Palacio de San Carlos

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Hoy, Palacio de San Carlos


 

Texto de José María de Mier
Ministro de Relaciones Exteriores

Cómo esta su historia.

Cuánto daría el ser humano, para que techos y muros de las antiguas casas pudientes relatar ese discurrir del tiempo haciendo historia, y así, en un momento, se pudieran oír tantos episodios de las más variada índole, como los que han tenido por escenario esta tradicional construcción, en la cual cada recinto guarda tanto recuerdo.

Las personas dejan sus escritos, y de ellos y de mucha más información, toman los biógrafos aquellos que les permiten estructurar su carrera vital; y otras fuentes dan el recuento y permiten el análisis de una época; no así las plazas, calles y edificios, mudos testigos del discurrir del tiempo y del paso de los pueblos que las van creando.

Dadas las limitaciones antecedentes, invencibles la primera, y con base en información de la vida de algunas gentes que actuaron desde el mil seiscientos en el edificio que es hoy Palacio de San Carlos, y del recuento de algunos acontecimientos patrios, aspiro a que quien tenga en sus manos este libro, pueda obtener una imagen respecto a una de las más antiguas edificaciones que han sido escenario en Colombia de sus sucesos para beneficio de la patria en los máas variados campos del quehacer ciudadano.

Las vicitudes que sufren las naciones, despojan muchas veces los lugares que estan más aman. De ello no se escapa el Palaio de San Carlos en sus casi 400 años de presencia en Santafé de Bogota. Pero sus salones, pasillos y patio, siempre han brindado calurosa acogida a propios extraños, con la expresión de austeridad ciudadana, como carresponde a nuestra patria.

Colegio seminario de San Bartolomé.

En cumplimiento de las disposiciones de los concilios de la iglesia católica romana, y en especial del celebrado en la ciudad de Trento, el señor arzobispo del Nuevo Reino de Granada, doctor don Bartolomé Lobo Guerrero, con el propósito de dotar a su iglesia de ministros, como son los curas, y de que éstos "se críen en letras y en toda virtud”(1), erige y funda un seminario en la ciudad de Santafé de Bogotá(2). Para darle sede al establecimiento donde deben formarse los futuros sacerdotes, decide que "permanezca para siempre jamás en las casas que para el [seminario] hemos comprado de Juan Chacón de Porras, que fueron del Arcediano, de esta Santa Iglesia, su hermano [Licenciado Francisco de Porras Mejía], que son en la cuadra superior a la casa de la Compañía de Jesús, como se va al cerro y se compraron en ocho mil quinientos pesos de trece quilates... cuya vocación [del colegio]... sea del Señor San Bartolomé"(3), edificación que para la época de estos sucesos, 18 de octubre de 1605, era "una casa la mejor de esta ciudad"(4). Además de las buenas condiciones que se anotan, el vendedor, para lograr la adecuada locación del seminario, manifiesta "que empedraré el patio y portales, que blanquearé por dentro y por fuera el cuarto nuevo que cae a la calle, pondré en las puertas y ventanas del dicho cuarto nuevo, todas las aldabas, cerrojos, cerraduras y llaves que son menester..., en los bajo de él pondré puertas y ventanas... hecharé el pasamano de la escalera y acabaré de enladrillar un pedazo del corredor... “(5).

Es fácil imaginar la vida que transcurre en el seminario desde el crepúsculo matinal del siglo XVII, establecimiento puesto bajo la dirección y administración de los jesuítas, "por la cercanía de su colegio y mayor aprovechamiento en la enseñanza de gramática, artes y teología que cursan en sus escuelas"(6). La vida cotidiana allí es el reflejo de toda una época del Nuevo Reino de Granada, período que pudiera llamarse la edad media de nuestra historia, que concluirá con la Ilustración bajo el reinado de Carlos III de España.

Dada la amplitud del local que ocupaba el seminario, se puede suponer que allí fuera instalada, por tal razón, en 1739, la primera imprenta que funcionó en Santafé, pues es en ese año cuando aparece la primera obra con pie de imprenta bogotano(7); y se sabe que el establecimiento tipográfico estaba al cuidado de los jesuítas y que funcionó al menos hasta 1753(8).

Era virrey de la Nueva Granada don Pedro Messía de la Zerda, cuando turbo se la apacible vida santafereña al darse obedecimiento, el 31 del mes de julio de 1767(9), a la pragmática sanción del rey Carlos III, "por la cual se manda extrañar de todos los dominios de Espa5a e Indias a los regulares de la Compañía de Jesús, así sacerdotes como coadjutores o legos”(10). La Pragmática estableció las normas relativas a la administración de las temporalidades jesuíticas, y como consecuencia se produjeron en el momento del extrañamiento los inventarios, de los cuales no todos parecen haber llegado hasta nosotros(11). Transcurrido un tiempo, la Corona establece para la administración de los bienes de los jesuítas expulsados, las Juntas superiores y subalternas para la aplicación y destino de las casas, colegios, residencias y misiones que tenían en Indias estos religiosos”(12).

De las manifestaciones del movimiento de la Ilustración resulta de peculiar interés para nuestro caso el Plan de estudios que formuló en 1771, el fiscal de la Real Audiencia de Santafé don Francisco Antonio Moreno y Escandón. Y ello, por cuanto dentro del conjunto de medidas que se tomaron, el traslado del seminario al edificio vecino, donde funciona el Colegio Máximo de San Bartolomé, dejó deshabitada la casa de nuestro interés, la que quedó a disposición de la Junta de Temporalidades. Esta sugiere que se instale allí un hospicio de hombres pobres(13). El acta de la Junta de Temporalidades al aprobar el Plan de Moreno y Escandón, acepta la creación de la propuesta biblioteca pública y para ello destina el edificio ahora vacío del seminario(14) que fundara el arzobispo Lobo Guerrero.

Cabe acá recalcar la crítica, que creo bien fundada, a la incautación que hace la Corona del edificio del seminario como si fuera de la Compañía. Y esto, por cuanto el seminario fue fundado por el Arzobispado con dineros de sus cajas, y los jesuítas, en ese instante expatriados, fueron tan solo un cuerpo docente y administrativo del centro de formación de sacerdotes(15), ya que antes se quiso que fuese regentado por el clero secular, empeño que no tuvo éxito(16).

Real Biblioteca de Santafé.

La Junta de Temporalidades decide la creación de la junta de aplicaciones y es ante ella que insiste, el 15 de julio de 1773, el fiscal Moreno y Escandón, sobre "lo útil y necesario el establecimiento de una Biblioteca Pública en el cuadro inferior del edificio que ocupaba el Colegio Seminario, aplicándose todos los libros ocupados, así en las casas [de los expatriados jesuitas] de esta ciudad, como en las de Tunja, Pamplona y Villa de Honda, después de separados por medio de un juicioso examen de los de doctrinas laxas y máximas perniciosas"(17). Ante esta situación la mencionada junta aprueba que se apliquen "los gastos necesarios para aderezar la pieza destinada para biblioteca... reservando el nombramiento de Bibliotecario...”(18).

No obstante tanto interés y la aprobación de virrey(19) y la Real Audiencia, tan solo el 9 de enero de 1777 se abren al público los salones de buestra primera biblioteca pública, bajo la denominación de Real Biblioteca(20). Esta entidad continúa hasta nuestros días, en los cuales, y desde tiempo atrás, recibe la denominación de Biblioteca Nacional. Al iniciar servicios, el núcleo fundamental de sus fondos bibliográficos está integrado por "4.182 volúmenes, distribuidos así: Santos Padres, 272; Expositores 432; Teología, 438; Filósofos, 146; Predicadores, 573; Canonistas, 564; Matemáticos, 597; Espirituales, 424; Médicos, 39 y Moralistas, 385(21). El lento camino de la administración, hace que sólo el 24 de junio de 1788 se expida en San Idelfonso la Real Cédula por la cual se aprueba la fundación dada en Santafé al establecimiento de la biblioteca pública(22).

El más notable de los bibliotecarios de la época durante la cual la Librería –como se llamó generalmente a este ente? funcionó en el edificio del antiguo seminario, es sin lugar a dudas don Manuel del Socorro Rodríguez, cubano de Bayamo, quien ocupa el cargo desde su nombramiento, el 20 de octubre de 1790(23), hasta su muerte. Habían sido sus predecesores el sacerdote Anselmo Álvarez, primer director de la biblioteca, el fiscal Estanislao Audino, José Antonio Ricaurte y don Ramón de la Infiesta(24).

El bibliotecario don Manuel del Socorro.

Don Manuel, al asumir el empleo de bibliotecario público de la ciudad de Santafé, no se limita tan solo a desempeñar su labor de orientación al lector. Fomenta también actividades de incalculable impacto en la cultura neogranadina, cuales son las reuniones de sociedades de intelectuales, la de la escuela gratuita y el apoyo al periodismo.

A imitación de las tertulias francesas del siglo XVIII, se organizan éstas en Santafé en el ocaso del mismo siglo. Allí se habla de literatura y ciencias, hay versificadores que improvisan, pero además se tratan temas frívolos; deben resaltarse la reunida por Rodríguez, la Eutropélica, y la de doña Manuela Santamaría de Manrique, la Tertulia del Buen Gusto. En la Tertulia Eutropélica se destacaron, entre otros, el payanés José María Valdés, Francisco Antonio Rodríguez y José María Gruesso(25).

El periodismo comienza a abrirse camino en la Nueva Granada como medio de llevar y difundir ideas entre la comunidad. En Santafé nace con el Aviso del Terremoto (tres números, en 1785), y sigue con la efímera Gaceta de Santafé de Bogotá (tres números, en 1785). Pero la existencia de este medio se afianza gracias a la fundación del Papel Periódico de la ciudad de Santafé de Bogotá (9 de febrero de 1791 a 6 de enero de 1797), de El Redactor Americano del Nuevo Reyno de Granada (6 de diciembre de 1806 a 4 de noviembre de 1808) y del Alternativo del Redactor Americano (27 de enero de 1807 a 27 de noviembre de 1808), los tres bajo la dirección de M. del S. Rodríguez(26), quien trabaja y vive en el edificio de la Real Biblioteca.

Sabemos que este impulso del eminente director de la Librería, llevó a que a partir de la publicación del Papel Periódico, surgieran el Correo Curioso, el Semanario de la Nueva Granada y otros, en muchos de los cuales los colaboradores fueron Francisco Antonio
Zea, Francisco Javier Matiz, Francisco José de Caldas, José Celestino Mutis, Luis Antonio Azuola...(27).

En cuanto al estímulo a las escuelas gratuitas, estas tuvieron por abrigo los cuartos de la Librería y por maestro al señor Rodríguez, donde dictó lecciones de educación teológico

política... de historia sagrada, eclesiástica; mitológica griega, romana y nacional... estudio metódico de lengua y ortografía castellana, principios de hebrero... y así mismo de lengua moxca...”(28).

Hospicio. Cuartel.

Hagamos una pausa para hablar de otros sucesos, así como de otros ocupantes de este mismo edificio, cuando se extendía más al sur de su actual lindero.

