Gonzalo Ariza

Pinturas

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Alrededor de mi pintura

Texto de Gonzalo Ariza

Es muy fácil hacer autocrítica en determinado momento, por ejemplo con motivo de una exposición de obras realizadas dentro de un lapso de tiempo más o menos corto. Pero cuando se trata del trabajo realizado durante largos y cambiantes años resulta más difícil, porque hay errores que se justifican por determinados aspectos del ambiente y como éste también cambia, aciertos que no hallaron eco en su momento y no pudieron desarrollarse. Con el transcurso de los años es solamente la persistencia en su obra la que llega a precisar un indefinido propósito inicial del pintor.

Transcurrieron mis primeros años entre las enseñanzas del colegio y el estudio
fotográfico de mi padre que, en el Bogotá de ese entonces, cultivaba su profesión como un auténtico arte, comprometiéndolo a veces con la política. Mi carácter retraído me hizo buscar un trabajo más personal y cuando decidí dedicarme a la pintura, tras una conversación con Roberto Pizano, fue el consejo de mi madre el que me impulsó a seguir mi vocación. En esa época ser artista era una verdadera aventura que las familias rechazaban y no como hoy que es una profesión ambicionada por muchos.

En los primeros años de estudio experimenté lo que creo es normal en todo estudiante, la reacción contra la Academia que se tradujo en ensayos de cubismo, surrealismo o socialismo. Reacción inútil y engañosa porque la ansiada libertad artística se transformaba en una nueva esclavitud, la dependencia de la academia moderna. Buscar lo propio resultaba imposible ya que no había más caminos que un falso indigenismo o una supuesta tradición colonial. Años más tarde comprendí que todo artista tiene una o varias influencias. Pero para nosotros los colombianos que
siempre amaremos la libertad, lo importante es poder elegir esas influencias libremente y no coaccionados por la imposición de maneras de pensar, modas o costumbres.

En 1936 una beca para estudiar artes gráficas en el Japón me puso en contacto con el arte orienta¡, vasto océano desconocido para nosotros en esos años. Adelanté estudios de grabado y litografía en la Tokyo Koto Kogei Gakko y recibí algunas lecciones de pintura de Foujita que por ese entonces había realizado sus más hermosos dibujos en Bolivia y Perú. Mi experiencia más importante en el Japón fue el contacto con una cultura viva, donde el arte no es cosa de museo sino actividad de la vida diaria, auténtico arte de] pueblo que lo mismo está en la pintura, en los jardines, en el teatro, en la ceremonia de] té, en las artesanías y en todas las actividades de la vida diaria. Arte auténtico del pueblo porque es su propia expresión y no está destinado a una pequeña élite, gusto por la simplicidad de la arquitectura que es igual para nobles o campesinos, arte inteligible
para todos que lo mismo se expresa en la caligrafía o el arreglo de flores. Además, una tradición viva, interrumpida, que no choca con los adelantos tecnológicos y le permite practicar el Zen con las motocicletas.

En Asia la cultura se ha transmitido por persuasión y deseo de saber, sin mosquetes ni adoctrinamiento. El budismo, una religión de dulzura que es una verdadera teoría del conocimiento, pasa de la India a China donde se transforma de acuerdo con la índole del pueblo y las filosofías imperantes. Ya en el siglo VI llega de la China al Japón y nuevamente se transforma al fundirse con el culto local de la naturaleza, la nitidez y la limpieza, el Shintoísmo. 500 estudiantes japoneses viajan a China para estudiar durante 30 años y a su regreso llevan no sólo la doctrina sino también sus manifestaciones en la caligrafía, la arquitectura, la escultura, la música y las demás artes. Distinta es la evolución de América Latina donde la ferocidad de la conquista española destruye para siempre las culturas precolombianas. En México sobre los 400 templos de Cholula se edifican 400 iglesias de una arquitectura diferente y sólo se salvan las tumbas y algunas pirámides que la pereza del Batallón de Demoledores recubre con tierra. Los templos del Sol que los chibchas construyeron en madera recubierta de lámina de oro son desvalijados y su arquitectura es presa de las llamas. Del Cuzco sólo quedan los cimientos que se utilizan para las construcciones españolas y las ruinas de Machu Pichu son apenas un mudo testimonio de su pasada grandeza. La pintura, última oleada del Renacimiento trasladada a Nueva Granada, México y Perú, produce en Santafé una hermosa floración con Gregorio Vásquez para pronto marchitarse y es sustituida después de la Independencia por la Academia española y a mediados de este siglo por la Academia moderna de la escuela de París. Es una influencia, es cierto, como la tiene todo arte, y no se trata de discutir los valores europeos. Pero es una influencia impuesta por que no existe otra alternativa para el artista y poco o nada importan los gustos o características regionales de quienes la reciben.

