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Jardines de Colombia

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Los jardines a lo largo de la historia

Texto de: Cecilia Mejia Hernandez

Los jardines han sido creados por el hombre y para el hombre. Con el tiempo, las plantas crecen, maduran o mueren a diferentes velocidades, o cambian de su sitio de origen; su elemento vital es el agua, sin la cual no hay vida ni jardines.

Comenzando por el del Edén y a lo largo de la historia, cultivado con arte el jardín es sitio de esparcimiento y relajación. De acuerdo con la época y con su posición jerárquica, el hombre lo ha utilizado para satisfacer su vanidad pero también con fines prácticos. Allí se une lo útil con lo agradable y se combina lo cultural con lo natural. Los célebres Jardines de Babilonia son buena prueba de ello. Durante el auge de los grandes imperios, los jardines, al igual que las artes, recibieron gran apoyo. En la antig¸edad, una forma de demostrar el poderío de un imperio era construyendo grandes palacios con jardines en los que trabajaba un gran número de personas. Hoy, en muchos palacios de diferentes lugares del mundo, se han conservado los jardines, con sus características originales y muchos de ellos se han convertido en parques públicos de acuerdo con el cambio de los tiempos.

Los jardines de los palacios por lo general reflejan el espíritu de los pueblos es decir sus costumbres y culturas, y con el transcurso del tiempo ocurren cambios en la suerte de los pueblos, lo que viene a reflejarse también en el estilo de los jardines. Los de Occidente fueron diseñados para despertar la admiración de un público reducido, en tanto que los del Oriente están encerrados en recintos privados, donde el tacto, el oído, la vista y el olfato experimentan un deleite sensual y seductor. En Colombia se encuentran ambas modalidades, como observaremos a través de estas páginas.

En un jardín se sintetizan lo natural y lo cultural, y en nuestro país esto es especialmente cierto. Aquí predominaron por muchos siglos unos pueblos cuyo conocimiento de las propiedades del agua y de las plantas hacía parte de su cultura como cosa natural y autóctona, pero con el arribo de los españoles esa tradición fue abruptamente interrumpida. A partir de entonces, en Colombia se imponen a un ritmo acelerado estilos que en otros lugares tomaron varios siglos para desarrollarse y facilitar el paso de una cultura a la otra. Lo característico de la Colombia actual es precisamente su mezcla de estilos, sin que ello implique una relación ni temporal ni espacial con una cultura específica. En ese mestizaje cultural coexisten el parque francés con el morisco, con el japonés y con otros de la época actual. Las plantas mismas parecen indicar el tipo de jardín al que desean pertenecer, y si no se aclimatan, simplemente se descartan y el jardinero podrá dedicar su atención a nuevas especies. Nuestro jardín combina, en forma simultánea, tanto condiciones internas como elementos culturales propios de otras partes, y es además un sitio privado y privilegiado a la vez. Para entender esto es necesario hacer primero un recorrido a lo largo de la historia de los jardines del resto del mundo, donde la transición de un tipo de jardín a otro implica una transformación que se produce lentamente y que aquí ocurrió en forma más bien atropellada.

Aunque la influencia de los jardines chinos, con su tradición milenaria, no llega a nuestro país, y a la japonesa sólo la conocemos indirectamente a través de Europa y Estados Unidos, vamos a mencionarlas, ya que por su gran riqueza son parte muy importante de la historia de los jardines.

Jardines del Medio Oriente y del Asia Menor

Dadas las condiciones climáticas de esta región tan seca y de altas temperaturas, sus habitantes, cuya vida transcurre fuera de la casa, son especialmente sensibles tanto al agua como al sol, y al buscar un sitio para guarecerse del duro y áspero ambiente que los rodea, y del clima árido del desierto, para su solaz o para atender los rituales de sus cortes, construyen paraísos llenos de árboles y decorados con pabellones que brinden sombrío refrescante, desde donde se escuche el murmullo del agua.

Aquellas gentes aprovechan las fuentes o riachuelos de montes y colinas para llevar el agua hasta los sitios que desean cultivar o convertir en jardines de esparcimiento o de descanso, para lo cual construyen sistemas de irrigación con canales subterráneos que impiden la evaporación del agua por el efecto del sol y del calor. Las dificultades de construcción de canales y jardines les merecen importancia especial en el Medio Oriente, importancia difícil de concebir en un país tropical como Colombia, donde el agua y la vegetación son aún muy abundantes. Los diseños de significado religioso suelen encontrarse en el Medio Oriente identificados con el Islam, que, más que una religión, es todo un estilo de vida, que se extiende desde Persia, a la cual conquista en el año 642, hasta Sicilia y España, y cubre gran parte de la India, hasta alcanzar en el norte de Africa a todo el Imperio Otomano, llegando hasta las puertas mismas de Viena. Según el Korán, el jardín es el símbolo del Paraíso, de donde brotan los cuatro ríos de la vida el agua, la leche, la miel y el vino. Esta rica tradición se refleja tanto en los diseños de los jardines como en los de los tapices y en la cerámica, y es observada de manera diferente en cada región. Su influencia llegó a América del Sur a través de España, nación que hasta el año de 1492 estuvo bajo el dominio musulmán. Los elementos moriscos y su arquitectura tradicional vinculan a sitios tan distantes entre sí como Agra (el Taj Mahal) y Kashimir (los Jardines de Shalimar) en la India, con Granada (la Alhambra) en España y Marrakesh (Las Alamedas de Agedal) en Marruecos, por el simple hecho de haber sido construidos por musulmanes y para uso musulmán. De los mencionados, sólo los de Marruecos continúan siendo de propiedad del rey, quien los mantiene; los de la India, que fueron expropiados, y los españoles, que están al cuidado del Estado, se han convertido en parques para disfrute público y ornato.

Dado que su acceso era vedado, el común de la gente creía que dichos palacios y sus jardines hacían parte del Paraíso mítico de que habla el Korán. Las ilustraciones de las miniaturas persas los reproducen con gran fidelidad. Bajo pabellones instalados en sus jardines, maharajaes y príncipes siguen los rituales de sus cortes y reciben en ellos a sus súbditos quienes, según la costumbre islámica, pueden acudir a su príncipe, quien oye las peticiones, dispensa favores, atiende a los huéspedes y nombra generales.

