Por nuestros niños

Programas para su Proteccion y Desarrollo en Colombia

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Las generaciones del futuro

Texto de: José Granada, María Elisa Pinzón, Alberto Duque López
Instituto Colombiano de Bienestar Familiar

El examen de los graves problemas de descomposición social que se viven en el mundo de hoy, pone en evidencia la necesidad de conti-nuar otorgando atención prioritaria a la formación de las nuevas generaciones. Si los gobiernos deben atender, por inaplazables, los problemas del presente, en no menor medida tienen el deber moral de sembrar las semillas del perfeccionamiento social mediante la protección, la formación y la educación de los niños y jóvenes que han de formar la sociedad adulta del mañana.

Colombia ha venido otorgando, especialmente en esta segunda mitad del siglo XX, una atención mayor a su niñez. Testimonio de este proceder, se encuentra en la Ley 83 de 1946, relacionada con la protección de los niños abandonados y la reeducación y rehabilitación de los menores, entre otros temas.
Otro hito histórico fue la creación del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, durante la administración del Presidente Carlos Lleras Restrepo, mediante la expedición de la Ley 75 de 1968 que amplió el radio de acción y la eficacia de los mecanismos de protección de la niñez e introdujo todo un sistema de asistencia legal para hacer efectiva la responsabilidad de los padres de familia, para con sus hijos.

Nuevas leyes fueron perfeccionando los instrumentos y ampliando los recursos financieros para la protección de los menores. Entre ellas cabe citar la Ley 27 de 1974, que creó los Centros de Atención Integral al Preescolar, hoy Hogares Infantiles, la Ley 5 de 1975, sobre adopciones y la Ley 7 de 1979 que estableció el Sistema Nacional de Bienestar Familiar.

El actual Gobierno obtuvo la aprobación de la Ley 89 de 1988 para fortalecer financieramente al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y expidió el Código del Menor, cuyos alcances ya se han descrito.

A este proceso de perfeccionamiento normativo e institucional, hay que agregar la continua ampliación e innovación en los programas de atención a la infancia en protección, salud y educación. Dentro de ellos, es indudable que el Programa de Hogares de Bienestar ha sido una de las experiencias más innovadoras y de mayor impacto en la historia de Colombia.

El balance global de todos estos esfuerzos nos muestra una compleja red de
normas, instituciones y programas que benefician cada año a los niños colombianos, 800 mil en Hogares de Bienestar, 220 mil en Hogares Infantiles (CAIP), 1 millón 500 mil en restaurantes escolares, más de 1 millón en proyectos de nutrición para la madre y el niño, atención de indígenas y recuperación nutricional, 3 millones 500 mil en programas de vacunación masiva, 1 millón en la Escuela Nueva del sector campesino y 4 millones 500 mil en las escuelas tradicionales urbanas y rurales. Además, 1 millón de familias recibe información y educación sobre salud infantil.

Miles de niños son atendidos en programas de reeducación y rehabilitación para infractores, así como en los de protección en caso de abandono, maltrato y en la prevención de la drogadicción.

No obstante, ni el Gobierno ni la comunidad consideran resueltos los problemas de la niñez. Grandes compromisos y retos se avizoran en esta última década, como condición para que las generaciones del siglo XXI conformen una sociedad mejor estructurada en virtud de que su materia prima esencial, el ser humano, hubiese tenido el privilegio de disfrutar de una infancia y una juventud más amable y formativa, que lo educara sólidamente para convivir de manera armoniosa y constructiva.

Es de esperar, que de las páginas de este libro surja con claridad la definición de algunos de los compromisos más apremiantes que el Estado colombia-no debe asumir, con los niños y jóvenes de los años 90.

En primer lugar, el de extender los beneficios de los Hogares de Bienestar a toda la población infantil que constituye su objetivo, conformada por más de 1 millón 200 mil niños de 2 a 7 años que necesitan apoyo institucional y protección por sus precarias circunstancias de pobreza y semiabandono. El haber logrado en sólo 4 años atender a las dos terceras partes de esta población, ha encendido una luz de esperanza para estos niños de los sectores más deprimidos, marginados y pobres de la nación colombiana.

En segundo lugar, resalta la necesidad de imprimir continuidad a los
programas que, con el concurso de los planes de seguridad alimentaria, se destinan a brindar apoyo a las mujeres en situación de embarazo, a las madres lactantes y a los niños menores de 2 años, a fin de garantizar que las nuevas vidas reciban, en su fase más crítica de desarrollo, los nutrientes necesarios para su crecimiento normal y para la formación sana y plena de su cerebro y de su sistema nervioso.

En tercer lugar, será indispensable garantizar a todos los niños la asistencia a la escuela durante los 9 años de educación básica que ordena la ley en el Código del Menor y brindarles la complementación nutricional indispensable para que alcancen el mejor rendimiento académico y se reduzca al mínimo la deserción escolar.

No menos esencial será garantizar a los niños el acceso universal a los servicios de salud, la educación de familias y comunidades en la prevención de la enfermedad y la creación de hábitos sanitarios desde la infancia. Todo ello permitirá evitar la muerte, por causas fácilmente prevenibles, de miles de niños.

La educación de las familias y de las comunidades y el inculcarles el res-peto a los derechos del menor, es también tarea indispensable y urgente para sentar las bases de una sociedad nueva, más respetuosa del derecho ajeno, más solidaria y más firme en sus convicciones morales. Una sociedad en la que los niños aprenden tempranamente los valores de la convivencia pacífica, de la solidaridad, del cuidado de la naturaleza, de amar y compartir, porque sus padres y los adultos que los rodean fueron formados a su vez en el culto de esos valores.

Finalmente, será necesario aportar un gran esfuerzo para estructurar y llevar a la práctica una política de juventud que permita a los adolescentes y a quienes se inician en la vida adulta, el adiestramiento de sus habilidades para el trabajo productivo, que les permita insertarse satisfactoriamente en la vida y en la sociedad de los mayores.

Los jóvenes que salen de la escuela sin capacidad para desempeñar un oficio, sin cauce para sus energías y para el uso de su tiempo libre, sin una orientación que les permita contribuir a la satisfacción de las necesidades de su comunidad, de su familia y de las suyas propias, constituyen uno de los más graves interrogantes sobre el futuro.

Si se logra encauzar esta fuerza formidable representada por la inteligencia, la energía, la imaginación y el trabajo de los jóvenes colombianos, esta nación podrá dar un paso decisivo en su transformación y en su desarrollo.
Por todo esto, la responsabilidad de los adultos de hoy con el país que hemos de transferir a las generaciones del futuro, es inmensa e insoslayable.

Los temas tratados en este libro, por sí solos, constituyen un llamamiento a todos los estamentos de la sociedad colombiana para que respondan a lo que esperan de todos ellos, los niños y los jóvenes que hoy están recibiendo su enseñanza, su influencia y su ejemplo.

 

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