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Contenido:

Cerros de Bogotá

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Presentación

 Follaje de bosque nativo.
Páramo el Verjón. Frailejonal.
 Sotobosque. Bosque nativo. Verjón alto.
 Vista al occidente desde el páramo de Sumapaz.
Página opuesta, Bosque secundario de gaques y encenillos a la altura de Miravalles. En los cerros orientales hay algunos reductos de bosques secundarios que tardarán de 50 a 150 años en llegar a ser bosque seminatural, si se logra su preservación.Capullo de cardosanto.Río Tunjuelo.
Bosque natural nublado. 
Amanecer sobre los cerros a la altura de la calle 117.
Página opuesta, Los cerros a la altura del Centro Internacional, testigos de la actividad financiera.
Parque Nacional.
Asociación de encenillos y chusque en un bosque nativo secundario en las inmediaciones del Cerro de La Teta.Un temprano sol sabanero por entre los encenillos del bosque nativo.

Texto de: Enrique Peñalosa Londoño
Alcalde Mayor de Bogotá

Crecí en un barrio junto a los cerros de Bogotá y los recorrí en incontables ocasiones. Aparentemente domesticados, casi urbanos, son un mundo completamente distinto al de la ciudad: agreste, de rocas y musgos, bromelias, orquídeas, mariposas, colibríes. Junto a mi casa pasaba una quebrada que bajaba de los cerros. Hoy está contaminada por las aguas negras de construcciones ilegales de todos los estratos que han surgido en los alrededores de la vía a La Calera. Arriba, la quebrada creaba un ambiente paradisíaco a lo largo de su curso, de vegetación frondosa, flores, música del agua, cascadas, helechos, ranas y libélulas. Desde lo profundo de la hondonada de una cascada, veíamos cómo aparecían nubes blancas y brillantes contra el cielo intensamente azul, impulsadas veloces por el viento proveniente de los llanos y el páramo de Chingaza.

Más de cien quebradas y ríos descienden de los cerros. Estamos realizando estudios sobre su recuperación y adelantando la limpieza de algunas de ellas, mediante ductos interceptores de aguas negras. También hemos continuado la adquisición de predios que previsivamente iniciaron nuestros ancestros. Adquirimos para futuras generaciones la cuenca alta de la quebrada Yomasa, en los altos de San Cristóbal, con una vegetación de sietecueros rojos, rodamontes, chusque. La tarea de descontaminar totalmente todas las quebradas tomará décadas, pero la hemos iniciado ya y sé que se continuará.

Nuestros cerros son completamente distintos, según el sector. Al suroccidente y sur de Ciudad Bolívar son desérticos, herbáceos, sin arbustos ni árboles, con plantas y flores diminutas. Entre el suroriente de Ciudad Bolívar y Usme baja transparente el río Tunjuelo, entre un cañón poco profundo, con remansos boscosos. En ambas riberas del Tunjuelo, colinas dulcemente onduladas de pastos y algunos cultivos de papa ascienden hacia las alturas. Tenemos programada la adquisición de varios cientos de hectáreas desde la represa de la Regadera, río abajo. Allí debe comenzar el gran parque del Tunjuelo que, en un futuro no lejano, deberá atravesar todo el sur de la ciudad hasta el río Bogotá, verde, surcado por un río descontaminado, a lo largo del cual habrá una ciclorruta. De la represa hacia el sur, se asciende al imponente páramo de Sumapaz; donde se percibe con contundencia que la naturaleza mantiene el dominio a lo largo de cientos de kilómetros de cordillera, que al oriente desciende con miles de quebradas y ríos hacia lo tropical de los llanos y la selva amazónica.

