Gregorio Vásquez

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A guisa de Apéndice

La Virgen con el Niño (D-31). 43 X 31 cms. MAC, Bogotá. La Huida de Lot (C. 316). 1700. 0.92 X 1.41. Col. José M. Gómez  O., Bogotá. El niño de la Espina. (C. 307) 1.10 X 0.84. MAC, Bogotá. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox. Col part., Bogotá.  Santiago El Mayor. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox. Col part., Bogotá.  Santo Tomás. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox. Col part., Bogotá.  San Pedro. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox. Col part., Bogotá.  San Bartolomé.Martirio de Santa Rosa de Viterbo (C. 203). 0.89 X 0.67. M. del S., Bogotá. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox. Col. part., Bogotá. San Matías. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox. Col. part., Bogotá. San Juan. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox. Col. part., Bogotá. San Andrés. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox. Col. part, Bogotá. San Judas Tadeo.San Francisco de Asis (C. 308=. 0.80 X 0.53. MAC, Bogotá. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox.  Col. part., Bogotá. San Simón. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox.  Col. part., Bogotá. Santiago El Mayor. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox.  Col. part., Bogotá. San Mateo. Los Doce Apóstoles (C. 361). 0.12 aprox.  Col. part., Bogotá. San Felipe. La Virgen con el Niño y San Libro (C. 180). 1701. 0.45 X 0.39. M. del S., Bogotá. Jesucristo Crucificado (C. 117). 1697. 1.79 X 0.90. Palacio Presidencial, Bogotá.Muerte de San Francisco Javier. (C. 273). 0.81 X 1.25. Col. M. Escobar de Gómez. Bogotá. Desposorios Místicos de Santa Catalina de Alejandría (C. 139). 0.50 X 0.70. MAC, Bogotá.

Texto de Roberto Pizano

¿ Y cómo, Vásquez, olvidarte? Vela tu Patria por tu honor…
(J. J. Casas: Oda a las Artes)

A obra de Vásquez está dispersa y ha sufrido grandes vicisitudes. Cuando sea más conocida, lograrán encontrarse en el extranjero, si se pone interés en ello, algunos de los lienzos más notables. La fama de¡ artista se extendió tanto en su tiempo, que sus cuadros eran solicitados desde Méjico, a pesar de haber allí una escuela tan numerosa de pintores. En la misma Catedral de Quito,) debe conservarse un cuadro que Vásquez obsequió a Miguel de Santiago para corresponder a los Misterios del Credo, que éste le envió en 1673 y que se guardan en la Catedral de Bogotá. Muchos personajes que regresaban a la Península, Visitadores y Ministros de los Gobiernos Real y Eclesiástico, llevaban retratos ejecutados por Vásquez y cuadros de devoción pintados de su mano. Personas entendidas y dignas de crédito afirman haber visto pinturas del mismo en iglesias españolas. Don Manuel Cordovés Moure sostenía haber encontrado en un Museo de Inglaterra un cuadro de Vás Vasquez clasificado como de autor desconocido de la escuela sevillana. Por su parte, el pintor bogotano don Pantaleón Mendoza aseguraba que un cuadro atribuido a Murillo que se conserva en el Vaticano es un Vásquez legítimo. Don José Caicedo Rojas da noticia de dos cuadros de Vásquez que un extranjero compró a bajo precio y consiguió hacer figurar en una Exposición europea como ejecutados por Zurbarán. Muchos salieron sin duda de Nueva Granada durante el período colonial y otros perecieron en Santa Fe, en temblores de tierra y otros accidentes. Así, por ejemplo, el 8 de diciembre de 1761 estalló un incendio en el templo de Santo Domingo. Las mujeres de la ciudad lucharon heróicamente con el fuego y lograron salvar de las llamas altares, imágenes y cuadros, especialmente los de Vásquez, aunque sin poder evitar que algunos se estropearan considerablemente.

