El hundimiento de los Partidos Políticos Tradicionales venezolanos: El caso Copei.

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2.2. Nuevo enfrentamiento generacional: Rafael Caldera y Eduardo Fernández aspirantes a la candidatura presidencial en elecciones de 1988.

Informe Elschner o la “muerte del padre”. Posición de los precandidatos previo el III Congreso Presidencial Socialcristiano. Posición de otros dirigentes copeyanos. Triunfo de Eduardo Fernández y “pase a la reserva” de Rafael Caldera. El “abandono del padre” y sus consecuencias durante la campaña electoral. Campaña electoral sin Rafael Caldera. Estrategia de Rafael Caldera.

Introducción

Las elecciones presidenciales de 1988 le significaron a Copei el “turning point” de su fortaleza como partido político. Hasta entonces no había sufrido rupturas evidentes o declaradas, pero, a partir de la siguiente confrontación entre Rafael Caldera y Eduardo Fernández, ambos aspirantes a la candidatura presidencial, se generarían en Copei situaciones tan difíciles y traumáticas que no llegaron a resolverse ni a superarse.

Por vez primera se postularon Rafael Caldera y Eduardo Fernández a la candidatura interna del partido para unas elecciones presidenciales. Caldera tenía 71 años, Eduardo Fernández 47. Para Rafael Caldera significaba su sexta postulación, para Eduardo Fernández, la primera.

El electorado socialcristiano debería escoger entre la veteranía del fundador o el relevo de la generación de 1958; entre la sabiduría y experiencia o la savia joven renovadora. Cada uno afianzó su campaña sobre estas cualidades, un reto muy interesante tanto para los precandidatos como para la militancia. Aquí se decidiría si el partido ya se encontraba maduro para depositar el poder en las nuevas generaciones, o si preferiría no arriesgarse y mantener por algunos años más los viejos mandos. Eduardo Fernández había venido ejerciendo la secretaría general del partido desde 1979, posición que le brindó gran proyección a nivel nacional al igual que a toda su generación. El Copei de Rafael Caldera ya no tenía representación relevante a nivel de la dirigencia partidista y su nueva precandidatura no contaba con el apoyo que había disfrutado en las ocasiones anteriores. Por su rechazo a ceder espacio político a los discípulos de una generación que él mismo había formado durante décadas y por su empeño en presentarse por sexta vez a unas elecciones presidenciales, me atrevo a inferir que él mismo estimó ser el único dirigente capaz de darle el triunfo al partido. Es más, como veremos más adelante, si el partido no lo acompañaba, Caldera no se sentía en la obligación de acompañar él al partido. Por otro lado, Eduardo Fernández y sus seguidores habían venido organizándose para este momento con gran antelación, ocupaban posiciones decisorias dentro del partido y sentirían que su momento había llegado.

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Nuevo enfrentamiento generacional: Rafael Caldera y Eduardo Fernández aspirantes a la candidatura presidencial en elecciones de 1988. Informe Elschner o la “muerte del padre”.

Antecedentes: el Informe Elschner.

En noviembre de 1986, Gerhard Elschner, el asesor alemán de la campaña interna de Eduardo Fernández, le recomendó a éste en un informe que acabase con la figura de Rafael Caldera. En pocas palabras, si para triunfar, Caldera tenía que negar a su delfín, Eduardo Fernández no iba a lograr el triunfo sin antes haber asesinado metafóricamente a su “padre”.

Esta recomendación tan extrema ha podido obedecer a dos razones: la primera, la aún fuerte presencia de Caldera en parte de la militancia copeyana; y, segunda, la dificultad para Eduardo Fernández y sus partidarios en soltar amarras con la figura del fundador. Obviamente, lo ideal hubiera sido una transición natural pero cuando está en juego la consecución de la primera magistratura y puesto que ninguno de los dos candidatos estaba dispuesto a ceder, la sugerencia del alemán no resultaba ilógica. Caldera no cedió, ni negoció, no lo había hecho nunca y no lo iba a hacer en esta ocasión tampoco. Su autoritarismo era ampliamente conocido, lo había ejercido siempre y no aceptaba otra forma de actuar políticamente a nivel interno de Copei. Esto lo sabían Eduardo Fernández y su comando de campaña. A Caldera se le debía cerrar el camino, aniquilarlo. Con o sin informe Elschner, la táctica habría sido la misma porque no había lugar a otra.

Posición de los precandidatos previa al III Congreso Presidencial Socialcristiano.

Entre el 19 y 20 de noviembre de 1987 se celebró en la ciudad de Caracas el III Congreso Presidencial Socialcristiano con motivo de la escogencia del candidato presidencial para las elecciones de diciembre de 1988.

