Arenas Betancourt

Un realista más allá del tiempo

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Memoria de la Muerte

PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.PANTANO DE VARGAS.  Bronce, concreto y acero. 1968 - 1970.LA GAITANA.  Acero y bronce. 1972 - 1974.LA GAITANA.  Acero y bronce. 1972 - 1974.LA GAITANA.  Acero y bronce. 1972 - 1974.LA GAITANA.  Acero y bronce. 1972 - 1974.LA GAITANA.  Acero y bronce. 1972 - 1974.LA GAITANA.  Acero y bronce. 1972 - 1974.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA.  Bronce y concreto.  1957 - 1964.EL DESAFÍO.  Bronce y concreto.  1978 - 1980.EL DESAFÍO.  Bronce y concreto.  1978 - 1980.EL DESAFÍO.  Bronce y concreto.  1978 - 1980.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.LA VIDA - TENTACIÓN DEL HOMBRE INFINITO.  Concreto y Bronce.  1971 - 1974.

Texto de Rodrigo Arenas Betancourt

-Hay que prepararse para morir –, dijo el médico y esbozó una sonrisa fría y rígida y, para disimular el golpe, se alejó, de espaldas, hacia su escritorio. El Condenado sintió caer sobre su corazón una densa lluvia de polvo, ceniza y olvido. Fue una descarga cósmica, súbita y silenciosa. El Condenado, cabizbajo, reducido a cero, cual una miserable pavesa en la tormenta, se dijo: "hasta aquí llegué; es hora del balance y de las cuentas y de la retrospección. ¡Qué carajo! -se dijo- antes de la vida estuvo la ceniza y antes que el amor existió la ceniza y el olvido. La ceniza parda y amarga de Dios; la ceniza de los tiempos; la ceniza de la nada. Las cenizas, antes y más allá del amor, de las mujeres y de la muerte". Y tuvo un sabor acre sobre y bajo la lengua. Columbró un extraño estremecimiento en los testículos. Sintió deseos de llorar. "Me estoy convirtiendo en mujer" -pensó. Y se tragó las lágrimas. "Las cenizas, en las cenizas. Las cenizas; no el polvo, el iracundo polvo, ya que las cenizas son el rescoldo, en alguna forma el residuo; y el polvo, el iracundo olvido, es la nada, la nada absoluta e irremediable. Yo aquí, ahora, sólo soy un montón de cenizas, de ardientes cenizas, las cenizas errantes del Condenado y voy al olvido..." -Hay que prepararse para morir–, dijo otra vez el médico; y de nuevo intentó una mueca cortante y helada y se retiró. El Condenado le contestó secamente: -Yo estoy preparado, ¡pero qué cosa tan hija de puta es aceptarlo! El Condenado se iba acomodando, una por una, sus prendas, sentado en el último peldaño de la escalerilla de mano. La luz era tierna y lechosa. Sólo que el Condenado se iba metiendo hondo, muy hondo, en sus recuerdos, en sus remotos avatares. Por ahí se fue, sin darse cuenta... Se escapó... Hasta el último confín de la vida, hasta el útero. De la tumba al útero, del útero a la tumba, -pensó. Recordó esa terrible impresión que le causó la lectura de los "Diálogos" de Leopardi, en los años juveniles, y también ese asqueroso nudo que se le hizo en la garganta releyendo la "Apología" de Sócrates, el desgraciado filósofo griego, sentado en el camastro, hablando de la dulzura de la muerte, minutos antes de tomar la cicuta. El Condenado, releyendo ese diálogo, había llorado, llorado hondamente, y pensó que el suicidio, de alguna manera, había estado dentro de sus consideraciones.