Jardines de la China

En la China se combinan el arte de la pintura y el de la jardinería en una tradición milenaria, pues desde la dinastía Chou (1027 a.C.) hay referencias al respecto. Los jardines eran en esas épocas símbolos de poder, donde animales y plantas eran recibidos como regalos o tributos de los pueblos conquistados y representaban al imperio en miniatura. Para el hombre chino es muy importante vivir en armonía con la naturaleza, y a diferencia del occidental, mantiene con ella un diálogo permanente, sin pretender controlarla por medio de arreglos o esquemas formales sino aprovechando elementos que realcen el paisaje y vibren con él. Para comprender esto basta apreciar la manera china de pensar, en la que el ying y el yang, es decir lo positivo y lo negativo, están siempre balanceados. Tanto en pinturas como en jardines, elementos como montañas, rocas, plantas y agua tienen un simbolismo especial. El ying es lo pasivo y oscuro y se refleja en las montañas y las rocas; el yang es lo activo y luminoso, es decir el agua y las plantas. Las rocas representan lo áspero, masculino e inmortal y han sido moldeadas por el viento y el agua durante siglos e incorporadas a los jardines para evocar las montañas, cumpliendo así la misma función que las estatuas en los jardines occidentales. El agua, que se asemeja a las arterias de la vida y es suave, profunda y serena, contrasta con las piedras y se asocia con el carácter femenino.

Este simbolismo cuenta con otros elementos que se repiten tanto en la pintura como en las demás artes. El dragón, por ejemplo, habita las nubes, las caídas de agua, los ríos y océanos y controla las lluvias y las inundaciones. Muchas veces las siluetas sobre las paredes de los jardines, en lugar de ser totalmente planas y rectas como en Occidente, son onduladas e imitan los movimientos de la espalda y la cola del dragN. Hay plantas nativas de la China como el bambú, que son símbolo de amistad y longevidad; y la flor de loto que es sagrada en el budismo. Los ciruelos, duraznos, crisantemos, camelias, azaleas y otras plantas son sembradas para adornar con sus flores ciertos sitios del jardín en diferentes épocas del año. Tales elementos se repiten continuamente y aparecen a menudo decorando las porcelanas que llegaron a Europa en los siglos XVII y XVIII y le permitieron una visión de ese mundo tan diferente como es la China.

Durante la dinastía Sung (960 1279) la pintura de paisajes alcanza su mejor momento, y denota una relación especial, desconocida en Occidente, entre la naturaleza y el hombre, quien emplea el jardín para expresar y exaltar su unión con el mundo natural, lo que se refleja en las pinturas que, más que reproducciones fieles de la realidad, son un ejercicio de la imaginación. La especial topografía de sitios como Guilín en el sur de la China, con sus montañas monumentales y los paisajes de sus valles cubiertos de neblina o la variedad de sus lagos y caídas de agua diseminados por el vasto territorio chino, han sido inspiración permanente no sólo para pintores sino también para diseñadores de jardines. Las pinturas de los paisajes se conservan sobre rollos de papel en los que las rítmicas pinceladas idealizan esa visión íntima y lírica de la naturaleza, y los jardines se mantienen iguales desde siempre, aun en las épocas más oscuras de la reciente Revolución Cultural, cuando fueron cuidados y mantenidos e inclusive restaurados.

En los jardines chinos la quietud es esencial. Son recintos para refugiarse y meditar o lugares destinados a leer poesía, pintar o conversar íntimamente; allí se salvaguarda la energía interna y se asigna un valor casi que terapéutico a la naturaleza. En sitios adecuados hay pabellones para reposar, tomar el té o contemplar y admirar la belleza de un árbol artísticamente colocado, o para apreciar la tranquilidad de lagos, lagunas y estanques. Mientras los jardines occidentales, como veremos luego, usan las paredes para aislar unos espacios de otros, los chinos las emplean para guardar y preservar energía, y a diferencia de los jardines occidentales, que cambian y evolucionan a través de la historia, los de los chinos fueron hechos para que perduraran. Marco Polo, el primer occidental en viajar a la China entre 1275 y 1292, habla con admiración de los jardines de Hangshou y Sushou, ciudades que por su suave clima y por los canales que las recorren, son de por sí verdaderos jardines, que se han conservado casi intactos desde entonces. Los edificios están colocados en armonía con la naturaleza y sus característicos techos se mezclan con árboles y arbustos. No hay diferencias muy marcadas entre exteriores e interiores, sino que por el contrario, los espacios se complementan el uno con el otro, y existen varios patios, cada uno con su motivo de deleite visual. Lo lineal en pabellones, biombos y cuartos trazados sobre diseños rectangulares, tan común en palacios y casas de habitación, se mezcla aquí sin esfuerzo con lo asimétrico, ondulado, circular, triangular o recto de los jardines. Los caminos empedrados y las paredes divisorias dentro de los jardines, con sus puertas en forma de luna llena o sus ventanas de variadas figuras, permiten visiones sorpresivas sobre los espacios ocupados por lagos o por plantas, y logran crear ambientes llenos de particular vitalidad y energía.

Es durante la dinastía Ming (1368 1644) cuando se construyen dos de los monumentos más conocidos en Occidente el Palacio Imperial o Ciudad Prohibida, en el centro de Pekín, y la Ruta Sagrada de las Tumbas Ming, a poca distancia. Más tarde, la tristemente célebre Emperatriz Regente Tz'u hsi (1835 1908), penúltimo exponente de la dinastía Ching (1644 1912), construye allí cerca el Palacio de Verano. Al igual que en el resto del mundo, éstos son hoy parques públicos donde se admiran pagodas, pabellones, senderos y otros elementos de la milenaria tradición china. A ellos, el gusto de la Emperatriz agregó su toque particular en el monumental lago del Palacio de Verano se encuentra un buque de tamaño natural, íntegramente tallado en piedra, que parece listo a zarpar.

Jardines de Grecia y Roma

Pasando al Occidente y más concretamente a Grecia, encontramos el jardín junto a los santuarios del culto a los dioses. Ya para el siglo VI a.C., en Atenas y durante el helenismo o época clásica griega, el jardín era un sitio de descanso o de ceremonias religiosas, de estudio o de ejercicio. Los gimnasios se encuentran en jardines públicos o cerca de lugares donde se rinde homenaje a los héroes.

Cuando el Imperio Romano conquista a Egipto la influencia del Medio Oriente llega hasta los romanos, quienes la asimilan a su manera, utilizando los patios centrales o atriums como espacio esencial de sus viviendas e inician así una tradición de jardines de trazado formal, tradición que tiene su mejor expresión en el jardín de la Villa Adriana en Tívoli, donde se evidencia el encuentro de varias culturas. En sus incansables conquistas a nombre de Roma, desde Egipto hasta Gran Bretaña, el emperador Adriano (76 138 a.C.) se hizo a una considerable colección de estatuas que procedió a colocar en unos terrenos aún más amplios que los de Versalles (450 acres). Las excavaciones realizadas muestran vestigios de estanques, fuentes y piscinas con piso de mármol alimentados de manantiales vecinos, y en el trazado las masas arquitectNicas se destacan contra los espacios abiertos, y árboles altísimos y esbeltos acentúan la belleza de los jardines, donde cada pieza es parte de un todo.

Más adelante, durante el Medioevo, cuando la religión católica se extiende a través del antiguo Imperio Romano, se construyen claustros junto a las iglesias, y en muchos otros lugares se levantan conventos para el recogimiento y la meditación. Es así como las raíces y tradiciones de los claustros cristianos vienen siendo tanto islámicas y griegas como romanas y dan lugar a que sus jardines evolucionen hacia estilos más formales los del Renacimiento Italiano.

