Por nuestros niños

Programas para su Proteccion y Desarrollo en Colombia

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Realizaciones de los Hogares de Bienestar

Texto de: José Granada, María Elisa Pinzón, Alberto Duque López
Instituto Colombiano de Bienestar Familiar

El Programa de Hogares de Bie­nes­tar ha crecido con una rapidez asombrosa, gracias a la decisión del gobierno de ampliar su financiación y a la creciente participación de la comunidad que se organiza en asociaciones de padres de familia para administrar los recursos y ejecutar el Programa.

La cobertura del Programa pasó de 112 mil niños en 1987, a 340 mil en 1988; llegó a 700 mil en 1989, y para 1990 debe atender cerca de 800 mil niños. Desde su iniciación en 1987, el Programa ha venido modificando y per­fec­cio­nan­do su metodología, siempre con el criterio de fortalecer la responsabilidad de los padres de familia y la participación de la comunidad. Con esta finalidad, se ha ido concediendo un papel cada vez más importante a las asociaciones de padres de familia, a sus juntas directivas y a los comités que las familias usuarias integran para apoyar el Programa en el campo de la salud, de la supervisión de su funcionamiento, y de las actividades culturales y recreativas.

Los Hogares de Bienestar se han extendido por toda la geografía col­om­bia­na. Están presentes aun en los lugares más apartados, en los barrios más pobres de todas las ciudades, veredas y pequeñas localidades perdidas en la selva u ocultas en las montañas. El 80% de los municipios del país cuentan con esta experiencia aglutinadora de las comunidades en torno de la protección de sus niños.

A lo largo de esta experiencia, ha surgido por las mismas con­si­de­ra­cio­nes, la necesidad de adelantar una intensa capacitación a las asociaciones y juntas de padres de familia, así como a las madres comunitarias, con el propósito de que cumplan a cabalidad el papel que les corresponde. Dentro de una de las experiencias de cooperación interinstitucional más innovadoras, el Servicio Nacional de Aprendizaje y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar han venido desarrollando un programa para capacitar a miles de madres comunitarias y a miles de miembros de las asociaciones de padres de familia, mediante un sistema presencial y a distancia, que ha exigido la edición de más de 1 millón 500 mil cartillas.

Para todos los involucrados en el Programa, es muy claro que ni el Estado como tal, ni el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en particular, pueden ni deben sustituir el papel y la responsabilidad de los padres de familia en el cuidado y atención de los hijos, puesto que su función es la de facilitar los medios para que esa insustituible responsabilidad pueda hacerse efectiva.

Nutrición adecuada

En los Hogares de Bienestar los niños reciben más de la mitad de los re­que­ri­mien­tos nutricionales diarios. El mejoramiento nutricional es así, uno de los efectos más no­ta­bles que se pudo compro-bar en observaciones preliminares realizadas en diferentes Hogares del país.

Estas observaciones permiten afirmar que el 85% de los niños que ingresan al Programa presentan primordialmente desnutrición leve o mo­de­ra­da y excepcionalmente desnutrición severa. Transcurridos 3 meses del ingreso del niño al Hogar y de acuerdo con los datos consignados por las madres comunitarias en los carteles de control de crecimiento y desarrollo, los cuales cruzan la edad con el peso, se demuestra que el 66% de los niños que comenzaron con algún grado de desnutrición se han recuperado nu­tri­cio­nal­men­te. Sólo 2 o 3 niños equivalentes al 19% se encuentran por fuera de la curva mínima de normalidad, casos que por lo general están asociados a en­fer­me­da­des diarreicas o enfermedades concurrentes.

Para las familias es clara la evolución del estado nutricional de sus hijos y el cambio en sus hábitos alimentarios. No sólo los niños están aprendiendo el consumo de nuevos alimentos, también las familias, y hay varias razones para que así sea. Los menús elaborados por las nutricionistas, tanto para los tenderos que venden los mercados a los Hogares de Bienestar como para las madres comunitarias quienes los preparan, introducen cambios, ingresan nuevos productos y diversifican las formas de preparación y presentación. Con estos menús se está asegurando que las proteínas se consuman en mezclas vegetales e incluso que se acepten y se les compare con la carne. Los tenderos han adicionado otros productos para su venta, con la ventaja de que la promoción de sus ventas y de su aceptación la testimonian los niños y las personas que colaboran en la preparación de los alimentos en los Hogares.

