Atavíos

Raíces de la moda colombiana

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Presentación

Canasto tejido en espiral de güerregue teñido con tintes naturales y alma de la misma fibra. Cultura Waunana, Chocó.

Mochilas de lana virgen de colores naturales. Cultura Arhuaca, Sierra Nevada de Santa Marta, Magdalena.Nariguera abstracta de felino, formada por varias láminas con perforaciones y placas colgantes. Estilo Calima, Valle del Cauca.

Casco ceremonial de oro martillado, con plumas y placas colgantes de oro repujado. Estilo Calima, Valle del Cauca. Réplica de precolombinos, Galería Cano.

Sombrero ceremonial en corteza de yanchama endurecida con breas naturales y pintada con tintes vegetales. Se convierte en máscara por los largos flecos de fibra de palma que cubren el rostro.

Telas y cordones de algodón y seda, Taller Mónica de Rhodes.
Sombrero tejido en hoja de palma. San Andrés, mar Caribe. 

“Algodón, tesoro, oro”, traje con cuello en lámina de bronce, con largos flecos de piola que comienzan en un trenzado múltiple. Diseño, Cecilia Arango. 

Alpargates con suela de fique trenzado cosida en espiral y capellada de lana tejida en telar de arco. Boyacá.

“Carriel”, del inglés carry all, compuesto por varios bolsillos de cuero de res, con acabados en charol, cordobán y piel de nutria. Antioquia.
T  Chinchorro de hilo de algodón elaborado con técnica de hilera sui-keyas, con fleco de croché. Cultura Wayúu, Guajira.

Texto de: Benjamín Villegas

Fue en el proceso de realización de Artefactos, Objetos Artesanales de Colombia, libro que publiqué en 1992, durante las sesiones fotográficas en estudio de los diferentes elementos, inertes sobre un fondo negro, cuando pensé que las prendas colombianas de todas las épocas lucirían mucho mejor modeladas por mujeres y hombres desnudos que resaltaran sobre la piel, sin complementos de otro tipo, la belleza intrínseca de las mismas. Me propuse, entonces, rendirle algún día un homenaje al diseño y la creatividad colombianos en un nuevo libro enmarcado dentro del ámbito diverso, sugerente, creativo, y para mí desconocido, de la moda.

De la moda, porque al contrario de lo que el término implica dentro de la vida contemporánea, como un permanente descubrir de diseño y forma que hacen época y marcan la vida y el comportamiento de la gente en un ininterrumpido devenir creativo, creo, también, que las prendas tradicionales, y particularmente aquellas que en algún momento fueron moda que se arraigó en la tradición, se enriqueció en el tiempo, se depuró con el uso y se incorporó a la vida cotidiana, son ejemplo permanente de estructura, color y utilidad, y una opción de expresión que bien vale la pena tomar en cuenta al diseñar el atavío de nuestra propia identidad.

Al juzgar un concurso latinoamericano de fotografía y conocer el trabajo de Nacho Marín, donde la piel jugaba un papel preponderante en medio de atmósferas barrocas y sugerentes de luz natural que irrumpe en la penumbra y en donde las modelos adquirían la posición exacta y bella, adornadas por la naturaleza exótica y los tocados exuberantes, creí encontrar al fotógrafo que interpretaba a fondo la experiencia estética que había soñado expresar con este libro, y lo busqué para que me acompañara en la aventura de realizarlo en conjunto.

Este libro nació de ese encuentro, de la conjunción de ideas y criterios que se dio desde el primer momento en que nos propusimos irrumpir en el ámbito de la memoria prehispánica, indígena y colonial, con la intención de renovar la forma fría y tradicional de la exhibición de nuestras prendas históricas, de los adornos y atavíos que nos legó la tradición, tal como se presentan en las vitrinas de los museos.

Había que imaginar el espacio de una cultura. Un espacio que fuese a la vez concreto y abstracto, determinado y abierto. Un espacio que nos permitiera ser fieles, tanto a las particularidades testimoniales y documentales, que aquí pueden invocarse, como a una generalidad donde cobrasen nueva forma las riquezas tradicionales de nuestro pasado, todo ello en el dominio acogedor de las cosas bellas.

