Gregorio Vásquez

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Capítulo III


Desposorios Místicos de Santa Catalina de Alejandría (C.15). 1.70 X 1.41. Cap. del Sagrario, Bogotá. La Sagrada Familia (D-16).  31 x 21.5 cms. MAC; Bogotá. Cabeza de Hombre (D. 97). 30.7 X 21.7 cms. MAC, Bogotá. San Agustín (D-76). 21 X 23.5 cms. MAC, BogotáSan Joaquín (D-8). 9.5 X 8.5 cms. MAC, Bogotá.Cabeza de Mujer (D-100). 10 X 8.7 cms. MAC, BogotáVisita de la Virgen a Santa Isabel y San Juan Bautista Niño (C.347). 0.28 X 0.22. Col. part. Bogotá. La Sagrada Familia servia por dos Angeles (C. 224). 1685. 1.57 X 1.78. MAC Bogotá. Santa Catalina de Alejandría (C.150). 0.98 X 0.75. Col. Navas S. Bogotá. San Buenaventura (C. 479). 0.98 X 0.75. Col. Navas S. Bogotá. Santa Rosa de Lima con el Niño. (C. 324). 0.45 X 0.31. MAC, Bogotá.

 

Texto de Roberto Pizano

Pobre y desconocido en la ciudad, en los primeros días no encuentra el pintor medios para continuar cultivando su arte. Desalentado, busca para distraerse la compañía de mozos alborotados y reñidores; toma parte con jinetes y caballistas en las chirriaderas de San Juan, y no pierde buena ocasión de aventuras, a la vez que observa el medio pintoresco que le rodea.

Los alcaldes, regidores, justicias y toda la balumba de empleados de la Audiencia y de la Milicia; los clérigos y cofradías, que dominan cada uno a su manera a los indígenas, forman una mezcla desconcertante de travesura y de gravedad. Reúnense al aire libre, en el mercado, que tiene un ligero aspecto de zoco morisco; la multitud circula bajo las bíblicas tiendas entre las lanas, las aves, las lozas de colores y la fragancia de todas las frutas del otoño y las flores de la primavera que en estos climas se confunden en un esfuerzo de prodigalidad.

Abundan los pajareros, los tocadores de dulzainas y chirimias, los encantadores de serpientes, que con suaves ondulaciones o bruscos enroscamientos arrancan expresiones poco piadosas a los españoles. De las ramas bajas de algún árbol o de varas clavadas en tierra penden las reses acabadas de desollar, humeantes y tibias; hay fraguas encendidas, y más lejos, tras un cercado de piedra, están rebaños y caballerías. «Los ganados de todas especies, es tal su abundancia en todos los parajes de dicho Reino como lo acreditan sus ínfimos precios, pues en la misma Capital de Santa Fe no excede una arroba de carne de vaca de dos reales de plata; un carnero entero de lana merino, de cuatro a cinco reales; un pollo, medio. cuatro conejos, un real de plata. De la verdura, sobre ser muy buena, no se hace aprecio, ni tampoco de la cacería, por la mucha que hay. Las yeguas, mulas y caballos, en los potreros uno con otro se dan a ínfimos precios; y el ganado vacuno silvestre (que es infinito) no tiene estimación(1).

Los naturales del país, de carácter suave, humilde, astuto, son cortos de talla, pero de robusta encarnadura. Llevan las cabezas atadas con abigarrados pañuelos, que dejan escapar negrísimas ' cabelleras. Las mujeres, de natural dulce, de hablar melodioso y de rasgos muchas veces delicados, envuélvense en mantas rayadas de diversos colores; cruzada sobre el pecho lleva la liquira y colgados al cuello profusión de abalorios.

La vida toda de la Colonia se concentra en la Plaza Mayor de Santa Fe. Ciérranla por un lado el Palacio de la Real Audiencia, con sus balcones saledizos; al otro, la Casa del Cabildo, con sus portales traspasados en solemnes ocasiones por el Sello Real, conducido bajo palio, rodeado de partesanas y precedido por una escolta de arcabuceros. Levántase en frente la venerable Catedral, cuya primera piedra trajo desde la cantera, sobre sus hombros, el mismo primer Arzobispo de Santa Fe (antes que Arzobispo humilde fraile, y antes que fraile Caballero de Alcántara y Maestre de Campo del Emperador), y en cuya fábrica trabajaron los canónigos como simples obreros. Ocupan el cuarto costado algunas tiendas principales, en las que se comercia en curiosidades y trebejos variados, y en donde animadamente se discuten las noticias de los mentideros de la Corte o se comentan las agudezas y desahogos del genio callejero.

