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Contenido:

Artistas por la paz

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La paz: más que una paloma.

 

 

Texto de Germán Santamaría

Las palomas vuelan en bandadas y las águilas viajan solas. Pero en Colombia, durante los últimos cuatro años, se escuchó la música de alas de la más vasta bandada de palomas que jamás haya transitado por el territorio nacional.

Las águilas son la guerra. Y su destino es la soberbia soledad. La paz tal vez no sea una paloma, como una mano no es la amistad, mientras que muchas manos constituyen la solidaridad. Fue así como las palomas, todas, muchas, que volaron por las paredes, pisos, globos, caminos, calles, rostros, manos, plazas y todos los ámbitos de¡ país, no trajeron del todo la paz pero denunciaron y desnudaron una verdad que la mayoría de los colombianos se negaba a aceptar: En Colombia se vive una guerra.

No es una guerra total, convencional. Pero ha estado ahí latente, artera, incubada en un momento, manifiesta en otro, imperceptible, total. Sólo quienes hayan leído la novela corta Los Duelistas, de Joseph Conrad, sabrán las razones profundas de cuanta violencia puede estar empozada en el corazón humano, pero al mismo tiempo cuánta capacidad de paz y de amor se esconde al¡ allí mismo, como en la parábola de todo el mal y todo el bien que yace en el corazón de todo hombre, que planteara Poe en su memorable relato William Wilson.

La violencia colombiana viene desde el vasallaje de la Conquista, desde la rudeza de la Colonia, desde la batalla de la independencia, desde la procelosa configuración de la República, desde lo ancho y lo largo de las guerras civiles decimonónicas y después, también, de la confrontación partidista vivida a lo largo del presente siglo.

Sin embargo, durante los últimos 40 años la violencia ha adquirido en Colombia una dimensión cotidiana. No sólo durante el aciago período de la llamada Violencia –terrible mayúscula– sino en estas dos últimas décadas, cuando la muerte ha estado presente allí, en las calles, en los campos, en todos los estadios de la vida nacional. Y como en aquel memorables verso según el cual "toda muerte que no sea la mía es apenas un simulacro", los colombianos parecían en cierta forma familiarizados con la muerte. Miraban asombrados lo que sucedía en Centroamérica, en Nicaragua o en El Salvador, o se horrorizaban con la devastación de Beirut.

Pero, de pronto, hace cuatro años, alguien escribió que en ese vasto atardecer que se llama el Magdalena Medio se vivía un "Salvador chiquito". Es decir, que la guerra de El Salvador estaba allí a cuatro horas de Bogotá, en los tremedales de¡ Río Grande de la Magdalena o en las selvas del Opón. Fue como si el país hubiera recibido una bofetada. "Los muertos fuimos cinco", alcanzó a decir uno de los sobrevivientes de la matanza. Se habló de los cadáveres que bajaban por las aguas del río, de las masacres en las veredas, de los cementerios clandestinos, de los puentes ensangrentados, de las acechanzas al atardecer, de la muerte en la calle, en medio del remolino.

Era apenas la evidencia de una realidad vieja y profunda. Nadie había querido entender que Colombia contaba con la guerrilla más vieja del mundo. Que en el país prácticamente existían pequeñas "Repúblicas independientes". Que las "vacunas" o extorsión a los ganaderos, los secuestros, el asalto de pueblos y el atentado en las calles, eran formas de expresión cotidiana. A esta forma de violencia política, era necesario agregar la violencia social, el robo, el atraco, el crimen, la otra muerte también acechante en las calles de la ciudad, no en el remolino del pueblo, sino entre la jungla de cemento, en el mismo corazón del nuevo país urbano.

Colombia se había venido desangrando en la más sórdida y casi imperceptible guerra, enfrentados los jóvenes, campesinos depredados por campesinos, estudiantes sacrificados, soldados caídos, todo en medio del discurrir de una vorágine sin destino. Y, lo que era más grave, a la antigua violencia partidista, apenas de color, había seguido otra violencia. Una violencia política de expresión ideológica, inspirada en la lucha de clases. O sea, la más profunda y aterradora de todas las violencias.

No era una amenaza sino una realidad. El Caquetá era un ejemplo contundente. Arrasadas sus praderas, peligrosos su ríos, amedrantados sus moradores, esta tierra de promisión era el símbolo de la violencia que asolaba las más alejadas regiones, los llamados Territorios Nacionales, pero que se iba cerrando sobre el corazón del país en una tenaza devastadora. Era y es la violencia de una dialéctica de nuevo tipo, que tanto afecta al empresario como al obrero, al pequeño agricultor como al acaudalado hacendado.

Esta nueva mancha de muerte amenazaba con socavar lo más profundo del Estado colombiano, después de haber corroído el alma de muchos hombres y mujeres de su territorio. Por ello existía un hastío, una fatiga. Ya todos expresaban el cansancio de la muerte y las depredaciones. Por ello era necesaria esa palabra providencia¡: ¡basta!