Los resultados de esta medición interna cambiaron el curso del partido para siempre. La generación de 1958, liderada por Eduardo Fernández, dictó su “alea jacta est”. Sabían del riesgo en ciernes, conocían bien a Caldera —o creían conocerlo—, sin embargo, el poder detentado durante los últimos años dentro del partido les daba la oportunidad y posibilidad de jugarse el todo por el todo. Consideraron llegado su momento histórico y generacional y nada los detendría en el intento de consolidar su espacio ganado. Caldera, por su lado, no abandonó sus aspiraciones confiando en la ascendencia tradicional dentro del partido, su peso específico y la esperanza de recibir una respuesta de Copei a su convocatoria.

Los precandidatos fueron tres: Rafael Caldera, Eduardo Fernández y Pedro Pablo Aguilar, las tres generaciones de Copei representadas. Rafael Caldera fue candidato presidencial por primera vez en 1947. Cuarenta años después y activas dos nuevas generaciones dentro del partido, consideró que aún debía ser el candidato para las siguientes elecciones presidenciales. ¿Hasta dónde se puede afirmar que la ambición de poder fue un factor crucial en la toma de decisiones de Caldera? El no lo percibía así cuando dijo: “No se trata de ambiciones. La única que se me puede atribuir es la ambición de querer redondear mi larga lucha política, (…)”. (Ramón Hernández, “El País como Oficio: Rafael Caldera”, El Universal, 16-11-87, 1-12).

Un punto fundamental a resaltar en la conducta de Rafael Caldera previa al III Congreso Presidencial Socialcristiano fue su relación o reacción frente a la generación del 58. Esta generación, formada directamente por él para fortalecer su posición en el partido frente a la generación de 1946, determinó que había llegado su momento generacional y ambicionaba obtener el lugar justamente esperado. Sin embargo, no era esa la percepción ni el deseo de Caldera:

(…) la campaña de Eduardo, a la cual yo nunca puse obstáculos para que se realizara, para que se hiciera conocer, derivó por caminos que me convencieron más de la necesidad de presentar mi fórmula, (…) como la más genuina y auténtica, (…). (Ídem).

Eduardo Fernández consideraba estar preparado para ejercer la primera magistratura, pero Caldera simplemente le concedía el derecho a “darse a conocer”. Estimaría que su discípulo era aún demasiado joven, sin suficiente fogueo y que más le convenía seguir aprendiendo junto a su maestro. Incluso podría asomar que la lucha generacional no tenía cabida en la concepción de Caldera, quien tenía aún mucho camino, aspiraciones y ambiciones por delante. Cuando le concedió a Eduardo Fernández que se “diera a conocer”, parecería más bien un permiso al pupilo para labrar su futuro lentamente, sin prisa.

Rafael Caldera se convenció de que la generación de 1958 no estaba madura ni capacitada para gobernar. ¿Tuvo razón?

La brecha generacional entre Caldera y sus “delfines” se debió, además, a falta de comunicación En 1987, Caldera confiaba en el apoyo de Fernández, aparentemente “palabreado”:

Yo no le niego a Eduardo Fernández el derecho a aspirar, pero siempre habíamos hablado que si las circunstancias del país lo demandaban y yo decidía lanzarme otra vez a la candidatura, (…), él estaría siempre a mi lado, (…). (Ídem).

Caldera y Fernández tenían treinta años tratándose casi a diario y sin embargo, se dio un malentendido tan colosal entre ellos. ¿Qué explicación tiene eso?

El carácter de ambos podría ser una razón: por una parte, Caldera era distante incluso con sus más allegados copartidarios, pareciera que esa distancia iba adherida a su ascendencia como dirigente máximo de Copei. Por otra parte, Eduardo Fernández demostró siempre tener un estilo prudente, no era persona de importunar o atropellar a otros. Una segunda razón es quizás estratégica: nadie descubre sus intenciones ante su rival. Tanto Caldera como Fernández se habrían abstenido de confesarle al otro la aspiración que tenían de ganar la candidatura interna del partido para luego competir por la jefatura del país. En realidad, por primera vez Rafael Caldera y Eduardo Fernández se hallaban frente a frente y no debió ser fácil para ninguno de los dos.

Cuando se le preguntó a Caldera por qué insistía en una sexta candidatura, contestó:

Mi candidatura es la mejor carta que tiene Copei en este momento, en lo que podría ser la hora estelar, la hora de dejar de ser un partido segundón. (Ídem).

Las declaraciones de Caldera fueron siempre comedidas y controladas. No era él hombre de desafueros en el lenguaje. Por eso sorprendió a dirigentes y militantes del partido cuando describió a Copei como un partido “segundón”. El mensaje implícito era que Copei podría pasar a primera línea, únicamente gracias a su candidatura:

¿Qué podría serme más grato que un verdadero relevo generacional, como el que siempre he propiciado, porque me he preocupado por formar cuadros nuevos y llevar gente joven a posiciones de mucha importancia? Pero ello no puede inducirme a declinar mi responsabilidad en este momento crítico, cuando se requiere una autoridad firme y confiable, capaz de conjugar el esfuerzo de todos hacia un objetivo común. (El Universal, 20-11-87, 1-19[Publicidad]).

