La ruta de Humboldt

Colombia - Venezuela

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Presentación

Alexander von Humboldt. Dibujo de Emma GagiottiAlexander von Humboldt. Oleo de Inés AcevedoVegetación de clima medio en los cerros de la Cordillera Oriental, cerca a Cumanacoa.Arácea sobre tronco en la selva de Cocomato.El caer de la tarde en el brazo del Casiquiare.Atardecer en la Península de Araya.Mapa de Colombia y Venezuela según las observaciones de Humboldt. Grabado de Neele Strand.

Texto de: Pietro Filesi

A mediados de mayo de 1799, pocos días antes de embarcar en la corbeta “Pizarro”, Alexander von Humboldt escribía desde Madrid a sus amigos: “Mi cabeza me tambalea de alegría. Me embarco en la fragata española ‘Pizarro’. Desembarcaremos en las Canarias y en la costa de Caracas en Suramérica. Qué tesoros de observaciones no coleccionaré para mi obra sobre la construcción del mundo!”

Como si esta entusiasta expresión hubiera obrado como una declaración de principios, o como si hubiera concentrado en ella la fuerza anticipadora de los hechos, el encuentro de Humboldt con el Nuevo Continente marcará, en forma definitiva, el desarrollo de las investigaciones de la historia natural. Fue aquí en donde Humboldt dejó sentadas las bases fundamentales para establecer las leyes que obran sobre la constitución física de la naturaleza, en todo aquello cuanto se refiere a la América Tropical.

En el amanecer del 16 de julio de 1799 se revela ante los ojos asombrados de Humboldt el paisaje feraz e inquietante de la costa de Cumaná. Días memorables para la historia de Venezuela, pues con el desembarco del viajero alemán en nuestro suelo se da el primer impulso para la realización de una vasta expedición que se prolongará durante cinco años de jubilosos descubrimientos. Los frutos excepcionales de este viaje los va a constituir, en buena medida, la descripción de una geografía cambiante, diversa, llena de matices y contrastes, de bosques, selvas, valles extensos, llanuras infinitas y también de empinadas montañas. Y allí, la fauna y la flora, el paisaje natural y el paisaje humano, se van a convertir en el precioso objeto de su atenta observación, la cual, gracias a la enorme variedad de sus conocimientos, va a desplegar el magnífico panorama de este libro, ya clásico entre los clásicos de las ciencias naturales americanas: Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

Se ha dicho con sobrada razón que si Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo, fue Humboldt quien completó, con un segundo descubrimiento, la aventura española. Pues fue él quien penetró por primera vez, más que en un territorio geográfico, en el campo del saber, de la investigación científica: de la cosmografía, la biología, la botánica, la zoología, la geología y la economía. Incluso, el explorador alemán dio a las observaciones americanas el matiz de un nuevo humanismo, pues alejándose de la mirada puramente eurocentrista, comprendió y explicó el mundo americano desde su propia realidad, despojándolo de aquella concepción que dictaba las normas éticas, políticas, económicas y religiosas de los conquistadores españoles. Mario Picón Salas lo expresó así: “Virtud de los libros de Humboldt es su simpatía efusiva, la falta de prejuicios con que define lo deshabitual y diferente a las normas del paisaje europeo”. Este es justamente uno de los rasgos diferenciales más notables y más nobles del carácter de Humboldt. Su sensibilidad humana y social, que se prolonga, incluso, en los sentimientos hacia la naturaleza y que en el dominio de la vida intelectual se traduce en una extraordinaria capacidad para esclarecer la observación científica. La expresión de este carácter propio de Humboldt, sin duda, se proyecta en nítidas y exuberantes imágenes en las páginas de este Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Prosa diáfana, pintor de la naturaleza, artista de minuciosas descripciones, observador objetivo y perspicaz, relator de los incesantes esfuerzos humanos, visión peculiar de lo sublime, son entre otros algunos de los rasgos de su expresión y de su talante literario. Porque, por donde se mire, en este libro está presente vívidamente el inagotable caudal de su buen estilo, de su conciencia literaria. Por eso puede afirmarse que si la obra de Humboldt merece un lugar de primer orden en la esfera de la ciencia, no es indigno de figurar en la historia de la literatura alemana, como prosista genuino, escritor vigoroso, original, enormemente variado y colorido, que sobrepasa la prosa fría de puro interés científico. De aquí que la lectura de estos “viajes” se haga más y más apasionante en la medida en que nos internamos en las rutas inciertas, que nos conducen al interior de un mundo recién descubierto.

