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Contenido:

El hundimiento de los Partidos Políticos Tradicionales venezolanos: El caso Copei.

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1. Marco teórico


 

Esta tesis analiza la situación que condujo a uno de los dos partidos más relevantes de la historia de Venezuela entre 1958 y 1998, el partido social cristiano Copei, a no presentar un candidato presidencial a las elecciones de 1998. Centro la atención en acontecimientos que tuvieron lugar en el seno de la organización.

Selecciono las circunstancias históricas de ese período en la medida en que influyeron directamente en la actuación de determinados políticos y esa actuación llevó al partido a un estado de inoperancia electoral tras cuarenta años de continua presencia en el sistema político venezolano. El grueso de la investigación está basado en el estudio de documentos, en su mayoría artículos de prensa, tanto comentarios especializados como entrevistas, hechos por otros o por mí, y escritos de los mismos actores. Para usar una imagen cinematográfica, “acerco la cámara a un primer plano” y es el escrutinio minucioso de acciones y declaraciones lo que pone en evidencia las conclusiones a las que llego.

Es obvio que esa mirada hacia el contexto no es solamente mía. El lente a través del cual miro está necesariamente construido con hipótesis, categorías y recuentos de otros autores que utilizo a fin de organizar y aclarar una cantidad enorme de información. Pero conforme acerco el punto de vista trato en la medida de lo posible de que la acción aparezca sin mediaciones, le devuelvo la historia, por así decir, a quienes la hicieron.
Una pregunta alimenta el núcleo de esta investigación: ¿Ha podido evitarse el declive de Copei?

El marco teórico está centrado principalmente entre la firma del Pacto de Punto Fijo y las elecciones presidenciales de 1998.

De los análisis históricos del Pacto de Punto Fijo, me ha sido muy útil el clásico texto de Juan Carlos Rey “La Democracia Venezolana y la Crisis del Sistema Populista de Conciliación”. Sostiene Rey que la prudencia y, a la hora de la verdad, el miedo a otra aniquilación prematura por parte de la derecha después de la reciente dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958), o a un ataque proveniente de fuerzas izquierdistas bajo la influencia de la Revolución cubana, llevó a los tres partidos operantes en ese momento en Venezuela, Acción Democrática (AD), Copei y Unión Republicana Democrática a desarrollar lo que él ha dado en llamar un “sistema populista de conciliación” (Rey, 1991: 542). Además de la Constitución de 1961, que no difiere en gran medida de la de 1947, los partidos crearon una serie de normas no explícitas mediante las cuales sobre todo AD y Copei se dieron espacio y tiempo para fortalecerse y crecer (Rey, 1991: 542-544). Distingo en éste y otros textos, cuatro formas de proteger el régimen democrático recién restaurado:

1. El Pacto de Punto Fijo: un pacto de convivencia entre los partidos mediante el cual se comprometían a competir dentro de las reglas del juego democrático, a entrar en un gobierno de coalición cualquiera fuese el resultado electoral y a gestionar la administración pública con base en el programa acordado (Molina, 2001: 9).

2. Acuerdos con cuatro grupos de poder, o fuerzas vivas del país: el empresariado representado por Fedecámaras, la Confederación de Trabajadores de Venezuela, el único sindicato existente entonces fundado dentro del mismo partido Acción Democrática, la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas. De estos cuatro, es el primero el que más me ocupa pues incide muy directamente sobre la evolución de Copei. “El sistema populista de conciliación que se instauró a partir de 1958 se basa en el reconocimiento de una pluralidad de intereses heterogéneos, tanto de la mayoría como de las minorías”. (Rey, 1991: 543). Es un sistema “embudo”, como se vería más adelante porque comienza ampliamente tomando en cuenta las aspiraciones cada vez más complejas y apremiantes de la mayoría y termina en el espacio reducido de los intereses privados. ¿Cómo conciliar ambos sin hacer enemigos poderosos y sin perder a la vez legitimidad y el afecto de los votantes? El equilibrio es difícil porque la relación con el empresariado va a crear “mecanismos de tipo utilitario que iban a desempeñar un papel central en la generación de apoyos al régimen, y por consiguiente, en el mantenimiento del mismo” (Rey, 1991: 545). Conforme el partido adquiere las características de estabilidad, penetración social, legitimidad y solidez organizativa que describe su institucionalización (Mainwaring y Scully, 1995; Molina, 2001: 2; López Maya, 2005: 87), se vuelve más costoso de mantener. Los “mecanismos de tipo utilitario” se harán cada vez más necesarios para su mera supervivencia, en especial para las campañas electorales, y ello, a la larga, sucederá en detrimento de los intereses de la mayoría. Fomentará también el bipartidismo, pues los recursos para las campañas electorales irán a parar en aquellos partidos mejor institucionalizados y éstos, en definitiva, eran solamente AD y Copei. El sistema populista de conciliación, advierte Rey acerbamente, está larvado, lleva en sí mismo el germen de su destrucción porque a la larga, no va a haber conciliación posible de intereses (Rey, 1991: 567). Para prueba, lo sucedido. Una de las fórmulas que mantuvo a la ‘larva’ escondida de la percepción popular fue el desarrollo “…de un sistema de participación y representación de carácter semicorporativo, distinto y paralelo al estrictamente democrático” (Rey, 2001: 554, itálicas mías).

