Gregorio Vásquez

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Capítulo X

Institución del Rosario (C. 197). 0.42 X 0.32. M. del S., Bogotá. La Virgen con el Niño (D-29). 42 X 30.5 cms. MAC, Bogotá. Cabeza de Apóstol (Santiago el menor) (C. 446) 0.59 X 0. 44. MAC, Bogotá. Cabeza de Apóstol (San Pablo) (C. 332) 0.55 X 0. 41. MAC, Bogotá. Cabeza de Apóstol (Santo Tomás) (C. 334) 0.55 X 0.43. Col. Sáenz Pizano, Bogotá. Cabeza de Apóstol (Santiago el mayor) (C. 447). 0.59 X 0. 44. Col.Rivas Sacconi, Bogotá. Cabeza de Apóstol (San Pedro) (C. 333) 0.57 X 0. 42. MAC, Bogotá. El  Apóstol Santiago auxilia a los cristianos en la Batalla de Clavijo. (C. 12). 1.73 X 2.19. Cap. del Sagrario, Bogotá. San Jorge y el Dragón (C. 13). 1.73 X 2.18. Cap. del Sagrario, Bogotá. San Juan de Dios (C. 495) 0.82 X 0.66. Col. part., Bogotá. El Lavatorio (C. 8) 2.93 X 5.60. Cap. del Sagrario, Bogotá. LA Visión de San Francisco Javier (C. 328). 0.59 X 0.48. Col. Part., Bogotá.

Texto de Roberto Pizano

A principios del siglo que en nuestra relación toca a su fin, un ermitaño que vivía
en las sierras vecinas, en un sitio que por su soledad y por el ruido del Tequendama
es uno de los más propicios para llenar el alma de admiración y recogimiento, había predicho que un hombre venido de España edificaría en Santa Fe un templo al Santísimo Sacramento, vaticinio que se cumplió en la persona de uno de aquellos soldados misioneros que abundaron durante el descubrimiento y la colonización: don Gabriel Gómez de Sandoval castellano, Sargento Mayor del Ejército Real, quien se había ligado con el voto de levantar una iglesia al Sacramento. Empezados los trabajos en 1660, recibió Vásquez encargos de diversos cuadros para esta Capilla. Se guardan en ella, en efecto, una colección variadísima de obras, sin plan determinado y de todas las épocas de la producción del pintor. Poco a poco. la amistad entre éste y el fundador fuese estrechando, hasta encargarle Sandoval la decoración de todo el templo. Trabajaba Vásquez con ardor juvenil en los grandes cuadros que se hallan en el cañón de la iglesia, cuando llegó un día en que se terminaron los dineros del fundador y resolvió éste volver a Europa para vender sus joyas a fin de poder continuar la obra. Trató Sandoval entonces de hacerse acompañar del pintor, quien, necesario como nunca a los suyos, declinó con honda pesadumbre, pues el viaje de Vásquez a otros sitios fuera del territorio que la antigua gentilidad llamaba Cundinamarca está en desacuerdo con la tradición más constante que se guarda de su vida, y con el proceso de sus obras.

Gómez de Sandoval empleó su visita a España en vender sus alhajas y en recorrer iglesias tratando de hallar nuevos modos de honrar al Sacramento. Movido por su devoción. fue hasta El Escorial a venerar la Sagrada Forma, que había sangrado al ser pisoteada por los soldados protestantes en Holanda. Al recorrer el majestuoso monumento, se apoderó de su ánimo, embargado siempre por el recuerdo de su fundación de Santa Fe, un vivisimo deseo de completarla pronto y con tanta magnificencia como fuese posible. Sorprendiéronle en El E Escorial las innumerables pinturas con que Felipe 11 y sus sucesores habían enriquecido este Real Monasterio. Sintió entonces una inmensa, agradecida admiración por Vásquez, al comparar sus obras con las de los pintores enviados a España desde Italia por los Embajadores, que se habían atrevido a turbar la severa armonía del Templo con los desapacibles frescos de las bóvedas. Pudo, en cambio, admirar los lienzos que se conservan en las Salas Capitulares. Allí obtuvo Sandoval grabados de dos de los mejores cuadros que se guardan en dichas Salas: La Anunciación, del Veronés, y El Lavatorio, del Tintoretto. Al regresar al Nuevo Reino traía además un juego de estampas de Rubens, de las cuales copió Vásquez más tarde hasta cuatro, y otro de Los Apostoles, de Ribera.

