Arenas Betancourt

Un realista más allá del tiempo

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Viaje al origen de la Memoria

Texto de Rodrigo Arenas Betancourt

Mujer de sueños, innominada, nocturna, pasión crepuscular, dormida en la carne mí alada guía por los laberintos del desvarío. Mujer de llanto y luna, Mujer esta es mi delirante letanía, el embrollo de mis anhelos, pasionalmente enhebrados, con más ilusión que juicio. Aquí estoy ebrio y triste, inmensamente anonadado, en un vericueto de esta grasienta Atenas, junto al Poseidón, bronce–carne, impoluto y puto, que se yergue desafiando los deseos y el tiempo. Fue rescatado del mar, intacto, idéntico a como lo dejó el genio hace ya tantos e inciertos siglos. El yodo del mar no logró hacerle daño, ni siquiera carcomerlo. El mar lo guardó para mi absorta y gratuita veneración. Es el cuerpo de un atleta maduro, logrado dentro de una perfección que asombra. Parece un ave en vuelo. Con amor y estética ansiedad lo veo y lo interrogo y, cuando es posible, lo acaricio. Tiene las cuencas de los ojos vacías. Seguramente estaban llenas con incrustaciones de concha y sílice. Le falta la jabalina o nunca la tuvo, porque el artista comprendió que no le hacía falta. Es esta la obra griega más perfectamente conservada y quizá también la más bella. Las otras son o parecen convencionales, o han sido demasiado manoseadas por los poetas y los intelectuales alemanes. Columbro con dolor que para llegar al Poseidón se necesita estar de regreso de la muerte, de todas las contingencias de la vida y aún de las inquietudes eróticas. Es apenas un poco mayor del tamaño natural y no trasluce ninguna de las consabidas fórmulas del arte griego. Parece la obra de una edad por llegar, quizá dentro de muchos siglos. Asombra la capacidad del creador para percibir la vida e interpretar el contexto religioso. Sé que sufriré para siempre saudade, dolor–amor de este bronce verdemarino, azulcielo, que reposa en el silencio y en el vientre de la luz, que insinúa el espacio límite, enseña la carne y preludia el delirio barroco. Mujer, he besado los bronces, los mármoles, el humus griego, las mujeres de la plaza Omoña, muchas veces, en momentos más o menos propicios y hermosos y por algún instante llegué a pensar que el enigma de ese prodigio rondaba exacto y justo en mi cerebro, y que por ende, ahí, entre el olivo y la vid, yo no necesitaba ya sino juntar los hilos. ¡Cuán inmensa mi inocencia y mi ignorancia y mi locura! En realidad no había visto, ni hallado, ni sentido nada. Ahí seguía intacto el misterio. Comencemos con que la luz en Grecia es distinta; dorada, transparente, fluyente y erótica. La tierra fue, milagrosamente, modelada a la medida y a la escala exacta del hombre. Solo que nadie sabe, nadie supo, con exactitud, cómo fue el hombre griego. La tierra griega la hizo el mar y el mar griego lo hicieron los navegantes sodomitas, comedores de ajo. Sobre la roca, más arriba de la Atenas de ayer y de hoy, está la Acrópolis, plena de Mármoles sangrados. La Acrópolis se divisa desde las islas, desde el mar y desde el Pireo. Ahí está el Paternón, lo que queda de él después de las explosiones, los saqueos y los actos de piadoso vandalismo. A pesar de todo, el Partenón es inmenso, vibrante a la luz del sol, dorado en las noches de luna y fulgente tras los reflectores.