Sintió que desde los días juveniles ese presentimiento lo había asaltado, y que había tenido miedo, por largo tiempo, de consentir siquiera aquella idea. De alguna manera este sentimiento, tan caro a los románticos, lo asaltaba con frecuencia, y lo asaltaba frecuencia, y lo encontraba, además, en todas las referencias filosóficas, artísticas y literarias. Nunca lo abandonó esa terrible melancolía que le causó la lectura de "Las cuitas de Werther" en el antituberculoso de Tlalmanalco, México. Se curó en parte de todos sus males cuando, por arte de encantamiento, sobrevivió a la muerte por inmersión, en un pozo profundo, en Yucatán. Por horas flotó en ese laberinto húmedo, entre catedrales de cuarzo y aves nocturnas, fijo el pensamiento sólo en la despedida o tal vez en nada Pensaba en esa bella y remota historia del ahogado de Tabi. Según la cual en un tiempo remoto y guerrero, apareció, en el "Cenote" central de Tabi, una cabeza humana, desprendida del cuerpo, que tenía ya florecidos unos lirios morados entre la boca y en las cuencas de los ojos. Se tejieron las historias, unas bellas y otras tristes que fueron caminando de caserío en caserío, entre los mayas. La historia que más le impresionaba era aquella de que era un suicida por amor. Él Condenado flotó en ese mar negro, en ese universo en penumbra, y no supo por cuánto tiempo. Atravesó torrentes, remansos, vericuetos y largos tramos flotando en silencio, en ese río subterráneo, hasta que, después de una eternidad y centenas de millas encalló en un arenal, a muchos metros bajo la tierra, ileso, sonámbulo, alucinado y de nuevo de cara al sol. La muerte no le había llegado todavía. De ahí partió a vivir, como en el primer día que tuvo conciencia de sí.

Se dijo: -de aquí para adelante no tomaré de la vida sino lo que me sirva, y lo que me cause dolor lo desecharé, y así procedió, de manera implacable. El Condenado se había arrojado al pozo con la idea de quedar sepultado, bajo el agua, la arena, y los dioses, en aquel lugar subterráneo, bajo las ruinas y en medio del silencio de los siglos mayas. Recordó al indio oaxaqueño, enjuto y moreno, que se suicidó por la gringa de ojos azules y pubis dorado, que lo único que quería del indio era su hermosa palabra zapoteca, zigzagueante entre equis y shes y contracciones guturales. Recordó el Condenado que todos los alumnos de la Academia de San Carlos habían llorado ante su cadáver deforme y morado.