Pero habría que recordar aquí que Humboldt bebió en la fuente de los enciclopedistas franceses y que cultivó en Jena una cálida y entrañable amistad con los grandes protagonistas de la cultura alemana de su tiempo, Goethe y Schiller, con quienes compartió su disciplina filosófica, científica y literaria. Quizás estas circunstancias llevaron a Humboldt a hacerse también un filósofo social. Ya en nuestro continente comprendió las inevitables y enormes diferencias que separaban a América de Europa y así jamás cayó en la tentación de señalar el modelo del Viejo Mundo como solicitud para resolver los problemas americanos. Bolívar fue en ello su confidente político. Sobre la conformación de las nuevas sociedades, que empiezan a despertar del largo sueño colonial, Humboldt no pretende superponer los valores absolutos de los europeos. Más bien se interroga sobre su porvenir bajo las condiciones únicas de su propio ámbito y señala las enormes dificultades que tendrán que superar los americanos para alcanzar, a partir de sus propios recursos y valores, una sociedad justa, libre y definida por sí misma en la perspectiva de un futuro del todo americano. Al recaer sus simpatías del lado de los nativos y superando la trágica dualidad entre “Civilización o Barbarie”, cuando Humboldt elogia la enorme belleza del paisaje natural, exalta también sus sentimientos hacia la población indígena que puebla este mundo nuevo. Ramos Sucre lo ha expresado elocuentemente. Se refiere a Humboldt así: “Le maravilla el poder físico del indio que rema quince horas en contra de la corriente, el de los faquires mulatos del puerto de La Guaira, capaces para la carga más pesada, y el de los mineros aztecas que llevan y traen, seis horas continuas, por subterráneos de calor sofocante, cuerpos de metal de trescientas libras. Ensalza el valor del zambo americano enfrentado sin armas al cocodrilo y a las fieras del bosque, y cree que los agitadores de Nuevo Mundo pueden triunfar con el séquito de los negros, de energía doblada en infortunio. Entiende que los caribes deben contarse entre las razas más bellas y robustas de la tierra, y aplaude la agudeza nativa y el arrojo de los guaiquiríes de Cumaná y Margarita, que ejecutan atrevidas navegaciones en delgados bajeles, sin más gobierno que el de las estrellas”.

En agosto de 1804 Humboldt regresa a Europa. Ya había renunciado al proyecto de escribir un relato general de su expedición al estilo de las crónicas de viajes, tan habituales en aquella época. Su obra se transformó entonces en esta valiosa publicación que recoge su pensamiento como físico y como geólogo, tan bellamente entremezclado con aquellas descripciones de indudable valor literario. Puesto que en la notable armonía del conjunto, cuando la narración cede el campo al estudio científico, es para volver a ocultarse y dejar de nuevo el camino abierto al escritor, al hombre de letras, al viajero ilustrado; en suma, al autor de lo que se ha calificado, con tanto acierto, como La Primera Gran Enciclopedia Americana.

Por ello la publicación de esta serie de extractos ilustrados de su viaje por Venezuela y Colombia es una gran satisfacción para Smurfit Cartón de Venezuela, quien en asocio con Smurfit Cartón de Colombia deja este documento cultural alrededor de otro gran motivo común de integración colombo-venezolana.

 

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