Casa Republicana

La bella época en Colombia

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Presentación

Bogotá.Palacio Echeverri. Bogotá.Facatativá, Cundinamarca.Casa Rafael Nuñez, Cartagena, Bolívar.Barranquilla, Atlántico.Salamina, Caldas.Manizales, Caldas.Armenia, Quindio.Bogotá.Bogotá.Palacio de Nariño.Armenia, Quindío.El Retiro, Antioquia.Rionegro, Antioquia.Notaría 27, Bogotá.Notaría 27, Bogotá.Notaría 27, Bogotá.Refugio del Salto, Cundinamarca.

Texto de: Benjamín Villegas

Es 1819 una de esas fechas cruciales para la historia de Colombia. El país rompe definitivamente el largo período del régimen colonial. Lo que este libro propone, sin dogmatismo pero también sin vacilaciones, es hacer inmediata y veraz la comprensión de las transformaciones que luego del advenimiento de la República, se suceden en la arquitectura doméstica colombiana aplicada a partir de 1819. Tanto en sus formas constructivas y su funcionalidad, como en el carácter exterior y decorativo de sus maderas, en edificios públicos y privados nuestra arquitectura, al romper con las ideas y los esquemas propios de la tradición hispánica, produce una evidente metamorfosis en los aspectos fundamentales que constituyen el tono general de su desarrollo.

Puede parecer discutible que bajo la noción de “arquitectura republicana” tal como hoy se le conoce, se instaure tan amplia variedad estilística, de características tan diversas, incluso de disímiles actitudes estéticas, pero esta afirmación se basa en la hipótesis de que todas sus manifestaciones comprendidas en este período, que abarca más de un siglo, han sido generadas por una fuerza renovadora auténtica, ecléctica y única. Resulta natural, entonces, que en ella sus artífices actuaran bajo la influencia europea, pues es lógico que en la búsqueda de una nueva identidad el factor determinante sea la adopción de estilos foráneos. De ellos los arquitectos colombianos fueron más sensibles al neoclasicismo francés y al neogótico inglés, cuya denominación en el país se simplificó cuando los señaló sencillamente como “estilo francés” y “estilo inglés”.

Del predominio de los estilos europeos, traspuestos y adaptados a las circunstancias locales y a las nuevas necesidades, surgió una estilización de ricas variaciones, en su abundante proliferación y, en casos particulares, con exuberantes formas decorativas. Todo ello se fue superponiendo sobre la estructura precedente, con lo que se hacía perfectamente evidente la necesidad de transformar del todo el patrón colonial hispánico con el enfático lujo, a veces excesivo, de los nuevos tiempos. “El lujo privado se exhibe en casi todos los edificios. Fachadas de palacios para viviendas privadas, y estrechez en el interior, son los principales caracteres de la nueva edificación”, escribe Miguel Samper en 1898.

En la segunda mitad del siglo XIX, el país vive un período histórico enormemente inestable, marcado por dos aspectos fundamentales: las incesantes guerras civiles, que se prolongan desde 1851 hasta 1903, y la apertura hacia el exterior, en la cual se establecen nuevas relaciones económicas y culturales que van a influir notablemente sobre la redefinición de nuestra propia cultura. Es necesario reconocer el impacto que esto supone en la arquitectura republicana. De alguna manera a los naturales movimientos migratorios que se llevaron a cabo hacia el fin de la colonia, es necesario agregar los fuertes efectos de las guerras civiles, que acentúan ese carácter colonizador, de gran movilidad territorial, al empujar a la población agraria hacia nuevas concentraciones sociales. Así, a lo largo de lo que se ha denominado el eje cafetero, se funda una cadena de pueblos que van creando una cultura particular, la que se denominó más tarde la “cultura del café”, sobre cuyos principios básicos se asentó una voluntad de progreso, de cambio, de búsqueda, de renovación y riqueza, reflejada en la denominada “arquitectura de la colonización antioqueña”. Los conceptos arquitectónicos, más o menos estables, aunque nunca rígidos, obedecieron a una dinámica ecléctica. Tomando de diversas fuentes temas ornamentales y estilos constructivos, se crea una caracterización particular en cada región del país, que a su manera también refleja los gustos y el estilo de vida de la sociedad de la provincia colombiana. Tanto en Bogotá como en las capitales de los departamentos, incluso en los pequeños pueblos progresistas, la sociedad introduce nuevos estilos de vida. Se disfruta del lujo y sus magnificencias y se pone el acento sobre la vida social, que exhibe un gusto por los placeres mundanos y sensibles. La ornamentación fastuosa, el esteticismo, sin que falte en ocasiones la postura afectada, a veces teatral y dramática, dominan la escena de la vida social de finales de siglo. Y en la adopción de este nuevo estilo de vida aparece el concepto de palacio, que se expresa tanto bajo las formas propias de la casa particular, cuyo epígono puede ser acaso el Palacio Echeverri de Bogotá; o bien relacionado con la casa del gobernante, una de cuyas mejores expresiones es el Palacio de la Carrera o Palacio de Nariño, también de Bogotá. (El Capitolio Nacional es sin duda, dentro de la arquitectura civil, la obra cumbre de este período).