Jardines Renacentistas

A partir del siglo XIV, y una vez finalizadas las oscuras etapas del Medioevo, Florencia, cuna del Renacimiento, es a la vez cuna de los jardines que hoy día consideramos como clásicos. El hombre renacentista y sobre todo el habitante de la Toscana, inspirado en los jardines romanos, construye jardines exteriores alrededor de sus villas y emplea diseños de líneas verticales y horizontales que delimitan cuadrángulos o cuartos separados que traducen las formas tradicionales romanas y trabajan espacios tridimensionales y bidimensionales. Avenidas y callejones cuyas perspectivas convergentes los convierten en una prolongación visual de las puertas y ventanas de las villas, acompañan a los jardines, que edificados sobre terrazas con amplia vista panorámica hacia el campo y sus alrededores, aprovechan la vegetación nativa, en este caso los cipreses, para incorporar el paisaje lejano y abrirse hacia el horizonte.

El Renacimiento florece en Italia bajo el mecenazgo de príncipes como los Médici y los Borgia, sin olvidar a los Papas, quienes desde Roma reinan como cabeza visible del Cristianismo. Muchos jardines que aún perduran fueron construidos en las villas de los señores feudales, y al igual que en la India, aunque por razones diferentes son públicos, con excepción de los del Vaticano. Los de Villa Lante y Villa D'Este son cada vez más elaborados, y predominan en ellos los patrones lineales repetitivos, hasta el punto de que se convierten en tema obsesivo al que se confiere más importancia que al agua, elemento vital de un jardín. Este aspecto imita en cierta forma la ética cristiana, que moldea la naturaleza según una forma predeterminada. Aquellos parques son creados por quienes necesitan sitios frescos durante el verano y requieren un telón de fondo para exhibir sus colecciones de estatuas clásicas y continuar con la tradición que iniciara el emperador Adriano.

Con el paso del tiempo, cada país europeo interpreta los conceptos del Renacimiento a su manera y según su estilo de vida. En Francia, por ejemplo, hay tal predilección por el buen comer, que los jardines mantienen los patrones italianos pero agregándoles huertos para árboles frutales y hortalizas. De todos los jardines el más espectacular es sin duda el de Versalles.

Jardines Franceses

Hacia 1661 se inicia la moda de construir castillos sobre el río Loira siguiendo el ejemplo de Fouquet, Ministro de Finanzas de la corte francesa, quien con ayuda de Le Notre, diseña un espléndido jardín que despierta la envidia del rey Luis XIV, quien no sólo confisca la propiedad, conocida como Vaux le Vicomte, sino que destituye a su Ministro y lo envía a prisión por el resto de su vida. Para entonces el Rey Sol sólo contaba 23 años y deseaba mantener a sus seguidores ocupados en un solo sitio y alejados de sus propios Estados, para evitar que se dedicaran a la intriga. Ante el reto de Fouquet, decide construir un jardín aún más grandioso y convierte el coto de caza de su padre en el escenario donde su corte pudiera pasear, divertirse y lucirse. El resultado es el magnífico palacio de Versalles con sus jardines, diseñado por el arquitecto Louis Le Vau. Los jardines de Versalles, cuya influencia sobre el resto de los de Occidente habría de perdurar hasta el siglo XX, fueron diseñados y construidos por Le Notre siete años antes que el palacio mismo, con amplios y extensos parterres, fuentes, piscinas y caminos de agua para crear vistas simétricas cuyo eje principal parte de la alcoba misma del Rey. Se amplía así el concepto renacentista italiano de los jardines encuadrados, con la introducción de arabescos y otras formas complejas, sembradas de flores plenas de colorido que requieren sombrío, dando origen a larguísimos camellones de árboles por los bordes de piscinas y espejos de agua.

La magnitud de las proporciones del Palacio de Versalles es difícil de imaginar. Llegó a tener hasta 3.000 habitantes en un momento dado y para alimentarlos, el Rey Sol empleó alrededor de 2.000 personas en las cocinas de palacio, las cuales se surtían en parte del Huerto del Rey. Su trazado, al igual que el del resto de los jardines, consiste en un cuadrado principal o Gran Cuadrado con una fuente de agua que, en la época de Luis XIV, estuvo rodeada de veintinueve jardines, cada uno dedicado a un cultivo diferente. Los once que aún existen conservan el aspecto que tenían en el siglo XVII, es decir, plantas bajas sembradas en el centro circundadas por árboles frutales podados en formas artísticas. Cuando Jules Hardouin Mansart se convierte en el arquitecto del Rey, amplía el Huerto para incluir terrazas por las que éste pudiera pasearse con su corte para admirar sus hortalizas y frutales. En las áreas o cuartos que rodean estas huertas se cultivaban frutos, exóticos para la Francia de la época, aunque no para la Colombia de hoy, como higos, melones, piñas y café entre otros. En ese Huerto, que llegó a tener veintitrés acres y un equipo de treinta trabajadores, funcionan actualmente las Escuelas Nacionales de Horticultura y Diseño Paisajístico, que sólo cuentan con cinco jardineros. El trazado de Versalles fue cuidadosamente pensado por el mismo Luis XIV, y se ha mantenido intacto durante los tres últimos siglos a pesar de los desastres de las guerras y los cambios políticos que hicieron que lo que fuera un palacio real para la exclusiva expansión de la Corte se convirtiera en un gran parque público.

A partir de 1902 se rompen las tradicionales formas prevalecientes desde la época de Versalles con sus senderos, callejones, canales y parterres, al despertarse el interés por el uso de las plantas, y la gente comienza a apreciar la vegetación nativa y a sembrar flores en forma de paleta de pintor. La tendencia pasa de los diseños geométricos a las formas artísticas y caprichosas de las plantas, cuyos colores complementan los interiores de las habitaciones de las villas.

El empleo de la vegetación nativa se pone de moda en la Riviera francesa en la época en que los millonarios americanos, para huir del frío parisino, pasan allí los inviernos y contratan diseñadores para sus jardines. Partiendo de las terrazas sembradas por generaciones anteriores con olivos y viñedos se imponen nuevos diseños, aparentemente espontáneos. Se echa mano de las pérgolas para sembrarlas de grandes manchas de rosas, jazmines y tulipanes de variados colores; se plantan con esmero y en gran profusión dalias que florecen durante todo el año y rosas que caen en cascadas desde las pérgolas; se llenan terrazas y senderos con cítricos, fresas, lirios e iris; y se dispone la ubicación de cipreses que sirvan de marco al paisaje. Como veremos luego, Colombia ha estado sujeta a un predominante estilo francés desde comienzos del siglo XIX, época en que se independiza de España.

