Arenas Betancourt

Un realista más allá del tiempo

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Memoria del Uvital

La madre Virginia Betancourt y la abuela Emilia Restrepo.El padre y la madre del artista y las hermanas Mariela y Margarita. La madre el día de la misa. El padre el día de la misa. El artista con la madre y los hermanos Diego y José. El artista con el hijo mayor José Patricio.La esposa Lydia Rosas en la ventana del estudio de Axotla. La hija Margarita en el estudio de Belén, Medellín. La hija Virginia en la Plaza de San Marcos, Venecia.El artista con la poetisa María Elena Quintero González, su hija Elena María y su hijo Rodrigo José. LA CANCIÓN DEL VIENTO.  Ebano y bronce.  1975.AUTORETRATO.  Dibujo a lápiz.  Colección del poeta Luis Vidales. Bogotá. 1942.AUTORETRATO. Oleo.  Colección del artista. Axotla, México. 1944.AUTORETRATO. Dibujo en tinta china.  Colección del artista.  Villa Ney, Caldas, Antioquia - Colombia. Medellín. 1975.AUTORETRATO.  Serigrafía.  Colección del artista.  Villa Ney, Caldas, Antioquia - Colombia. 1976.MEMORIA DE EL UVITAL.  Autoretrato. Dibujo a lápiz sobre papel mantequilla.  1982 - 1984.MEMORIA DE EL UVITAL.  Autoretrato. Dibujo a lápiz sobre papel mantequilla.  1982 - 1984.EL ARTISTA EN EL ORIGEN.EL ARTISTA EN EL ORIGEN.EL ARTISTA EN EL ORIGEN.EL ARTISTA EN EL ORIGEN.EL ARTISTA EN EL ORIGEN.EL ALFARERO.  Terracotas. 1947 - 1949.EL PESCADOR.  Terracotas. 1947 - 1949.MUJER MAYA CON ALCATRACES.  Terracotas. 1947 - 1949.LA BAÑISTA.  Terracotas. 1947 - 1949.LA NIÑA Y EL PERICO.  Terracotas. 1947 - 1949.EL TLACHIQUERO.  Terracotas. 1947 - 1949.LA HUIDA.  Terracotas. 1947 - 1949.LA SEMBRADORA.  Terracotas. 1947 - 1949.CANCER. Terracota policromada. 1949.MUJER MAYA TORNEANDO. Terracota natural. 1948.CARGADORA INDÍGENA. Talla en caoba. 1940.LA MUJER MINERA. Talla en caoba. 1941.MUJER.  Talla en piedra directa. 1941.RETRATO DE EMILIA ABITIA DE ROSELL.  Talla en mármol blanco. 1957.EL HOMBRE EN EL SOL.  Hierro soldado y policromado. 1960.ESTUDIOS PARA LOS HIERROS. Dibujos.ESTUDIOS PARA LOS HIERROS. Dibujos.ESTUDIOS PARA LOS HIERROS. Dibujos.EL GUERRERO. Hierro soldado y policroma. 1958.EL HOMBRE EN EL SOL. Hierro soldado y policromado. 1960.EL HOMBRE CACTUS. Hierro policromado. 1960.BENITO JUAREZ. Basalto. 1961 - 1962.BENITO JUAREZ. Basalto. 1961 - 1962.BENITO JUAREZ. Basalto. 1961 - 1962.BENITO JUAREZ. Estudio del modelo.BENITO JUAREZ. Estudio del modeloBENITO JUAREZ. Traslado del bloque de basalto de 120 toneladas de peso por los campos de Tlaxcala y Puebla. BENITO JUAREZ.  Estudio para multirreproducir en hierro. 1972 - 1973.BENITO JUAREZ.  Estudio para multirreproducir en hierro. 1972 - 1973.BENITO JUAREZ.  Yeso. 1972.BENITO JUAREZ.  Yeso. 1972.EL PADRE HIDALGO. Concreto. 1960.CABEZAS MONUMENALES DE MORELOS, HIDALGO Y JUAREZ.  Concreto. 1960.CABEZAS MONUMENALES DE HIDALGO, MORELOS; GENITO JUAREZ Y EMILIANO ZAPATA. Concreto. 1960MI GENTE. Talla en piedra. 1941.LA FAUNA Y LA FLORA. Yeso. 1941.QUETZALCOATL O LOS PADRES DE LA MEDICINA.  Yeso. 1957.ESTUDIO DE ESCULTURA ESPACIAL. Para el edificio del Banco Comercial Antioqueño.  Madero de falso. 1978.PROYECTO PARA MONUMENTO AL TRABAJO.  Maqueta en madera. 1975.PROYECTO DE MONUMENTO A LA INDUSTRIA. Yeso. 1957.EL ALANCEADO.  Bronce. 1958.

