Gregorio Vásquez

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Capítulo IX

San Ignacio con el Estandarte de la Orden (C. 117).  1686. 2.00 X 1.20. Iglesia de San Ignacio, Bogotá. San Ignacio de Loyola (D. 87). 36.6 X 26.5 cms. MAC, Bogotá. La Adoración de los Pastores (C. 299). 0.71 X 0.48. MAC, Bogotá. San Marcos, Evangelista. (C.91). (Pechina de la Cúpula). Iglesia de San Ignacio, Bogotá. San Mateo, Apóstol y Evangelista. (C.92). (Pechina de la Cúpula). Iglesia de San Ignacio, Bogotá. San Juan, Apostól y Evangelista. (C.89). (Pechina de la Cúpula). Iglesia de San Ignacio, Bogotá. San Lucas, Evangelista. (C.90). (Pechina de la Cúpula). Iglesia de San Ignacio, Bogotá.

Texto de Roberto Pizano

En 1686 había pintado Vásquez para los jesuitas un San Ignacio. [C. 117 Fig. Pág. 98]. Dichos religiosos habían ya obtenido de él varios cuadros pequeños en diferentes ocasiones. Con todos, no se atrevían a confiarle la decoración de su iglesia. Esperaban sin duda que, aleccionado por el agobiador trabajo que pesaba sobre él, alcanzara aún mayor perfección. Cierta feliz casualidad vino a sacarles de sus dudas y cavilaciones.

«Uno de los pasajes de la vida de Vásquez que con más uniformidad se me ha referido es el siguiente: Pintó en un relicario un Ecce‑Homo con todo esmero. La persona que lo mandó hacer se lo regaló a un sujeto que marchaba para Roma, el cual se lo llevó, y estando en Roma, lo regaló a otra persona que pasaba a España, y ésta lo dió allí a unos jesuitas que venían para el Nuevo Reino, los cuales, habiendo llegado al Colegio de Santa Fe, empezaron a mostrar las curiosidades que traían de Europa, entre las cuales figuraba sobre todas las demás el Ecce‑Homo. Llamaron a Vásquez para que lo viera y, cuando lo tenía en la mano, le dijo uno de los jesuitas que si se atrevería hacer una cosa como ésa. Vásquez contestó que no sólo se atrevería a hacerlo igual, sino mejor. Los Padres echaron a reír, creyendo que aquello era una chanza; pero Vásquez les dijo: «me atrevo a hacerlo mejor, porque ahora pinto mejor que cuando hice éste»; y, para comprobar su dicho, pidió a los padres que hicieran abrir el relicario, diciéndoles que la pintura estaba en cobre y que al reverso tenía su nombre y el año. Allí mismo lo abrieron y encontraron todo como les había dicho, resultando que la pintura romana que tanto se había alabado había ido de aquí, y era obra de Vásquez.» (Groot.)

Este suceso proporcionó a los Padres de la Compañía una excelente ocasión para acudir al artista en busca de su ayuda, quien comenzó por pintara¡ temple Los Evangelistas [C. 89/ 92 Fig. Págs. 102 /103} en las pechinas de la cúpula. Las figuras son grandiosas. La composición, sencilla y acertadísima. Hizo luego para la misma iglesia un Calvario [C. 95] y La Predicación de San Francisco Javier [C. 93 Fig. Pág. 2], fechada en 1698.

Es ésta una obra de bellas proporciones, mezcla de realismo y devoción; un cuadro de costumbres, una viva página de historia, que muestra la manera como se llevó a cabo la colonización española, «más por vía de predicación y doctrina que por fuerza de armas». Los personajes, amigos y familiares M pintor, tomados directamente del natural, visten trajes de la época y tienen un carácter tan marcadamente individual, que constituyen verdaderos retratos. Aparece entre otros el del artista, cuya postura es aún arrogante, a pesar de los sesenta años, pero ya se advierte en la expresión de los ojos el desaliento enfermizo que ha comenzado a invadir su espíritu. Por este tiempo debió perder Vásquez a su esposa, cuya imagen no vuelve a aparecer en sus obras sino de recuerdo y vagamente. En cambio, ¡con qué efusión paternal copió el pintor en este cuadro los rostros de sus hijos! El varón, un garboso mocito de dieciocho años, agraciado y carirredondo, airosamente envuelto en la capa que, recogida, deja ver la cazoleta de la espada; la hija, de rodillas, presenta al Santo un niño que lleva en sus brazos.

No se conocen el nombre ni la suerte de la hija de Vásquez,(1) que aparece desde edad floreciente en los lienzos del padre con un violín o una guitarra en las manos, con basquiña de seda, luciendo gargantillas de perlas, sutiles cristales y dijes. Gentil y esbelta doncella, el rostro de un óvalo perfecto, la ojera marcadísima, los labios finos, la nariz delgada al arrancar, las manos pequeñas; descubiertos los brazos y los hombros con casta desenvoltura; la figura ondulante, pero guardando en la posición del cuerpo y en las varias actitudes una modestia natural.

En realidad, como sucede con la hermana de los Van Eyck, nada cierto se sabe de ella, y a las dos se atribuye análoga colaboración. Aun cuando no hay obras suyas firmadas, en el frontispicio de la mesa del altar en que está la Predicación de San Francisco [C. 93 Fig. Pág. 21 y en el altar del Calvario [C. 95] hay ocho cuadros en cada uno, enmarcados en ricas tallas, que sólo pueden ser obra de sus manos. Los motivos están tomados casi todos de cuadros del padre y hechos bajo su mirada, con trazos y correcciones de éste. En los detalles hay una fatuosa ¡m aginación femenina; los vestidos de los magnates y caballeros son de tela de diversas calidades, adornados con punta de encajes, filigranas de oro, plumajes fulgurantes; mantos reales, bordados de pedrería y recamados de perlas enlazadas con hilos de plata, ejecutado todo con una factura miniada y preciosista. Al verlo no puede dudarse de que aquello está hecho por una mujer, del mismo modo que al leer ciertos libros sabemos que sólo una mujer los ha podido escribir.

En los días finales, cuando el padre, sombrío y torturado, está ya para morir, aparece nuevamente a su lado la hija, reavivando su fe intranquila y acompañándole, solícita y paciente, como en los largos días en que posaba para los cuadros piadosos.

 

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