Colombia amazónica

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La Amazonia colombiana en perspectiva

 

El río Caquetá a la altura de la isla de Manacaro.Indígena Tatuyo del Caño Utúya, de la red fluvial del río Piraparaná. Los aborígenes son conocedores profundos del medio en el que actúan, lo respetan y buscan permanentemente un equilibrio entre su uso y su conservación.Terreno en una zona colonización, en proceso de adecuación mediante la técnica de “tala y quema". Obsérvese la ,gran distancia a la que quedó el lindero del bosque.
Jangada. Traslado de troncos hasta los aserríos. Escena común en la Amazonia. En Colombia es particularmente frecuente en el río Putumayo.Detalle de jangada. Trozas de árboles que nunca serán repuestos a la naturaleza. Anualmente se deforestan aproximadamente 150 mil hectáreas de bosques en la Amazonia colombiana.Lote adecuado por colonos Después de algunas etapas de utilización, se intenta el manejo de la regeneración de pastos con nuevas quemas.Área de bosque tumbado y quemado para el establecimiento de una chagra indígena. Obsérvese la cercanía de la selva. La extensión de las chagras aborígenes no excede generalmente las dos hectáreas. Esta dimensión permite una pronta regeneración y difusión de las especies de la selva en el sector, una vez se produzca el abandono del lote por los indígenas, quienes repetirán la experiencia en otro lugar.
Indígena Tanimuka trenzando Paños de hojas de palmera, utilizados en la construcción de las viviendas. Este uso del material vegetal, muy difundido y diverso entre los aborígenes amazónicos, ha sido asimilado y adaptado por las corrientes colonizadoras.Carréteable en construcción en área cercana al piedemonte andino. Las vías terrestres, después de los ríos, han jugado un papel fundamental en la ampliación de las áreas ocupadas en la Amazonia.
Colono cazador con venada recién cobrada. La naturaleza provee al colono, como al indígena, las especies necesarias para su superviviencia, si bien aquel las extrae en un contexto improvidente en relación con el equilibrio del entomo.374
Interior de una típica embarcación amazónica de pasajeros y carga. Un vistazo rápido permite el reconocimiento de elementos culturales locales y la existencia de estilos de consumo del interior.
Leticia Embarcadero sobre el río Amazonas.Entre los aborígenes amazónicos la utilización de la tierra se rige por una itinerancia que permite, secuencialmente, el manejo de cultivos así como la extracción de recursos en una extensión determinada, y su posterior descanso y regeneración de la selva. No se dan, por lo tanto, entre estas sociedades, el concepto de propiedad ni el de permanencia en la explotación del suelo, como entre los colonos.

Sector de la selva recién tumbado, al centro, y chagras en diferente estados de producción, a los lados. Al frente, sector de la selva donde antiguamente existió una chagra, en avanzado estado de regeneración.
Sector de colonización cercano al raudal de Guaimaraya, río Caquetá. Los espacios ganados por los colonos a la selva, se adecuan para permitir usos agrícolas y pecuarios permanentes, contrariando la fragilidad de gran parte de los suelos amazónicos Estos proyectos de sedentarización se ligan generalmente con la legalización de la propiedad de los suelos ocupados.

Obsérvese la variedad de usos autóctonos y traídos del interior, en la construcción de las viviendas.
Sector ribereño en el Trapecio Amazónico, enteramente modificado y dedicado a explotaciones ganaderas. La estrecha franja de vegetación selvática supérstite en la orilla del río es indicativa de un manejo que desconoce los mecanismos de la relación entre bosques y aguas y de la permanencia de sus especies.Una calle comercial de Leticia.Transporte en canoa motorizada por el río Caquetá. Los combustibles constituyen componentes onerosos en la vida de la región.Aproximadamente 5. 000 toneladas de pescado son llevadas anualmente desde la Amazonia colombiana hacia el interior del país, la mayor parte de ellas por vía aérea.Embarcación en el río Caquetá, perteneciente en este caso a los indígenas del resguardo del Mirití?Paraná.
Interior de la embarcación de la ilustración anterior. La creación del resguardo del Mirití?Paraná ha posibilitado a comunidades Makuria, Miraña, Yukuna, Tanimuka y Matací, la organización de algunos servicios de transporte y asistencia social.El DC?3 ha constituido factor decisivo en las comunicaciones y el transporte en la Amazonia colombiana.Mina de asfalto en El Doncello. Caquetá. La minería no se ha consolidado como factor sostenido en la explotación del suelo amazónico colombiano. Con todo, a algunos periodos de auge, el del petróleo entre los más recientes, se suman ahora previsibles desarrollos en torno de los descubrimientos de oro al oriente del Vaupés y del Guainía.Vista parcial de Mocoa, capital de la Intendencia del Putumayo, en el piedemonte andino. Centro históricamente vinculado a diversas etapas del poblamiento y de la explotación económica de la Amazonia colombiana.La alteración del medio ocasionada por las etnias indígenas es temporaL Lotes tumbados y quemados, como éste, son reintegrados a los ciclos de la selva después de algunos años de utilización.
Potrero en antigua zona selvática. Los esquemas de producción utilizados por los colonos alteran completa y permanentemente las estructuras boscosas originales.

Investigaciones recientes demuestran que factores de lixiviación reducen notoriamente los nutrientes fundamentales de lotes inicialmente productivos, en un plazo cercano a los 8 años después de la tumba de la selva.Cultivo de arroz en área cercana al piedemonte. Obsérvese el proceso de erosión hídrica. Para mantener los niveles productivos de los suelos amazónicos, se hace necesaria la asimilación de conocimientos adquiridos por los indígenas en el transcurso de sus experimentaciones milenarias, así como se precisa definir límites a la aplicación de técnicas de la agricultura de las zonas andinas y costeras, traídas por los colonos.

 

Pablo Leyva
Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

Una carencia de conciencia amazónica empaña la visión de muchos colombianos. Es necesario un gran esfuerzo nacional para actualizar y difundir los conocimientos sobre la región, saber del uso que se le está dando y hacer partícipes a sus pobladores de los beneficios del desarrollo, sin menoscabo del patrimonio natural y cultura¡ de la Nación. Poco ha cambiado, es menester decirlo, la apreciación sobre la Amazonia desde los relatos de Humboldt; el país ha permanecido absorto en su problemática andina, hasta cuando, por razones especiales y ocasionales, se llama su atención sobre esta región, de gran extensión territorial, con enorme potencial de riqueza y trascendental ubicación geográfica. José Eustasio Rivera, los hermanos Reyes, el conflicto con el Perú, la Casa Arana, los indígenas, las misiones y, más recientemente, los problemas de los colonos particularmente en el Caquetá , los fenómenos de la guerrilla y el cultivo masivo de la coca, son los puntos de referencia desarticulados que surgen con alguna frecuencia en el panorama nacional acerca de estos territorios. Entretanto, el transcurrir del tiempo ha hecho de la Amazonia colombiana una región que, con todos los problemas, el atraso y las dificultades imaginables, se ha ido integrando al resto del país en su economía y cultura.