Desde el establecimiento de las relaciones diplomáticas entre Colombia y las otras naciones comenzaron a ser grandemente codicidas las obras de artistas coloniales. Apenas hubo representante extranjero que se alejara del país sin llevar algunas de las más valiosas, siendo naturalmente preferidos los lienzos de Vásquez, comprados casi siempre a precios irrisorios. «El señor Quet, Secretario de la Legación Británica, llevó a Inglaterra, en el año de 1833, un cuadro de Santo Tomás de Villanueva, vestido de Arzobispo y con dos familiares, dando limosna a un pobre que la recibía hincado, alargando la mano con el sombrero. Las figuras son de tamaño natural, y, según med dijo él mismo, lo había comprado a un lego de la Candelaria por ocho pesos y una pintura común de la Virgen. »(1) (Groot)

El barón Gros(2) Encargado de Negocios de Francia en Bogotá desde el año de 1834, entusiasta admirador de nuestro artista, llevó varias de sus obras a París; debémosle gratitud por haber sido él y Humboldt los primeros heraldos de la gloria de Vásquez.

Su sucesor, el barón Goury de Roslan, llevo igualmente a París, en 1867, numerosos cuadros del artista. De éstos, cuatro se conservan aún en Francia. Don Carlos Pardo logró adquirir tres: La Huida de Lot [C. 316 Fig. Pág. 13 1], El Niño de la Espina [C. 307 Fig. Pág. 1331 y un San Francisco, que vinieron a formar parte de su Colección. El actual barón Goury de Roslan veneraba en su palacio de los Campos Elíseos, de París, un Cristo [C. 177 Fig. Pág. 144] firmado y fechado por Vásquez en 1697. Deseando contribuir a la formación de un Museo de Vásquez en Bogotá, ha tenido la gentileza de donar este cuadro para tal fin, en memoria de su madre, la señora Teresa Escobar de Goury de Roslan, por intermedio de los autores del catálogo adjunto.(3)

En el año de 1835, los señores Vergara, en su calidad de Mayordomos de la Capilla del Gutiérrez Sagrario y herederos del fundador de ella, comisionaron a su sobrino don Ignacio Gutiérrez para que, en unión de don Rufino Cuervo (padre), vendiera en Europa unos cuadros propiedad de la Capilla, que ellos atribuían a Vásquez y que no ha sido posible identificar porque los comisionados no se cuidaron de mencionar los asuntos, concretándose a anotar que las pinturas eran ocho: cuatro grandes y cuatro pequeñas. Los cuadros en cuestión fueron llevados a Londres, a donde diez años más tarde escribía aún el señor Gutiérrez reclamando se los volvieran a enviar al país. Ignorase si dicha devolución se llevó a efecto, si bien en pro de ella habla la honorabilidad de los encargados de hacerla. Las pinturas no pertenecían a las buenas que poseía la Capilla. De lo contrario, ni la familia Vergara, que tan vigilante amor ha mostrado por aquélla, habría pensado en deshacerse de ellas, ni los señores Gutiérrez y Cuervo se habrían encargado de esta comisión. Debían estos cuadros pertenecer a alguno de los muchísimos imitadores de Vásquez, de quienes la Capilla aún conserva tantas obras. Quizás eran de mano de Juan Bautista Vásquez, hermano del artista. En todo caso tenían un interés histórico y documental, ya que eran representativos del Arte de la Colonia. No fue, pues, de alabar la intención que hubo de venderlos en el extranjero.

Los señores Gutiérrez y Cuervo no insistieron en llevar a cabo esta venta «porque, a pesar de su positivo mérito, juzgaron los conocedores que no era bastante para poder competir con el de obras análogas que se ejecutan en Europa».(4)

Sorprende que los comisionados, en tanto que anotaban circunstancias nimias y hechos que carecían de toda importancia, no consignaran los nombres de quienes dieron tal juicio, cosa que les convenía para su descargo. Este hecho y lo vago de la respuesta de las personas consultadas demuestran que las tales estaban lejos de ser verdaderos expertos, y, como no pudieron apreciar las condiciones de las obras, no se atrevieron a ensalzarlas como era justo, porque a pesar de su evidente mérito aún no estaban consagradas en Europa.

