Gregorio Vásquez

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Prólogo a la Segunda Edición

Roberto Pizano Restrepo (Autorretrato). 1896 - 1929. IN MEMORIAN:Santiago, Patrón de España. (C. 365). 1.65 X 1.26. Col. part. Bogotá. Impresión de las Llagas de San Francisco (C. 142). 1.65 X 2.45. Col. part. Bogotá.

Texto de Francisco Pizano de Brigard

ANTES de 1926, la extensa obra de Vásquez, repartida en iglesias y monasterios o dispersa en innumerables salones y oratorios de casas de familia, era conocida en forma muy incompleta y fragmentaria. En las últimas páginas del apéndice(1) de este libro, Roberto Pizano menciona el esfuerzo realizado ya por Groot en 1859 para catalogar unas cincuenta obras de Vásquez continuado luego por los trabajos de Urdaneta, del crítico italiano Enrico Costa y de los coleccionistas bogotanos Carlos Pardo y Carlos Umaña. Sin embargo estos trabajos no llegaron a integrar una obra metódica y varios de ellos desaparecieron con el tiempo.

Alrededor del año de 1921 Roberto Pizano acometió la formación de un catálogo completo y comentado de la obra de Gregorio Vásquez, acompañado por la biografía del pintor El mismo relata las dificultades que tuvo que vencer para localizar y estudiar los 403 cuadros que integran su Catálogo y señalar las principales les influencias de los maestros europeos sobre la obra del pintor

"Tarea larga ha sido la identificación de los originales de las pinturas que aún cuando sólo fuera por grabados, conocieron nuestros artistas coloniales. Para realizarla hemos recorrido detenidamente todos los museos principales de Europa".

La publicación del libro de Pizano en 1926, ordenó y amplió considerablemente el conocimiento que hasta entonces se tenía de Vásquez. Por primera vez fue posible apreciarla extensión de su obra y esta visión de conjunto produjo un cambio significativo en la forma de verlo y de juzgarlo.

El esfuerzo de Pizano, altamente apreciado en su momento, no fue continuado con la misma intensidad y en los años posteriores el interés por Vásquez decayó. En ese lapso se acentuó el mal estado de conservación de muchas de sus pinturas y otras pasaron de su exposición pública en las iglesias y monasterios para los cuales habían sido pintadas, a la discreción de las colecciones privadas. Tampoco se produjo durante todo este período la extensa colección de reproducciones fotográficas que hubiera sido el gran complemento al catálogo compilado por Pizano. Al contrario, la repetición monótona y la baja calidad de las reproducciones de sus cuadros unidos al elevado número de malas atribuciones que ha sufrido el pintor, crearon una gran confusión sobre la obra y el mérito de Vásquez. No obstante, hay que anotar en su favor, la fundación del Museo de Arte Colonial que reune más de 70 cuadros suyos y el renacimiento del interés por el pintor en los tiempos actuales.

Por otra parte, a lo largo de los 60 años transcurridos han venido apareciendo estudios críticos valiosos que han buscado juzgar a Vásquez, de una manera objetiva, dentro del marco general de la pintura de su época Libre ya del sentimiento patriótico que fuera antes necesario invocar para rescatar al pintor, este nuevo enfoque ha permitido separar claramente los valores éticos de su vida de artista de los valores estéticos de su obra pictórica

La falta de escuela, la ausencia de contactos con los medios artísticos y los grandes maestros europeos, la escasez de recursos técnicos y la modestia del medio colonial que le tocó vivir, obstáculos que Vásquez superó con un grande y tenaz esfuerzo artístico, con honradez y con una lúcida apreciación de su capacidad y de sus límites, son datos que se consideran hoy esenciales para entender su desarrollo como artista. Pero el valor de su obra se busca desde luego en sus cuadros.

Sin embargo, la dispersión y el mal estado de la obra de Vásquez, y la ausencia de ese "Museo Imaginario" constituido por un extenso archivo fotográfico de alta calidad, no han permitido hasta hoy establecer un juicio equilibrado y amplio sobre el conjunto de su producción pictórica

El esfuerzo por desvincular la obra del pintor de las circunstancias de su vida y sacarlo de su marco local para situarlo en un marco de referencia universal, han creado el peligro de considerara Vásquez como un pintor español. Al abstraerlo de su lugar y de su medio, al pasar por alto las exigencias concretas que le planteó el ejercicio de su arte, al desconocer los objetivos que movieron sus pinceles, al menospreciar su ley interna como pintor santafereño de su época para tratarlo escuetamente como un pintor de la escuela española, se ha llegado necesariamente a un resultado: a clasificar a Vásquez como un pintor sólido y de evidentes méritos y aciertos, pero un representante ciertamente menor de la escuela sevillana, seguidor tardío de Zurbarán y de Murillo y un tanto reiterativo y formalista.

