Gregorio Vásquez

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Capítulo I


La Virgen en contemplación (D.12). 30 X 27.5 ces., M.A.C. Bogotá. Investidura de San Ildefonso (C.135). 1671. 1.03 X 1.01. MAC, Bogotá.Retrato de don Cristóbal de Torres Bravo (C.161). 2.00 X 1.02. Colegio de Nuestra Señora del Rosario, Bogotá.Retrato de don Enrique de Caldas Barbosa )C.60). 1698.  2.00 X 1.09.  Colegio de Nuestra Señora del Rosario, Bogotá. Retrato del Arzobispo Fray Ignacio de Urbina (C.49). 1.99 X 1.14.  Catedral, Bogotá. San Joaquín y la Virgen Niña. (C. 282) 0.48 X 0.38. Col part. Bogotá.La Virgen Niña con San Joaquín y Santa Ana. (D. 7) 42.5 X 31 cms. MAC, Bogotá.San Agustín (C. 153).  Detalle. Col. part. Bogotá.El sueño de San José (C. 1941).  Detalle. Col. Sáenz Dávila. Bogotá. Impresión de las Llagas de San Francisco (C.142).  Detalle. Col. part. Bogotá. San Francisco de Asís (C.308). Detalle. MAC, Bogotá.Impresión de las Llagas de San Francisco (C. 142).  Detalle. Col. part. Bogotá.Ronda de Angeles (D-60). 31 X 63.6 cms. MAC. Bogotá. La Virgen Inmaculada (C. 355). 0.40 X 0.30. Prop part. Bogotá.Vocación de San Francisco de Borja (C. 9).  Detalle. Palacio Cardenalicio, Bogotá. Vocación de San Francisco de Borja (C. 9).  Detalle. Palacio Cardenalicio, Bogotá. San Joaquín, Santa Ana y La Virgen (C. 399). 0.44 X 0.32. Col. Miguel de Germán-Ribón y Valenzuela, Bogotá. La Sagrada Familia (C. 398). 0.44 X 0.32. Col. Miguel de Germán-Ribón y Valenzuela. Bogotá. La Adoración de los Pastores (C. 318). 0.50 X 0.70. MAC, Bogotá.La Adoración de los Pastores (D-14). 41.5 X 60 cms. MAC, Bogotá.

 

Texto de Roberto Pizano

Era la mayoría de los conquistadores del Nuevo Reino de Granada hombres de carácter temerario y audaz, pero magnánimo y bondadoso, no indignos de su jefe, el teólogo, soldado y poeta don Gonzalo Jiménez de Quesada, el de los hidalgos pensamientos, que dejaba a veces las armas para componer sermones en honor de Nuestra Señora. Tras el vinieron a esta Colonia gentes cristianas, honradas y trabajadoras. No faltaron entre ellas ni letrados, ni personajes de la más genuina nobleza española. Es además cosa cierta que entre los que pasaron a nuestras tierras hubo muchos a quienes sólo llevó allí un ansia de soledad y de reposo, la esperanza de poder convertir en realidad sus ensueños arcádicos.

En 1590 Miguel de Cervantes «pedía y suplicaba humildemente cuanto podía al Rey» se le hiciera merced de la Contaduría del Nuevo Reino de Granada, como premio por haberle servido veintidós años en mar y tierra; por las muchas gloriosas jornadas y la mano perdida; por las amarguras del cautiverio; por la hacienda de sus padres, gastada en rescatarle con la dote de sus hermanas doncellas... Tal solicitud no era, ciertamente, la pasajera exaltación de un alma inquieta. Hastiado estaba Cervantes de los sinsabores de su suerte; por eso quería trasladarse a la Colonia, quizá en busca de un refugio, lejos de los lugares donde tanto había sufrido(1).