Hasta el momento América Latina ha mirado hacia un sólo lado, hacia Europa, limitándose a seguir sus corrientes artísticas y culturales, desde la filosofía del Renacimiento hasta la filosofía marxista. Es apenas ahora cuando el ejemplo de América del Norte que sí está mirando a Oriente y Occidente, nos hace conscientes de la libertad que tenemos de buscar nuestra propia identidad. Esta solo podrá encontrarse en años venideros, cuando después de mirar a ambos lados miremos hacia nosotros mismos. Por el momento es difícil prever qué forma tendrá nuestro arte porque es tarea de nuevas generaciones, de muchos y variados esfuerzos.

Fue esta influencia de los escritores europeos de principios de siglo la que nos llevó a pensar que Oriente., más concretamente el Japón, era exótico. Lo era para ellos, pero no para nosotros. Para mi experiencia personal resultó casi familiar. La primera visita al Museo de Arqueología de Tokyo estremece al estudiante colombiano por la similaridad de las figuras Haniwa con la cerámica de los aztecas, incas o chibchas. Es entonces cuando se despierta una nostálgica simpatía por un remoto pasado común que no podrá borrarse nunca.

Ese remoto pasado común, esa sensación de arte oriental que se percibe en los objetos incas, en el Museo de Antropología de México o en el Museo de Cerámica de Bogotá, se va comprobando científicamente cada día con los datos que aportan arqueólogos y etnólogos para establecer su unidad. Lo que los geólogos llaman el anillo de fuego por su inestabilidad sísmica, la cordillera de los Andes, circunda el Océano Pacífico coronada por las cimas nevadas de Osorno, el Chimborazo, el Tolima, el Popocatepetl, la Sierra Madre, y en el Japón, el Hizan y el monte Fuji. Este círculo que cierran al sur las cadenas volcánicas de Malasia y Polinesia fue el escenario común de las culturas precolombianas. Es curioso que al otro lado de nuestra cordillera no se hayan encontrado restos apreciables de culturas indígenas. Ciertamente los guaqueros perderían su tiempo tratando de encontrar huellas de antiguos imperios en Nueva York, Miami o Buenos Aires. En cambio, la zona predilecta de los arqueólogos recorre una línea prácticamente interrumpida desde Alaska, los indios Pueblos de California, los Mayas, los Aztecas, los Chibchas, los Incas, las islas de Pascua y Papete hasta las costas de Asia.

Debiéramos revisar la historia del arte y sus clasificaciones. Porque la historia de la cultura se nos enseñó con un sentido lineal tan simplista que podría resumirse así: Grecia, Roma, (la Edad de las Tinieblas), el Renacimiento, las Tres Carabelas y ya estamos en la Atenas Suramericana, en pleno Bogotá. Esa idea lineal de la historia del arte está tan arraigada que el artista desde que nace está comprometido con una ideología o un estilo o con su antítesis que es lo mismo al revés. Porque no se trata de que Picasso sea bueno y Rafael malo, o viceversa, sino de la imposición de su influencia. Y la influencia de Occidente ha sido impuesta bien sea por la fuerza de la conquista o por la fuerza del dilema. Esta última conduce a muchas de las conclusiones absurdas que se oyen a diario, por ejemplo, si a Usted no le gusta Picasso es porque es «clásico»...