Mucho deben haber entretenido a los regocijados santafereños de aquellos días las historias y leyendas de Carlos El Hechizado,(1) que descuidaba las graves ocupaciones del Gobierno para ir a ver a los seminaristas correr vacas y novillos en El Escorial; las fatuidades, atrevimientos y rebeldías as del hijo(2) de La Calderona y de Felipe IV; las zozobras y congojas de la Reina Doña Mariana,(3) los robos, las pendencias y las muertes en que intervino La Chamberga. Pero no era esto todo: también de otros lugares del Reino llegaban sabrosas nuevas a Santa Fe. Así, por ejemplo, de Cartagena se contaban historias como la siguiente, que bien merece consignarse aquí, ya que de pintores se trata.

Refiere Francisco Díaz Pimienta a S.M., en carta de 7 de diciembre de 1642(1), que al salir de Cartagena a principios de dicho año dejó allí preso al conde Castilamellor, que con otros portugueses había intentado un levantamiento para apoderarse de la ciudad. El conde fue sentenciado a muerte, pero apeló contra el fallo. En Portugal se ofreció un premio por su rescate. Para ganarlo, un pirata holandés acercó su barco a tierra e hizo desembarcar a un pintor español, el cual ayudó al conde a escapar en una chalupa, salvándole así la vida. Menos afortunado el pintor, cayó allí mismo en manos de la justicia, que lo ahorcó sin que quedara constancia de su nombre.

Con las Bagatelas y Gacetas venían de la Península al Reinó muchísimos libros de caballerías ‑de romance, de historias vanas y de profanidad‑ que embelesaban al pueblo con sus desvaríos y supersticiones, aunque cédulas, reales órdenes y otras medidas trataran de impedir que pasaran estas obras al Nuevo Mundo, pues temíanse no sólo las malas costumbres y vicios que de su lectura se desprendían, sino, además, que hicieran perder a los Indios «el autoridad y crédito de la Sagrada Escritura y otros libros de Doctores, creyendo, como gente no arraygada en la fee, que todos nuestros libros eran de una autoridad y manera». Justísima previsión cuando en España hubo un sacerdote que tenía por verdaderas las historias de Amadís y don Clarián, alegando la misma razón que el ventero del Quijote, a saber: que cómo podían decir mentiras unos libros impresos con aprobación de los superiores y con privilegio real(2).

Se ha demostrado por registro de viaje de las embarcaciones que tales prohibiciones sólo se cumplieron con los libros incluidos en los Indices eclesiásticos, y que cuando ya en España, cambiada la moda y variado el gusto, estaban hastiados de tantas quimeras y puerilídades, se recogieron de lance tales libros y se enviaron a América. Por suerte vino con ellos, acabada de salir a luz, casi toda la edición príncipe del Quijote, «que ha difundido entre sus naturales, de generación en generación, el delicado pensar y el caballeresco proceder que son perpetua norma de conducta para el ingenioso y generoso hidalgo»(1).

Las relaciones de los conquistadores, en que la realidad superó a las más absurdas fantasías, contribuyeron también a la formación del carácter americano, extremadamente soñador, amoroso, devoto, melancólico y aventurero, circunstancias que reunía en sí Vásquez, exaltadas por la lectura de comedias de figurón, crónicas y leyendas, cuyos episodios complacíase en dibujar.

Entre otras, «emprendió pintar la historia de los siete infantes de Lara(2). Hizo la primera estampa, y la mandó a vender con un muchacho, quien la llevó a un español que tenía tienda de comercio. El español no debía de ser muy adocenado cuando conoció el mérito de la obra y la compró, encargándole al muchacho que le llevase las restantes. Entonces se reanimó Vásquez, concluyó la colección de estampas, y él mismo las llevó al español, quien se declaró su protector, auxiliándole para que pusiese obrador‑, y no necesitó más aquel genio privilegiado para levantarse a una altura tan eminente en la esfera del arte cual ninguno hasta ahora de todos los que en la América del Sur se han dedicado a la pintura». (Groot.)(3)

Este desconocido, que adivina el genio de Vásquez, el primero y quiera Dios no sea el último que en este suelo haya protegido a un pintor, muestra bien en una sociedad tal quienes pudieron ser los mejores amigos de aquél. Lo fueron seguramente los carpinteros que labraban sobre dibujos del artista altares para los templos; los clérigos a quienes éste consultaba acerca de los emblemas tradicionales de los santos, el armero de quien quizás obtuvo algún remozado fusil de chispa a cambio de lienzos de su mano; los talabarteros que cobraban en buenas monedas sus labores. También tuvo relaciones con varios opulentos personajes que le pagaban sus pinturas con invitarle a merienda o a una partida de caza.

 

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