El Condenado desmenuzó con finura de relojero mental ese suicidio meticuloso de KoestIer?, por sobre ningún otro, ya que la lectura de "El cero y el infinito" había partido su vida en mil esquirlas hirientes y le había destrozado el corazón y el cerebro. Por muchos años se sintió dentro del espíritu de Rubachof, hasta el punto de querer bautizar sus memorias con el extraño y enfermo título de "El sexo y el infinito"; título, pensó, muy tropical y quizá sintomático. El pobre Condenado se vio a sí mismo como un árbol en la alta montaña, azotado por tormentas terribles, golpeado por el vendaval y la furia ciega de la adversidad. Sintió cierto consuelo al comprobar que, como el árbol, él todavía estaba ahí, acurrucado en el último peldaño de esa escalerilla de mano, anudándose los zapatos y tascando el freno de la muerte. A su mente acudió esa cara rubicunda del seminarista que gritaba, conmovido, al Cura Rector, de sotana raída: -Lo sacamos ahogado, casi que no lo revivimos; -El río se le había metido todo adentro. Se había tirado al río, el Condenado, tras de todos los demás seminaristas, sin recapacitar siquiera que no sabía nadar. Retornó a esos años en los que vivió sordo, totalmente, a causa del golpe que el maestro le dió en un oído y que repercutió en el otro al chocar contra el tablero negro. Fueron desfilando esos años de diarrea y cólico, a causa de las amibas, en México, dentro de un estado mental de depresión y angustia, que le llevó a pensar que no sobreviviría mucho tiempo. Viajó de nuevo por esos años amargos y tristes, envilecidos por la incomprensión de la mujer, y por la honda melancolía indígena de la serpiente emplumada y de los sacrificados en el ara de Huichilobos. Recordó que había sentido cierto alivio, una extraña calma, cuando el médico le dijo:– Una vez que descartemos lo que hay aquí de treponemas, es fácil porque le quemamos esos altorrelieves. Pero puede estar tranquilo; con dos inyecciones de Benzetacil lo curo. Ya no es valedera, dijo, aquella consigna alemana de que si no le temes a Dios, témele a la sífilis. En realidad el Condenado había sufrido ya todos los embates de la muerte y sobrevivido a ellos enarbolando su anhelante bandera de peregrino. Había superado los dolores en ese sanatorio miserable de Tlalmanalco, reconstruyendo sus pulmones maltrechos, descifrando la espesa caligrafía de las coníferas y soñando en su remota tierra, y en sus remotas mujeres. Sobrevivió al ataque alevoso de los sicarios gubernamentales, defendiendo susiaeas. Y así fueron pasando por su vida todos los males y. todas las enfermedades, e iban dejando costrosas cicatrices. Pero era la melancolía, esa oscura tristeza, y esa nostalgia de algo que no existe, esa saudade infernal, la que más lo atormentaba y lo hacía sufrir. Así fue a parar al otro extremo del mundo; se embarcó en aventuras suicidas; trasegó todos los textos que tuvo a la mano; interrogó todos los misterios y sólo encontró consuelo, a veces, en el arte, en los licores, y persiguiendo desconocidas, innominadas mujeres, en callejones oscuros y malolientes por todas las ciudades del mundo. El Condenado, a los 65 años de edad, sentado todavía en el último peldaño de la escalerilla de mano, se sintió como el árbol de la alta montaña, herido por el rayo. Recordó el consuelo infinito que sentía en los días de la infancia, cuando se metía bajo la falda azul de su madre y ahí se quedaba soñando, mientras ella entonaba largos y sonámbulos monólogos contra el viento. Las plantas del jardín florecían silenciosamente, y el Cerro Bravo dormía, verdinegro, bajo las nubes. La soledad y el silencio imperaban en la montaña y el Condenado veía el mundo por los ojos entornados de su madre. El Condenado sentía que el monólogo era con Dios y que contenía reclamos y reproches. -sí, doctor -dijo el condenado-. Parece fácil eso de prepararse para morir. Pero sépalo: es algo bien hijo de puta. Y el doctor anotaba cuidadosamente, un tanto tembloroso. No se daba cuenta de que había abierto en canal al Condenado de arriba a abajo. El Condenado recordó a la abuela arrodillada sobre las piedras, rezando a voz en cuello, el Viernes Santo, y llorando con los brazos extendidos como el Cristo, ese Cristo que el Condenado tanto ha reproducido. Rememoró a la abuela que no lo amaba, que no podía verlo y casi lo repudiaba. Recordó esas historias de la abuela, casi todas nocturnas, y narradas en el corredor de la casa campesina, bajo la luna, en medio de los campos florecidos. Pasaron por su mente esos caballos encadenados que viajaban, en la noche, rechinando los metales en los oídos de los pecadores. Los ataúdes que, amarrados a los matacuatros, entre guaduas, iban recorriendo los caminos, reclamando oraciones por los fieles difuntos, implorando responsos y sacrificios. Esa historia del pariente que agredió a pedradas al ataúd y que quedó sonámbulo para toda la vida, y apenas sí en condiciones de relatar aquella nefasta noche de Cuaresma. La abuela hablaba de la Llorona: esa doliente mujer que, según la oscura memoria, salía en las noches de luna, gritando agua abajo, por la quebrada, implorado tras del hijo, engendrado medrosamente bajo los árboles, y estrangulado al nacer.