Para lograrlo era preciso acogerse al postulado de la modernidad según el cual lo realno es algo dado de antemano, ni en el pasado ni en el presente sino, más bien, algo que habría que entenderse como una representación. De allí que fuera necesario abordar el pasado histórico como reconstrucción pura, para desplegar, en los signos de un repertorio de adornos, piezas de orfebrería y ornamentos, los motivos de una cultura, y dotar de un sentido preciso esa mirada particular sobre la memoria colectiva. Se nos reveló, entonces, la posibilidad de acoger, dentro de lo que llegaría a ser un proceso de trabajo fascinante, aquellos signos con poder de liberar sus contenidos y de organizarse en función de la transformación que fue surgiendo y que constituyó la propuesta de este libro convertir lo que podría ser simplemente accesorio, singular y lateral, en esencial, plural y central. Se trataba de arrebatar a nuestro pasado una colección que, con la sola fuerza de su presencia, denotara una nueva conformidad entre los objetos y sus usos, entendida como una propuesta seria, estructurada bajo el esplendor de un proyecto en el campo de la moda.

Este libro trata de aquellos objetos que hemos elegido en función de la carga cultural que conllevan, con la implicación de los oficios que representan, con sus formas cotidianas, míticas y simbólicas, pertenecientes a las diversas corrientes culturales del país y parte integral de una tradición que se expresa en las aficiones delicadas y en los gustos nobles, representados por los elementos de la producción artística y artesanal.

Aquí están los signos singularizados, que aparecen en el contexto de la escenificación, que con Nacho Marín hemos ideado para que coexistan el presente y el pasado, permitiéndonos vislumbrar aquella temporalidad mágica en la que, en el mismo espacio de la representación, convergen los tiempos más diversos.

Si, como afirmaba Picasso, aludiendo a la actualidad permanente de las obras griegas y egipcias, el arte no tiene pasado ni futuro, habría que añadir a su lista, con toda justicia, la mención a nuestro pasado precolombino e indígena y, si se quiere, a las fusiones maestras del mestizaje colonial. Por eso hemos creído pertinente proponer también un balance de aquellos objetos bellos que, bajo el ámbito provocador de su uso, permiten las nuevas clasificaciones, mezclas y códigos aquí presentados. A través de una verdadera colección, descubrimos el mundo del arte efímero, audaz, bellamente exótico y a veces extravagante, de las creaciones que evolucionan y se transforman sin cesar para producir esa moda que viste y hace soñar.

Por lo general la historia ha ignorado algo que queremos resaltar aquí la materia prima,esa que intercambia su significado con la representación que la acoge, la que permite a los objetos, portadores del sentido cultural que les pertenece, adquirir un valor pragmático de inmediata utilidad y que representan, frente a las vicisitudes de la historia, ciertos momentos que marcan los criterios en que se inspiran. Por ello, el sistema que ahora proponemos, como verdadero reencuentro a través de lo estético, toma los originales como modelos e instaura con sus réplicas la posibilidad de su uso creativo dentro del lenguaje amplio y virtual de la moda. Estos elementos, ricos en sí y genuinos en sus variaciones, pueden integrarse a un estilo particular que estimula el orden visual y la integración al mundo referido al imaginario de lo real maravilloso.

En estas escenas prevalece el ámbito de la leyenda y de la imagen reminiscente, al tiempo que se consagra la posibilidad de sus transformaciones futuras. El peculiar uso de algunos vestigios del pasado colombiano devela todo un proyecto cultural sustentado en la propia cultura. Su prolongación hacia los dominios de la ornamentación y de la moda permite las innumerables combinaciones de los atavíos y los trajes con los diversos elementos y tocados que los acompañan, dentro de un juego escénico que se estructura y se instala en un decorado de lujo, en donde inequívocamente se evoca la presencia del hombre americano inmerso en la naturaleza pero asumido, con sus magníficos atavíos, no sólo como objeto de contemplación sino como referencia y alegoría de cierta belleza arquetípica.

Aparecen, entonces, los ornamentos alegóricos del llamado de lo vegetal, las ricas texturas urdidas por manos hábiles, los cosméticos fantásticos, las orlas, las telas con los elementos que las enriquecen, los bordados y la bisutería, los chumbes, las chaquiras, los cascos ceremoniales de oro milenario, las máscaras de corteza y las diademas, las coronas, las narigueras y pectorales de delicada filigrana, los brazaletes y los sonajeros tintineantes, los fajones, las molas, las mochilas de lana virgen o de fique, los mantos, las enaguas y las faldas soñadas en las amplias terrazas del atardecer americano, los sombreros, las blusas, los pañolones y los trajes que ornaran los jardines y los vestíbulos de piedra y de silencio, las telas caprichosas y los trenzados generosos y, por supuesto, el fino sentido de la belleza física que los cuerpos desnudos y tatuados encarnan con esa expresión que parece encerrar un significado permanente.

