Fiestas

Celebraciones y Ritos de Colombia

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Introducción

Carnaval andino de blancos y negros. Pasto, Nariño.
Carnaval en Barranquilla, Atlántico.
Carnaval en familia. Riosucio, Caldas.
Carnaval del Diablo. Riosucio, Caldas.
Pólvora para el carnaval del Diablo. Riosucio, Caldas.Rostro de la fiesta en la feria de Cali, Valle del Cauca.
Salida del Diablo. Riosucio, Caldas.
En Medellín, la ciudad de las flores, Antioquia.
En Curramba la bella. Barranquilla, Atlántico.
Celebración de la vida y congoja de la muerte. Carnaval andino de blancos y negros. Pasto, Nariño.Reina del carnaval andino de blancos y negros. Pasto, Nariño.

Texto de: Benjamín Villegas Jiménez

El hombre se cubre con la piel de caimán, mete la cabeza entre los hombros, extiende los brazos como si flotara en el aire y comienza a nadar bajo el sol y la canícula. A su lado pasa el monótono sonido de las chirimías, pasan mujeres de polleras de flores y palmas prontas al ron y la alegría, pasan los altavoces que celebran la cumbia y los patrocinios, con su arrugado esqueleto de circunstancias pasa la señora muerte que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa, pasan los rudos bogas que abrazan la cintura de las mujeres de todos, pasan las alumnas del Colegio de la Presentación con la ansiosa inquietud del encuentro furtivo y de los libros de química, pasan las parturientas, los de malos hígados, los tenientes de Policía, los agentes, los comerciantes y seminaristas, los desocupados que trasladan su ocioso contemplar de las palomas en los parques a la bulliciosa participación en los desfiles, pasan las solteronas en flor y las viudas y los delincuentes en vacaciones y ejercicio, y allí, bajo los cocoteros y las ceibas, lo más lejos posible de la casa cural, de los juzgados y la cárcel del municipio, arman la de Dios es Cristo, con hombros que sacuden las nubes y las convierten en puro son, en un ocho que es el infinito del sudor y la sed, en la embriaguez de vivir, de bailar, de leer el lenguaje de las estrellas. Es la fiesta que se extiende bajo la piel, que huele los agrios olores humanos hechos de emociones y de miedos, que mira el rojo sangre de la sangre de las peleas de gallos, las plumas multicolores, el ruedo que trepida bajo el metálico pasodoble del trombón, de los platillos, el toro que salta a la arena, que persigue el trapo sin trapío, que revuelca a un banderillero y oye pitos, la fiesta que no teme poseer y ser poseída, que en la madrugada cae bajo la mesa y luego se levanta para seguir la danza del garabato, para llegar a Barranquilla.

Esta fiesta es todas las fiestas juntas, sagradas y profanas, lívidas y libidinosas, procesiones de Mompox, semanas mayores de Pamplona y otras semanas santas, festivales del Diablo de Riosucio y del diablo cojuelo, de negros y blancos en Pasto, de desfiles de amazonas sin Amazonas (y de cabalgaduras), en Cali y Manizales, de Corpus en Anolaima con sus frutas, de tiples y de guitarras como fondo del Mono Núñez, de ritos de los tukano, de los guahíbo, de los emberá, de los sibundoyes, de los guajiros, de los wayúu, de bailes de la chichamaya y carreras de caballos y ferias de pueblo y festival vallenato y teatro de Bogotá y Manizales, y teatro callejero y danza en la calle y danza en el escenario, y chivas con bandas de música pintadas y bandas de música en vivo y en directo. Esta es la fiesta de las risas que van y vienen y viven aquí y allá, vivitas y coleando, en el coleo de los Llanos, en las corralejas, en las cometas de la Villa, en los silleteros de Medellín, fiestas con tradición y sin ella, fiestas con reinas y con reinados de belleza, con viejos y niños y hombres y mujeres y otros seres humanos e inhumanos, disfrazados, enmascarados, pintados, embetunados, con máscaras para ser usadas como se deben usar, como una forma de decir lo que hay que decir cuando se debe decir como se debe decir esta verdad de la fiesta en Colombia, monda, lironda y marimonda.