Jardines Anglosajones

Durante el período medieval y por razones de protección y seguridad, tanto Gran Bretaña como Francia e Italia construyeron sus viviendas dentro de lugares amurallados o rodeadas de setos que las mantuvieran alejadas de lo agreste. Sembraban solares de hierbas por razones medicinales y culinarias, ya que era necesario preservar la carne y mantener alejados de los sitios habitables los olores desagradables. En el mundo medieval, lleno de supersticiones, y en especial en los jardines de hierbas inglesas, los diseños se exageran tornándose cada vez más complejos e intrincados, pues se creía que con ello se espantaba al demonio.

Por razones geográficas, Gran Bretaña se mantuvo aislada de los gustos imperantes en Francia y en Italia hasta entrado el siglo XVIII, cuando se puso de moda enviar a los hijos de la aristocracia a una gira por el Continente, de donde regresaban con una nueva interpretación del Renacimiento toscano que glorifica lo mitológico. De esta manera construyeron casas en sitios considerados como salvajes, a la vez que quienes regresaban de la India traían a las Islas Británicas recuerdos de los jardines orientales de los maharajaes hindúes con sus cortes esplendorosas y magníficas.

Es la época del Imperio Británico, de la reina Victoria y de la arquitectura paisajística, que presta especial importancia a la armonía entre el tamaño de las construcciones y sus alrededores y se edifican palacios como el de Blenheim, rodeados de falsos jardines franceses con fondos pastorales en los que la campiña inglesa luce en todo su esplendor. Los arquitectos del momento crean lagos artificiales y aprovechan las colinas existentes, o construyen otras que se funden con el paisaje en el horizonte, a la vez que siembran frondosos árboles que al llegar a la edad madura mantengan las proporciones precisas pensadas desde un principio. Arboles y arbustos son colocados de manera que presenten una buena vista hacia el paisaje exterior y se construyen amplias y espaciosas terrazas y anchos caminos de piedra o ladrillo que proporcionan una sensación de calma y tranquilidad visual, con aprovechamiento de elementos decorativos de influencia italiana como logias, pabellones de tenis y piscinas formales rodeadas de pisos empedrados bordeados por plantas exuberantes. Por aquella época, en el jardín inglés, con su gran despliegue de verdor, las flores de colores no reciben la importancia que tienen en Francia pero hacen de aquél un sitio predilecto para pasear y recrearse con la naturaleza, ya que por entonces no se viajaba como hoy. La influencia inglesa habría de perdurar sobre todo en los jardines norteamericanos.

Tanto el período entre las dos guerras mundiales, como la época de la depresión económica de 1930, trajeron consigo la necesidad de planear jardines de fácil manejo que exigieran menos trabajo manual, para lo cual se conjugaron dos de sus elementos más atractivos la calidad de las praderas y la frondosidad de los árboles. Además de conservar su belleza durante todo el año estos jardines requieren poco mantenimiento y constituyen una forma poco costosa de embellecer un paraje.

Dentro de la tradición anglosajona, los prados sirven de tapete verde que unifica los componentes de los jardines de formas sinuosas logradas con plantas y flores de colores sembradas también en islas o camas juxtapuestas. Grandes manchas de árboles y arbustos de variadas formas, tamaños y colores les dan sustancia y fondo, a todo lo cual se suman elementos de marcada influencia japonesa como jardines de piedra, cascadas y riachuelos cruzados por callejuelas empedradas que desembocan en amplias terrazas, dando así un toque de importancia a las casas de hoy, en las que se impone la moda de árboles y arbustos que florecen una vez al año, tales como los cerezos y las azaleas procedentes del Japón.

Vale la pena resaltar la relación que se comienza a establecer entre la arquitectura y los jardines japoneses con su milenaria herencia china y el mundo occidental. En el Japón, donde a diferencia de Europa y la China los espacios son muy reducidos, el jardín ha de adaptarse a ciertos principios que tienen en cuenta el gusto estético y la reacción emocional del visitante, y reflejan el concepto zen que busca armonía y reflexión sobre los misterios de la naturaleza. Por ello, allí también los aspectos técnicos de diseño, construcción y mantenimiento y la manera de aplicarlos a los jardines, son de particular importancia.

Es la época en que pintores franceses como Degas y Monet conocen y estudian los grabados japoneses, cuya influencia se aprecia no sólo en la pintura, sino también en los jardines. De todos ellos, el Clos Normand, que Monet organizó en Giverny, se destaca por su sólido diseño linear con senderos que lo recorren a lo largo y paralelamente o para encontrarse en ángulos, donde las plantas crecen en tal forma que habiendo sido sembradas a propósito parecen haberse producido de manera espontánea. Con el tiempo, los altos costos de mantenimiento y las circunstancias económicas obligaron a los ingleses a reducir sus jardines, que se convirtieron en pequeños lugares populares vecinos de los campos de golf o de los clubes campestres, en vez de rodear las grandes y tradicionales casas de campo.

A diferencia de Francia e Italia, en Gran Bretaña, donde perdura la monarquía, muchos de los parques de los palacios y de las grandes mansiones siguen siendo de propiedad particular, y por razones tributarias, sus dueños se han visto en la necesidad de abrirlos al público, con entrada paga para mantenerlos, o han tenido que donarlos a una fundación del gobierno conocida como el National Trust, que se encarga de su conservación.

En el Continente americano, de tradición y formas democráticas, sin reyes ni emperadores interesados en brillar, desaparece la necesidad de construir grandes palacios rodeados de magníficos jardines para uso de unos pocos y se echa de ver el interés por construir parques diseñados para disfrute de un amplio público. Este enfoque del imperio norteamericano que controla ahora el mundo, se inicia con Olmsted, quien viaja a Gran Bretaña durante la época victoriana y visita los jardines privados de su aristocracia. Al regresar, interpreta y traduce al gusto americano, lo que vio y se convierte así en el más grande diseñador de parques públicos en las principales ciudades de Estados Unidos y en el de mayor influencia.

Olmsted diseña los parques de Boston conocidos como el Collar de Esmeraldas, aprovechando el río que atraviesa la ciudad para unirlos por medio de lagos y estanques situados dentro del perímetro urbano. La Universidad de Stanford en Palo Alto, California, cuenta con un amplio y generoso campus, construido también por Olmsted. En el Parque Central de Nueva York combina con tanto éxito el paisaje con las necesidades de la gran ciudad, que cien años después ese mismo parque, tal como fuera diseñado, continúa siendo no solamente el gran pulmón de la metrópoli sino el sitio predilecto para descanso, distracción y ejercicio de sus habitantes, y haciendo honor a su calidad popular, por allí se pasean con tranquilidad los vecinos de los apartamentos de la Quinta Avenida y quienes llegan por tren subterráneo desde los suburbios de Manhattan. Los grandes árboles, bosques, lagos, senderos y praderas de este extenso parque se ciñen aún al plan trazado originalmente y confirman la visión de Olmsted sobre lo que serían las necesidades de la ciudad en el futuro.