Éste se ideó para que decisiones que afectaban más específicamente a los intereses de ciertos sectores se hicieran más expeditas y ello explica la proliferación de entes descentralizados, empresas del Estado y la creación de un “sistema de planificación”. Rey concluye que “el desarrollo de este poderoso sistema semicorporativo tiene un significado fundamentalmente privatista (es decir, que significa una penetración y colonización por parte de intereses privados del ámbito de actividades propias del Estado”) (Rey, 1991: 555) El politólogo Andreas Schedler nos advierte que se trata de:

(…) una colonización por parte de intereses privados del ámbito de actividades propias del Estado. El rechazo a la política democrática puede estar, y a menudo está, acompañado de estrategias o acciones alternativas para cambiar el establishment político, para ‘colonizar’ la política a través de una ‘antipolítica instrumental’, es decir, mediante la designación de expertos tecnócratas en todos o en la mayoría de los cargos gubernamentales, con lo que la política queda reducida simplemente “al cálculo de los medios adecuados”. (citado por Koeneke y Varnagy, 2011: 1).’

El Estado es simplemente “un factor más” en el control por el juego de intereses en la fase de implementación de políticas. Los equilibrios no son el producto de una acción reguladora y unilateral por parte del Estado sino del balance de poder de los distintos actores que toman parte. (Rey, 1991: 569). Este sistema semicorporativo y antipolítico permanece entre telones mientras la economía rentista del Estado es capaz de destinar suficientes recursos para el bienestar social. Cuando los recursos comienzan a escasear y aumentan las necesidades, el desequilibrio en la “conciliación” se hace evidente. El resquebrajamiento de los principios democráticos afea la imagen de los partidos políticos. Algunos en Copei añorarán la pureza de principios en sus orígenes en 1946 cuando los correligionarios se interesaban por “la preocupación social, el interés por comprender la cuestión social, sus características en el medio venezolano y sus eventuales formas de resolución, la interpretación de la realidad latinoamericana y su especificidad en el contexto mundial (…) (Combellas, 1985: 58).

3. Separación de la actuación del Presidente de la República y de su partido (corrigiendo el caso Gallegos quien en 1947-48 fue acusado de favorecer a AD). El partido deja de tener injerencia en los asuntos de gobierno y por lo tanto de responsabilidad política. El Congreso se limita a apoyar ciegamente todo lo que el Presidente propone y ello a la larga incide negativamente en su reputación, como evidencia una serie de encuestas desde 1973.

Juan Carlos Rey acusa el deterioro de la clase política, así como de su liderazgo:

Esta actitud supone la abdicación de las responsabilidades de los partidos en una democracia y una desnaturalización o perversión de sus funciones: renuncian a sus funciones de conducción y liderazgo y se convierten en receptáculos vacíos, sin preferencias ni opiniones propias, que se limitan a registrar los resultados que les proporcionan las encuestas de opinión pública para acomodar sus ofertas a las que parecen ser las preferencias mayoritarias (1991: 559).

Las consecuencias de esto son particularmente nocivas porque el voto castigo no recae en la persona del presidente, quien según la constitución de 1961 no puede volver a ser elegido inmediatamente, sino en el partido que lo colocó en el poder. Esta circunstancia tendrá influencia fuerte en la estrategia de la campaña de Eduardo Fernández en 1988. En mi tesis analizo las consecuencias que ello tuvo tanto para Eduardo Fernández como para la disciplina partidista y la percepción del electorado.