"El edificio que disfruta presentemente el seminario, cuyo cuadro inferior, como queda expuesto, ha de servir para escuela y aulas de latinidad y el superior, o de arriba, sería de universal beneficio de esta república, se convirtiese en hospicio de pobres hombres, pues... En el citado edificio, que goza de una huerta capaz y terreno suficiente para construir los telares y poco costosas máquinas para tejer lienzos y lanas, se puedan establecer las necesarias para que hilando unos algodones y lanas se ejerciten otros en la fábrica de lienzos, frazadas, frisas, sombreros y otras cosas, cuya venta redunde en su beneficio y conservación, pues el esmero y celo del administrador contribuirá no poco al fomento, según la buena disposición de los ánimos celosos de la humanidad que hace esperar que se facilitarán para el principio, las lanas y algodones necesarios y más si como es preciso se encarga de la dirección alguno de los señores togados, que se dedique a proteger con su respeto el hospicio, recogiéndose limosna semanalmente para su socorro, sobre que no se detiene por ahora el comisionado, remitiéndose a las órdenes que deberán darse y constituciones que se habrán de formar a este intento y lo recuerda que para tan piadoso y útil establecimiento pueden aplicarse algunos muebles de los expulsados como camas, ollas de cocina, algunas mesas y retazos de géneros, como bayetas y menaje cumplido, que servirán de auxilio en su origen al hospicio y designará a su tiempo el comisionado; como también expondrá el fondo a que pueda acudirse para los pobres indios que se recogieren al hospicio y en cuyo alivio por las obligaciones de protector debe esmerarse, con atención muy particular".(29)

Está, a mi parecer, comprobada la utilización de parte del edificio como hospicio, espaciosa fábrica como sabemos, pero que para finales del siglo XVIII amenaza ruina. El bibliotecario expresa que "en el momento de estar haciendo [1 de junio de 17961 este memorial se ha participado al exponente, de orden del ilustrísimo señor arzobispo de esta metrópoli, que haga saber a todos los pobres que habitan en la pieza del mencionado edificio, salgan de ellas con la mayor brevedad, por necesitarse para el Colegio de Ordenados que intenta establecer en él, dicho señor ilustrísimo".(30)

La petición que hizo el bibliotecario en el memorial precitado, se refería a que no se ejecutasen algunas obras, a las cuales más adelante me referiré. Como resultado de su gestión Rodríguez obtuvo que fuesen postergadas por orden del virrey Ezpeleta. No se ha podido precisar por cuánto tiempo más permaneció ocupado parte del edificio por los pobres que allí eran acogidos.

Entre las reformas que se realizaron durante el feliz reinado de Felipe V, está la creación del ejército de América, lo cual condujo, a causa de la gran conmoción que sufriera el virreinato por el movimiento de los Comuneros, a guarnecer a Santafé. La primera medida fue trasladar parte del Regimiento Fijo desde Cartagena a la capital, donde entra a comienzo de agosto de 1781 y se le instala en el cuartel abajo de San Agustín ("Desde que vino esta tropa se introdujo el mal vocablo del carajo pues en la ciudad no se pronunciaba tal palabra")(31). La segunda medida del arzobispo?virrey don Antonio Caballero y Góngora es la creación del Batallón Auxiliar de Santafé, cuya recluta se hace en Indias pues es "nada inferior en talla, color y robustez, a la de España, de fácil conducción y corto coste"(32). Ya formado este batallón, se le aloja en parte del edificio del antiguo Colegio Seminario, donde permanece hasta 1791, año en el cual ya tiene sede en San Agustín(33). Se relata que con motivo de su traslado se cumplió, el 10 de junio de ese año, una famosa representación, a costa de la oficialidad(34).

Veinte años más de la Biblioteca.

"REAL BIBLIOTECA / correspondiente a temporalidades tuvo principio en 7 de enero de 1777. / Bibliotecario. Don Manuel del Socorro Rodríguez / en la Real Biblioteca calle del Hospicio viejo. / Se abre a las 9 de la mañana, hasta las 12, / y desde las 3 hasta las 5 de la tarde. SUELDOS. / Señor Contador 600 pesos / Señor Tesorero 600 pesos / Secretario 50 pesos Oficial de Contaduría 300 pesos / Bibliotecario 280 pesos / TOTAL 1.830 pesos".(35)

El establecimiento funcionó, de acuerdo al Plan de Moreno y Escandón "en uno de los altos del cuadro destinado a escuelas de latinidad, con puerta franca al común; encargándose de su aseo y cuidado a un bibliotecario, que para no aumentar dotaciones podría serlo, o el secretario o el bedel mayor de la Universidad, que habría de habitar en lo que hoy es cuadro rectoral del Seminario; y así podría sin incomodidad acudir a este cargo".(36)
Lo anterior nos indica que a la Real Biblioteca se ingresaba por la calle del Hospicio Viejo, nombrada igualmente calle de las Aulas, hoy (1986) carrera sexta(37) asunto que adelante ampliaremos.

En 1796 el estado del edificio era deplorable y se pretendía llevar a cabo reformas. “... Ha gastado [el bibliotecario]... pesos, en trastejar todos los techos, cuyas goteras eran en crecido número, como asímismo en apuntalar y echar varias divisiones que fortificasen las piezas contiguas a la Biblioteca, que amenazaban próxima ruina; todo esto con el fin de evitar que la violenta caída de aquéllas no conmoviese o desplomase las paredes de esta otra; y que debajo de ella ha ejecutado lo mismo, temiendo que el peso de tantos libros y de la mucha gente que concurre a mañana y tarde, causase algún estrago irremediable, y lastimoso. Son igualmente notorias las disposiciones que acaba de dar [junio de 17961, con motivo de haberse conmovido todas las piezas altas que caen sobre las puertas que actualmente se están abriendo hacia la calle del Coliseo, de cuya conmoción ha resultado desplomarse gran parte de un techo de los corredores que tienen más próximo enlace con la Biblioteca”(38).

La obra fue suspendida por el virrey don José de Ezpeleta(39) conforme ya se anotó y la biblioteca nunca tuvo acceso por la calle del Coliseo.

Los 4.187 libros que inventariaron en el Colegio Máximo y fueron el núcleo de la Libre ría, debieron trasladarse con los “estantes de madera pintados de azul y perfiles de oro,.:.dos mesas grandes forradas en vaqueta, dos bancos de sentar, una silla de sentar ordinaria, un atril largo de madera, una escalera, cuatro globos bien maltratados, y dos instrumentos de arte de geografía…(40), pues no hallo razón para suponer lo contrario. Como ornato, en 1816 se encontraba en lugar preferente el retrato del señor Don Fernando VII y allí estaba entronizado desde el año 9(41).

La vida del bibliotecario transcurre en “una habitación alta que tenía un balcón que miraba al norte, habitación a la cual no concedía entrada ni a sus íntimos amigos"(42). Es la cámara en donde se encontró a don Manuel en la mañana del 3 de junio de 1819(43), “vestido con el hábito de San Francisco y estrechando entre sus brazos una pequeña cruz de madera de cañas hecha por él [que se conserva en la dirección de la Biblioteca Nacional], descansaba sobre una desnuda tabla de madera, a los pies de un crucifijo, y tenía los pies descalzos y por almohada un trozo de piedra”(44).

El día 4 de agosto de 1958 se colocó en el muro norte del edificio que sirviera de albergue a la Biblioteca Pública de Santafé(45), una placa en la cual se lee: EN ESTA CASA / PRIMERA SEDE DE LA REAL BIBLIOTECA PUBLICA / SU DIRECTOR POR SEIS LUSTROS / MANUEL DEL SOCORRO RODRIGUEZ / FOMENTO EN LA JUVENTUD EL CULTO DE LAS LETRAS / Y REDACTO LAS PRIMICIAS DEL PERIODISMO NACIONAL / HOMENAJE / DE LA ACADEMIA COLOMBIANA DE HISTORIA / EN EL SEGUNDO CENTENARIO DE SU NACIMIENTO / 1758 - 1958.
Enajenación del edificio.

El advenimiento de la República, tras una larga y desoladora guerra, conlleva la reorganización de la administración pública. El Consejo de Gobierno aprueba el proyecto "para que la librería que fue del difunto doctor José Mutis, jefe de la Expedición Botánica, se una a la Biblioteca Pública, y con ambas se forme otra, que se colocará en las aulas del Colegio de San Bartolomé, mandándose vender, a beneficio de la biblioteca, la casa que actualmente sirve para tal destino”(46). Se dan normas sobre el personal que atenderá la biblioteca, locación y algunas condiciones más, así como los requisitos legales sobre venta del inmueble, según lo define el decreto que Santander dicta el 12 de marzo de 182247.

Una vez realizada la mudanza del tesoro bibliográfico que significan los ejemplares que desde entonces conforman fondos de la Biblioteca Pública, se formaliza la venta del inmueble el 27 de noviembre de 1822 a favor de don Juan Manuel Arrubla48.

Entorno urbano hacia 1828.

Calle de por medio del antiguo Colegio Seminario, hacia el poniente, se alza desde entonces la fábrica de la “Universidad del Colegio Máximo de San Bartolomé”. Inmediatas quedan las aulas, con larga tradición que se remonta también a los principios de 1600, y en ellas se han formado ya generaciones de granadinos. Desde 1822 el edificio abriga la Biblioteca Pública según ya se ha anotado, pero sus salones serán no sólo utilizados como centro de estudio y salón de grados: en años venideros serán prisión, recinto del Congreso Nacional, sede del tribunal castrense y tendrán otros destinos.

Ironías de la vida llevaron al general Francisco de Paula Santander, fundador del Museo Nacional, reorganizador de la biblioteca, gestor de nuestro despertar a la cultura, bien llamado el Apostol magno de la cultura nacional, a ser encarcelado en este edificio por la infundada acusación de ser partícipe en la conspiración contra el Libertador Simón Bolívar, cuando éste ejercía el poder dictatorial(49)

Al bajar por la calle de San Carlos, en la cuadra meridional de la manzana que ocupa la Catedral, y haciendo frente al templo de San Carlos, llamado también de San Ignacio en los actuales días, está la plazuela en cuyo fondo se alza la casa donde imprimió don Antonio Nariño, El Precursor, su famosa traducción "Los Derechos del Hombre y del Ciudadano"(50) en la prensa con la cual montó su Imprenta Patriótica.

El costado norte del edificio, aquellas paredes a las cuales se quiso abrir puertas y así lograr tiendas, dan sobre la calle del Coliseo, llamada así por estar en la manzana que le hace frente, y al centro de la cuadra, el “Coliseo Ramírez”, cuyo nombre nos recuerda a don José Tomás Ramírez, quien en asocio de don Dionisio del Villar, comenzó a levantar en 1793 el primer escenario permanente, y en su época bien adecuado, para la presentación a espectáculos teatrales(51).

Temblor de 1827 y nuevo palacio

Con la fundación de Santafé de Bogotá, se realizó el reparto de solares, el trazo de calles y plaza. El costado sur de ésta se destinó para que en la manzana o cuadra que se formara, fueran construidas las casas de gobierno, que con los años serán la casa o palacio de los virreyes, la cárcel grande, la oficina de cuentas y cajas reales, la real audiencia. Luego del incendio del Palacio Virreinal en 1786, el edificio se reconstruyó en el mismo sitio, según lo decretó el Arzobispo Virrey, con los planos que había mandado realizar al Ingeniero Domingo Esquiaqui(52), medida que se había tomado por cuanto el temblor del 12 de junio de 1785, había dejado al edificio en estado de inhabitabilidad(53).