Hacia 1920 hace su aparición en Estados Unidos otra influencia del Viejo Mundo, la del patio romano con raíces árabes, que llega originalmente de España a los países de SurAm?érica durante la conquista, y que como resultado de la permanencia de los moros en la Península y por la necesidad de resguardarse del clima caliente, era usado como la sala de las viviendas. De México pasa al sur de California, donde se utiliza para prolongar el recinto de las casas hacia el exterior, aprovechando los mismos materiales del piso tanto adentro como afuera, o utilizando terrazas amobladas en la misma forma que el interior de las viviendas.

Ya para los años treinta, el patio con sus fuentes o espejos de agua cambia de uso y tamaño para dar lugar a las piscinas tal como hoy las conocemos. Es la época de Esther Williams y de Hollywood, cuando se ponen de moda las piscinas en el jardín de las casas. Para 1950, los jardines de California continúan recibiendo la influencia de México, su vecino del Sur. Estos jardines con su tradición morisca, reciben la influencia de otro estilo de diseño, el japonés, que había llegado un siglo antes con los inmigrantes traídos del Japón exclusivamente para construir las líneas férreas que cruzan el Continente norteamericano.

Por esta misma época aparece un americano, Thomas Church, nacido en Boston en 1902 y criado en San Francisco, quien viaja a Europa en 1927, donde descubre el placer del buen vivir tal como lo conciben y han cultivado durante siglos tanto españoles como italianos, y encuentra también que, al igual que en California, allí es preciso conservar el agua y contar con sitios que ofrezcan sombrío y ayuden a soportar el clima caluroso, cosa que se logra construyendo los lugares de descanso en el exterior de las viviendas. La piscina es, para efectos prácticos, un depósito de agua que Church aplica a sus diseños con gran éxito al regresar a NorteAm?érica.

A más de ser el creador de un nuevo tipo de jardín, el cómodo y relajante jardín del siglo XX donde no existe la simetría y donde la sencillez es la nota predominante, Church cree también en una relación clara entre casa y jardín y emplea como principio fundamental de diseño la unidad entre éstos, lograda mediante la alternación de superficies blandas y duras. Igualmente son importantes para él las excelentes proporciones y contrastes entre sí de la escala de las casas, la altura de las plantas y lo inmenso del paisaje; entre las superficies duras de pisos y terrazas y la fragilidad de las plantas; y entre la luz en juego con la sombra. Considera igualmente que el jardín y la casa deben acomodarse al estilo de vida de sus dueños y formar parte de la naturaleza del contorno. Esta es una concepción que se impone en el diseño de los jardines contemporáneos y que adquiere fuerza en los Estados Unidos y en Europa a partir de entonces.

También por estas épocas pero en otro lugar de los Estados Unidos, concretamente en Michigan cerca de los Grandes Lagos, se inicia un movimiento que se aleja de la forma europea tradicional de diseñar jardines y se acerca a lo nativo y a las necesidades e intereses de la zona. Su principal exponente es el famoso arquitecto Frank Lloyd Wright, quien hace realidad estos conceptos al diseñar el Parque Columbus de Chicago, donde, como en las casas que él construye, integra lo natural con lo hecho por el hombre y concede especial importancia al agua al trazar cascadas y riachuelos tan naturales que no es posible diferenciar dónde termina el jardín y dónde empieza la naturaleza en su estado original. Se inicia así con ello la costumbre de sembrar plantas nativas en los jardines, en los que hoy prima el interés de integrarse a la naturaleza, originado en la idea japonesa con su visión zen de la vida, sumado esto al deseo de apartarse de lo planeado o encasillado en forma predeterminada como lo encarna la idea cristiana de un ser superior que todo lo controla.

De esta manera se cierra en los Estados Unidos el ciclo que conjuga las antiguas tradiciones orientales con las costumbres europeas. En su momento y en una u otra forma tales influencias llegan a Colombia por caminos diferentes.

Los Jardines Colombianos

Es bien difícil situar los parques y jardines colombianos dentro del breve recorrido que sobre el diseño de jardines del resto del mundo hemos hecho hasta aquí. Para comenzar, nuestra tradición autóctona tiene raíces que no aparecen en lo que va de este relato porque nacieron de otras culturas muy antiguas en las que la admiración por el espléndido panorama de las montañas que rodean cada hábitat, de selva exuberante o de llanura tropical, era evidente.

Lo Precolombino

Colombia sólo comienza a integrarse a lo europeo en los últimos quinientos años de su historia. Las costumbres generadas en sus culturas nativas y la integración con la naturaleza, fueron en su mayor parte brutalmente arrasadas, a la hora del descubrimiento y de la conquista de América, razón por la cual no es mucho lo que puede aportarse para la historia de los jardines colombianos.

Una de las más antiguas de esas culturas, la Tayrona, fue desterrada a partir de 1501, pero por fortuna, no sólo quedan descendientes que aún mantienen algunas de las costumbres tradicionales, sino que las ruinas de lo que fuera Ciudad Perdida, descubiertas en 1976, evidencian la existencia de un pueblo con un profundo conocimiento de la naturaleza y sobre todo del valor del agua y de la necesidad de preservarlas ambas en su estado original. Su territorio se extendía desde la orilla del mar hasta el pico más alto de la Sierra Nevada. Los tayronas hacían ofrendas a sus dioses de un extremo a otro de su territorio, de diferentes climas y alturas, y a medida que fueron alejados del mar, tuvieron que abandonar sus tradiciones y dejar de sembrar a distintas alturas y en sitios diferentes cada año, para sobrevivir como pueblo sedentario.

Buritaca o Ciudad Perdida tiene más de doscientas terrazas que dan cuenta de un manejo equilibrado entre lo agrícola y lo topográfico. Es un conjunto de más de doscientos cincuenta caseríos levantados en medio de la selva, con un criterio estético realmente extraordinario. Las aldeas, de diferentes tamaños, están interconectadas por medio de terrazas y caminos de piedra, y desde la terraza principal situada en lo más alto, se domina con la vista a las demás. El agua se canaliza para prevenir la erosión, y hay un excelente manejo de ríos, riachuelos, manantiales o nacederos de agua con fines agrícolas y de preservación. Caminos y puentes se construyen e integran arquitectNicamente con el exuberante paisaje tropical en una manera de la que no tenemos conocimiento en ninguna otra parte del país y hasta podríamos pensar que quizá tampoco en algún otro lugar de la tierra.

La maravillosa cultura tayrona viene a añadirse a la de San Agustín en el Huila, donde las esculturas de piedra monolítica evidencian tradiciones funerarias. Con excepción del Bosque de las Estatuas, cuya distribución dentro del parque es reciente, lo que existe en otros sitios, tales como El Alto de los Idolos y Mesitas fue obra de los primeros habitantes dentro de lo que hoy comprende el parque, creado todo con un sentido más religioso que de admiración por el paisaje. La importancia del agua como origen de la vida y como elemento sagrado, es evidente en la Fuente de Lavapatas con sus grabados sobre las piedras de la quebrada del mismo nombre. Por razones antropológicas y arqueológicas, el amplio parque natural de San Agustín es de los pocos que reciben atención de parte del Estado. Allí puede apreciarse cómo las costumbres religiosas de las antiguas culturas incluían un gran respeto por todo lo que constituye el medio ambiente.