En el plano internacional la integración se ha dado en gran escala, especialmente por el rol que ha venido desempeñando el Brasil en este proceso y la consecuente polarización de parte de los restantes países amazónicos. Por supuesto que la acción de esta Nación en la región no es nueva, como se ha pretendido afirmar. Efectivamente, ella se remonta a la conquista portuguesa de América, hecho que se produce sólo unos años después de su descubrimiento. La enorme capacidad expansiva de Portugal lo llevó a penetrar tempranamente el río Amazonas y sus variados afluentes hasta muy adentro de sus cursos, lo que le permitió ventajas importantes en el momento de la delimitación territorial con España.

La política de ocupación de la Amazonia fue clara desde entonces y, después de lograr su independencia, Brasil la ha sabido continuar.

En la actualidad la cuenca amazónica ha sido transformada en una proporción apreciable, si bien la mayor parte de la misma permanece en estado natural. El poblamiento humano se remonta a por lo menos 3.000 años antes del presente, según lo afirman algunos autores: y las huellas materiales y de cambio biológico que se estudian en el momento sustentan, cada vez con mayor fuerza, la hipótesis de una presencia humana mucho más antigua. La conquista europea intensificó la ocupación de nuestros territorios, pero en la Amazonia, más que en otros lugares, se retardó la transformación y depredación masiva de los ecosistemas, debido a sus condiciones ecológicas particulares.

La llegada de los europeos llevó a cambios profundos en las estructuras económicas vigentes en la región. Efectivamente, los americanos precolombi¬nos habían establecido esquemas productivos des¬pués de un proceso que tomó milenios por medio de los cuales obtenían del entorno amazónico los productos deseados, transformándolo desde luego, pero sin causar destrucción. Las nuevas actividades surgidas después de la Conquista se orientaron a la extracción de los productos de interés para la Metrópoli, especialmente de las llamadas drogas y demás materias exóticas con mercado en Europa; igual ' mente, desde un principio, se trató de cultivar caña de azúcar así como de establecer precarias ganaderías. El criterio de utilización de la Amazonia predominante desde entonces ha sido el mismo, es decir, la obtención de los productos del medio sin mayor preocupación por su reposición. Más recientemente, esta tendencia se ha ido acompañando de políticas de colonización masiva, las cuales han refor¬zado el establecimiento de unidades productivas que imponen esquemas de artificialización de la natura¬leza que, desde luego, representan un grave peligro para los equilibrios biológicos de la Amazonia, ade¬más de causar impactos ambientales cuyos efectos han ti atado de negar aquellos que los inducen. De otra parte, las actuales corrientes de colonización y de poblamiento, de no optarse por medidas para su orientación y control, seguirán siendo una amenaza para los grupos aborígenes de la región, los cuales han resistido al exterminio por casi quinientos años.

Cuando se examina el panorama que ofrecen los análisis sobre el conjunto de la cuenca amazónica, se evidencian como mayores preocupaciones las atinentes a los problemas de los territorios correspondientes al Brasil; ello resulta válido si se tienen en cuenta la proporción que estos representan dentro del total de la cuenca, así como la consistencia de las políticas, acciones de dominio y ocupación territorial consolidadas desde 1600 en éstas, antaño, áreas portuguesas. Sin embargo, las actividades de los demás países amazónicos no son menos significativas, guardando relación con el área que poseen dentro de la cuenca, así como con la magnitud de sus recursos: en este sentido son pocas las excepciones, y Colombia no es una de ellas. La Amazonia colombiana representa cerca del 35% del territorio continental del país y un 8% del total del área selvática de la región, proporción ésta similar a la que posee Bolivia y mucho menor que la del Perú.

Se estima que la tasa actual de deforestación en la Amazonia colombiana supera las 150 mil hectáreas por año y que ésta cubre ya cerca del 10% del total del área boscosa. El Caquetá ya es un Departamento y en él se han deforestado más de un millón y medio de hectáreas. Aparentemente, en proporción con el área amazónica disponible, la tasa de deforestación es mayor en Colombia que en el Brasil. El poblamiento de la Amazonia colombiana no puede continuar en la misma forma, sin que medien políticas claras de conocimiento, sistemas de producción, reservas, sistemas de comunicación, transporte, asentamientos y respeto por las comunidades aborígenes, junto con acciones ecológicas consecuentes con dichas políticas.

La ampliación reciente de la frontera agropecuaria sobre la Amazonia colombiana sucede según los esquemas tradicionales de ocupación territorial. La transformación del bosque por la técnica de "tumba y quema" es el sistema empleado, en este caso, por numerosos colonos espontáneos provenientes de la región andina, de donde son desplazados por el fenómeno de la descomposición de las formas de tenencia de la tierra y de la producción campesina, proceso que ha sido acelerado por la violencia política. La consecuencia de ello sobre sectores de la Amazonia es la instalación de unidades de producción, en su mayor parte de subsistencia, el posterior paso de paisajes boscosos a pastizales aprovechados extensivamente y, con el tiempo, la reproducción de la estructura de apropiación producción dominante en el resto del país. La inestabilidad de la estructura induce localmente a la descomposición precoz de las unidades campesinas, las que soportan, además, toda suerte de presiones para el desalojo, con lo que se generan nuevas corrientes migratorias alimentadas a partir de la misma región. Toda esta dinámica, adicionada a una naturaleza hostil, ha hecho de la zona un medio propicio para que se expandan en ,ella movimientos guerrilleros de envergadura.

Bajo el esquema descrito se han implantado estructuras e infraestructuras, estas últimas de alguna consideración, en términos de poblaciones de diverso tamaño y de redes de transporte y comunicaciones; la modernidad es pues una realidad en la Amazonia colombiana; cabe, no obstante, la pregunta de si este esquema altamente depredador de los ecosistemas y aniquilador de las poblaciones aborígenes, debe continuar sin modificación, o si la modernidad debería significar la posibilidad de utilizar todos los conocimientos acumulados durante milenios en el proceso de interacción de los habitantes con la región, aunados a la ciencia y la tecnología actuales, para ocuparla mediante nuevos métodos, preservándola y colocándola al servicio de la comunidad, en especial de la que en ella reside.

Las estructuras productivas de hoy proyectan su sombra amenazante sobre los sistemas culturales y naturales de la Amazonia colombiana, y el impulso que adquieren para alimentar los nuevos ciclos de extracción conlleva un desafío que exige políticas estatales de, al menos, igual envergadura. No es posible continuar alentando un proceso de colonización que rápidamente conduce a la replicación de las formas de producción prevalecientes en el resto del país, sin que ello represente a mediano plazo solución alguna a los problemas de tierras, como si la naturaleza y las comunidades aborígenes de la Amazonia hubieran de pagar el precio de la incapacidad de una sociedad en la búsqueda de soluciones reales. Continuar trabajos como el del Proyecto Radargramétrico del Amazonas, PRORADAM, y ampliar en el plano internacional las acciones del gobierno Betancur, dentro del Tratado de Cooperación Amazónica, son imperativos para armonizar y hacer realidad las políticas de los países de la cuenca, de tal forma que el costo del crecimiento no incluya la degradación de la región.