Al suroriente de la ciudad, en Usme y San Cristóbal, la urbanización de barrios populares sobre los cerros ha sido inclemente. En varios sitios los barrios se encuentran cientos de metros por encima del nivel del santuario de Monserrate. Pero en las partes más altas, los cerros cada vez más verticales, se elevan en imponentes cumbres rocosas cubiertas sólo parcialmente de musgos y frailejones. Ventarrones helados en rachas golpean las laderas dejando claro que no tolerarán ninguna vegetación frondosa en estos ámbitos de sus dominios. En minutos las nubes acarreadas veloces por el viento envuelven todo. Aquí es evidente que los cerros que nos son tan familiares y próximos hacen parte de una formidable cordillera.

Incluso en el suroriente alto hay hondonadas verdes por donde descienden las quebradas con su música, rodeadas de helechos y bosques de sietecueros de flores rojas, chusque, uvos y raques que florecen en mayo en racimos rosados, que fascinan a mariposas y colibríes.

Una de esas hondonadas verdes del suroriente es la de la quebrada Yomasa, en cuya parte alta iniciamos la construcción de una pequeña planta de tratamiento de agua para atender los barrios altos de San Cristóbal. Recientemente adquirimos a través del Acueducto 115 hectáreas de un bosque nativo exuberante y florido que circunda la quebrada, que pertenecían a la cervecería La Alemana y además había dado ese nombre a un tramo importante de la quebrada.

Todavía hoy, a 15 minutos en automóvil de la Plaza de Bolívar, en el cañón del río San Cristóbal, encontramos un paraíso: un río de aguas cristalinas donde es posible ver las truchas; una vegetación nativa esplendorosa de árboles, arbustos, enredaderas, parásitas, colores. En una mañana soleada, con un cielo profundamente azul sobre el cañón, la vida palpita vibrante con mariposas de colores danzando entre las flores, libélulas, aves. En sitios, el aire está perfumado de menta y poleo, hierbas que crecen silvestres en los caminos. Brisas transparentes cargadas de frescura llegan por el cañón a la ciudad, luego de haber acariciado llanos y montañas.

El cerro de Monserrate y sus alrededores fue devastado desde épocas de la Colonia y quizás antes, para obtener leña. Los grabados de la época así lo muestran. Hoy tenemos bien protegido el cañón del río San Francisco, al oriente de la Quinta de Bolívar, arriba del renombrado chorro de Padilla. Y hemos continuado los esfuerzos de reforestación, principalmente para reemplazar lo quemado por incendios forestales. Sobre el centro de la ciudad, las enormes lajas del cerro de Guadalupe, casi verticales, inaccesibles, imponentes, se yerguen como telón eterno sobre las decisiones que deben ser tomadas allí para construir civilización.

Si bien en Monserrate, sobre el Parque Nacional y en el Cerro del Cable ha habido reforestaciones importantes con especies foráneas, más al norte hay otros bosques todavía vírgenes. Encontramos el cañón de la quebrada de la Vieja, también protegido por el acueducto, a la altura de la calle 71; y más al norte, el cañón de la quebrada de los Molinos, o de Santa Ana, contaminada desde el cerro mismo por aguas negras de desarrollos ilegales de todos los estratos, cerca del filo de la montaña, alrededor de la vía a La Calera. Por un cañón en esta vía se accede a uno de los cerros mejor conservados, cubierto de un bosque primigenio de encenillo y laurel, donde abundan las pavas de monte. Desafortunadamente, el cañón de ingreso a este cerro, hermosamente cubierto de vegetación, fue agredido por construcciones de estratos altos, mediante dudosos procedimientos.

Al oriente de los cerros hay miles de hectáreas protegidas, de propiedad de la Empresa de Acueducto, que agradecemos al alcalde entre los años 1914 y 1917, Andrés Marroquín, quien promovió su adquisición. Pero también hay un desarrollo suburbano ilegal de estrato alto sobre la cuenca del Teusacá. Pronto será necesario construir interceptores de aguas negras para evitar que el Teusacá, y por ende el embalse de San Rafael, se contaminen críticamente. Ojalá que, al menos, se encuentren los mecanismos para cobrarles esos interceptores a los propietarios de los terrenos de la cuenca. El embalse de San Rafael, detrás de los cerros a la altura de Usaquén, con todos los terrenos que lo rodean, constituye no sólo una reserva de agua crítica para la ciudad, sino también un parque maravilloso para el futuro. Siendo subgerente de la Empresa de Acueducto, propuse y logré que al proyecto de San Rafael se le agregara el componente del parque y las tierras necesarias para ello. Ahora estamos tratando de concretar el parque.