La práctica de dibujar (pictografía) o grabar (petroglifo) sobre piedras se repite a lo largo y ancho de Colombia, aunque sólo en San Agustín se encuentran estatuas en lugares donde hay rocas apropiadas por su tamaño, que completan la belleza del paisaje. Pinturas o grabados de origen precolombino son otros de los testimonios de la antigua y avanzada cultura agustiniana, con paisajes de tal belleza, silvestres y exuberantes, que llevan a pensar en las llamadas Piedras de Tunja, cerca de Bogotá, en las de Pandi, igualmente en Cundinamarca, o en los Petroglifos del Amazonas, imponentes piedras que sólo emergen cuando desciende el caudal de los ríos.

Pasando a México, asiento de otra de las culturas avasalladas por España, encontramos las famosas islas jardines de Xochimilco, también de origen precolombino y originalmente dedicadas a cultivos de hortalizas y flores que proveían a Tenochtitlán, la capital del Imperio Azteca y que han sido declaradas patrimonio de la humanidad. Allí, un proceso de recuperación tiende a reconstruirlas y a volverlas a su estado primitivo. Colombia cuenta dentro de lo precolombino con elementos no bien conocidos, que evidencian grandes adelantos hidráulicos como es el caso de los Canales del río San Jorge en el Sinú, donde nuestros antepasados adecuaron más de 500.000 hectáreas para siembra, lo que nos lleva a pensar que nosotros no solamente no hemos aprendido de ellos, sino que ni siquiera los recordamos cuando hablamos de las tradiciones de nuestro pasado agrícola.

Lo que es evidente en las culturas mencionadas, es que la vegetación era parte integrante del hábitat del hombre precolombino, que la apreciaba y la sabía manejar. A diferencia de los parques del Medio Oriente o de Europa, que fueran originalmente aristocráticos jardines de palacios y mansiones, o de los norteamericanos que se diseñaron desde un principio para disfrute público, algunos lugares que se destacan por su fauna y su flora fueron declarados parques naturales por el Estado colombiano, con el compromiso de cuidarlos y preservarlos de una incontrolada depredación que no cesa. El de La Macarena y el de la Serranía de Utría, unido al de los Katíos, cerca de Panamá, declarado hace poco por la Unesco patrimonio de la humanidad, son otros de los parques que se encuentran en peligro de una lenta pero segura destrucción.

Lo Colonial

Con la conquista española llegan a nuestro país las primeras influencias europeas y más particularmente las del Mediterráneo, y no obstante las marcadas diferencias de clima y vegetación, la arquitectura mantiene la tradición del cortijo andaluz prácticamente sin cambios, tanto en las ciudades que se fundan, como en las haciendas de los encomenderos que se establecen a lo largo y ancho del territorio.

Una de las ciudades que mejor han preservado el modelo de jardín enclaustrado morisco medieval que llegara con los españoles en el siglo XVI, es sin lugar a dudas Cartagena de Indias. En 1969, cuando los arquitectos de la Universidad de los Andes, conscientes de la importancia de la ciudad comenzaron a elaborar planos arquitectónicos, la ciudad se hallaba en franco deterioro, pero las casas del recinto amurallado conservaban su estilo original, y según su importancia, contaban con uno o más patios interiores que propiciaban la intimidad de las viviendas. Debido a los varios asedios que padeció Cartagena, la mayor parte de las viviendas tenían su propio aljibe. Al renovarse el interés por esta Cartagena amurallada, muchas personas provenientes de otras ciudades y principalmente bogotanos para escapar al frío de la Sabana, comenzaron a restaurar casas para usarlas como sitios de vacaciones y mantuvieron el carácter reminiscente de los jardines orientales a los que fueron añadiendo elementos contemporáneos. Fue así como los aljibes se convirtieron en piscinas rodeadas de plantas vernáculas y vegetación exuberante de follaje tropical que no requiere mucho cuidado, y es la más apropiada para estos patios, de tamaño más bien mediano, que permiten a sus ocupantes descansar lejos de los actuales ajetreos, al igual que los habitantes del Medio Oriente, que se refugian en sus jardines para escapar del clima árido y caluroso del desierto. Al recuperar la ciudad su aspecto antiguo, aparecieron los colores originales en los vetustos muros que contrastan con los buganviles de fuertes tonos y con otras flores de la región, a lo que se agregan arbustos y árboles de diferentes tonalidades de verde y de gran variedad de hojas. Mangos frondosos, palmeras, plantas de bambú o plátanos, aparecen por doquier.

En el resto de Colombia, las casas coloniales de ciudades como Mompox, Cartago, Honda o Mariquita y muchas otras mantienen el trazado andaluz de patio central rodeado de habitaciones, con un segundo y un tercer patio para el servicio y la cocina. Según su tamaño y la importancia de sus dueños, conservan patios y solares con árboles frutales, caballerizas y gallineros.

En ciudades de clima templado como Santa Fe de Antioquia, Barichara, Girón o Buga, igual que en Cartagena se transforman las viviendas coloniales en sitios para vacaciones, donde la vida transcurre tranquila y sosegada. Los patios, con su fuente de piedra al centro, son cuidados con el gusto y el cariño que también se profesa por las plantas. Cuando se trata de patios interiores con espacios reducidos, los jardines se proveen de tiestos o materas en las que lucen mejor las plantas nativas más bellas de la provincia, como jazmines, orquídeas y begonias, todo en una hermosa variedad de colores. Ramilletes de helechos cuelgan en los corredores, y como cascadas caen por las paredes los buganviles, mientras los rosales parecen trepar los viejos muros. Nichos dedicados a los santos son frecuentes en jardines populares donde estatuas de dioses paganos parecen en coloquio con otras de la Virgen María.

Las características anotadas se repiten en ciudades de clima más frío como Tunja, Pamplona o Bogotá, donde en los patios principales, en los que sólo cambian las variedades vegetales, a los novios, geranios, llamas, enredaderas de hiedra, agapantos, azucenas y cartuchos se suman las plantas de zonas templadas y calientes que se logran aclimatar. En los solares interiores se encuentran el tradicional brevo, el cerezo y el papayuelo, acompañados del cidrón, la mata de mora y la yerbabuena, además de otras hierbas de uso culinario o medicinal de acuerdo con los gustos de su dueño, y hortalizas y árboles frutales como duraznos y manzanos.

Algunas casonas, con su innegable aire español, que son asiento de tradiciones y de historia, han sido recuperadas por el Estado o por algunas fundaciones para convertirlas en museos. La del Fundador y la del Escribano don Juan de Vargas en Tunja y la de las Marías en Pamplona, que alberga la colección de esculturas del maestro Ramírez Villamizar, tienen hoy lindísimos jardines que reflejan el grande amor que se tiene por las plantas de la región.