Texto de Rodrigo Arenas Betancourt

El Condenado nunca se sintió tan desnudo, ni tan miserable, como en las eternidades de dolientes años que tenía sentado allí, en esa escalerilla de mano, soportando el desastre. Se dijo, un tanto para consolarse, un tanto presintiendo que se convertiría en un mar de lágrimas, se dijo: ‑Quizá estoy alucinado, quizá sueño o desvarío... se dijo... se dijo... quizá sueño que estoy aquí o soy así, tal vez ni siquiera estoy en este momento exacto, lastimoso; tal vez en otra parte, lejos, en algún lugar brumoso, inexacto o innominado; maltrecho el corazón sumido en océanos de ilusiones y ansiedades. Desvarío... atrapado... reconstruyendo la infancia, deshaciendo los pasos, paseando la calavera como una experiencia brutal o un sacrificio sangriento. Pienso o sueño que estoy armando el fantasma de la infancia para rastrear en mí lo que queda del estrato profundo y cósmico de la tierra. Nada más, nada menos. ¡Pobre corazón! Todo se paga en esta vida, tarde o temprano. Aquello de que estaba aquí porque había renunciado a los fumaderos de marihuana, a los consumideros de alcohol y alcaloides, a los maricones‑críticos, dueños de las galerías, en las grandes ciudades, es un narcisismo desueto, pura palabrería sentimental o cursilería milonguera. Estoy aquí, en la hermosa guarida del "Uvital", frente al Cerro Bravo, ante el dolor‑regocijo del ayer y en el último peldaño de la escalerilla de mano; último... último peldaño, frente a una blusa blanca vacía, condenado irremediablemente, sin ninguna otra salida, en busca del cordón umbilical, del hilo de luz que me tocó, me iluminó y me sacó de la nada. Estos tanteos en el umbral de la existencia son la autopsia o vivisección para llegar a la médula, al fondo llagado, dolorido e intransmisible. En este momento no me interesa nada de lo que está afuera, sólo lo que soy y está dentro de mí. El tiempo de expandirme hacía los demás ya terminó o naufragó. Ha llegado el momento amargo, intenso, de vivir introspectivamente, buceando, adentro, muy hondo, en los recuerdos y en las entrañas. Es la edad de nutrirse de las vísceras y de la propia sangre.

Todo lo demás es espurio e impuro. Antes estaba descubriendo el mundo, ahora lo estoy inventariando. Doscientos veinte de presión diastólica y ciento diez de sistólica, dice el médico y ¡tranquilo! que no es nada. ‑De algo nos tenemos que morir hijos de puta‑, lo oigo que masculla entre dientes, mirando por la ventana, hacia los cerros distantes. ‑Te voy a mandar al cardiólogo. Tómate también este Aldomet; es una dosis como para una quinceañera‑. Pienso, quizá sueño que estoy aquí buscando el contacto con el fuego, con la cal primigenia, con la ceniza. Estoy en la encrucijada del suicidio, huyendo del canibalismo, de la lepra contemporánea. Estoy reconstruyendo la infancia, los primeros recuerdos y lágrimas y también armando la muerte‑vida, muerte‑flor, muerte‑sexo, la que empareja elayer y el hoy y armoniza los dos viscosos socavones. Estoy reconstruyendo la infancia y levantando la muerte en medio de un bosque de uvitos, tepozanes, laureles, nigüitos, mezquites, yarumos, tamarindos, flamboyanes y pirules. El mismo bosque de ayer, de siempre, desde millones de años. El bosque florido, primario, todavía invariado por el hombre... Sueño que estoy levantando y reconstruyendo la muerte y la infancia en un pasatiempo sonámbulo e inútil. Siento que estoy haciéndole una radiografía a la vida y al mismo tiempo preguntándome qué es, para qué sirve y a qué conduce. Estoy confrontando la vida, inventariándola en esguinces pornográficos. Pienso... sueño... sueño que le dije al príncipe: ‑Yo nací en un extraño lugar rural, dentro de un contexto de desdicha casi absoluto. No se puede decir que dentro de una pobreza franciscana, porque eso de "pobreza franciscana" es solo una metáfora. Era un hambre absoluta, como el hambre del indígena esclavo que he visto en México, en el valle del Mezquital. Una inanición elemental, sólo comparable a la de los esclavos en las sentinas de los barcos negreros. En ese desastroso momento, cuando el príncipe me colocó la Cruz de Boyacá, yo pude balbucir, casi tartamudeando, no propiamente por la emoción, sino por la incapacidad, innata en mi, para controlarme y refrenar los espasmos, los gestos y los esfínteres en los momentos cruciales o neurálgicos. Estaban allí presentes en aquel acto, Alberto Lleras, Alvaro Gómez Hurtado, Alfonso López Michelsen, Belisario Betancur, Bertha Hernández de Ospina Pérez, Jaime Sanín Echeverri, Carlos Lleras Restrepo, Monseñor Aníbal Muñoz Duque, Ignacio Betancur Campuzano, Rodrigo Uribe Echavarría, Germán Zea Hernández, Gilberto Echeverri Mejía, que fue el promotor de todo este embrollo. Por cavilaciones inocentes yo me hice ilusiones sobre la