Lástima grande que por los grabados no pudiera el pintor colonial darse cuenta exacta del Lavatorio, obra admirable, perteneciente a la segunda época del Tintoretto. En la estampa no podía Vásquez admirar la maravillosa oposición de lo' s azules intensos de las túnicas, los azules pálidos del piso, los azules verdosos del agua del canal y del cielo, con la rica gama de tierras doradas, de amarillos rebajados o vibrantes, de jaldes y anaranjados, de marfiles, de blancos violáceos y de grises. Tampoco le era posible apreciar la atmósfera, verdadera protagonista de este cuadro. Tan solo se echaba de ver allí que las únicas figuras tratadas con nobleza eran las de San Pedro y el Señor en un extremo, y las de dos discípulos, que meditan aparte con silenciosa amargura. El resto del cuadro, pintado con espíritu burlesco, mal se acomoda a la majestad de la escena. Por eso Vásquez, al copiarlo [C.8 Fig. Págs. 112/113] tan sólo toma la figura del Señor, colocada por él en el centro de su composición. El artista santafereño introduce en ésta un elemento emotivo y trágico, la luna; reemplaza la meridicana claridad del cuadro del veneciano con las sombras de la noche, entre las que se destaca la luz de hachones puestos en manos de jóvenes sirvientes.

En 1698 está fechado el retrato de don Enrique de Caldas Barbosa [C. 60 Fig. Pág. 18]. ¡Cuán largo es el camino recorrido desde los triviales cuadros de altar hasta este retrato, que se puede tomar por una obra de la escuela de Madrid! Tan notables son, en efecto, la simplicidad de elementos y la sugestiva expresión del carácter que se advierten en este lienzo. Sobre los oscuros profundos está modelado el rostro con suma facilidad. Completa el conjunto el blanco gríseo del cuello. Este retrato debió ser hecho siendo el personaje Cura de la Catedral. Cuando más tarde se le nombró Rector del Colegio del Rosario, otra mano pintó la beca y añadió la leyenda en elogio del autor. ¿Habría acaso sido esta mano la del mismo Rector?

Ya entonces había en Santa Fe varios Centros de enseñanza superior que fabricaban al por mayor teólogos, filósofos y hombres de leyes. Los oradores y los poetas eran legión. Entre estos últimos, de ordinario reñidos con las musas, había algunos versificadores fáciles e ingeniosos. Tampoco faltaron músicos que intentaran escribir composiciones clásicas. Todo esto fue el presagio de una cultura que se ha venido teniendo como típica de esta Capital.

En tanto que Vásquez enriquece con sus cuadros la ciudad, desarróllase ésta poco a poco sin perder por eso, al menos en apariencia, su carácter casi conventual, con el que dicen muy bien ciertos usos y trajes de la época. Van las mujeres cubiertas con rebozos y velos precursores de la mantilla bogotana. Sencilla ésta, armoniosa y realzada por el ritmo incomparable que sabe darle su creadora la mujer santafereña, tiene el garbo del mantón popular en ciertas regiones españolas; la gracia y el misterio del Pallium de los primeros siglos del cristianismo; la esbeltez del manto griego. Modela el volumen de la cabeza, la línea del cuello, la amplitud de los hombros, las ondulaciones del torso, el contorno del cuerpo, que cubre pudorosamente sin ocultarlo, ya que lo sigue en sus más leves estremecimientos, quebrada en los mil pliegues pequeños y regulares de la seda. La bogotana, envuelta en su airosa prenda típica, reanima las figurillas helénicas puestas en los santuarios familiares para protegerlos y velar por sus tradiciones: Corés que llevan sus ofrendas a los dioses; soñadoras, los ojos en el cielo; ya dolorosas y dramáticas consagradas al culto de los muertos; ya sorprendidas en movimientos impetuosos, intensas vibraciones de vida. Hagamos también nosotros de la mujer tocada con mantilla una divinidad dulce y benévola, ideal de nuestros artistas, símbolo del pasado que nos recuerde nuestro origen de españoles y nos asegure la perpetuidad de nuestras costumbres.