Un testimonio de una madre comunitaria de Buenaventura, ciudad al suroccidente del país corrobora este hecho. “Al principio era muy difícil que los niños comieran de todos los alimentos que se les servía, especialmente las verduras; con paciencia, poco a poco y bien preparadas ya las piden y las comen con agrado”.

La alimentación que recibe el niño comprende también, un complemento alimenticio llamado bienestarina. Este es una mezcla vegetal de alto valor nutritivo, enriquecida con vitaminas, minerales, proteínas y calorías, pro­du­ci­do directamente por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en sus 3 plantas de Paipa, Cartago y Sabanalarga. En 1990, 24 mil toneladas métricas fueron programadas.

La bienestarina no solamente es aceptada por los niños, sino que se ha constituido en un alimento de gran demanda y consumo por la facilidad de preparación en gran variedad de formas que los niños aceptan con placer.

Protección

Padres de familia, de zonas donde fun­cio­na el programa expresan: “Después de la llegada de los Hogares de Bienestar al barrio, son menos los niños que son raptados para ser explotados en la mendicidad; menos los niños que se queman en accidentes caseros al quedar solos; menos los niños que son abandonados por sus madres desorientadas; menos los niños que se levantan sin afecto alguno”.

Como resultado de los hogares, cada vez es menor el número de niños que se ven forzados a seguir la vida callejera con sus consecuencias de prostitución infantil y gaminismo. Es la prevención del círculo de la ex­plo­ta­ción y el abandono, origen de la situación social que azota al menor.

Quizás uno de los mejores ejemplos de los Hogares de Bienestar está dado por un hecho simple: los casos de atropellos, maltrato a los menores y abandono por parte de sus padres están siendo denunciados. Cuando los adultos descubren que sus vecinos están vigilando y denunciando el abuso de los menores es porque los cambios son profundos.

Salud

Los hábitos de aseo e higiene así como los avances nutricionales están sien­do acompañados por una vigilancia permanente para que todos los ni­ños reciban oportunamente sus vacunas, estén inscritos en los puestos de salud de sus barrios y sean atendidos en los programas del Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Salud. La educación en salud a los padres, comunidad y madres comunitarias acompañan igualmente la prestación de los servicios, los cuales ahora sólo se demandan de una forma racionalizada, la prevención de las enfermedades y manejo de algunas de ellas en el Hogar ha surtido efecto en la cualificación de la demanda.

Un estudio preliminar realizado por el Centro Internacional de In­ves­ti­ga­cio­nes para el Desarrollo, en 4 ciudades de Colombia demostró una dis­mi­nu­ción en las enfermedades que más aquejan a los niños e inclusive en la mortalidad infantil. Las madres comunitarias han adquirido conocimientos a través del programa SUPERVIVIR del Ministerio de Salud, para el manejo de las infecciones respiratorias agudas, la prevención de la diarrea y la pre­pa­ra­ción de las sales de rehidratación cuando esta se presenta. Estos conocimientos conjugados con aquellos que los vigías de la salud están impartiendo a las familias en sus visitas casa a casa y con la sana influencia que los niños del Programa están ejerciendo en sus familias parecen estar surtiendo efecto en la salud del niño colombiano.

Desarrollo del niño

Los colombianos sienten que el Programa ha provocado consecuencias sociales pro­fun­da­men­te alentadoras porque sus beneficios llegan a los niños y sus familias; a las madres comunitarias y a las comunidades más urgidas en los sectores más pobres del campo y la ciudad. Los protagonistas de esta auténtica revolución son los 800 mil niños menores de 7 años que hoy participan del Programa.

La mayoría de estos niños antes de vincularse al Hogar de Bienestar experimentan situaciones de abandono, aislamiento y soledad. Hoy en día gracias al Hogar, a la madre comunitaria, a los alimentos y a la convivencia con los demás niños, su situación ha cambiado sustancialmente.

En el ambiente del Hogar de Bienestar se asegura que el niño se desarrolle física, espiritual y emocionalmente. En el Hogar, los niños reciben afecto, cuidado y saben que los entienden y los protegen.

Con paciencia los pequeños van siendo preparados para la vida que vendrá después. Su inteligencia se desarrolla más armónicamente debido a los juegos, las rutinas, el enriquecimiento del lenguaje, la relación con otros niños y otras personas y a todas las actividades pedagógicas comunitarias que permanentemente desarrolla.