Tradición versus modernidad

La utilización de la naturaleza para la producción, reproducción y el progreso, es algo intrínseco al desarrollo de las sociedades. No obstante, con alguna frecuencia se plantea la opción del retorno hacia formas de vida menos exigentes en términos de intervención del medio, en particular cuando. Se consideran las manifestaciones brutales de algunos efectos del crecimiento económico. Los fenómenos de destrucción de la naturaleza y de contaminación y degradación de importantes sectores del planeta, han llevado recientemente a numerosos grupos a plantear de nuevo la cuestión, en términos de la necesidad de detener el crecimiento y de buscar tecnologías (llamadas "apropiadas")como alternativas a la tendencia general del sistema productivo vigente. Estas formulaciones, por supuesto, son consideradas válidas, e incluso de adopción necesaria en regiones como la Amazonia. Allí las formas de vida practicadas por los indígenas contrastan notablemente con las introducidas por los colonos desde el mismo momento de la llegada de los europeos a América. En la actualidad el debate adquiere importancia, y frente a cada paso que se da en la Amazonia surge una voz que reclama la validez de los sistemas aborígenes de utilización del medio.

La historia, en particular la de la región, muestra que el grado de desarrollo de los grupos aborígenes se logró en un proceso milenario, en el que paulatinamente se fueron adoptando sistemas cada vez más avanzados para multiplicar las fuerzas del hombre, por medio de una instrumentación creciente y de una consecuente especialización y división del trabajo al interior de las comunidades. Estudios recientes, mencionados, entre otros, por Elizabeth Reichel en el capítulo sobré asentamientos prehispánicos incluido en este libro, plantean que la ocupación de la Amazonia desde épocas precolombinas ha sido considerable, así como lo son las transformaciones biológicas de sus sistemas naturales; igualmente, han sido importantes en el curso de la historia las adaptaciones por acomodación o por asimilación de los aborígenes a los cambios medioambientales. De Oliveira (1983) afirma, por su parte, que algunos pobladores antiguos de la región llegaron a practicar formas extensivas de transformación, empeño en el que fracasaron y que los llevó a su extinción.

El proceso de artificialización medioambiental efectuado por los aborígenes en el decurso de la historia ha sido de tal magnitud, que un método de estudio practicado actualmente para deducir patrones de ocupación y rastrear su comportamiento, es el de la observación de los cambios biológicos producidos desde épocas remotas por estas poblaciones. La concentración geográfica de ciertas especies útiles se debe, en muchos casos, a la acción continuada del hombre. Los aborígenes americanos, en la medida de sus posibilidades, y de acuerdo con sus necesidades, transformaron los ecosistemas amazónicos. Es claro, desde luego, que ellos son conocedores profundos del medio en el que actúan, lo respetan y buscan permanentemente la manera de lograr un equilibrio que les permita utilizarlo sin destruirlo; estos conocimientos son de la mayor importancia para la definición de acciones futuras sobre el mismo.

El procedimiento más empleado para la transformación del paisaje amazónico en terrenos de cultivo es el de "tumba y quema", o "talay quema", o "corte y quema" (según prefieren algunos autores, como Mario Mejía en el capítulo sobre la Historia Natural de la Amazonia). Esta técnica, contrariamente a la opinión de muchos, no es propiamente una forma específica desarrollada en el trópico ni particularmente en la Amazonia. Los estudios históricos señalan (Boserup, 1976) que este procedimiento ha sido utilizado ampliamente en todos los continentes y que, en realidad, es la forma como se ha modificado gran parte del paisaje boscoso del planeta desde el neolítico, desde cuando estuvo seguramente asociada a los orígenes de la agricultura. Lo que se presenta, en la práctica, son variantes de la misma técnica, determinadas por las características ecológicas específicas del lugar en donde se aplica, así como por el grado de intensificación de los usos agrícolas de quien recurre a ellas. Los aborígenes amazónicos, tanto como los colonos de la región, la emplean con grados de intensidad y objetivos diferentes.

La técnica de Iumba y quema" es un medio altamente eficaz para adecuar terrenos silvestres destinados a cultivos. Consiste básicamente en la preparación de un área de bosque, mediante la limpieza o roza de la parte arbustiva y herbácea, la tala del sustrato arbóreo, su secado durante el tiempo necesario y la posterior quema del material seco, cuyas cenizas contribuyen a la fertilidad del suelo, proceso que, en la región amazónica, produce igualmente la descomposición de la materia orgánica remanente.

El resultado de la quema es un lote de terreno despejado y listo para ser utilizado en agricultura. En el medio indígena, el predio se transforma en chagra, donde es mantenida una combinación de cultivos que asegura el empleo óptimo del área con el objeto de producir los alimentos requeridos para equilibrar las ofertas biológicas de los ciclos naturales. La chagra normalmente es adicionada con un plantío de otras especies arbustivas y arbóreas que complementan la dieta del grupo. Como sostiene Mario Mejía en este libro, "el huerto habitacional o de maloca, desarrollado por los indígenas, contiene elementos básicos para la única agricultura de larga duración que es dable en el trópico húmedo sudamericano" . El control de las malezas, cada vez más exigente, así como la posible reducción de los rendimientos agrícolas de la chagra, hacen que los indígenas de la Amazonia migren de tiempo en tiempo para reproducir la experiencia en otro lugar. En el caso de los colonos, el lote de terreno logrado por la "tumba y quema" por lo general es tratado de una manera diferente, pues ellos no pretenden una agricultura migratoria, sino más bien su sedentarización y la posterior legitimación de la apropiación; este objetivo se logra buscando el establecimiento de una finca que permita un asentamiento permanente. Por ello, los primeros cultivos colonizadores, como el maíz, el arroz, etc., son sembrados frecuentemente junto con pastos. Estos últimos presentan, entre otras ventajas, la posibilidad de utilización del lote inmediatamente después de la cosecha colonizadora y de un mejor control de las malezas, la valorización consecuente de la finca y una relativa estabilidad en el esquema productivo, puesto que los pastos permiten la ganadería y reducen la necesidad de migrar. Estas consideraciones, sin embargo, resultan matizadas por el hecho de que recientes informaciones (Hecht, 1983) demuestran de manera concluyente cómo, en gran parte de la Amazonia, no es dable tener ganadería permanente por períodos que excedan los ocho años.

El efecto de estas dos modalidades terminales de emplear el método de "tumba y quema" es diferente. En el primer caso se sustentan poblaciones relativamente importantes, con un sistema migratorio de los pequeños grupos, lo que les permite estabilidad como conjunto en la región y les asegura el uso no destructivo del medio. En el segundo caso, se obtiene una relativa estabilidad de las unidades productivas, se originan nuevos procesos expulsivos y de migración de la población, se inicia el establecimiento de asentamientos con un sistema polarizado campo ciudad y se transforman de manera destructiva amplios sectores de bosques que, en muchos casos, se convierten en pastizales, a los que se da, además, una muy baja intensidad de uso.

La ocupación extractiva y agropecuaria de la Amazonia a partir de la colonización europea se orienta más en función de las necesidades de los sistemas productivos y de la ampliación del ámbito de acción de los mercados internacionales y nacionales, que en función del progreso de los grupos sociales locales; estos solamente derivan beneficios como subproducto del avance general. La privatización y consecuente atomización de criterios de manejo y responsabilidad sobre cada una de las unidades de producción, agropecuarias o industriales, impide una orientación global, absolutamente necesaria para una coherente utilización de la naturaleza. Según esta modalidad, la transformación total de los ecosistemas, e incluso su deterioro, es claramente un subproducto no valorable que solamente se considera en la medida en que impide la continuidad de la producción. La modernidad, entendida de esta forma, no hace más que subrayar la patética contradicción entre los esquemas de extracción producción dominantes y la lógica de los sistemas naturales. Mas no se trata de retornar a las formas de producción aborígenes, puesto que esto no resulta realista y de todas maneras ellas afectan los ecosistemas "aunque no los destruyen (Levi Strauss & Charbonier, 1960). Se trata de conocer el medio, de saber aprovechar la milenaria experiencia de los indígenas y precisar esquemas de producción que permitan un desarrollo económico y social sin destrucción. Es indispensable una concepción global, naturalista y humanista del manejo de la Amazonia, para dar un nuevo sentido a la modernidad, colocando la región al servicio del hombre.

