Carros

El automovil en Colombia

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Introducción

MG A Roadster 1956. MG A Roadster 1956. Nash Healy Roadster 1953.Triumph TR 6 1972.Buick Master Sport Touring 1929.
Ford A Baquet 1928.

Texto de: José Clopatofsky Londoño

El automóvil constituye el símbolo de una de las edades de la humanidad y su representación plástica le aporta tanta luz a nuestra civilización como lo hicieron los diseños rupestres sobre la vida de nuestros ancestros

Frases como la del citado escritor francés, pueden encontrarse por cientos, regadas en múltiples textos y recopilaciones que ha suscitado el primer siglo y fracción de existencia de los automóviles en todas sus manifestaciones. Porque, curiosamente, el producto más sólido y significativo de los tiempos modernos, parece ser al mismo tiempo el más vulnerable y sus piezas centenarias son hoy casi incunables de la motorización, cuando vivimos en contacto cotidiano con muchos otros elementos de la misma edad, pero que no han tenido esa metamorfosis histórica ni gozan de esa veneración cultural.

De ahí que tropezarse con museos de ejemplares de la vieja guardia, con automóviles que han sido rescatados de la nada con una acuciosa fidelidad histórica y precisión mecánica inverosímil, con aparatos que resumen la audacia de una ingeniería naciente o la genialidad de algún artesano visionario y con prototipos que han querido siempre mostrar un futuro que cada vez se comprime más con el presente, es algo frecuente para quienes aman el automóvil.

No lo es, en cambio, para el hombre del común, cuyas preocupaciones buscan en otras disciplinas la evolución del fascinante siglo que se apaga, en el cual la humanidad ha progresado más que en el resto de su existencia.

El país no ha sido ajeno a todas las tendencias que el automóvil ha expresado y sintetizado, como bien lo narran los textos. Acá llegaron los autos cuando apenas se inventaban, desarmados sobre una recua de mulas, con tres latas de gasolina y un chofer mecánico para que los operara, en medio del espanto de las bestias y los coches de la aristocracia. Así como tuvimos el primer servicio comercial aéreo, en las rutas que eran apenas rayas sin maleza en un país monumental, se vieron camiones de vapor abrir el concepto del transporte. Nos llegó también la masificación, eco de los fenomenales productores americanos. También, todos quienes pudieron se vistieron de gala con las carrocerías de los clásicos y cuando la última guerra dejó despertar a una industria que cambió los autos por las armas, Colombia vivió esa transformación vertiginosa que hoy nos lleva en una loca carrera sobre ruedas, siguiendo los derroteros de una voraz economía de consumo internacional.

Pero, basta de disquisiciones. Miremos todos esos autos. Cada uno de sus ángulos es una rendija por donde se coló siempre el sabor artístico de sus creadores.

Basta con analizar sus radiadores. Enormes al comienzo, hoy han desaparecido por efectos de la nunca bien comprendida aerodinámica y la eficiencia metalúrgica. Antes, los carros se firmaban en la parrilla. Hoy, la “elegancia” manda que sean irreconocibles, tan parecidos son.

Las linternas son cautivantes. Esos reflectores enormes, desteñidos hacia evocadores tonos del sepia, dicen mucho más de lo que alumbraban sus bombillos, tan trémulos como las veladoras de las basílicas.

El cromado al espejo de los bómperes y las guarniciones, parecen trazos fosforescentes sobre esas enormes y sólidas carrocerías, donde las formas caprichosas y artísticas de los adornos rompen con los convencionalismos.

Esos viejos guardafangos, de láminas estiradas pacientemente a martillo hasta cubrir precariamente las ruedas descomunales, donde el caucho era un accidente, son como las solapas de los vestidos, algo que se va modificando con las modas, pero van dejando la firma de sus momentos.

¡Y las ruedas! Salvo en su redondez, en nada se parecen. ¿Qué tal los discos macizos, de hierro y caucho con los que el vehículo empezó a rodar su periplo? ¿No parecen barrotes en la ingeniería esos radios de madera pulida que amarraban los aros y los centros de los rines? ¿Quién no se detiene un instante ante el encordado de acero de una rueda de los autos deportivos? ¿O, en estos tiempos, cuando ya no hay artesanos para tejer, uno por uno, los rines, admirar los primeros derrames de la fundición de metales livianos o los estrambóticos estampados de las copas de los años 70?

Definitivamente, por donde se le mire, el automóvil ha sido en su momento el depositario del impacto de muchos símbolos, afectivos y pasionales, que aún hoy los evoca. Expresa la armonía profunda que existe entre el arte y la tecnología, entre las ciencias y las modas y por ello es la manifestación de una cultura de tamaño universal, que entre nosotros aún es la inquietud de unos pocos. Los automóviles que este libro nos trae en sus imágenes, los principales que se han logrado conservar o restaurar luego de una vida accidentada y hostil en nuestro medio, tienen un significado mayor si recordamos las duras y precarias condiciones en las cuales el automóvil ha sobrevivido en Colombia. Las mismas que han aniquilado muchas otras reliquias mecánicas, las cuales se las tragaron el martillo, la ignorancia, la falta de repuestos y técnicas y las crisis económicas mundiales. Ellos valen por sí solos. Por clásicos, por bellos, por estrambóticos, por antiguos, por su interés, por su exclusividad, por costosos, por enormes, por pequeños, por potentes.

Pero, agreguémosle a esta exposición todo su contenido histórico, su significado en el progreso colombiano y tenemos ante los ojos un alucinante repaso de la evolución de este país que se ha hecho, en una enorme proporción, sobre ruedas.

Benjamín Villegas, cuyo arte se había centrado en múltiples y fantásticas manifestaciones de esta tierra, como sus flores, sus frutas, sus casas, su paisaje, su arte, su cocina o su historia entre otros muchos aspectos de la cultura colombiana, tuvo la afortunada idea de hacerle un homenaje en esta ocasión al automóvil, con el cual su talento logra una amalgama y entendimiento perfectos.

Ramón Giovanni instaló en su estudio a todos los protagonistas de la obra. Escudriñó sus mejores curvas, analizó bajo lentes y reflectores todos los rincones de su belleza mecánica y los convirtió en rasgos perfectos, donde el acero o el aluminio parecen curvados a pincel en sus placas.

Y, finalmente, Jorge Salgado y Agustín Morales escriben y reúnen las páginas de este libro, que había sido su mayor ilusión. A ellos, les debemos que este libro sea algo más que una evocación de la belleza o la nostalgia que nos producen los automóviles antiguos. Porque, alrededor, están todos los datos de relevancia que los acompañaron, garrapateados a la luz de una afición que todo lo justifica y explica y muchos comprenderemos desde hoy mejor que nunca.

Aún no tenemos un Museo de Transporte. Pero ya podemos empezar su montaje, porque este libro es su primera pieza, que nos muestra que existen todos los motivos emocionales y estéticos para que se encuentren algún otro día unidos bajo un mismo techo, como lo han hecho inolvidablemente entre los lomos de esta obra.

 

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