Con el advenimiento de la República el Palacio Virreinal se convirtió en sede del poder ejecutivo; a la vez la antes llamada Plaza, luego Plaza Mayor desde la época en que comenzaron a existir varios de estos espacios en la ciudad, cambió su nombre por el de Plaza de la Constitución, al jurarse en ella, el 12 de febrero de 1820, la Constitución de Colombia(54).

Un viajero nos describe cómo era en 1823 la sede gubernativa de Colombia: “Oyendo el pomposo título de palacio que se ha dado a la antigua mansión de los Virreyes y que hoy ocupa la Presidencia de la República, podría uno imaginarse que va a ver un edificio suntuoso, cuando no es más que una casa de tejado bajo, con balcón corrido en la fachada, a la que están adosadas otras dos más bajas. En éstas están instaladas, juntamente con la cárcel, las dependencias del Palacio: también están en ellas los despachos de los Ministros. Al entrar en el Palacio se advierten unas escaleras carentes de nobleza y unas galerías bajas sin gusto alguno; no hay un vestíbulo que preceda al salón de recepción: se entra en él por el dormitorio del Presidente o por una antecámara de mezquinas proporciones y de modesto amueblado. Unos cuantos sofás de damasco rojo; un tapiz de Segovia, bastante usado; algunas lámparas suspendidas de las vigas transversales, que, por no tener el salón cielo raso, le dan la apariencia de un granero, difícilmente evocarían la idea de palacio a no ser por un trono forrado de damasco rojo, por algunos espejos, por unos cuantos malos cuadros que adornan las. paredes, y porque las ventanas tienen cristales. Lo que principalmente advierte al extranjero que ese edificio es el palacio, son unos veinte húsares que montan la guardia en los lugares de acceso. Aunque no lleven botas ni estén a caballo, a pesar de su uniforme muy deteriorado, no por eso su presencia deja de recordar que se sube por la escalera de un palacio real”(55).

A esta melancólica relación del edificio se suma el daño en su estabilidad por el fuerte terremoto del 16 de noviembre de 1827 que destruyó en Bogotá numerosas iglesias y conventos que “eran buenas edificaciones... Los cuarteles quedaron en mal estado e inhabitables, también el palacio del gobierno”(56).

La situación crítica enunciada, llevó al gobierno a adquirir de don Juan Manuel Arrubla, el 22 de febrero de 1828, “... la casa de su propiedad que era antes Biblioteca, con sus muebles, y adornos, que está situada en el barrio de esta Catedral, en la esquina que sigue arriba, pasada la de la Escuela Normal, y linda por el costado derecho con la casa alta del señor don Enrique Umaña, por la espalda con la del señor Santiago Páramo...”(57).

Y, "habiendo comprado para palacio de gobierno en esta capital Bogotá la casa amoblada... y necesitándose un mayordomo que cuide de ella y de sus muebles, mantenga todo limpio, abra las piezas para el despacho, y asista en casa a las horas de este...(58), rezan los considerandos del decreto del 23 de febrero de 1828 dictado por el Libertador, mediante el cual nombra mayordomo del edificio sede del ejecutivo a Domingo Durán.

Palacio de San Carlos.

La sede de la Presidencia de la República recibió el nombre de Palacio de San Carlos por expresarlo así la comunidad y no por disposición oficial.

La vecina iglesia de los expatriados jesuítas recibía el nombre de iglesia del Colegio Máximo, del Colegio de San Bartolomé o de la Compañía. Pero luego de la ejecución, en 1767, de la Pragmática sanción, principia a dársele el nombre de iglesia de San Carlos, lo cual nos crea el convencimiento de que tal nombre se da como homenaje al rey Carlos III, apelativo que se aplica a partir de 1788, cuando se supo en Santafé la defunción del monarca(59).

Es de suponerse también, que al nuevo edificio se le llamará de San Carlos, para diferenciarlo del deteriorado Palacio Virreinal, ahora abandonado.

Bolívar en San Carlos. 1828.

Pocos días fueron en realidad los que el Libertador vivió en el Palacio de San Carlos, mas ellos están dentro de los más tormentosos de su existencia.

Bolívar, con el pretexto de visitar de nuevo a Venezuela(60), se invistió de facultades extraordinarias(61) y en realidad se trasladó a Bucaramanga para estar cercano a la ciudad de Ocaña, donde se reunía la gran Convención que, se deseaba, promulgaría una nueva constitución para la república; a su regreso a Bogotá dicta, el 27 de agosto de 1828, el decreto sobre "Organización del Gobierno de Colombia"(62) medida con la cual se inicia la dictadura y por tanto el primer golpe de estado en Colombia.

El camino de la dictadura se había iniciado con el malhadado decreto de La Guaira, con el cual concedió Bolívar indulto a los comprometidos en "La Casiata"(63), vinieron luego los
innumerables desmanes que desesperaron al pueblo colombiano y llegó la situación de angustia a un punto tal como para que un grupo de ciudadanos organizara la conspiración para separar del mando absoluto al Libertador?Presidente, conjuración que tuvo por escenario el Palacio Presidencial y que se desató en la noche del 25 de septiembre de 1828(64).

Para fortuna de la patria, Bolívar no pereció aquella noche, en especial por la protección de su amante Manuela Sáenz. Hubo procesos, ríos de sangre, mucha de ella inocente, como la del almirante José Padilla. Para perpetuar la memoria de este acontecimiento, fue colocada en el balcón por el cual el Libertador saltó a la calle del Coliseo, una placa con la siguiente epigrafía: SISTE PERUMPER SPECTATUR GRADUM / SI VACAS MIRATURUS VIAM SALUTIS QUA SESE LIBERAVIT / PATER SALVATORQUE PATRIAE / SIMON BOLIVAR / IN NEFANDA NOCTE SEPTEMBRINA. AN MDCCCXXVIII. (Detente, espectador, un momento, y mira el lugar por donde se salvó el Padre y Libertador de la patria, Simón Bolívar, en nefanda noche septembrina. Año 1828)(65).

La placa que se puso inicialmente fue retirada pocos años después, por explicable reacción pero fue nuevamente colocada en el mismo lugar en que inicialmente lo fuera. Allí permanece.

Y a propósito de la conspiración, hay un relato, lleno de sentido humano, en el cual Joaquín Mosquera cuenta cómo transcurrió en el Palacio de San Carlos parte de la mañana del 25 de septiembre, oigámosle:

Prescindiendo de otros hechos de aquella época tristemente memorable, expondré otra anécdota ocurrida en la mañana del 25 de septiembre que tiene relación con el desechado proyecto de la constitución vitalicia para Colombia. Cuando entré al Palacio de gobierno hallé que el mayordomo del Libertador, José Palacios, estaba en cama con una gravísima flucción en un brazo; el doctor Moore (médico del Libertador), también estaba gravemente enfermo en cama. El coronel O’Leary edecán del Libertador, ausente en una comisión. El otro edecán, Santana, había sido despedido por el sablazo que le dió Carujo en la noche del 25 y la sala de recibo manchada con su sangre. Carecía pues el Libertador de los servicios de todos sus familiares. A ese tiempo llegándose el Libertador a mí, observé su semblante pálido, serio y melancólico y una tos seca, pulmonar.

"Esforzándome a no manifestarle mi alarma, le dije, que suponía que habiendo estado él en la noche humedeciéndose en el río de San Agustín, ya se habría aplicado algún baño
caliente a los pies; que yo le observaba una tos que requería otras aplicaciones. El me contestó: 'Ni me he aplicado nada, ni me he desayunado. Y serían las nueve del día. Entonces le supliqué que se recogiera a su cama. Y accediendo a ello y dándome el brazo lo acompañé hasta su lecho, y mientras se desnudaba fuí a la cocina y ordené calentar un poco de agua para darle un baño de pies y una tisana caliente de amapolas con goma. Cuando regresé a su alcoba ya lo hallé en su cama, y después de informarle lo que había ordenado, y mi deseo de que dejando al consejo de ministros dictar las disposiciones que requería la situación, se ocupase en restaurar su salud. Sin meditación se me salieron estas expresiones: ‘Mi general, si esto ha sucedido con el decreto orgánico provisorio, qué habría ocurrido si hubiese otorgado usted la constitución vitalicia'. Me contestó exhalando un suspiro, ‘¡Ah Mosquera, todo el tiempo que permanecí bajo el Puente del Carmen pensaba en todo lo que usted me dijo impugnando el proyecto de esa constitución. Usted es el único hombre que me ha hablado de verdad'. Omito entrar en otras ideas de esa conversación sobre otros puntos del trágico 25 de septiembre. Todavía se conmueve mi corazón al dictar esta carta, por los recuerdos de esa tragedia. La vista de los puñales con que estaban armados Hormet y Zuláibar y del semblante fatídico de estos dos asesinos, que vi en el Palacio de gobierno”(66).

Bolívar en San Carlos. 1830.

En diciembre de ese año 28 Bolívar viajó al sur por las conmociones que allí se presentaron debidas a la sublevación del Cauca y la posterior guerra colombo?peruana. Obtenida la victoria y la paz, regresó a Bogotá y el 20 de enero de 1830 instaló el Congreso Admirable que sesionó en el salón de las Aulas.

Es muy diciente el escrito que se transcribe, para saber del estado del Libertador en esos días. El texto permite igualmente conocer algunas particularidades del edificio: “…Tomamos nuestra ruta por detrás del viejo caserón de la Audiencia y por el costado sur de San Bartolomé, hasta doblar a la calle de las Aulas. En la puerta del claustro de este nombre (hoy destinado a Museo, Biblioteca, Salón de Grados y Cámara Legislativa), detúvose la mulata, cogiéndome de la mano y manteniéndose quieta, con la vista fija en el Palacio Presidencial situado al frente. Yo en la creencia de que el paseo proyectado fuese a la salida de la ciudad y no en el centro, preguntaba a mi compañera por qué nos deteníamos allí, cuando ella, siempre anhelante y volteando sus grandes ojos hacia los lados del pórtico fronterizo, me dijo con emoción y con dulzura: 'Cállese, niño, que vamos a ver al General Bolívar'.

"Ya había oído el nombre y visto el retrato del varón tan sublime; así que a la irresistible insinuación de mi guía, la impaciencia anterior por esa demora que no me explicaba, se convirtió en curiosidad de conocer al héroe. Mientras tanto me entretuvo con el relevo de la guardia, que a la sazón se hacía en el zaguán del Palacio, y mirando una tabla remendada en una de las hojas de la puerta, que más tarde supe por avería causada por puñal demagogo en la noche llamada septembrina.

"Cambiada dicha guardia, el Sargento de ella, el mismo que había sido mi coco para contener mis evasivas tendencias escolares, llamó a Petrona, y, por conducto del Oficial, la presentó al Comandante de órdenes, quien le permitió la entrada. Al franquear ésta, nos paramos breves instantes fisgando el jardincillo del patio, con su nogal recto y cilíndrico que empezaba a medio erguir su endeble copa, rodeado de florecillas, céspedes y enredaderas en una área opaca, arrullada por una fuente monótona y circuída por una verja sombría. Poco después se nos hizo atravesar el húmedo pavimento inferior, a lo largo de paredes verdosas y deslucidas, y subir, sin dilación, la escalera principal que nos, condujo a una galería decorada con las figuras de las cuatro virtudes cardinales y de las nueve musas.

