Deliciosas frutas tropicales

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Qué delicia

Había plantado el Señor Dios desde el principio un jardín delicioso en el que colocó al hombre que había formado y en donde, el Señor Dios, había hecho nacer de la tierra misma toda suerte de árboles hermosos a la vista y de frutos suaves al paladar.
(Génesis, Capítulo 2, Versículo 8-9)

Texto de: Liliana Villegas

No existe nada más exquisito, agradable y digestivo que las frutas frescas. Ricas en vitaminas, sales, minerales y fibra, con sus infinitos colores, olores y sabores son el complemento ideal de cualquier comida.

Las frutas involucran todos los sentidos: nos invaden con aromas fragantes e indefinibles matices de dulzura; con sabores indescriptibles que son a la vez dulce y ácido; con líquidas y suaves consistencias. Sus formas de colores cambiantes y texturas aterciopeladas, rugosas o peligrosamente espinosas, son alimento de la vida, alivio de dolencias, satisfacción de la sed y el apetito y fuente de fuerza y energía.

Al entrar al mundo de las frutas y sus inmensas posibilidades de transformación, descubrimos un universo de sensaciones y vivimos siempre una experiencia nueva y agradable.

Una de las maneras más deliciosa de comer frutas es al natural, pelándolas, partiéndolas, desgajándolas o, simplemente, dándoles un mordisco. Son un refrigerio sencillo, fácil de preparar y agradable en cualquier momento del día o de la noche. Algunas se pueden comer con cáscara y resultan, así, más nutritivas y saludables. Los entendidos recomiendan comenzar el día comiendo una fruta fresca con el fin de lavar y preparar el organismo. Para cada una hay un momento y un rito diferentes. Comerlas es placentero y cada cual deleita a su manera.

Las frutas se prestan a gran cantidad de usos en la cocina. Desde un sencillo dulce de almíbar hasta las más sofisticadas salsas que acompañan o aderezan platos exquisitos. Cualquier ensalada puede adquirir un toque inconfundible de sabor, y los licores, además del aroma, se embellecen con color. Nada más elegante que utilizar las mismas cáscaras de las frutas sirviéndonos de ellas como recipiente o sorprender a los invitados con una exótica sopa de frutas.

Es parte de la tradición de muchas mujeres la incorporación de las frutas a sus secretos de belleza, pues con ellas se preparan infinidad de mascarillas que relajan, embellecen, tonifican la piel y son la base de muchos complementos para la salud.

Un frutero será siempre un hermoso adorno para el comedor. Para organizarlo, se buscan las frutas que estén maduras y de bonito color, se lavan y, si se desea, se brillan. Se pueden combinar al azar porque, sin duda, se obtendrá una sinfonía de formas y colores.

El aspecto de las frutas es indicador de su calidad. Deben conseguirse aquellas que den la sensación de estar llenas, tengan bonito color y buen aroma. Generalmente una fruta arrugada, con moho o que se le escapen los jugos, no es de buena calidad. Al escoger las frutas se debe comparar el peso con el tamaño: las frutas grandes que pesan poco están resecas y por lo tanto carecen de jugo. Las frutas maduras pierden rápidamente sus nutrientes. Por ello, deben conseguirse en un punto de maduración que permita almacenarlas en lugares frescos y aireados.

Abrir las puertas de la creatividad en la cocina y ampliar las posibilidades de elaboración y presentación de nuestra comida, incorporando las frutas a nuestra dieta diaria como un alimento indispensable, mejorará nuestra alimentación y se embellecerá nuestra mesa. Cocinemos con frutas. ¡Qué delicia!

La región del Viejo Caldas, principal zona cafetera de Colombia, es también, una de las más ricas áreas del país por la variedad y calidad de sus frutales, que producen las más exquisitas frutas tropicales. Su epicentro es el Volcán Nevado del Ruiz que se alza majestuoso a más de 5.000 metros de altura sobre el nivel del mar.