Nuestra historia cultural así falseada no podía coincidir cronológicamente con la fecha de la independencia de nuestros países, porque no existía una cultura indígena que se pudiera proseguir o restablecer. La colonia artística se prolonga hasta nuestros días, aún en la misma Cuba después de su reciente revolución.

Extinguido por consunción el arte virreinal, la sombra de Goya se extiende sobre América Latina. A las picarescas majas de principios de siglo, a los teatrales retratos de generales, siguen el culto a la violencia, las tauromaquias, la burla de Las familias reinantes, el surrealismo de los caprichos y aparatos volantes, los horrores de la guerra, las brujas, los guerrilleros y contrabandistas de la sierra, «los monstruos que el sueño de la razón engendra», esencia de Goya. Son los temas con que Picasso y Dalí dominan de nuevo el arte latinoamericano. Coloniaje artístico en formas nuevas.

Es cierto que en México los muralistas desarrollaron una titánica labor para conseguir su libertad artística, pero incurrieron en una imperdonable contradicción al adoptar de nuevo la tradición europea de Masaccio, Goya y Picasso. En el caballo blanco de Emiliano Zapata está presente el Renacimiento Italiano, las pesadillas de Goya atormentan a José Clemente Orozco y a José Luis Cuevas y la Guernica de Picasso domina a Siqueiros y Rufino Tamayo. Era apenas natural que miraran hacia un solo lado como lo hacemos nosotros. Pero si hubiera sido posible en ese entonces una influencia más, si la técnica de los frescos de Ajanta hubiera sido utilizada por Diego Rivera, si los caballos Kano le hubieran infundido su espíritu y movimiento al de Emiliano, si José Guadalupe Posada hubiera visto los grabados Ukiyoe y José Clemente Orozco las pinturas Zen en blanco y negro, es seguro que el movimiento mexicano con sus profundas raíces indígenas se hubiera universalizado, centrándose entre oriente y occidente y hoy dominaría el mundo artístico.

Fue, sin embargo, tan importante el movimiento mexicano que se llegó a afirmar que el colombiano estaba incapacitado para las artes plásticas y sólo tenía talento para expresarse en literatura. Yo estaba convencido de que lo único que faltaba eran condiciones favorables para el desarrollo y decidí hacer un experimento en pequeñísima escala. Un grupo de campesinos empezó a trabajar a nivel artesanal, sin ninguna instrucción artística y con los más primitivos elementos, arcilla y un horno de leña. El resultado fue sorprendente y una exposición de más de 300 figuras, organizada por Eduardo Carranza, fue la mejor demostración de las capacidades artísticas de nuestro pueblo. Años más tarde, a otro nivel y gracias al talento de Fernando Botero, nadie duda de las capacidades del colombiano para las artes plásticas.

El interés por la cerámica me hizo pensar en la posibilidad de hacer murales esmaltando baldosas de barro cocido, laborioso esfuerzo de poco éxito ya que el mural sobrepasa las capacidades de la iniciativa individual. No ha existido entre nosot ros un interés de parte de los gobiernos por desarrollar movimientos colectivos de arte, ni existen grupos o asociaciones de artistas, fuera de una pequeña nómina organizada publicitariamente para lucro de unas cuantas galerías.

El proceso de la pintura en Colombia es muy reciente y podría afirmarse, sin exageración, que todo está por hacerse. Nuestra gente, esa maravillosa mezcla de razas cuya imagen apenas se vislumbra, todavía espera sus intérpretes. En el campo de la escultura son notables por su autenticidad las obras de artistas transitoriamente opacados por el brillo publicitario de la chatarrería.