Ningún texto puede comunicar la verdadera imagen del Partenón, y mucho menos las fotografías. El Partenón es el aire, la luz, el espacio, la materia como proyección intemporal de lo humano. El Partenón siembra el pasmo que se sufre ante los objetos que no fueron construidos por un solo hombre, sino paridos por la vulva de la Divinidad. La piedra, en toda esa prodigiosa extensión mineral, aparenta estar transformada en pura y vibrátil y amorosa sensación carnal. El Partenón no pudo ser concebido y ejecutado por un solo hombre, sino que fue instalado por los elegantes dioses griegos para solaz de ellos mismos en el Olimpo. La altura total no parece calculada por el constructor o por el genio de Fidias, sino que es la altura ideal de una montaña real, pero soñada. Las columnas son esbeltas y elegantes, vistas a la distancia; y son macizas, vistas desde el interior, lo absolutamente necesario para demostrar la condición perenne del templo. Las otras construcciones que están ahí, en la Acrópolis, tienen mucha historia y complementan el conjunto, pero es el Partenón la máxima obra griega. Mujer, mujer... convólvulo sedoso, ardiente campánula, me conturba Grecia y así mismo, simbióticamente, me transtorna el ámbito de mi infancia, mi tierra salvaje, en un rincón de los Andes, sumergido en la violencia cósmica, telúrica, humana y revolucionaria. Allí, ahí, naciendo, muriendo–mando, me encuentro plenamente identificado con la luz ecuatorial y andina, luz deslumbrante, lechosa, de acetileno. Me identifico en el murmullo del viento y de la lluvia y en la algarabía de los pájaros caníbales. Me reconozco cobijado por una pequeña casa de tejas de madera, perdida en la manigua, con pisos de tierra apisonada, muros de bahareque, camas de guaduas clavadas en la tierra, esteras de guasca de plátano, ollas de barro, vasijas de totumo y calabazas para cargar el agua.

Me encuentro con y en unas montañas azules, verdinegras, que galopan cargando unos cielos o unos nubarrones blancos y negros, otras veces de oro y algunas de sangre. Me hundo y vuelo con el Angel de la Guarda que mi madre personificaba en palabras y ademanes. Me connoto con y en Dios, el Dios iracundo y vengativo de Moisés, de los judíos toledanos que poblaron estas breñas. Sobre todo, me personifico con el Diablo; ese pobre monstruo de cuernos, fuego y astucia que apenas sí era mayor que el tronador incendio del fogón, la parpadeante lumbre de la vela o el chispazo del tabaco en la medianoche. Viajaba con las brujas que pasaban volando en las tardes. Mi padre diferenciaba los vuelos por el ruido; decía él: -Ahí va Mercedes bruja "pal" pueblo–. -Ahí va Raquel, murmuraba taciturno. Pero era la noche mi mundo y lo es hoy todavía. ¡Ah la noche! ¡La noche del alma! Me sentía feliz en medio de aquellos pobladores de la noche, los espantos, los muertos que regresan, las almas en pena, los desgraciados que arrastran cadenas y vuelan con sus propios ataúdes. El tiempo no pasaba en medio de los humildes juguetes: los carros de madera, las cometas, los trompos, los pájaros en las jaulas, los conejos y otros animales montaraces en el corral del patio. Mi corazón habitaba la flora prodigiosa del monte y sus orugas, del cafetal y sus flores de Así, entre brumas, me identifico en aquella mañana de la vida, desligado ya de la tiniebla anterior, casi parido Desligado ya de la tiniebla anterior, casi parido Por ella, lanzado a esta experiencia mágica y alucinante, este viaje funeral y Lúdico por el mundo griego, mundo maya, ardiente mundo de tu cuerpo Enervante. Todo esto lo digo así tan fácil, tan sencilla, tan torpemente; pero Mujer, mujer cachonda, esto, todo esto, o esta nada, es mi único e insoslayable equipaje; es lo único que me pertenece; de lo que puedo dar testimonio y aún de lo que puedo construir una imagen. ¿Cuál sería esa imagen? Diría que es la de un hombre desesperado, con las alas rotas, que estira los brazos en cruz y en señal de protesta. Por lo tanto, para mí, la única imagen valedera del mundo, es la que me entregaron mis propias experiencias, mis sentidos, mis potencias, mi intuición animal, ni memoria. Todo lo demás es fábula, herencia de otros, quizá hasta memoria de la especie. Conflicto de los demás hombres en donde yo no alcanzo a penetrar. Ante la vida, la existencia y sus enigmas, yo estoy solo y nadie puede estar ahí, -en mi ardua, en mi agria soledad, así como yo no alcanzo a hundirme, ni un ápice, en la vida, en los sueños de los otros.