Aunque las imágenes de este libro se basan en un solo principio estético, cada página podría ser el comienzo, el término o el cruce de caminos de un viaje simbólico, construyendo así su propia historia. Cuál historia Ese es, precisamente, el contenido que cada lector a su manera puede encontrar en esta obra, pues en la pluralidad de lenguajes que designa, el canon estético que propone es plural, lo cual implica unalógica pictórica. No por azar la secuencia de las imágenes evoca un espacio de tal naturaleza si por momentos recuerda al barroco, en otros se hace clásico, expresando un sincretismo artístico que, sin duda, hace parte del sistema de representaciones propio de nuestra historia. Sin embargo, desde un comienzo supimos que no se trataba de producir un arte realista, sino de combinar el oro y la corteza, el algodón y las plumas, o las semillas y los caracoles, en un proceso creativo imaginativo, libre, un tanto fantástico. Fue eso lo que nos permitió posesionarnos con libertad, alejados de prejuicios, de una sensibilidad orientada hacia la interpretación de signos arcaicos, la inspiración en relatos mitológicos o la creación de nuevas analogías.

La fotografía es aquí un instrumento técnico que se erige en medio de expresión artística. La lente ocupa el lugar del espectador, ante el cual construimos, con texturas, luces y sombras, el planteamiento escénico de este conjunto ceremonial que recupera en sus transfiguraciones aspectos de nuestra identidad e impone a la mirada la integración jubilosa del arte y el artificio, en un equivalente hipotético a uno y otro lado de la historia. Por primera vez el arte precolombino y un variado repertorio de elementos del vestido artesanal tradicional se reinterpretan y se depuran sin otra jerarquía que la que imponen los atuendos por sí mismos. Con sus variaciones y caprichos, aquí está representada la unidad del trabajo artesanal y artístico del país. Y así se encuentra la identidad en el mestizaje que nos corresponde en las mezclas de las diversas culturas; mezclas realizadas con la bella ligereza de su desenvoltura y que crean verdaderos atavíos de excepción, con la magnífica apariencia de una vitalidad recién descubierta.

Proponemos un nuevo acceso a las artes y manufacturas de nuestros ancestros, haciéndolas ingresar a la propiedad ilusoria de un pasado que invita a la fantasía y en que, una vez abolida la distancia entre lo sagrado y lo profano, lo nuevo y lo viejo, lo literal y lo simbólico, las imágenes conforman un código incierto e intemporal de lectura que les agrega un suplemento de eternidad.

Es a partir de allí de donde podemos leer en el lujo, la armonía y el refinamiento del adorno corporal, los atributos lógicos y naturales que expresan su íntima conexión con aquella realidad. De qué otra manera podían expresarse las propiedades mágicas y remotas de la heráldica barroca de esa representación que satura las vestiduras con poderes de transformación y evocación, como sugiere el texto de Julie Sch‚fler Dale, citado en algún lugar de este libro.

Los conceptos, presupuestos y argumentos esbozados aquí no provienen, desde luego, de una especulación caprichosa, de una idea ingenua o de una lectura errática o arbitraria. Estos conceptos, como los objetos seleccionados, han sido sopesados, calculados y controvertidos en riguroso análisis. Y si han permanecido en la exploración moderna de sus posibilidades, es por su legitimidad estética, manifiesta en la propuesta de hacer corresponder a la rica y exuberante belleza de las diversas piezas y tejidos, aquella propia de la mujer latinoamericana. Es una manera evidente de reafirmar con obstinada insistencia la iconografía artística, ceremonial y personal que ella representa.

Aunque miles de personas en Colombia y en el exterior se han sentido atraídas y fascinadas ante el despliegue maravilloso de piezas de orfebrería y artesanía, lo que aquí se expresa es, ante todo, aquello que tiene relación directa con la vida, con el movimiento, con las posibilidades reales de la experiencia, que provienen, no obstante, de nuestra visión de la historia, verdadera fuente de inspiración a la cual siempre retornamos como memoria y como depósito de valiosas referencias.