El Condenado revivía esos días de la infancia, cuando oía el aire que gemía entre los árboles y la abuela sentenciaba impasible: ¡Dios mío!, ¡alguien se va a morir por aquí!; ¡protégenos Señor!, ¡ayúdanos a bien morir!; ¡socórrenos en el último trance! Sintió de nuevo el Condenado como esa enorme mariposa negra que se iba metiendo por la ventana, se le fue metiendo en el alma, fue cubriendo, inundando todo; hasta que cubrió la luz, cubrió el sol, parió la noche, la inmensa, la estrellada. El Condenado no pudo precisar si lo había soñado o si lo había vivido. No supo. El hecho fue que esa mariposa negra o esos miles, de miles, de miles de mariposas negras que habían inundado el mundo, habían salido de los labios de la abuela, o se habían salido de las manos de Dios, o habían brotado de su inmensa tristeza, de su inagotable melancolía. Sólo tenía seguro que algo le taladraba desde los remotos días de la infancia, cuando había visto sobre el dintel de la puerta una inmensa mariposa negra en el pleno mediodía, y la abuela, como siempre, había exclamado: ¡Dios mío bendito. Nos vamos a morir, nos vamos a morir sin confesión! El Condenado vio esa mariposa negra ahí contra la cal amarillenta, como una miniatura, una reducción de la noche, o una premonición de la muerte. Pero no sintió miedo. No tuvo miedo. Más bien tuvo la tentación de atravesarla con una espina de naranjo. También pensó en el pubis de la tía; en su inmensa, flotante cabellera. Pero ahora, allí, acurrucado en el último peldaño de la escalerilla de mano, la cuestión era distinta. Esa enorme mariposa negra le cerraba la garganta, le cubría el alma y se lo iba llevando lentamente como en medio de una enorme, descomunal embriaguez. El Condenado volvió sobre ese peregrinaje sonámbulo de las cenizas del poeta. Al fin cenizas, pensó, y creyó que se le paralizaba el corazón. Se dijo: ¡qué cenizas tan insistentes! Rescoldo de un incendio diabólico. Cenizas más allá del amor, de la poesía y de la muerte. Sabía que esas cenizas las tenía ahí, bajo la lengua, dentro del semen, corriendo por la sangre y se dijo: ¡malditas cenizas! Malditas cenizas de un hombre angustiado, amargado, vicioso, errante... Se dijo: ¡esas son mis cenizas, mis propias cenizas, más allá del amor, más allá de las putas y de todos sus encantos, y más allá de la muerte! Se dijo: ¿cómo es que yo también he peregrinado con estas cenizas? ¿Cómo es que yo he llorado con estas cenizas, por estas cenizas? ¡Malditas cenizas de poeta, de poeta enamorado! Y recordó cuando fue peregrinando con ellas hacia la alta montaña, en medio de la suntuosidad hipócrita de los sacerdotes y los gobernantes. En medio del sol; de las mujeres alcohólicas y ruidosas; de multitudes que olían a cadaverina; de la suntuosidad sucia y de las pompas insinceras. Se dijo el Condenado: aquí vamos con las cenizas, que no con el polvo iracundo, hacia la alta montaña, hacia la soledad absoluta y abismal... Y el Condenado volvió sobre México y sus extraños ritos: México y la muerte, y los sacrificios humanos, y al fin y al cabo el ámbito del poeta. Recordó esa mañana invernal cuando fue hasta Toluca para ver el fusilamiento del último astroso, miserable asaltante. Eran las cinco de la mañana; hacía un frío atroz, y apenas sí se veían o se distinguían las gentes y los soldados dentro del cementerio. El Condenado miraba al otro condenado, desde las rejas de la entrada. Las lágrimas le corrían calientes por el rostro y apretaba las manos hasta hacerse heridas con las uñas. Se
distinguía solo esa tenue sombra humana contra el muro. Todo lo demás era una enorme masa informe y hería un silencio astral. Hasta que alguien y sonó la descarga. El otro condenado se desplomó lentamente, de lado y a retazos. El Condenado sintió que esa descarga había sido contra su propio hecho. Por largo tiempo no pudo respirar, y sintió que estaba bañado en sangre, en sangre caliente que le chorreaba. Sólo más tarde supo que se había orinado, que se había cagado de miedo! ¡México!, ¡México de los muertos!, ¡México de la muerte!, ¡México de la Cuatlicue, la mujer con la muerte sobre el sexo!, ¡México, el ámbito del poeta, pero el poeta antioqueño, angustiado, dolorido, llagado, purulento, travestí angelical!