Gotas de sangre

El 7 de agosto de 1982, a las tres de la tarde, el nuevo Presidente de Colombia, Belisario Betancur, dijo ante la multitud que lo aclamaba en la Plaza de Bolívar de Bogotá, que durante su gobierno no se derramaría ni una sola gota de sangre de un colombiano por culpa de otro colombiano. Era el día de su posesión y fue claro que se refería a las luchas fratricidas que con menor o mayor intensidad se han sucedido en Colombia durante los últimos 40 años, y de manera particularmente intensa entre el ejército y los alzados en armas durante las dos últimas décadas.

En ese momento nadie sabía cómo se podría alcanzar la paz en Colombia. Los colombianos recordaban que los pactos acordados más de 30 años atrás, entre el gobierno y los llamados guerrilleros del Llano, habían sido posibles porque los insurrectos no obraban de acuerdo con una ideología política determinada, sino atendiendo un sentimiento partidista, controlable desde los mismos cenáculos de los partidos en Bogotá. En cambio ahora se trataba de una guerrilla que con sus diferentes matices de pensamiento tenía como común denominador una ideología marxista de fondo, y su lucha tenía como fin remplazar el actual sistema imperante en el país.

Fueron necesarios dos años de arduas conversaciones. Fue una espera llena de ansiedades, pues era hasta ahora la primera vez en el mundo que un gobierno de origen democrático, elegido en las urnas, negociaba con grupos alzados en armas que luchaban para derrocar ese sistema. Al cabo de dramáticos encuentros, tanto en Colombia como fuera de¡ país ?México o Madrid?, en 1982, antes de cumplir dos años de gobierno la administración de Belisario Betancur, por intermedio de ¡a Comisión de Paz y otras diversas comisiones, se logró firmar pactos de tregua con los tres principales grupos subversivos: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc; el Movimiento 19 de Abril, M-19; y el Ejército Popular de Liberación, EPL. Los pactos se firmaron en el profundo cañon del río Duda, en Uribe, en un pueblo del Cauca llamado Corinto y en un club de Medellín.

El mismo hecho de haber firmado estos acuerdos de cese al fuego y tregua dejó de una vez por todas algo claro: en Colombia existía una guerra, grande o pequeña, pero al fin y al cabo guerra. La suspensión momentánea de las hostilidades con los grupos subversivos se logró bajo el acuerdo de entablar un Diálogo Nacional y con el compromiso de¡ Gobierno de impulsar en el Congreso un paquete de reformas que replantearían en buena parte la estructura del establecimiento colombiano. Dentro dé este propósito de cambio, se incluía la elección popular de alcaldes, la reforma electoral, la descentralización política, fiscal y administrativa y el estatuto de los partidos. Estas reformas se plasmaron en leyes, por iniciativa de¡ ejecutivo y trámite en el Congreso. Sin duda alguna la más publicitada fue la de la elección popular de alcaldes, que deberá entrar a regir en 1988. Igualmente, la mayor frustración la constituyó la intención de nueva legislación sobre reforma agraria, que se ahogó antes de nacer.

La misma espectacularidad que rodeó la firma de los compromisos mas la aprobación de estos proyectos trascendentales, hizo que de 1982 a 1986 el tema de la paz fuera la preocupación mas recurrente, el tópico más controvertido y el más apasionante argumento de discusión en todos los lugares del país. "La paz se convirtió en un tema nacional, que penetra en la reflexión diaria de las personas, y no en titulares o avances radiales sobre enfrentamientos de la fuerza pública con grupos alzados en armas en las montañas colombianas", afirmó el Presidente de la República Belisario Betancur.

Y como siempre la paz nace de la entraña de la violencia, desde el principio el proceso se vio sopesado, cuestionado, con fervientes defensores y vehementes contradictores. Todos los colombianos discutían, no sobre la necesidad de paz, sobre lo cual existe unánime propósito, sino sobre los métodos para conseguirla. Unos pensaban que la firma de los pactos propiciaba una tregua para el rearme y reagrupamiento de las guerrillas. Otros apoyaban estos acuerdos porque consideran que la solución al conflicto tendrá que ser política y no militar. El gobierno anunció no reconocer enemigos de la paz y ningún colombiano se pronunció en este sentido. La discusión era por la forma y no por el fondo.

Sin embargo, la misma intención de desactivar todo un conflicto casi secular en Colombia se tornó muy compleja desde el principio. La violencia daba a cada momento coletazos y ramalazos. "Ha habido malentendidos, ha habido excesos, eso es cierto, pero no sería sensato históricamente, ni siquiera desde un punto de vista utilitario, decir que los colombianos no tenemos otro camino que el de la violencia". afirmó el Presidente en memorable admonición.

