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Contenido:

Jardines de Colombia

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El jardín de las delicias


Casa de huéspedes ilustres. Cartagena, Bolívar.

La vegetación, que suaviza la dureza de la arquitectura y los rigores del clima, ha sido siempre, y será, uno de los motivos dominantes en la concepción de los jardines en todas las latitudes.
Sin la sombra protectora de los árboles, los espacios exteriores en los ardientes climas de las tierras cálidas La Tebaida, Quindío.  En la tierra templada, que en Colombia coincide con el cinturón cafetero, la benignidad del clima se refleja en la casa, que, ya se encierra sobre el patio, ya se explaya sobre el paisaje circundante, y en el jardín, siempre verde y, en ocasiones, muy florido. Entre casa y jardín, el corredor se anima y es el escenario de la vida familiar de día y de noche.Museo El Chicó, Bogotá.  Si se quisiera identificar la característica distintiva del jardín doméstico colombiano, habría que convenir en que ésta no es otra que un marcado eclecticismo. Nuestros jardines se han desarrollado a lo largo de los años, de manera casi espontánea, en respuesta a los cambiantes influjos, modas, gustos y posibilidadas de sus propietarios, y aun a bronces franceses con cerámicas precolombinas, fuentes formales con saltos de Tequendama en miniatura, mobiliario de todas las procedencias, plantas nativas y exóticas en desordenado tropel, unas traídas de Europa y otras del paseo dominical a la montaña, bonsais y topiarios, platabandas, arriates a la inglesa y a la francesa, senderos axiales y naturales, todo ello, casi siempre, en ausencia de cualquier amago de un plan ordenador. 
El resultado, como se verá en las páginas de este libro, no puede haber sido más afortunado: bellísimos y gratos espacios que han hecho, y siguen haciendo, las delicias de varias generaciones con la ayuda de los privilegiados climas del país.La Unión, Cundinamarca. La Unión, Cundinamarca.   La sabiduría china afirma que “Si bien es cierto que existe el noble arte de hacer las cosas, no es menos cierto que también existe el más noble arte de dejar las cosas sin hacer.” Ante la contemplación de este jardín, habría que acuñar una nueva máxima, y es ésta: “Si bien es cierto que existen el noble arte de hacer las cosas y el más noble arte de dejar las cosas sin hacer, no es menos cierto que, además, existe el supremo arte de hacer las cosas de tal modo que parezca que se han dejado sin hacer.”

 

Texto de: Benjamín Villegas

Al principio fue el paraíso. Así comienzan tanto el mundo como el libro clásico de Enge y SchrEr? sobre la arquitectura de los jardines en Europa. Así comienza también esta historia maravillosa.

Ahora bien, partamos de una pregunta inocente tenemos jardines en Colombia Cuando la formulé a aquellas personas interesadas en el tema, obtuve respuestas diametralmente distintas. Para unos, los menos, los jardines obedecen todavía a la vieja estructura babilónica, con terrazas escalonadas y árboles colgantes. Para otros, los más, Colombia es un jardín, de tal manera que recortar el paisaje y limitarlo a un ámbito marcado por cuatro paredes constituye casi un atentado contra la naturaleza. Para los menos, los jardines son una construcción. En China, siguiendo las enseñanzas de Tao, se hicieron a partir del agua y de la piedra y buscaron crear una atmósfera de recogimiento y soledad. En Japón se levantaron sobre colinas o sobre explanadas y se preocuparon por crear un ambiente natural. En Grecia se desarrollaron alrededor de los templos, como una prolongación del sitio sagrado. En la Roma antigua comenzaron a ser de uso particular, con avenidas bordeadas de árboles, pabellones secretos, fuentes de agua y juegos de sombras, hasta que la necesidad de competir con las grandes ciudades helénicas movió a los arquitectos a pensarlos como jardines públicos para el recreo de los ciudadanos. Las Mil y Una Noches son una obra escrita alrededor de jardines exóticos, llenos de árboles y de flores perfumadas, de fuentes de agua, y de pasadizos cómplices para el amor y la muerte. En Europa comenzaron, a la manera griega, como una extensión de abadías y catedrales, hasta que los nobles los convirtieron en sitios privados, donde permanecían sus aburridas mujeres virginales mientras ellos hacían en otra parte el amor y la guerra. Luego vinieron jardines que marcaron algunos hitos de importancia en la conformación de las nacionalidades. Los italianos construyeron en ellos grutas artificiales, escondieron pabellones bajo el follaje, y ubicaron cuidadosamente piedras y mármoles de tal manera que parecieran puestos allí desde la época de los Césares. La demostración de esta idea está enBomarzo, donde Mujica Laínez narra el delirio de los Orsini alrededor del arte pero también de la crueldad de la vida. Más tarde, en los siglos XVII y XVIII, Francia hizo de ellos una expresión acabada de la geometría, con parterres en enormes cuadrados, triángulos y rectángulos, con interminables estanques apacibles y bosques artificiales que no se preocuparon en absoluto por ocultar su condición artificiosa. De tal manera, Versalles se convirtió en un sitio de peregrinación obligada para quienes buscaron entender la concepción del mundo de los Luises y su relación con el poder y con el universo. Y por último, en el siglo XIX, el espíritu romántico que predominó en todos los órdenes, permitió que Inglaterra le diera cabida en sus jardines a la simulación (sólo a la simulación) de un regreso espontáneo a la naturaleza.