Invocaba a su experiencia y veteranía como forma de soslayar a las generaciones más jóvenes. Más adelante, si bien no nombró a Copei, la crítica pareciera ir dirigida enteramente a la institución y sus líderes:

No puedo aceptar que, por cálculos electoreros, discutibles, se caiga en la imitación de todo aquello que adversamos: la demagogia, el oportunismo, el sometimiento de los altos intereses nacionales a mezquinas conveniencias de partido o ambiciones personales de quienes ocupen en un momento dado posiciones de dirección. (Ídem).

Interesante resulta observar cómo Rafael Caldera se excluye y no se identifica con la ambición personal del político en altas posiciones de un partido. ¿Su autoridad moral lo distancia? Si no, ¿por qué el siguiente comentario?: “Aspiro a que el partido sea la mejor reserva moral del país”, y más adelante: “Me angustia que esa reserva moral pueda sucumbir a los halagos de la demagogia”. (Ídem).

Finalmente, dejó sobreentender que si bien la dirigencia actual utilizaba al partido Copei para sus propios beneficios, él no se identificaba con ellos, sino todo lo contrario. Es muy curioso que un político de su talla, cinco veces candidato presidencial, dijese: “Los copeyanos saben que nunca he puesto el partido a mi servicio”. (Ídem).

Caldera sabía de la importancia de este evento partidista. No era uno más, era el definitivo y definitorio:

(…) considero que la decisión que el congreso presidencial socialcristiano ha de tomar, es una decisión de gran trascendencia de la que va a depender en mucho el destino futuro del partido y aun el mismo destino de la democracia venezolana. (El Universal 16-11-87, 1-14).

La situación era grave porque si perdía la elección se pondría en evidencia el predominio de Eduardo Fernández y de su generación. No obstante, las consecuencias de esa pérdida hipotética eran mucho más peligrosas. Caldera no se sentía cómodo ya en Copei, estaba arriesgando una última jugada con la esperanza de recuperar espacios perdidos y sabía la dificultad a que se enfrentaba.
En la siguiente declaración, deja entre
ver que de perder la candidatura presidencial, consideraría la opción de buscar otros ambientes políticos:

El ex presidente recordó ante sus copartidarios que la próxima elección en Copei no era simplemente una entre tres candidatos con legítimas aspiraciones, sino la trascendental decisión que afectaría no solamente a la vida del partido sino que tendría efectos y consecuencias importantes para la democracia venezolana. (Ídem).

Caldera fue el más claro en sus afirmaciones al prever una virtual derrota en el III Congreso Presidencial. A lo largo de la campaña sus asesores le fueron dando cifras desalentadoras, aunque depositó todo su esfuerzo y emociones en la magia del último momento.

En entrevista periodística se le preguntó a Caldera si habría o no fracturas en el partido después del congreso presidencial y respondió:

En el partido no. La unidad formal del partido está asegurada. Ahora, yo sería insincero si negara que en este proceso de campaña ha habido una serie de hechos que han producido inevitablemente distanciamiento, resentimientos, fisuras. (El Nacional, 18-11-87, D/8 [Información]).

Y aprovechó para hacer otra declaración aún más efectista: “Pero, así como he dicho que el que puede dividir al partido soy yo y no lo haré nunca; quien puede unir a Copei para la gran batalla del 88 es Rafael Caldera”. (El Universal, 19-11-87, 1-12).

En aquel momento sus palabras fueron tomadas como un slogan más de su campaña y nadie las consideró desafortunadas o desacertadas, como tampoco nadie imaginó el carácter premonitorio que tenían. Como buen estratega, Caldera fue preparando el terreno en caso de perder la candidatura. Utilizó por vez primera la expresión: “pasaré a la reserva”:

Como militante disciplinado acataré una decisión, a lo cual estoy comprometido desde el momento en que he participado en esta reunión, pero entonces pasaré a la reserva. Seguiré preocupado por los grandes intereses nacionales, pero no podría ser ya el intérprete calificado que he sido siempre. Ya no podré ser el vocero del partido, el que lo ha animado cuando ha estado desalentado, el que lo ha llamado al combate, el que ha compartido con él los momentos más difíciles y el que ha estado siempre activo, constante en el servicio, fiel en la lucha y dispuesto a entregarse en alma, vida y corazón a la defensa de la democracia cristiana. (El Universal, 20-11-87, 1-12).