Personalmente me ha interesado el paisaje como modo de expresión y por ser lo más propio y auténtico que tenemos. Además por su belleza y variedad que lo hacen único en el mundo. También está por pintarse. Muchas veces se experimenta la agradable sensación de estar dibujando por primera vez determinada especie de árbol, por lo común sin nombre y hasta regiones enteras que nunca han sido visitadas por un artista, aún dentro de las vías más trilladas como las que yo he recorrido. En Europa el paisaje tiene algo más de un siglo, en Oriente más de un milenio. En nuestra propia tradición apenas se inicia con las reseñas de la Expedición Corográfica que organizó Tomás Cipriano de Mosquera y las acuarelas y dibujos de los viajeros, extasiados con su grandiosidad, como Riou y Mark. Etapa ésta puramente descriptiva a la cual debe seguir la educación de las sensaciones y percepciones, la formación de las propias capacidades del artista que le permita entrar en la tercera etapa, la expresión. Son tres etapas que corresponden históricamente a la sucesión de naturalismo, impresionismo y expresionismo. Este ciclo se realiza indefectiblemente, bien sea dentro de un mismo individuo sin orden aparente o en épocas diferentes en una sucesión de distintos artistas.

Lo primero debe ser conocer una pequeña parte del paisaje colombiano, lo cual supone una larga labor de estudio de la metereología, la estructura geológica, la vegetación, la fauna y mil aspectos más que se presentan en forma avasalladora e instantánea ante el artista. Quizás sea ése uno de los factores que limitan mi obra a una parte del páramo, la sabana, la zona cafetera y escasamente el río Magdalena, pero ése reducido y vastísimo escenario siempre ha estado para mí lleno de misterio.

Difícil encontrar un paisaje más propio y con características más definidas que el páramo, zona que desde los 3.000 metros se extiende por las cordilleras desde el Ecuador hasta Venezuela. Es un paisaje inédito en la pintura. Extrañas formaciones rocosas cubiertas de arbustos que crecen tan pequeños como bonsai por la corta distancia que entre sus articulaciones determina la intensidad de las radiaciones ultravioleta, helechos duros, plantas insectívoras, musgos blancos y arbolitos con semillas de colores que todos los años adornan los pesebres. Fué San Francisco de Asís, inventor de los pesebres, inspirado por los viajeros que desde China recorrían la Ruta de la seda, el iniciador de este culto a la naturaleza. Se extiende el páramo en vastas extensiones de frailejones con peludas orejas de burro y racimos de pequeñas flores amarillas que harían la felicidad de Van Gogh. Al descender un poco, entre el húmedo bosquecillo de una cañada, se destacan entre la niebla los sietecueros de flores violeta y púrpura con el esplendor de
una pintura Rimpa. Son todos elementos que están esperando pintores que interpreten el auténtico paisaje andino, con sus inverosímiles cielos de un azul tan profundo Lindo que casi se perciben las estrellas y otras veces desvaídos por las ráfagas de niebla.

El recorrido paciente de la sabana, tan amenazada de desaparecer por la creciente urbanización, y especialmente de los cerros de Bogotá, me llevó a la roca de la Peña para dibujar el paisaje que desde allí se contempla. Semejante en su formación a un pequeño Machu Pichu, infunde a la región un extraño sentimiento místico y siempre he creído que los chibchas tallaron en la piedra figuras que más tarde fueron remodeladas en las imágenes que hoy día se veneran en la iglesia. Según relatos de la tradición el soldado español que las descubrió, desde San Victorino, vió que brillaban en la tarde como si fueran de oro. Seguramente los chibchas recubrían sus imágenes con lámina de oro que les permitía modelar las facciones sobre las toscas piedras talladas y es posible que muchas de las que hoy llamamos máscaras tuvieran ese uso. En todo caso ese sentimiento místico de la naturaleza, casi animista, debió inspirar tanto a los chibchas como a los españoles para construir sus altares en sitios como éste.