Nadie llega a esa íntima y terrible oquedad; ni el amante, ni la madre, ni el hermano, ni Dios. Hija mía, que empiezas a madurar ante la vida, en el dolor, te confieso que llegué a Grecia, la primera vez, en un barco de contrabandistas, en plena juventud y tan pobre como una rata. No era Grecia aún mi destino definitivo; estaba para otras cuestiones ajenas al arte. Marcaba la brújula de mi errancia hacia otros horizontes y otros anhelos. Además estaba ciego todavía para el deslumbramiento. Debía peregrinar hambriento y miserable y perplejo, por museos y bibliotecas, en donde de alguna manera estuviera acumulado el saqueo de la cultura griega. Era aún preciso que oyera gritar dentro de mí al atrida guerrero y ciego por mediación de los labios luciferinos del actor José Gálvez. Me alejé de esos mares azules y esmeralda, en una mañana, camino de Estambul. Inquietudes proletarias guiaban mis pasos. Con tranquilidad vi tramontar la Acrópolis detrás del mar y de la tierra egea, sin derramar una sola lágrima. Hija mía, fueron otros remotos lugares los que construyeron en mi alma acongojada y fantasmal la Grecia enloquecedora. Peregriné por los Estados Unidos, por los museos, levantados con el poder del dinero. En Estados Unidos hay poca Grecia; casi nada. Los museos están repletos de pintura moderna, de arte actual, que es casi por completo la antítesis de Grecia. Entre viaje y viaje trabajé duro el corazón de México, corazón de obsidiana, helado y fúlgido. Penetré angustiado en este mundo azteca, antropófago y coprófago. Ahí, hundido como un topo, busqué la luz, busqué el sol y encendí el fuego. Oí las voces de Esquilo; las voces tronantes de Prometeo. Escuché los cantos del poeta eleusino, que fue, como guerrero, a combatir en Maratón y que vió desde los navíos griegos la batalla de Salamina. Por ahí mismo las voces de Sófocles y sus extrañas mujeres trágicas que protestan, como Antígona, ante el orden establecido por el tirano.

En el silencio pétreo de México, y de la Cuatlicue, fue creciendo la Grecia maternal y paridora a la luz de "Los diálogos de Platón". José Vasconcelos fue el culpable y el incitador. Había mandado editar, desde la rectoría de la Universidad Nacional, las obras de los griegos, para los estudiantes. Ahí estaban los "Diálogos de Platón" en dos tomos. Son diálogos sibilinos, incisivos, perturbadores, preñadores. En esa misma colección estaban las '7ragedias" de Sófocles, de Esquilo, de Eurípides, la obra de Rabindranath Tagore y de Plotino, los Evangelios. Al fin y al cabo, Vasconcelos, como buen idealista, se interesaba por esa corriente platónica. Grecia maduraba en mitad del corazón y yo seguía el peregrinaje por los museos de Europa. Los Mármoles de Lord Elgin, en Londres, silenciosos, dormidos, replegados en medio de la bruma. Mármoles retirados del Paternón en un acto de piedad vandálica. Vinieron después los mármoles de Roma, entrelazados y sin origen. Las copias romanas que se confunden con los originales. Los artistas griegos que esculpieron para los codiciosos emperadores y papas, las Venus opulentas. La Venus Capitolina no es sólo de mármol; parece que la luz se hubiera congelado ahí y lanzara al mundo sus endiabladas formas, sin recato ni piedad. Mármoles dispersos por las catacumbas y las termas; en parte destrozados y en parte inconclusos. Nadie puede ni podrá nunca precisar cuáles son en Roma las obras auténticas griegas, y, a decir verdad, esto no tiene importancia. Viene después la Venus de Milo en el Museo del Louvre, "La Venus de Milio" según las palabras de mi padre. La Venus prisionera en el museo entre mármoles veteados, rojos, grises y hasta negros. La Venus de las cajas de galletas y de fósforos, de los cuadernos de dibujo y hasta de algunos preservativos. La Venus de los cabarets y de las casas de lenocinio. La Venus un tanto andrógina o indiferente, de una sensualidad recatada. Mujer... flor de agreste armonía, así fueron aquellos años de peregrinaje, de la ardua e incesante búsqueda de Grecia, siguiendo el hilo de mi propia inclinación, no por invisible, menos poderoso. En la parte posterior del Partenón está el museo de la Acrópolis. Allí los mármoles viven sumergidos en su luz ambiente, natural y original. Ahí están los dioses que se quedaron dialogando; quizá inquiriendo sobre la guerra. Esos conmovedores dioses griegos, mutilados por la dinamita, por la mano turca, y hasta por la mano cristiana. Bellos dioses griegos que desafían el tiempo y la materia y se meten en el alma. A mí me aprisiona más esa belleza rígida de las Korai. Las muchachas atenienses con sus túnicas transparentes y coloreadas que insinúan y ocultan sus formas juveniles. Muchachas con sus trenzas gemelas que descienden sobre los senos abultados. Muchachas de labios prominentes y sensuales.

