Conflicto amazónico

1932-1934

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Presentación

Paso del Ejército Libertador por el páramo de Pisba. Fransisco Antonio Cano. 1992. Oleo sobre tela. 2.50 x 4.35m. Quinta de Bolívar, Bogotá. En el pasado heroico halló el renovado Ejército Nacional la inspiración para enfrentar victoriosamente el desafio.General Rafael Reyes, brillante militar explorador de la Amazonia y Estadista insigne, fue elegido Presidente de la República en 1904. Una de sus realizaciones predurables fue la llamada " Reforma Militar" concebida y reallizada a partir de 1906.

Texto de: Rafael Pardo Rueda
Ministro de Defensa Nacional

Han sido pocas las oportunidades en que los colombianos nos hemos unido para alcanzar un objetivo común. Tan escasas, que casi se podrían contar en los dedos de la mano. Y una de ellas, tal vez la más significativa en lo que va del presente siglo, tuvo lugar hace sesenta años.

En 1932, peruanos con el aval de su gobierno ingresaron a nuestro territorio por la frontera de Leticia. La soberanía nacional se vio amenazada y, por primera vez desde la lucha contra España en el siglo pasado, la nación como tal se unió frente a la agresión. Las hostilidades se prolongaron oficialmente hasta 1934, cuando se acordó su fin. Como es obvio, las Fuerzas Armadas fueron protagonistas de ese episodio, a raíz del cual Colombia entendió de una vez por todas la importancia de contar con una fuerza pública profesional. La integridad del territorio se defendió con éxito gracias al valor de nuestros soldados, a la dirección política y diplomática y al apoyo de todos los sectores de la sociedad. Cosa similar no había ocurrido en algo más de un siglo de vida republicana.

Luego de las luchas por la independencia de España, nuestro país vivió convulsionadas décadas. Las guerras civiles estuvieron a la orden del día y cada región defendió sus intereses locales y políticos por medio de las armas. A cada desacuerdo se respondía con la conformación de ejércitos o milicias regionales, que no eran otra cosa que bandas armadas carentes de formación profesional y de conocimientos militares. Estaban compuestas, sin duda alguna, por hombres valientes y arrojados, pero ajenos a lo que es una formación militar seria que respondiera a un propósito nacional. Eran campesinos o jornaleros que de la noche a la mañana devenían soldados por cuenta de los vaivenes de la Política o, las más de las veces, por el capricho de sus patrones. Los oficiales de estas guerras ?casi todos con el grado de general? no tenían sueldo, apenas la retribución política del eventual triunfo de sus armas. Y los soldados no tenían más paga que el botín o que una pensión estatal tan remota como su victoria.

Ejemplos sobran. Pero tal vez el más conocido pertenece al universo de la literatura. El coronel Aureliano Buendía es el mejor caso del militar de ese período. Peleó innumerables guerras, salió victorioso y derrotado con un ejército que apenas se reunía antes de iniciar la ocasional batalla. Al final de sus días, este coronel sin escuela ni cuartel se preguntaba si toda una vida de guerras, de muertes y de odios entre hermanos, había tenido sentido.

Y es que en esa maraña de guerras civiles, de rencillas regionales y partidistas, no se pensó como nación. Por cuenta de ello, de un día para otro Panamá dejó de ser parte de nuestro territorio, sin protestas, sin lucha, ante la mirada de un país que vivió este episodio con impotencia.

Fue una dura lección que dejó enseñanzas. En 1904 fue elegido presidente de la república el general Rafael Reyes, veterano militar de las guerras civiles que entendió la necesidad de contar con unas Fuerzas Armadas permanentes, profesionales, neutrales en materia política y debidamente organizadas. Lanzó entonces la que se conoce como la “Reforma Militar”, que se inició en 1906 con la expedición de una serie de decretos que, entre otras cosas, crean la Escuela Militar, organizan la república en cuatro zonas militares y establecen un régimen salarial para los militares.

Gracias a las gestiones adelantadas por el general Rafael Uribe Uribe, entonces embajador en Santiago de Chile, llegó a Colombia una misión militar chilena que fue la encargada de formar a nuestros primeros oficiales y de echar los cimientos para el desarrollo de nuestras Fuerzas Militares.

Tras su retiro de la presidencia, la reforma de Reyes sufrió algunas trabas y variaciones. Pero con el tiempo continuó su camino, pues ya era entendida la necesidad de darles a las Fuerzas Armadas la importancia que requerían. A la chilena la sucedió una misión militar suiza, en 1924, que dejó como legado la primera gran reorganización y modernización del Ministerio de Guerra, la reorganización del Ejército aumentando a cinco el número de Divisiones -esquema muy similar al que subsiste en la actualidad-, la puesta de nuevo en marcha de la Escuela Militar de Aviación y una profunda revisión de la legislación militar y de los reglamentos. Cinco años antes de iniciarse el conflicto con el Perú terminó la misión suiza su trabajo en Colombia.