Ampliación de la frontera agropecuaria y de los mercados

El fenómeno de la colonización hace parte de un proceso general de ampliación de la frontera agropecuaria, el cual está relacionado con el comportamiento del conjunto de la población y de la economía, y es una respuesta a las necesidades y posibilidades del aparato productivo nacional.

La Amazonia colombiana ha sido objeto de ocupación desde tiempos precolombinos, y los aborígenes han permanecido en ella, sufriendo desde luego la presión de los blancos quienes, desde la Conquista hasta el siglo XX, han llegado a la región con el ánimo de aprovechar sus recursos y, por supuesto, la mano de obra nativa. El descuido y abandono de la Amazonia colombiana hasta bien entrado el siglo XX llegó a tal punto, que las actividades de los caucheros peruanos, especialmente los de la Casa Arana, controlaron comercialmente buena parte de su territorio; esta situación, entre otros factores, llevó al Perú a la reclamación de dominio y causó el conflicto armado con Colombia, referido en capítulo de Pineda Carnacho sobre el ciclo cauchero. Los caminos peatonales y de herradura, así como los carreteables construidos durante la guerra con el Perú, permitieron posteriormente un acceso más fácil a esas regiones, y el estímulo a los asentamientos tuvo sus frutos. Desde hace algo más de cincuenta años, el proceso de poblamiento sufrió un fuerte cambio. Hasta ese momento podría decirse que la región estaba habitada especialmente por grupos indígenas. A partir de entonces, migraciones provenientes de los territorios andinos transformaron definitivamente el panorama.

La realidad de los procesos de crecimiento de la población en los Andes, así como la descomposición del campesinado en todos los sectores llevados al minifundio, y el proceso de construcción de una infraestructura industrial urbana, indujo en los últimos diez lustros fuertes corrientes migratorias en Colombia. La tendencia predominante de estas corrientes ha tenido el sentido campo ciudad; sin embargo, una parte de la población migrante se ha orientado en los sentidos campo campo y, en menor proporción, ciudad campo (Torales, 1979).

Esto se debe a que las ciudades no han estado en capacidad de absorber todo el potencia¡ migratorio, a la existencia de terrenos libres con posibilidades de ocupación y, en parte, a las presiones de desalojo acelerado originadas en la violencia social y política que se ha manifestado en este período (Gilhodés, 1976).

Dos elementos son claves en este proceso; por una par te, la dinámica demográfica del país, cuyas elevadas tasas de crecimiento poblacional durante los años cincuenta, indudablemente presionaron por mayores áreas en las cuales producir alimentos; por otra, el progreso técnico relativamente acelerado que tuvo lugar durante el mismo período, así como la rápida interconexión de las diferentes regiones y de los mercados nacionales e internacionales. El incremento de la población no requiere mayor explicación. En cuanto al efecto del progreso técnico y la conexión y desarrollo de los mercados, es éste un factor estructura¡ que conduce, finalmente, a una necesidad cada vez menor de horas de trabajo para cultivar una hectárea de tierra y, además, da ventajas comparativas extraordinarias a los mejor dotados en tierra y capital. La fuerte competencia de los productores en el mercado lleva a los más pequeños y pobremente favorecidos a desaparecer y obliga a familias enteras de campesinos a convertirse en asalariados. En el momento en que las unidades productivas mayores no pueden absorber toda la mano de obra de una determinada región, el campesinado se ve en la necesidad de migrar en busca de oportunidades, las que, de una u otra forma, son ofrecidas por las ciudades, así éstas presenten todos los inconvenientes conocidos. ,

Las tierras no cultivadas y sobre las cuales no ejerzan dominio el Estado o los particulares, atraen a muchos sectores del campesinado desposeído, que ven la oportunidad que representa su utilización y apropiación. Ha sido este el caso de los bosques húmedos tropicales de las tierras bajas de Colombia durante los últimos años y por supuesto que, entre ellos, la Amazonia ocupa un lugar destacado. Aun cuando es menester recalcar que esta región no presenta las mejores condiciones para la colonización y que, además, no es la única porción del país en la que se haya dado una gran destrucción por esta razón.'

Tres son los frentes de colonización de la Amazonia colombiana (Brücher, 1974): el Ariari, el Caquetá y el Putumayo. Actualmente la dispersión llega a confundir frentes y a generar, por lo demás, otra serie de dinámicas de gran importancia, las que proyectan nuevos hilos de colonización en profundidad con fuerte tendencia a engrosar , a lo largo de la frontera entre la Orinoquia y la Amazonia, o siguiendo el curso de los ríos principales. El poblamiento generado por estos frentes ha tenido alguna significación en el Putumayo y en el Caquetá a partir ,de los años cuarenta, y en el Ariari desde los años cincuenta.

Las primeras referencias sobre el número de habitantes en la Amazonia colombiana se remontan a los testimonios de la Comisión Corográfica, dirigida por Agustín Codazzi, quien a mediados del siglo XIX encontró en el Caquetá 12 familias criollas y unos 5 mil indígenas sometidos. Se estima que en 1905 vivían en el área 700 blancos y 2.100 mestizos, y que los habitantes indígenas fluctuaba entre 30.000 y 200.000, la mayoría de los cuales fueron exterminados por las actividades de la Casa Arana (INDERENA, 1978). Las cifras más aceptadas para períodos posteriores, relativas al total de la Amazonia y al Caquetá, resultantes de censos nacionales de población (detalladas en el capítulo de Myriam Jimeno sobre el poblamiento contemporáneo de la Amazonia), son las siguientes:


Año Población total de la Arnazonia **Población total del Caquetá
1918 121379 74.254
1928 42.019 14.154
1938 57.783 20.914
1951 90.364 45.471
1964 189.969 103.718
1973 293.197 187.297
1986 428.069 214.473

De las cifras anteriores, las del Caquetá correspondientes a 1918 incluyen 69.000 indígenas; estos se reducen a sólo 3.345 en las de 1928 (Pidelta, 1973), lo cual, aún considerando con reservas la calidad de la información, hace evidente el intenso proceso de exterminio a que fue sometida la población aborigen. (Las precarias condiciones de la recolección de los informes en los que se basan estas cifras, exigen ser cautelosos en su utilización, según se acota en el capítulo de M. Jimeno ya mencionado). Más que adentrarse en un examen global de las estadísticas de población de la región amazónica colombiana, la cual es de 428.069 habitantes, según el censo nacional de 1985 (aun cuando PRORADAM (1979) la estima en 500.000), resulta revelador, para el tema que nos ocupa, ver la forma como se distribuye esta población entre las áreas rurales y las urbanas.

