Bogotá desde el aire

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Asi en la tierra como en el cielo

Parque recreacional Timiza en la ciudadela del mismo nombre. Es uno de los grandes parques distritales. Cuenta con zonas de juegos infantiles, canchas deportivas, gimnasio y un enorme lago que constituyen el mayor atractivo del parque.Ciudadela Colsubsidio. Moderno conjunto de vivienda construido por la Caja de Compensación Familiar Colsubsidio, en la calle 80 con la carrera 110. Está considerado como modelo en su género en Latinoamérica dentro del concepto de vivienda multifamiliar urbana.ramo de la Avenida Boyacá. Una de las vías más extensas de la ciudad, la Avenida Boyacá, la atraviesa por el Occidente de Sur a Norte y de Norte a Sur, en más de veinte kilómetros de recorrido. Construida a principios de los años setenta, se ha implementado con arborización en sus costados.

Texto de: Fernando Garavito

En la más perversa de sus novelas, Dickens relata cómo Oliver Twist llega a Londres en compañía de un ladronzuelo. Es de noche. Todos saben, inclusive el protagonista, que el hecho de internarse en ese dédalo de calles y de plazuelas equivale a la muerte. De allí nadie puede escapar. Mientras caminan, el primero lanza fugaces miradas a su alrededor. Es el mismo rastro que alguna vez dejaron Hansel y Gretel en lo hondo del bosque. Ahora, en el corazón de este laberinto, Dickens inventa el suyo propio, un laberinto para no poder salir nunca jamás del laberinto. Pero nosotros lo seguimos por esa calle estrecha y fangosa, por ese lugar que es el más sucio y miserable que haya visto en su vida, porque vivimos un hecho de creación, la novela, que nos lleva de la mano hacia el sitio donde no importarán miserias ni contingencias porque se vive la ficción de Magritte, el cielo azul, las nubes, las colinas.

Magritte. Pienso en Golconde, ese pequeño lienzo donde decenas de hombres de sombrero y abrigo protagonizan su propia ascensión al cielo, estáticos, mientras la ciudad los sigue indiferente, iguales tejados rojos, las ventanas de visillos corridos, un cierto aire vespertino de otoño y ese cielo poblado de oficinistas como gaviotas, como manchas oscuras antes de vespertina, íngrimamente solos a la espera de algo, de la ley de la gravedad, de un niño que eche a volar un globo de colores para poner una mancha de luz en tanta monotonía.

Magritte, habitante del aire. Todo en él es terrestre, las nubes constituyen puntos de referencia, los sombreros, el cielo azul, la luna, las ventanas abiertas. Nosotros, vestidos para la noche, vivimos el deseo de un cielo al que sólo podrá llegar aquel que encuentre la llave de cristal, donde la primavera es una paloma más habitada de bosque, y el castillo en los Pirineos flota sobre su roca como puede flotar un copo de algodón, un vilano en el aire, una pompa que escapa del parque de domingo y sube y sube y sube mientras sabe que sólo podrá existir en mi mirada.

En cierta forma este libro es Magritte reflejado en la tierra. Magritte necesita de las raíces para tejer las nubes, la comba del Creador sólo se explica a partir de los trenes, y el crepúsculo es un hecho de luz en las paredes. Cielos que van, cielos que vienen, cielos quietos y cielos detenidos. Ante ellos y las cumbres nevadas, inclusive las playas, inclusive ese hombre que se apresta a volar con sus alas de cuervo, inclusive el féretro de Madame Récamier en pose de cortesano, o El más allá o La voz de los vientos, somos Gregorio Samsa agazapados bajo los anaqueles. No es posible mirar a Magritte de frente en cuanto es terrestre y celestial al mismo tiempo, poblado de árboles inmensos, de espacios infinitos, de objetos que levitan, de manzanas que invierten el delirio de Newton, de lunas en suspenso y de nubes-bebida de algún dios torrencial en vacaciones.

