Gregorio Vásquez

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Capítulo IV


La Recolección del Maná (C-1). 3.40 X 3.332.  Cap. del Sagrario, Bogotá. La Virgen en Contemplación (D-13). 42 X 31 cms. MAC, BogotáSanta Rosa de Lima (C. 325).  Detalle.  MAC, Bogotá.San Francisco de Asís (C. 308). Detalle. MAC, Bogotá. San Pedro de Alcántara alimento por Cristo (C.314) . Detalle. Col. J. Pradilla K. Bogotá. El Otoño (C. 322).  1.29 X 1.65 cms. MAC, Bogotá.Escena de Caza (C. 317). 0x33 X 0.43. MAC, Bogotá. Rut espigando en el campo de Booz (C. 147). 2.54 X 1.81. Col. part. Bogotá. El Invierno (C. 254). 1.28 X 1.65 Co. Eder, Cali. Milagro de Santa Rosa de Viterbo (C. 203).  Detalle. M. del S., Bogotá. Santo Domingo de Guzmán con la Bandera de la Orden (C. 135).  Detalle. Col. Navas S., Bogotá. La Creación e Eva (C. 139).  Detalle. Col.part. Bogotá.

 

Texto de Roberto Pizano

Desde el año de 1658, época probable de su rompimiento con los Figueroas, al de 1679, en que aparecen firmadas sus primeras obras, debió dedicar Vásquez buena parte de su tiempo a perfeccionar la preparación de los colores. Prestó sumo cuidado a la trituración, a la calcinación y a las demás operaciones mecanicas, así como a la selección de los materiales, gracias a lo cual obtuvo resultados casi perfectos. Presentan sus pinturas aspecto unido y hermoso, conservado por un barniz que, extendido después de concluídas, las hace aparecer moderadamente brillantes, dando realce y vivacidad a los colores. De los indígenas logró aprender, a fuerza de obsequios y de ingenio, el uso de la goma elastica, que puede extenderse en capas delgadísimas, y del elemí. Indicáronle éstos además en dónde se hallaban los mejores yacimientos de arcillas de distintos colores y calidades: en La Peña, en Bosa, y especialmente en Ráquira, donde consiguió tierras doradas en gradaciones del amarillo pálido a los rojos tostados. En cambio, no aprendió de ellos a usar bien el añil, el cual se ha ido transformando en sus cuadros en un verde de aceituna poco armonioso, que ha alterado los compuestos en que intervino. Afortunadamente usó también en algunas ocasiones una tierra verde mineral que le dio mejores resultados.

El carmín extraíalo de la cochinilla, agregandole, para aumentar su cuerpo, yeso o almidón, que con el tiempo le han hecho descolorar. El cinabrio, que tanto gustaba de emplear entero, lo preparó artificialmente con mercurio y azufre. Para empastar las luces echaba mano del albayalde, cuyo matiz modificaba, consiguiendo grises variadísimos, sin hacerlo intervenir nunca solo con la blancura del alabastro, ni mezclado en los oscuros, profundos y aterciopelados, obtenidos con negro vegetal.

Empleaba un lienzo de tejido desigual, áspero y separado, que se llama «lienzo de la tierra», y aún hoy se téje por los indios de algunas regiones (Sogamoso, Tunja, Chocontá, etc.).

Cubría los lienzos o tablas con una preparación rojiza, sobre la cual, después de dibujar con pincel y color, restregaba ligeramente las medias tintas verdosas y colocaba las luces con vigor, dejando el tono de la primera preparación con transparentes veladuras para los oscuros. Sus pinceles eran de pelos de ardilla, de cabra o de perro, metidos en cañones de plumas de ganso o de otras aves.(1)

Al par que mejoraba los instrumentos de su oficio ejecutaba una serie de estudios laboriosamente tomados del natural, de gran utilidad para sus obras futuras: bodegones, figuras, animales y flores. En ellos aprendió a interpretar las calidades materiales: la transparencia de un vaso de cristal, el matiz de unas rosas blancas sobre un paño blanco, el jugo y la pelusa de las frutas, la pelambre de unas liebres muertas, el brillo irisado y resbaladizo de los peces. Los asuntos, completamente originales, son de una agrupación un tanto ingenua. En la Primavera, [C. 320] un caballlero de traje de color de gamuza, con afollados y encajes, que sostiene sobre la cabeza una canasta de flores, ofrece una rosa a una dama de acotillado traje gris, adornada con sarcillos de perlas y tocados los cabellos con un lazo rojo.

En el Estío, [C. 3211 la mujer es quien sostiene unas espigas, en tanto que su compañero muestra en alto un ave viva de blanco plumón. Los dos levantan en el Otoño [C. 322 Fig. Pág. 50] un gran racimo de uvas, mientras el Invierno [C. 254 Fig. Pág. 55] está representado por un anciano y un mozo en el interior de una cocina, a través de cuya ventana se alcanza a ver un país nevado. En el fondo de los cuadros hay naturalezas muertas, objetos mates y rojizos de barro cocido y de metales relucientes, frutas y legumbres en matices suaves y neutros de mirto bronceado.

Causó con todo ello tan gustoso asombro a las gentes que por primera vez y tan naturalmente representados veían estos asuntos familiares, que sus lienzos sirvieron para adornar los altares en las festividades del Corpus, en alguno de los cuales se veía aún, dos siglos después de pintado, el retrato de Vásquez, escopeta en mano, cargado de aves muertas y con un perro a su lado. Perdióse esta obra, pero se conserva un boceto de cortas dimensiones (Colección Pardo), [C. 317 Fig. Pág. 52] en el cual aparece en primer término un personaje, sin duda el propio artista, vuelta la cabeza hacia el espectador y en actitud de montar en un caballo cenizo. A sus pies yace un perro, en tanto que en el fondo del paisaje, cerca de un do, otro cazador, rodilla en tierra junto a su caballo, dispara su arma, mientras el perro aguarda impaciente.

En estos cuadros se aunaban su vocación de artista y su pasión por la caza, muy abundante entonces en los alrededores de la ciudad, y por esto pasatiempo favorito de los santafereños, no sólo de capitanes del Ejército Real, de alféreces y soldados, sino también de clérigos y señorías, pues hasta Arzobispo hubo - don Luis Zapata de Cárdenas- que muriera en un accidente de caza, después de correr un venado.

Durante toda su vida conservó Vásquez la afición a este deporte, que a los treinta años cumplidos le llevaba a gastar sin miramiento cuanto tenía para renovar su arsenal de balas y pólvora y mantener caballos, perros y servidores, que no debían de ser pocos, ya que hasta nosotros ha llegado noticia de un pleito por cuatro esclavos que le pertenecían. Acomodado en una silla sobre las espaldas de éstos y a su paso ligero e igual, pudo ir de caza hasta las lejanas montañas y conocer ampliamente la naturaleza a la vez que divertirse.

 

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