Esta afirmación, por demás contradictoria, desconcertó a más de uno porque un militante disciplinado trabaja al servicio de la campaña del candidato elegido democráticamente dentro del partido y no opta, como hizo Caldera, por mantenerse aparte, por pasar a la reserva. Al negarse a contribuir con su experiencia de “intérprete calificado de los grandes intereses nacionales”, estaba en realidad minimizando la posibilidad de triunfo de Copei en las siguientes elecciones presidenciales. Caldera no iba a decir nada comprometedor en ese momento porque aún guardaba la esperanza de ganar la candidatura interna del partido. Pero finalmente, salieron a relucir sus verdaderas intenciones cuando se pronunció:

La suerte está echada. Yo se que me estoy jugando el todo por el todo. (…). Yo quiero ser o no ser. No quiero ser a medias. (Ídem).

Eduardo Fernández, por su lado, aspiraba a ganar la candidatura interna de Copei para luego competir en las elecciones presidenciales de 1988. Nunca un representante de su generación había logrado llegar tan lejos y con tantas posibilidades de triunfo. Era el primer reto de uno de los delfines a Caldera, su maestro.

La situación era tensa, difícil, sin embargo, llamaron la atención, particularmente, las palabras de Eduardo Fernández en el Poliedro donde aparentó desconocer el serio problema que se presentaría:

(…) de aquí tiene que salir robustecida la unidad del partido. No es una unidad artificial, no es una unidad retórica, es la unidad del partido porque no tenemos conflictos generacionales. Necesitamos el concurso y el aporte de la generación fundadora, de la generación intermedia, de la generación del 58 y de las generaciones que vienen detrás de nosotros. (Ídem).

La unidad del partido salió resquebrajada para siempre. El discurso fue retórico y artificial porque él sabía que la unidad del partido estaba a punto de resquebrajarse debido mayormente al conflicto entre generaciones en Copei. ¿Por qué lo dijo, entonces? ¿Para el gran público, o esperaba un milagro? No: Eduardo Fernández estaría seguro de la derrota de Caldera y el reto inmediato era absorber su militancia:

Quiero saludar con especial afecto a nuestro presidente nacional, Godofredo González; quiero saludar a nuestro querido, respetado y admirado líder fundador Rafael Caldera, para quien pido un aplauso. Quiero decirle a él que ahora más que nunca necesitamos su presencia, sus luces, su testimonio (…).
Pedro Pablo, déjame decirte que como abanderado de todos los copeyanos, y de todos los independientes y de todos los venezolanos con voluntad de cambio, que necesito tu compañía, tu consejo y tu presencia, hoy como candidato y mañana como Presidente de todos los venezolanos. (El Universal, 21-11-87, 1-12).

Pedro Pablo Aguilar ofreció declaraciones muy acertadas sobre el problema generacional entre Caldera y Fernández:

— Eduardo Fernández — (…) ha dicho varias veces que su enfrentamiento con Rafael Caldera no conlleva un planteamiento sobre el relevo del liderazgo y que tampoco trata de fundamentar su candidatura en su condición de representante de la generación de 1958.
Sin embargo, el propio Caldera y mucha gente en el partido, tiene la impresión de que Eduardo no sólo le disputa la candidatura presidencial sino que también está presentando su nombre, no sólo para la candidatura sino como nuevo líder dentro del partido. Y es evidente, a todo el partido le consta, que la bandera que los partidarios de Eduardo han agitado con más entusiasmo, es la bandera generacional. (El Nacional, 17-11-87, D/12 [Información]).

Es difícil aceptar que, en efecto, Eduardo Fernández no buscase en el III Congreso Presidencial Socialcristiano la candidatura y el liderazgo del partido. Es más, una cosa llevaba a la otra. Lo cierto es que la generación del 58 estaba cansada de Caldera. El líder fundador por una parte, el delfín cuestionador por otra y el partido Copei en pleno le temían al drama del distanciamiento, o peor aún, al drama de la negación entre el maestro y sus discípulos. Y sin embargo, nada detuvo el curso de acción que se desprendió del congreso. La bola de nieve había comenzado a deslizarse cuesta abajo.

El problema era que las aspiraciones de ambos candidatos al liderazgo tanto del partido como del país, no coincidían del todo con las de Copei, para el cual mantener la unidad interna era tan primordial como ganar las elecciones presidenciales. Como veremos más adelante, todos perdieron.

Pedo Pablo Aguilar alertó sobre este hecho:

El congreso va a resolver el asunto de la candidatura, pero el congreso no está llamado ni tiene por qué pronunciarse sobre el liderazgo. (Ídem).

No estaba llamado ni tenía por qué, pero en política suceden imprevistos. No hay mejor momento para calibrar las fuerzas de un partido como el palpado durante el desarrollo de una elección interna, y el congreso presidencial en cuestión se pronunció sobre el liderazgo de manera contundente.

