Palacio de San Carlos

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Presentación


 

Texto de Augusto Ramírez Ocampo
Ministro de Relaciones Exteriores

En San Carlos se ha hecho gran parte de la historia colombiana. Más que en ningún otro sitio, y al recorrer todos los rincones de esta centenaria casona, conocemos mejor cuál es la sustancia de la nacionalidad, de dónde emerge la fuente de la tradición.

Quienes hemos tenido el privilegio de frecuentarla, en razón de nuestras diarias responsabilidades de gobierno o como simples ciudadanos, sentimos en cada uno de sus salones y pasillos la historia rediviva de la patria, como que allí se escribieron muchos y apasionantes capítulos de nuestro nacer republicano. Y esa misma sensación espiritual, ritual, con profunda emoción, es la que sentimos ahora al discurrir por las bien escritas páginas' del notable historiador don José M. de Mier, quien con rasgos precisos nos traza un tramo formidable de nuestra historia, en torno de la que fuera residencia del Libertador en horas aciagas para la patria, y hoy es albergue decoroso de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores.

El distintivo de "Cancillería de San Carlos", de aceptación universal y prestigio propio, si por su intención inicial representa a San Carlos Borromeo, retiene también en el ambiente cultural de la República, como bien lo expresara el eminente escritor Eduardo Guzmán Esponda, el recuerdo de Carlos III, cuya obra fue de ilustración tan dilatada y eficaz que bien merece, en este vaivén de la fortuna humana, el calificativo de proto?prócer de la Emancipación: pues sin la pléyade de hombres ilustres que aquí surgieron al amparo de su patrocinio espiritual, no entiende uno que hubiese sido viable ni la iniciativa de independencia política ni la administración elemental, siquiera, del Estado naciente.

Pero el Palacio de San Carlos no se reduce a su interior de gloriosos recuerdos. A su alrededor crece una ciudad que es patrimonio común de todos los colombianos y que cada día construye, con el esfuerzo?de sus hijos, la grandeza de una patria amable para todos, tal como la soñaron quienes en ella nacieron, brillaron, sufrieron y murieron.

Por todo ello, la ilustre casona cuya historia describe en forma magistral don José M. de Mier, constituye la síntesis de la nación por excelencia. La arquitectura, los muebles, los decorados, el entorno señorial, el oratorio, el patio como un corazón de esperanza, los corredores y escaleras, el tesoro de su historia, todo, absolutamente todo, representa un legado de envidiable riqueza espiritual.

En este transcurrir de la patria, el Palacio de San Carlos sigue siendo, un testigo de excepción que ahora, gracias al estupendo libro del insigne historiador, abre sus puertas a un pueblo altivo que vigila sin descanso la noble tradición de sus mayores.

 

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