Bellas mujeres atenienses, con sus ofrendas en las manos y para los dioses, quizá como ofrendas ellas mismas, a los dioses griegos que se prodigaban con los humanos. Decidí instalarme en la Acrópolis y dormir al sol y al agua para sentir hondamente los mármoles al despertar, para verlos en la aurora y en el crepúsculo; para oirlos bajo la lluvia y descifrar su pura silueta en la noche, contra la luna. Otro día no quise ver más los mármoles, cerré los ojos, para no mancillarlos con la mirada, sino con el tacto, con toda la mano y, hasta donde fuera posible, con todo el cuerpo. Otro día decidí mensurar los mármoles con la geometría de Euclides; y otro, atraparlos con las fantasmagorías de Heráelito. El resultado fue diabólico; aquellos cuerpos minerales son aún más enloquecedores en la tiniebla. Parece que braman o exultan pútridos sortilegios. Posteriormente decidí instalarme en el museo arqueológico, que es, como todos los museos del mundo, insoportable y fatigante, lleno de objetos en un desorden atroz. Yo no tenía prisa, no estaba ahí para comprobar ninguna hipótesis. Estaba en el museo simplemente para dialogar y para departir. Fui localizando a mis viejos amigos, sin prisa. Primero, en una vitrina, el tesoro de los atridas, hallado en una tumba, en Nauplia. Vasos de oro para beber el vino; adornos femeninos; cascos de guerra con incrustaciones de oro; espadas con leones rampantes. Uno de esos vasos, sobre todo, me cautivó; el del sacrificio de los toros. La pobre bestia anudada, brama y resopla. El hombre impone soberbio su voluntad. El vaso casi cabe entre las manos; pero hace sentir un mundo inmenso. Imaginaba a Agamenón, el atrida taciturno, escanciado en ese vaso el vino De resina. Quizas me conmueve esta escena del toro así anudado, porque me Es familiar desde la infancia, cuando, en busca de sangre, veía sacrificar los Novillos en la profunda noche del “Uvial”. Hija del corazón partido, del corazón cruzado entre ardientes nopales y aventureros aires, te digo que al salir, al brotar de la bruma original, solo entresaco recuerdos sin filiación concreta en el tiempo; ligados a la montaña, a la vida, allí más cercana a la barbarie que a la civilización. No sé cómo es que existo, cómo sobreviví a esa miseria; a la carencia absoluta de todo lo que es indispensable para la supervivencia humana; sin embargo, tengo de la infancia una imagen poética, luminosa y tierna. Una tarde mi padre trajo los materiales para hacer una cometa; la terminó en la noche y en ese mismo instante la echó al aire. Recuerdo, vívidamente, la sombra bruna de la cometa contra el cielo estrellado y contra la luna. Desde ahí, desde ese momento, se me adhirió al alma el misterioso silencio de la luna y la estremecedora carga de la noche, como en el alborear del mundo, sobre unas montañas sin energía eléctrica, sin automóvil, sin ferrocarril, sin alfabeto, sin ley. El peso de la noche sobre las montañas, los caminos y los hombres inocentes y perplejos. La noche, noche–soledad, como la tiniebla–nada anterior al nacimiento y posterior a la muerte.