Cruz de Boyacá, quizá porque había visto algunas, en oficinas públicas, y me habían parecido bellas. Algunas cruces, para instituciones, parecen verdaderas joyas. Sin lugar a dudas algo muy infantil me movía y entusiasmaba. También pudo ser que el antecedente de la vieja amistad, desde México, en el destierro, con el príncipe López, quien fue el autor del decreto, me llevara a sentir cierto entusiasmo por la Cruz de Boyacá, solo que no es propiamente la Cruz la que me entusiasma, ya que, en el fondo, la aceptación de esta presea, son más las dificultades que origina, que los beneficios que presta. A mí la cruz, "La cruz del matrimonio", me ha creado una fósfórica malquerencia entre los amigos, que se traduce en nominaciones injuriosas. Soñé... quizás soñé que... quizá desvarié que... solo he podido percibir la vida en mis oscuros sentimientos sexuales o sea dentro de una simple y llana "neurosis erótica". Si digo que he podido connotar la vida en Dios, es mentira. Si digo que he percibido la vida en la historia, en la ciencia o en la tecnología, miento. Solo a veces, la he podido sentir en el arte, en algunas obras de arte, como el Poseidón, al cual le he tocado los testículos, pequeños, pegados al bajo vientre y disparejos. Sólo he podido escanciar la vida en los inciertos rostros y cuerpos de las muchachas que, como sombras, esperan a los fantasmas, bajo los dinteles destartalados de México, Washington, París, Roma, Atenas, Sevilla, El Cairo, El Pireo,‑ ¡ah! El Pireo‑, Barcelona, Mérida, Manzanillo, Fredonia, Cochabamba. Nada me hizo feliz; ni el dinero, ni lo que llaman la fama, ni la comodidad, ni la tranquilidad, nada, nada... Fui feliz persiguiendo una negra maorí por las calles de San Denis. Las gentes le gritaban: "la negrés, la negrés, la negrés". Fui feliz, qué felicidad tan efímera y gratuita; pero inmensa, la única, la absoluta para mí. Sueño... sueño, que le dije al príncipe: dentro de aquel contexto de indigencia era impredecible que, alguien... el príncipe... estuviera poniéndome en el pecho esta cruz que se creó para premiar a los héroes. Dentro de aquella miseria aprendí que todo en la vida es un escueto juego de abalorios. Para mí, señor príncipe, todo ha sido espléndido, sobre todo los libres sueños de amor y esa ebriedad que me producen en las noches de luna y bajo los algarrobos. ¡¿Cómo era, Dios mío, cómo era?! Por desgracia tengo que robarme este verso "verraco" sí, ¡Cómo era Dios mío! Era, lo recuerdo, una carita morena entre rizos amarillentos. 0 quizá no era sino una sombra, una risa, un ademán y se llamaba Ofelia, Ofelia, Ofelia. El misterio de los sonidos. Yo repetía inconscientemente el nombre y me sabía a miel. A miel de abejas, a miel de sueño. A ... E ... 1 ... 0 ... U ... Pa ... Pa sueño que A ... E ... I ... 0 ... U ... que... Superadas todas las sanas envidias y olvidados los inútiles rencores, puedo entregarme a descifrar la vida, a reconstruirla sin miedo y sin tapujos. En este momento, superadas ya las amarras morales y emocionales, puedo decir lo que se me viene en ganas, sin guardar apariencias ni respetos. Este mundo podrido ya no se lo merece, menos ahora, cuando todos los espectáculos son abiertamente la apología de la violencia. Ahora, en los umbrales del juicio final, a dos pasos del exterminio definitivo, es necesario, consignar el testimonio rudo e inmisericorde: "Nos estamos consumiendo, paulatinamente, del cáncer de la civilización y del chancro y el pus del desencanto". No es cuestión de estar en otras ciudades, me digo, en otros mundos delirando... No. Pobre de tí, hermano, a quien te toca vivir en esa fría Bogotá, lagarteando la presidencia de este país. Mejor te fueras a servir de Diablo en Riosucio, al pie del Ingrumá; pero estás en Bogotá, en medio de intrigantes que no saben lo que es este mundo salvaje y sangriento. No es cuestión de estar en otras partes, en las Islas Encantadas, porque allá está pasando lo mismo. Basta con ver lo que es el pus de París, en medio de todas esas putas y sus izquierdistas mundiales, de Vietnam, Latino América y Africa. Pobres emigrantes burdeleros que se han instalado en la ribera izquierda a esperar que aparezca el "ser" del prodigio a financiarles la libertad. Ya no es cuestión de estar ahora en otros nirvanas, en medio de homosexuales; es cuestión de soportar la muerte, aquí, entre el huracán tropical, cuando, discretamente, incineran vivas o tuestan a las monjas, a los obispos y a los inocentes. Siento que arde el oxígeno‑viento‑sueño‑llanto entre las manos y las tetas de las adolescentes revolucionarias, bajo los árboles gigantescos del Atrato. He llorado venteando ese fantasma de fuego en el vientre de acero, en el automóvil ardiendo frente a la Universidad. Siento que soy un miserable, un desgraciado. Me