Las procesiones y las fiestas de la iglesia son casi las únicas ocasiones que tiene Vásquez para contemplar grupos en acción. En un cuadro, pintado para la Capilla del Sagrario, en el que aparece David danzando ante el Arca [C. 4 Fig. Pág. 111] en medio de un grupo que le secunda, se trasluce algo del modo, harto más pagano que cristiano, con que ya se celebraba en Bogotá la Semana Santa, remedo y continuación ésta, por una parte, de las famosas «tarascas» de Madrid y de las hipócritas y lúbricas representaciones de Autos Sacramentales de Sevilla (en las que alternaban las más elevadas sutilezas teológicas con zambras desenfrenadas y obscenas, tales como la llamada zarabanda) y por otra, de las «Procesiones de la Cosecha», durante las cuales los indios idólatras ofrendaban a sus divinidades, en medio de descomunales orgías, los frutos de la tierra.

Que los abusos, travesuras y escándalos no tenían lugar sólo en épocas de penitencia, bien lo demuestran las crónicas de aquella época, ricas en historias no siempre edificantes. Demuéstralo además el siguiente caso bien ruidoso, por cierto, en el que Vásquez intervino de manera directa. Muerta la esposa y casada la hija, ya no tuvo el padre el sentimiento de la honra espantadiza, y aunque de edad nada menos que de sesenta y dos años, comenzó a mezclarse en asuntos de gente ligera y despreocupada. En efecto, con fecha 22 de abril de 1701, legalizaba el Fiscal de Santa Fe y remitía a Su Majestad ciertos autos(1) en los que Vásquez, juntamente con otras siete personas, figuraba como reo principal en una causa por escalamiento de un convento y rapto de una reclusa.

Iban los autos precedidos de una carta dirigida a S. M. por el Arzobispo del Nuevo Reino,
en la que le éste le da cuenta de « los excesos de su Oydor D. Bernardino Angel de Issunza, y le ruega intervenga por carecer de fuerzas para el remedio, pues habiendo quitádole una muger lasciva, por la notoriedad del escándalo, y recluídola en el Convento de Religiosas de Sta. Clara de esta ciudad, a pocos días de su reclusión, la sacaron violentamente de ella en el mayor silencio de la noche, violando el sagrado de la clausura, y vestida de hombre, se la llevaron los q. constan de los autos al dho. Oydor D. Bemardino, a la una de la noche, en q. la estaba aguardando, y la retiene en su casa teniendo la puerta principal de ella cerrada todo el día, escandalizando con este reguardo el contrabando contra Dios, q. tan sin Dios oculta.

»No he passado a demostración ‑continúa el Arzobispo‑ porq. había de ser muy ruidosa, y con fuerza de armas, y por agravio recurriría a V. RI. Aud.a y teniendo tan íntimo a Vro. Oydor D. Domingo de la Rocha, como tan complicado en todas éstas tan enormes maldades como se anuncia en dhos. autos, pediría los míos, se decretaría auto de Legos, y dexándome sin ellos, quedaría triunfante la maldad, especialmente cuando Vro. Oydor D. Franc.o Merlo por hierno de el Presidente por cuyo orden y con licencia mía se le apprehendió la hembra, y se recluyó en dho. Convto. no podía votar en la causa.

»Señor, téngame lástima V. Magd., pues veo tan offendida la Divina, q. para templarla derramo muchas lágrimas, en el ínterin q. el RI. y cathólico zelo de V. Magd. la desagravia con satisfacción muy condigna, conq. aplacada, llene de bendiciones a V. Magd. con muchos años de vida p.a bien de toda la cristiandad.»

Gravísimo debió ser el escándalo, a juzgar por las angustiadas quejas del Arzobispo, y por la posición que en Santa Fe ocupaba el amante de la Orgaz, Caballero de Santiago y Alcalde de Corte de la Real Audiencia.

Portábase éste con gran desenvoltura, como consta de las declaraciones de muchos testigos que afirmaban, por ejemplo, haber visto a María Teresa en la silla de manos del Oidor,

paseando públicamente por todo el lugar sin empacho alguno. No obstante, vale la pena consignar aquí el ingenuo testimonio de Petrona López, india núbil retenida por violencia al servicio de la Orgaz, y según la cual los amantes dejaban de encontrarse los días miércoles, viernes y sábado, por amor a la Virgen, de la que eran muy devotos.