El Condenado vió en ese caserío miserable de las faldas del volcán: en una madrugada de Viernes Santo, un hombre que, acogotado, casi inconsciente, reposaba sobre unas tablas. Una mujer de edad incierta le suministraba algo, que el Condenado no supo de momento que era. Luego, la mujer fue soltando su retahíla, así, casi tan inconsciente, como la víctima: -Le damos su mastuerzo, para que se tranquilice - dijo. El es el que ha querido. Hizo una manda hace muchos años. El es el que ha querido ¿qué?, preguntó el Condenado. ¡El es el que ha querido crucificarse! El Condenado sintió náuseas. Sintió que se le venía por la boca todo lo que tenía adentro. Por un momento todo se le nubló. Crucificarse, pensó, y tuvo deseos de gritar: ¡Al diablo!, ¡a la chingada! con los hombres y con los crucificados. Y miró detenidamente esa piltrafa humana que sobre un sarape raído y sobre unas tablas reposaba en el suelo. Crucificarse, ¿y por qué?, le preguntó a la india. -Por amor, dijo la María. Porque le hicieron un maleficio y no se ha podido curar. Pero, ¿él sabe que se va a morir al rato?, dijo el Condenado, levantándose repentinamente. -Yo no sé, dijo la india. Unos han muerto, otros no. Sólo Taita sabe, los humanos no sabemos. El Condenado, vió que se le daba una especie de honguito chiquito, negrito, al Crucificado. Oyó que por allá lejos, en otro huacal, hablaban otros indios. Consumían seguramente mezcal, tal vez fumaban marihuana. El Peregrino se dijo, casi tartamudeando: -Yo no soy capaz de ver crucificar a este hombre. Si lo hago, me muero. Y se marchó hasta los lindes del caserío de piedra volcánica, y allá se fue hundiendo en el sopor del remordimiento y del mezcal. Arriba, el cielo estaba intensamente azul cuando despertó, y notó que estaba totalmente cubierto de moscas, invadido hasta el alma por el vómito. Le preguntó a una indiecita que recolectaba flores amarillas en el campo: ¿Dónde está el crucificado? ¿Cuál crucificado?, ¡el crucificado será vusté!, dijo la indiecita. El Condenado se fue de nuevo, sobre sus pasos de la madrugada, y solo encontró un silencio abrumador, y ni siquiera a quien preguntarle nada. Sólo el viento silbaba por las rendijas.

El Condenado se di o de nuevo: ¡México, México marginal! Y las cenizas del poeta en la alta montaña. Vió que las mujeres distribuían un brebaje parduzco. Lo hacían dentro de cierto ademán religioso o sacramental. Distribuían el brebaje tal como si se estuviera comulgando en las catacumbas o en las capillas doctrineras de los pueblos indígenas. El brebaje era amargo y revulsivo, y oscuro, como la noche densa que cae sobre los poetas. Aquellos hombres y aquellas mujeres, dentro de las cuales estaba el amor dulce del Condenado, se bebían las cenizas del poeta, del poeta maldito, disueltas en aguardiente. El Condenado no supo cuántos de ellos murieron, y eso para él no tuvo mayor importancia. Sólo supo que las cenizas, en alguna forma, retornaron al torrente circulatorio de aquellos soñadores; mejor puede ser, al torrente soñatorio de aquellos locos, en medio de sotanas moradas, y calzoncillos de seda.