El día de las palomas

Hubo en Colombia un día en el que la paz fue más que "el viento de la patria en la bandera". Fue el día de las palomas.

Se denominó Jornada de los Artistas por la Paz. Durante el soleado domingo 26 de agosto, más de 10 mil personas concurrieron a la Plaza de Bolívar de Bogotá para trazar allí una colosal alegoría creadora en apoyo al proceso de paz. Se dieron cita bajo la siguiente sentencia: “No tendrán derecho a exasperarse si la tregua fracasa, si la paz se queda inconclusa como una tierra imposible, aquellos que no se sumen a la tarea de defenderla junto con ¡os colombianos que la construyen". De igual manera se acuñaron dos lemas: Taso a la Paz, Paso a la Vida".

Ese memorable día de las palomas fue convocado no sólo en Bogotá sino también en otras ciudades como Neiva, Medellín y Barranquilla. La intención era que los artistas, que son los constructores de almas humanas y cuya materia prima de trabajo es el espíritu y lo tangible del hombre colombiano, pintaran la paloma de la paz. Y no sólo se podía pintar con pinceles, en color. En cierta forma la paloma también se expresaría en la música, en el teatro, en el cine, en la palabra del escritor, en la forma del escultor, en el artista todo, encabezado por el creador plástico.

Los artistas mayores en el día de las palomas fueron el Premio Nobel Gabriel García Márquez y el maestro Alejandro Obregón. Pero el famoso pintor cartagenero no pintó su paloma en protesta porque un amigo suyo había sido secuestrado. Fue una hermosa paloma que perdió la paz. El Nobel pintó su paloma y escribió: "Viva la paz con los ojos abiertos". Con esta afirmación quiso hacer un llamado acerca de los peligros que se cernían sobre el proceso iniciado.

Pero la fuerza de la paz adquirió una masiva expresión creadora. Fueron más de 200 agrupaciones artísticas y cerca de mil pintores los que se dieron cita para cantarle a la paz, con la palabra, con la música o con el pincel. Además de una hermosa paloma del gran pintor Fernando Botero, en la plaza y en los talleres empezaron a palpitar las hermosas palomas de creadores como Manuel Lugo, María de la Paz Jaramillo, Ángel Loochkartt, Zalamea, Callejas... Es decir lo más importante de la plástica nacional.

En Bogotá, en la vastedad de la Plaza de Bolívar, eran los pintores y los escritores y los teatreros y los titiriteros y los escultores y los músicos y todos los artistas confundidos con los niños, con los ancianos, con los hombres y las mujeres. Y entonces el pueblo le cantó a la paz. Se elevaron globos en el cielo. Las bandas retumbaron. La música se desató. Y las bandadas de palomas que durante tantos años han comido en el paisaje abierto de la plaza y anidado en las cornisas de la catedral, se echaron al vuelo y su aleteo se confundió con el tañido de las campanas al viento.

Durante todo un día los artistas colombianos dibujaron la paz. Pero como la paz no es una paloma sino una bandada de palomas, entonces a partir de esta jornada, ese mismo día y los siguientes, el pueblo, que es el más grande de los artistas, comenzó a pintar la paz por todo el país.

Surgieron las palomas en los muros abandonados. Las palomas en las paredes altas. En las puertas cerradas y abiertas. En los árboles, a la orilla de los caminos. En el pavimento de las calles y avenidas. Y aún en los rostros, como calcomanías, e incluso hubo quienes se hicieron tatuar palomas en la piel.

El país fue un palomar ese domingo 26 de agosto por la tarde. Pero no eran palomas derrotadas, ni agresivas ni solitarias como águilas, sino victoriosas en su multitudinaria bandada. Y no eran igualmente mansas palomas. Eran palomas reclamantes, algunas envueltas en la bandera, y señalando la mayoría de ellas que la paz sin la justicia no es más que una nueva forma de violencia.

Entonces junto a las palomas surgieron los graffiti: "La paz es vivienda para el pueblo". "La paz es pan y el pan es paz". "Paz y amor". "Anatomía de la paz: pan, trabajo, educación, democracia, desarrollo, tierra".

Fueron palomas mensajeras, enérgicas, que señalaron que la paz no es sólo una firma. Ni un carnaval en la plaza. Ni el mismo acto de pintar palomas. Ni la paloma misma. Decían que la paz es algo complejo, cambiante, que se edifica día por día, semana?por semana, robándole a cada instante espacio a la violencia.

Hacia las seis de la tarde, cuando terminaba la Jornada por la Paz, un abuelo y su nieto caminaban de regreso a su casa de¡ sur. Atrás dejaban a los pintores y a los músicos y a los teatreros y a los titiriteros y a todos los artistas convocados. Los dos habían capturado subrepticiamente dos palomas de la Plaza de Bolívar y las llevaban para preparar el desayuno del otro día. Sería la paz del día, su paz.