El clima suave e inalterable; la vida natural y fácil; los instintos de familia y de amistad, maravillosamente desarrollados y robustecidos por el mismo aislamiento en un país inmenso y misterioso: todo contribuye a dulcificar el carácter y las costumbres de los españoles neogranadinos. La tradición doméstica de la Madre Patria se mantiene entre ellos viva y fecunda, debido sin duda al celo con que generación tras generación se trató de conservar la pureza de la raza. En efecto, hubo una particularidad bien notable: la de «que habiendo en elNuevo Reino tantas mujeres nobles, hijas y hermanas de Reyes, Caciques y Uzaques, que sin menoscabo de su lustre pudieran recibir por esposas los más nobles que pasaron a su conquista, como se practicó en las demás partes de la América, no se hallará que alguno de todos ellos casase con india, por más calificada que fuese; y no, a mi entender, porque notasen desigualdad en la sangre, sino porque, mirándolas gentiles y en la sujeción de prisioneras, se desdeñó el pundonor castellano de recibir en consorcio a quien no asintiese a él con libertad e señora y educación de católica, de que resultó ocurrir a Castilla los casados por sus mujeres y los que no lo eran a elegir de su misma nación a las hijas o parientas de aquéllos o a las que por otro accidente decoroso habían pasado a Indias, de quienes se fundaron las muchas casas de caballeros que ilustran el Nuevo Reino de Granada>>(1).

Verificado ya el reparto de la tierra entre los fundadores, pacificados los indígenas, de costumbres moderadas, menos dispuestos a la lucha que a gozar de los bienes de una vida laboriosa, y explorados lejanos territorios en busca de la Casa del Sol y del Dorado, descansaron al fin las espadas. Verdad es que, de entonces más, comenzaron a blandirse en vez de ellas bastones de mando, varas de oidores y alguaciles y hasta báculos pastorales restituidos a su origen de cayados. Con todo, estas escaramuzas más han contribuido al solaz que a la inquietud de los hijos de la monótona Santa Fe. Alternaban en el Gobierno mandatarios modelos como el Presidente soldado, a quien con justicia se dio el título de «Padre», o como aquel otro a quien se llamó «el Prior», porque durante su tiempo reinaban en la Colombia el mismo orden que en un convento, con otros indolentes o altaneros: un barón de Prado, que durante largos años empeñó toda su autoridad en conseguir que el Arzobispo no predicara bajo palio y que los prebendados no usaran quitasoles en las procesiones.

De esta manera los vecinos de la Capital del Reino gozaban de un sentimiento de continuo bienestar, no ex puestos a los ataques de indios atrevidos y feroces ni a los no menos bárbaros de ingleses y franceses, que sufrían las ciudades próximas al mar; y así, adueñada de los ánimos la monotonía del ambiente, durmió Santa Fe, familiar y abrigada, un sueño imperturbable durante toda la época colonial.

Por el carácter de cruzada religiosa que tuvo la Conquista española, uno de cuyos principales fines fue puramente espiritual: el implantar y extender la fe cristiana, se multiplicaron rápidamente los conventos y los templos; y como necesitaban imágenes, surgieron muchos artistas, favorecidos por los encargos piadosos. En sólo cincuenta años se fundaron en las Colonias seis mil casas de religión, en donde la vida era demasiado plácida y no bastaba a domar los ánimos de los monjes, casi todos antiguos soldados. Dentro y fuera de los conventos sucedíanse los conflictos sin interrupción. Las disputas dogmáticas terminaban a menudo a bofetadas, no muy cristianamente devueltas por sus paternidades, cuando no a tiros de mosquete en las calles, entre batallones de frailes y de convalescientes reclutados al efecto en los hospitales y uniformados con los hábitos de las diversas órdenes, con gran aparato de tambores y campanas. En tan ridículos lances las monjas ayudaban a pedradas desde los balcones de sus monasterios. Intervenía el Arzobispo, terciaba el Santo Oficio, conmovíase el pueblo, dando así pretexto a la Audiencia Real para entrar a saco en el fuero eclesiástico. Las contiendas entre las dos potestades eran incesantes; y llegó a suceder que un fraile fuera agarrotado en Cartagena, sirviendo de verdugo el propio Gobernador.