"En la citada galería en que nos hallábamos no había otras personas: sólo se notaba la circulación de algunas, de traza militar o civil, en los salones contíguos, y dirigirse varias de ellas a escribir o dictar en mesas de oficinas que parecía no estaban distantes de nosotros. A poco rato salió el Libertador de un gabinete medio oculto, el cual presumo que sería su despacho; y confieso que jamás he contemplado un ser más exánime y macilento que aquel insigne magnate: su cabello era escaso y cenizo, sus ojos amortiguados, su voz débil, su talla tan pequeña como flaca; de modo que la palidez y rugosidad de su rostro y el desgaste y atonía de su cuerpo dábanle el aspecto de un hombrecillo moribundo, distinto en todo al imponente adalid que yo había admirado en su retrato. Algo de miedo tuve al verle; pero el perfil de su faz, la irradiación de su frente, el cambio súbito de su mirada, la pulcritud de su vestido y no se qué otra cualidad fascinadora, disiparon esa imagen de angustia que me había impresionado.

"La sensible mulata, toda emocionada a presencia del grande hombre, saludó a éste, titulándole de mi amo, y dirigiéndole expresiones entusiastas de veneración y encomio: yo le dí los buenos días con el encogimiento propio de un cándido muchacho sin versación en cumplidos. Bolívar respondió afablemente, y pasándome su descolorida mano por la barba...”(67).

Apenas unos días después Simón Bolívar deja Palacio, se retira de la primera magistratura y sale camino de Europa en exilio voluntario, pero la enfermedad avanza y junto a Santa Marta, bajo el abrigo de la Quinta de San Pedro Alejandrino que le brindara don Joaquín de Mier y Benítez, halla reposo y entrega su alma a Dios, el día 17 de diciembre de 1830, fecha de luto para todos los hombres libres.

1830. Dictadura de Urdaneta. Restauración constitucional.

Era inevitable la disolución de la república constituída en Angostura y Cúcuta. Los departamentos de Venezuela y del sur se negaron a jurar la Constitución aprobada por el Congreso de Colombia en 1830 y tan sólo la aceptan los departamentos de la Nueva Granada. Luego de la vicepresidencia de don Domingo Caycedo, asume el mando don Joaquín Mosquera, ambos elegidos en mayo de ese año por el Congreso Nacional, con lo cual terminó el régimen de excepción imperante desde el decreto de Bolívar del 27 de agosto del año 28.
La disolución de la Gran Colombia había sido posible por la acción de los generales venezolanos José Antonio Páez en los departamentos de. Venezuela, y Juan José Flóres en los del sur, ahora conformantes de la República de Ecuador.

La Nueva Granada fue la escogida por otro general del mismo origen, Rafael Urdaneta, quien dió apoyo irrestricto a la revuelta del Batallón Callao y con este respaldo derrocó en septiembre de 1830 al gobierno de Mosquera, ejerciendo la dictadura hasta abril del año siguiente, cuando los granadinos, con Domingo Caycedo, José Hilario López, José María Obando, lograron dar por tierra a su régimen y restauraron el orden constitucional en la nación.

República de la Nueva Granada.

Instaurado en 1831 un legítimo gobierno, éste convoca la Convención Constituyente que dará una nueva carta fundamental al país, que recibe el nombre de Nueva Granada. Luego de estos breves gobiernos legítimos, regresa a su patria el general Francisco de Paula Santander, no sólo restituídos todos sus derechos, no sólo restañadas las heridas recibidas por la inícua persecución de la cual fue víctima, sino elegido para ocupar la primera magistratura de la nación granadina, la Colombia de hoy.

No cabe duda de que a la memoria de Santander, ocupante ahora del Palacio Presidencial, y al mirar desde su despacho el vecino edificio de las Aulas, haya venido el recuerdo de los días transcurridos tras de tales muros, convertidos para él en prisión, como también lo fueron para muchos mártires granadinos en la época del Terror(68).

Santander, que mereció ser llamado por el Libertador El Hombre de las Leyes, y a cuyo ejemplo creador tanto debe el país, luego de cumplir su labor como primer magistrado pudo escribir esta magistral advertencia en su último día en el Palacio: "mañana pongo en práctica el principio alternativo sancionado en la constitución, y deseo para mi patria muchos magistrados que hagan lo mismo"(69).

No todos los presidentes utilizaron como vivienda el Palacio de San Carlos y es quizás el primero don José Ignacio de Márquez(70).

A Márquez lo sucedieron Pedro Alcántara Herrán y Tomás Cipriano de Mosquera, de quien se volverá a hablar en estas páginas. De estos dos recogemos el siguiente recuerdo de la vida en Palacio, que dice mucho respecto de las costumbres santafereñas y se refiere al año de 1845:

"...El general Herrán había establecido la costumbre de los recibos en palacio; Mosquera la siguió y semanalmente daba recepciones que cobraban especial animación en la época del congreso; en ellas trataba de reunir a los principales exponentes de la política, las letras, el comercio y la industria. Empezó por mejorar el palacio de San Carlos, haciendo tapizar, empapelar y alumbrar sus salones y vestíbulos y, amigo como era del boato, mandó comprar varios caballos para que sirvieran a un escuadrón que debería proporcionarle escolta por las calles de la capital”(71).

Uno de los más importantes jefes de gobierno de esta época es sin lugar a dudas José Hilario López, quien hizo una serie de reformas como el establecimiento de los juicios por jurados, la supresión de la pena de muerte, la libertad de imprenta y la libertad de los esclavos, por lo que en términos de hoy lo llamaríamos apóstol de los derechos humanos.
Una breve anécdota de la vida en Palacio a mediados del siglo XIX está escrita por un inglés, quien nos refiere:

"La única invitación a comer que recibí de los bogotanos para quienes traía cartas de recomendación, fue la del Presidente. Se suponía que era una comida 'en familia' a las seis de la tarde, y yo llegué un poco antes de esa hora. El centinela que estaba en el portón no me preguntó nada y pasé por el zaguán y el corredor hasta llegar a las escaleras. En el corredor del segundo piso un oficial de guardia me condujo a uno de los salones. En distintas ocasiones estuve en palacio en seis u ocho salas diferentes, la mayoría alfombradas y amobladas cómodamente, pero sin lujo. Todas se verían bien en la casa de un hombre medianamente rico. Las recepciones en palacio son modestas y acordes con la sencillez republicana. En privado el presidente actúa como un ciudadano común y corriente, pero en la calle la guardia de lanceros diferencia al 'Ciudadano Presidente' del resto de los ciudadanos.

"Tanto el General López como su sucesor el General Obando son viejos soldados que en muchas ocasiones han expuesto su vida por la patria y otras veces en contra del gobierno. Ambos se caracterizan por su dignidad y aire marcial. Obando quizá es más destacado como militar; pero, según mi opinión, López es superior como funcionario, ya que se ha interesado mucho por desarrollar los recursos del país. La señora de López es una de las más bonitas para su edad que he visto en Bogotá, mientras que la señora de Obando tiene apariencia más sencilla, tal vez más granadina y menos elegante.

"Éramos unos doce invitados y en la comida nos ofrecieron muy pocos platos típicos granadinos. Sólo mencionaré el preparado con el pescado corto, grueso y parecido a un reptil, que pescan en el río Bogotá(72). Lo sirvieron en el mismo papel en que lo envuelven para asarlo. La banda militar amenizó la comida desde el patio"(73).

Un suceso confuso, con visos amargos, se produce el 17 de abril de 1854 con el golpe incruento de José María Melo contra el presidente José María Obando, pero es un hecho que tiene por escenario más la Plaza de Bolívar(74) que el mismo Palacio Presidencial, a no ser por servir éste como transitoria cárcel del presidente depuesto, dado que en varias oportunidades se le llevó allí por seguridad o a causa de su precaria salud(75). Luego de deambular con sus tropas, Melo es derrotado en Puente Bosa y el 4 de diciembre de 1854, con la toma de Bogotá, se restaura el orden constitucional. Nuevas caras en el gobierno y rutina administrativa.

Confederación Granadina.

Con la Constitución de 1853 se inicia la legislación hacia el federalismo, que se organiza definitivamente con la Constitución de 1858. Dentro de este nuevo sistema de ordenamiento del Estado, ejerce la primera magistratura don Mariano Ospina Rodríguez.

De esta época, del Palacio tan sólo puede decirse que por la nueva nomenclatura urbana su frente da contra la carrera de Popayán(76), calle 2, número 23, y que muy cerca y sobre la misma vía vive el vicepresidente Manuel María Mallarino. Calles bogotanas éstas que don Mariano transitaba "solo, sin guardia, sin aparatos de ninguna clase. El saludo militar de ordenanza, con que se anuncia por la guardia la salida o entrada del Presidente, había sido suprimido. Ni el oficial de órdenes lo acompañaba”(77). Existe un suceso coincidencial y único caso en nuestra historia,, que un hijo del presidente y nacido en Palacio haya también ocupado dicho cargo: éste es el de Pedro Nel Ospina, quien nació en San Carlos y fue primer magistrado de Colombia en el período de 1922 a 1926.

Gobierno discutible el de don Mariano. La declaración de guerra del gobierno central al estado de Santander, que es la iniciación de la guerra civil que se extiende luego por toda la república, y la reacción, unida a la astucia de Mosquera, producirán la única revolución que en Colombia ha derrocado al gobierno legítimo. Durante estos sucesos la guerrilla de Guasca entró en el Palacio de San Carlos, y a culatazos rompió muebles y dos grandes espejos venecianos que había regalado el rey Carlos III en tiempo de los virreyes(78).

Estados Unidos de Nueva Granada.

Durante la revolución de 1860 se concluyó un tratado de unión y confederación de los Estados del Cauca y Bolívar, bajo la denominación de Estados Unidos de Nueva Granada. Una evolución legal y el triunfo de la revolución, marcan este período de nuestro desarrollo constitucional, que concluye con la expedición de la Constitución de 1863 por la convención reunida en Rionegro.

Tomás Cipriano de Mosquera era un megalómano, como muchos de sus actos y de sus escritos lo comprueban, pero además un deseoso permanente de seguir los pasos del Libertador, copiando de éste varios comportamientos. Sueño del granadino fue reconstruir o reorganizar la Colombia de Cúcuta. Para ello obtuvo la autorización legal. Pero antes ya había dado los pasos conducentes: el 20 de septiembre de 1861 se firma en Bogotá el Pacto de Unión de los Estados Soberanos e Independientes, mediante el cual estos convienen en que se unen, ligan y confederan en una nación que se denominará Estados Unidos de Colombia. Se cuenta que Mosquera esa noche en el Palacio presidencial, al ver plasmada su idea del nombre de Colombia para la nación, exclamó ante sus nietas: "les tumbé las granadillas".

Estados Unidos de Colombia.

