Gregorio Vásquez

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Capítulo VII


San Pedro Arrepentido (C. 32) 0.58 X 0.44. Cap. del Sagrario, Bogotá. San Pedro (D-51). 43 X 26.5 cms. MAC, Bogotá. Martirio de San Criston y Santa Daria, su mujer. (C. 138). 1679. 1.34 X 1.74. Col. parti. Bogotá. La Sagrada Familia (C. 64). 1692 . 0.73 X 0.50. Iglesia de San Ignacio. Bogotá. La Virgen de las Nieves con el Niño (C. 393). 0.43 X 0.31. Col. part., Bogotá.San José con el Niño (C. 392).  0.43 X 0.31. Col. part., Bogotá. El sueño de Elías (C. 144). 2.55 X 1.84. Col. part., Bogotá. Daniel en el Foso de los Leones (C. 143). 2.54 X 1.77. Col. part. Bogotá. Vásquez entrega dos de sus obras a los Padres Agustinos (C. 165). 2.08 X 3.12. MAC. Bogotá.

 

Texto de Roberto Pizano

Mientras el artista ejecuta cerca de treinta cuadros de gran tamaño, con destino al templo de Santo Domingo, se van para él los años de vida familiar y sencilla, los hijos crecen en tanto que el padre trabaja sin medida ni descanso.(1)

El carácter jovial y abierto del Vásquez de otros tiempos se ha ido transformando en serio y desdeñoso. De vez en cuando viene algún suceso a exasperar su genio impresionable. Tal sucede en la desavenencia ocurrida con los padres dominicos, a causa de la cual no tenemos el claustro de¡ convento lleno de cuadros de Vásquez, en vez de los malísimos que hoy existen. Don José Caicedo Rojas, en una narración de la cual es heroína inmaculada y doliente la hija del pintor, refiere este paso que dice haber conocido tradicionalmente. Después de haber ejecutado el artista conforme al contrato «los cuadros que se hallan en la sala que llaman «De Profundis» llegóse a los Padres un joven discípulo de Vásquez que les ofreció hacer la obra por un precio muy inferior. Los benditos religiosos, sea por el cebo del ahorro, sea por falta de gusto, buscaron un pretexto para rescindir su antiguo contrato, y celebraron uno nuevo con el otro. Profundamente afectado Vásquez por esta acción indigna, juró -y lo cumplió- no volver a enseñar a nadie ni permitir que persona alguna lo viese pintar. Esta era la causa de su obstinado encierro». Es un hombre fuerte que sabe callar; renuncia a sus antiguas aficiones, y para atender a los premios de la vida sin restar a los suyos nada, trabaja febrilmente, llena con sus pinturas conventos e iglesias, ermitas y capillas, el hospital, las casas particulares, y sus cuadros son llevados a todos los pueblos vecinos y hasta a las distantes misiones(2).

Comenzado anteriormente para halagar a los dominicos, debió terminar en esta época, con ánimo de desairarlos, un cuadro muy curioso, analizado así por Alberto Urdaneta(0).

«El momento escogido para caracterizar la escena no puede ser más oportuno. Vásquez acaba de entregar a un padre agustino dos lienzos que representan los conocidos y repetidos San Francisco y Santo Domingo, [C. 165 Fig. Pág. 871 de medio cuerpo... creemos que fuese el asunto un pretexto del pintor para hacer el retrato de su propia persona. Igualmente parece que, al elegir a un agustino para recibir los cuadros de San Francisco y Santo Domingo, hubiese querido reunir los tres conventos principales que entonces existían y que fueron fuente de civilización para los indígenas. El agustino se vuelve hacia el espectador y con inteligente mirada parece interrogar el buen gusto de quien contempla la obra del maestro... Vásquez ocupa el centro del cuadro... De espaldas, cubierto con los pliegues de ancha capa de color verde sepia, calzón corto, media blanca, espadín, elegantes encajes, abundoso pelo, todo a la moda de la época. Presenta distinguido perfil y la mirada es vivísima e inteligente---. Está en actitud de dar un paso hacia adelante, lo que comunica mucho movimiento a la figura. Frente a él, un cortesano con el sombrero en la mano izquierda, y la derecha sobre el corazón, con el gesto natural de quien dirige una galantería, para decir frases de alabanza al artista. Este, indudablemente convencido de su propio mérito, corresponde con franqueza quitándose el sombrero de terciopelo negro.