Gregorio, Vásquez no es un pintor español.

Vásquez nace en Santa Fé de Bogotá en 1636, a los cien años de haber sido fundada la ciudad Nieto de inmigrante españoles de finales del siglo XVI, el pintor pertenece a la segunda generación criolla americana. Ya pasado el ímpetu del descubrimiento y la conquista militar su generación afronta la tarea larga y compleja de incorporar el Nuevo Mundo a la vida española. Meta impuesta y respaldada por la fe, puesto que se trata de convertir un continente indígena al borde del mundo conocido y en el cual cabe España entera muchas veces, en un nuevo reino de la civilización cristiana occidental.(1)

Los españoles no son simples inmigrantes conformes con injertar una estaca española en el gran árbol idólatra y salvaje.

Pretenden transplantar en su lugar la religión, la ley, la lengua, las ciencias y las artes, la totalidad de España. Como todos los conquistadores perdurables, poseen una suprema seguridad en sus propios valores. Hombres de un universo que aún no ha perdido su unidad, para el cual la vida natural y la vida sobrenatural son una sola vida, los valores que del Viejo Continente traen a América encierran para ellos la luz y la verdad y constituyen el acceso a un modo de vida superior.

El esfuerzo humano que significa crear una nueva sociedad a medio mundo de distancia de la madre patria y en un ámbito extraño, crea necesariamente a los colonizadores una ley vital distinta.

Dentro de esa tarea de transferencia y arraigo, las artes juegan un papel esencial propio, distinto del español peninsular Aquí' mismo empieza la separación de América y España.

La tarea de los pintores coloniales de la generación de Vásquez consiste en transmitir al Nuevo Mundo los valores de España en un lenguaje inteligible potente y reiterado. Tarea de simplificación y claridad Puesto que el universo religioso envuelve todas las formas de

la vida, esa síntesis se expresa fundamentalmente en lenguaje religioso. Se emprende entonces la tarea de reducir la milenaria construcción de la cristiandad occidental a unas pocas escenas centrales de un gran poder de significación y evocación. La Inmaculada Concepción la Anunciación, la Adoración de los Pastores, la Sagrada Familia, la Pasión de Cristo, la Resurrección, la Trinidad, el Juicio Final, el Purgatorio, precedidas de algunas escenas bíblicas selectas, soportan el contenido del Antiguo y Nuevo Testamento.

Los ideales de la vida cristiana se encarnan en un limitado número de santos, representado cada uno por una figura típica de fácil identificación y portador de una virtud característica. Los Apóstoles, San Agustín, San Francisco de Asís, San Ignacio, Santo Domingo, San Francisco Javier, Santa Bárbara, Santa Catalina, Santa Rosa de Lima, adquieren en ese proceso de acentuación y simplificación un carácter propio con un alto poder de comunicación, susceptible de ser reproducido para innumerables pueblos de indios, conventos e iglesias del campo y las ciudades. Para quienes no tienen el recurso de la lengua, este lenguaje de los ojos tiene que explicarles la pureza, la templanza, el sacrificio, la fe, la fuerza de la gracia

Ante esa imperiosa búsqueda de la inteligibilidad los pintores coloniales echan mano de todos los recursos a su alcance, sin reparar en épocas o escuelas. Reintroducen en su pintura por ejemplo la forma de representar el mundo celestial en alto y el terrenal en bajo, fórmula ya desechada por los pintores europeos, pero maravillosamente paralela a la creencia indígena ¿ Cómo pretender que el uso de un recurso tan potente indique ya un rezago frente a Europa?

La búsqueda de los valores de esa "España esencial" impone necesariamente a los pintores coloniales una actitud conservadora frente a España. Actitud más intemporal, más formal, más "española" en muchos aspectos que la peninsular, puesto que busca los elementos comunes, lo que une y simplifica, lo representativo, lo aceptado, lo que ya pasó y ha perdurado.

Esta búsqueda por lo que define y congrega a su raza corresponde en Vásquez y sus contemporáneos a la urgencia vital de conservar su propia identidad Ante una Europa que ya comienza a moverse en otras direcciones, estos criollos que ya no son españoles y aún no pueden llamarse americanos, tienen que anclarse en fondo firme.