De otra parte, durante la Colonia, con el fin de establecerse en los resguardos que les fueran asignados, muchos españoles se dispersaron por lo que hoy son los departamentos del Cauca, el Valle, el Tolima, Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes, lugares donde construyeron viviendas de cierta importancia de acuerdo con el tamaño de su encomienda y con arreglo a los cánones de la arquitectura andaluza, independientemente de los climas, más bien austeras tanto en el estilo como en la decoración de sus jardines, mientras los patios conservan el ambiente y tradición de las ciudades. Desde los corredores se aprecia el horizonte lejano con la imponente cordillera azul grisácea a lo lejos o se admira el jardín inmediato a la casa, edificada por lo general al pie de las montañas o en los promontorios, desde donde se domina el paisaje. La casa está separada del jardín por altos muros de tapia pisada a manera de protección en clima frío, o de vallados y cercas bajas de piedra en las tierras templadas y calientes.

Más que viviendas señoriales, estas casas de hacienda situadas a considerable distancia de pueblos y ciudades, eran parte de latifundios autosuficientes dedicados a la agricultura, y se parecían a las mansiones feudales europeas aunque eran más pequeñas. Varias de ellas pueden visitarse. En el Valle del Cauca, la de Piedechinche, ahora Museo de la Caña, es un ejemplo de hacienda donde se escucha permanentemente el ruido sonoro del agua que corre en abundancia por las acequias, para fluir tranquilamente por las cañadas aledañas luego de haber servido su propósito en los trapiches. Desde los balcones de la casa de El Paraíso, que fuera una vez parte del mismo Piedechinche, se domina el paisaje vallecaucano, por encima de las bajas paredes de piedra que delimitan el recinto. Muchas casas de hacienda están enmarcadas aún por centenarias y frondosas ceibas, samanes, robles, acacias, guayacanes, guácimos, carboneros y yarumos.

En Bogotá algunas haciendas fueron absorbidas por la ciudad aunque la de El Chicó continúa aislada del ruido citadino gracias a un amplio parque donado a la capital con gran visión por la última dueña de la hacienda, doña Mercedes Sierra de Pérez. No obstante, otras haciendas como la de Cañasgordas cerca de Cali, no han tenido igual suerte, pues carecen de parque protector, aunque frondosos Ficus benjamin le sirven de compañía mientras en sus patios interiores se conserva intacta la alberca rodeada y casi perdida entre enredaderas que se desgajan desde los muros que la encierran. Hay otras casonas como las de Suescún, Baza y El Salitre, en Boyacá, que últimamente han sido destinadas a hoteles. Altos muros de tapia pisada guardan el recinto de aquellas mansiones separándolas de los potreros, y encierran solares destinados a huertas de hortalizas o de flores de corte, árboles frutales, o gallineros, según las características de la región.

Finalmente, hay muchas casas de hacienda en todo el país que pertenecen aún a los descendientes de sus primeros dueños, herederos que las cuidan y conservan y a cuyos jardines han ido agregando los nuevos diseños que traen del exterior. Muchas de aquellas casas solariegas tienen hoy bellas alamedas de palmeras, cauchos, magnolios o eucaliptus inspiradas en el gusto francés, o patios repletos de geranios de una gran variedad de colores. La Ramada, El Colegio, Casablanca, el Puente del Común, Venecia, Aposentos y muchos más, son nombres que hacen parte de la historia del campo colombiano y evocan la memoria de sus propietarios originales y amorosos propulsores.

Lo Europeo

Con la independencia de España llega a Colombia el gusto por lo francés, introducido por quienes como Bolívar, Santander y Nariño admiraban profundamente a ese país, gusto que se refleja no sólo en la manera de pensar de los colombianos en este aspecto, sino también en su forma de vivir. Es así como en patios y jardines de las casas de estilo colonial van apareciendo simultáneamente y sin orden cronológico los esquemas tradicionales europeos que tardaran tanto tiempo en desarrollarse en su propio territorio tal como lo vimos en la primera parte de este texto. Aquí dichos esquemas han sido considerados bajo la denominación de republicanos para distinguirlos de lo colonial español.

La casa de la hacienda de El Chicó, que ya mencionamos, es de los mejores ejemplos, pues mantiene en el patio principal su trazado de clásico patio andaluz, con fuente central de azulejos, rodeada de hortensias, naranjos y tiestos de geranios. En los jardines exteriores, de acuerdo con los gustos de sus dueños de los últimos tiempos, aparecen trazados afrancesados con cuartos llenos de flores separados por setos de mirto podado, en una mezcla de estilos que evocan el Renacimiento italiano y lo combinan con lo morisco. Algo similar ocurre en la Quinta de Bolívar, donde la alberca es alimentada por un manantial y en cuyos jardines se yerguen centenarios cedros, altos y esbeltos, mientras desde su mirador se aprecia imponente el cerro de Monserrate, del que descienden frías ráfagas de aire.

Al abandonar la arquitectura formal española se ponen de moda las quintas de recreo que imitan a las de la Riviera francesa o italiana y son construidas de madera, prefabricados metálicos importados y techos de zinc y rodeadas de amplios jardines planeados para esparcimiento y descanso, construcciones de las que quedan pocos ejemplos. En Medellín, para aprovechar su delicioso clima, el industrial Diego Echavarría Misas construyó la que hoy es una casa museo con sus jardines europeos. En Bogotá, Villa Adelaida es quizá la única que queda de las muchas quintas afrancesadas que había sobre la carrera 7a. o sobre la Avenida de Chile, de jardines con elegantes verjas de hierro a través de las cuales podían apreciarse árboles y flores, edificaciones de las cuales fue un modelo el desaparecido Castillo Camacho, y que dieron paso a altos edificios, con lo que aquella zona, al igual que otras en Bogotá, vino a registrar una radical transformación.

Con un clima privilegiado, algunas regiones de Antioquia y la zona cafetera en medio de las cordilleras, se han distinguido por la exuberancia y por la generosidad de su suelo, y en los jardines de las casas se ve reflejada la mano de su dueño. Corredores impecables, llenos de brillante colorido, dejan asomar masas de flores de colores, sembradas con orgullo para ser vistas y admiradas por todo el que pasa. Jardín, pueblo de Antioquia de raíces coloniales y republicanas, hace honor a su nombre. En las ventanas de las casas su dueña exhibe las plantas más lindas, y en los lugares interiores macetas de flores embellecen barandas y corredores. El cuidado de la plaza pública convertida en bello parque es tal vez ejemplo único en el país. Preocupados por proteger a Jardín sus habitantes, con gran civismo y amor por la naturaleza y por los valores arquitectónicos de la población, promovieron y obtuvieron que fuera declarada patrimonio nacional.