Aquí no. Este libro está hecho para seres escritos hace cientos de años, para los árboles vueltos al revés de Fray Anselmo de Turmeda. “Porque así como los árboles terrestres tienen sus troncos y raíces en la tierra –escribió el apóstata–, vosotros (los hombres) tenéis vuestro tronco, es decir, la cabeza y las raíces que son los cabellos, y la barba, arriba, hacia el cielo”. Y es a partir de ahí, de esos árboles celestes que somos todos, de ese hecho aéreo de Magritte, como podemos mirar un libro sobre esta maraña insoluble que vivimos a diario, sobre el Teirgarten de Walter Benjamín y el mundo amargo pero definitivo de Oliver Twist, recreado por Borges en la hipótesis de una fábula que hable de aquel que no quiere abandonar su laberinto, que lo ama, aquel que no quisiera nunca encontrar la salida.

Bogotá desde el aire quiere decir Bogotá desde el cielo o el infierno. “El bien y el mal –le dice Gilles de Rais a Juana de Arco– están siempre cerca uno de otro. De todas las criaturas, Lucifer es la más parecida a Dios”. Teoría que confirma Prelati al final del juicio que enviará a su señor a la hoguera: “Satán es la imagen de Dios. Una imagen invertida y deforme, es verdad, pero imagen a pesar de todo. No hay nada en Satán que no vuelva a encontrar en Dios”. Esta es la mirada angélica sobre el mundo que han construido los hombres sin llegar a tener una clara conciencia de sí mismos. Desde el aire se ven cuadrículas que contienen rombos y circunferencias, agujas colocadas sobre la tabla de un fakir para que en ellas se posen las majestuosas asentaderas de algún dios implacable, millones de ventanas hechas para mirar el cielo, para esperar los crepúsculos y los amaneceres, calles y alcantarillas y retretes, sombras sobre las avenidas y tejados, gentes como hormigas que se fatigan en la búsqueda de una salida que sólo conduce al sueño y a la muerte, ruedas de Chicago y árboles frondosos y árboles desmelenados y automóviles, viejos palacios y catedrales donde vivió y amó y rezó Simón Bolívar, y la estatua, su estatua, alrededor de la cual se hace una ciudad cansada como su gesto, que vive su pasado en la espada abatida y el futuro en la fuerza vital de una conflagración que todo lo consume. Bogotá, hecha de ángulos agudos, de patios claustrados, de relojes que dan la hora, de calles abigarradas, del electrocardiograma que dibuja el perfil de sus montes, de zonas que los excluyen en su fría calificación de centro histórico, centro internacional y periferia, porque en ésta no figura el Oriente donde ellos dominan con su lenguaje secreto de viento entre los pinos, con su sorpresa de asistir a tantos hechos felices y tantos asesinatos, con su paciencia para sufrir mansiones y avenidas y rasguños profundos, los montes que separan el reyno de las tierras de bárbaros, mientras los habitantes vivimos nuestro reino en la selva, sin Dios, ni ley ni fe ni soberano, mientras hacemos de nuestra capa un sayo, filas interminables, espectáculos, mientras hacemos un edificio acá, acá una calle, este parque, este templo, esta ladera, esta colina, esta honda explanada, esta hondonada, esta ira de Dios, esta mueca, esta zancadilla, ciudad hecha de barro sin paisaje, ciudad para mirar desde las nubes, para armar y amar en su atafago, para escupir también y sacudirla, aquí un bus, la cruz, el Sur, la luz y la luciérnaga, aquí un árbol, acá un desierto, un avión que despega, una plaza y la sombra de lo que habrá de ser un día de estos, un nítido sitio urbano, ordenado y preciso, con domos y escalinatas y glorietas y este sentido íntimo de la belleza que se palpa, se vive, se percibe, se disfruta, como fruta en sazón se saborea.