Para remedir artos males llovieron amonestaciones del Misionero Apostólico y Regio, de Frailes y Predicadores. El Arzobispo fué en persona a casa del Oidor, invitándole a venir a su residencia y agasajándole en ella cuanto pudo, sin obtener nada de la obstinación de aquél, por lo cual acudió al Presidente Gobernador, rogándole, también inútilmente, que apartara del Reino a la Orgaz con su madre. Ya en el último extremo mandó el Arzobispo que aquélla fuése encerrada en el Convento de Santa Clara, incomunicada en una celda, sin que tuviese trato con ninguna religiosa. El 5 de marzo de 1699 condújola allí el Alcalde ordinario. Llevaba la María Teresa falda de raso y en los hombros una mantellina de seda morada llena de fantasía. La portera del Convento declara en el proceso que el día que entró la Orgaz no se hallaba ella presente a la puerta, por haber ido allevar un pollo a una enferma, y cuando volvió halló a la madre de la reclusa que con palabras alteradas y desatentas aseguraba que había de sacar a su hija del Convento y que no era delito haber servido y asistido a un Caballero de Hábito.

Los primeros días estuvo la Orgaz tan desesperada, que el síndico la oyó decir que ya tenia dada el alma al diablo; mas luego comenzó a portarse con grandísimo recato, mostrándose muy ocupada en aprender a hacer unos soles de labor.

Concibió el Arzobispo la esperanza de que la gracia tocara el corazón de la mujer y que en vista del ejemplo de aquellas santas monjas se redujera a bien vivir, y aún insinuó al señor don Bernardino que, como caballero y cristiano que era, la dotara para que fuera religiosa y que si no se hallaba con medios para hacerlo ayudase para lograr tan santo fin; a lo cual respondieron los dos Oidores con una carcajada, divirtiéndoles mucho la idea de la nueva religiosa.

Había ya amenazado Isunza con que «si no hubiese estado en la Audiencia el día del encierro de su amante, al Alcaldillo que la llevó lo hubiera abrasado y a los alguaciles los hubiera llevado y puesto pressos y en el cepo y a la dicha María Teresa la hubiera puesto en parte donde nadie la viesse». Corrió la voz de que el Presidente iba a sacar a la Orgaz para desterrarla y los Oidores se declararon resueltos a defenderla, haciendo saber que tenían trabucos y unos mozos tan diestros que apuntan al ojo y dan en el seso, y que había que correr sangre y otras amenazas.

Así pasaron los días hasta la antevíspera de la fiesta del Patriarca San José, en que fue retirada la religiosa que asistía a la reclusá. Pasó tambien este día y el siguiente y en completa calma el 21 de Marzo, que cayó en sábado. A prima noche fue cerrado el pesado portalón de la calle con la segura llave de loba, la puerta de enmedio con pestillera, candado con fuertes almellas y cerrojo, y la reglar con cerrojo, llave y dos aldabas, guardando las llaves la misma Madre Abadesa. A las ocho y media salió la Comunidad del coro y fue a cenar. A las diez se recogieron en los dormitorios y poco después sonó una campanita y todo quedó en silencio.

Hacia las once sintióse el ruido de unos hábitos al rozar el piso y, con pasos lentos y torpes por la edad, pasó, por frente a la puerta de la Orgaz, Isabel de San Jerónimo, religiosa de más de sesenta y siete años; salió aquélla y con mucha zalameria le dijo: «Mamita, ¿cómo anda tan tarde? ¿Por qué no se recoge?» A lo cual respondió regañona la monja que andaba cumpliendo con su obligación y el mandato de la Prelada. Entonces la Orgaz, muy afectuosa, la convenció con grandes extremos hasta hacerla tomar un poco de vino que le ofreció en una tacita de plata. Despidióse la guardiana, cerró la puerta por fuera y se recogió.

La ciudad dormía beatificamente, los espesos muros de la iglesia, tocados por la claridad azul de la luna, se hundían en la bóveda resplandeciente, la que tienen en todo el mundo mayor número de estrellas y de más ilustre grandeza. La hora convenida debía ser la de las doce, porque a poco de oirse éstas, y cuando mayor era el silencio, don José del Toro, sacerdote que vivía no lejos del Convento, «estando acostado en cama y desvelado por estar enfermo, sintió que iba caminando por la calle un hombre y según el ruido que hacía le pareció iba con zapatos altos, se paró frente de las puertas de la Iglesia y de ahí prosiguió a la esquina de las Botellas, y al cabo de algún rato fueron passando hacia allí diferentes personas que le pareze seran quatro o seis, cada uno solo y el último pasó muy arrimado a las paredes».