Productos del mestizaje cultural, seremos nosotros, más tarde, los imitadores ansiosos de todas las ondulaciones extranjeras en nuestro afán de encontrar nuestra propia identidad

¿Cómo penetrar en esa “España esencial”?

Vásquez pertenece a la segunda generación criolla americano que no conoce directamente a España, que nunca tuvo la vivencia, la percepción directa de la vida española. La materia de su sensibilidad no han sido la luz y los paisajes, los pueblos, los pastores, los rostros de los santos españoles sino su reflejo en esculturas, lienzos, tablas y grabados. Sus ojos no conocen lo que pintan sino representado a través de ojos ajenos. Es una España abstracta que casi podría llamarse de papel porque en buena parte les llega escrita y dibujada. Para ellos, los pocos buenos cuadros y los muchos malos grabados que reciben, constituyen paradigmas revestidos de una autoridad final e irreductible. La Virgen de los Angeles de Reni, la Sagrada Familia de Murillo, la Huida a Egipto de Rubens, la Inmaculada Concepción de Zurbarán, los Apóstoles de Ribera, la Anunciación del Veronés no pueden ser vistos por ellos como formas de interpretar la realidad, sino como la realidad misma, datos primarios y puntos de apoyo de su sensibilidad.(1)

La utilización de las obras de los grandes maestros, por fuera de contexto, ha sido señalada como evidencia de que los pintores coloniales tomaron los elementos del Renacimiento y el Barroco sin penetrar su esencia, en actitud puramente externa y formalista

Esa "traición de los estilos" era necesaria para quienes no se nutrieron en esa atmósfera de la sensibilidad occidental. Traición dinámica además, cuando la utilización de esos
elementos en contra de su significado original engendra valores estéticos nuevos. Este es un mecanismo tan conocido y tan fructíferamente utilizado en el desenvolvimiento de las artes, que no necesita explicación.

Puesto que los españoles coloniales hacen parte de la larga cadena de colonizadores que se han visto obligados a reinterpretar una cultura para transmitirla a un pueblo conquistado, debemos destacar esa categoría con más firmeza en el estudio del arte colonial americano.

Para esta segunda edición del libro de Roberto Pizano se han incluido en el Catálogo 121 pinturas más de Vásquez(1), elevando su número a 524, número que debe andar muy cerca de recoger la totalidad de la obra existente del artista

Su obra así completa, está ilustrada por 254 reproducciones que acompañan al texto y por el Indice Gráfico que identifica visualmente 362 óleos y 107 dibujos. Por fin tenemos el "Museo Imaginario " de Gregorio Vásquez que por primera vez puede ser así estudiado en su conjunto.

Sobre esta base se abre ahora la necesidad de acometer una nueva evaluación de su pintura Tarea que tomará tiempo y el concurso de numerosas personas, pero que permitirá establecer una cronología ordenada, distinguir períodos, integrar series e intentar nuevos juicios de valor.

Será necesario al mismo tiempo estudiar con mayor profundidad la pintura neogranadina de la época de Vásquez, de sus contemporáneos, discípulos e imitadores para obtener el panorama verdadero de nuestra pintura del siglo XVII

Un primer examen de la obra completa del pintor revela algunos rasgos esenciales.

Los temas

Existen, en cuanto al tema se refiere, polos temáticos alrededor de los cuales se desarrolla la obra del pintor. A excepción de uno, todos son de carácter religioso.

a) La Virgen y la Sagrada Familia
b) Vida, pasión y Muerte de Jesucristo c) Los Santos y Las Santas
d) Escenas del Antiguo Testamento
e) Retratos y Bodegones
Diversas pinturas participan de dos o más temas pero esta división temática permite organizar su obra en una forma lógica y simple.

Las series, las cabezas de serie

Casi siempre a partir de los grandes maestros, Vásquez desarrolló unas formas básicas de tratar sus principales temas y las utilizó sin grandes variantes a lo largo de su vida. Sobre los temas más solicitados en su tiempo, existen por lo tanto series bastante homogéneas desde el punto de vista formal.

Las más numerosas se refieren a la Virgen, a la Sagrada Familia, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Santos. San Agustín, Santo Domingo, San Vicente Ferrer, San Francisco de Asís, San Ignacio, San Francisco Javier y San Juan de Dios, y a las Santas. Santa Bárbara, Santa Catalina de Alejandría y Santa Rosa de Lima

Es indudable que desde el punto de vista de su mérito artístico las pínturas que componen cada serie no son de igual valor. Las 23 representaciones de San Francisco Javier porejemplo, vistas reunidas producen una sensación de monotonía y aún podría decirse que algunas acusan un proceso de fatiga del pintor o la intervención de pinceles subalternos. Resultado inevitable en una obra cuya mérito práctico dependía precisamente de esa repetición icono gráfica y de su continuidad de tratamiento.