España tiene hoy en el Arte de la Pintura la máxima autoridad mundial, y sorpresa y admiración ha causado Vásquez a eminentes pintores y críticos de Arte españoles. Don Luis Menéndez Pidal, don Rafael Domenech, don Elías Tormo, don Manuel B. Cossio, don Juan Allende Salazar y otras ilustres personalidades han demostrado el más grande interés por este artista, que, en un lugar apartado del Nuevo Mundo, tiene ideas tan justas de las artes e instintivamente se incorpora a la tradición española, haciéndoseles difícil creer que no hubiera sido enseñado en Europa.

Esta última observación, que se ha hecho muchas veces, muestra claro el genio del pintor colonial. En efecto, «¿bajo qué condiciones y circunstancias pintaba Vásquez? En un país de América recién descubierto; recién conquistado a los salvajes, y en una ciudad pobre y metida en el último rincón de este país; cuando todo estaba por crear; sin artes, sin letras, sin gusto, sin modelos para formarlos, sin gloria, sin espíritu de nacionalidad; miserable Colonia, sin más que un gobierno para conservar el orden entre los colonos y hacerles justicia; sin comunicación con el extranjero, si no era en una o dos veces al año, cuando venían los galeones de España, y esto para traer algunas órdenes del Gobierno o algunas cartas a uno que otro negociante,. No había estímulo ni recursos para las artes, aún las mecánicas. No había libros en que estudiarlas, ni donde estudiarlas. ¡Y las obras de este hombre pueden figurar al lado de las de célebres europeos, y aún con ventajas respecto de muchos de ellos!» (Groot.)

Años después, el gran filólogo don Rufino J. Cuervo, con el exclusivo fin de defender lo hecho por su padre, justa e incesantemente desaprobado por todas las personas de criterio artístico, afirma que el mérito de Vásquez es relativo y la opinión que de él se tiene exagerada en extremo, lo cual intenta demostrar basándose en lo que constituye el mayor mérito y motivo de gloria para el artista:; que en esa época Bogotá, «donde nació y vivió, era apenas una aglomeración informe de emigrantes, sin la menor idea de lo que es el ideal y la belleza. Un poeta, un filólogo pueden formarse en medio del desierto (bien lo demostró el señor Cuervo); pero al pintor no le es dado brotar y desarrollarse sino en medio de la civilización y de la opulencia»(1).,

A esto arguye Groot:

«La reflexión sería buena si sólo se tratase de ingenios comunes; si se le niega a la Naturaleza la facultad de producir grandes genios. pero la Naturaleza los produce en todos tiempos y bajo todas zonas; y dondequiera hacen portentos, y superan todas las dificultades, dominando las circunstancias. Vásquez fue uno de estos genios. Vásquez nació pintor, como Pascal nació geómetra, y Horacio poeta. »

Estas razones convencieron al señor Cuervo. Así, declara más tarde que «las pinturas de Vásquez son para nosotros de suma importancia y necesarias para la historia de arte en nuestro suelo, y deben conservarse como monumentos»; pero pierde su ecuanimidad ante la aseveración de que su padre y el señor Vergara no estudiaron el punto con la atención y el escrúpulo debidos, y afirma que el juicio que éstos oyeron en París lo ha visto corroborado más tarde por famosos expertos, a los cuales también se abstiene de nombrar, y termina: «Lo mismo oirá el que quiera darle al pintor bogotano una gloria que no le corresponde», a lo cual el autor de este escrito se permite replicar «Pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos, y no os digo más.»

No obstante la dogmática conclusión de¡ señor Cuervo, los cuadros de Vásquez son esencialmente populares, conmueven al pueblo y deleitan a los cultos, y su mérito ha sido reconocido de generación en generación durante tres siglos por el juicio unánime de la colectividad.