»Puede muy bien ser el cortesano el que vino de Oidor en 1683, don Francisco Casalero y Guevara, quien parece decir:

»-Realmente la obra de Ud. es completa y satisface a todos.

»El hermano de Vásquez, colocado entre el Oidor y el agustino, se vuelve a aquél, complacido, las manos juntas, como en ademán de exclamar:

»-En verdad, ¿no es cierto que esto es muy bonito?

»El tipo de este hermano frecuentemente sirve de modelo al maestro, y así lo vemos repetido en muchos cuadros, especialmente en el San Pedro [C. 32 Fig. Pág. 80] que conserva la Capilla del Sagrario...

»Hay un quinto personaje en el extremo derecho del lienzo, y, en el ángulo, un pastor arrodillado, como representando la fe religiosa. La escena del cuadro pasa sobre un atrio al que conducen varios escalones... A la izquierda hay catorce figuras, en diversos planos; entre ellas, un niño, que llama la atención, con calor, a la madre sobre la escena principal. Igualmente, una mujer, en traje verde, hace ademán de mostrar a Vásquez a otras dos que parecen sirvientas.

»Debía ser Vásquez hombre asaz diplomático y cortesano, cuando, seguramente para halagar a los frailes que le encomendaron la obra, escribió con letras de oro, debajo de San Pablo, que lleva túnica roja y espada de luz, como símbolo de fuerza:

PER ISTVM ITVR AD XPTVM
(Por éste se va a Jesucristo.)

»Y al pie de Santo Domingo, quien tiene los atributos del Estudio y de la Inocencia:

SED FA CILIVS PER ISTVM
(Pero más fácilmente por éste.)»

Tal vez esta ingenua inscripción solo demuestra que Vásquez no perdió jamás su humor maleante y retozón.

En el fondo de este cuadro agrupó el artista cuantos edificios notables había en la naciente ciudad: la Catedral, antes de restaurada, con sus torres cortas, y las estatuas de Juan de Cabrera, la trágica calle del Arco; la torre de San Francisco; la fachada de Santo Domingo, decorada con estatuas, y la cúpula de la misma iglesia. (1) Se ve el esfuerzo de su imaginación para dar solemnidad y grandeza al conjunto, colocando figuras pequeñas, en distintos términos, al pie de los monumentos. Desgraciadamente éstos, aunque de grandes dimensiones, eran pobres de estilo; pesados como fortalezas, de monótonos y recios sillares.

En sus obras posteriores el artista reemplaza las arquitecturas con el paisaje. Observado éste al amanecer, cuando el pintor recorre el campo para sorprender la caza a orillas de riachuelos sombreados de alisos; o a la caída de la tarde, cuando bajo los espesos nubarrones y los árboles sombríos brilla una raya de luz amarilla, el paisaje de Vásquez es de un sentimiento serio y profundo que volvemos a hallar en las obras de don Eugenio Peña,(1) caracterizadas por sus viejos troncos, tan humanos, abrumados de peso; por sus terrenos rojizos y sus masas de follaje, en una gama fría que da la sensación exacta del ambiente. Tanto en los paisajes de Vásquez como en los de Peña se echan de ver el sentido y la expresión propios de hombres sufridos y resignados, juntamente con la intuición de los grandes artistas.

Vásquez es un fiel intérprete de La Sabana húmeda, de lejanías verdosas y grises que se confunden, entre una llovizna finísima, con los cielos sin color. En sus cuadros vense los encenillos de línea esbelta, y los cedros coposos erguirse entre la maleza que desciende arrastrándose hasta un pantano de aguas dormidas, resto del inmenso lago de las leyendas, templo agotado de la Deidad indígena, maternal y purificadora.

 

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