Sin embargo en cada conjunto se destacan los cuadros que podríamos llamar "cabeza de serie" .

Para esta serie, por ejemplo, el San Francisco Javier [C. 178 Fig. Pág. 247] y la Predicación de San Francisco Javier [C.93 Fig. Pág. 2] de los Jesuitas, con el San Francisco Javier de medio cuerpo [C. 486 Fig. Pág. 269] de la Col Sáenz Pizano.

Otras "cabezas de serie" son, la Concepción [C. 172 Fig. Pág. VI], el San Ignacio con el Estandarte de la Orden [C. 117 Fig. Pág. 98] y la Santa Rosa de Lima [C. 5 10 Fig. Pág. 273], para citar algunas.

La figura aislada y el retrato.

Tal vez por mostrar mayor movimiento y variedad, o por que han estado colgados en lugares más visibles, los cuadros de composición compleja y con numerosos personajes han sido generalmente los más celebrados en la obra del pintor

Sin embargo ya en 1926 Pizano señalaba el Retrato de don Enrique de Caldas Barbosa [C. 60 Fig. Pág. 18] como "quizá la mejor obra que se conserva del artista ". Hay sin duda en Vásquez un talento y un gusto especial por la figura aislada. Desde el San Pedro Arrepentido [C. 32 Fig. Pág. 801, de busto, hasta la Santa Catalina de Alejandría [C. 502 Fig. Pág. 245] de cuerpo entero, se recorre una galería de pinturas bien integradas a su espacio, equilibradas y firmemente dibujadas, ejecutadas con un pincel seguro y un fino sentido del color

Entre los de busto, formato mediano que conviene mucho a Vásquez, hay que incluir además del San Francisco Javier y la Santa Rosa de Lima ya citados, el San Francisco de Asís [C. 4 72 Fig. Pág. 26 71, la Virgen en Contemplación [C. 293 Fig. Pág. 218] y los mejores entre los numerosos de San José, de los Apóstoles, Santo Domingo y San Vicente Ferrer.

Las figuras de cuerpo entero tienen por lo general una dimensión cercana a las tres cuartas partes del tamaño natural. En esas figuras de pie, vistas de frente y de composición serena y simple, logra Vásquez una combinación de gracia y equilibrio que es totalmente suya Expresión que, a pesar de su carácter hierático, logra darle a la Virgen de las Nieves [C. 78 Fig. Pág. 170] y con más libertad a la Virgen de la Candelaria [C. 341 Fig. Pág. 244], a los ya citados San Ignacio con el Estandarte de la Orden, y el San Francisco Javier, de los Jesuitas, al Santo Domingo con la Bandera de la Orden [C. 135 Fig. Pág. 246] y a la que bien puede ser su mejor pintura femenina, la Santa Catalina de A Alejandría de Tunja, antes citada.

Pero es en el retrato, tal vez más libre de explícitos significados religiosos y temáticos, donde se nos revela un Vásquez más escrutador y personal De los cuatro grandes retratos conocidos(1), ha desaparecido el Retrato de una Dama Principal [C. 298], que aunque deteriorado en un incendio, alcanzó a conocer Pizano. Subsisten el Retrato de don Cristóbal de Torres Bravo [C. 61 Fig. Pág. 18] el Retrato del A Arzobispo Fray Ignacio de Urbina [C. 49 Fig. Pág. 191 y el Retrato de don Enrique de Caldas Barbosa [C. 60 Fig. Pág. 18], este último como ya se dijo considerado por Pizano la mejor obra del pintor

Estos pocos retratos, que ciertamente ocupan una alta posición dentro del grupo de sus mejores obras, nos hacen lamentar que Vásquez no haya pintado un mayor número, o que no hayan llegado más hasta nosotros.

El paisaje como elemento dramático

Vásquez no cultiva el paisaje como género autónomo sino como elemento de fondo que no pretende describir un escenario real Son paisajes, como se hacía tanto en su época tomados con frecuencia de óleos y grabados de otros pintores, o compuestos de elementos de diverso origen, pero en todo caso "cosa mentale" como dijera Bernini de los paisajes de Poussin. Usualmente esos paisajes tienen la función de explicar el motivo principal del cuadro, de ilustrar en pequeñas escenas episodios de la vida del personaje principal, o simplemente servir de fondo a la figura que aparece en primer plano, según lo dice Gállego del mismo Zurbarán(1): sus Santos "se yerguen ante ese fondo como una imagen de talla ante un tapiz " .