Por el mucho respeto que nos merece la memoria de quienes tanto honraron al país nos habríamos abstenido de tratar este punto si no fuera porque la vasta ciencia del señor Cuervo en materias filológicas ha ofuscado a historiadores de evidente buena voluntad, los cuales renuncian a emitir un juicio propio, que necesariamente habría de ser favorable al artista, y transcriben por respeto el apasionado y erróneo del eminente gramático, que no se puede continuar admitiendo con espíritu adormecido.

Varias veces se ha intentado reunir y catalogar las obras de los artistas coloniales. En el año de 1859, el señor Groot publicó, junto con la biografía, la «Noticia descriptiva de algunos cuadros de Vásquez, con el intento de hacer reparar en ellos para que no los pisen las nuevas generaciones que van pasando cada día más desapercibidas, únicamente entregadas a la política que esteriliza el ingenio y mata el buen gusto». Menciona alrededor de cincuenta cuadros de Vásquez y cinco de Baltasar de Figueroa. De muchos de aquéllos hace un análisis que nosotros transcribirnos cuando el acierto de sus observaciones les da un especial interés (cortando algunas frases que alargarían demasiado la materia), y asimismo cuando se trata de lienzos hoy desaparecidos, caso por desgracia muy frecuente, debido a la incuria en que se los conservó. De ésta se quejaba amargamente el señor Groot: «No puedo pasar adelante sin deplorar la funesta facilidad con que en nuestra tierra se ponen en manos del primero que San Bartolomé

llega las obras de pintura y escultura para que las limpien; para que les den color, como dicen. Otras veces blanquean con tierra las fachadas de arquitectura y las estatuas que las adornan, como se ve en la portada de la iglesia del Colegio del Rosario, haciendo perder su mérito intrínseco a las obras. He visto efigies muy buenas, las más de ellas de Cristos, lastimosamente desfiguradas a fuerza de llagas y cardenales hechos con vermellón y azul de Prusia. Yo tuve el gusto de rescatar el cuadro de la Adoración de los Pastores, [C. 5 7] pintado por Vásquez, que está a la espalda del coro de la Catedral. Le entró gana de limpiarlo al Mayordomo de las Animas, y sin preparación ninguna le pasó la brocha con aceite de linaza retostada, y en esta operación le hizo varias saltaduras en las carnes de la Virgen y del Niño. »

Vásquez ejecutó algunas preciosas pinturas al óleo sobre hojas de cobre, con marco de oro, en forma de relicarios, los cuales han sido desbaratados por los plateros para aprovecharse del oro, despreciando la pintura, que valía mucho más.

Un cuadro de la vida de Santo Domingo de Guzmán echó a perder el clérigo Gómez. «Este clérigo, as¡ se picaba de ser buen patriota como de ser buen barnizador de cuadros, y se acreditó en ambas facultades; porque habiéndose empeñado con los Padres para que le dejaran limpiar el cuadro de la Sibila (?) se lo concedieron, y lo mató. Todo esto es bárbaro, ¡y ojalá que esta advertencia libre de la brocha y del hisopo las obras que aún no han sido echadas a perder por su acción reformadora! »(1)

Otra causa casi tan grave vino a unirse a éstas: las luchas civiles de lejanas épocas, producidas por las ansias de perfeccionamiento que a su costa se alcanzó; destruyeronse algunas obras coloniales y se dispersaron otras con la expulsión de las Comunidades Religiosas y consiguiente desamortización de sus bienes. Temiendo la acción del Gobierno del General Tomás C. de Mosquera, los cuadros pertenecientes a la iglesia de Santo Domingo fueron descolgados y se guardaron los lienzos en tubos de guadua, por haberse destinado el santo lugar a reuniones políticas.

A la sazón, el artista don Ramón Torres Méndez solicitó y obtuvo permiso para recoger los cuadros abandonados en los Conventos y formar una Galería de Pinturas, de la cual fue nombrado Director y Conservador.

