Bogotá desde el aire

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Presentación

Plaza de Bolívar. 
Panorámica del centro de la ciudad desde el barrio Egipto. Desde el aire se confunden el Centro Histórico y el Centro Internacional. La vieja arquitectura colonial se refunde con la arquitectura republicana decimonónica y ésta, a su vez, con la arquitectura moderna de grandes edificios de oficinas comerciales, financieras e industriales, o complejos de vivienda multifamiliar.Detalle del frontón, la torre y la cúpula de la Catedral Primada. La primera catedral de Bogotá se inauguró en mayo de 1572 y sustituyó la iglesia primitiva, que dos años antes se había desplomado. La segunda catedral, edificación de un piso, de teja de barro, prestó sus servicios religiosos hasta 1807, cuando fue demolida. En febrero del mismo año se inició la construcción de una nueva catedral, de grandes dimensiones, con planos del arquitecto capuchino fray Domingo de Petrés, a cuyo fallecimiento, en 1811, continuó y finalizó la obra en 1823 el maestro artesano Nicolás León. La restauración de las torres de acuerdo con los planos originales fue efectuada, en 1938, por el arquitecto español Rodríguez Orgaz.Sectores del Parque de Santander y de la Plazuela del Rosario, y cerro de Monserrate. La Plazuela de San Francisco era el eje del sector urbano que nacía al norte del río San Francisco. En torno a ella se edificaron casas del más depurado estilo republicano, que se conservaron intactas hasta mediados de este siglo. En el costado oriental de la Plaza de San Francisco se encontraban la casa del historiador coronel Joaquín Acosta, la casa en que habitaba el prócer Antonio Nariño cuando fue detenido en 1794 y la casa en que nació el poeta José Asunción Silva. Hoy ocupan el mismo costado el edificio del Banco Central Hipotecario, la sede del Museo del Oro del Banco de la República y la sede del Jockey Club, edificada a mediados de los años treinta. En el costado sur, en lo que es hoy la sede del Banco de la República, se encontraban, a principios de siglo, las sedes de la Academia Colombiana de la Lengua y del Hotel Granada. En el costado norte, sobre la carrera 7ª, estaba ubicada la casa en que murió el general Francisco de Paula Santander, el Colegio Pedagógico y el Hotel Regina, incendiado el 9 de abril de 1948  ❏  En 1876, la Plaza de San Francisco fue rebautizada con el nombre de Parque de Santander en homenaje al Hombre de las Leyes, cuya estatua ocupó el centro de la plaza, en donde, hasta un año antes, existía la viejísima Capilla del Humilladero. El Parque, de características europeas, fue remodelado en 1960 .Calle 19 o Avenida Ciudad de Lima. La antigua calle 19, que partía del occidente del barrio de Las Aguas hasta la Avenida Caracas, fue remodelada en 1968, para el Congreso Eucarístico Internacional, rebautizada como Avenida Ciudad de Lima, y extendida hasta la carrera 30.

Texto de: Benjamín Villegas

Bogotá desde el aire. Esta es la dimensión desconocida de una ciudad que ha sido explorada, rastreada y socavada por tres de sus cuatro costados, que se ha sometido pacientemente a ser pisada y perforada según la necesidad del momento, y que desde sus orígenes ha albergado a mil y más millones de personas, bajo un cielo azul siempre limpio, unas nubes que casi pueden tocarse con la mano, y un sol de los venados que crea irisaciones sobre las paredes y los muros, sobre las calles atestadas donde sumergimos nuestra impotencia de sabernos terrestres sintiéndonos tan ligados a este aire transparente, a esta luz única en sus crepúsculos y amaneceres, a esta comba celeste capaz de poblarse de estrellas cada noche para resucitar por la mañana igual que el día de la creación, lejana de sucesos cotidianos, de preocupaciones y de angustias.

Este es el sitio que hemos escogido para hacer nuestro pan de cada día. Aquí Gonzalo Jiménez de Quesada se enfrentó a nuestros antepasados más remotos, aquí escribió y murió José Asunción Silva, aquí se santificó el padre Almanza y vivió e hizo sus fechorías Russi, el bandido, aquí Manuela amó a Simón Bolívar y Cordovez Moure recordó viejos hechos y hazañas, los virreyes y los oidores hicieron aquí su vida y encontraron su muerte, y los demás, los generales de la independencia, los gobernantes de la Patria Boba, don Antonio Nariño encarcelado y proscrito, aquí los gramáticos del siglo XIX hicieron su diccionario de construcción y régimen, y Pedro Laboria sus figuras llenas de entorchados y filigranas, en este mismo sitio, bajo este mismo cielo, José Celestino Mutis terminó la clasificación de su herbario y Francisco José de Caldas protagonizó su encuentro definitivo con el firmamento. Este es el ámbito donde el señor Suárez soñó como Luciano Pulgar, y donde Vásquez y Ceballos hizo de su caballete una cabalgadura para subir al cielo desde las sacristías, y donde el padre Margallo se empecinó, Ambrosio López se insurreccionó y Darío Echandía resistió una tras otra las tentaciones de San Antonio, pero es más, donde decenas de miles de personas construyeron un ámbito urbano hecho a medida y semejanza de sí mismos, seres bíblicos de tierra y polvo empeñados en irse al cielo pero lejanos de todo contacto con el aire, dedicados a cerrar puertas y ventanas, a protegerse bajo tejas y azoteas, a cortar de raíz la corriente de aire del Páramo de Cruz Verde, a domesticar de una vez por todas los aguaceros torrenciales para seguir siendo circunspectos y grises, para olvidar los hechos que don José María Vergara y Vergara contó que llegaban a suceder en las alturas, para dejar de lado las cometas de agosto y, por qué no, los aviones de cartulina que alguien voló en el comienzo de los tiempos.

Pero ahora llega este libro y nos muestra cómo nos vemos desde arriba, cómo son nuestros tejados y sombreros, nuestras cúpulas y nuestras montañas. Aquí estamos, hechos de alguna manera vertical con perspectiva, hasta que todo cambia de repente y dejamos de mirar hacia el cielo porque queremos entender la forma como estamos atados a la tierra. Desde el aire vemos nuestros campos y nuestros sembrados, nuestras antenas, nuestros árboles que dan sombra y los espacios que hemos creado poco a poco para encontrarnos, para conversar, para sonreír cuando menos se piensa. Por estas calles que muestran sus mejores galas vamos por la mañana hacia el trabajo, en estas esquinas nos cruzamos con otros, aquí hacemos una ciudad cada día más nuestra, aquí aprendemos los principios que inspiran la convivencia de los hombres, aquí somos pacientes o impacientes, iracundos o alegres, joviales o taciturnos, esforzados o dejados de la mano de Dios, que escribe lo que quiere por medio de nosotros mismos.

Esta es Bogotá desde el aire, una ciudad que parece otra pero en la que encontramos los mismos edificios de toda la vida, la Catedral y el Observatorio, el Panóptico y Monserrate, la pequeña recoleta de San Diego y el aeropuerto, con unos seres que caminan como hormigas, se afanan como hormigas y miran fijamente al suelo, para no tropezar, para ir todavía más rápido, mientras nosotros, lectores de este libro, estamos aquí, suspendidos en la atmósfera que crea la magia de unas fotografías que nos enseñan a ver, pensar y amar en otra forma, y a comenzar, tal vez, a ser distintos.

 

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