Ya se ha señalado la polarización campo ciudad como uno de los efectos característicos de la ocupación de una región por parte de la colonización moderna, en contraposición con las formas de poblamiento aborigen. Si se toman las cifras censales disponibles para el Caquetá como representativas de la región, se observa que en 1973, el 28.1% de la población era urbana y el 71.9% rural. Lo anterior resulta, entonces, altamente significativo en cuanto manifiesta diferencias en las formas de distribución de la población que se vienen dando sobre el territorio, si se las compara con las formas tradicionales de asentamiento indígena. Las cifras del censo de 1985 son aún más reveladoras en este sentido, pues para ese momento ya la mitad de la población del Departamento es urbana. Esto manifiesta no solamente la marcada polarización de los procesos actuales de colonización en la Amazonia colombiana, sino también su dinámica, dejando en claro la precocidad de la descomposición campesina en un área de tan reciente ocupación; lo cual, entre otras cosas, significa la reproducción temprana de fenómenos estructurales del conjunto de la economía y la consecuente relación entre el acontecer de la Amazonia con el resto del país.

Es necesario, no obstante, ser prudentes como para aventurarse a predecir una pronta desaparición del productor campesino, puesto que este fenómeno no responde a una mecánica. Se ha logrado apreciar cómo muchos sectores del campesinado de la región han desarrollado sistemas de producción que les permiten resistir por períodos relativamente prolongados a las presiones económicas, sociales y políticas para desalojarlos de sus parcelas.

Si bien la autarquía de las unidades productivas no existe y, por el contrario, estas se integran cada vez más al mercado nacional según lo demuestran las cifras (especialmente de la Caja Agraria) concernientes a la adquisición de insumos agropecuarios destinados a mejorar la producción en las mismas, así como las relativas a compras de mercancías para la familia los consumos internos de las diferentes unidades productivas representan aún una buena proporción del consumo total. Efectivamente, la forma de aprovechamiento termina¡ de los productos en las fincas de los colonos difiere sustancialmente de la que se da en las chagras indígenas , mas no por ello, durante un buen tiempo, los colonos dejan de mantener una explotación diversificada que permite el autoconsumo, con selva virgen, monte secundario, cultivos de plátano, maíz, algodón, yuca y café y una buena proporción en potreros (Brücher, 1974). Todo esto es logrado en una extensión de terreno considerablemente mayor que la disponible para una familia migrante en su lugar de origen en sectores andinos densamente poblados, razón por la cual pueden resistir con firmeza las presiones del desalojo. Esta situación, además, le justifica al colono el haberse convertido en migrante, incluso hacia una región desconocida e inhóspita, la que, debido a su falta de experiencia y las inevitables dificultades de adaptación, cobra inexorablemente parte de su salud y de la vida del grupo familiar.

Sutilmente, el fenómeno de la colonización campesina de la Amazonia colombiana avanza dejando, con el tiempo, una estructura de utilización de la tierra en la que predominan los pastizales, donde tiene lugar una explotación ganadera de muy baja intensidad; grandes proporciones de terreno quedan 11 en descanso o se abandonan, puesto que se deterioran fácilmente debido a las transformaciones sufridas en los suelos, para los que se ha roto el necesario equilibrio con la vegetación arbórea, así como por la persistente invasión de malezas que con tenacidad tienden a cicatrizar los impactos causados al bosque.

Se cumple de esta forma en la Amazonia colombiana el proceso de extensión del ámbito de acción de la economía de mercado, con la rápida reproducción de algunas de sus características, como son la generación de nuevas corrientes migratorias y la polarización campo ciudad. Se modifica así el ecosistema prístino y el paisaje cultura¡ aborigen, en un paisaje cultural empobrecido y con baja intensidad de uso.

La propiedad agraria

De poco habrían valido las carreteras hacia la Amazonia colombiana, o las presiones políticas que obligaron a varios sectores de pobladores de áreas rurales a desplazarse a ella en busca de refugio, hasta llegar a las proporciones que hoy tiene la colonización, de no existir razones de orden estructural que obligaran al campesinado a migrar masivamente. Adicionalmente al crecimiento de la población y a la descomposición del campesinado, han existido las necesidades de expansión de] aparato productivo y de la superación de las limitaciones impuestas por la apropiación de grandes áreas por terratenientes que les dan una muy baja intensidad de uso. Todo este conflicto de fuerzas se resuelve, de alguna manera, buscando la ampliación de la frontera agropecuaria en extensión, para sustituir de esta forma lo que no se logra en intensidad; por supuesto que una vez alcanzada la nueva extensión se empieza a dar un nuevo impulso a la intensificación.

El estímulo del Estado a la colonización de la Amazonia se ha basado, en parte, en la interpretación que considera preferible descargar la presión del campesinado sobre los bosques que entrar a resolver seriamente el problema de la concentración de la propiedad al interior de la frontera agropecuaria, especialmente en zonas relativamente desarrolladas. Los censos agropecuarios de 1960 y 1970 71 señalan claramente una elevada concentración de la propiedad agraria, así como una baja intensidad de uso en los terrenos ya artificializados; y ambos factores se acentúan entre un censo y otro. los varios millones de hectáreas ganadas al bosque durante este período se dedicaron a ganaderías extensivas o se convirtieron en tierras "en descanso", salvo una pequeñísima proporción destinada a cultivos permanentes, especialmente de banano y palma africana.

Diferentes cálculos realizados, particularmente el del coeficiente de Gini, muestran una marcada concentración de la propiedad de la tierra en Colombia; por tal razón resulta de especial interés observar este comportamiento en aquellos sitios de la región amazónica para los que se dispone de información, los cuales coinciden con las áreas en las que se ha realizado uno de los mayores esfuerzos en el desarrollo de los programas institucionales de reforma agraria. Efectivamente, un examen de las cifras disponibles del Catastro Nacional (las que se estiman, por lo menos, representativas del comportamiento general de las regiones administrativas de la Amazonia colombiana: el Putumayo y el Caquetá) pone de relieve una importante concentración de la tierra en pocos propietarios.

Los coeficientes de concentración de Gini para el Putumayo son muy superiores a los calculados para el promedio del nacional, revelándose en algunos casos resultados que podría pensarse están entre los más altos del país; en el Caquetá, la concentración de la propiedad presenta ocasiones inferiores y superiores a los promedios nacionales. En general, la tendencia en la mayor parte de los municipios estudiados de este Departamento se orienta hacia una más grande concentración entre 1960 y 1970, coincidente con lo ocurrido a nivel nacional; luego se produce una ligera baja durante el decenio de los setenta, y un repunte en los años ochenta. Es posible pensar que la disminución que tuvo lugar durante los setenta se haya debido a los esfuerzos institucionales de distribución y titulación de tierras, que luego son neutralizados por la dinámica del conjunto. Vale la pena mencionar que, para algunos municipios del Caquetá, se presentan ligeras reducciones en la concentración de la propiedad en los últimos años, coincidentes posiblemente con nuevos esfuerzos redistributivos realizados por el gobierno, o bien, como lo reseña en su capítulo M. Jimeno, porque son expresión del desestímulo al proceso de concentración de tierras ocasionado por los factores de orden público, el que ha tenido etapas de alteración en períodos recientes.