Las ideas consagradas en la Constitución de Rionegro sobrepasaron al idealismo liberal. El partido radical se excede en el deseo de modernizar al país, pero el haber ignorado en la legislación que se expidió, el aporte que hubieran brindado las luces de los legisladores adscritos al conservatismo, constituyó una falla grande.

Gobernó a Colombia, en la jefatura del Estado central y en los Estados Soberanos, la élite de la inteligencia nacional; pero es un período complicado, de guerras civiles; ocurre igualmente un proceso ideológico muy interesante, pues la vida colombiana se desarrolló en un ambiente del que puede decirse que ni antes ni después ha existido tan generosa libertad política en Colombia.

El enfrentamiento de Mosquera con el legislativo durante sus presidencias fue casi permanente. Ilógica, ilegal e impolíticamente decreta la clausura de las sesiones ordinarias del Congreso el 29 de abril de 1867. La reacción no tarda en ser realidad y el presidente es depuesto el 23 de mayo siguiente. Días más tarde, comparece a juicio ante las barras del Senado, por sus actuaciones en el campo nacional y su participación en el apoyo secreto dado al Perú en la guerra que este sostenía contra Chile.

El golpe de estado que derrocó a Mosquera tiene fases repugnantes por la complicidad de algunos de sus allegados. Pero ese asunto no es el tema que nos trae aquí, sino el deescuchar su reacción cuando se despierta sobresaltado del plácido sueño en su alcoba del Palacio de San Carlos, y a su alrededor encuentra a los conjurados que le intiman prisión; al incorporarse y apreciar la situación exclama: "¡Carajo! lo que ustedes han hecho es una bellaquería sin precedentes”(79).

Los repúblicos que pasan por Palacio como primeros magistrados son gentes sencillas, como era la vida colombiana de entonces, cuando la civilidad prevalecía sobre los enfrentamientos de los partidos, que tantas veces llevaron a sus gentes a morir en los campos de batalla. El registro de sucesos de la vida diaria en Palacio, es una buena manera para apreciar a esos mandatarios:

"En otra ocasión, jugábamos ?nos relata Quijano Wallis? en la mesa presidencial, el Presidente Salgar, el doctor Murillo, ex?presidente de la República, el doctor Manuel Azuero Plata, político vehemente y sabio profesor de medicina, y el autor de estas memorias.

"Ni Salgar, ni Murillo eran tresilleros hábiles, pero el primero, además, tenía el defecto de ser sumamente lento para el juego. Cuando recibía las cartas, empezaba por acomodarlas en el orden de las figuras y de los palos y luego se tomaba algún tiempo, para resolverse a jugar, o a pasar.

"En la ocasión a que me refiero, la lentitud de Salgar aparecía excesiva y los tres compañeros esperábamos impacientes que el Presidente se resolviera a hablar en el juego, puesto que el era mano en la partida. No pudiendo Murillo contenerse más tiempo, tocó un timbre que se hallaba sobre la mesa para llamar cuando fuere necesario. Inmediatamente se presentó el oficial de órdenes de Palacio, que estaba en la galería vecina.

"El oficial saludó militarmente la mesa presidencial y esperó órdenes.

"?Teniente, dijo Murillo, sírvase usted traer una espuela para el señor Presidente.
"Todos soltamos la carcajada y Salgar, con su habitual hilaridad, dijo 'No las traiga, mi teniente, porque voy a hablar y a pasar’”(80).

Don Eustorgio Salgar, con el fin de dar más brillo y el decoro que creía propio a la vivienda oficial del primer magistrado de la República, que también era despacho, "consideró necesario que llevaran de su propia casa algunas alfombras o tapetes para cubrir un poco la desnudez de los pavimentos palatinos. Terminado su gobierno y en vísperas de dejar la mansión oficial, la familia Salgar se proponía llevar consigo aquellos tapetes de su propiedad, a lo cual se opuso el general, ordenando que tales efectos quedaran en Palacio definitivamente. 'Nadie los vió entrar, pero todo el mundo los verá salir': conocía mucho el Presidente las aguas en que navegaba, y la sagacidad de sus compatriotas,"(81).

Cuando Murillo Toro ejerció su segunda administración, suprimió la guardia de Palacio. Tan solo quedó un oficial de guardia y un portero para el servicio oficial de la mansión presidencial. Y además invitaba con gran frecuencia a sus amigos a jugar tresillo(82).

Don Santiago Pérez ordenó publicar en el Diario Oficial de 1874, el siguiente texto: "ADVERTENCIA el Presidente de la Unión despacha con los Secretarios de Estado hasta las dos de la tarde, y desde esa hora hasta las cuatro recibe a las personas que quieran hablarle de negocios públicos”(83), muestra diciente del acceso que tenía el pueblo a los presidentes del Olimpo Radical.

Antes de hacer referencia a dos incidentes más políticos que de otra laya, y más cuando poca o casi ninguna mención he hecho de las esposas de presidentes, debe contarse que doña Mercedes González de Otálora ?esposa de don José Eusebio? manifestó siempre gran predilección por la pedagogía, afición que la llevó a fundar un colegio para señoritas en unión de doña Emperatriz Herrera de Olaya, madre del presidente Enrique Olaya Herrera. Su disposición no declinó al ocupar su esposo el primer empleo de la nación: tuvo en el Palacio a dos o tres discípulas internas a quienes continuó educando(84).

De la época casi final de la Federación, viene a estas páginas el recuerdo del doctor Francisco Javier Zaldúa, muerto en éste Palacio de San Carlos cuando ejercía la primera magistratura del Estados(85), víctima de enfermedad que hubiera sido aminorada, sin la inícua ley que prohibía al presidente salir de la capital de la república en ejercicio del gobierno.

Rafael Núñez, quien se declaró "miembro irrevocable del partido liberal", es para unos colombianos el regenerador y para otros el traidor, pues entre sus actuaciones está la abjuración del credo radical plasmado en la Constitución de Rionegro, la cual debía cumplir y hacer cumplir en su calidad de presidente de la república y porque permitió que sus reemplazos como vicepresidentes fuesen del partido conservador.

El triunfo de las tropas conservadoras sobre las liberales en la batalla de La Humareda, colmó de júbilo a aquel partido, y al saberse el 9 de septiembre de 1885 la?noticia en Bogotá, una turba de conservadores vestidos de levita y de ruana, fue a congratular al presidente por la victoria obtenida y se agolpó contra los muros del Palacio, pendiente de la reacción de Núñez. Una dictadura se inició entonces, pues las palabras del jefe del Estado al hablar desde el balcón del edificio sede del gobierno, fueron "La Constitución de 1863 ha dejado de existir".

Con el objeto de promulgar una nueva carta fundamental, se reunió "el consejo de delegatarios [que] estaba constituído unilateralmente, con exclusión del partido liberal, inclusive el antirrevolucionario, pues los independientes y los conservadores habían cambiado sus respectivas denominaciones políticas tradicionales por la de nacionalistas. La historia del origen de casi todas nuestras constituciones: ¡Exclusión absoluta del adversario!”(86).

La hoy centenaria Constitución creó una organización unitaria, tal vez con poderes que sobrepasan las normas de la lógica, y un conjunto de disposiciones de carácter transitorio con cuya aplicación se cometieron iniquidades. Al ser centralista se cambió el nombre del
país por el vigente desde entonces: República de Colombia. La carta fundamental fue sancionada el 5 de agosto de 1886 al abrigo de estos muros, los muros del Palacio de San Carlos, por don José María Campo Serrano en su carácter de encargado del poder ejecutivo.

El Palacio de San Carlos hacia finales del siglo XIX.

Bogotá comenzaba su transformación de aldea en ciudad.

Las calles recibieron nuevos nombres. Hagamos una breve retrospección, sobre las que hace frente el Palacio. Cuando el edificio se levantó, a principios del mil seiscientos, se le localizaba por señas, referidas a la Plaza o Plaza Mayor, donde se celebraba el viernes el mercado público (y recordemos que viernes fue el 20 de julio de 1810). Sabemos ya que más tarde a la calle a la cual da frente al occidente, se le da el nombre de calle de las Aulas o calle del Hospicio Viejo; y debió ser a partir de la compra del edificio para sede del gobierno, cuando la vía comienza a ser conocida como calle de Palacio. A la calzada del lindero norte se le llama desde hace años calle del Coliseo(87).

En 1849 el gobernador de Bogotá ordenó una nueva nomenclatura para las vías de la ciudad. Todas recibieron la denominación de carreras y fueron divididas en calles. Las vecinas al Palacio se denominaron: carrera de Popayán calle 2a., la vía sur?norte, y carrera de Bolivia calle 2a., la antigua del Coliseo(88).

En 1876 una disposición municipal modificó la nomenclatura, tomando como punto de partida la Plaza de Bolívar. Se denominaron calles las vías que siguen la dirección oriente- occidente, y todas las vías se dividieron en cuadras, razón por la cual se da el nombre de carrera 2a. al oriente, a la llamada de Popayán, y calle la. al sur, a la de Bolivia(89) ("Casa de Gobierno, carrera 2a. al oriente, número 23"(90). A partir de 1886 se ajusta el sistema(91) y serán carrera 6a. y calle 10a. como hasta el día de hoy se denominan dichas calzadas.

En aquella época remota, el edificio del actual Palacio de San Carlos daba frente a la calle por donde baja el agua a la fuente de la plaza de ella... [caudal que también alimenta en las casas la] fuente de agua que en ellas está”(92). Este chorro en 1830 aún entraba a la edificación, permitiendo que el área opaca de su jardín estuviera "arrullada por una fuente monótona"(93). Mas debe glosarse que desde 1747 el caudal del moderno acueducto de La Aguanueva, que baja por la calle desde el barrio de Egipto, va por una "zanja con piso de lajas de piedra asentadas con cal, paredes como cerca de piedra y cubierta con grandes lajas y piedra encima”(94). La obra más notable de la calzada se realiza en 1888 cuando se dió al servicio el acueducto con tuberías de hierro y se colocaron las primeras alcantarillas(95), con lo que se favoreció, además, que la fuente del Palacio continuara con su arrullo…

En la evocación de la historia de Bogotá aparecen también los coches del Palacio y los incidentes ligados con ellos. Don Juan Manuel Arrubla entregó, con la venta del edificio al gobierno, un coche que había importado recientemente, el cual "era suspendido, pintado de amarillo y negro, con caparazón que protegía los asientos de atrás, pescante elevado y zaga para lacayos de honor. Rodó con fortuna varia hasta que agobiado por los años y el servicio, sucumbió en un mal paso de la Sabana en el año de l874"(96). Don Tomás Cipriano trajo durante su primera presidencia un coche de su propiedad, el que tuvo triste fin a los pocos días(97).

El destrozo del coche oficial en 1874, obligó al presidente Otálora a comprar un landeau, pues se carecía de medio de transporte, aún para cumplir con las elementales cortesías protocolarias. El Congreso tomó cartas en el asunto. Esta adquisición fue calificada como despilfarro por los miembros del partido opositor al mandatario(98).

Anticipándome cronológicamente en este tema de los vehículos palatinos, anoto que durante el gobierno de don Carlos Holguín se importaron dos coches: uno de grandes dimensiones y peso, cuya cubierta era muy endeble, y una victoria de menos peso y dimensiones(99).