El silencio de la noche, entre el murmullo de los grillos, y las estrellas en el corazón de la montaña, como el signo único de la soledad cósmica; de la soledad absoluta; de la soledad sola, solísima del poeta. Ahí, bajo la noche, los caminos; los pasos del hombre sobre la tierra. Para ir a cualquier parte, antes que nada el sendero, la huella. Así la montaña cruzada por grandes caminos, como el de Piedraverde y el del pueblo; el camino de travesías y Amagá; el camino del Cauca arriba y el de la Toscana, el camino del cielo... Siempre quise seguir esos caminos hasta encontrar el final. Hoy regreso de todos ellos, hasta de los del infierno, cargado de remordimientos y preguntas y miedos. Quizá fue esta mi primera noción del movimiento, porque fue mucho más tarde cuando intenté volar. Recuerdo el jardín de la casa que cuidaba mi madre sin esmero, en donde estaban entreveradas las matas de dalia con las de col; el cilantro con la cebolla; la malva con el perejil; el girasol con el apio. Veo la culebra verde que salía a asolearse en el patio y se quedaba dormida hasta que el animal de rapiña la rondaba con su vuelo en zig-zag. La culebra se iba y el animal de rapiña perseguía los pollos, que se metían asustados bajo la gallina. Derrotado, el gavilán emprendía la huída y entonces la comadreja iniciaba su labor, en las tinieblas, otra vez contra los pollos. Vienen los recuerdos, recuerdos en tropel, desordenados. Recuerdos sexuales que no puedo decir, y que no tiene sentido consignar; la verdad es que los primeros recuerdos, los primerísimos, son sexuales, de inquietud, curiosidad, angustia y aún de miedo. Recuerdo una caja de galletas Biscuit, ya muy usada, que alguien le regaló a mi madre. Allí guardaba ella las agujas, los hilos, los botones, el dedal y las tijeras. La tal caja, para mi maldición, tenía estampada en la tapa la efigie blanca, conmovedora en su perfección, de una mujer semidesnuda. Mi madre decía: "Qué hombres tan groseros, que ponen unas galletas o unos confites, o qué se yo, en una caja tapada con una mujer encuerada". Y, ¡Oh milagro!; a mí, que no tenía noción de las galletas ni de los confites, lo que me deslumbró fue aquella mujer blanca y perfecta. "Dicen que esa quezqués la Venus de Milio", dijo algún día mi padre, y resolvió de una vez por todas el conflicto. Solo sé que este recuerdo se me quedó grabado, fijo, obsesivo, perturbador, prematuramente. Solo entiendo que de él viene ese largo y agobiante peregrinar por el mundo griego; sin Darme cabal cuenta, y sin presentir siquiera que llegaría a ser, como lo soy, un esclavo de esa premonición. Así he vivido, de premoniciones, ebrio y delirante. Así he vivido, hija mía, que descendiste de las altas y enrarecidas planicies mexicanas, en donde moran los dioses sedientos de sangre. Así he vivido; ebrio y protestatario; ebrio y deicida. Así he vivido; golpeando a diario ante la puerta del misterio; inquiriendo en vano en los otros hombres; en las trémulas manos de las mujeres. He vivido a ciegas; siguiendo con torpeza el camino de la vida; perplejo ante el devenir y desconociendo el sentido de las plegarias y de las promesas. Así he vivido, y por lo mismo inquiero con pasión obsesiva en el origen, en los primeros momentos y en el horizonte herencial.