El parque de San Rafael es el comienzo de un gran parque, que pasando el cerro hacia Usaquén, ya sea por un sendero o en un teleférico, llega a otro gran terreno que estamos convirtiendo en parque, en La Aguadora, justo encima del antiguo pueblo de Usaquén.

El sendero de San Rafael a Usaquén, amplio, bien señalizado, con información botánica, zoológica y geológica del entorno, con senderos transversales menores, deberá ser el primero de muchos para el aprovechamiento recreacional contemplativo y ecológico de los cerros. Este uso responsable de los cerros, no sólo no los deteriorará sino que, por el contrario, formará a cientos de miles de sus más vehementes protectores.

Al sur, los habitantes de menores recursos han construido sobre los cerros por necesidad, donde urbanizadores ilegales sin mayores escrúpulos les han vendido lo que el Estado debería haber ofrecido en un lugar y con un urbanismo adecuado: tierra a precio módico para levantar una vivienda. Al norte la ocupación ha sido mayoritariamente de estrato alto, prepotente, legalizada por la corrupción de las entidades que debían haberla prohibido y de los propietarios de tierras y empresarios sin escrúpulos. Después, además, tienen la desfachatez de intentar obstaculizar el paso de los caminantes que desean recorrer respetuosamente los cerros.

No es mucho lo que se puede hacer sobre lo ya construido en los cerros. Los barrios populares compensan, en alguna medida, la pobreza y la falta de espacios verdes con una vista hermosa sobre la ciudad y la sabana más allá. Hemos trabajado mucho para mejorar esos barrios, con acueducto, alcantarillado, pavimentos, escaleras, miradores, fachadas de colores, buganviles morados y arborización. En el futuro, todos pintados, con enredaderas y flores, senderos peatonales, escaleras, pequeños parques y plazoletas románticas, y una vista formidable, serán encantadores. Uno de los que seguramente albergará más rápidamente a poetas, artistas y cafés es el del Paraíso, arriba del Parque Nacional.

A propósito del Parque Nacional, estamos tratando de detener la invasión que al oriente de la circunvalar lo viene ocupando, destinando recursos importantes para comprar a los ocupantes de vieja data y salvar cientos de hectáreas de parque de montaña que allí tiene la ciudad.

Las ciudades con mar, un gran lago o río, tienen invariablemente un malecón, un largo sendero para caminar, observando la brillante extensión de agua, su movimiento bajo la brisa, las quillas que la cortan, las siluetas de buques lejanos y las aves colgadas del viento. En Bogotá la ciudad equivale a la superficie de un lago; el sendero hay que construirlo sobre la montaña. Sueño con un largo sendero, amplio, muy alto, a todo lo largo de los cerros, colgado ingenierilmente de las rocas cuando sea necesario, para caminar o trotar en medio del verde, con una vista de la ciudad abajo y con la sabana al fondo; e incluso en las mañanas claras, con los nevados sobre las siluetas azules de las montañas al occidente.

Cuando yo era niño, con mis padres y algunos tíos íbamos a algún lugar en el campo, en los cerros generalmente, nos metíamos bajo la cerca de cualquier finca y jugábamos, almorzábamos, caminábamos. Hoy la población de la ciudad es mucho mayor y creciente, hay cientos de miles de carros más y los propietarios de fincas no permiten el ingreso a sus predios. Existe una inmensa necesidad insatisfecha de ir al campo, de tener contacto con la naturaleza. Las familias ahorran por décadas para poder adquirir un automóvil en el cual salir de la ciudad. Pero no tienen a dónde ir. Se necesitan muchos parques regionales, de miles de hectáreas, en un radio de unos 200 kilómetros alrededor de la ciudad.