El 10 de febrero de 1906 el presidente Rafael Reyes, quien paseaba en compañía de su hija Sofía, fue víctima de un atentado. El coche presidencial fue atacado a bala en el sitio de Barrocolorado (hoy carrera 7a. con calle 43 de Bogotá), sin que afortunadamente se presentaran víctimas entre los paseantes(100). Y hasta aquí se habla de los coches del Palacio de San Carlos, entre otras razones porque el presidente Reyes adquirió el primer automóvil del que fue dotado dicho despacho.

Las obras públicas reciben gran apoyo en Bogotá, gracias al especial interés del presidente don Carlos Holguín, interés que lo impulsó a mejorarla tal vez más allá de lo que una prudente economía pudiera aconsejar, no obstante que las rentas nacionales llegaron a su mayor rendimiento durante el período de su administración"(101).

Respecto a los servicios públicos, el Palacio y su vecindario contaron con calles iluminadas ahora por bombillas eléctricas(102) que sustituyeron el sistema de faroles a gas instalado en l872(103); a la mejora de los servicios de iluminación, se suma el saneamiento de la ciudad, que ha mejorado, gracias al nuevo sistema de acueducto y de alcantarillado(104); por lo mismo, las calles tienen nuevos pavimentos(105).

En 1840 el llamado Coliseo Ramírez situado frente al Palacio, fue adquirido por don Bruno Maldonado(106). La edificación se denominará entonces con el apellido de su nuevo propietario quien "años más tarde reformó un tanto el teatro y le hizo la fachada con un aspecto imponente. Contaba dicha fachada de un segundo y tercer piso, formada por ocho columnas estriadas de un orden que pudiéramos llamar cuasi?dórico, pues aunque tenían todos los caracteres de tal, el diámetro del fuste o caña parecía exceder un poco del ordinario, y no iba disminuyendo de abajo a arriba en la proporción correspondiente...”(107). Esta descripción contrasta con la del viajero que opina que arriba de la sede del gobierno, "hay un edificio grande, separado de la calle por una reja alta y fuerte, posiblemente la construcción más fea que hay en Bogotá"(108), descripción que debe referirse naturalmente a los tiempos anteriores a la reforma también algo desafortunada de don Bruno.

En 1885 el doctor Núñez expropia el Coliseo Maldonado y adquiere algunos predios vecinos, con el propósito de construir allí el Teatro Nacional y no en otro sitio, pues así puede dar saciedad a su oculto interés por desmantelar el lugar en donde se congregaban sus enemigos políticos(109), o sea una ¡da y dos mandados, como reza uno de nuestros dichos populares. La obra estuvo a cargo del ingeniero Pedro Cantini y de artistas como Luis Ramelli, César Sighinolfi y otros más, quienes le dieron a la construcción el aspecto que sensiblemente conserva en nuestros días. El cambio de su nombre por el de Teatro Colón, se hizo aprovechando la coyuntura de concluirse la obra poco antes de la celebración del IV centenario del Descubrimiento de América.

Durante el ejercicio de la presidencia, don Carlos Holguín aprovechó la oportunidad que le brindaba el tener al grupo de constructores del teatro de la calle del Coliseo, para efectuar la radical reforma del Palacio de gobierno, que se dice estaba en ruinas(110). Luego de casi dos años de obras, con incidentes como el que se registra enseguida: "acabo de estar en el Palacio cuyo trabajo se ha confiado a usted y me ha sucedido como repetidas veces, no encontrarlo a usted, pero en cambio si encontrar a los tres soldados de la guardia y seis obreros jugando al dado, y todo el trabajo abandonado. Por ésto es que esta obra se ha eternizado, pero no continuaran las cosas así desde mañana...”(111), el Palacio lució su esplendorosa apariencia arquitectónica, estucos y maderas, finalizado y realzado con tapices, cortinas, lámparas y muebles traídos de Europa para sus salones(112), ambientes que gozaron de iluminación eléctrica suministrada por un sistema de acumuladores(113). Lástima grande que este edificio, o más justamente este Palacio, no poseyera el extenso predio del que dispuso hasta 1848(114), pues cuánto más grato hubiera sido su aspecto.

Al vicepresidente Miguel Antonio Caro, hermano político del señor Holguín, le correspondió el ejercicio del poder por ausencia de Rafael Núñez y finalmente a la muerte de este. Fueron años turbulentos del acontecer de la nación debido, entre otras razones, a la revolución de 1893 y la guerra civil de 1895; pero, más aún, los enfrentamientos políticos que llevaron a los bandos antagónicos a las armas, se extendieron al propio partido de gobierno, cuando el vicepresidente no quiso recibir en Palacio a un Consejero de Estado que debía tomar posesión, pues al decir de un político de entonces, Caro apreció "que el edificio público llamado Palacio de Gobierno, se considera casa particular del presidente, aún para el efecto de actos puramente oficiales"(115).

Grave error para la paz pública fue seguir imponiendo gobiernos contra los sentimientos del pueblo, el negar la vocería de las minorías en los cuerpos colegiados, la expedición de leyes ominosas, errores que unidos a una situación económica cercana a la miseria, tenían sumido do en el dolor y desesperación al país. La violencia engendra violencia, y de allí el estallido de la guerra en 1899, que inicialmente se pensó duraría poco, pero tristemente sucedió lo contrario y la lucha devastó al país durante tres años. Por ello el nombre de Guerra de los mil días para esta atroz contienda.

Asciende al solio presidencial don Manuel Antonio Sanclemente, a edad senil, y como vicepresidente el ya también anciano José Manuel Marroquín. En esta etapa lúgubre Sanclemente entregó el gobierno a cada ministro, pues cada uno disponía del sello con el facsímil de la firma del presidente, con lo cual quedó al garete la nave del Estado, bamboleada además por la tormenta de la guerra civil, a la cual se acaba de aludir. La antecedente crisis llevó a los conservadores, el lo. de julio de 1900, a deponer al presidente titular y a que Marroquín se encargara del mando.

El Palacio de San Carlos, en la noche del golpe de estado de 1900, no estaba habitado por el doctor Sanclemente. Este se encontraba en Villeta tratando de aliviar sus graves quebrantos de salud. Sobre esta población cundinamarquesa se hizo gran despliegue de fuerza para someter a prisión al inerme magistrado, acto que facilitó aún más la instalación del Reinado Marroquinero(116), que fue más exactamente un mandato rocambolesco, régimen que no sólo cubrió de sangre y terror al país, sino que costó a Colombia la desmembración del Departamento de Panamá, que de inmediato se constituyó en República.

Uno de los más calificados gobernantes del comienzo del siglo XX colombiano es, sin lugar a dudas, el general Rafael Reyes. Este sí conocía al país, sus gentes y necesidades, condiciones a las cuales unía su sentido de administración, sus dotes de organizador, mando y patriotismo. Durante su gobierno se emprendieron labores en mil frentes para reconstruir y sanear a la nación moral y materialmente. Mucho de ello se logró, no obstante que para alcanzarlo Reyes tuviera que clausurar el Congreso el lo. de febrero de 1905 y convocar una Asamblea Nacional que debía reunirse días después, disposición ésta que constituye el último golpe de estado que ha tenido como escenario al Palacio de San Carlos.

La dictadura de Reyes, no exenta de errores, fue un período creativo. En cuanto concierne a la sede para el ejecutivo, emprendió la reforma de la residencia donde en 1765 naciera el Precursor(117) don Antonio Nariño. Esta propiedad había sido adquirida por el Estado pocos años antes, y a ella traslada el presidente la vivienda y despacho oficiales, el 10 de julio de 1908. Dada la elegancia lograda en la edificación, se la conoce desde entonces como Palacio de la Carrera (por la vía sobre la cual da frente al oriente). Años después (19721977), luego de una gran ampliación que guarda tan solo vestigios de la antigua edificación que fuera morada de la familia de el Precursor, se le da el nombre de Casa de Nariño.

Palacio de San Carlos, Sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Al ser trasladadas las oficinas de la Presidencia al Palacio de la Carrera, queda vacía la casa contigua al Palacio de San Carlos, por lo cual el gobierno emprende en ella obras de mantenimiento de cubiertas, techos, instalaciones y enchapados, a más del enlucimiento aconsejable. En el Palacio propiamente dicho se construye, en la esquina occidental, un gabinete, y en la entrada (carrera 6a.) una marquesina(118). Es oportuno recalcar que esta puerta era, desde épocas pretéritas, la única entrada al Palacio, bien fuera para asuntos especiales o particulares. En los años durante los cuales San Carlos fue utilizado por el vicepresidente Caro, su esposa, doña Ana de Narváez Guerra, recibía la visita de damas de alcurnia, pero no dejaban de acudir a ella en busca de socorro y de consuelo señoras vergonzantes. "De ahí que un oficial de guardia, al impartir instrucciones al centinela del vestíbulo principal, le dijera delante del Presidente, blandiendo con ferocidad la espada: los Ministros y Diplomáticos que sigan derecho, las viejas que cojan por éste otro lado"(119).

Se dispuso adecuado destino para el venerable edificio que dejaba la sede presidencial y se tuvo fortuna, pues la ocupación molesta de oficinas del Ministerio de Gobierno en parte de sus cuartos, fue temporal(120). La larga tradición nacional de sucesos importantes vividos a su abrigo debía continuar. Y por ello fue ocupada por el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Tratar siquiera de presentar una síntesis de los años que siguen a 1908 y nuestra historia diplomática, mucha de ella confundida con la historia del Palacio de San Carlos, se deslinda del enfoque que se ha dado a este escrito. Sobre ella existen excelentes memorias y ensayos, por cuya razón nos restringimos aquí a incidencias que atañen directamente al edificio.

Palacio nuevo.

La ciudad que crece al socaire de los cerros de Monserrate y Guadalupe, y que se aproxima al cuarto centenario de existencia, palpa el aumento del tránsito. Esta situación obliga, por ejemplo, a planear una plazoleta frente al Teatro de Colón, con el propósito de facilitar la circulación y estacionamiento de carruajes(121). La idea anima a los funcionarios, quienes estiman que deben ser adquiridos por la nación varios predios en este sector y así lograr que el Palacio tenga frente sobre dicha plazoleta(122). Lentamente la idea toma fuerza y se compran dos predios situados hacia el oriente de San Carlos, uno de ellos convertido en lote a causa de un incendio recientemente acaecido(123).

En 1937 se decide adquirir otro predio junto a los anteriores, siempre hacia el lindero oriental(124), para formar un globo de terreno y en él construir la ampliación del Palacio de San Carlos(125). Así las cosas, se elabora un proyecto arquitectónico "consistente en dejar la parte actual para recepciones y en construir un edificio de tres pisos para instalar las oficinas del Ministerio, en los lotes que lindan con el edificio de San Carlos por la carrera 6 y con la calle 10. El proyecto comprende también la apertura de una plazoleta frente al Teatro de Colón"(126). El edificio fue terminado en breve tiempo, y para diferenciarlo del que antes fuera sede de la Presidencia, se le llamó Palacio nuevo; la plazoleta por disposición de una ley de honores(127) debe ser llamada Jorge Holguín, como homenaje al ilustre expresidente que también ocupó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores.