duele todo y quisiera morirme o consumirme. Me parece un signo fatídico para la especie y sobre todo para este pueblo mestizo, fanático e hipócrita. Encuentro una muy estrecha correspondencia entre esta incineración de la monja y el incendio de Gardel en el aeropuerto, hace muchos años: ¿es la catarsis, la purificación del homínido o del exhombre?... Sabe Dios... Creo que esos dos hechos van parejos, alma abajo, desfondándonos, abriéndonos en canal y emasculando a Dios. No es la barbarie o el canibalismo que conllevan, sino el envilecimiento del alma, lo que nos deja esa sensación de atronadora náusea. El hombre es una pura, simple y alucinada fábrica de mierda. En este exacto momento, maldito tiempo, cuando los hombres han pisado el suelo lunar, cumpliendo volanderas profecías griegas. Extraño y doloroso, poeta‑mujer‑niña, tú que sufres, padeces y pares la poesía, que sangras en melodiosas palabras tu queja de amor, el vagido de los celos y la soledad, ante el cielo y tus frágiles manos huérfanas y exangües... Sueño que... que... y pensado en el Poseidón, verde–azul y vuelo…los homosexuales compendian la sensibilidad de los dos sexos. Quizás su conflicto radical en el hecho de renunciar a la procreación. No sé si esta esterilidad carnal la remiten a la creación y resulta así una sublimación de tipo espiritual y de tipo material. Porfirio Barba‑Jacob dice: "Fui Eva... y fui Adán". /"Una bacante loca y un sátiro afrentoso/ conjuntan en mi sangre su frenesí amoroso". Si el homosexual no está en una situación privilegiada para la creación, por lo menos está más allá de las angustias económico‑biológicas de la sociedad que funciona en derredor de la familia y su carga procreativa. ¡Al diablo con los homosexuales! ‑pensó el Condenado. Qué carajo me interesa a mí o me perturba; que hagan el arte que quieran o que creen su metafisica eliminando la contradicción dialéctica entre los sexos, la vida y la muerte, el bien y el mal, el placer y el dolor. Los homosexuales hagan lo que hagan, se centran y se concentran en lo abstracto, o en lo que en el Renacimiento se conoció como "Platonismo" o sea un idealismo, un tanto ambiguo, mercantil, amanerado y desligado de las contingencias inmediatas y del mundo circundante. El sometimiento a las leyes de la especie impone restricciones o limitaciones y crea angustias y tensiones inmediatas; mientras que el alejamiento de ellas origina una cierta intemporalidad, o elación mística. Las dos tendencias se encuentran presentes en el arte sin duda alguna. ¿Cuál sería más valiosa o auténtica? ¿En dónde está el guía del arte? ¿En dónde está el arte? ¡Qué carajo! en ninguna parte y en todas. Las primitivas Venus son un canto a la fecundidad y de ninguna manera un canto específico a la feminidad. Son unas venus frutales y casi solamente reproductivas. Es este, sin duda, un entrelazamiento complejo. En arte no hay nada escrito definitivamente y quizá no llegue a existir nunca nada codificado. Tal vez el arte es la total imprevisión y la absoluta gratuidad. Puede que todas las definiciones morales y éticas griegas y hebreas no sean sino argumentos y sólo argumentos inocentes. Parece fácil plantear la cuestión de que el homosexual reune en sí las dos sensibilidades y, por lo mismo, siempre fue un personaje muy misterioso y conflictivo, en las grandes épocas del arte. Tal parece que el homosexual puede juntar, o aunar, la violencia y la gracia, la furia y la ternura. Así lo insinúa Barba‑Jacob cuando dice que encadena con gracia la pasión y hablando precisamente de Grecia. Freud percibe ese hermafroditismo violento y gracioso en la obra de Leonardo y alude a hermafroditismos similares en la antigüedad. Pero ¿por qué este incidir en este tema, en esta manera de asumir la vida? No lo sé. Sólo sé que me inquieta y me perturba porque se refiere en alguna manera a mi trabajo, a mi situación frente al arte y frente a la vida. Me pregunto, a veces, si no he errado el camino yendo tras de las mujeres y sus flores y sus halagos y sus vanidades. Me apasiona, por cuanto en alguna forma este tema del arte, de la heterosexualidad, de la homosexualidad está en mí desde la infancia. No puedo precisar en qué momento todas aquellas visiones de la infancia se tornaron en visiones de orden estético. No sé cuándo la visión de Dios, que mi madre se obstinaba en presentarme, se me convirtió en una visión artística. Desconozco cuándo la visión de toda aquella terrible miseria y desamparo se me convirtió en una visión sublime. En qué momento esa visión cósmica de la noche estrellada, se me fue al alma como visión profunda. ¿Cuándo y por qué la visión alelada de los fantasmas de mi tía Otilia se me convirtieron en visión estética? No sé y creo que no creo que no lo sabré nunca. Es el misterio de la infancia.