Este fue el ambiente en que tocó vivir a algunos hombres dotados para las artes con aptitudes que empleó cada uno según su leal saber y entender, en los dos géneros, casi únicos, de obras que en aquel entonces era posible ejecutar: los cuadros de piedad y los retratos de las dignidades civiles y eclesiásticas.

El más antiguo y venerable de los monumentos artísticos ejecutados en el país durante la Colonia es la pintura de Cristo Crucificado, hecha para presidir el acto de la fundación de Santa Fe de Bogotá en 1538. El nombre del autor de este cuadro nos es desconocido.

Es probable que otras rústicas imágenes, conservadas o desaparecidas, hayan sido obra de algunos de los primeros colonos españoles. Sea como fuere, ni en los años que duró la Conquista, ni durante el período de la Colonia, vino a Colombia un pintor que mereciera este título. Es, pues, de justicia ensalzar la iniciativa de aquellos de entre los hijos del país que, sin precedentes, se dedicaron al cultivo del arte.

Consignemos brevemente sus nombres y los de aquellas de sus obras que han llegado hasta nosotros.

Alonso Narváez, quien pintó en Tunja. Es autor de la venerada imagen de la Virgen de Chiquinquirá.

Francisco del Pozo, a quien se debe el cuadro de la Virgen del Desierto de la Candelaria, hecho en 1597.

Gaspar, Baltasar y Bartolomé de Figueroa.(1)

Antonio Acero de la Cruz, quien, además de pintor, fue escultor y aún poeta, maestro de Ochoa. Obras suyas se conservan en el Museo Nacional de Bogotá (La Batalla de Monforte), fechada en 165 1; en la iglesia de Santa Bárbara, una Inmaculada Concepción y un San Antonio; en la iglesia de San Francisco, una Inmaculada Concepción; en la iglesia de Las Aguas, la Virgen titular de este templo; y en la de San Diego, una Virgen, firmada en 1641.

Gregorio Vásquez, su hija y su hermano Juan Bautista.

Salvador de León Castellanos, hacia 1650, y Jerónimo y Juan de Dios Acero. De los tres hay obras en Monguí.

Nicolas de Gracia.

Francisco Páramo, autor de las viñetas con que están adornados los veinte grandes libros del coro de la Catedral de Bogotá.

Francisco Sandoval, a quien pertenece una imagen de la Virgen con el Niño, de la Colección Argáez.

Angelino Medoro, al parecer de origen italiano, y considerado también en el Perú como artista de este país.

Padilla, santafereño, quien vivió hacia 1670 y dejó varias obras en la iglesia de Santo Domingo.

Camargo quien, como los tres anteriores, imitó a Vásquez. Existen lienzos de su mano en el Museo Nacional (La Sagrada Familia, 1717), y en la iglesia de Santa Bárbara (San Antonio, 1712).

Nicolás Banderas, maestro de Gutiérrez y de Posadas. De este último hay obras en la iglesia de la Candelaria y en la Tercera; de Gutiérrez, en la sacristía de San Juan de Dios.

Miguel Martínez, de quien se conserva una Inmaculada en la iglesia de San Diego(1).

P. dé la Rocha, de quien es obra una Virgen que existe en la iglesia de San Diego, fechada en 1727.

A. de Calleja, autor de las hermosas pinturas de La Ascensión y La Anunciación, en la Catedral.

Bart. Vasqz. Ceb. y Greg., año 1781(1).

Pablo Caballero, natural de Cartagena de Indias, cuyo primer oficio fue pintor de coches. Hizo algunos retratos y obtuvo tal éxito con ello, que se dedicó por completo al arte. En la sacristía de la Catedral de Bogotá se conserva un importante lienzo, La Concepción, firmado así: Ad Majorem De¡ Gloriam Paul Caballero pingebat, Indiarum Cartagine, 1789.