Una reorganización en la que las Divisiones fueron reemplazadas por Brigadas -unidades operativas menores-tuvo lugar en 1931, un año antes del inicio de las hostilidades. En realidad, esta variación no afectó el cubrimiento que del territorio nacional tenía el Ejército en esa época. Los 6.000 hombres que conformaban el pie de fuerza de la institución en el momento eran pocos para la extensión de la nación, pero los hechos del año siguiente demostrarían que, aunque escasos en número, su preparación militar les permitiría atender con éxito la crisis. El objetivo de esta presentación no es el de entrar en detalles sobre lo que fue el conflicto. La presente obra está dedicada precisamente a eso, y lo hace con lujo de detalles, con documentos de apoyo y con testimonios de los protagonistas. Por el momento, sólo quiero llamar la atención sobre dos aspectos.

En primer lugar, vale la pena hacer énfasis en el papel que jugó la sociedad durante los hechos en cuestión. Pese a ser un territorio abandonado y prácticamente desconocido, el país entero se levantó para defender la soberanía en las lejanas tierras del Trapecio amazónico. Por primera vez se dio un movimiento nacional para defender la patria y todas las capas de la sociedad rodearon a sus Fuerzas Armadas en este propósito. El escaso material de guerra con que contaban, obligó a una campaña relámpago para conseguir fondos. Y no es exagerado afirmar que buena parte de los equipos se cancelaron con las joyas y el oro que los ciudadanos aportaron, de manera entusiasta, para la defensa de una lejana esquina de Colombia. Es un ejemplo que bien deberíamos tener en cuenta en las actuales circunstancias, no precisamente en lo que a los aportes económicos se refiere sino en lo relacionado con la unidad de propósitos y el comprometimiento con una causa común.

De otro lado, no cabe duda de que nuestras Fuerzas Armadas salieron revitalizadas del conflicto con el Perú. Su desempeño en esa campaña cambió radicalmente la percepción que tenía la ciudadanía de los militares. La carrera de las armas se comenzó a ver como una profesión de altura, como siempre debió ser. Los jóvenes que leyeron o escucharon de las hazañas de sus compatriotas en las selvas del Sur encontraron en ellos un paradigma de servicio a la patria, y la Escuela Militar llenó sus aulas con distinguidos estudiantes que formaron generaciones de oficiales de gran valía.

Como puede verse, se trata de un episodio de gran importancia en la historia de Colombia. Pese a ello, han sido pocos los esfuerzos por recuperar un capítulo tan especial. Hoy en día, tan sólo algunos estudiosos, especialmente militares, y los sobrevivientes de la gesta
amazónica conocen los hechos y valoran su importancia.

Por ello, al cumplirse 60 años de la finalización del conflicto, el Ministerio de Defensa quiere hacer un esfuerzo por recuperar para el país este momento histórico que partió en dos la historia de las Fuerzas Armadas colombianas. La presente obra es sólo una parte de ese empeño. Gracias a la decidida colaboración de personas como el general Alvaro Valencia Tovar-Director Académico de la obra-, del mayor general Jaime Durán Pombo -Director de la Biblioteca de las Fuerzas Militares? y del vicealmirante Carlos Enrique Ospina Cubillos-Director del Museo Militar-, por nombrar sólo algunos, se ha podido recuperar un importante número de material histórico.

El empeño puesto por investigadores y estudiosos nos permite contar en la actualidad, por ejemplo, con varias horas de material fílmico de la época; se han conseguido armas y uniformes que se utilizaron en la lucha; buena parte de los documentos escritos, las órdenes y apreciaciones militares, se han recuperado; y, finalmente, se cuenta con los testimonios orales de varios de los protagonistas de esta gesta y que todavía viven a lo largo y ancho del país. Se trata de un material invaluable para la investigación histórica y que desborda el ámbito de lo puramente militar.

Quiero resaltar de manera muy especial la labor del general Luis Eduardo Roca Maichel. Desde el momento en que surgió la idea de adelantar este proyecto, el general Roca se apersonó del mismo y no ha ahorrado esfuerzo alguno para hacerlo realidad. La presente obra, lo mismo que los otros trabajos de investigación que se han adelantado, son en buena parte fruto de su empeño y dedicación.

 

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