La zona cafetera del Viejo Caldas, con sus características peculiares, es en sí misma un paisaje. Desde cualquier sitio se admiran los cafetos plantados en hileras que siguen las ondulaciones de colinas y montañas, mientras yarumos, tulipanes, mamoncillos, pomarrosos y otros árboles nativos engalanan las casas sin que se eche de ver intervención de lo foráneo.

Pueblos y ciudades, en Colombia tienen por lo general su plaza principal frente a la iglesia. Viene a la mente la plaza de Gigante, en el Huila, cuya enorme ceiba la cubre con su ramaje en buena parte, y la Plaza de Caycedo de Cali con sus esbeltas Palmas Zanconas típicas del Valle. Los parques públicos de Bogotá están entre los pocos que fueran concebidos desde un principio como tales, sólo que, a diferencia de los norteamericanos, sus trazados siguen el modelo francés. El tamaño de algunos llamados parques, como el de los Mártires o el de España, apenas alcanza el de las plazas principales de otras ciudades. Otros de mayor extensión, como el Parque Nacional, que data de 1931, están cada vez más relegados al olvido o han sufrido muchos cambios, como ha ocurrido con el Parque de la Independencia, que en las primeras décadas era el principal de la capital, con las bellas verjas de hierro que lo encerraban como a los parques londinenses o parisinos y con los senderos que conducían a los bustos de los próceres de la independencia. Algunos de esos bustos han desaparecido y el parque continúa en tal decadencia que nadie sabe a quién corresponden los pobres y abandonados monumentos.

Lo Contemporáneo

En la actualidad en Colombia se fusionan muchos de los estilos aquí mencionados y no existe orden cronológico alguno, pues sólo se nota un movimiento hacia lo regional y lo nativo, y esa manera de ver el jardín como refugio es característica del resto del mundo actual. Hoy se busca un patio adornado con buenas plantas o un sitio agradable donde desayunar o almorzar, que exija poco cuidado. Nadie intenta copiar a Versalles, y más bien se prefiere sembrar bulbos y plantas de corta o larga duración y de fácil mantenimiento que llenen las necesidades del momento; pero cualquiera que sea la razón para tener un jardín, no basta con sembrar plantas bajo los árboles unido todo por senderos, sino que es necesario establecer una estructura de diseño que permita la construcción de bellos parques y jardines.

Lo importante es el panorama general, para conseguir lo cual es indispensable aprender todo lo relacionado con los grandes jardines del Renacimiento y agregarle conceptos contemporáneos como por ejemplo los contrastes entre hojas de tonos grises y verdes y el uso de colores sutiles al sembrar ciertas plantas, para que cuando florezcan puedan lucir cual tapices de colores. La elegancia de un sauce contra una pared, o la de un gran árbol contra el horizonte, son detalles que constituyen elementos de gracia y de belleza.

Una vez concebido el diseño básico de un jardín, debe contarse con plantas adecuadas a las condiciones locales o aprovechar lo nativo agregando plantas de otros lugares del mundo de climas similares, que puedan adaptarse fácilmente. En esto Colombia ha sido un país privilegiado dada la exuberancia de su flora y de las ventajas que se desprenden de su posición geográfica, con climas sin estaciones extremas durante todo el año, circunstancia poco apreciada y más bien ignorada.

La magistral jardinería de los ingleses, y los otros estilos vistos hasta ahora, se combinan con la arquitectura y el paisaje para lograr atractivos jardines contemporáneos. Esa generosa tradición anglosajona de dejar las plantas a la vista del público, no se observa en Colombia, donde todo continúa recogiéndose en una intimidad limitativa, de tal manera que los jardines de las casas o de las haciendas existentes desde la época de la Colonia o construidas luego, jamás están abiertos a la calle. Según su tamaño y proporciones, despliegan amplios y verdes céspedes a cuya orilla se han sembrado o preservado gigantescos árboles nativos, como cedros, robles o magnolios, dependiendo de la región. Las montañas al fondo contrastan con el negro macizo de cauchos y eucaliptus, y el dorado de los sauces pasa a formar bellos conjuntos que rodean las casas a donde los fines de semana se trasladan sus propietarios.

Mientras las casas coloniales eran más bien austeras y carentes de pretensiones, las que se construyeron después en zonas privilegiadas y ricas como Antioquia y los Santanderes, son más sofisticadas. En Bucaramanga, conocida como la Ciudad de los Parques, perdura la influencia de la inmigración alemana, influencia que llegó hasta el jardín de El Gallineral, en San Gil, donde permanece vivo el interés por conservarlo y por acrecentar su encanto y su belleza. En lugares de recreo de clima medio donde nunca falta el sonido de una caída de agua, se une lo útil con lo decorativo, y en sitios de descanso en la Sabana de Bogotá, tales como Tabio y Chía, o Rionegro cerca a Medellín, donde crecen flores de exportación, hay amplios jardines cultivados con modernas tecnologías. Allí las flores del jardín están sembradas y distribuidas estéticamente cerca de lagos y de estanques y con el doble propósito de conjugar lo útil con lo estético. Cerca de Bojacá hay una hacienda modelo en lo que al cultivo de flores en Colombia se refiere. A diferencia de las demás, sus amplios jardines están trazados formando perspectivas convergentes, con salas o estancias del más puro estilo francés y separadas por altos setos de pinos cipreses cuidadosamente podados. Estanques de agua y terrazas se intercalan con avenidas de altísimos y esbeltos eucaliptus que crecen a su antojo y acentúan la formalidad del diseño, dándole perspectiva.

En Colombia, los campos de golf y los conjuntos de vacaciones para uso limitado suplen en parte la función de los parques públicos del Medio Oriente y de NorteAm?érica, y aunque desafortunadamente sólo tenga acceso a ellos una pequeña parte de la población, son admirados por la belleza de sus jardines. Campos de golf como los de los clubes campestres de Cali, Bucaramanga, Barranquilla, Medellín y Bogotá hacen alarde de excelentes praderas del más puro estilo anglosajón, donde los árboles nativos de cada región están siempre presentes, pues los arquitectos paisajistas, venidos especialmente para construir estos lugares de recreo y deporte, los tuvieron en cuenta por su belleza y por sus particulares características, tan diferentes a las de los parques públicos de otras regiones del mundo.

Y ya para terminar, mencionaremos los Jardines Botánicos con sus colecciones de plantas exóticas, a los que sí tiene acceso el público en general. Se destacan los de Bogotá y Medellín, el de Matute, que fuera casa quinta de la familia Gutiérrez de Piñeres, jardín legado a la ciudad de Cartagena, y el parque Elías Muvdi, donado a Barranquilla. Es finalmente en los jardines donde mejor se aprecia cierto estilo de vida colombiano que no ha olvidado lo heredado de europeos y norteamericanos y que está comenzando a darse cuenta de la riqueza de su antigua cultura. Luego de quinientos años, los jardines de ahora están conjugando lo extranjero con lo autóctono con miras a hallar y definir su propia identidad.

 

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