Gregorio Vásquez

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Capítulo VIII

San José con Jesús Niño (C. 264). 1704.  1.64 X 1.10. MAC. Bogotá. San José con el Niño (D-34). 41.4 X 31 cms. MAC, Bogotá. Arqueta con cinco pinturas (Piedad y Cuatro Santos) (C. 290). 1696. 0-x22 X 0.17. Prop. part., Bogotá.San Antonio con el Niño (C. 191) 0.25 X 0.18. M. del S., Bogotá. San Juan de Dios dando limosna a un niño (C. 192). 0.42 X 0.18. M. del S., Bogotá. San Vicente Ferrer (D-81). 42.8 X 26 cms. MAC, Bogotá. Santo Domingo de Guzmán (D-77) 33.5 X 29 cms. MAC, Bogotá. San Ignacio de Loyola (C. 300).  0.24 X 0.20 MAC. Bogotá. San Vicente Ferrer (C. 21). 0.88 X 0.65. Cap. del Sagrario. Bogotá. San Francisco de Asís (C.294). 0.83 x 0.67. MAC. Bogotá.Santo Domingo (C. 26) 0.88 X 0.65. Cap. del Sagrario. Bogotá. San Cristóbal con el niño (C. 451). 2.42 X 1.64. Col. part. Bogotá. San Cristóbal (D-71). 30.9 X 42.6 cms. MAC, Bogotá. Milagro de San Eustaquio (C.10). 1.73 X 2.20. Cap. del Sagrario, Bogotá. Santa Catalina de Siena (C. 280) 0.48 X 0.72. Col part. Bogotá.

Texto de Roberto Pizano

Donde mejor puede apreciarse el aislamiento en que se encontraba el artista es en aquellos pueblos de La Sabana para los cuales pintó algunas obras, que se conservan todavía. La diafanidad de la atmósfera hace aparecer los objetos pequeños y cercanos. Un grupo de pobres viviendas, con sus techos de paja y sus paredes de tierra gris, sumergido en un horizonte sin límites, en el que se destaca, blanca y aguda, la torre de la iglesia parroquial. En el interior se ésta se encuentran siempre mujeres, cubiertas por negras mantillas de lana, que veneran en recogida actitud al Patrono del pueblo, representado por una tosca escultura de madera, vestida con bizarros ropajes y con corona de papel dorado en la cabeza. Sentado en un arcón donde se guardan las ropas del Santo y las flores de trapo del altar, un hombre lisiado, de barba crecida y aspecto poco tranquilizador, saca la cabeza, por en medio de un espeso abrigo de bayeta colorada.

Algunas veces, acosado Vásquez por el hastío de su existencia, plana y monótona como La Sabana en que vive, cabalga por entre riscos y breñas casi inaccesibles, hasta sentir las bocanadas del aire helado M Páramo, sedante para sus nervios exasperados. Asciende inclinado sobre el caballo, cuyos cascos se hunden en la tierra negra, y va viendo surgir de entre la niebla un horizonte nuevo: anfiteatro de colinas que encierran una laguna silenciosa. Comienza luego el descenso por la tortuosa vereda que han moldeado pies desnudos y a poco encuentra una india joven, con la pesada carga de rama sobre los hombros, un niño agarrado al pecho, y atrás, guiado por medio de una cuerda, el viejo padre ciego, que la sigue penosamente.

Vaga horas enteras al azar por entre rocas cubiertas de líquenes, que parecen de plata manchada y sin lustre; cruza el monte áspero, entre arrayanes de un verde profundo, ocultos casi por las pequeñas frutas roías, como bancos de coral. Detiénese largo rato a contemplar una corriente que se pierde en la espesura, trozo de paisaje que guardará en su memoria para reproducirlo más tarde en sus obras.

De su ensimismamiento en aquel silencio maravilloso lo sacan las notas de una campana que llegan desgrandas en las ráfagas del viento. Rústicos bardales comienzan poco a poco a marcar el camino; guiando unas ovejas viene un niño medio desnudo, con una larga vara en la mano, asustadizo como una alimaña. Un día recoge a uno de estos pastores, astuto y vivaracho, le trae consigo a Santa Fe, le viste de librea y desde entonces hace que le acompañe como guía al pie del caballo en sus excursiones de caza. Así le retrato alguna vez en el cuadro de San Eustaquio, [C. 10 Fig. Pág. 95] en el que se ve al joven indio conteniendo un perro que quiere lanzarse sobre un ciervo, entre cuyas astas aparece la Santa Cruz.

Al volver de una loma divisa la Encomienda: unas casonas de tejas, con muros y contrafuertes de piedra y aleros de mucho vuelo, encaramadas en un peñasco al cual se ciñe el río. En lo más alto está la iglesia, con camarín adosado y torre maciza, desde donde llama la campana.