Pero la otra paz, la general, la grande, ya estaba en marcha con destino imprevisible.

¿Qué pasará?

Pasaron dos años. De pronto, el 7 de noviembre de 1985 se produjo la toma, incendio y desenlace del Palacio de Justicia de Bogotá. En uno de los más dolorosos episodios de la historia colombiana, la infamia de la barbarie se volvió a ensañar sobre el país.

No sería ético trazar cualquier balance sobre el proceso de paz sin señalar que este hecho fue como un manchón negro sobre la blanca paloma de la paz. Pero tal vez su misma insensata violencia despejó aún más la necesidad de paz para todos los colombianos.

De igual manera, al finalizar 1985 se descubrieron los cementerios clandestinos de Tacueyó, Cauca, donde se había sepultado a más de 160 personas ejecutadas a sangre fría por un grupo subversivo.

Este hecho y la toma de¡ Palacio de Justicia, de nuevo inscribieron al país en la historia universal de la infamia. Ambos reflejaron los traspiés o fracasos que pudo haber tenido, o que tuvo, el proceso de paz en Colombia.

Al mismo tiempo se rompieron, sin necesidad de protocolizarlo, los pactos de tregua y cese al fuego con los movimientos M-19 y EPL. De nuevo en Antioquia, en Córdoba, en el Cauca, en el Valle resonaron las armas. La paz no había sido completa.

Pero se logró lo que hasta ahora no se había podido realizar en ningún país de¡ mundo, con la excepción, tal vez, de lo acontecido en Venezuela pero en circunstancias diferentes. En efecto, los pactos con las Farc, la organización insurgente más poderosa del país, no solo se mantuvieron sino que se prolongaron por un tiempo indefinido, más allá de los acuerdos iniciales. Además, de ser ya un éxito la misma desmovilización de tan significativa fuerza alzada en armas, lo más importante ocurrió cuando esta organización se presentó a la batalla electoral, tanto en las elecciones parlamentarias el 9 de marzo como en las presidenciales del 25 de mayo de 1986.

Es decir, también casi en forma sin precedentes se produjo una apertura política que permitió que un grupo guerrillero, de inequívoca formación marxista, incursionara en las urnas, arma principal de la democracia, y obtuviera allí resultados que ellos mismos han reconocido como satisfactorios. Fue la cristalización de una significativa apertura ideológica, la entrega de espacios políticos a grupos e ideas que hasta ese momento sólo encontraban expresión en las armas.

Es así como la paz tiene en la actualidad colombiana dos rostros. Por un lado, el recrudecimiento de la violencia con dos grupos subversivos y, por otro, la tregua en vigencia con la fuerza guerrillera más numerosa de Suramérica y una de las más antiguas y mejor organizadas del mundo.

Nadie podría precisar a ciencia cierta qué va a pasar en el futuro con el actual proceso de paz en Colombia. Pero fue el expresidente Alfonso López Michelsen quien afirmó que después del Gobierno de Belisario Betancur, Colombia jamás podría ser la misma.

El ilustre estadista liberal seguramente no sólo se refirió a un estilo de gobierno sino a la apertura de la paz durante el cuatrienio 1982-1986. Fue un proceso con fracasos, con errores, con excesos, en el que al final el saldo cruento, empezando por las bajas militares y subversivas, es elevado y donde el futuro es incierto. Pero quedaron como saldo positivo hechos irrefutables: una organización guerrillera en tregua e incorporada al proceso democrático. El porvenir dirá cuál será su suerte dentro del contexto político del país. Y quedará la certidumbre, la absoluta seguridad, de que Colombia sin la paz no tiene razón de ser.

Eso fue se descubrió la paz. Se supo que existía, que con ella se podía trabajar mejor, amar mejor, vivir mejor. Entonces por sobre todas las vicisitudes y derrotas salió victoriosa la impronta de la paz. Ella existe y hay que buscarla. Cada colombiano piensa ahora, elabora, sueña, esa paz que es algo más que una paloma, incluso mucho más que una bandada de palomas.

Pasarán los meses, los años, y las palomas pintadas en las paredes se desdibujarán, por los soles y las lluvias. En ese momento la paz no será ni siquiera una paloma pintada por un niño o diseñada por un creador. La paloma queda entonces por dentro, aleteando en los corazones, chapuceando allí mismo donde se empoza la violencia.

La guerra y la paz. El eterno drama del género humano. Un niño y su abuelo que se alejan de la Plaza de Bolívar con dos palomas robadas. La música de alas y campanas, confundida allí mismo en la Plaza de Bolívar con el estruendo de la fusilería. Bajo la lluvia, la paloma se destiñe, pero crece en los corazones.

 

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