Casa de Nariño

Siguiente  

Simbología de la Casa de Nariño

 

 

Texto de: Belisario Betancur
Presidente de la República

El doctor Guillermo Hernández de Alba refiere aquí el pasado de esta Casa, su ya dilatada historia a lo largo de dos siglos de vida colombiana. Pero bien se sabe, igualmente, que la Casa de Nariño de que este libro se ocupa, es morada nueva; y que su destinación implica que, dentro de sus postulados de durabilidad y permanencia, se esté continuamente haciendo, esté siempre cambiando a medida que la viven sus ocupantes, por definición transeuntes, huéspedes a plazo fijo de estos muros.

Desde que la ocupó por vez primera el presidente Julio César Turbay, la nueva Casa de Nariño albergaba reliquias solemnes de la historia y creaciones artísticas inestimables, como los bustos del Libertador por Tenerani y como algunos de los lienzos más fastuosos de ese gran pintor nacional que fue Andrés de Santa María, Ahora hemos tenido el privilegio de ser intermediarios de la generosidad de creadores, eruditos y coleccionistas, con cuyos aportes se pudo abrir la nueva Sala de la Constitución; y de la hermosa magnanimidad de nuestros artistas, que han donado obras espléndidas para esta Casa, algunas especialmente concebidas para ella, como esos hitos en la iconografía de Nariño, que son las obras de los maestros Obregón, Botero y Grau.

En parte residencia del primer mandatario, en parte despacho de funcionarios administrativos y escenario obligado de una serie de actos protocolarios, esta Casa tiene también mucho de museo histórico y artístico; y en parte por esta última cualidad, se abre desde 1982, sistemáticamente, a visitantes provenientes de todos los países, de todos los sectores, pero en particular a niños y a jóvenes, a algunos de escuelas primarias y de colegios.

Este edificio se concibió ante todo como un lugar donde se reunieran los testimonios materiales de una continuidad histórica y de una perseverancia institucional.

Para nuestros compatriotas que llegan a recorrerla, cuanto ella contiene alude a una simbología cuyas claves todos comparten, a una trayectoria inflexiblemente republicana y que ha pretendido y pretende serio cada día más genuina y denodadamente democrática.

Los muebles, los documentos, las galerías de retratos de quienes han ocupado lo que con denominación abrumadora se llama el solio de Bolívar, se refieren a hombres, a individuos. Pero mucho más que a ellos, a esa institución central de nuestra vida política, a unas dignidades y unas obligaciones que no tienen otra razón de ser sino la libre voluntad del pueblo constructor real de esta Casa y de cuanto ella representa, su dueño único y su ocupante verdadero.

 

Siguiente  

Comentarios