Pedro Pablo Aguilar, ante la pregunta del periodista: “—¿Usted piensa que existe un peligro real de traumas graves y hasta de una posible división?, respondió:

— No, yo no creo desde luego que nosotros vamos a sufrir una división real. Esto de ningún modo, pero es que en los partidos políticos venezolanos influye en término muy importante la situación afectiva en que el partido queda después de una prueba electoral. (Ídem).

Había antecedentes en Copei respecto a situaciones afectivas después de derrotas electorales como fue el caso de Lorenzo Fernández al perder la presidencia del país en diciembre de 1973. Y ahora, ante la posibilidad de una derrota de Caldera, Aguilar previó las consecuencias. Se avecinaban nubarrones “afectivos”.

Posición de otros dirigentes copeyanos.

Luis Herrera asistió al III Congreso Presidencial en calidad de ex presidente del país. Su posición no era fácil pues su mandato había dejado varios malos recuerdos, de allí que mantuviese entre bambalinas una posición “expectante”, aunque siguiera manejando considerables hilos de poder.
Sin embargo, una vez más, hizo alarde de su oportuno pragmatismo y sentido común al declarar: “—Mi preferencia está con quien resulte ganador, (…)”. (El Universal, 18-11-87, 1-14). Y a sus amigos les pidió: “evitar radicalizaciones y fanatismos dentro de las distintas precandidaturas en que estaban ubicados”. (Ídem).

Herrera Campíns no tendría mucho que decir en este congreso presidencial dado que la votación estaba polarizada entre Rafael Caldera y Eduardo Fernández. De manera que esperó sin estridencias y mandó a apoyar a quien triunfase. Era su reacción usual, y así actuó la mayoría de las veces. Si Pedro Pablo Aguilar hubiese tenido alguna posibilidad de triunfo, con seguridad habría incentivado a su bancada a apoyarlo sin restricciones, pero tratándose de Caldera y Fernández, probablemente le daría lo mismo quien ganase.

Triunfo de Eduardo Fernández y “pase a la reserva” de Rafael Caldera.

Eduardo Fernández obtuvo un triunfo apabullante, no quedó la menor duda de su victoria y las cifras así lo demostraron al ganar con 5.599 votos (67,4 %). Caldera obtuvo 2.002 votos (24,1 %) y, Pedro Pablo Aguilar 663 votos (7,9 %) (El Universal, 21-11-87, 1-12). No obstante, la primera reacción del sector calderista fue, como era de esperarse, desafiante y amenazadora. Hilarión Cardozo, vocero del calderismo, declaró: “Reconoce el triunfo de Eduardo Fernández y dice que Rafael Caldera hará un pronunciamiento más tarde, que Copei ha cometido un error histórico, que ese error costará caro”. (El Universal, 21-11-87, 1-13).

Más bien el error histórico, o la “mala jugada”, la cometió el propio Caldera pues sabía que al “pasar a la reserva” estaba comprometiendo la obra de toda su vida. Había dejado en claro que con “ese” Copei él no quería nada. Su alternativa era que Eduardo Fernández perdiese las elecciones presidenciales con lo cual le quedaría espacio para una candidatura más. En aquel momento esa opción era difícil de imaginar, pero no imposible, como la historia lo demostró más tarde.

A Caldera se le había presentado la disyuntiva entre lo que él consideraba la responsabilidad de llevar el partido al poder y el ejercicio de la sana democracia interna mediante el relevo generacional. La dificultad de Caldera fue desprenderse de la noción de que tan solo él era capaz de ganar elecciones. Y al no abandonar esa noción, contribuyó a que fuese cierta.

Inmediatamente después del triunfo arrollador de Eduardo Fernández empezaron las cavilaciones: “Sus partidarios reconocían ayer con preocupación que después de lo ocurrido será muy difícil que el fundador y máximo líder se incorpore a la campaña de Eduardo Fernández”. (El Universal, 21-11-87, 1-14).

En efecto, no contar con el apoyo de Caldera sería impactante, aunque los intereses en el seno del partido empezaron a moverse en otras direcciones. La generación del 46, normalmente apartada del liderazgo calderista-eduardista, entraría en escena:

Esto abre la posibilidad para una participación más acentuada del herrero-pedropablismo, pues el Tigre carente de generales, necesita de Herrera Campíns, Pedro Pablo Aguilar, Luciano Valero, Pepi Montes de Oca y otros que ayuden a cerrar la brecha que dejará la ausencia de connotados líderes calderistas. (Ídem).
El hecho más trascendental de todo el congreso presidencial fue la declaración de Caldera donde, oficialmente, se retiró y “pasó a la reserva”:

Acato la decisión del Congreso Presidencial Social Cristiano. Soy un militante disciplinado. Además, al concurrir a él me estaba sometiendo al resultado. El compañero Eduardo Fernández es el candidato de Copei para las elecciones presidenciales de 1988. Lo felicito y le deseo el mayor éxito. Su tarea inmediata más importante es procurar la unidad efectiva del Partido. A los compañeros que se manifestaron adictos a mí en la campaña interna, espero se les trate en forma que los anime a incorporarse a la nueva etapa, en la medida en que puedan y deseen. En cuanto a mí, como lo anuncié, paso a la reserva. Esta decisión es consecuente con los argumentos sostenidos por el equipo del Secretario General, acogidos implícitamente por la mayoría del Congreso. (Manuscrito de Rafael Caldera, El Universal, 21-11-87, 1-12).