Parto del convencimiento de que allí, en esas primeras luces, se inicia mi memoria, mi conciencia, mi connotación del mundo y que todo esto es intransferible y casi hasta incomunicable. Yo creo que todo intento por comprender otras vidas es totalmente imposible, o que se puede intentar solo bajo el principio de que, en la esencia, hay siempre algo personal, único e incomunicable. Mi memoria no existe sino en función de mi propio vivir; de mi propio transcurrir por el mundo. Yo no puedo recordar por otro y ningún otro puede recordar por mí. La memoria es personal y se basa en la experiencia fundamental, tanto en el campo fisico, como en el espiritual. Es irremediable diferenciar la memoria individual y la memoria colectiva; la memoria individual afecta a todas las formas de comportamiento, y la memoria colectiva es simplemente historia, leyenda o fantasía. Antes de que yo viniera al mundo, el mundo no existía, y se terminará cuando yo muera; y se prolongará indefinida, eternamente, en otros "yoes" que reaccionarán ante el mundo bien sea como compenetración, o como representación, o como rechazo; pero indudablemente de muy diversas e infinitas formas. Todo ese otro mundo que conozco está en los libros, en las láminas, en las fotos, en las historias, en los dolores de los otros hombres; pero de ninguna manera dentro de mí, en mí o para mí... No pregunto de dónde vengo o para dónde voy. Eso a mí no me interesa. Estoy aquí como el polen a merced del viento; sin brújula y a disposición de mi conciencia ciega. No necesito el consuelo de nada ni de nadie; ni siquiera de la filosofía; solo a veces de la estética. Sólo a veces la belleza mitiga esta nostalgia eterna, indisoluble y corrosiva. Hija mía, flor de cacto, hija del amor amargo, que recuerdas de alguna manera a la Malinche. Las primeras letras me las enseñó mi madre y yo las repetía a voz en cuello; de la misma manera los números. Aquí empieza Grecia a golpear fuerte, persistentemente en todo y contra ese magma original y telúrico.

El milagro del alfabeto, allí, en la choza desmantelada del "Uvital", entre flores, cocuyos y gusanos. El alfabeto: Alfa ' Beta, Gama, Delta... los números: Ena, Dio, Tria, Técera, Pente. Allí en la choza, el alfabeto, los números y la Venus de Milo sobre una caja de galletas Biscuit. Después, el lento peregrinar hacia Grecia, de un lado; y del otro, padecer la dura, la escueta, la sangrienta realidad tropical. Dos mundos no paralelos; ni siquiera semejantes; seguramente los dos prodigiosamente bellos. De una parte, el hombre civilizado. De la otra el salvaje; el salvaje que devora al civilizado; el salvaje que busca la luz, que busca el fuego, que afina sus armas. Se fue viniendo sobre mí la geometría, el triángulo, el pentágono, el círculo, la cuadratura del círculo. Se viene encima de uno, que no ha hecho sino medir las nubes, calcular la lluvia y viajar en le viento, esa catedral lógica, exacta y fulgurante. Recuerdo… recuerdo el hostigante y duro banco de la escuela y a Don Miguel Yepes, mi maestro, haciéndonos construir con cartón y engrudo las figuras geométricas. Nos decía: “Tranquilos, muchachos. Con estas figuras se puede medir todo: la tierra y hasta el cielo". Yo creo que él no entendía lo que decía, y nosotros menos. Pero ya iba abriéndose campo un nombre sonoro y remoto: Euclides, Euclides, Euclides... La geometría de Euclides, nada menos y nada más. La distancia al sol medida en triángulos; esos triangulitos hechos en el cuaderno de dibujo, con lápices de tinta morada. Cuándo me imaginaría, en ese tiempo atroz, que nada encontraría en el futuro ajeno a Grecia. Quizá sólo los cuentos de las Mil y una Noches; sólo los relatos de la antropofagia; o sólo las fantasías de los dioses orientales, pasivos e inertes. Cómo podría imaginar en aquellos días vegetales y cuaresmales que llegaría a ser el más ignorante y errático de los esclavos del alma griega. Cuándo podía imaginar que llegaría el instante de penetrar arrodillado al Partenón; que, con mano trémula, palparía el mármol en la planicie ruda de Esparta o que llegaría hasta el dolor oyendo las lamentaciones del tirano Agamenón, ciego y moribundo; o que sentiría paralizado el corazón leyendo la Apología de Sócrates. A partir de aquella borrosa caja de galletas Biscuit, se inició para mí una lucha tenaz y bestial con la cultura, la belleza, el conocimiento griegos. Mujer, flor de la tierra, la tierra misma levantada contra el viento y la tempestad. Te escribo desde el tiempo fugaz y transitorio, para depositar en tí estas angustias de la vagancia; preguntas nunca satisfechas. Tendrás la faz del agua, el color de las flores, las formas de los frutos y ese lento, fatigado correr del tiempo inútil. Te digo que, en vista de que la temporada turística terminó, me fuí a Olimpia en un bus de transporte común. Fue una experiencia desconcertante. En el aparato, como en todos nuestros pueblos, se acomodaron pasajeros con sus animales, enseres, comidas y vino. Yo me instalé azorado y silencioso. No entendía ni jota de su idioma. Ellos entre sí se miraban y se reían, celebraban y se consultaban su cuestiones íntimas y seguramente mi aire extranjero.