Desde luego que se requieren estudios en profundidad con el objeto de precisar los aspectos mencionados. Sin embargo, la notable coincidencia de las cifras parece demostrar a las claras una aguda situación de concentración de la propiedad en la región amazónica colombiana, lo que lleva a preguntarse si se justifica continuar alentando la colonización espontánea de estas áreas, siguiendo el modelo actual, altamente destructivo del medio, siendo que el resultado final es un esquema productivo en el que predomina el acaparamiento de tierras en manos de unos pocos, al mismo tiempo que se da un aprovechamiento de baja intensidad en la mayor parte de los terrenos ganados al bosque.

La reproducción en la Amazonia del esquema dominante en las estructuras agrarias de producción, lleva rápidamente a convertirla en centro precoz de expulsión de población. Y es así como se puede ver que muchos de los colonos (el 15% de acuerdo con la encuesta socioeconómica del INCORA realizada en 1978) que penetran profundamente en la selva amazónica, provienen de esta misma región así como, otros o ellos mismos, se dirigen rápidamente hacia los centros urbanos locales, e incluso hacia las ciudades industriales del país. Por todo ello, en resumen, es poco lo que se resuelve de la problemática del campo colombiano promoviendo la colonización de la Amazonia.

Esta situación, por supuesto, no significa que se esté abocando lo que algunos han llamado el "fracaso" de la colonización amazónica; por el contrario, es una realidad que invita a la reflexión, con el objeto de encontrar las formas sociales que permitan la conservación y utilización de los sistemas naturales de la región.

Las estructuras comerciales de intercambio

Si bien los resultados actuales de la colonización de la Amazonia colombiana no son muy alentadores, puesto que no ha podido resolver los problemas de la concentración de la propiedad de la tierra, los de la baja productividad de grandes extensiones territoriales, ni los de la conservación de los ecosistemas, tampoco sería justo negar que en la región se obtienen producciones agrícolas y ganaderas considerables, así los sistemas empleados para lograrlas signifiquen un gran desperdicio de recursos. No se trata en modo alguno, después de lo que se ha expresado en líneas anteriores, de justificar los sistemas actuales de colonización; pero no se pueden desconocer sus aportes, ni el hecho de que en gran parte del país se presentan situaciones similares; es menester entonces, encontrar fórmulas que permitan, por una parte, un mejor aprovechamiento de las tierras más aptas para los diversos fines agropecuarios y, por otra, la conservación o el uso no destructivo de los bosques amazónicos.

Uno de los aspectos más comúnmente presentados como argumento para preservar la Amazonia, es la baja productividad que rinden las cosechas una vez que el proceso colonizador ha cumplido sus primeras etapas. Esto, por supuesto, si bien ha sido demostrado en muchos lugares, no por ello ha de proyectarse como conclusión sobre el conjunto de] área. La diversidad de la Amazonia colombiana permite encontrar terrenos en los cuales se pueden desarrollar una agricultura o una ganadería en condiciones similares a las de otras regiones tropicales húmedas del país. Es así como en el Caquetá se han logrado pastos mejorados capaces de sostener cargas de vacunos por hectárea muy superiores a las obtenidas en algunas partes de la Orinoquia, con apreciables incrementos en su calidad en los últimos treinta años (INDERENA, 1978).

Los mismos estudios detallados realizados en el Caquetá han permitido demostrar que cultivos como el café, la caña panelera, el maíz, el arroz y la yuca tienen rendimientos promedios por hectárea comparables a los promedios nacionales; y en casos como el plátano, superiores. Mejía (1987), por su parte, plantea algunos interrogantes en cuanto al futuro de productos como el plátano, el arroz, la yuca, el cacao y, sobre todo, la palma africana, y considera que muchos de los éxitos se logran en áreas muy restringidas. Cálculos efectuados por el autor, con base en cifras históricas de] Ministerio de Agricultura para los últimos diez años, permiten apreciar una tendencia ascendente en los rendimientos para la mayor parte de los cultivos, salvo en casos especiales para los cuales, por lo general, se presenta una situación similar a la del resto del país, posiblemente asociada con problemas fitosanitarios. Por supuesto que buena parte de los rendimientos más favorables se logran en condiciones particulares de la zona cordillerana del Caquetá, pero sirven de ejemplo para evitar generalizaciones negativas respecto al potencia¡ de uso de la Amazonia.

Lo anterior contribuye a que la producción agropecuaria de la Amazonia colombiana sea considerable; efectivamente, para 1979 PRORADAM estimaba que los principales productos de la zona llegaban a cubrir 110.000 hectáreas, o sea el 3.5% del área dedicada en el país a su cultivo, y rendían 225.000 toneladas, es decir el 2.6% de la producción nacional de los mismos. La porción de los productos agrícolas dedicados al intercambio alcanzó en ese mismo año un valor cercano a 1.000 millones de pesos, suma a la que se debe adicionar una cantidad superior en producción pecuaria. El 87% del ganado vacuno y porcino que sale del Caquetá "que a la vez posee el 82% del ganado de la Amazonia (cerca de un millón de cabezas) , es destinado al consumo de la ciudad de Cali, más del 9%, al de] resto del Valle del Cauca; y la parte restante, a poblaciones del Huíla, de la región cafetera central y, en menor proporción, a Bogotá.

Los principales productos agrícolas que aporta la Amazonia al mercado nacional, en volúmenes de varios miles de toneladas, son maíz, plátano, arroz, yuca, cacao, aceite de palma, panela, café, sorgo y fríjol No obstante, Mejía (1987) afirma que para 1986 la producción de buena parte de ellos se ha reducido a una mínima expresión, lo cual no deja de ser alarmante y bien vale la pena plantearlo como tema de estudio urgente, con el objeto de precisar si se trata del fracaso de la producción agrícola convencional en la región, si las causas son sociales y políticas, o si la coca ha desplazado de una forma tan crítica, a todas las demás actividades.

El tradicional y notable aporte extractivo no ha cesado, y es así como la región contribuye anualmente al comercio nacional, y en algunos casos al internacional, con cerca de 150.000 metros cúbicos de maderas; más de 5.000 toneladas de pescado, buena parte del cual es transportado en avión; varios millones de peces ornamentales, destinados por lo general a la exportación; y varios miles de toneladas de fibra de chiquichiqui, caucho y chicle. Una nada despreciable cantidad de animales silvestres, vivos o en forma de subproductos, continúa saliendo de contrabando. Ahora bien, es menester precisar que este tipo de actividad, que hasta 1972 implicó el sacrificio o la salida anual de miles y cientos de miles de ejemplares de especies como babillas (333.500 pieles en dicho año); zainos (63.300 pieles), cafuches (20.000 pieles), chigüiros (3.500 pieles), venados (4.800 pieles), primates (500 ejemplares vivos) y tigrillos (20.000 pieles), según PRORADAM (1979), se encuentra reducida a una mínima expresión, en razón de los controles y las vedas, así como por el efecto de lo poco atractivo que se torna este tráfico ilícito frente a la posibilidad de comerciar narcóticos. Han de tenerse en cuenta también, dentro del rubro extractivo, la importante producción de petróleo del Putumayo, el que se exporta en su totalidad, sin mayor aporte al desarrollo de la región, y los recientes descubrimientos de oro al oriente del Vaupés y del Guainía, que han despertado una nueva fiebre que impulsa a contingentes de colonos en su búsqueda.