Hubo dos puntos muy importantes en esta declaración. El primero, insistir en la unidad “efectiva” del partido, y segundo, tomar en consideración a sus fieles seguidores. Sin embargo, la unidad efectiva era imposible, ya las fisuras se habían convertido en fracturas. Y respecto a la participación de sus adictos, no sería fácil dada la desconfianza y el distanciamiento en ambos lados.

Eduardo Fernández, una vez triunfador y con la candidatura presidencial en sus manos, pronunció palabras muy elogiosas hacia Rafael Caldera:

Quiero saludar a nuestro querido, respetado y admirado líder fundador Rafael Caldera, para quien pido un aplauso. Quiero decirle a él que ahora más que nunca necesitamos su presencia, sus luces, su testimonio. Nunca donde Eduardo Fernández esté la presencia de Caldera puede ser subalterna. (…) La lucha interna terminó y ahora somos todos una sola voluntad. Ya no me acuerdo de ayer, hoy me acuerdo de mañana, de un mañana luminoso (…). (El Universal, 21-11-87, 1-12).

Lamentablemente, Caldera sí se acordó de ese ayer que Fernández quiso olvidar tan rápido. Caldera no solo no olvidó nunca las humillaciones sufridas durante el congreso, sino que significarían el “turning point” de su carrera política y de la de Copei. Si Caldera hubiese sido bien tratado, probablemente su reacción a futuro no habría sido tan tajante. Álvarez Paz comentó sobre este punto varios años después:

Yo no creo que en el Poliedro hubo trampas graves, lo que hubo fue exceso, lo que hubo fue una humillación innecesaria, un torpe e inmaduro manejo de una victoria, lo que terminó por ofender y alejar a Caldera y a mucha otra gente del partido. (“Confesiones de Álvarez Paz: Soy un Caldera actualizado”, El Universal, 28-2-93, 1-20).

Edecio La Riva, fiel seguidor y compañero de generación de Caldera recordó también, pasados varios años, esos infelices momentos en el Poliedro: “(…) lo vejaron mucho, lo humillaron, le decían cosas muy grandes y feas”. (El Diario de Caracas, 1-7-93, p. 7 [Suplemento especial No. 3: “Caldera, poder moral en la Convergencia”].
Y agregó palabras confiadas por Caldera:

Compadre, yo siento que el partido está siendo mal conducido; pienso que el partido está perdiendo su esencia; que está careciendo de los principios puros con los cuales lo fundamos nosotros y noto que ya no hay compañeros, que ya no es una familia. Yo estoy vislumbrando cosas distintas. (Ídem).

Pedro Pablo Aguilar, días después del congreso presidencial, comentó sobre los temores en ciernes:

Yo creo que el partido superó el riesgo de fracturas que evidentemente estuvo planteado durante el debate candidatural, pero seríamos ingenuos y estúpidos si no apreciáramos suficientemente lo que significa el anuncio de Rafael Caldera de que no estará presente durante la campaña electoral. Del mismo modo es indispensable comprender que el Poliedro produjo efectos que estremecieron los sentimientos del partido y sin duda alguna hay situaciones afectivas que deben ser superadas.

(El Universal, 24-11-87, 1-12).

La fractura sí se había producido y a los vencedores les costaba aceptarlo. Quienes habían conocido a Caldera sabían de su dificultad en olvidar los atropellos e insultos. Fue la primera vez en que otros copeyanos lo habían tratado duramente durante un acto del partido y éstos quizás nunca imaginaron el alcance y las consecuencias de sus actos.

Llama la atención que, a pesar de la actitud descortés de gran parte del público y de la victoria abrumadora de Fernández, este mismo público ante las palabras de Pedro Pablo Aguilar, “—No hay calificativo alguno para quien fue, es y seguirá siendo nuestro guía, nuestro fundador, nuestro conductor: Rafael Caldera”, reaccionó en forma muy emotiva: “A pesar de la aplastante victoria, toda esa marejada humana se levantó de sus asientos y aplaudió al unísono al ex presidente”. (El Universal, 21-11-87, 1-14).

El sonido de esos aplausos no aplacó, sin embargo, en el ánimo del guía fundador y conductor, las estridencias del reciente maltrato.