En el edificio del Convento de Santa Inés se destinó al efecto un salón, en donde se reunieron más de setenta cuadros escogidos. En 1873, éstos fueron transportados al edificio de la Candelaria, sin contar con el Director ni tomar nota de ellos. Allí se los dejó en completo olvido y abandono. Los mejores fueron sustraidos más tarde por particulares acaso demasiado celosos de salvar tales obras. Las pocas que quedaron por su gran tamaño, las instaló el doctor Ricardo Becerra, Secretario de Instrucción, en la Biblioteca Nacional, y se conservan hoy en el Museo de Historia.(1)

En el año de 1862, durante el sitio de San Agustín, mantenido con heroica abnegación por los sitiados y terminado con ejemplar humanidad por los atacantes, se apoderaron las ¡la mas, cuando más recia era la lucha, de la Iglesia y de la Capilla de Jesús. «La humareda y las llamas del incendio formaban una monstruosidad confusa, algo como un horrible peloton de demonioa agitándose en las hornillas del infierno, una cosa lívida, oscura y sanguinolenta que se iba extendiendo por encima de los techos, y crecía y crecía.... y luego se arremolinaba como la polvareda de una nube incendiada por la tempestad... y al fin se levantaba en columnas retorcidas, truncadas, informes, prodigiosamente horribles, que iban a perderse en la negrura de otras nubes de humo más elevadas»(1). La Huida a Egipto, [C. 79] de Vásquez, y la imagen de Jesús Nazareno fueron sacados de entre las llamas por don Teodoro Valenzuela, don Aurelio González, don Guillermo Espinosa y don Elias Garay. Quemáronse entre otros un cuadro del Purgatorio, de autor desconocido, y un Nacimiento, de Baltasar de Figueroa. Una famosa pintura de Cristo había sido colocada delante de una de las ventanas del edificio, en donde recibió muchas balas, quemaduras y otros daños. (Hoy se conserva en la Colección Argaéz.)

Hubo un momento en que pareció que las mismas autoridades intervendrían para hacer que se conservara la obra del pintor y se diera honor a su memoria. Así, en 1863, fue dictada la siguiente ordenanza:

«La Municipalidad del Distrito Federal,

»Deseando tributar un homenaje, en nombre de la ciudad, al insigne pintor bogotano Gregorio Vásquez Ceballos, cuyo genio adivinó el arte, y con sus excelentes cuadros. hechos en el atraso de la Colonia, en el siglo XVII, legó a su patria honra y riqueza, ordena:

»Artículo 1 0. En la casa No 34 de la Calle 4a. de la Carrera de Oriente, se colocará, de acuerdo con el propietario, una losa de mármol blanco en que se lea, en caracteres dorados:

»En esta casa vivió y murió Gregorio Vásquez Ceballos -Bogotá, su Patria, se honra tributándole este homenaje.- Abril, 23 de 1863.»

»Artículo culo 20. La Municipalidad nombrará una Comisión encargada de formar el catálogo de los cuadros auténticos del gran pintor. Este catálogo se publicará por la imprenta. La Comisión dirigirá también, la colocación del monumento.

»Artículo 3,0. Se encargará el señor Gobernador del Distrito del inmediato cumplimiento de esta Ordenanza, y los gastos que ocasione se imputarán al presupuesto del presente año.»

A pesar de lo perentorio de este último artículo, la lápida sólo se colocó treinta y cinco años después. El catálogo y el monumento no se han llevado a efecto. Dada la necesidad que tiene la Capital de un Museo de Artes, se impone con urgencia, puesto que muchas obras están en peligro de desaparecer, que se forme éste con los numerosos donativos que ofrecen hacer muchos poseedores de cuadros y de todas las nobles y bellas cosas de la Colonia, y con otras adquisiciones que pudieran hacerse. E s este el mejor monumento que a la gloria de Vásquez puede elevar la Municipalidad de Bogotá, que en buena hora, hace más de seis lustros, dio prueba de su admiración por el artistas (1) .