Misty, mistic, misterious, son términos que se usarían con facilidad para describir sitios como la Boca del Monte, en el camino que de Bojacá conduce al Ocaso o cualquiera de las fantásticas vistas que se observan al descender de la Sabana de Bogotá. La intensa evaporación de los valles de tierra caliente levanta el vapor convertido en nubes que penetran, casi a ras de tierra, por los boquerones. Es la nubo - selva y entre la niebla se descuelgan los antiguos caminos de herradura que construyeron los indígenas. El movimiento de las nubes deja entrever a lo lejos, en increíbles azules de mariposa de Muzo, la tierra caliente y encima de ésta, por fugaces minutos, las cumbres nevadas del Ruiz y del Tolima. Región de helechos arborescentes con troncos tan duros como el hierro y toda clase de plantas epifitas. La nubo - selva es el ambiente natural de las orquídeas. De sus 3.000 o más variedades sólo he pintado algunas y siempre me ha extrañado que no sea nuestra flor nacional en su más auténtico sentido. Porque las orquídeas estaban aquí, eran nuestras flores de monte antes de que se importaran las plantas de ornato para los jardines urbanos. Todo rancho en Colombia debiera tener una espléndida colección de orquídeas siendo tan fácil su cultivo y hallándose todavía en estado natural. Hacia comienzos del siglo pasado los odontoglosos se encontraban por fanegadas cerca de Bogotá, hoy día resulta difícil encontrarlos fuera de los viveros. Variedades espléndidas como las stanhopeas o las catleyas que tan fácilmente prosperaban en los troncos de los árboles de clima medio, están a punto de desaparecer.

En el límite de la nubo - selva, en el clima medio de la región cafetera de La Mesa, se encuentra uno de los paisajes más cambiantes. Cuando predominan los vientos húmedos del Tequendama el paisaje se disuelve en formas insólitas dentro de una atmósfera plateada en que todo parece flotar, unos minutos después las formas recobran su nitidez con el brillo del sol. Durante los meses de verano la floración de gualandayes, ocobos y cámbulos evoca la más resplandeciente miniatura hindú. A la increíble belleza de esa región debo muchos de mis paisajes. Más abajo se extiende el bosque pluvial hasta la costa, región de la cual no tengo experiencia pictórica y que tan bellamente interpretó en sus acuarelas Hernando Lemaitre.

En términos similares pudiera hablarse de otras regiones de Colombia, Ecuador o Perú. Nuestro paisaje y nuestra gente son iguales. Nuestro remoto pasado tuvo el mismo escenario andino vinculado a las culturas del Pacífico. A la destrucción de la conquista siguió la misma efímera floración del arte colonial y posteriormente hemos pasado por las mismas influencias, hasta este momento en que el anhelo común debe ,ser encontrar nuestra propia identidad.

La labor de los artistas, no importa cuán modesta sea, debe contribuir a formar lo que hace algunos años el Dr. Alfonso López Michelsen llamaba «el nacionalismo latinoamericano que se impone establecer cada día. No se trata», decía, «únicamente de una herencia cultural y de una comunidad de tradiciones. Es algo más. La emergencia de una raza nueva con perfiles propios, con valores diferenciados de las otras latitudes, que va en pos de una autenticidad continental, ansiosa de hacerse presente en el concierto de las naciones, con una afirmación tan rotunda, nacida del íntimo orgullo, como la de los antiguos romanos que pisaban firme diciendo: Civis Romanum sum, diciendo ahora: Somos latinoamericanos, en voz alta y con la frente erguida. Esta unidad anímica constituye nuestro denominador común, porque la Providencia nos prodigó un tratamiento igual, al situar las cunas de las figuras cimeras de nuestro Continente, sin distinguir entre grandes y pequeños. Lo mismo le dió un Juárez a México que un Rubén Darío a Nicaragua, un Rodó al Uruguay, un Bolívar a Venezuela o un Martí a Cuba».

 

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