Fiesta, festejo, festín, festival. Vieja, vencejo, violín, vendaval. El lenguaje se queda corto para decir sin academia, para nombrar todo lo que es y hace este espectáculo de vida en el sombrío reinado de la muerte, pero es más, esta hermandad de amor y odio, de cero e infinito, de bien y mal, de ángel y demonio. Aquí la vida se mira en la muerte, el ángel de Dios en el hermoso Diablo de grandes cuernos y cola de vaca. Y la muerte y el Diablo permanecen, danzan, cantan, atraviesan la noche para llegar en un abrazo hondo al nuevo día, como dos comensales más que también van a morir para ser condenados al fuego eterno. El Diablo, la muerte, la zoología. Aquí están, hechos de persistencia y de papier maché, en los carnavales y en las procesiones, en los juegos, en las ebriedades que hoy son y mañana permanecen, como una forma esencial de asirse a la vida, de creer en el amor, en la verdad, en la razón, de afirmarse por siempre y para siempre en el Paraíso. Pero hasta las puertas de ese Paraíso la fiesta contará con la compañía de serpientes de innumerables patas que bailan al son que les toquen, de dragones de grandes fauces que echan fuego por boca y narices, de sapos, iguanas y camaleones, de unicornios, de toda una zoología fantástica soñada en los sitios más inusitados y humildes, en las máquinas de coser, en los tarros de engrudo.

Estos son cuerpos para esconder el cuerpo, el enemigo, dispuesto siempre a complacernos, a hundirnos en la modorra, a acariciarnos como Venus, cuerpos hechos de sentidos y de deseos, del placer de mirar y ser mirados, de oír y ser oídos, de gustar y ser gustados. Las fiestas son sólo cuerpo, sólo piel hecha de ondulaciones y penetraciones. Para ellas se prepara el país entero, el blanco que echa mano de las máscaras y de las mascaradas, el indígena que baila alrededor de la maloca en una confusión de ritos y de creencias, el negro, tan visceralmente propio, en San Pacho, en Tumaco, con alabaos y lamentos. Estas fiestas de siempre, las de la Comisión Corográfica, las de los viajeros de los siglos XVIII y XIX, las de Cordovez descritas con ojo de águila. “La estación de carnaval –cuenta él– se abre en todas partes desde mediados de noviembre, para terminar el martes anterior al Miércoles de Ceniza... (En ellas) impera la costumbre de divertirse disfrazándose casi todas las noches para ir a bailar en la casa que más acomode, sin previo aviso a la parte interesada. Al efecto, se reúnen y se dirigen a la morada designada; llaman a la puerta y al preguntar de adentro ¿quién llama? –Mojiganga– responde el que hace la cabeza, palabra sacramental que abre toda puerta. El que dirige la fiesta llama aparte al anfitrión forzado, se descubre a fin de que vea con quién se entiende en el caso improbable de que se cometa alguna falta, y empieza la jarana”.

En este libro empieza la jarana. De él sale la música del Caribe, la música negra, la andina. En él se oyen los bundes, las contradanzas, las cumbias, los vallenatos, las guabinas. Aquí hay ceremonias que ayer fueron, que hoy desaparecen. Todo en este país desaparece. Nuestra tarea es la de acelerar la muerte de la muerte y, al mismo tiempo, detener otra forma de muerte que es el lento deterioro de la memoria que se pierde. Quizás algún día nos recordemos cómo somos. Somos como este libro, como esta emoción vital de colores y música. Estamos hechos para la alegría verdadera. Esa alegría tiene que ser profunda, debe salir del fondo del corazón para que permanezca. Ojalá nadie pueda escribir jamás, como epílogo de la historia, lo que el señor Cordovez dejó consignado al final de capítulo que dedicó a las Carnestolendas. “La civilización que hemos alcanzado –dice– dio en tierra con esa antigua costumbre, sin establecer nada digno en su reemplazo”.

A las 6 de la tarde la ciudad sigue su marcha inalterable. Llueve. El frío se apodera de todo, del ánimo y los huesos, de la multitud que va a su casa. Pero de pronto un rictus de alegría dibuja el ánimo y señala el ambiente. Y es que el viernes será viernes, será fiesta y, por qué no, es posible que sea Barranquilla.

 

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