Años de ingrata memoria.

La historia contemporánea es la más difícil de escribir y creo que tan sólo un esquema de ella debe registrarse en estas páginas, con el propósito de mencionar algunos sucesos ocurridos al abrigo del Palacio, y otros que si bien transcurrieron en lugar distinto, tuvieron feliz desenlace a su sombra.

La experiencia demuestra la necesidad que tienen los pueblos de expresar a los gobiernos sus libres opiniones, y más aún quienes no forman parte de estos en razón de ideologías contrarias, grupos que reciben casi siempre el apelativo de oposición, pues sus puntos de vista suelen ser negativistas, o son calificados como tales por sus posiciones respecto a las actuaciones del partido de gobierno. Por otra parte, y dado el temperamento tropical de nosotros los colombianos, esos negocios se exageran, y en política enardecen los ánimos hasta llegar a ejercer, pueblo y gobierno, la violencia. Esto comenzó a vivirse en nuestro país en especial a partir de los años cuarenta de este siglo, estado de cosas que, tal vez con infiltración foránea, hizo estallido en el macabro 9 de abril de 1948, y cuyo mayor campo de desolación fue la capital de la República.

El Palacio de San Carlos no fue testigo de ninguno de los dos golpes de estado. de esta parte del siglo, o sea el del 10 de julio de 1944 contra el gobierno del presidente Alfonso López Pumarejo y el inmediato regreso al régimen legal; ni del golpe dado el 9 de noviembre de 1949, cuando se inició una turbación tal del orden jurídico, que tendió a que éste estuviera al borde de desaparecer del ámbito nacional, circunstancia que se prolongó hasta la restauración de la democracia. De este acontecimiento último sí fue teatro principal el Palacio de San Carlos, cuando por voluntad del pueblo cayó la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, el 10 de mayo de 1957, y se cumplió, el lo. de diciembre siguiente, el plebiscito nacional que dió de nuevo encuadre jurídico y democrático al régimen político; colombiano.

Palacio: Ministerio, Presidencia, Ministerio.

El gobierno, con sobrados motivos, emprendió un plan de obras para Bogotá, que iba a ser en abril de 1948 sede de la IX Conferencia Panamericana. Dentro de los varios edificios públicos por mejorar, el Palacio de San Carlos, sede de la Cancillería, fue objeto de especial interés para poder brindar allí, con esplendor de buen anfitrión, los actos protocolarios a los diplomáticos que asistirían a la reunión de países del hemisferio americano. Las lamentables ocurrencias de abril de ese año, trocaron en cenizas el esfuerzo cumplido.

Apagadas las llamas de esos días de congoja, el gobierno nacional inició la reconstrucción de la venerable mansión, trabajo que se concluyó en 1954. Ese año el dictador Rojas Pinilla trasladó el despacho del jefe del ejecutivo al edificio ahora ocupable.

A partir de 1979, cuando la Presidencia muda el despacho y la habitación del primer magistrado a la Casa de Nariño, regresa el Ministerio de Relaciones Exteriores a su antigua sede. Entre otros buenos logros que se obtienen con esa medida, está el de reiniciarse el usó del nombre ya tradicional dentro del ámbito internacional para nuestra cancillería, cual es el de Cancillería de San Carlos.