La Empresa de Energía de Bogotá, anteriormente de propiedad pública, hizo el embalse de Tominé. Sin embargo, la recreación y los parques no habían sido una preocupación prioritaria de las autoridades distritales, con contadas excepciones, y menos aún de las empresas distritales y estatales. Los terrenos públicos de Tominé se cedieron progresivamente a particulares: clubes náuticos o simplemente residencias de campo de estratos altos, sin costo alguno.

Hemos decidido convertir esas 5.035 hectáreas de Tominé y sus alrededores en un parque público; comprándole a la EEB los terrenos y construyendo un gran parque ecológico regional contemplativo, con una ciclorruta alrededor del lago. Ese, sumado al de San Rafael, fortalecerá una oferta de recreación regional en nuestras montañas, complementando el parque de la CAR en el Neusa, o el parque privado de Chicaque en Soacha. Es necesario seguir recuperando para el uso público recreacional contemplativo otros embalses, como el del Sisga.

El Páramo de Chingaza es otro parque en las montañas de Bogotá, con 23.000 hectáreas de propiedad de la Empresa de Acueducto. Allí las aguas cristalinas, el chusque, los frailejones, los musgos de colores, están envueltos en una niebla que parece caminar, dejando su humedad sobre las hojas gruesas de estas plantas de altura. En épocas de verano y cielos abiertos, se percibe la inmensidad de la cordillera libre de fincas y construcciones. Se encuentran venados y hasta osos. Desafortunadamente la guerrilla se ha radicado en los últimos años en las laderas orientales de Chingaza, hacia San Juanito; pero este, obviamente, es un fenómeno pasajero y Chingaza es ya un legado de propiedad pública para el disfrute hacia el futuro de millones de bogotanos.

Hemos comenzado a organizar excursiones a los cerros, de grupos con guías ecológicos y vigilancia. Hacia el futuro este uso deberá ser masivo, similar al que se hace en el Parque Nacional del Ávila en Venezuela. Nuestros cerros tienen que ser un parque; no simplemente una reserva cerrada, para goce de los guardabosques y algunos burócratas con accesos privilegiados. En el futuro serán un inmenso parque sagrado, que pueda ser recorrido por cientos de kilómetros, por senderos para bicicletas, para peatones, con estaciones de educación ambiental, e incluso con restaurantes y servicios sanitarios en algunos lugares. Deberá haber señalización que enseñe a los paseantes los nombres de las plantas, los animales, las formaciones rocosas. Hay que avanzar lentamente hacia un aprovechamiento de recreación ambiental pasiva, con educación. Porque, obviamente, hay que evitar el riesgo de que comiencen a aparecer basura, talas, o incendios.

La meta debe ser clara, sin embargo: una utilización ambientalmente educativa y respetuosa. Con programas adecuados de reforestación donde el bosque ha sido afectado, una concientización ciudadana y una vigilancia adecuada, en los cerros podrán volver a abundar incluso animales hoy inimaginados, como venados, osos perezosos, liebres y ardillas.

Difícil encontrar ciudades en el mundo con un paraíso natural que llega hasta sus mismos barrios, como son los cerros de Bogotá. Formaciones rocosas como inmensas catedrales; cascadas, bosques, flores, mariposas y aves. Nuestros cerros son un recurso natural y espiritual de la ciudad.

Desde el comienzo de nuestra administración decidimos hacer un libro sobre los cerros, sobre nuestros cerros de Bogotá. Esa hermosa realidad es la plasmada por Benjamín Villegas y su equipo en las siguientes páginas. Espero que contribuya a que los recorramos más, a aprender más sobre ellos, a cuidarlos más, a quererlos más.

 

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