Debían guiar el Oidor don Domingo de la Rocha y Gregorio Vásquez, sin temor y sin recatar sus personas, y venia de último un indio a quien hacia estrecharse contra la pared más el miedo que el deseo que el deseo de ocultar la escalera de que venía provisto.

De un huerto próximo saltó un perro sobre la tapia y comenzó a ladrar furiosamente. Trataron de asustarlo los de fuera con palos y el perro se dejó caer dentro, para volver otra vez a la tapia sin cesar de ladrar. Despertóse con esto alarmado el Bachiller don Juan Antonio Botello, quien vivía en esta casa, y al levantarse se encontró con su hermana doña Isabel llena de ansiedad. Chirriaron los goznes de una ventana que estaba a trasmano del balcón que da al patio y por ella se asomó una esclavilla. Mantuviéronse quietos los de la calle y volvióse a cerrar la ventana. Rápidamente atravesaron los seis hombres la calle y fueron apareciendo uno a uno sobre la pared del Convento, de donde saltaron a otra más alta, dejándose caer luego al huerto de San Miguel. Es fácil que Vásquez conociera el Convento por haber ido a pintar alguna vez. En todo caso es lo cierto que quien guiaba sabía bien por dónde iba y que sin hacer el menor ruido llegaron hasta la celda de la Orgaz, arrancaron las cerraduras y la hallaron ya dispuesta a escaparse.

Otra vez en el huerto cambió la Orgaz su traje por uno de hombre, y escalada de nuevo la pared encontróse al fin en la calle, por la cual se alejó la comitiva en gran tropel, dirigiéndose a casa de Isunza, donde les aguardaba opípara cena.

De la participación de Vásquez no deja duda ninguna la declaración de una india llamada Leonor, quien dijo que vió, como persona que servía en casa del Oidor, que «la noche que salió la Orgaz estuvo éste paseándose en su cuarto sin acostarse y que a más de media noche llamaron a la puerta de la calle y, habiéndola abierto, entro la dicha María Theressa de Orgaz en compañía de Nicolás de Gracia, Juan Félix, médico, y el pintor llamado Gregorio Vásquez y don Ventura, criado del Oidor, y que dicho señor Oidor estaba muy contento y que desde prima noche tenía prevenido cacao para dar a los susodichos, a quienes conoció y vio con toda distinción».

Desde las primeras horas de la mañana del día siguiente vióse al Arzobispo, contraído su seco rostro de castellano viejo, recorrer, en unión del Comisario General de la Caballería y de otras personas notables, los alrededores del Convento en busca del lugar por donde había acontecido la huída. Ordenó indignadísimo demoler y arrancar el cobertizo y el pesebre del huerto y quemar toda la ropa que usó la Orgaz, sin dejar rastro de ella, para purificar con el fuego «el vaho pestilente que en lugar tan sagrado pudiera aprehenderse». Temía sin embargo el Arzobispo el poder y la astucia de los Oidores, por lo cual resolvióse a implorar la ayuda del mismo Rey, quien más tarde reprendió severamente a don Gil de Cabrera, Presidente Gobernador, y pidió los autos a fin de castigar a los culpables. La burlada autoridad del Prelado reclamaba entretanto la imposición de un castigo ejemplar. El Presidente y los Oidores estaban demasiado altos para que su llustrísima se atreviera contra ellos. Los criados de éstos disfrutaban, naturalmente, de la impunidad de sus señores. Así, pues, fue a Vásquez (conocido en todo el Reino, pero desprovisto de otros valedores que los religiosos, en este caso los más ofendidos por él) a quien tocó recibir sólo el golpe de la justicia, sin que le salvara la única disculpa que podía dar:

No soy yo el enamorado,
¿Y he de ser el delincuente?

Vásquez, pues, fue a dar con sus huesos en la Cárcel de Corte, llamada la Cárcel Grande, adonde acudieron muy afanados los Curas y el Mayordomo de la Cofradía del Santísimo, con objeto de que terminara los seis grandes lienzos que decoran los arcos de la Capilla del Sagrario, única cosa a que se aguardaba para consagrarla. En la incomodidad de la prisión obligaron al artista a terminar estas obras tan hermosas y tan amadas de los bogotanos.

¡Pobre Vásquez, no se acordó que, quien juega de burlas, pierde veras! Los encargos para las iglesias y conventos se concluyeron, y los fieles comenzaron a mirarle con horro. Desde entonces no hay poder que contenga la corriente de sus desgracias, entre las cuales la muerte de Sandoval, el mejor amigo y protector del artista, fue sin duda una de las más sensibles.