El lugar más apropiado para este Museo sería algún palacio colonial, quizá mejor que ningún otro el antiguo y espacioso del marqués de San Jorge, tan interesante por su valor histórico y arquitectónico.(2)

Alberto Urdaneta celebró la primera Exposición artística del país en 1886, reuniendo hasta noventa y ocho obras de Vásquez y tres de los Figueroas, junto con muchas otras de artistas nacionales y extranjeros. Urdaneta descubrió el sitio de la tumba de Vásquez(1) y comenzó a escribir un estudio acerca de éste, en el cual se muestra conceptuoso, agudo y sutil. Formó una Colección cuyo fin fue desastroso: se salvaron casi únicamente las obras que pudieron adquirir los señores Umaña y Pardo, de Bogotá.

Por los años de ochenta y seis existían además en Bogotá las Colecciones de don Carlos Pardo, don Rafael Pombo, don Demetrio Paredes y don Rafael Franco. Fundáronse poco después la del Presbítero Carlos Umaña, la de don Arturo Malo, la de don Carlos José Espinosa, la de don Isaac Azuero, la de don Pablo Argáez, y de algunos otros, dignos todos de gratitud por haber salvado buena parte del patrimonio artístico nacional.

En los años de 1889 y siguientes el señor Arzobispo Velasco hizo quemar con horror y solemnidad cuantas imágenes destinadas al culto le parecieron poco decentes. Su ejemplo, seguido con exagerado celo, fue causa de que se perdieran algunas obras interesantes. En muchos cuadros fueron repintadas y cubiertas hasta las delicadas formas de los ángeles. Las circunstancias eran propicias para adquirir las menospreciadas telas y esculturas, y a ello se dieron principalmente los extranjeros. El entusiasmo entre los fieles al ver que tales objetos valí valían algo no tuvo límites, y en adelante sólo se pensó en venderlos para comprar con su producto mil superfluidades: lo más vano, aparatoso y hasta ridículo del barrio de San Sulpicio de París y de las fábricas de santos de Barcelona y Valencia.

Las devociones tradicionales fueron arrojadas de los templos: las cándidas Vírgenes que antaño se aparecieron a los indígenas revelándoles las advocaciones bajo las cuales querían ver veneradas; los trágicos Cristos salpicados con sangre de disciplinantes, implorados durante siglos y autorizados por milagros, todo fue reemplazado con imágenes de loza industrial de vulgares colorines.

Sería imposible contar el número de los objetos de arte destruidos, robados y perdidos, desde los tiempos en que Villabrille, Vicario del pacificador Morillo, se hacía fabricar cubiertos y espuelas de las alhajas y vasos sagrados confiscados por él en las iglesias de Nueva Granada

¿Quién podría decir dónde están un sinnúmero de cuadros de Vásquez; dos cuadros de Rivalta, firmados, pertenecientes a la iglesia de Las Nieves; los mantos suntuosos hecho con los vestidos de¡ Virrey Solís, regalados por éste a la Virgen de la Concepción de Sa Francisco; los ricos bargueños de San Juan de Dios; los nombrados marcos de San Agustín el relicario en que se sacaba el Lignum-Crucis en las procesiones, y muchos bustos relicario de marfil o chapados de metales preciosos, superhumerales riquísimos y broches con joyas coronas de plata cinceladdas de las Dolorosas, arquetas de hierro esmaltado y mil cosas más de las iglesias y conventos? Fueron cedidas a menos precio por religiosos de todas las Comu comunidades, «con Fray y sin él, con Don y sin Don, con capilla y con bonete, en fin, vestidos de largo, de todos colores, y de todas figuras», como dijo el Padre Isla.

De los cuadros legados al Arzobispado por el Ilustrísimo Caballero y Góngora, sólo s conserva un San José con el Niño, de Murillo (análogo al de Lyne- S Stephens, de Londres). Perdióse una Concepción, también de Murillo. Una cocina flamenca fue recuperada por don Carlos Umaña. La Negación de San Pedro, de] Guerchino, la llevó un extranjero a Francia en 1860. Los restantes lienzos, por ser mitológicos, parecieron al Arzobispo Baltasar Martínez de Compañón poco a propósito para el Palacio Arzobispal y los cedió en 1791 al pintor don Antonio García, en pago de algunas obras para la capilla. Eran Hércules y Venus, con fondo de paisaje, del Tiziano; Don Victoriano García vendiólo al coronel Joaquín Acosta, quien lo llevó a Francia. Una diosa de Carracci, que también formaba parte de esta Colección, fue destruida por don Antonio, porque el desnudo le parecio indecente. Había además un Endimión, que debió correr la misma suerte(1).