En pocas palabras y en pocos segundos se darían cuenta los triunfadores de lo que acababan de perder. El temor a la pérdida del voto calderista comenzó a asustarlos de inmediato, tal como expresó Herrera Campíns: “Yo espero (…) que la garra del ‘tigre’ no desgarre sino que por el contrario una más al partido (…)”. (El Universal, 21-11-87, 1-14).

También el dirigente copeyano Abdón Vivas Terán dándole la bienvenida al candidato, expresó su inquietud e hizo un llamado a la unidad: “Les corresponde ahora la delicada misión de restañar las heridas, desarmar los espíritus y ratificar la unidad para crecer, (…)”. (El Universal, 21-11-87, 1-22).

Fue muy impactante el desenlace del congreso presidencial para cada uno de sus participantes, entre ellos Álvarez Paz, quien una vez más expresó con toda sinceridad lo que sentía:

— Yo pertenezco al grupo de compañeros que hicimos todo lo posible para evitar que Eduardo Fernández fuera el candidato presidencial de Copei; (…).
Yo estoy indudablemente entre los que perdieron y asumo integralmente las consecuencias que de ello pueda derivarse. (El Universal, 23-11-87, 1-14).

Hubo otras declaraciones de Álvarez Paz más impresionantes aún teniendo en cuenta que hasta hacía poco había apoyado irrestrictamente a Caldera; sin embargo, ante el comentario del periodista, sobre el cumplimiento del informe Elshner, confesó su verdadera estrategia:

Así es, desde la A hasta la Z. Menos una, que todavía está por verse; el alemán dijo en su informe que Copei pierde las próximas elecciones. Y que como Copei perdía las próximas elecciones, (…) debía presentar un candidato joven que liquidando la figura histórica de Caldera, pudiera proyectarse más allá de la próxima elección. (Entrevista de Ramón Hernández, El Universal, 23-11-87, 1-14).

Álvarez Paz apoyó a Caldera, estrictamente, para oponerse a Fernández. Tan fue así que a los pocos días ya estaba corroborando la afirmación de Elshner sobre liquidar la figura histórica del padre como paso previo para él lograr la candidatura en las elecciones de 1993. De manera que en el III Congreso Presidencial Socialcristiano, Álvarez Paz apoyó a Caldera y no a Eduardo Fernández, su compañero de juventud. ¿Le era más atractivo Caldera como candidato que uno de su propia generación? ¿Tenían Caldera y Álvarez Paz muchos puntos en común respecto a políticas económicas y sociales? Quizás en ese momento no fuese lo primordial. Lo primordial era, para Caldera, contar con el apoyo de un sector de la generación del 58 encarnado en Álvarez Paz y, para éste, iniciar la consolidación de un espacio propio dentro del partido. También pensaría que si apoyaba irrestrictamente a Caldera en estas elecciones internas, éste lo apoyaría llegado el momento en agradecimiento a su lealtad.

Por su parte, Caldera probablemente aceptó el apoyo de Álvarez Paz porque le garantizaría votos de la generación del 58, aunque no por ello debería sentirse comprometido a nada en el futuro. Es opinión generalizada que el político no es agradecido, la política no es agradecimiento, ni lealtades. Son intereses, coyunturas y oportunidades los que privan.

La decisión de Caldera de pasar a la reserva no fue precipitada sino, premeditada. El había contemplado solo dos opciones: 1) contar con el apoyo del partido y seguir como el eterno candidato o; 2) abandonar el partido y montar tienda aparte.

Si bien en 1987 el electorado copeyano juzgaría esta última decisión desconsiderada, para Caldera el panorama era muy distinto. El sabía que de no ganar la candidatura interna en 1987, su ascendencia tendería a debilitarse dentro de Copei. Tenia 71 años, más de cincuenta en la actividad política del país y conocía bien el juego del poder.

El “pase a la reserva” creó un precedente agravado dentro de Copei. No era la primera vez que un sector del partido no apoyaba al candidato electo, tal como mencioné anteriormente; sin embargo, sí era la primera vez en hacerse público a través de un manifiesto en la prensa. El “pase a la reserva” se constituiría en puerta libre a partir de entonces para cualquier líder político copeyano a la hora de decidir si obedecer a su conciencia, a sus principios o a sus intereses. Caldera había destapado la caja de Pandora dentro del partido.

Eduardo Fernández ganó la candidatura presidencial y se erigió en el nuevo líder indiscutible de Copei. Paso seguido, en vez de recibir el apoyo pleno del partido, Caldera, su líder máximo, lo abandonó. Si Caldera le hubiese dado la alternativa a Fernández, le habría dado paso a su delfín predilecto y a la generación de 1958. Pero Caldera consideró siempre poder ser mejor presidente que otros candidatos y no confió en Eduardo Fernández. ¿Defraudaría el discípulo al maestro?

