El encanto de Bogotá

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El espíritu de la ciudad


 

Texto de: Enrique Caballero Escovar.

Esta moderna ciudad, que con sus cinco millones de habitantes ha emprendido la invasión de la Sabana con legiones de rascacielos de ladrillo rosado y de la piedra de almendra que les muerde a sus cerros guardianes, ¿tiene un espíritu? ¿tiene alma? ¿tiene un perfil espiritual? Sin ninguna duda. Bogotá tiene debajo de las apariencias cambiantes, de un exterior que se transforma constantemente al soplo de la modernidad y oleaje demográfico en continua creciente, una personalida invariable, un modo de ser, intelectual, literario, artístico. Y místico también. Aunque las buenas maneras y el buen gusto zozobran en el mundo, en Bogotá no han desaparecido del todo. Se esconden en recintos cerrados, pero no mueren. Como ciertas películas, Bogotá es -predominantemente- una ciudad de interiores: de interiores señoriales, evocadores, cargados de historia.

No hay que olvidar que la ciudad fue, cuando chiquita, la cabeza del Virreinato del Nuevo Reino de Granada. No es éste, claro está, motivo de vanagloria. Las coronas condales, los marquesados y los señoríos se refugiaron en Cartagena y Popayán. Porque Cartagena tenía a su cargo la interminable guerra con Inglaterra, que brindaba al español oportunidades de heroísmo, como pasó con Bias de Lezo. Y porque Popayán era la capital del Cauca, del ¡límite Cauca con dos océanos, dueño de todas las minas de oro del reino: las que hoy son del Chocó, las de Nariño. Bogotá se convirtió en el refugio de la burocracia virreinal, timorata y devota, bajo la polifonía madrugadora de las campanas. Cuando Bolívar llegó a ella en 1814, con fama de anticristo, el arzobispado lo excomulgó. Más tarde la ciudad designó a una docena de beldades para que tiraran de su carro, cuando llegó vencedor de Boyacá. Después lo vio, poseído de una fatal melancolía, cuando dejó la quinta de su nombre, para ir a morir frente al mar...

Parte de su personalidad se la debe Bogotá a la Expedición Botánica, que incubó a sus próceres, los puso a la cabeza de la liberación de un continente y los vio subir de frac al cadalso. Después del duelo feroz entre españoles de la Península y españoles americanos, quedaron en esta ciudad, que de Santa Fe se iba convirtiendo en Bogotá, no pocos miembros de la Legión Británica que se casaron con damas santafereñas de alta guisa. A ellos se les sindica de tres instituciones típicamente londinenses de intrincado manejo: el té, el té de las cinco con galleticas-el bigote, y una tercera, de más difícil manejo aún- el paraguas, el paraguas bogotano, que nada tiene que ver con la lluvia... Es más bien una prenda de verano.

Es claro que la ciudad de José Asunción Silva, sobre la cual quedó flotando el Nocturno, la ciudad en donde se hizo fraile el virrey Solís, la ciudad de Caro y de Cuervo, tiene un espíritu. Tiene una personalidad definida.

 

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