En un principio, después de recobrada su libertad, debió encontrar Vásquez, en su diversión favorita de la caza, desahogo en sus cuidados y pesadumbres. Con todo, poco a poco empieza apoderarse de su ánimo la tristeza, y más tarde comienzan a atormentarle temores y sobresaltos infundados e inexplicables. Siéntese viejo, agobiado por el esfuerzo de tantos años. Acostumbrado a la pasión del trabajo, trata aún de ganar con sus obras la admiración de las gentes que continúan mirándole con un desvío injusto. Su pobreza le hace parecer más culpable. Llega por último una época de indigencia en que necesita acudir a su arte para ganar el sustento de cada día: va entonces él mismo de puerta en puerta a ofrecer sus cuadros

a cambio de un bocado de pan. Sus obras de este período de decaimiento moral y físico están hechas a la ligera. (Todavía se las distingue en Bogotá con la típica denominación de Almorzaderos de Vásquez.) Deja ver en ellas el pintor una aguzada sensibilidad por los tonos plateados, por las armonías tenues en grises argentinos, cenicientos y de plomo. Los contornos, que antes se marcaban con precisión, son ahora tan borrosos que parece que los objetos estuvieran desenfocados. La potente naturaleza del artista va consumiéndose, minada por la irritabilidad que le atormenta. Su espíritu desequilibrado presagia en él la locura de los últimos tiempos.

Sus amigos le han abandonado, repelidos por su humor salvaje. Tan sólo su hija está cerca y vigilante para prepararle un fin tranquilo y cristiano. Tiene de nuevo algunas horas lúcidas en las que vuelve a pintar, ya por última vez, su Virgen, obra de fatiga y decadencia, de color marchito, en que sólo repite figuras de cuadros anteriores. En los rasgos nublados de esta Concepción [C. 74] ingenua, casi infantil, aparece la doncella de los lejanos días de su boda. Ante este cuadro, colocado en el altar de la Candelaria, manda cantar una misa el 8 de diciembre de 17 10 y recibe la comunión. Al volver a su casa va con el juicio trastornado. En tal estado permanece hasta el año de 1711, en que por fin la muerte se acuerda de él. (1)

Fue sepultado en la Catedral; pero, para que fuera incierto hasta el lugar en que descansan sus restos, un día echaron tierra sobre su tumba, «se igualó el piso y se enlosó con ladrillos

TRAGICO destino el de Vásquez! Dotado de todas las cualidades del genio, pero aislado en un medio semibárbaro, tocóle a él adivinar hasta los principios de su arte, que en otras partes eran del dominio común. Con serena fuerza inventó los elementos materiales, los procedimientos, los medios, las formas necesarias para convertir en realidad los sueños de su imaginación. Con optimismo enardecido produjo sin descanso, hasta poblar la ciudad con un mundo de variadas figuras. Sin duda, el mal es para quien lo fuere a buscar, y de lleno lo encontró Vásquez. Anatematizado por el pueblo, cuya fe él ha contribuido a formar con sus obras, cuando, tras inmensos esfuerzos y un gasto de energía sobrehumana, ha dominado su oficio, fáltanle reservas de espíritu para soportar esta prueba. Mas la fuerza que durante tantos años había creado no desaparece súbitamente, sino que va extinguiéndose en una interminable melancolía. Turbados los sentidos, olvidado de todos, apagase su vida larga y dolorosa.

Aún después de su muerte parece perseguirle la fatalidad. Sus mejores pinturas se pierden o son destruidas durante dos siglos, y, por si ello no fuera bastante, un hombre de ciencia, grande autoridad en otras materias, se ensañó en su obra con extrema ceguedad e intentó anularla con una sentencia ligera e injustificada, que ha servido de disculpa a muchos de nuestros historiadores para encubrir su desconocimiento del más grande representante de la pintura colonial en América.

Por Vásquez parecen escritas estas amargas palabras de un genio igualmente desventurado:

¡Hombres! Si leéis un día esto, pensad que habéis sido ínjustos para conmigo, y que un desgraciado se consuela encontrando otro como él, que, a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, ha hecho cuanto estaba en su poder para ser admitido en la pléyade de los artistas y de los elegidos. (Beethoven.)

 

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