Los más notables de entre los escultores fueron(2):

Fray Gregorio Guiral y Miranda, nacido en 1590 en Santa Fe de Bogotá. Decoró la iglesia de San Francisco con grandes tableros de relieves polícromos.

Juan de Cabrera, santaféreño, quien hizo en piedra las imágenes de San Pedro y San Pablo, de la Catedral de Bogotá; La Virgen del Campo, en la iglesia de San Diego, a más de algunas otras. En madera talló el Cristo de la Veracruz y los apóstoles y soldados romanos del templo de Monserrate.

Luis Márquez de Escobar, quien talló en 1608 el coro primitivo de la Catedral.

Antonio de Pimentel, nacido hacia 1670. Su obra es escasa, pero de gusto depurado. A él se debe el frontón de la Capilla del Rosario y la estatua orante del sepulcro de Fray Cristóbal de Torres, en la misma Capilla.

Lugo, autor del Crucifijo y del Cristo atado a la Columna, de la iglesia de las Nieves. Se tienen por de su mano el Señor de Monserrate y el Señor Caído, de la iglesia del Carmen.
Bernabé Martínez, quizn hizo las esculturas procesionales de la iglesia de San Agustín y el Cristo de la Capilla del Sagrario.

Pedro Laboria, quien, aunque nacido en San Lucas de Barrameda, debe ser incluido en esta enumeración, por haber venido muy joven a Santa Fe, en donde llevo a cabo muchas obras interesantes, en especial para la iglesia de los Jesuitas: Rapto de San Ignacio y Muerte de San Francisco Javier, obra inspirada en los cuadros de Vásquez, etc.

Los Acuñas, quienes construyeron la fachada, el cancel, el púlpito y el altar mayor de la Capilla del Sagrario. Este altar fue originalmente de carey, marfil y ébano, con remates y labores de bronce dorado y de concha de nácar.

Pedro Caballero, quien decoró profusamente con tallas en nogal la iglesia de la Tercera, obra que originó su ruina y que tuvo que abandonar en 1780 para entregarse a trabajos menos artísticos, exclamando con amargura: «¡Más vale hacer almudes que tabernáculos! » Su obra fue terminada por Flecha.

Mateo Luisinch, italiano, hermano de la Compañía de Jesús, que talló los coros y altares de la Iglesia de San Ignacio.

El gremio de plateros fue numeroso en Santa Fe. Entre los más famosos estaban:

Diego de Tapia, autor del Santo Cristo de Ubaté, y Juan de Arce, que, además de muchas vajillas y aderezos, hizo para don Martín de Saavedra y Guzmán, según consta en el Archivo de Indias, «una joya grande, imagen del Santísimo Sacramento, de esmeraldas grandes y pequeñas y fueron muchas..., y fue de tanta cuenta esta joya que de su parecer valió mil y quinientos patacones».

Castellanos, en sus Elogios, dice describiendo las costumbres de Cartagena:

No dejan los plateros a la falda,
Pues los ocupan en labralles oro:
Engástase la perla y la esmeralda
Y otras piedras anexas a tesoro.

El Instituto Botánico, fundado en Santa Fe en 1783, comprendía una Sección artística.0) El ilustre patriarca de los botánicos, don José Celestino Mutis, abrió en aquél una escuela gratuita de dibujo para los que quisieran aprender el arte. En un viaje a Guaduas encontró un muchacho que se divertía en dibujar, sin que nadie le hubiese enseñado. Lo pidió a sus padres para que aprendiese con los pintores de la Botánica y ellos se lo entregaron con gusto. Este fue Francisco Javier Matiz, a quien llamó Humboldt «el primer pintor de flores del mundo» (Carta a Villdenow). Se deben a Matiz gran número de aguadas de la Colección Botánica y dibujos del cuerpo humano.