La transformación que gradualmente van experimentando los niños, es percibida primero por los padres, quienes se sorprenden al observar en ellos gestos, actitudes, palabras, sonrisas y sueños que eran imposibles de concebir en otras circunstancias. Posteriormente, el proceso es sentido por el niño mismo quien estará más seguro de lo que hace y de lo que quiere.

Una madre de familia opina:

“Yo estoy feliz y tranquila de que mi niño esté en el Hogar de Bienestar, porque la maestra de la escuela me dijo que ella veía que los niños que salían de los Hogares se adaptaban mejor”.
A su vez, una maestra afirma en un pueblito de Boyacá: “Es que uno sabe que los niños que vienen de los Hogares ya ponen atención, ellos aprenden más fácilmente”.

Las madres comunitarias: labor dignificante y solidaria

Lo menos significativos han sido los beneficios recibidos por las 50 mil madres comunitarias que participan en el Programa de Hogares de Bienestar.
Las madres comunitarias son mujeres sencillas que, en su mayoría y a semejanza de sus vecinas, apenas han cursado unos pocos años de escuela, pero están ávidas de conocimientos y de deseos de contribuir al mejoramiento de las condiciones de vida de su comunidad.

Habiéndose convertido en eje de la vida de varias familias, gracias a su labor de mujeres anónimas que viven con privaciones como las demás, las madres comunitarias han pasado a representar un símbolo de la superación de la mujer y de la solidaridad comunitaria.

Los ingresos que reciben por su gestión, aunque módicos les permiten acceder a bienes y servicios que antes les estaban vedados, como lo demostró la investigación preliminar del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, para el 70% de las madres comunitarias este era su primer trabajo estable y remunerado. La relación con su pareja cambia: su convivencia se finca en afectos, complementaciones y gratificaciones.

Como confiesa una de ellas: “El programa me devolvió la vida. Nunca pensé que una mañana, 15 niños me llamarían mamá”. De esa manera descubrió que también podía hablar con sus propios hijos, entender sus ansiedades, comprender sus temores, rechazar sus fantasmas.

Si alguien busca la imagen exacta de un nuevo liderazgo de la mujer colombiana, la encuentra en las escenas cotidianas que protagonizan estas madres comunitarias con sus hijos y los de sus vecinos. Debido a su ca­pa­ci­ta­ción las madres se convierten en vigilantes de la salud y reaccionan ante el primer signo de malestar de los niños a su cuidado. Es una capacitación que las habilita, no sólo para atender y proteger a los niños, sino también para aplicar sus nuevos conocimientos en su propia familia.

Las madres comunitarias progresan. Introducen mejoras físicas a sus viviendas gracias a créditos previstos en el Programa para ello; aumentan su capacidad para convertirse en motor de cambios y transformaciones; descubren que son apreciadas, que conocen las necesidades de todas y que aprenden a diario algo nuevo. Esas transformaciones confluyen en la auto-estima y en su valoración personal.

La vida familiar

Los padres de los pequeños también reciben el impacto y los beneficios del programa. Han variado sus costumbres domésticas; han suavizado el trato que antes proporcionaban a sus hijos y a la familia entera. Presenciando los cambios en los pequeños, han adoptado mejores hábitos de aseo e higiene.

Las relaciones entre las parejas reflejan la influencia de estos cambios y el deseo notorio de mejorar sus condiciones de vida. Los padres de familia creen en el Programa, se han convertido en veedores y auditores para asegurar que sus hijos reciban la atención debida y que los recursos dispuestos para el Programa los beneficien realmente. Con mucha frecuencia los padres de familia participan en actividades de saneamiento del sector, en comités de salud, en arreglo de enseres, en elaboración de material didáctico y ya co­mien­zan a asistir a reuniones en las que se habla sobre los hijos y sobre la vida de pareja. Se han organizado convivencias familiares y empieza a sentirse la presencia del hombre como parte integrante, activa y responsable en la vida familiar plena.

Para la madre comunitaria la oportunidad de trabajo en su hogar, sin afectar sus relaciones familiares y sin dejar sus propios hijos solos, la ha llevado a sentirse útil a sí misma, a su familia y a su comunidad. También el esposo o compañero de la madre comunitaria juega un papel significativo al compartir con ellas los cuidados cotidianos de los niños.