Continuó el Condenado divagando en el ayer, en los años imprecisos y errantes cuando la conoció. Quizás no recuerda bien cómo, ni cuándo, ni en dónde. Tal vez en una oscura oficina de traficantes, o de usureros, o de leguleyos, o de poetas. Para el Condenado ese hecho providencial no se fue al olvido, porque esa niña, casi un cervatillo perdido en la Bogotá lujuriosa y caníbal de esos años, se quedó viviendo, sin quererlo, sin saberlo, sin sentirlo, en su corazón. Esa niña que tenía un aire azorado, venía huyendo de la violencia, huyendo de la oscura muerte en el trópico, en las zonas mineras y entre los indígenas. El Condenado venía de todas las partes que el mundo ofrece a los peregrinos, cargado de ilusiones y de tumores, y de remordimientos. El Condenado llegó allí como a un asilo, o un hospital, o una venta medieval, a reparar un poco su corazón averiado. El Condenado venía huyendo de los prostíbulos, de los barrios oscuros que se pierden bajo la luna en el viejo México, en el México de barro y pulque, de muerte y amor. El Condenado venía como un Cristo, con más heridas que cuerpo. No fue más. No hubo más. No existió más. No era para más. De ahí en adelante entre el Condenado y la niña no existió más que cartas, papeles casi oficiales o comerciales, o políticos; nada más, absolutamente nada más. Sólo que una eternidad después, la niña, madre, abuela, perseguida de la violencia, estaba ahí al lado del Condenado, a la hora de la amputación. Aquella hora maldita de muerte era la conjunción providencial de una confesión de amor y una culminación nupcial. Al fin de incontables días tal destino les había cruzado en un laboratorio destartalado y en un lecho, desnudos, indefensos, mutilados, entre sábanas lujuriantes y marchitas. El Condenado quería arrancarse el corazón, estrangularse los testículos, el pensamiento. El Condenado sólo pudo gritar como una bestia herida; el Condenado no era al fin sino una bestia inconsolable e insatisfecha y sitibunda. El Condenado se fue por las montañas de su remoto pueblo lanzando al cielo sus blasfemias, y sus imprecaciones. El Condenado fue dejando papeles, confesiones amargas, que denominó "Oficios a S", y que no tenían ninguna armonía, ordenación o concatenación. Alguna vez le dijo: quizás nunca te amé tan entrañablemente como ahora, en el hondo y terrible silencio de la muerte. Y parece que no escribió más, quizá no fue por parquedad, sino porque sentía que al escribir se moría; y no le tenía miedo a la muerte, pero le tenía pavor a esa cobardía que existe en las vecindades del último suspiro. El Condenado no quería ritualizar, como los mexicanos, la muerte. Sólo quería cachondiarla, tetiarla, mamarle gallo, hundirse en su sexo, ubicuo y sanguinolento. El Condenado lo que quería era solo hundirse y naufragar en la linfa amniótica y seminal y eyaculatoria y profanatoria. Nada más, quizá mucho más, muchísimo más, como mamarle el sexo a la muerte, como se lo mamó a tantas muchachas en el mundo, sin saber que se iba cargando de la sífilis, de todos los purulentos males que la vida depara a los que quieren escanciarla inmisericorde e inconsolablemente. El Condenado supo que no le interesó nada en la vida: ni el arte; ni Dios, a quien siguió como sediento pordiosero; ni la gloria; ni la fortuna, sino el sexo: las mujeres, la belleza de la procreación. Y por lo mismo el Condenado se sentía triste, y estaba triste con la niña, y tal vez se morirá con la niña, completando una historia amarga, como todas las historias de amor, de amor, de amor y de muerte.

Tal el origen, el ámbito, el pensamiento, la sensibilidad y aún la obra del Obra del Condenado. Ahora, enfrentado a la ceniza, y más allá del amor, las mujeres Y la muerte, el pobre no sabe todavía qué camino seguir; no sabe cómo adentrarse en los días contados que le quedan. Vendrán las despedidas, las ausencias, los hastaluegos que no se cumplen nunca, en narraciones que están todavía en el tintero, y que forman parte tanto de la vida como de la obra del Condenado y que se consignarán aquí, en el futuro próximo. Vendrán las historias de mujeres que endulzaron las horas siniestras; vendrán las historias de la noche y la muerte; las historias de los sollozos e imprecaciones. Vendrá la historia de la visita oficial del diablo que prometió la abuela y que apenas relató a medias antes de despedirse. Apenas alcanzó a decir: Según las profecías de San Malaquías, las mujeres se irán tras de los hombres y parirán sin obra de nadie... Los hombres estarán con los hombres, las mujeres con las mujeres y los animales con los humanos. Pero, sobre todo, y después de todos los adioses, sólo queda ahí la hermosa novia del Condenado. La novia con las cenizas del poeta y el aguardiente en Santa Rosa de Osos. La novia con las cenizas en el sexo, en el vientre, en las tetas, en los labios y en sus hermosos hijos, y en su bello jardín, y entre montañas y entre nubes. La novia que se embadurna los pezones con rouge y mermelada, y que se decora en círculos concéntricos, con chocolate y ron, por entre las piernas.

 

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