El jinete atraviesa el do turbio, amarillo y perezoso, en el que niños bronceados y pelinegros cargan sobre asnos el agua en grandes ollas de tierra cocida. La luz velada de las cumbres aparece ahora con el esplendor incomparable de un paisaje marroqui; en la loma pelada los tunos de pala avanzan sus hojas planas y sus frutos morados o de color de cobre.

Al subir el caballero la cuesta polvorosa recorre un patio inmenso con un cedro en el centro, y sin desmontarse del caballo da fuertes golpes en el portalón, defendido por gran cerradura de hierro por cuya bocallave, grande y oscura como un ojo de buey, se alcanza a ver el huerto de cerezos.

Repite la llamada en altas voces...

-¿Cuántas lanzas?

Contestan dentro con socarronería, y se entreabren al tiempo una ventanilla de pie y la puerta, en la que aparece un hombre de barba roja y Ojillos burlones, descendiente de aquellos soldados que, después de guerrear en Italia, en Flandes y en Hungría, conquistaron tras infinitas penalidades el reino de los Chibchas y recibieron como premio la Encomienda, que el mayorazgo disfruta ahora muelle y apaciblemente.

Apease el visitante, cambia con el encomendero algunas bromas de saludo, penetran luego en la espaciosa sala, en donde es presentado a la dueña de casa, donosa santafereña de ojos oscuros y cabellos recogidos en bandas, primorosamente arreglada, con una flor natural sobre el gris jubón emballenado y con campanuda falda:

Era un bien mezclado traje,
Ni bien de corte, ni bien
De aldea, sino a mitades,
De señora en el aliño,
De aldeana en el donaire.

Ella misma va a traerles los fracos del vino y los barquillos. Se comentan las noticias de Santa Fe y de la Metrópoli. Después del almuerzo, desde un balcón volado sobre el río, espian los venados que salen a beber, entre la penumbra de los pinos y de los salvios
negros.

Antes de regresar el pintor, el encomendero, que pertenece a la cofradía de los veinticinco caballeros que celebraban cada año en Santa Fe el aniversario de la Batalla de Lepanto, le pide cuatro cuadros para su capilla (1). La dama quiere una imagen de Jesús Nazareno, por quien ella. como bogotana, tiene gran devoción.

Mediada la tarde bochornosa vuelve el pintor a ponerse en camino. El cielo se ha toldado con nubes pesadas y radiantes, que van extendiéndose por el horizonte, hasta ocultar los cerros, y acaban por convertirse en desatado aguacero.

Al recorrer otra vez las callejas de la ciudad, mojado y taciturno, va cerrando la noche. Ya, apenas se ve de vez en cuando, tras los enrejados postigos, alguna luz, que se refleja en las piedras brillantes y desiguales de¡ piso, el rescoldo de la fragua de una herreria, el farolón de cristales con que una esclava va alumbrando a sus amos, de amplia figura los dos, ella por el ahuecado guardainfante, el por los vuelos de la capa.

Aguardásele en casa con impaciencia y aunque entra con el espíritu desfallecido y el cuerpo fatigado, el influjo de los rostros familiares a la luz del candil, y la sabrosísima pitanza, acaban de reconfortarle, se excita su locuacidad y a los postres -natilla con canela o arroz con leche-, servidos en fuentes de dorada loza de Málaga, la ductibilidad de su carácter le ha tornado otra vez doméstico y jovial.

Vida sin accidentes, que toca los extremos de la monotonía, mas he aquí la noche de un
día luminoso y sereno de marzo de 1687. Pasadas ya la cena y las oraciones, dormían los hijos del pintor. Este contemplaba la llama oscilante del velón, cuyas vibraciones tantas veces trató de reproducir en sus cuadros. La esposa tejí a silenciosa. Súbitamente se oye un formidable estruendo, luego un crujir extraño y prolongado, al que pronto se unen los gritos de terror quedan los vecinos por las calles. El padre obliga ala mujer a refugiarse en la alcoba con los niños, que gimotean. Vuelve al salón y al abrir de un golpe la ventana ofúscale un resplandor vivísimo y siéntese envuelto en una atmósfera de azufre. Fuera, huye la gente sin saber adónde, confesando a gritos sus culpas, clamando misericordia, arrancándose puñados de cabellos, hiriéndose el pecho con piedras de¡ arroyo, desatentados y enloquecidos por el retumbar que continua ensordecedor.

A poco ábrense las puertas M vecino templo de la Candelaria y en el ambiente turbio aparecen los frailes con cirios encendidos, empujando una mesa de altar, sobre la cual colocan una Custodia con el Señor. A sus pies, entre llantos y quejidos, se arroja el pueblo: las campanas unen su queja a la oración plañidera de la multitud, hasta que, tras momentos de trágica angustia, decrece el ruido subterráneo, inmenso y sordo, y se apaga lentamente en el pávido silencio de la noche.