Conciencia y civismo

Desde la concepción inicial del Programa quedó claro que este no era posible sin la participación activa de la comunidad aun cuando se era consciente de que los procesos de organización comunitaria son complejos y difíciles de lograr más cuando el individualismo prima en el comportamiento de la población.

En las zonas marginales las perspectivas hacia el futuro son precarias. Sus moradores viven para el día siguiente. Sobreviven con lo que consiguen e intentan prolongar cualquier ventaja, como sea.

Con el Programa se buscó despertar la conciencia individual y la convicción cívica. Por eso, a los padres de familia se les asignaron responsabilidades concretas a través de las asociaciones de padres, lo cual ha permitido que la comunidad entera participe del manejo de los Hogares. El sentido de solidaridad se ha constituido entonces en uno de los elementos cotidianos más importantes.

En los Hogares de Bienestar, la participación comunitaria se genera con la organización y se consolida con la capacitación. La educación social ha sido elemento determinante para dar coherencia y proyección a los Hogares de Bienestar.

La respuesta de las comunidades al Programa de Hogares ha sido estimulante. Sienten que estas actividades les proporcionan un sentido de orgullo, de confianza en sus propias capacidades para mejorar sus condiciones de vida. Es un trabajo de equipo y sus efectos e impactos así lo demuestran en las diferentes actividades de las 4 mil asociaciones conformadas hasta el momento.

El programa de Hogares de Bienestar ha demostrado la capacidad de gestión de que dispone la comunidad, la cual se constituye en un importante aval para continuar con otros proyectos comunitarios que tienen recursos para administrar.

El país puede sentirse satisfecho de la seguridad y buen uso de los recursos entregados a las asociaciones. La comunidad no deja perder, ni desviar sus recursos.

Generación de ingresos y mejoramiento de las viviendas

Dentro del Programa de Hogares de Bienestar 18 mil viviendas han realizado mejoras gracias a un sistema sencillo de crédito cuya garantía ha sido la palabra de quien lo recibe. Hasta el presente se han otorgado préstamos para el mejoramiento de la vivienda por 5 mil millones de pesos colombianos, a precios de 1990, esto es, aproximadamente 10 millones de dólares. Se ha abierto un nuevo camino para mejorar y adecuar los asentamientos más deprimidos de las ciudades, camino que ha demostrado que los pobres pagan las deudas que adquieren y las amortizan a corto plazo.

Alrededor del mejoramiento de la vivienda se han organizado las co­mu­ni­da­des para autoconstrucción; los Hogares de Bienestar han cumplido un efecto demostrativo. Así, otras viviendas, aunque no son Hogares de Bienestar, también están mejorando.

Igualmente, han empezado a surgir en las comunidades actividades productivas y a generarse un desarrollo económico a nivel local. Un estudio del Banco Mundial en septiembre de 1988 lo resalta de la siguiente manera: “El programa ha impulsado las actividades de generación de ingresos en las comunidades pobres. Por ejemplo, la organización de 130 Hogares de Bienestar en el barrio La Candelaria en Cartagena, ha creado empleo para 30 personas, quienes se han vinculado a la producción de pan, asientos y colchonetas para el programa. En el barrio Potosí en Bogotá, el incremento de la demanda de materiales de construcción para el mejoramiento de la vivienda, ha generado pequeñas fábricas de producción de ladrillos”. Esto durante los últimos 3 años se ha multiplicado en casi todos los barrios pobres de Colombia.

Solidaridad nacional

Durante 1988 el Programa fue visitado por todas las fuerzas vivas del país; gerentes, gremios, empleados, organismos nacionales e inter-nacionales, políticos, en fin por todas aquellas personas que tenían interés en conocer el pro-grama, cuestionarlo, compararlo y hacer recomendaciones. Este aspecto fue muy importante por cuanto movilizó la opinión pública en general y se llegó a un consenso sobre la conveniencia de seguir expandiendo las coberturas y asegurar los recursos necesarios.

Los gremios, los políticos, la opinión pública sabían y conocían de lo que se hablaba, lo cual creó un buen ambiente para sustentar un proyecto de ley que permitiera financiar el programa. Dicho proyecto fue presentado al Congreso, el 29 de diciembre de 1988 y aprobado por unanimidad, con la sanción de la Ley 89 que determina el incremento de los aportes que las entidades públicas y privadas hacen al ICBF de sus nóminas mensuales. Hoy el ICBF cuenta con el 3% de estas nóminas oficiales y privadas para financiar todos sus programas, pero de este porcentaje un tercio tiene destinación específica para los Hogares de Bienestar.