Yo sólo recuerdo que me impresionaban sobremanera las imágenes que estaban el la iglesia y que yo miraba prendido a la falda negra de mi madre y que veía a través de sus claros‑verdes ojos. No sé en qué momento la visión del Diablo, de Lucifer, como decía mi madre, se me trocó en una graciosa visión. Ahora sólo sé que muchas de mis visiones se hunden en aquellas azules lagunas de la infancia, en oscuros vericuetos, mitad recuerdo y mitad intuición, parte en la nada, y parte en ese mundo que brota y florece sin límites y sin orden. A veces siento que quiero, deseo producir percepciones borrosas e incipientes de la infancia. Sólo que dentro de todas esas visiones e intuiciones siempre está el hombre como elemento central. En verdad a mí el paisaje no me interesó ni me interesa hoy. Definitivamente no me interesa la historia porque allí no hay ninguna historia; hasta cierto punto, vengo de algo antihistórico o informe y fantasmal. Vengo, y tengo que decirlo, directamente de la prehistoria. Allí no ha existido sino la selva, el bosque primigenio, casi virgen, o la tierra sin remover desde hace cuatro mil millones de años. No me interesa el contexto social, porque creo que aquél lugar fue, en algún momento, un palenque, o insólito refugio de perseguidos por la ley. Digo que pudo ser un palenque, ya que sin ninguna razón, así muy visible, allí había una población negra, que, desde luego, ya tampoco conservaba sus ritos o sus costumbres. Había allí también algún rezago indígena que se prolonga en la coloración cetrina y en la forma de los pómulos de algunos de los pobladores actuales. Mis abuelos habían llegado ahí a descuajar el bosque no hacía muchos años. Todo ahí era demasiado nuevo y demasiado viejo; pero nada en definitiva aclimatado. Poeta, sueño... pienso que a veces sentíamos una inmensa tristeza, cuando la fatalidad se venía sobre nosotros. La noche era la representación de la fatalidad. Creíamos que todo lo malo le ocurre al hombre en la noche. Así, con ella, lentamente, venía la muerte; venía la enfermedad y en la noche venía, enlutada, la desgracia. Entre las piernas de la noche, estaba el Diablo, o mejor dicho, toda ella era el Diablo. Dios era la luz... el día... el sol... yo tenía una conciencia muy lúcida de nuestra pequeña casa en medio de aquél océano verde de desamparo y soledad. No se si es cierto, así no más, Sólo que es toda la sensación que tengo. Yo‑ siento que ahí en aquél lugar no teníamos nada y sí, en cambio, nos faltaba todo. Me impresionaba ese olor agrio que traía mi padre del cafetal y esa nauseabunda tufarada de orines que a veces nos invadía en la resolana. Yo tenía precoces inquietudes y angustias, es innegable. Percibía a veces, con honda ansiedad, ese misterio de los atardeceres y el hechizante vagar de las aves en el crepúsculo. Me entretenía aprisionando "afrecheros" y "cucaracheros" por medio de ingeniosas trampas que construía mi padre. Los recuerdos no son precisos, no quedan sino las sensaciones; las vivencias que flotan, fantasmales, en la nube del olvido. Muchos de esos recuerdos, casi todos, tienen que ver con los fantasmas. La infancia misma no es sino un espectro. En la infancia todo es espectral y está entre el ángel y el espanto. Todo está vivo y animado por fuerzas remotas y maléficas. Al menos así sentí mi infancia. La mía no es la infancia de Sartre, tan bellamente descrita en "Las palabras". La mía es una infancia brutal y amarga, insólita en muchos aspectos, y por este motivo he hecho tanto hincapié en ella. Yo creo que es la infancia de toda una generación sobre la tierra. Es la infancia de muchos intelectuales que hemos madurado en el Tercer Mundo, bajo el signo del hambre, bajo el imperio de la persecución y de la expoliación. Para mí tengo que los escritores rusos me