Fiestas

Celebraciones y Ritos de Colombia

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El ritual de las fiestas

Fasto facial y atuendo de carnaval invaden la antigua fiesta de los blanquitos y negritos en San Juan de Pasto, Nariño.
Fasto facial y atuendo de carnaval invaden la antigua fiesta de los blanquitos y negritos en San Juan de Pasto, Nariño.
Fasto facial y atuendo de carnaval invaden la antigua fiesta de los blanquitos y negritos en San Juan de Pasto, Nariño.
Fasto facial y atuendo de carnaval invaden la antigua fiesta de los blanquitos y negritos en San Juan de Pasto, Nariño.
Fasto facial y atuendo de carnaval invaden la antigua fiesta de los blanquitos y negritos en San Juan de Pasto, Nariño.El Diablo, personaje ambiguo de la tradición de América Latina, aparece en el actual carnaval andino de blancos y negros en San Juan de Pasto, Nariño.En Riosucio, Caldas, desde hace ciento cincuenta años multitudes celebran la fiesta del Diablo.En Antioquia, Medellín, “la ciudad de la eterna primavera”, “la ciudad de las flores” , “la ciudad jardín”, un desfile de su flora exalta la región.En Antioquia, Medellín, “la ciudad de la eterna primavera”, “la ciudad de las flores” , “la ciudad jardín”, un desfile de su flora exalta la región.En Antioquia, Medellín, “la ciudad de la eterna primavera”, “la ciudad de las flores” , “la ciudad jardín”, un desfile de su flora exalta la región.En Antioquia, Medellín, “la ciudad de la eterna primavera”, “la ciudad de las flores” , “la ciudad jardín”, un desfile de su flora exalta la región.Maloca amazónica, representación del universo. Danzantes Yukuna. Río Mirití-Paraná, Vaupés.
Personajes y momentos de la vida política, en esculturas monumentales, desfilan en el carnaval andino de blancos y negros. San Juan de Pasto, Nariño.Con las manos se embadurna al otro en el juego-tatuaje de ennegrecerlo. En el dibujo vernáculo del rostro de carnaval se consagra el gusto del tacto y el color. San Juan de Pasto, Nariño.Con las manos se embadurna al otro en el juego-tatuaje de ennegrecerlo. En el dibujo vernáculo del rostro de carnaval se consagra el gusto del tacto y el color. San Juan de Pasto, Nariño.En San Juan de Pasto, Nariño, la carnavalización de la fiesta de la Epifanía y la de blanquitos y negritos impregna a la ciudad de harina y rocío de pintura, evocando la lluvia de flores y aguas perfumadas de las saturnales romanas y los bacanales griegos.En San Juan de Pasto, Nariño, la carnavalización de la fiesta de la Epifanía y la de blanquitos y negritos impregna a la ciudad de harina y rocío de pintura, evocando la lluvia de flores y aguas perfumadas de las saturnales romanas y los bacanales griegos.En el alto Putumayo, los indígenas Camtzá durante el carnaval llevan máscaras de madera pintadas de negro y acicaladas con fibras de fique o piel de animales. Son máscaras-protesta frente a antiguos dominios de otros indígenas y luego al de su sumisión a la religión católica. Originalmente sus máscaras eran parte del atuendo para comunicarse con los espíritus de sus antepasados.Un penitente, carguero de santo en la Semana Santa de Pamplona, Norte de Santander: símbolo de ritos de conmemoraciones y celebraciones sagradas y profanas.
Una diabla en Riosucio, Caldas: símbolo de ritos de conmemoraciones y celebraciones sagradas y profanas.
Una máscara-totem del sol en Riosucio, Caldas: símbolo de ritos de conmemoraciones y celebraciones sagradas y profanas.
Un bombardino en el concurso nacional de bandas en Paipa, Boyacá: símbolo de ritos de conmemoraciones y celebraciones sagradas y profanas.

Texto de: Nina S. de Friedemann

En Colombia, un calendario de fiestas a lo largo y a lo ancho de su territorio enmarca la vida de ciudades y ruralidades. Celebraciones y conmemoraciones en halos poéticos sagrados y sacrílegos se visten con máscaras y disfraces, en comportamientos teatrales y vivencias místicas y dramáticas. La búsqueda de un equilibrio ritual en torno a la realidad cotidiana se expresa en la música y la danza, en la destreza corporal, en la riqueza creativa de la oralidad, el canto, el verso o la mímica. El ornamento, la gala o el traje son improntas de un pensamiento religioso y de un transcurrir mundano en espacios temporales e históricos representados en escenarios festivos.