No es posible hacer un recorrido por el paisaje de la producción amazónica colombiana sin señalar el cultivo de la coca (puesto que el de la marihuana en la actualidad es marginal). Existen enormes dificultades para obtener información confiable sobre el tema; pero son conocidos, no obstante, aspectos cualitativos y particularidades del cultivo y del tratamiento del producto en la zona; es bien sabido, por ejemplo, que se obtienen mejores rendimientos por la aplicación de innovaciones tecnológicas en los sembradíos; y, también, que los productores emplean técnicas extractivas que les permiten comerciar un concentrado que posteriormente debe ser refinado por los intermediarios (Child, 1985). Resulta importante, además, de acuerdo con los documentos de los organismos encargados de combatir el narcotráfico, el papel de la Amazonia colombiana como lugar en el que se han emplazado laboratorios de procesamiento de pasta de origen nacional o proveniente de otros países; los informes oficiales señalan las pistas de aviación locales como puntos de distribución hacia los Estados Unidos, con o sin escalas, de la coca refinada. El cálculo del área total dedicada al cultivo de la coca es algo difícil, pero un atisbo a la enormidad de su extensión física y a sus implicaciones sociales en el área, resulta del reconocimiento que hacen sectores muy amplios del campesinado de estarla cultivando o haberla cultivado, así como de los informes de las autoridades sobre los descubrimientos de grandes plantíos.

Esta situación se ha modificado notablemente en la actualidad, debido al cambio de posición del gobierno y al proceso de paz en el que se comprometieron los grupos guerrilleros, así como a la vertiginosa caída de los precios de la pasta (Mejía, 1987), todo lo cual ha llevado a plantear nuevas alternativas de producción para importantes sectores que anteriormente se dedicaban casi que exclusivamente al cultivo del arbusto.

Algunos autores (Jaramillo et al., 1986) han desplegado esfuerzos en el estudio del cultivo de la coca en la Amazonía colombiana y de sus repercusiones sociales y económicas. Sin duda, la dinámica de las actividades desarrolladas alrededor del cultivo y de la extracción del alcaloide para la exportación, han marcado notablemente la economía, generando distorsiones importantes en la estructura de precios, en otras producciones agrícolas y en la ganadería, así como en los ingresos y en el consumo de los habitantes de las zonas afectadas.

Con la coca se presenta en la región un nuevo ciclo de extracción producción al servicio de los mercados internacionales; su auge ha generado una bonanza sin precedentes, con sus efectos sustitutivos sobre la producción local, destructivos de los ecosistemas que son reemplazados por sus plantíos, y generadores de una dinámica dependiente que, si bien deja unos cuantos frutos en el momento, puede producir un impacto aún no calculado, cuando ocurra su caída. Las numerosas pistas de aviación clandestinas en medio de la selva son testimonio del volumen de esta actividad; en poblaciones como San José del Guaviare se ha llegado a registrar más actividad aérea que en muchas ciudades de importancia del país. Así también, los contrastes y el absurdo de las situaciones del diario vivir llaman la atención del transeúnte, en medio de la pobreza generalizada, de poblaciones sin hospitales ni servicios de acueducto o alcantarillado, circulan enormes sumas de dinero que se despilfarran, como en las tradicionales "fronteras",en aparatos electrónicos imposibles de utilizar, en ridículos objetos que no satisfacen necesidades fundamentales, en las cantinas y en los prostíbulos. El campesino cambia la coca por costosos elementos de consumo, así como por alimentos traídos de otras regiones pues él ha dejado de producirlos en su parcela. Afortunadamente algunos sectores y organizaciones de pobladores empiezan a ser concientes de esta situación y se preparan para la "destorcida" de la bonanza coquera.

La dinámica de la integración de la Amazonia colombiana a los mercados nacionales y a los informales internacionales, tiene dimensiones significativas: el intercambio de mercancías es notable y se puede apreciar en la actividad comercial de cualquiera de sus poblaciones de importancia. En ellas se expende toda suerte de productos de origen nacional y, en algunos casos, de procedencia extranjera, de contrabando. Igualmente es notable la venta de insumos destinados a la producción agropecuaria; efectivamente, los almacenes de provisión agrícola, privados o de la Caja Agraria, muestran un crecimiento acelerado de sus actividades. Cálculos del autor, con base en los guarismos de las ventas de años recientes en los principales municipios del Caquetá y el Putumayo, así lo señalan.

Otro indicador de la actividad comercial y productiva de la Amazonia puede ser el movimiento bancario; estimativos con base en cifras de los últimos diez años, en cuanto a caja, préstamos y depósitos, para los principales municipios de la región que cuentan con agencias bancarias, muestran una dinámica muy particular. En algunos casos, como en el de Florencia, el incremento de estos rubros es el mayor encontrado para regiones de colonización en todo el país. Valdría la pena saber qué parte de ello corresponde a las actividades que se realizan en torno al cultivo, extracción y comercio de la coca.

Un crecimiento relativo en diversas esferas y actividades ha tenido lugar, entonces, en años recientes en la región; estadísticas presentadas por PRORADAM (1979) así lo atestiguan. Cifras de los últimos años (Moreno, 1986) señalan también una ampliación del transporte y de los medios de comunicación en términos de carreteras, vías de penetración, puertos y aeropuertos, así como de la infraestructura energética y de los servicios sociales. Pero el desarrollo económico y el progreso social no se dan a la misma velocidad; las cifras sobre morbilídad y mortalidad son bastante superiores a las del resto del país, según las mismas fuentes. Las condiciones de habitación son realmente precarias y la alimentación tiene algunos de los déficits nutricionales más elevados del territorio nacional. Lo más agudo de esta situación lo soportan los indígenas, quienes, además de sufrir la pérdida de la territorialidad por las invasiones de colonos, son catequizados por las más diversas sectas religiosas; éstas hacen presa de ellos con el fervor de quienes consideran altruista integrarlos a las corrientes dominantes de la civilización actual, sin contar con que esta acción conlleva para el afectado una crisis de valores espirituales y materiales, para la que no están preparados ni él ni la cultura receptora; esta última, por lo general, le ofrece la opción de la proletarización o el desempleo.

El impacto de la colonización sobre las poblaciones aborígenes ha sido ampliamente tratado en términos de su tendencia a la desaparición numérica, con todas sus dramáticas implicaciones, si bien algunos analistas de la Amazonia señalan indicios y mencionan fuentes oficiales, según los cuales existe alguna recuperación demográfica de las etnias, asunto en el que se destacan los estudios realizados sobre el caso particular de los territorios brasileños (De Oliveira, 1983). Resulta, sin embargo, preocupante en alto grado la lectura de las estadísticas de salud sobre estas poblaciones , efectivamente, para el caso de Colombia, PRORADAM (1979) señala que el 90% de ellas padece de parasitismo, el 40% de paludismo, y que la tuberculosis tiene, en algunas localidades, incidencia sobre el 60 ó el 70% de sus habitantes. Además, son frecuentes entre ellos la hepatitis y fuertes presencias estacionales de tosferina. En estas condiciones cabe la pregunta de si existe realmente siquiera una propuesta de cultura para la Amazonia colombiana diferente de la aborigen o si, por el contrario, se está extrapolando en forma simplista un modelo de destrucción de valores culturales y naturales de una región, para obtener, a cambio, esquemas económicos y sociales empobrecidos.