Yo temía que me hicieran una de esas bromas crueles que son frecuentes entre los hombres del pueblo. Sobre todo de esos pueblos más antiguos y duros. El automotor avanzaba por la campiña, entre las instalaciones petroleras de Onassis y Niarkos, bajo la luz matutina. Al poco tiempo pasamos por el istmo de Corinto y atravesamos el canal del mismo nombre. Mira, mujer, flor que el viento mece, que la noche arrulla, yo me sentía verdaderamente incómodo y quizá hasta intranquilo, sin poder lograr ninguna comunicación. Los olores que se albergaban en aquel transporte, no eran como para ser descritos gráficamente. Así viajando, ensimismado en mis pesadumbres, vi a un joven que sacó de debajo del asiento una enorme y dorada hogaza de pan y la cortó como cortando madera, con su cuchillo lustroso. El primer pedazo me lo ofreció en un gesto tranquilo y noble. Yo vacilé por un instante, sentí que se me rebullía todo en el estómago vacío; y todo se empeoró aún más, cuando ví a una campesina corpulenta y sudorosa que cortaba un inmenso queso y me ofrecía un pedazo. Hice como pude mi torta, en medio de un trance terrible de náusea; no sabía qué hacer, hasta que, providencialmente, alguien se me acercó con una vasija de vino de resina. Ni tardo ni perezoso, me pegué al oscuro borde de la vasija. Mujer–flor, flor de borrachero, tú me conoces, tú me has visto desnudo en un segundo tenía caliente el estómago y también la cabeza, el corazón, el entusiasmo y quizás hasta las glándulas. La torta me pareció dura en un principio; y se fue haciendo dulce,, blanda limpia al poco tiempo. La vasija de vino vuela y con el vino el alma vuela, de labio en labio y entre mis manos. No sé si hablé griego, no lo creo; me expresé seguramente en el lenguaje universal de las risas y de las manos tentadoras. Ebrio y confundido llegué al poblado que hoy soporta el nombre de Olimpia; una aldea como cualquiera otra de México o de Boyacá o de Bolivia, en donde se confunden los pequeños animales, olorosos caprinos, con las frutas, las legumbres y el pan, en un hacinamiento revulsivo. Inmediatamente me fui a las ruinas. Ahí nada; ni un mármol en pie; todo convertido en escombros, sometido a la piqueta demoledora. Nada del estadio, de aquel inmenso estadio de donde partieron las antorchas; nada del templo, nada de los dioses y sólo la horripilante y aterradora devastación. Me fuí al museo. Es bello y armonioso y lo domina el Hermes de Praxiteles, indudablemente sobrecogedor. El mármol está roto en parte; bien reconstruido. Me parece extraño que esté sin terminar en la parte posterior. Seguramente estuvo colocado en algún nicho o contra un muro. En el museo existe una bella reconstrucción del tímpano del templo de Olimpia. Los centauros raptan a las doncellas; estropean con sus pezuñas los dorados flancos de las hembras. El museo no es muy rico y puede ser que esta ciudad cuartelaria, de soldados homosexuales, no fuera muy rica en obras de arte. Me encaminé hacia Delfos; aquel dorado sueño, inspirado por oráculos, pitonisas y misteriosos conjuntos arquitectónicos. De nuevo me fui en un transporte popular; por fortuna, en la noche, cuando todos dormían; nadie se dio cuenta de mi extranjería. En un lugar cuyo sonoro nombre griego no recuerdo, tomé la barcaza para cruzar el Golfo de Corinto. Mar gris y tormentoso. En muy poco tiempo estuve en Delfos; no es fácil describirlo, pero es necesario hacerlo, porque si no es así, no se comprende el prodigio de este centro asombroso. Delfos está construído en un terreno escabroso, accidentado hasta lo increíble; parece imposible que en aquel terreno hubieran podido encontrar los genios griegos la manera de construir estadios, templos, templetes, de una elegancia y de una hermosura en verdad refinada. Pero lo que conmueve en Delfos es el museo. Ahí está el auriga con sus caireles ordenados y uniformes, con los pliegues de su túnica bien plisados; con sus ojos grandes, inocentes y alelados, y, todo, de una belleza tranquila, serena y solemne.