han servido o me ha inspirado, desde hace ya muchos años, en esta tarea. Sobre todo Máximo Gorky, el escritor que me llevó, desde los primero días de Mexico, a mi infancia, y bajo cuya inspiración escribí textos que quiero pulir y limpiar para publicar en el futuro. También León Tolstoy tiene unos relatos sobre la infancia que me sobrecogieron profundamente en aquellos años. Esos niños de la estepa que están en algunas novelas rusas, han sido los que me han impresionado como lector sensiblero y me han dejado una huella oceánica. Es necesario diferenciar muy bien las raíces naturales o mágicas de mi obra y sus orígenes de tipo cultural. La mayoría son de orden natural o vivo; y aún los netamente culturales, están imbuidos por la naturaleza. Todas las nociones religiosas están remitidas a la naturaleza, a la vida individual o cotidiana. Todas las nociones del conocimiento vinieron también entreveradas con la naturaleza. Aquel es para mí el límite entre la prehistoria, la historia y el conocimiento. En iguales circunstancias seguramente existen millones de hombres en el mundo. Muchos otros pasaron por estas experiencias hace ya muchos años. Lo que no entiendo es cómo fue que mis antecesores, que eran emigrantes, perdieron casi toda la noción de cultura y se hundieron en la nada. Es necesario tener en cuenta que allí mi madre enseñaba a leer a los campesinos que no conocían el alfabeto; por desgracia aún hoy, persiste, todavía, aquella condición desastrosa. De todo este recuento, en este revertir hacia el pasado, no me quedan sino rasguños, cicatrices, hondas amputaciones y unos remordimientos atroces que son mis trofeos. No tengo más nada, no me sirve nada, no quiero nada ahora sino esta bella corona de cuernos y cilantro. ¿Cómo era, Dios mío, cómo era? Era una mujer espigada, blanca como la leche, fea, simple, con unos ojos azules intensos, profundos, y brotaba de toda ella una ternura y una dulzura que me hacía naufragar. Se llamaba, se llamaba... y la llevé en el alma, en aquellos días terribles, moribundos, del destierro o de la expatriación en México. Voy reconstruyendo la imagen, para mí, la imagen de Dios. Es una lucha nocturna, nocturnal, que no me es fácil, ni siquiera comprensible. Solo que Dios estaba allá, en el origen, entre el bosque y las manos pedidoras y yo no lo podía reconocer, no lo podía encontrar; y por desgracia Dios se me confundía con el infortunio. De todas maneras Dios, con Dios, sin Dios y en la nada, más allá de la nada, en el linde de la angustia, del desamparo, del desamparo de todos, porque no teníamos nada, no disfrutábamos de nada, nada nos servía. Esa lucha con Dios, como con el ángel, en medio de esa carencia omnipresente y omniviviente. Reconstruyendo, levantando la infancia en medio de un bosque de nigüitos, tepozanes, pirules. Señor príncipe, le dije: ‑para mí, después de aquella terrible miseria, todo me resulta una donación prodigiosa; y así mismo recibo esta condecoración, con una inmensa e incontenible alegría, aún cuando por ello me digan "artista oficial". No importa. Algunos creían que yo había llorado o iba a llorar. No. Todo fue cuestión de mi incapacidad para poner freno al origen de la emoción y el acto. Le dije al príncipe: ‑después de aquella terrible miseria he tenido en todo el mundo fortuna, amor, arte ‑todo el arte que cabe en el hombrey todo esto lo he tomado como tomo esta Cruz de Boyacá, con una gran . alegría; de ninguna manera con las manos rencorosas del agradecimiento. Nada de agradecimiento, le dije al príncipe. Aquel lugar oscuro está en Antioquia, está en Fredonia y se llama el "Uvital". En nombre de ellos, en nombre de ese oscuro lugar, yo acepto esta enorme Cruz, la Cruz del Sur, del gran Sur, del impreciso Sur. Aunque, a decir verdad, yo estaba decepcionado.