En las fiestas, los santos católicos procedentes del Viejo Mundo, las memorias aborígenes de la selva amazónica, las huellas de las deidades africanas con máscaras de vírgenes cristianas o las comparsas de letanías, plegarias y ritmos participan en procesiones y paseos, teatro, danza o liturgia.

La meta del ritual de la fiesta parecería ser, en unas instancias, la celebración del vivir y la congoja del morir, y en otras un acto de recuperación de una eternidad sagrada o mundana que, emergiendo del tiempo histórico, se vuelve indestructible para la memoria de las gentes. Mircea Eliade llama a este fenómeno el presente eterno, el cual permite la permanencia ritual del evento histórico y mítico en la vida cotidiana de los humanos.

En este libro sobre Colombia, sus fiestas se presentan como rituales de comunicación, cada uno con su sistema propio de signos ya sea en el ámbito de lo sagrado o de lo mundano: en una procesión de Semana Santa en Mompox o en un festival vallenato en Valledupar. El estudio de la puesta en escena de cada fiesta revela la existencia de visiones mitológicas, de creencias y de sueños, o de vivencias sociales e históricas, que a manera de trasfondo irradian el acontecer de cada celebración. Así, estudiar las fiestas en Colombia es un camino alegre lleno de ritmos inesperados, de realidades maravillosas, y de ficciones verdaderas que permiten acercarse al conocimiento de la diversidad de sus pueblos.

Los indios Ufainas o Tanimukas de la Amazonia viven sobre los ríos Mirití y Apaporis. Entre ellos, la danza de enmascarados de tigres, gavilanes, dantas, chulos, osos, arañas y grillos en la maloca es una ceremonia que propicia la cacería. Su ritual aviva el mito de Makuémari, la boa dueña de los animales que vive enroscada sobre uno de los mundos o cielos del cosmos. De acuerdo con la tradición, estudiada por el antropólogo Martín von Hildebrand, el cosmos es una gran pirámide con la forma de la maloca, su casa, y el primer mundo es el de Makuémari, según dicen, también dueño de las frutas silvestres. El mundo que se le superpone es el de las frutas cultivadas y a éste, a su vez, se le yuxtapone el de los chulos, o sea el tercer mundo, al cual también se conoce como el de las enfermedades. Sigue el de las estrellas, la música y las abejas, al cual se sobrepone el camino del sol, ubicado debajo del mundo de los cuatro Imarimákanas, los creadores, esencias de pensamiento. Ellos simbolizan la eternidad al proyectarse sobre las cuatro columnas centrales que sostienen la maloca. Signos y mensajes de esa tradición aparecen en sus cantos y danza.

En ámbitos urbanos de la fiesta, el desfile de silleteros en Medellín puede interpretarse como la metáfora de una historia sublimada en torno a un medio de transporte colonial, que ha permanecido en la memoria de las gentes de la región antioqueña. De acuerdo con el estudioso Edgar Bolívar, al recrearse, dramatizando ceremonialmente el culto a lo floral, reafirma festivamente la identidad regional antioqueña. A propósito de tal historia, los viajeros del siglo XIX siempre anotaron como una experiencia singular la existencia de los silleteros y cargueros: hombres de complexión atlética, con una fuerza tan legendaria como la de Hércules y capaces de caminar sin descanso, con pesadas cargas, varios días por las montañas de los Andes. En su crónica de viaje de 1825, Carl August Gosselman, viajero sueco, anota fastidiado cómo su pesado equipaje fue transportado de un lugar a otro sobre la espalda de un carguero. Y cómo a él mismo le tocó montarse en el asiento de un silletero durante una travesía de tres a cuatro días entre Juntas y Cejas por riscos y desfiladeros.

Hasta hace pocos años, en la ciudad de San Juan de Pasto, el actual carnaval andino de blancos y negros se conoció como “La fiesta de los blanquitos y negritos”, cuyas raíces como fiesta popular se trazan según el auto sacramental sobre la Epifanía y la visita de los reyes magos al Niño Dios en Belén. En 1880 –dice Lydia Inés Muñoz– un rey blanco, otro negro y uno aborigen indio montados a caballo recorrían las calles de la ciudad. Con el tiempo, la definición popular de la fiesta tomó visos seculares de carnaval. En la fiesta, las gentes procedieron a trastocar sus status cotidianos socio-raciales. Mediante el embadurnamiento del cuerpo un día de la fiesta con harina y el siguiente con carbón molido, se da rienda a la inversión de oposiciones binarias propuesta por M. M. Bakhtin para interpretar el carnaval. El príncipe se vuelve pordiosero, la fea se torna bella, el negro se convierte en blanco. Los símbolos del juego hacen hincapié en la experiencia histórica colonial de la región nariñense que confrontó a “blancos” descendientes de españoles con indios y negros descendientes de africanos.

 

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