Allá arriba, donde nace la montaña, nace la vida; se recogen las aguas más puras que bajan en ríos pequeñísimos de agua gélida unos y termales otros, a través de labradas camadas de piedra madre, y el pico que ruge es la fuente misma de ceniza y lava que fertiliza toda la tierra. Volcán amigo que destruye y renueva.

Descender por cualquiera de sus vertientes, desde el páramo hasta los ríos Magdalena o Cauca, es vivenciar casi todos los posibles suelos y climas del planeta en una síntesis de los microcosmos del mundo. Desde el bosque de niebla mismo, a lo largo del camino por las tierras frías, comienzan a surgir las frutas: moras, curubas, lulos, tomates de árbol, uchuvas, chachafrutos, feijoas, granadillas y brevas. Silvestres unas y cultivadas otras, todas ellas crecen en medio de un paisaje que descubre en la lejanía bosques primarios de vetustos cedros y robles, con troncos y ramas llenos de parásitas, orquídeas, quiches y anturios, rodeados de helechos y chusques. Es también el territorio de la palma de cera, árbol nacional de Colombia.

Llegando al clima medio las hojas de los platanales, los penachos de guadua y los carboneros, que alternan con inmensos árboles de maderas preciosas, rodean las ordenadas laderas sembradas de café. Un aire aromado relaja los sentidos. Es la tierra pródiga en melones y pitahayas, papayos, guayabos, naranjos, aguacates y matas de piña; es el trópico de los Andes, inmensamente rico en todas las especies vegetales y animales que como un verdadero paraíso terrenal es capaz de integrar muchas especies en un solo paraje.

Finalmente, el camino se abre y estamos en tierra caliente. Aquí las montañas se entregan a pequeñas llanuras entrecortadas por ríos cada vez mayores. El verde de la cercanía se agudiza y estalla en millones de tonos vibrantes. Sandías, mangos, limones, guanábanos, chirimoyos y tamarindos, crecen cercanos a las palmeras de cocoteros y corozos que al lado de las ceibas y palmas reales dan al hombre la sombra indispensable.

Por generaciones, toda esta región montañosa del Viejo Caldas, ha vivido ligada a la naturaleza, al orden impuesto por la producción agrícola, al ambiente natural y sano y a las frutas. La presencia de éstas en el paisaje ha sido permanente, aunque fue aún mayor cuando no se habían introducido las variedades de cafetos que no necesitan del sombrío, el cual, por lo general se lograba con árboles frutales, maderables y frondosos, que no sólo producían la sombra requerida sino que también aportaban ingresos complementarios y fruta fresca para todos.

Los frutales siempre han sido el orgullo de estas tierras y forman parte integral de su cultura. Aún hoy en día están llenos de frutas los mercados de los pueblos y las esquinas congestionadas de las pequeñas ciudades. Las cocinas siguen impregnadas de delicados aromas. Tal vez con ningún otro ingrediente resulta más variada la cocina caldense, ni más originales las recetas o más ingeniosos los procedimientos. Las conversaciones de sobremesa desembocan con frecuencia, en animados coloquios sobre el tema, en los que se compara esta fruta con aquella, se describen sabores y sensaciones en una especie de diálogo regional que configura una geografía de las frutas donde cada zona se distingue por alguna de ellas.

Ahora que la siembra de frutales está adquiriendo, nuevamente, un auge importante en esta y otras regiones de Colombia, debería tenerse en cuenta que la diversidad del ecosistema tiene que restablecerse de una manera correcta para evitar estragos, plagas, deforestación, erosión, pérdida y contaminación de las aguas. La tradición de las arboledas mixtas de la región ha marcado un excelente precedente de bio-ética, que integra los criterios naturalistas acordes con la conciencia y la responsabilidad de un mundo que está en peligro.

Si miramos el potencial de las frutas tomando en cuenta todos estos factores, veremos alrededor de ellas una oportunidad inigualable de reordenamiento ecológico, una incalculable proyección económica, una deliciosa posibilidad de hacer más grata y saludable nuestra alimentación y comprobaremos, una vez más, que la riqueza frutícola de Colombia es uno de nuestros mayores tesoros y parte esencial de nuestras costumbres.

 

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