Casa de hacienda

Arquitectura en el campo colombiano

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Presentación

Santa Bárbara, Tibitó, Cundinamarca.El Salitre, Sopó, Cundinamarca. 
Fagua, Cajicá, Cundinamarca.
Hatoviejo, Yotoco, Valle del Cauca.Fagua, Cajicá, Cundinamarca.
Fagua, Cajicá, Cundinamarca.

Texto de: Benjamín Villegas

Si la historia de la Conquista y la Colonia en el Nuevo Mundo es la de la posesión de un vasto territorio, la expansión de un imperio, el sometimiento de los pueblos nativos que opusieron fiera resistencia y la transposición de una cultura, también es la del lento poblamiento de ese territorio a través de lo que los españoles portaban como herencia y civilización. La Colonia fue, entonces, el dilatado proceso de asentamiento y organización social bajo el cual se construyeron pueblos, se erigieron iglesias, se dictaron leyes, se establecieron las estancias, se repartieron las encomiendas y se formalizaron las mercedes de la tierra. Es en este contexto en que aparecen en la Nueva Granada las primeras casas de hacienda con sus rasgos definidos.

Entre los siglos XVI y XVII, cuando los estancieros entraron en posesión de sus dominios, la arquitectura derivó directamente de la construcción española. Aparecen las casas de hacienda en propiedades que son, a la vez, núcleos de poder en territorios destinados a la autosuficiencia. El origen más remoto de esta arquitectura se encuentra en Grecia y Roma, pero su apogeo se produce en Andalucía, Granada y Extremadura de donde partieron las grandes expediciones de quienes serían los pobladores españoles de la Nueva Granada. De ahí también que resulte consecuente relacionar las casas de hacienda con la arquitectura islámica que se construyó en España bajo la larga dominación árabe. El esquema general, adaptado a las diferentes condiciones naturales, conservó una ordenación arquitectónica espacial básica en todas las regiones y climas de la Nueva Granada, como subraya Germán Téllez en este libro.

Resulta claro cómo la casa rural neogranadina participa de los principales atributos hispánicos como el “sentido del lugar”, es decir, la racionalidad aplicada a la obtención de los beneficios que del sitio se puedan derivar para el abastecimiento y comodidad de sus habitantes. Las características prácticas fueron complementadas con una dimensión no menos importante: la calidez y gracia de un refugio que ofrece expansión segura al espíritu. En las horas de descanso, en la intimidad el morador de la casa de hacienda se halla dentro de una arquitectura que lo acoge en una noble tradición.

La casa de hacienda alcanza su identidad en la relación con dos aspectos: el interior y el exterior. En el primero está la creación de espacios severos, pero acogedores, amplios, pero jamás ostentosos. En el segundo la comunicación e integración con un paisaje circundante que le sirve de “forma externa” y que hace inseparable la vivencia del edificio y el entorno. Prevalece, entonces, junto a las nociones emanadas de los patrones técnicos, estilísticos y formales establecidos, un aire de creatividad en ausencia de arquitectos, una intuición creadora y una lógica en muchos casos de excelentes resultados, sin vana ostentación. Y es que con ayuda de obreros, artesanos y albañiles, los propietarios en aquella época se hicieron constructores de sus propias edificaciones. Sobre acuerdos constructivos tácitos, los espacios eran como la materia prima moldeable según las necesidades.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX los esquemas triunfantes del período republicano van a sobreponerse a buena parte de la arquitectura colonial. La casa de hacienda no fue una excepción. Pero, a la vez que se preservaban partes construidas sobre otras, también se sobreponían nuevos elementos, ocultando o destruyendo un valioso patrimonio arquitectónico. No obstante, es más adelante, en la década de 1980, como se analiza en este libro, cuando la arquitectura de la casa de hacienda empieza a perder dramáticamente signos vitales de su identidad.

Las grandes continuidades culturales se han roto; la arquitectura, cuyos valores tradicionales dan un sentido patrimonial a la cultura, ha ido perdiendo solidez; la inmediatez de la modernidad borra huellas profundas del pasado. El peligro de la desaparición de la integridad de esa arquitectura es una amenaza constante y evidente que se refleja en una cultura o, tal vez mejor, en una falta de ella. El triunfo del capitalismo salvaje puede obligar a abandonar un espíritu de conservación. De ahí la importancia de testimonios como el que este libro aporta. Todo un mundo rural de larga data, con un pasado republicano, una modernidad reciente, un presente dado y un futuro ineludible, atraviesa sus páginas en las magníficas imágenes de una larga exploración.

 

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