Nunca se ha hecho tan visible en nuestra historia esa relación tan íntima entre una nueva sensibilidad y la manera como los arquitectos la asimilan a la concepción y construcción de los edificios y de los ambientes familiares. Es un hecho: la casa republicana aspira a una nueva condición estética. La derivada del estilo Imperio de la Francia del siglo XIX, que es como nuestra “Belle Epoque” y que, aunque llega con considerable retraso al país, no quiere pasar por alto sus esplendores y sus motivos suntuosos. Es la época en que nuestra sociedad culta y adinerada no ahorra para aspirar ponerse a la altura del brillo del gusto francés o del modo de vida inglés. Y en la gran variedad de sus matices quiere expresarse con toda aquella gracia y afectación, que son los factores determinantes de la vida elegante: sillones capitonés, luz tamizada por los vidrios coloreados, gabinetes que simbolizan la vida reposada, las coquetas curvas de los muebles artísticamente diseñados, las falsas lacas de discretos colores, los mullidos acolchados con sus mil ojos, su gusto, excesivo y conmovedor, por las flores diseminadas aquí y allá, las ricas bibliotecas en donde los lomos de los libros, incluso, han adquirido un nuevo y encantador aspecto, las delicadas porcelanas, la platería sujeta a los diseños audaces, las lámparas de vidrio colgantes con su riqueza de lágrimas y aparato, las cornucopias rebosantes y el evocador papel de colgadura acentuando aquel ambiente tan propio del romanticismo.

Si la arquitectura republicana en el interior de país creó el escenario perfecto para la sensibilidad romántica de nuestro fin de siglo, en las ciudades de tierras templadas y en aquellas de la costa Atlántica, esa arquitectura se hace mucho más ecléctica y ligera; tan rica en variaciones como los motivos, ya sean naturales o artificiales, que la inspiran. La casa-quinta, por ejemplo, con su aire campestre, balcones con balaustrada y jardines ornamentales al frente, huerta y jardín interiores, ambientes ricos en artesonados y decoración en madera adentro, molduras y ornamentos, cielos rasos y fachadas estilizadas, forjas en verjas, gárgolas, canales y barandas, y una alegre explosión de color, son elementos sobre la cual levantan su arquitectura, y se crean todo un estilo que va a imperar, con sus variaciones locales, en la provincia colombiana. Aquí nos encontramos con aquel suntuoso encanto decorativo que, con la profusión de sus novedades, va a revestir y transformar la arquitectura doméstica como nueva expresión de la hibridación de las culturas. Así se comprende cómo los principios que rigen la arquitectura republicana, en síntesis, corresponden a las circunstancias de cambio que ahora modulan un tránsito múltiple en las posibilidades de las variaciones arquitectónicas diseminadas a lo largo de país y que ampliamente ilustra este libro.

Entrado el siglo XX, con todo su aire de novedad, la arquitectura, sin realizar aún cambios ostensibles en su actitud, lentamente se va apoderando de unas formas que apuntan hacia una modernidad triunfante y que terminan alejándose de los cánones que se fundaron en la vigencia del neoclásico. Y aunque el neoclasicismo de la arquitectura republicana supo convivir bien con todas sus fronteras, las formas eclécticas de esa libertad de estilo a que hemos aludido, se comienzan a limitar en la modernidad con la presencia de las influencias provenientes de Norteamérica, ante las cuales, durante los años 30, definitivamente cede el paso nuestra arquitectura republicana. En este amplio panorama se constituye y se sintetiza toda una visión del arte y la técnica, que se reúnen en la arquitectura. Ideas que son base para lo que simbolizaron en cuanto a ruptura y renovación. Pero también de todo lo que deriva de la conjunción de los antagonistas. Pues es bien cierto que en la arquitectura republicana de fin de siglo se representa el vínculo de pasado con la tentativa de superarlo, para así poder redefinir de una vez por todas el entorno del presente y la visión del porvenir. Ella es, en definitiva, una fuente de la singular expresividad de una cultura rica y diversa, que restituye en su arquitectura la imagen del país como símbolo de una enorme capacidad de invención y originalidad.

 

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