Mutis dio tal impulso a la cultura bogotana, «que ‑dice Menéndez y Pelayo‑ de un salto pareció ponerse al frente de la de todas las demás regiones americanas».

En el Ecuadro floreció en la época colonial Miguel de Santiag(2), pudiendo en justicia vanagloriarse Quíto como Santa Fe de haber tenido escuela propia, en que artistas criollos, obligados por la distancia y el aislamiento, y careciendo de los métodos, prácticas y normas que constituyen los elementos de una escuela, se formaron a sí mismos, desarrollando su originalidad e introduciendo en el arte elementos locales. Méjico, en cambio, por la mayor intimidad con la Metrópoli y por la especial complacencia con que ésta lo miró siempre. recibió gran número de obras de los mejores maestros españoles, italianos y flamencos, y el arte fue además cultivado principalmente por ingenios extranjeros trasplantados allí. (3)

En las restantes Colonias españolas el arte aparece con bastante retraso. En Buenos Aires, por ejemplo, la primera pintura fue el escudo de la ciudad, que data de 1744.
La pintura colonial hispanoamericana es homogénea, como lo fueron las costumbres y las leyes en los dominios españoles. Las más veces es incorrecta, tiene vigoroso claroscuro, coloraciones brillantes y vivas. Los talentos artísticos, por cierto casi siempre malogrados por obra de las circunstancias, fueron a la verdad abundantes en estos países. Pero genio no hubo sino uno, el de Gregorio Vásquez. Los demás pintores coloniales, lo mismo en Santa Fe de Bogotá que en Quito, Lima, Méjico, Puebla, etc., están fatalmente ligados al género religioso. Sus obras no tienen otro fin que la enseñanza objetiva de la fe. Por eso apenas si se conservan de ellos cuadros de historia, de paisaje, etc. Los mismos retratos, faltos de realismo, tienen un aire excesivamente devoto. Vásquez, por el contrario, aun cuando nunca se le dieron a tratar otros asuntos que los puramente piadosos, pintó, sin embargo, cuadros de costumbres, escenas de caza, animales en movimiento y naturalezas muertas. Su ironía al acentuar los rasgos característicos de las personas se echa de ver aún en sus retratos de los eclesiásticos de mayor categoría. Estudia las actitudes y los gestos a su alrededor y, gracias a esta observación, logra introducir a los personajes sobrenaturales en las familiaridades de la vida real, dándoles un aire viviente y humano que no excluye la expresión ideal. Multiplica los paisajes como fondo y como motivo principal del cuadro, y coloca en éstos pequeñas figuras, con lo cual si pierde el asunto en importancia sube de valor la interpretación directa de la naturaleza. Desenvuelve la luz en tonalidades finas y busca nuevos efectos con iluminaciones artificiales. Todo esto implica una superioridad incontrastable sobre los demás artistas americanos de este período. Abandonado a su propio impulso, en el lugar más apartado del mundo, alcanza el acento de la pintura española, a la cual la suya se asimila tanto por el carácter como por el aspecto. En efecto, la tendencia en Vásquez es realista y el colorido es sobrio. El interés que despierta el artista complementa el interés que despierta la obra. Esta se resiente del influjo de las circunstancias en que fue llevada a cabo; pero pone de manifiesto el genio de su autor al ordenar y encauzar sus conocimientos y sus facultades. La imaginación y la sensibilidad de Vásquez son superiores a su técnica.

A la larga lista de los héroes, de los apóstoles, de los hombres abnegados y sublimes que se consagraron a luchas por el perfeccionamiento moral e intelectual de los hijos del Nuevo Mundo, hay que añadir los nombres de quienes despertaron y enriquecieron la imaginación de estos pueblos.

El Arte colonial debe considerarse en la historia de la cultura como uno de los más excelentes frutos del germen de civilización que España llevó a América: es una muestra fiel del adelanto moral alcanzado en las Colonias, que, juntamente con el Descubrimiento, constituye la más grande gloria de España.

 

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