Aquella no era la Cruz que yo había soñado; era igual, idéntica a la que me había entregado el príncipe Valencia en 1964.En el corazón de aquel bosque había o apareció una cruz, ya no recuerdo, bien a bien, cuál fue la historia. Había una cruz, quedemos en ello, a la cual le iban acumulando piedras, en vez de oraciones. Eran tantas las piedras, que la cruz, iba quedando sepultada, hundida casi hasta perderse. Manos desconocidas ponían la cruz de nuevo sobre el montón de piedras y así, aquél montón de piedras, se fue convirtiendo en una montaña de piedras y oraciones. Ese fue el origen de aquél cerro del "Uvital" y, por lo ‑mismo, existen o pululan allí tantas desdichas, tristezas, rencores, remordimientos cósmicos y tantos miedos. La cruz no desapareció: se hizo monumental y atroz; se convirtió en la Cruz de Boyacá para mí y yo la tengo, envuelta, como un recién nacido, en pañales, en un arcón de mármol, en mi casa‑guarida del "Uvital". Le dije al señor Príncipe, quizá al príncipe no, ya no recuerdo a quién: ‑A mí este Dios descomunal del hambre no me interesa; y eso fue en el seminario, le dije, a mí me interesa el Diablo y el Diablo andaba suelto en aquél bosque de yarumos blancos, de nigüitos, laureles, cominos, guamos, pirules y tepozanes. Andaba suelto y tenía todas las formas y todos los visos y todos los contornos y anidaba en las mejores entrepiernas. Yo intentaba oirlo en las madrugadas, cuando ni siquiera las chicharras invaden el aire, ni los gusanos lamen el frío. Yo intentaba exorcizar al Diablo, expatriarlo, y a la vez que lo procuraba, me era alucinante e invasor. Muchas veces quise meterlo, circunscribirlo en una sola forma de flor y cruz, cruz, la cruz del "Uvital", la Cruz de Boyacá y flor, qué flor, cuál flor, dónde la flor, la única flor, la para mí insustituible, la flor de la virginidad, con pelusa, como el durazno, como el cacto, como la palmera, como la piñuela. No creo que el Diablo me recuerde, el Diablo del bosque fue muy fugaz... sueño que... 2 x 2 ... 4 ... 4.x.4 ... 16 sueño que... en alguna forma es importante aclarar, en términos freudianos, lo que hay de inconsciente e irracional en el arte. Es indudable que la belleza, tanto como factor activo como pasivo, es inconsciente o subconsciente o trabaja en una parte oscura de la personalidad. De ahí que ninguna forma de arte resista un análisis racional o racionalista. Pero A ... E...I ... 0... lo malo es que yo no sueño dormido, no sueño propiamente en la noche. Lo malo es que yo sueño despierto, vivo en el sueño, vivo inmerso en el sueño y en tal sentido digo que mi mejor obra, mi única obra, es mi propia vida, mejor dicho, yo soy mi propio personaje, mi propia víctima. Casi todas son reflexiones en derredor de mí mismo y forman casi un código para conocerme. No estoy diciendo que me autoanalice. No, de ninguna manera. Sueño en las manos de los amantes, las manos en la noche, de la noche y en la noche de la vida. Esto es sólo lo que recuerdo, esto es sólo lo que me interesa. Las manos sedosas y serpentinas que recorren la oscura geografila humana, como el astrónomo que mete sus manos en el cielo. Las manos de los amantes elaborando el universo, haciendo la materia, reconstruyendo la forma en medio de la ebriedad. Las manos espermatozoidales de los amantes, las manos seminales de Dios, o los vientos sementales de la noche de los dioses, del diosero pulsando el ritmo de la sangre y del deseo. Las manos de mi madre con diminutas agujas remendando los diarios andrajos. Las manos de mi madre haciéndome en la frente la señal de la cruz. Sólo eso recuerdo o sueño. No sé; pero las manos, las misteriosas manos de mi primera maestra, escribiendo las vocales en el tablero y diciéndonos a a a a a i o u, iou, iou, ae ae iou, a a a a a ... ma eme a ma-eme a ma ma ma, mamá...

Por lo visto, si no es que todos estamos soñando, bien largo ha sido el Desvelo; el soñar en duermevela hasta columbrar la mutación del Angel de la Guarda, con su túnica blanca, su cabellera rubia y el negro gallinazo que espía en el silencio del bosque. La conjunción entre el Cristo lacerado, vituperado, y el cordero o el ternero o el animal doméstico. No fue un curso fácil y se efectuó a través de toda la infancia, de la vida en Colombia y aún del destierro. La confrontación de la fantasía milenaria, mítico‑religiosa, y la realidad inmediata, escueta y miserable, fue una batalla sorda y subterránea que me tiene aún dolorido y acongojado. De ahí vienen, sin duda, muchas de mis imágenes y aún todo el sentido de mi obra o de mi pensamiento. Yo diría que aquél fue el primer ayuntamiento poético de la fantasía con la realidad, con los sueños y los anhelos. Fue tortuoso el proceso para involucrar toda esa fantasía de orden religioso y cultural en general, a una pobre, escueta realidad circundante. Mi madre me hacía retratos hablados del Diablo. Esos mismos que andan por ahí en todas las literaturas, en las imágenes populares y en los retablos. Retratos del Diablo con cuernos, con cola, con zancas de cabro, con uñas afiladas y eyectando chispas por todas partes, aún las no nombrables. Un Diablo simpático y cismático y hasta tratable. De todas maneras, yo dificilmente asimilaba