Es apenas de una dimensión justamente natural, quizá más pequeño que grande; el viejo bronce tiene sus tonalidades verdosas del agua de mar. En este museo están las más bellas figuras aladas que el hombre ha podido crear; las victorias, las dulces victorias que ofrecen sus pechos, sus vientres, sus piernas y sus alas a la lasciva ambición de la humanidad. Victorias casi barrocas; inmersas en el movimiento como la Victoria del Louvre, la Victoria de Samotracia. La Victoria que es el viento, el primitivo deseo, la simiente que navega buscando los ovarios, hiriendo la materia, penetrando el tiempo y ahorcando a los dioses. Hija mía, flor instalada en todos los portales; amargo recuerdo del cacto, del toluache, dulceamargo recuerdo, te digo que alguien me dijo, no sé cuándo, ni cómo, ni dónde, y además no me interesa, que la vida es un instante entre dos eternidades; algo así como un relámpago maldito, entre dos inmensas, terribles y bellísimas nadas: la nada antes del nacer y la nada después de morir. El antes y el después en donde nosotros, amada hija, de ninguna manera estamos o estaremos conscientes y a gusto. Ese chispazo fugaz, tambaleante, trémulo, es el que me interesa y deseo delimitar en sus confines y contorno. Empeño vano e inútil; pero lo intento, como pretendo a veces sujetar la belleza, penetrar en la noche, al glandular origen de a vida en el orgasmo y en el delirio amoroso. Intento reconstruir ese perfil impreciso, brumoso, que inicia mi vida inmediatamente después de la nada germinal del nacer. Quiero hacerlo ahora, cuando el fantasma astronómicamente bello del límite, voluntario e involuntario, de mi vida con la nada después de la muerte, me es familiar. Lo intento ahora, cuando mi vida es como un río gimiente y tumultuoso que corre consciente entre las dos orillas, las dos bellísimas impolutas nadas, azotando el viento y burlando las mareas. Todo esto se parece mucho, hija amarga, y morena y dulce, a un testamento del viejo iconoclasta. Pero acaso mi vida, como todas las vidas, ¿no es un testamento y un testimonio amargo y desolado, un frustrado ruego? Esta no es todavía la parte final del testimonio, testimonio–testamento, porque espero, aquí en la tierra, blasfemar, protestar, guerrear y batir la muerte con mis banderas de lujuria y de furia. Aún deseo batir la muerte con mis propios himnos de agrio mineral. Aún, antes de cerrar los ojos, quiero conjuntar el alborear griego, impoluto, con el alborear de mi vida, en una montaña brutal, tallada por un Dios machetero; sin piedad y sin conmiseración. Sé que mi insólita experiencia de vivir, de alguna manera genial, corresponde a aquella única historia del pueblo griego. Perdónenme. No puedo decirles más. No sé más. 0, sí sé más... sé las historias del bárbaro y sé también las historias del civilizado. Unas sin otras no pueden existir, y en este mamotreto dejo mi desolada y angustiada visión. Es problema de crear y es también mi destino, como el del Oráculo de Delfos, como el de los augures de la vida y de la muerte. Adiós y nos veremos.

 

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