Vásquez utiliza el paisaje en esa forma convencional en varias de sus obras, pero en cierto momento le descubre un sentido dinámico y le asigna un papel dramático frente al personaje principal

El paisaje pasa de ser un elemento decorativo, ilustrativo o de contraste, a ser uno de los personajes principales. Este uso original y fuerte del paisaje se presenta en su forma más explícita en dos de sus mejores pinturas, el San Agustín [C. 153 Fig. Pág. 78‑ 79] y la Impresión de las Llagas de San Francisco [C. 142 Fig.'Pág. 14‑15].

En los dos cuadros el paisaje representa el mundo natural en toda su belleza serena e ideal. Llamado por la gracia divina el Santo, en cada caso, deja de lado la vida natural para abrirse al mundo sobrenatural. La tensión que ejercen esos dos polos de atracción genera un significado estético admirable, en esos cuadros que la gracia divina parece rasgar en dos mitades.

Las fechas

Siguiendo el orden de los cuadros fechados y de las fechas probables provenientes de otras fuentes, parece posible dividir la producción pictórica de Vásquez en tres períodos principales:

I. Desde la Sagrada Familia [C. 2221 su primer cuadro fechado en 165 7, hasta el año de 16 78. Este período cubre su primera evolución como pintor independiente y comprende de acuerdo al Anexo Cronológíca(2), la Virgen con el Niño y Santa Ana [C. 378‑16691, la Visión de San Antonio [C. 297‑ 16691, El Purgatorio, [C. 211 ‑ 16701, Nuestra Señora de los Angeles [C. 217 ‑ 16701, Los Desposorios y La Anunciación de Monguí [C. 417 y C. 418‑1671], el Martirio de San Sebastián[C. 151‑16721, las Puertas de la Iglesia de Egipto[C. 348a C. 353‑16721, Nuestra Señora de los Angeles [C. 208 – 1673] y El Juicio Final [C. 80 – 1673], al restringirse a los cuadros de fecha conocida

II Desde 16 79, fecha de El Martirio de San Crisanto y Santa Daria [C. 138] hasta el retrato del Arzobispo Fray Ignacio de Urbina [C. 49] pintado circa 1703. A este período pertenecen los treinta y más cuadros ejecutados para la Iglesia de Santo Domingo y más de cincuenta para la Capilla del Sagrario, los Retratos y Cuadros del Colegio del Rosario, y una buena parte de los que se conservan en la Catedral, las iglesias de San Ignacio y San Francisco, así como muchos de los que integran hoy el Museo del Seminario y el M.A. C. También obras tan importantes como el San Gelasio, Papa [C. 454], la Santa Catalina de Alejandría [C. 5021, las Nazarenas de San Agustín [C. 520] y la Concepción [C. 172].

En este período de gran fecundidad, alcanza Vásquez su plenitud como pintor y produce lo que seguramente constituye lo más valioso de su obra

III Desde 1704, fecha del San José con Jesús Niño [C. 264] hasta 1710 fecha de su último cuadro, La Concepción [C. 741. Este período encierra los años finales, durante los cuales la pobreza, la indiferencia de sus conciudadanos y la vejez acompañan el declive de

su producción artística. Aunque a este período pertenecen algunos cuadros de mérito, su nivel general es inferior al del período anterior.

Este esquema cronológico, enriquecido con las investigaciones históricas y comparaciones estilísticas necesarias puede servir de marco básico para la ordenación cronológica completa de su obra.

Visto ya en la plenitud de su pintura y colocado firmemente dentro de las circunstancias as de su oficio de pintor santafereño, es indudable que el artista puede ser apreciado en mejor forma

A mí me impresiona la claridad del lenguaje que alcanza en sus mejores cuadros, su fuerza comunicativa, la simplicidad y la originalidad con que resuelve algunos de sus más díficiles problemas, los nuevos significados estéticos que logra mediante la distorsión de fórmulas comunes, la sensibilidad de su color No dudo en afirmar que al pincel de Vásquez se deben varios de los mejores cuadros pintados por los artistas coloniales en toda la América Española del Siglo XVII

Si esta segunda edición del libro de Roberto Pizano ayuda a sustentar una mayor comprensión y un juicio más certero de la pintura de Gregorio Vásquez, quienes hemos contribuido a su realización nos sentiremos bien retribuidos.

 

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