4. La omnipresencia de los partidos políticos. Aunque esta circunstancia no fue establecida a propósito por los políticos de Punto Fijo, tuvo una fuerte influencia en la trayectoria de los partidos. El régimen tiránico instaurado en 1908 por Juan Vicente Gómez, había mantenido al pueblo venezolano hasta 1935, año de la muerte del dictador, sin asociaciones capaces de protegerlo contra los desafueros del Estado o de quienes quisieran aprovecharse de él. Son los incipientes partidos políticos de entonces, el Partido Comunista de Venezuela, Acción Democrática y luego Copei, los que poco a poco le darán voz y organización a masas de campesinos y de obreros, y a la gente simplemente necesitada mediante

(…) los sistemas populistas de movilización, coaliciones de grupos heterogéneos que han surgido con el propósito de reestructurar el orden sociopolítico existente mediante la organización y movilización de masas, hasta entonces pasivas, y su integración a la nación no sólo desde el punto de vista de su participación política, sino también económica y social. (Rey, 1991: 536).

El partido político venezolano [una vez convertido en partido de masas, no de cuadros, como fueron algunos al principio de su existencia] se constituye desde su fundación en un partido ‘madre’, el que lo resuelve todo, al que sus partidarios pueden acudir en cualquier circunstancia de la vida. Esta característica que tuvo una razón natural pero que llega a distorsionarse en una praxis asfixiante, se convierte en la década de los ochenta, en una razón más para la crítica. El término peyorativo es el de ‘partidocracia’ en el contexto del régimen político y cogollocracia en el contexto del partido:

Lo que antes se había celebrado como un Estado democrático modelo, un sistema dinámico de partidos y una economía que crecía, se describe ahora como un Estado congestionado, dominado por élites cerradas (una cogollocracia), un sistema clientelar de partidos (partidocracia), y un mercado protegido que engendró oligopolios parásitos.(Coronil, 2002: 408).

Los dirigentes de Copei y la base del partido reaccionarán de maneras muy contrastantes a esta crítica.

Además de la red de relaciones que establecen los partidos democráticos venezolanos en el desempeño de sus funciones con los ‘intereses heterogéneos’ que conforman las fuerzas vivas del país, hay una serie de circunstancias externas que afectan su desarrollo y actuación. De éstas tomo en cuenta dos:

1. La contracción de la economía latinoamericana debido en gran medida a la liberación de las tasas de interés en el pago de deudas contraídas a una tasa fija por diversos países latinoamericanos, entre lo que se encuentra Venezuela. Esta contracción económica se percibe traumáticamente en Venezuela por el contraste con los excesos en el gasto público que el alza de los precios del petróleo en 1974 había causado en el país durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez y que sembraron en la mente del pueblo la idea de que la renta petrolera alcanzaría eventualmente para todos. Pasar de ser un país sumergido en petro-dólares, a ser una nación con una deuda externa inmanejable, unas arcas sin divisas y unos precios del petróleo en baja, provocó fuertes reacciones en contra de los políticos a quienes la gente culpó de ineficiencia y de corrupción. Como ya mencioné anteriormente, a pesar de que ya a partir de 1973, Baloyra y Martz y Baloyra y Torres, BATOBA habían registrado en la población venezolana a través de una serie de encuestas una actitud de desconfianza en la eficacia de los partidos políticos, la percepción de la debacle se fijó sobre todo a partir del Viernes Negro en 1983 cuando el Presidente de la República, Luis Herrera Campíns, se vio en la necesidad de devaluar el bolívar y fijar tasas diferenciales del tipo de cambio (Koeneke y Varnagy, 2011: 2). Es decir, Copei es visto como el responsable de algo que había comenzado en realidad con el primer endeudamiento externo en el gobierno de Caldera y continuado a lo largo del gobierno de Carlos Andrés Pérez. Por esto y también por la innegable deshonestidad en el manejo de los dineros públicos que se dio en el quinquenio 1978-83, el gobierno de Luis Herrera Campíns se volverá “tóxico”. A mi entender, ello afectará la campaña de Eduardo Fernández de 1988 y las actitudes de Rafael Caldera en el proceso de “deshielo” del partido (Dietz-Myers, 2002).