Recordemos que tras el desembarco de los españoles en las Indias Occidentales, el mundo recién descubierto fue investido con el carácter de lo maravilloso, que pronto se convertiría en la cifra segura de lo utópico. El deslumbramiento que el paisaje y las gentes del Nuevo Mundo produjeron en los conquistadores está ampliamente documentado. Colón señalaba Certifico a vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra ellos aman a sus prójimos como a sí mismos y tienen un habla la más dulce del mundo, y manera, y siempre con risa. Y al hablar de su belleza anotaba gente muy hermosa los cabellos no crespos, salvo corredíos y gruesos y los ojos muy hermosos y no pequeños y de ellos ninguno prieto las piernas muy derechas y no barriga, salvo muy bien hecha. En carta a Doña Juana de la Torre va más allá Hice un nuevo viaje hacia el cielo y el mundo nuevos, desconocidos hasta entonces. Desde México, Vasco de Quiroga reafirmaba la opinión del descubridor No en vano sino con mucha causa y razón éste de acá se llama Mundo Nuevo, y lo es nuevo no porque se halló de nuevo, sino porque es en gentes y en casi todo como fue aquel de la época primera y de Oro.

La Conquista creó en la imaginación de los españoles la idea de la utopía por fin encontrada, asociada a la desmesurada visión de El Dorado. Esa relación paradigmática lanza y acoge a la vez los reflejos de los ricos tesoros de las culturas precolombinas que desde tiempos inmemoriales poblaban lo que iría a ser el territorio americano aztecas, incas y mayas, así como las comunidades nativas que nos legaron su herencia y nos permitieron rescatarla aquí muisca, tairona, sinú, arhuaca, calima, wayúu, guambiana, entre otras. Desde este universo, abierto en sus propuestas y transformaciones, proyectamos un repertorio que supone una combinación entre lo moderno y lo tradicional, componiendo nuevas siluetas en la esfera del lujo y la sofisticación de la moda y que crea un nuevo impulso cultural que el país puede coronar como propio para hacer avanzar en esta dirección un estilo muy característico de la moda y convertirla en aquello a lo que, según un famoso modisto francés, corresponde el espíritu de la época exotismo, mestizaje, nomadismo, recuperación.

Sabemos que en nuestro propio siglo, pintores como Picasso, Klee, Gauguin y algunos fauvistas encontraron en las formas expresivas de las antiguas civilizaciones un repertorio de ideas y figuras que transpuestas se fueron convirtiendo en gran arte. Nuestra tarea es aquí más modesta, acaso más práctica y funcional, pero tan justa y pertinente como evocadora y universal. Implica recobrar aquel tiempo pasado para un arte actual, sin otra intención que la de adueñarnos de nuestra historia, nuestra tradición, nuestras etnias particulares para incorporar a las posibilidades del presente un acervo sugestivo, rico, llamativo y sensual.

Estamos nada menos que ante aquella eterna novedad que mencionaba Goethe no debe haber ningún pasado hacia el cual dirigir una mirada lánguida, lo que tiene que haber es una eterna novedad que se va formando con las aportaciones del pasado, las cuales, en su función creadora, han de producir en todo instante una novedad cada vez mejor. En nuestro caso, más que de una nostalgia o de una sobrevaloración de nuestras culturas tradicionales, se trata de aceptar el reto y apostar al reencuentro de aquella fuerza expresiva propia de una identidad que acaso hemos perdido o ignorado.

Tiempo sin tiempo el de este libro que relaciona el arte del vestuario y los rituales del pasado con el despliegue de la moda de hoy y quizás de mañana, pues termina, precisamente, con un primer impulso de recreación de la indumentaria por parte de jóvenes diseñadores colombianos basado en los postulados originales del proyecto nuevos diseños inspirados en nuestras raíces históricas y formas estéticas. Si esta obra, por una parte, rompe con la tradicional resistencia a la innovación que nos caracteriza, también puede servir de motivo para que se llegue a conquistar el lugar que su propuesta merece en la vida social de los colombianos, pues al ser fuente de inspiración y estímulo a diseñadores, joyeros y modistos, habrá cumplido su cometido fundamental. Y esto sucederá cuando, frente a los resultados palpables, vivamente relacionados con la tradición, lleguemos a irrumpir en el mundo de la moda con la fuerza propia de nuestra cultura.

 

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