Un extranjero de alta posición intentó sustraer de la sacristía de Santo Domingo un pequeño cuadro sobre latón, atribuido a Vásquez. Esta pintura está hoy incrustada en el tabernáculo de un altar de dicha iglesia. (2)

A tal extremo llegó el saqueo de conventos, iglesias y sacristías, que en 1909 el entonces Delegado Apostólico en Colombia, hoy Cardenal Ragonesi, dirigió una circular a los Arzobispos y Obispos, de la cual tomamos: «Vuestros mayores en la fe, a costa de arduos sacrificios, y aún empleando en ello patrimonios enteros, dejaron maravillas de arte para el culto del Altísimo... Deber elemental es, a lo menos, conservarlas intactas, en su pristina forma y esplendor... En ésta y en las demás ciudades de la República que hemos visitado ofreciéronse a nuestros ojos admirados multitud de obras artísticas que decoraban los templos: cuadros de pinceles colombianos, italianos y españoles; estatuas y relieves dignos del mayor aprecio; retablos tallados con prolijo esmero y dorados al fuego; vasos sagrados de incomparable riqueza; joyas primorosas; marcos de gran mérito, telas y ornamentos sagrados que ya no se fabrican; todos monumentos arqueológicos que reclaman el estudio del arte y que se venderían en Europa a subidísimos precios.

»No seria ajusto, ni cristiano, ni patriótico enajenar o destruir retablos, cuadros, joyas y telas que, unos por su riqueza, otros por su valor estético, otros por su sello arqueológico, en Europa se codiciarían para los Museos; y reemplazarlos por altares de moderno estilo, sin arte ni recuerdos, por pinturas y estatuas de pacotilla, por ornamentos y vasos de relumbrón, hoy vistosos y mañana desechados. ¿Y como vender a vil precio prendas riquísimas, ya para fundirlas y aprovechar el metal; ya para destinarlas a usos profanos, ya para sacarlas del país y llevarlas al extranjero, en donde son tan justamente estimadas? ¿No se daría con ello ocasión de vituperar la ignorancia de los sacerdotes que no supieron estimarlas en lo que valían?

»A fin de alejar tal peligro parécenos conveniente y aún preciso recordar de la manera más encarecida al clero, as¡ secular como regular, que están severamente prohibidas las enajenaciones de semejantes objetos sin previo formal permiso de la competente Autoridad Eclesiástica, la cual, en ningún caso, lo concederá cuando haya peligro de que tales objetos puedan ser exportados.

»Igualmente debe recordarse que está prohibido el desfigurar las antiguas obras de arte, con remiendos antiestéticos que les quitan su carácter e impiden apreciar su valor histórico y su importancia artística...

Interesados están, además, la Religión, la Patria, la Ciencia y el Arte en la conservación esmeradísima de los tesoros artístico diseminados en los Templos(1).

FRANCISCO, ARZOBISPO DE MIRA
Delegado Apostólico. -

También el Congreso Nacional prohibió sacar del país objetos de mérito histórico y obras de arte por la Ley 47 de 1920, propuesta por don Miguel Arroyo Díez, y modificada por don José Joaquín Casas en el sentido de que decidiera el Juicio de las Academias y Cuerpos consultivos. (Números 17.390-1 del Diario Oficial.)

El crítico italiano Enrico Costa, movido de admiración por Vásquez, comenzó un catálogo de la obra de éste, que no alcanzó a terminar.