Convencidos los indígenas de que no se trata de una nueva invasión, sino que son los cielos perturbados por el maligno Fomagata que viaja en los aires y transforma los hombres en bestias, temen la venganza de sus dioses abandonados, y su imaginación, tan fértil en inventos fabulosos, les representa a uno de éstos, el llamado «Apoyo de los Chibchas», fatigado del peso de la tierra que lleva sobre sus espaldas y pronto a dejarla caer. Por su parte los españoles miran con recelo aquel pueblo dado a hechicerías, convertido a la fe por miedo, pero idólatra en el fondo, que conserva adoratorios ocultos en los montes, donde tiene aún coloquios con el Diablo.

Cada vez que Chibchacún pasaba la tierra de uno a otro de sus hombros para descansar, tenían lugar en ésta los temblores y ruidos subterráneos que desde tiempo inmemorial se han sentido en el país de los Chibchas. Tal sostenían éstos, al menos. La semejanza entre el Chibchacún de los indios y el San Cristóbal de los blancos pronto fue advertida por aquéllos, quienes por motivos que bien se comprenden hicieron del Santo cristiano su Santo predilecto. Así se explica, como es sabido, la gran devoción que en otros tiempos hubo en el Nuevo Reino por San Cristóbal, cuya imagen, tantas veces pintada por Vásquez, apenas podía faltar a la entrada de las casas santafereñas.

Vivía Vásquez en el barrio de la Catedral, en la carrera de Oriente, a la sazón uno de los mejores sitios. Su casa ha sufrido irreverentes alteraciones, pero no sería difícil conseguir un trasunto fiel de la realidad si se copiaran los «interiores» que tanto gustaba pintar el artista. Está muy lejos de parecerse a los caserones señoriales y palacios de enormes patios rodeados de galerías, con rebosante tazón en el centro, escalera claustral, capilla y escudos empotrados en la fachada, que se construyeron más tarde al establecerse el Virreinato y concederse Títulos de Castilla a los naturales del país. Anchísimo portón da entrada a la antigua morada del pintor. Tras un zaguán pavimentado con huesos, hay un patio pequeño. Una escalera conduce al piso principal, en donde tres estancias comunicadas entre sí ocupan todo el frente de la casa. Tienen éstas ventanas al Norte, de recuadros con cristales. Allí pintó Vásquez gran parte de sus obras, generalmente iluminadas por la derecha. La profundidad que hay en éstas la ha logrado al colocar una figura en la habitación central, dejando en la penumbra, de la cual parece surgir, la del fondo. Allí reunió el pintor cuanto de brillante y lucido había podido hallar: sedas y terciopelos, un brocado de oro veneciano, incompletas armaduras. En cantarillas y en tazas de loza se conservaban los colores en preparación y los opalescentes barnices. Combatíase el acre olor de éstos con los bálsamos y maderas aromáticas que Vásquez había encontrado en sus ensayos para enriquecer las gamas y que ardían constantemente en un sahumador.

Debajo del estrado guardábanse la plata y el oro. No eran éstos codiciados por Vásquez con la avidez con que los deseaba Tiziano, y salían de las arcas más fácilmente que entraban, pasando sin contarlos de las manos dadivosas de la hija a las de los pobres y de los proveedores de la casa.

Nunca un necesitado puso en vano su esperanza en la liberalidad de sus mercedes. Una viuda que llegó en día en que se habían agotado los tejuelos, patacones, reales y maravedises. fue socorrida con una pintura del artista, la cual vendió en una cantidad tan elevada que alivió por muchos días su miseria.

A los costados de estos aposentos sucédense varias alcobas. en una de ellas, delante del gran lecho con columnas y dosel, está el biombo indispensable para el sosiego y cuidado de la que ha sido madre:

Metido en las alcobas,
Oyendo dar recetas
Al médico que entraba,
Y después a las viejas
Que, peritas en todo,
Las daban más completas.

Biombo famoso en este caso por haber pintado en él el artista espléndidos fruteros y paisajes con cacerías.

En la parte baja de la casa, en cuevas oscuras, fabricaba Vásquez los colores con medios rudimentarios. Hay allí un zócalo de piedra que debió ser la «muela» cóncava, dura y pulimentada, empleada para macerar las sustancias. En el huerto estaban el horno y los crisoles de fundición.

En lo alto hay una serie de edificaciones, algunas sin duda de la época del artista, que forman hasta cuatro pisos, desde donde se dominan el campo y la ciudad, lugar admirable, elegido en otro tiempo por los mismos caciques de Bogotá para sitio de recreo: a un lado, la mole majestuosa de las montañas, de abismos tenebrosos tajados verticalmente-, sombrías cuando están coronadas de nubes, bermejas a la caidade la tarde, contra un cielo de finisimos azules. a su pie, hundida en la sombra violácea, La Sabana negligente con sus lagunas de plata. En el término más lejano, la Cordillera de los Andes presenta a los habitantes de Santa Fe un espectáculo magnífico, que «recuerda, con dimensiones mas imponentes, la vista de los Alpes de Suiza»(1)

 

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