La transformación del paisaje

La transformación del paisaje en la Amazonia colombiana tiene antecedentes de antigua data, correspondientes a la ocupación indígena desde épocas precolombianas hasta la actualidad. Aquella transformación por supuesto que no es comparable con la producida por los esquemas actuales de producción empleados por los colonos, dado que ésta altera totalmente las estructuras boscosas originales suplantándolas masivamente por cultivos que en nada se asemejan a la situación primigenia. Puede considerarse, entonces, que la alteración real y efectiva del paisaje amazónico comienza con la presencia de los europeos en la región: ellos, desde los primeros años, extrajeron en forma indiscriminada productos comerciables, sin la menor preocupación por la reposición de las áreas afectadas, contrariando la práctica milenaría de los indígenas, quienes, por el contrario, en su continuo deambular por el espacio amazónico, lo enriquecieron con las plantas de su interés, aumentando el número, la densidad y la calidad de las mismas, por selección.

Pero, más aún que los devastadores ciclos extractivos que en forma selectiva agotaron especies explotándolas de una manera absurda (Reyes, 1986), es la colonización de ocupación la que realmente impacta la región de manera definitiva. Estamos asistiendo en la actualidad a un proceso incontenible de destrucción del paisaje amazónico, con todos sus valores y riquezas biológicas, dejando para unos pocos la inquietud de si no valdría la pena realizar un esfuerzo de reflexión y de acción capaz de alterar el implacable acontecer actual, buscando formas realistas de otorgar alternativas económica y socialmente válidas de utilización de la Amazonia, sin llevarla a una transformación empobrecedora.

La colonización masiva en la Amazonia colombiana es de fecha relativamente reciente, puesto que prácticamente tiene lugar en este siglo y, en especial, con posterioridad al conflicto con el Perú; lo que quiere decir que este proceso tiene apenas algo más de cincuenta años. En 1946, el área ya colonizada cubría una porción insignificante alrededor de Mocoa. Florencia y Belén de los Andaquíes (Brücher, 1974); en 1962 el proceso ya se había extendido en forma considerable a partir de los puntos mencionados, e igualmente era notoria en la región del Ariari, además de tener importante incidencia en el Guaviare, con prolongaciones a lo largo de los cursos de los ríos principales. En la actualidad, de acuerdo con los últimos trabajos del IGAC (1985), el área cubierta por la colonización en la región alcanza varios millones de hectáreas. Myriam Jimeno, en el capítulo citado, hace una cuantificación de las áreas de bosques reemplazados por el moderno proceso de colonización; en el momento, se estima lo afectado por esta transformación en un 10% del total de nuestra superficie boscosa en la región. Los diferentes autores y documentos ya citados sobre la Amazonia colombiana, han sido muy cuidadosos en dar cifras sobre el área del bosque destruido. Incluso Brücher (1974), después de realizar un minucioso trabajo cartográfico, es prudente en hacer estimativos globales. La primera cifra que se propone es la de Pidelta (1973), estudio en el que se menciona una cantidad aproximada de medio millón de hectáreas, para comienzos de los setenta, en el Caquetá. Posteriormente el INCORA informó que en esta sección del país se podría estar llegando al millón de hectáreas deforestadas, y a las 250.000 en el Putumayo. las proyecciones hechas por estas dos fuentes indicaban que, para finales del decenio de 1970, parte de los municipios del Caquetá se encontraría deforestada, en un área total cercana al millón y medio de hectáreas. Agregando a esto una buena proporción del territorio del Putumayo y los demás frentes amazónicos, es posible pensar en una cifra superior a los tres millones de hectáreas, próxima a los estimativos del IGAC (1985) y a los estudios llevados a cabo en el Brasil (Hecht, 1983).

Prácticamente toda la extensión mencionada se encuentra en usos de baja productividad, y en ella tienen una alta participación los pastizales y las tierras "en descansoa ello habría que agregar el impacto causado a los bosques y a la fauna por la extracción selectiva de especies vegetales y animales en grandes proporciones, desequilibrando completamente los sistemas naturales. Los efectos de esta transformación de los ecosistemas no pueden estimarse totalmente, pero existen indicadores que vale la pena considerar, como los incendios y las plagas de 1979. Originados, entre otros factores, por la sequía, y posiblemente favorecidos por las especies domésticas más expandidas, estos fenómenos dañaron 130.000 hectáreas y causaron pérdidas superiores a los 500 millones de pesos de la época. (Mejía (1987) estimó en 300.000 las hectáreas afectadas por el primer incendio). Estos hechos se han repetido posteriormente, aun cuando con menor intensidad.

Salati (1983), entre otros, ha demostrado que la mayor parte de la precipitación pluvial sobre los territorios amazónicos depende de la masa boscosa local, y que la deforestación causa trastornos que arriesgan el equilibrio ecológico del conjunto de la región.

Los efectos erosivos son posiblemente los más notorios, especialmente aquellos que se muestran en tierras denudadas; pero el impacto de mayor trascendencia es el de la lixiviación de los nutrientes escasos, por la eliminación de los mecanismos de acumulación y reciclaje de los mismos, al desaparecer las estructuras originales de los bosques que los hacían posibles. El proceso de "tumba y quema" produce en los suelos incorporación de nutrientes contenidos en la biomasa vegetal destruida; así, por ejemplo, en potreros que datan de dos años el contenido de fósforo (uno de los elementos críticos por su escasez en la Amazonia) en los terrenos resulta mayor que en las áreas cubiertas por la selva original, lo cual ha dado pie a la creencia injustificada de que la deforestación puede dar lugar a un proceso benéfico para el enriquecimiento de los suelos. Sin embargo, factores de lixiviación o percolación conducen literalmente a la pérdida de estos nutrientes en un plazo cercano a los ocho años después de la tumba; además, el crecimiento de plantas invasoras no palatables y de difícil o no rentable erradicación, conduce a la destrucción de la productividad ganadera en las áreas abiertas, en un plazo tan exiguo como el señalado.

Lo anterior permite concluir que, al menos en gran parte de la Amazonia, sustituir la selva por potreros para ganadería extensiva, actividad que se pretende fomentar, no constituye una solución económica estable ni provechosa, salvo, quizás, en algunos sectores muy restringidos, por ejemplo, del piedemonte andino. Además, es notable la colmatacíón de )os cauces de los principales ríos, denunciada desde hace años por Enrique Pérez Arbeláez, lo que agudiza las inundaciones estacionales. Mejía (1987) menciona la gran colmatación sufrida por el río Putumayo, agravada por la presencia de numerosos restos de árboles, lo que dificulta al máximo la navegación.

Frente a todo este panorama de procesos, retos y limitaciones existen alternativas silviculturales, agrosílvopastoriles, etc., propuestas por diversos estudiosos (Ibid.) e instituciones, y desarrolladas con gran entusiasmo, entre otras entidades, por el Departamento Administrativo de Intendencias y Comisarias, DAINCO, y la Corporación de Araracuara, las que es necesario apoyar con orientaciones y estímulos. Adicionalmente, se requiere de un gran esfuerzo nacional para rescatar la tradición indígena, la cual puede ofrecer soluciones realmente valiosas para un manejo de la Amazonia en consonancia con la naturaleza, al servicio de la Nación y, en particular, de los pobladores de la región.

 

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