Pero los partidarios de esta tesis olvidan, por descontado, una serie de asuntos esenciales señalados por El Bosco en El Jardín de las Delicias. En él los elementos botánicos y geológicos montañas, lagos apacibles, bosques de árboles hermosos, depresiones, colinas, explanadas, céspedes cuidadosamente mantenidos, frutas de diverso orden y riberas bordeadas de flores, están polucionados por la presencia del hombre, de tal manera que las aguas termales se convierten en aguas del infierno donde pululan los condenados al fuego eterno, y sobre las verdes praderas y los desiertos incipientes desfilan centenares de seres humanos que, colocados en ese contexto preciso, quedan convertidos de un solo trazo en elementos de una nueva zoología fantástica.

Ese jardín, tocado por la mano del hombre, es una pesadilla. A partir de dicha observación podría pensarse que tienen razón aquellos que sostienen la segunda tesis, siempre y cuando no se deseche la equívoca posibilidad de que Suiza, para poner un ejemplo cualquiera, con su naturaleza peinada, sus piedras colocadas juiciosamente donde deben estar, sus podados prados y sus ríos impecables, podría ser una expresión exacta de lo que quiso decir El Bosco, mientras que Colombia, con sus volcanes sorpresivos, sus tornadizos torrentes, sus inagotables recursos naturales, sus selvas inhóspitas y sus nevados inaccesibles, llegaría a ser, con facilidad, un nuevo Jardín del Infortunio. Todo ello, claro está, sirve para conversar, para elaborar teorías y lucubraciones, pero deja por fuera nuestra realidad monda y lironda, que, por lo demás, no nos es exclusiva. En efecto, no somos el paraíso (tesis peligrosa que, si se extrema, nos puede conducir a una parálisis ruinosa), pero tampoco necesitamos volver a Babilonia para demostrar lo que podemos hacer y dejar de hacer en ese campo.

Jardines de Colombia incluye varias muestras representativas de lo que son esos espacios moldeados por la mano del hombre. La investigación, que se adelantó en forma rigurosa y que, como en casos anteriores, partió de una intuición en torno a las posibilidades todavía inexploradas del tema, tuvo en cuenta nuestra diversidad topográfica, climática, humana y regional, marcó los distintos tipos de caracteres, e hizo énfasis particular sobre aquellos sitios y personas que conservan todavía una relación cercana con la naturaleza los pueblos, los pequeños municipios, las fincas y haciendas los labriegos, las gentes sencillas, entre otras cosas porque son ellos quienes, sabiamente, han sabido rodearse de flores y de plantas. Por eso aquí aparecen, sin discriminación alguna, las ollas llenas de flores que adornan las columnas de las casas solariegas de Antioquia, los grandes árboles tapizados de orquídeas (habituales en los jardines de los climas medios), los desorganizados patios que heredamos de los españoles, y los pretensiosos jardines con influencias europeas o moriscas, por cierto bien asimiladas. Todo ello conforma un panorama que nos permite afirmar, sin duda alguna, que Colombia es también una maravillosa tierra de jardines.

Sobra decir que aquí se ve con claridad cómo este país se preocupa por hacer un mundo mejor, con el único propósito de construir en forma adecuada su futuro. En los jardines que aquí incluimos hay mucho más que un diseño para la elaboración del paisaje. En efecto, hay una expresión colectiva que quiere separarse de lo aciago, del rutinario oficio de vivir, muchas veces absorto en el despropósito de nuestra violencia de cada día, para acercarse a una expresión más acorde con los valores esenciales que hicieron en el pasado la historia de Colombia. Esta es otra forma de expresión lírica. Alguna vez Jorge Rojas, el gran poeta de Piedra y Cielo, le escribió a su enamorada Si quieres acercarte más a mi corazón / rodea tu casa de árboles. Sin mencionarlos, le hablaba de jardines, jardines que tanto en la escritura como en la vida real pueden ser vegetales, o un conjunto de edificios ideados para el misterio o el sosiego, o una simple construcción emocionada de palabras o de imágenes, pero que, en cualquier caso, deberán ser hechos con los elementos del amor.

 

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