aquella imagen con algo realmente viviente y actuante. Pero, sobre todos esos esfuerzos atroces para imaginar el infierno, no me quedaba más que asimilar el infierno con el fogón, el tronante fogón de la cocina. Comparaba el infierno con la vela. Imaffinaba la llama de una vela que se iba haciendo infinita, sin principio ni fin, proyectada en el espacio de mis ojos y en el cielo. La primera vez que sentí pánico fue una mañana, humilde mañana de montaña, un triste día de vigilia que, desde mi casa, desde la puerta de trancas, ví arder la casa del tío Zoilo. Era una pequeña casa en las laderas de la montaña de enfrente. Ardía la casa y levantaba unas enormes llamas y ya lloraba y temblaba; es lo que recuerdo. Lloraba desconsoladamente y creía que aquel sí era verdaderamente el infierno. Recuerdo que estaba solo, no supe o no recuerdo en dónde andaba mi madre. Era una sensación de pánico y de soledad y de impotencia y de inutilidad absolutas. Ese ha sido para mí casi un único recuerdo maldito. En la casa cocinábamos en un fogón de leña y en ollas de barro. Teníamos que buscar la leña en el monte que estaba custodiado por guardabosques con escopetas. Teníamos que buscar por toda la montaña algo para comer, plátanos, naranjas, todo lo que no fuera veneno. Alguna vez nos comimos un perico ligero que cazó mi abuelo, como una gran experiencia del hambre. (Después intentaré un análisis detenido del hambre y de todas sus derivaciones y complicaciones mentales). Esos días embrujados de curaciones prodigiosas con la piña serenada, brebajes de los siete cogollos, con emplastos de cariaño, con parches de culebra ciega molida, con frotaciones de enjundia, con baños de romero y siempreviva, con sahumerios y sudores, lavados y embrujamientos. Con frecuencia el rumor de que alguien estaba embrujado, de que alguien se estaba muriendo embrujado o de que fulana no estaba embarazada sino embrujada. El médico se llamaba Julio Arenas y era como una especie de peregrino que iba de casa en casa, llevando noticias y curando con sus ungüentos y sus enjuagatorios. Se llamaba Julio Arenas y puede ser que por ahí embrujara a muchas mujeres, porque caía en las casas cuando los hombres estaban trabajando. Naturalmente, debía conocer o intuir las virtudes enajenantes del sexo. Se oían en las noches los tiples andariegos y yo sentía miedo, y en medio del miedo, una extraña alegría, una frotante y Flotante alegría. Era mi primo Antonio el que hacía sonar esas cuerdas ‑maderas a su manera, a veces sin ton ni son, y otras, enamorado, seguramente enamorado de la noche, o de sus propios sueños. Eran terribles las noches, esas noches pobladas de misterios, de enormes serpientes negras lamedoras del frío. Yo cabalgaba en la noche, viajaba en la noche, seguía sus serpientes portadoras de sabiduría. Viajaba en la noche y por la noche, durmiendo en una raída estera de hojas de plátano, sin contar que a veces era en el puro suelo y de cara a la abrupta Vía Láctea, a la brumosa y lechosa mancha que me ponía el alma inmensamente diminuta, anhelante y triste. Eso es lo que recuerdo, eso es lo que sueño, no lo sé bien, ni me interesa. De todos modos, este no es sino un canto de amor y de odio a mi infancia, a mis raíces, a mis orígenes. Es un canto amargo de amor y odio, no lo puedo negar y creo que todo gran amor es así; es también un inmenso y atroz repudio. Sueño o recuerdo que me entraba en la naturaleza, como me entraba en la vida, como alguien que va penetrando, avanzando, caminando siempre hacia adelante, repudiando el pasado, huyendo de todas las cosas. Sueño que mi pecho era una proa, no, mejor soñaba que mi pecho era como el pecho de un caballo que galopa en la llanura. En este momento yo me pregunto: Para qué hago yo arte hoy? Para qué sirve el arte? Y no encuentro respuesta para mí. No la encuentro y quizá ya nunca la encuentre. Entiendo que se pueden hacer cosas e irse con ellas a París, a Roma, a New York, a México; pero todo esto resulta para mí banal, superficial, cursi, y sin sentido. Pero se encierra uno aquí dentro de su propia y terrible soledad y resulta de ahí un arte que nadie entiende, que nadie descrifra; resulta una labor estéril a la larga. A veces sólo entiendo que soy un desterrado, un santoral, un diosero, como dicen los indios mexicanos. Ahora también sueño... sueño que penetro, silente y mudo, en la noche, en la noche incendiada y fulgurante. Sueño que penetro, penetro, penetro, penetro... a‑e‑i‑o‑u‑... a‑e‑i‑o‑u‑ decía mi madre, a‑e‑i‑o‑u dice la muerte aullando en los genitales, pululando en el semen, en el semen de Dios que soy yo todavía. No le tengo miedo. Contra ella he batido mi llanto y mi canto, mi andar entristecido y mi amor, mi amor, mi amor, mi amor, mi amor, a‑e‑i‑o‑u‑m‑m‑m‑m‑m‑m‑p‑p‑p‑p‑p‑i‑i‑i‑o‑o‑o‑o‑o‑o‑o‑o.‑o‑o‑u‑, decía mi maestra, y era como abrir los ojos en la mañana, en la mañana cuando ronda el hambre como fiera infernal. Siento o sueño que todo esto no ha sido sino un parpadear entre dos paredones negros, nada más, dos paredones negros. Siento o sueño que de todas maneras he sido muy feliz, inmensamente feliz, astronómicamente feliz y cornudo.

 

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