Es muy interesante observar, a partir de entonces, el comportamiento de los dirigentes copeyanos. El espacio político se fue haciendo viscoso, nadie sabía ni veía toda la verdad, nadie decía toda la verdad, todo será a media verdad.

El “abandono del padre” y sus consecuencias durante la campaña. Campaña electoral sin Rafael Caldera. Estrategia de Rafael Caldera.

Caldera cumplió a rajatabla la decisión de pasar a la reserva y de no participar en la campaña a favor del candidato Eduardo Fernández. Así y todo, llamó la atención la ligereza con que declaró el dirigente eduardista Douglas Dáger, quien, al preguntársele sobre la posibilidad de incorporar a Caldera a la campaña, contestó:

El Tigre dijo en primer lugar que hay que respetar la decisión de Caldera hasta que decida permanecer en la reserva. Pero estamos seguros de que cuando la campaña electoral entre en su fase final, a partir del 1° de mayo, Rafael Caldera no dejará solo a su partido y al Tigre. (Ludmila Vinogradoff, El Nacional, 9-1-88, D/1 [Política, economía, ...]).

Y ante la insistencia de la periodista, Dáger reconfirmó: “—Sin excepción, todos los que trabajamos para el Tigre, deseamos la presencia, el aporte y la orientación de Rafael Caldera en nuestra campaña”. (Ídem).

Hasta aquí podríamos pensar que fue un comentario fortuito y algo irresponsable solicitar la ayuda de Caldera después de los hechos bochornosos del Poliedro. Pero no fue así. El mismo Eduardo Fernández días después hizo otro llamado, con toda educación y respeto, esperando contar con el apoyo de su antiguo mentor:

Todo el mundo sabe y quiero reiterarlo ahora. Es el profundo afecto, respeto y admiración que siempre he profesado por la figura del Doctor Rafael Caldera. Nadie debe tener ninguna duda. Sentiría una satisfacción y una complacencia muy grande de saber que el ex presidente tuviera una actitud de contribución y colaboración para el triunfo electoral del partido que él fundó, por ser él la figura representativa y estelar. (El Nacional, 25-1- 88, D/2 [Política]).

Tanto Dáger como Fernández sabían perfectamente que Caldera no se uniría a la campaña. La intención de este tipo de declaraciones sería dar a entender que, “si fuera por ellos”, las puertas del partido estaban abiertas y nada les complacería más que el apoyo del fundador. Pareciera más bien unas tácticas para trasmitir confianza o atraer a los calderistas, quienes, al igual que su líder, no se deberían sentir muy estimulados a hacer campaña por Eduardo Fernández.

El periodista Rodolfo Schmidt, refiriéndose a la actitud de Caldera luego de perder la nominación presidencial, escribió:

¿Pero, cómo podía él participar más activamente en favor de un partido al que consideraba desnaturalizado, que lo había ‘vejado y humillado’; como podía hacer campaña en favor de un candidato que cumplía instrucciones de un asesor electoral importado, instrucciones que exigían, que para poder ganar, tenía que matar —políticamente— a Caldera? (El Diario de Caracas, 1-7-93, p. 7 [Suplemento especial No. 3: “Caldera, poder moral en la Convergencia”]).

A lo cual Caldera comentó: “Imposible. ‘No hay nada que me dé más horror que el perder la credibilidad de la que disfruto con muchos de mis compatriotas’ ”. (Ídem).

El tema de la credibilidad, de aquí en adelante, va a ser permanente en el mensaje de Caldera. No solo para defender su propia condición, sino para atacar a quienes —según él— van dejando de tenerla, o para dejar sembrada la duda.

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Notas al pie
(14) Sobre las fallas de comunicación entre Rafael Caldera y Eduardo Fernández, ver entre- vista a Gustavo Tarre en los “Anexos” de esta investigación.
(15) Hubo un precedente, si bien no formara parte de los “delfines”. Frente a la quinta candi- datura de Rafael Caldera en 1983, le surgió un contendor, José Andrés Montes de Oca, ex Ministro de Relaciones Interiores durante el gobierno del Presidente Herrera Campíns. Representaba al sector herrerista dentro del partido. Esta precandidatura fue retirada para apoyar la de Rafael Caldera.
(16) El Poliedro de Caracas es un recinto proyectado para realizar espectáculos, situado al sur de Caracas y utilizado frecuentemente para eventos tanto culturales, artísticos como políticos.
(17) Lorenzo Fernández tras la derrota en 1973 le reclamó a Herrera Campíns y a Beaujon no haberlo apoyado durante la campaña. A raíz de estos hechos, cayó en una gran depresión.
(18) El “Tigre” fue el slogan utilizado por Eduardo Fernández durante este proceso electoral.
(19) Hubo gritos y exclamaciones ofensivos hacia Caldera, sobre todo alusivos a su edad.

 

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