2. Las reacciones de un pueblo que se va empobreciendo a límites extremos, una clase media que se proletariza, una juventud sin opciones de trabajo dejará en el episodio de El Caracazo de 1989 constancia dramática de la separación que se había establecido entre los partidos y sus electores. La percepción negativa de los partidos políticos irá en aumento y provocará otro aspecto de la antipolítica, tal como lo señala Michael Hogan (en Koeneke y Varnagy, 2011: 1) que “implica un rechazo a la política como un proceso de negociación y compromisos, mediado por instituciones y dirigentes fundamentalmente partidistas, a través de la articulación y la agregación de intereses”. Las posibles razones de ese rechazo, comentan Koeneke y Varnagy, incluyen

( … ) el desengaño o la desilusión ciudadana ante la ineficiencia y la corrupción imperantes; la creencia de que siempre existen soluciones simples y expeditas para cualquier problema; y la convicción de que los compromisos o acuerdos implican la denegación de valores absolutos (Ídem).

El pueblo venezolano no dio muestras de mayor discernimiento al votar por Carlos Andrés Pérez en 1989, creyendo que “en sus manos” estaría nuevamente el milagro del petróleo a precios exorbitantes. El Caracazo muestra la iracunda sorpresa de ese pueblo creyente y este episodio agregó a la noción de partido corrupto e ineficiente, el de gobierno represor:

El deterioro económico se transforma en una abierta crisis política durante el período 1989-1994: motines populares ante el ajuste macro-económico acordado con el Fondo Monetario Internacional en 1989, dos intentos de golpe de Estado en 1992, la destitución del Presidente de la República en 1993 acusado de corrupción, aparición de elevados niveles de abstención y un descontento creciente frente a los partidos tradicionales de gobierno. Esta crisis política se expresó en las elecciones de 1993, las cuales marcaron el fin del sistema de bipartidismo atenuado, no polarizado e institucionalizado e instauraron un sistema de partidos que puede caracterizarse como de pluralismo polarizado y des-institucionalizado. (Molina, 2001: 13).

Las circunstancias estaban dadas para que sucediera precisamente lo que los partidos democráticos venezolanos habían tratado de evitar desde 1958: un golpe de estado que acabara no solamente con el partido de turno sino con el régimen bipartidista. El líder de los golpistas del 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez Frías, lo logró con efecto retardado, por vía democrática, seis años más tarde. Y fue mucho lo que políticos copeyanos y políticos relacionados con Copei contribuyeron a hacer posible y acelerar el proceso.

En el análisis interno de Copei entre 1988 y 1998, uno de los temas centrales es el de la ‘des-ideologización’ del partido y sus inevitables consecuencias: pérdida de un programa de gobierno adecuado tanto a la identidad política de Copei como a las circunstancias económicas y sociales del momento en el cual destacara la vocación de servicio a los intereses de la mayoría; esto a su vez provoca la deslegitimación del partido en ojos de su base electoral y del país, los cuales observan asombrados el autismo político en que caen sus dirigentes. El agudo estudio que José E. Molina hace de este fenómeno en “El sistema de partidos venezolano: de la partidocracia al personalismo y la inestabilidad. La des-institucionalización y sus consecuencias” (2001), me resultó muy útil para situar el contexto. El detallado análisis de los inicios del partido Copei en los textos ya señalados de Ricardo Combellas (1985) y por Brian F. Crisp, Daniel H. Levine y José Molina (2003) son también referencias indispensables para comprender el contenido programático que se perdió con la progresiva “pragmatización” del partido. El análisis del fenómeno de la “fraccionalización” partidista de Steve Ellner (1996: 17) permite comprender la dinámica de las luchas entre distintas facciones que se dan en el frente de las políticas económicas y de la reforma tanto de los partidos como del régimen de partidos. Es en particular relevante para comprender el porqué de la indiferencia y posterior “engavetamiento” hacia las reformas propuestas por la COPRE en 1988 entre los dirigentes copeyanos:

El proyecto de ley que la COPRE presentó al Congreso para reemplazar la Ley de Partidos Políticos, Reuniones Públicas y Manifestaciones, promulgada en 1964, contenía aspectos trascendentes como la rotación en los cargos directivos y la representación proporcional de las tendencias en todos los órganos internos de decisión. Pero ni siquiera la COPRE se atrevió a ir demasiado lejos al amenazar los intereses inveterados de las maquinarias partidistas. Lo que es aún más importante, la COPRE no llegó a exigir que los partidos celebraran elecciones primarias, y en lugar de eso aceptó que los candidatos y las autoridades partidistas se nombraran en convenciones, siempre y cuando los delegados fueran elegidos por las bases. (En Ellner, 1996: 6).