El lecho urbano

¿Dónde miran los libros? Tal vez no me equivoque al decir que lo hacen hacia el interior de aquel que los abre con amor infinito. Los múltiples seres que me habitan leen Madame Bovary uno tras otro. Yo, desolado, me hundo en las miserias de Emma Bovary, en sus instintos y silencios, en sus rebeldías, en su deseo de vivir la vida que ha leído y de sólo morir al final de la ruta que ha de trazar en busca de su muerte. Yo, enamorado, vibro en sus ensueños, sé que el suceso de mis amantes poco y nada tiene que ver con el secreto anhelo que abriga mi oscuro corazón insatisfecho, muero en la espera del ruido de los carruajes, del sobre que contiene el mensaje esperado, del momento en que sé que el mundo se reduce a una caricia y presiento la que he de sentir en un instante. Yo confundido, busco mi propio viaje a La Vaubyessard, robo y miento con ella, espero con terror lo que ha de venir, lo que vendrá después de que se sepa la opresiva verdad ineludible, converso con mis vecinos de Yonville y soporto sus quejas y sus callos, su forma de ser obtusos, soporto a Charles, el tonto, a Charles, el ambiguo, al pobre Charles tan pobre que ni siquiera tiene feos los dientes. Yo, emocionado, vivo el riesgo de mi aventura, estoy dispuesto a romper mis amarras, a conquistar el mundo para mi amor, a romper códigos y demás convenciones, a odiar todo aquello que no me acuerde del suceso de ti y tu memoria. Emma Bovary tiene estos y otros muchos lenguajes. Y por eso, a partir de su íntima perspectiva de adúltera provinciana de un siglo que pronto quedará sojuzgado por otro, me habla a mí y le hablará a cualquiera para siempre, desde una eternidad hecha de palabras escasas y de muchas mediocridades y desmayos.

Cansado de observar el territorio del cielo, este libro observa el de la tierra. Allá abajo estamos todos, habitantes de Bombay, de París, de Mogadiscio, de Bogotá, de Luanda. Todos vivimos nuestro delirio, estas calles, este oficio que nos lleva a la muerte, vemos lo que hemos hecho, estos espacios públicos, estas plazas, estos pedestales, subimos poco a poco por las faldas del cerro construyendo, cavando, gimiendo, demoliendo, vivimos la barahúnda de ventorrillos y vendettas, estamos hechos para ser aplastados, masacrados, hundidos, para ser masticados, molidos, amados y atemorizados, allá dentro, en las profundidades, subimos en ascensores hasta encontrar el bloque pétreo que separa las nubes, pocas veces nos sentamos al sol en los atardeceres, nunca tenemos tiempo, usamos nuestra inventiva para avanzar pero lo hacemos con los ojos cerrados, estamos satisfechos de ser sociales, racionales, sabemos una historia hecha de catedrales, de masacres, reducimos a dos los puntos cardinales, en este territorio que vivimos quizás hubo una vez doce casitas, un día San Antonio cayó en sus tentaciones, en este ámbito urbano, en este lecho colectivo, dormimos, comemos, amamos, defecamos, en él nos odiamos a muerte y juramos su santo nombre en vano, aquí nos sabemos amigos y enemigos, hacemos brillar dentaduras postizas, enterramos padres, levantamos hijos, es aquí mismo, en estas calles de Dios, donde el sol sale cada tercer día, donde somos alegres, donde conversamos, donde hacemos mansiones de Buddenbrook y covachas, aquí dejamos nuestra sombra, nuestra huella, nuestra mirada que se dirige siempre hacia las nubes de este cielo plomizo a nuestro alcance, hasta ahora, cuando este libro invierte lo previsible y nos convierte en seres para Magritte con la luna en la oreja, una luna que baja del firmamento a tomar cafecito, nubes dormidas en los andenes, constelaciones que toman el bus a la salida de las oficinas, cometas que avanzan bajo paraguas, somos las estrellas fugaces que pueblan los charcos y las alcantarillas, las galaxias de una noche de verano, los horizontes que dejamos de ver en el plato del desayuno, el firmamento que desafina en un concierto de la Orquesta Sinfónica, somos Orión, Centauro y la Osa Mayor que van a cine, que van a un restaurante, estos crepúsculos no nos dicen nada mientras no canten un gol del Tino Asprilla en el estadio, y las aves sólo serán aves cuando cierren con llave las puertas y ventanas, así como todos los demás habitantes del aire sólo encontrarán una razón de ser precisa si pueden volverse piedras y guijarros para hacer con ellos casas, calles, y postes y semáforos.

Esta ciudad del aire es un espejo. Véanlo ustedes mismos: la Plaza de Bolívar flota como una nube. Hasta que llega al límite del recuerdo cuando se torna ensueño, pura poesía.

 

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