial, en 1901, para asistir a una retrospectiva de Van Gogh. Con ocasión de otra visita a París, descubre a Rouault, cuyas obras le producen enorme impresión.

La periodicidad de los retornos a Europa permiten a Andrés de Santa María no solamente mantenerse informado sobre las últimas evoluciones que caracterizan las prestigiosas escuelas europeas, sino también confrontar su inspiración creadora con las innovaciones más audaces y recibir los retos, los impulsos y los fulgores de las grandes metrópolis de la pintura mundial.

Como aquel pintor japonés, que atravesaba todo su país para adquirir colores buenos, Andrés de Santa María cruza el Atlántico para empaparse de los últimos conceptos relativos a la expresión pictórica. Sin embargo, no por ello se desvía de su vía personal, ya bien definida. En lo sucesivo los cambios no obedecerán sino a su propio genio. Sabe perfectamente cuál es el universo en que está situado, y, sólo para recorrer su propio camino, acepta el estímulo de sus contemporáneos de mayor talento. Sus lienzos expresan la fusión que se realiza entre la magia colombiana ‑expresada tanto por la luz y los paisajes del trópico como por los personajes llamativos y pintorescos de su sociedad‑ y la maestría pictórica europea que impregna totalmente al pintor. Este es el momento en que el pintor ejerce un dominio completo de su arte.

En 1904 Andrés de Santa María es nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. Durante su mandato inicia la creación de una escuela profesional de artes decorativas e industriales, con la idea de unir la enseñanza plástica y la técnica, las tendencias de vanguardia y las tradicionales. En 1905 se realiza una importante exposición de sus obras en la galería Wanamaker de Nueva

A principios de 1911 decide regresar a Europa de nuevo para residir permanentemente.

Empieza por vivir en Inglaterra, donde parte de su familia habita aún. Después vive un tiempo en Holanda, en Francia y en España, antes de regresar a Bélgica, su país de adopción. Gracias al Congo, en el reino de Leopoldo 11 se disfruta de un gran auge económico. Cuando estalla la guerra, las naciones beligerantes respetan la neutralidad de Bélgica y el país sigue gozando de una prosperidad propicia a la vida de las artes. En medio de los acontecimientos bélicos, Santa María sigue visitando París. Mantiene una gran amistad con el escultor Bourdelle. En esos días admira en la capital francesa la producción de aquellos artistas que fueron bautizados como "fauves" .

En 1915 expone en la galería Bernheim. De 1920 en adelante se multiplican las exposiciones a medida que su trabajo llega al último período de su obra, el cual se puede calificar de expresionista.

Santa María es uno de los personeros más interesantes de esta tendencia. En efecto, así como el movimiento abstracto tiene raíces en el arte primitivo africano, se puede uno preguntar si el expresionismo –escuela europea– les debe algo a ciertos pintores que, como Gauguin, han recorrido las islas del Pacífico y si este tipo de expresión pictórica tiene algún vínculo de origen con la sensibilidad específica que nace en los climas desmedidos del trópico.

Santa María ocupa en todo caso una posición privilegiada para traducir en su pintura aquel acercamiento o filiación desconcertante, y así, cuando su obra adopta el expresionismo, cuando ya no pinta prácticamente sino con espátula, tenemos la impresión de que revela por fin, en la plenitud de su obra, la visión y el cosmos hispanoamericano, aun cuando los temas no se refieran permanentemente a este universo.

Los lienzos de esta última época fueron presentados en la galería New Burlington de Londres, en el Salón de París, en Colombia en Madrid y, claro está, en toda Bélgica, culminando en Bruselas en el Museo de Bellas Artes. El crítico belga –André Ritter– le dedicó numerosos artículos e inclusive publicó un libro sobre su obra en 1937.

Hasta su deceso el 29 de abril de 1945, Andrés de Santa María sigue pintando, pero aislado de la vida social y de aquellos círculos del ambiente artístico a los cuales le había conducido su educación. Solitario en su taller, profundiza en la esencia misma de su desarrollo como pintor integral y, tal como lo define con rasgo luminoso el crítico colombiano Jorge Valencia, es la expresión de un "humanismo insular".

 

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