Y continúa el profesor Ellner:

Por añadidura, el proyecto requería que los partidos presentaran ante la Comisión Electoral Estatal la información sobre las contribuciones financieras, aun cuando los principales interlocutores de la sociedad civil insistían en que esa información debía ser divulgada al público. A diferencia de las leyes que rigen la reforma electoral, la descentralización y la reorganización municipal, la legislación sobre los partidos políticos se ha pospuesto indefinidamente en el Congreso, a pesar del respaldo de los miembros de la tendencia “renovadora” de AD (los seguidores de Carlos Andrés Pérez). (Ídem).

El desinterés por promover e implementar (en la medida de sus posibilidades como partido fuera del poder) las reformas sugeridas por la COPRE son una prueba de la desconexión entre Copei y el régimen político que lo sustenta, y ello explica a su vez “las salidas de tono” del discurso político, cuando un candidato en campaña ataca a otro de su propio partido, o cuando un gobernante ataca abiertamente a su predecesor. En ello se va percibiendo el proceso de licuefacción de unas estructuras antes sólidas (si bien larvadas) y los cambios profundos del sistema bipartidista, aparentemente estable, que desaparece como por arte de magia en las elecciones de 1993.

El excelente texto, “El proceso del colapso de sistemas de partidos: una comparación entre Perú y Venezuela” de Henry Dietz y David Myers (2002) en el que la sugestiva imagen del glaciar que no cambia en la superficie hasta cuando su base de sustento ha sido destruida facilita la visualización conceptual de ese raro fenómeno histórico que fue la sorpresiva ausencia de un candidato copeyano en las elecciones de 1998.

Para el análisis de otras luchas interinas y sobre todo para las luchas de sucesión a las candidaturas tanto nacional como partidista en Copei, he seguido primordialmente mi capacidad de observación como electora que vivió el fenómeno de cerca.

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Notas al pie
(2) Para una visión acuciosa de los antecedentes del partido, ver Rivera Oviedo (1970) y Luque (1986). Sobre Copei y el debate ideológico en los años sesenta, ver Carnevali (1992).Para un análisis exhaustivo sobre Copei como organización política, ver Combellas (1985). Para una versión más actualizada, ver Crisp, Levine y Molina (2003), y Alvarez (2004).
(3) Revisado en http: //www.catedras.fsoc.uba.ar/deluca/mainwaring.pdf [ 1-7-2012]
(4) Koeneke y Varnagy (2011: 5-6) revelan datos alarmantes sobre el papel jugado tanto por los políticos como por los partidos. Ante la pregunta: ¿Los partidos políticos solo se ocupan de ganar elecciones y nada más? La respuesta fue: (1973) Sí: 70,94 % (Baloyra y Martz); (1983) 66,5 % (BATOBA); (1993) 90,28 % (Villarroel). Respecto a si los políticos siempre mienten/engañan a la gente: (1973) Sí: 81,2 % (Baloyra y Martz); (1983) 77,6 % (BATOBA); (1993) ; 89,08 % (Villarroel). Sobre si los partidos políticos están siempre controlados por un pequeño grupo que solo vela por sus propios intereses, la respuesta fue: (1973) Sí: 74,29 % (Baloyra y Martz); (1993) 86,55 % (Villarroel). En cuanto a si los políticos se preocupan por resolver los problemas del país: (1973) Sí: 46,02 % (Baloyra y Martz); (1983) 29,0 % (BATOBA); (1993) 7,84 % (Villarroel). Finalmente, ¿los políticos hablan mucho y no hacen nada: (1973) Sí: 81,59 % (Baloyra y Martz); (1983) 77,6 % (BATOBA); (1993) 89,08 % (Villarroel).
(5) Con el ascenso de López Contreras al poder, fueron fundadas pequeñas organizaciones partidistas, 21, según Antonio García Ponce en Ocaso de la República Liberal Autocrática 1935-1945. Caracas, Fundación Rómulo Betancourt (2010).
(6) Entre las varias acepciones de la palabra “cogollo” en el diccionario de la Real Academia Española, considero las más ceñidas al texto: 1) Parte alta de la copa del pino. 2) Lo escogido, lo mejor. En el argot político venezolano el “cogollo” es la cúpula, el ente decisorio de un organismo.
(7) Juan Carlos Rey (1991: 565) en relación con el “Caracazo” refiere a los textos de Barbosa, 1989; Kornblith, 1989 y Civit/España, 1989. Ver también López Maya, 2005: 61-84.

 

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