Notas

  1. Daniel Restrepo: El Colegio de San Bartolomé. Bogotá. Sociedad Editorial, 1928, págs. 87 a 96.
  2. Ver nota 1.
  3. Ver nota 1.
  4. Así se expresa el padre Diego de Torres según cita de José Abel Salazar: Los estudios eclesiásticos superiores en el Nuevo Reino de Granada. Sevilla, Instituto Santo Toribio de Mogrovejo, 1946, pág. 330.
  5. Escritura de venta de la casa del licenciado don Francisco de Porras Mejía para el seminario de Santafé, 7 de septiembre de 1605. En Guillermo Hernández de Alba: Documento para la historia de la educación en Colombia. Bogotá, Patrono Colombiano de Artes y Ciencias, 1969. Tomo I, págs. 98 a 102.
  6. Fray Alonso de Zamora: Historia de la Provincia de San Antonio del Nuevo Reino de Granada. Caracas, Parra León Hermanos, 1930, pág. 330.
  7. Eduardo Posada: La imprenta en Santafé de Bogotá en el siglo XVIII. Madrid, Victoriano Suárez, 1917.
  8. Gabriel Giraldo Jaramillo y Mario Germán Romero: Incunables bogotanos, siglo XVIII. Bogotá, Banco de la República, 1959, pág. 24.
  9. José Joaquín Borda: Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva Granada. Poissy, Imprenta de S. Lejay et Cie, 1872. Tomo II, págs 57 y ss.
  10. Esta real cédula aparece publicada, así como la certificación de estar obedecida y cumplida, en Resvista del Archivo Nacional, No. 25 a 27, Bogotá, abril a junio de 1939. Págs. 152 a 157; ver Libro I, Título XXXI, Ley III de la Novísima Recopilación.
  11. En Revista cita nota 10 está el “Testimonio del cuaderno de inventarios del dinero y alhajas pertenecientes a la Universidad de San Javier, que estaba a cargo de este Colegio Máximo de Santafé, 23 de septiembre de 1767”. Págs. 158 a 168.
  12. Revista citada en nota 11, págs. 212 a 228. lA real cédula va acompañada de una colección de providencias tomadas al respecto en España y está fechada en Madrid el 8 de abril de 1770.
  13. El original de ese Plan, fechado el 22 de noviembre de 1771, se encuentra en la sección de libros raros y curiosos de la Biblioteca Nacional de Bogotá, pero se advierte que ha merecido varias publicaciones.
  14. Acta de la Junta celebrada el 4 de diciembre de 1771. Véase en Documentos citados en notas 5, Tomo IV, págs. 152 a 155. Existen otras actas publicas en esa obra que apoyan esa decisión.
  15. Entre los varios autores que expresan esta opinión, ver Juan Pablo Restrepo: La Iglesia y el Estado en Colombia. Londres, publicado por Emiliano Isaza, 1885.
  16. Obra citada nota 4, pág. 328.
  17. Guillermo Hernández de Alba y Juan Carrasquilla Botero: Historia de la Biblioteca Nacional de Colombia. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1977, págs. 5 y 6.
  18. Obra citada nota 17, pág. 8.
  19. “Relación del estado del Nuevo Reino de Granada que hace el Excmo. Sr. D. Manuel Antonio Flores – Año de 1776” que aparece en Eduardo Posada y Pedro María Ibáñez: Relaciones de Mando. Memorias presentadas por los Gobernantes del Nuevo Reino de Granada. Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1910.
  20. Manuel del Socorro Rodríguez: “Erección de la Real Biblioteca”, en Papel Periódico de Santafé de Bogotá, No. 264, 30 de diciembre de 1796, págs. 1605 a 1607.
  21. Eduardo Posada: Narraciones. Capítulo para una historia de Bogotá. Bogotá, Librería Americana, 1906, pág 294.
  22. Obra citada nota 17, págs. 16 a 19.
  23. Alberto Miramón: “Don Manuel del Socorro Rodríguez, primer bibliotecario y guardián de nuestras ideas”, en El Tiempo – Lecturas Dominicales, Bogotá, abril de 1964.
  24. Obra citada en nota 17, págs 20 a 26.
  25. Antonio Gómez Restrepo: Historia de la Literatura Colombiana. Bogotá, Dirección de Extensión Cultural, 1943. Tomo III, págs. 24 y 25; José María y Vergara: Obras escogidas. Bogotá. Editorial Minerva, 1931, Tomo V, págs. 69 a 70.
  26. Eduardo Posada: Bibliografía Bogotana. Bogotá. Academia Colombiana de Historia, 1917. Tomo I.
  27. Antonio Cacua Prada: Historia del Periodismo en Colombia. Bogotá Fondo Rotatorio de la Policía Nacional, 1968; Gustavo Otero Muñoz: Historia del Periodismo en Colombia (1737 – 1819). Bogotá, Editorial Minerva, 1925.
  28. Antonio Cucua Prada: Don Manuel del Socorro Rodríguez. Bogotá Banco de la República, 1966, págs 73 y 74.
  29. Punto No. 4 del Plan citado en nota 13.
  30. Oficio del 1 de junio de 1976 de M.S. Rodríguez al fiscal de la Real Audiencia en Manuel del Socorro Rodríguez. En Fundación del Monasterio de la Enseñanza. Bogotá, Biblioteca de la Presidencia de la República, 1957, págs. 529 a 530.
  31. José María Caballero: Días de la Independencia. En La Patria Boba. Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1902, pág. 93.
  32. Del expediente que se guarda en el Archivo General de Indias. Audiencia de Santafé, legado 949, citado en págs. 185 y ss., de la obra de Juan Marchena Fernández: La Institución Militar de Cartagena de Indias. 1700 – 1810. Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1982.
  33. Obra citada en nota 21, pág. 193.
  34. Obra citada en nota 15, pág. 82.
  35. Joaquín Durán y Díaz. Estado General de todo el Virreynato de Santa Fé de Bogotá… en el presente año de 1794. [Santafé]. Por don Antonio Espinosa de los Monteros, pág. 81.
  36. Artículo XIII del Plan citado en nota 13.
  37. Moisés de la Rosa: Calles de Santa Fé de Bogotá. Homenaje en si IV Centenario, 1938. Bogotá, Imprenta Municipal, 1938, pág. 48.
  38. Oficio citado en nota 30.
  39. “Relación del Estado del Nuevo Reino de Granada que hace el Excelentísimo señor don José de Ezpeleta a su sucesor el Excelentísimo señor don Pedro de Mendinueta. Año de 1796”, en obra citada en nota 19, págs 277 a 410.
  40. Obra citada en nota 21, págs. 293 y 294.
  41. Pedro Alcántara Herrán: “Manuel del Socorro Rodríguez” en Papel Periódico Ilustrado, Bogotá, 20 de agosto de 1883, año III, número 50, pág.20.
  42. Obra citada nota 41.
  43. Obra citada nota 17, pág. 61.
  44. Obra citada nota 41, pág. 21.
  45. Boletín de Historia y Antgüedades. Bogotá, 1958, volúmen XLV, pág. 373.
  46. Sesión del lunes 11 de marzo de 1822 del Concejo de Gobierno, publicada en acuerdos del Concejo de Gobierno de la República de Colombia, 1821 – 1824. Bogotá, Ediciones del Concejo, 1940, Tomo I, pág. 33.
  47. José M. De Mier: La Gran Colombia. Decretos de la Secretaría de Estado y del Interior. 1821 – 1824. Bogotá. Presidencia de la República, 1983. Tomo I, págs. 64 y 65.
  48. La escritura de compra no la ha encontrado, pero a ella se refiere el instrumento que aparece en el folio 160 del Libro de Protocolos, Notaría Primera de Bogotá, año de 1828.
  49. Proceso seguido al General Francisco de Paula Santander, por consecuencia del acontecimiento de la noche del 25 de septiembre de 1828 en Bogotá. Bogotá, Imp. De N. Lora, año de 1831; Documentos y piezas justificativas para servir ala historia de la conspiración del veinte y cinco de septiembre del año de 1828. Bogotá, Impreso por Andrés Roderick, 1828; Documentos sobre el proceso de la conspiración del 25 de septiembre de 1828. Bogotá, Prensa de la Biblioteca Nacional, 1942.
  50. “Los derechos del hombre y la independencia de la América Española (documentos)”, en Boletín de Historia y Antigüedades. Bogotá Vol. LIII, diciembre de 1966, págs. 691 a 715; Mario Germán Romero: “¿De qué obra tradujo Nariño Los Derechos del Hombre?”, en el mismo Boletín, págs. 717 a 736.
  51. “Documentos referentes al trámite administrativo del permiso de construcción del Coliseo” en Revista del Archivo Nacional, Bogotá; Tomo VI, julio a septiembre de 1944, págs. 199 a 275 y Tomo VI, octubre y diciembre de 1944, págs. 316 a 320.
  52. José Manuel Pérez Ayala: El Arzobispo Virrey Antonio Caballero y Góngora: Virrey Arzobispo de Santa Fé 1723-1796. Bogotá, Imprenta Municipal, 1951. Págs. 163 a 165.
  53. Obra citada en nota 31, pág. 82.
  54. Carlos Martínez: “La Plaza de Bolívar de Bogotá. Apuntes relacionados con su Historia”, en Proa. Bogotá, No. 214, octubre de 1970, págs. 8 a 33.
  55. Gaspar Theodore Mollien: Viaje por la República de Colombia en 1823. Bogotá, Imprenta Nacional, 1944. Págs. 184 y 185.
  56. José Manuel Restrepo: Diario político y militar. Bogotá, Presidencia de la República, 1954. Tomo I; págs. 364 y 365; Gaceta de Colombia. Bogotá, Trimestre 26 Número 319, domingo 25 de noviembre de 1827. Artículo “Terremoto”.
  57. Archivo Nacional, Bogotá. Protocolos de la Notaría Primera. Año de 1828, folios 160r y 160v.
  58. José M. De Mier: La Gran Colombia. Decretos de la Secretaría de Estado y del Interior. 1826 – 1828. Bogotá, Presidencia de la República, 1983, págs. 867 y 868.
  59. Obra citada en nota 31, pág. 94.
  60. Diario citado en nota 56, pág. 372.
  61. Decreto de 19 de febrero de 1828 en José M. de Mier: La Gran Colombia. Decretos de la Secretaría de Estado y del Interior. 1826 – 1828. Bogotá, Presidencia de la República, 1983. Tomo III, págs. 862 y 863.
  62. Obra citada en nota 61, págs. 934 a 940.
  63. Colección de decretos expedidos por S. E. el Libertador – Presidente de Colombia, desde su entrada en Bogotá por noviembre de 1826, hasta su partida de Caracas en 5 de julio de 1827. Caracas, Reimpreso por Tomáas Antero, 1828, pág. 33.
  64. Obra citada en nota 49.
  65. Pedro Martínez Ibáñez: Crónicas de Bogotá. Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1923. Tomo IV, pág. 350.
  66. Carta de Joaquín Mosquera y Joaquín Posada Gutiérrez, Bogotá 11 de julio de 1866. Copia existente en el Fondo Mosquera del Archivo de la Academia Colombiana de Historia.
  67. Próspero Pereira Gamba: “Manumisión de una esclava. Suceso historial del primer lustro de mi vida”. En Colombia Ilustrada, Bogotá, 28 de octubre de 1890. No. 18, págs. 287 y 288.
  68. Manuscrito de don Alejandro Osorio: Memorias que han de servir a la historia de las trágicas catástrofes acaecidas en la Nueva Granada. Existe en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Banco de la República, Bogotá(Q 23.477, cajón 12).
  69. Carta al General Pedro Alcántara Herrán. Bogotá, 31 de marzo de 1837. En Archivo Herrán, Academia Colombiana de Historia
  70. Ángel y Rufino Cuervo: Vida de Rufino Cuervo y Noticias de su época. París, A. Roger & F. Chernoviz, 1892. Tomo I, págs. 256 y 257.
  71. Gustavo Arboleda: Historia Contemporánea de Colombia. Bogotá, Librería Colombiana de Camacho Roldán y Tamayo, 1919, Tomo II, págs. 227 y 228.
  72. Se trata del pez capitán cuyo nombre científico es Eremophilus mutisii Humbolt 1805, el cual no debe confundirse con el capitán enano o Pygidium bogotense. Ver Cecil Miles: Los peces del río Magdalena. Bogotá, Ministerio de Economía Nacional, enero de 1947.
  73. Isaac F. Holton: La Nueva Granada: veinte meses en los Andes. Bogotá, Banco de la República, 1981, pág.180.
  74. La Plaza Mayor recibió este nombre a partir de l 20 de julio de 1846, día en el cual se colocó en ella la estatua de Bolívar por Tenerani, hecho confirmado por Acuerdo Municipal No. 7 de 1883.
  75. Antonio José Lemus Guzmán: Obando 1795-1861. Popayán, Imprenta Departamental del Cauca, 1956, pág. 385.
  76. Guía oficial i descriptiva de Bogotá. Bogotá, Imprenta de la Nación, 1858.
  77. Francisco de Paula Borda: Conversaciones con mis hijos. Transcripción y notas de José M. de Mier. Bogotá, Banco Popular, 1974. Tomo I, pág. 230.
  78. Obra citada en nota 21, pág. 198.
  79. Diego Castrillón Arboleda: Tomás Cipriano de Mosquera. Bogotá, Banco del Estado, 1979, págs. 266 y 267.
  80. José María Quijano Wallis: Memorias autobiográficas, histórico-políticas de carácter social. Grotaferrara, Tipografía Italo-Orientale, 1919, pág. 149.
  81. Eduardo Guzmán Esponda: “Aventuras del Palacio de San Carlos”. En Boletín de Historia y Antigüedades. Bogotá volumen XXX, números 347 y 348. Septiembre y octubre de 1943, págs. 938 a 948.
  82. Obra citada en 80, pág. 319.
  83. Antonio José Rivadeneira Vargas: Don Santiago Pérez. Biografía de un carácter. Bogotá; El Voto Nacional, 1966, pág. 7.
  84. Rosa María Otálora de Corsi: José Eusebio Otálora. Tunja, publicaciones de la Academia Boyacense de Historia, 1984, pág. 49.
  85. “La defunción del Presidente Zaldúa” en Papel Periódico Ilustrado. Bogotá, 31de diciembre de 1882, año II, No. 32, págs. 115 a 118.
  86. José Ramón Vergara: Escrutinio Histórico: Rafael Núñez. Bogotá, Editorial ABC, 1939, pág. 342.
  87. Obra citada en nota 37, págs. 48 y 79.
  88. Pedro M. Ibáñez: Crónicas de Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1923. Tomo IV, pág. 547; obra citada en nota 21, pág. 75.
  89. Obra citada en nota 21, pág. 76, y 88, pág. 547.
  90. Ignacio Borda y José María Lombana: Almanaque para todos y directorios de la ciudad, con 12 visitas de Bogotá, para 1886. Bogotá, imprenta de Ignacio Borda, 1886, pág. 133.
  91. Obra citada en nota 88.
  92. Obra citada en nota 17, pág. 28.
  93. Obra citada en nota 17.
  94. Anibal Pineda: Historia del agua en Bogotá. De la Colombia al año 2000. Bogotá, Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, 1968, pág. 24.
  95. Obra citada en nota 94, pág. 34 y obra citada en nota 88, tomo IV, págs. 525 y 526.
  96. José María Cordovez Moure: Reminiscencias de Santa Fé y Bogotá, Librería Americana, 1916.Tomo V, pág. 266.
  97. Obra citada en nota 96, tomo V, pág. 26.
  98. Tomás Rueda Vargas: “Aurigas y carruajes” en Escritos. Editorial Autores, 1963, tomo II, págs. 116 a 129.
  99. Archivo del Ministerio de Obras Públicas y Transporte. Bogotá. Carpeta Palacio Presidencial, folio 2o., Oficio del Administrador de Correos de Honda al Ministro de Fomento, 20 de marzo de 1890.
  100. Diez de Febrero. Bogotá, Colombia. New York, Imprenta Hispano Americana, (s.f.).
  101. Álvaro Holguín y Caro: Carlos Holguín. Una vida al servicio de la República. Bogotá, Editorial Desarrollo, 1981. Tomo II, pág. 995.
  102. Obra citada en nota 101, tomo II, pág. 996.
  103. Obra citada en nota 88, tomo IV, págs. 480, 481 y 522.
  104. Obra citada en nota 94.
  105. Obra citada en nota 88, tomo IV, pág. 505.
  106. Juan Peñalosa: E Teatro Colón. Bogotá, Ministerio de Educación Nacional, 1956, pág. 20.
  107. José Vicente Ortega Ricaurte: Historia crítica del teatro en Bogotá. Bogotá, Talleres de Ediciones Colombia, 1927, pág. 85.
  108. Obra citada en nota 73, pág. 54.
  109. Obra citada en nota 107, págs. 160 a 164.
  110. Obra citada en nota 101, tomo II, pág. 996.
  111. Archivo citado en nota 99.
  112. Archivo citado en nota 99.
  113. Obra citada en nota 107, pág. 167.
  114. Obra citada en nota 37, pág. 48.
  115. Cita de Carlos Martínez Silva en Guillermo Torres García: Miguel Antonio Caro, su personalidad política. Madrid, Ediciones Guardarrma, 1956, pág. 62.
  116. Título de un soneto alusivo a esta situación, compuesto por M. A. Caro.
  117. Casa de Nariño, Bogotá, Presidencia de la República, 1985.
  118. Informe que rinde el Ministro de Obras Públicas ante el Excelentísimo Señor Designado encargado del Poder Ejecutivo, Bogotá, 1909, págs. 173 y 174.
  119. Obra citada en nota 811, pág. 945.
  120. Guillermo Hernández de Alba: Guía de Bogotá. Arte y tradición. Bogotá, Librería Voluntad, 1946, pág. 66.
  121. Oficio del Ministerio de Relaciones Exteriores al Presidente y miembros del Concejo de Ministros. Bogotá, 24 de noviembre de 1926. En Archivo citado en nota 99, folio 105.
  122. Documentos en Archivo citado en nota 99, folio 106.
  123. Compra al general Abel Lozada por escritura 1673 del 6 de diciembre de 1926 de la Notaría 5a. de Bogotáy el colindante con el Palacio a Don Federico Arbeláez (antes de José María Samper y Soledad Acosta de Samper), por escritura 1328 del 30 de noviembre de 1932 de la Notaría 3a. de Bogotá.
  124. Compra a la señora María Calvo de Álvarez, escritura 13 del 5 de enero de 1938 de la Notaría 3a. de Bogotá.
  125. Ministerio de Obras Públicas y Transportes. Archivo de Proyectos. Palacio de San Carlos. El diseño arquitectónico está firmado por Eugenio S. de Santamaría.
  126. César García Álvarez: Memorias de Obras Públicas. Bogotá, Editorial ABC, 1938.
  127. Daniel Ortega Ricaurte: Bibliografía Académica. Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1953, pág. 230: Ley 67 del 23 de diciembre de 1947, por la cual conmemora el centenario del natalicio del general Jorge Holguín.

 

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