Don Carlos Pardo anotó aproximadamente ciento veinte obras. Después de su muerte esta lista ha desaparecido. Igual cosa ha pasado, por desgracia, con la que hizo don Carlos Umaña. Desposorios Místicos de Santa Catalina de Alejandría [C. 319]. 0.50 X 0.70. MAC, Bogotá.

En la Exposición de Arte Antiguo, celebrada en 1914 en Bogotá, con ocasión M Congreso Eucarístico, y organizada por don Ricardo Acevedo Bernal, se reunieron algunas de las obras más conocidas de Vásquez, con otras varias pinturas coloniales y buen número de cuadros extranjeros.

Se ha supuesto generalmente que el número de obras del pintor santafereño alcanzaba una cifra elevadísima sima, y así debe haber sido, en efecto. Con todo, el número de pinturas que se atribuyen al artista se ha ido reduciendo considerablemente.

El presente trabajo incluye ciento cinco dibujos y cuatrocientos tres cuadros de Vásquez.(1) La clasificación ha podido hacerse las más veces con absoluta certeza. En casos en que no fue posible adquirir ésta, se ha tenido en cuenta el mayor número de probabilidades. Hemos procurado revestirnos de una completa independencia para ponernos a salvo de supuestos contradictorios y para no rendir culto a errores consagrados.

Tarea larga ha sido la identificación de los originales de las pinturas que, aún cuando sólo fuera por grabados, conocieron nuestros artistas coloniales. Para realizarla hemos recorrido detenidamente todos los Museos principales de Europa.

Por último, hemos agregado algunas noticias acerca de cuadros de pintores extranjeros que se conservan en Bogotá y carecen de clasificación.

Es preciso darse cuenta de las dificultades que ha ofrecido la empresa de restaurar y catalogar las obras de los pintores santafereños, en una época en que con más intensidad que nunca se verifica la transformación de los templos, inspirada por el insano deseo de privarles de su carácter austero y recogido.

Muchos valiosos cuadros han sido relegados a los interiores de los conventos, amontonados en depósitos lóbregos, de donde nos ha sido necesario sacarlos para proceder luego a su limpieza. Para tener una visión directa de los lienzos hemos tenido que retirarlos de entre escombros en la iglesia de Egipto, de la cual eran propiedad dos magnificas puertas de altar con seis cuadros de Vásquez,(1) firmados, que han pasado ya a manos más cuidadosas, y en la de las Nieves, en donde es posible aparezcan buenos cuadros al terminar las construcciones.(2) En el Museo Histórico Nacional estaban los cuadros cubiertos por basuras caídas de los pisos superiores y nos cabe la satisfacción de que debido en gran parte a nuestro esfuerzo estén hoy colocados en lugar seguro, (3) aún cuando no reune las condiciones necesarias para que sean apreciados debidamente. Estas y otras dificultades han imposibilitado el dar a las medidas de algunos lienzos la exactitud requerida. (4)

En repetidas ocasiones suplicamos por la Prensa a cuantos se creyeran poseedores de cuadros de Vásquez se sirvieran comunicárnoslo, a fin de poderlos estudiar y catalogar. Nuestra petición fue generalmente atendida, y ello nos hace suponer que figura en este libro la casi totalidad de la obra de Vásquez existente. (5)

Damos las gracias por la deferencia con que se nos recibió en las numerosas casas particulares que visitamos. En varias de ellas los cuadros pasaron de los desvanes al salón. Algún cuadro de Vásquez, hoy bien restaurado en París, estuvo un tiempo doblado y sirviendo como gualdrapa de un caballo de silla.

Por nuestra parte no ha quedado nada por hacer, hemos procurado obrar como el avisado y leal compañero de Don Quijote:

«Pasaba Sancho la maleta, sin dejar rincón en toda ella ni en el cojín que no buscase, escudriñase e inquiriese, ni costura que no deshiciese, ni vedija de lana que no escarmenase, porque no se quedase nada por diligencia ni mal recado... y aunque no halló más de lo hallado, dio por bien empleados los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las estacas, los puñados del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gabán, y toda la hambre, sed y cansancio que había pasado en servicio de su buen señor ... »

 

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