La solidaridad nacional se vio expresada en este acto que afecta los intereses particulares e incrementa sus contribuciones. Una vez más se constata que el niño es capaz de aglutinar las fuerzas más disímiles y contradictorias de una sociedad.

No obstante este logro alcanzado la solidaridad nacional debe mantenerse para financiar la meta total. Nuevamente el país deberá realizar un esfuerzo en sus finanzas y decidir sobre la construcción de la paz en los sectores pobres, creando nuevas fuentes de ingresos que permiten alcanzar las metas finales del Programa. Este compromiso de financiación es un deber, es el compromiso con el futuro y la paz de Colombia.

Un testimonio autorizado

Dstos propósitos, estos logros, estos sueños alcanzados son condensados en una intervención pública de la señora Carolina de Barco, corazón de este Programa:

“La meta primordial que nos propusimos, la de brindar a los niños un nivel nutricional adecuado, ya se ha logrado. Tal como dije anteriormente, estos menores han ganado peso y están creciendo sanamente. Durante las visitas periódicas que efectúo a los Hogares de todo el país siempre pregunto a los niños qué es lo que más les gusta. Algunos responden que tener la oportunidad de jugar con otros niños; otros dicen que los juguetes; pero la gran mayoría afirma que lo que más les gusta es la comida. Además, de manera indirecta, se ayuda a la familia en general ya que disminuye el número de bocas por alimentar. Para el Instituto, el programa ha permitido una mejor utilización de los recursos disponibles. Ya no hay que dedicar grandes sumas de dinero a la construcción de costosos centros de atención ni al pago de numerosos empleados. Este nuevo programa exige tan sólo una tercera parte del costo que se pagaba anteriormente por cada niño y además brinda las ventajas de proporcionar al menor un ambiente familiar con calor de hogar.

“Nos ha impresionado realmente ver la cantidad de beneficios adicionales que nunca imaginamos que pudieran resultar de un mismo programa. En primer lugar, se ha fortalecido la posición de muchas mujeres dentro de la comunidad. Para 1992, cerca de 100 mil mujeres aportarán ingresos al presupuesto familiar, brindándoles un amplio sentido de independencia, dignidad e importancia dentro de la comunidad. El Programa ayuda igualmente a estas madres a mejorar sus hogares, lo cual se traduce en un mejor nivel de vida para toda la familia. De la misma manera, esto impulsa a sus vecinos a mejorar sus condiciones de vivienda, en la medida en que sus ingresos lo permitan. El entrenamiento que estas madres reciben ha contribuido también a la modificación de los hábitos higiénicos de la familia en su totalidad. Por ejemplo, se adoptan prácticas tales como lavarse las manos antes de comer, cepillarse los dientes, preparar comidas balanceadas, etc. Los niños, que aprenden hábitos en los Hogares, al regresar a sus nuevas casas insisten en que sus familias sigan estas mismas pautas, en caso de que no lo hicieran anteriormente.

“Muchas mujeres han recibido por intermedio del Programa la posibilidad de laborar, sabiendo que dejan a sus hijos en muy buenas manos. Anteriormente, muchas mujeres que tenían que salir a trabajar se veían obligadas a dejar a sus hijos solos encerrados en la casa, lo cual acarreaba trágicos accidentes tales como niños quemados al tratar de hacer la comida o menores mordidos por ratas. El importe que se debe pagar es tan bajo, que cualquier madre puede permitirse hacerlo. Además otra ventaja es que el niño queda muy cerca a su casa. La madre puede estar tranquila, pues si se retrasa un poco sabe que la vecina no tendrá inconveniente en tener al niño mientras ella llega y éste se sentirá seguro rodeado de personas conocidas. En el caso de las madres trabajadoras, sus hijos permanecen durante 8 horas diarias en el Hogar de Bienestar; cuando la madre no trabaja, sus niños asisten solamente 4 horas, durante las cuales reciben alimento nutritivo que necesitan para su desarrollo. En ningún momento el Instituto desea ocupar el lugar de la madre en la vida del niño.“Es importante mencionar que uno de los efectos secundarios fundamentales, consiste en el fortalecimiento de los lazos comunitarios. Las primeras beneficiadas han sido las mujeres. Muchas de ellas me han comentado repetidas veces que antes de que existieran los Hogares de Bienestar Familiar ni siquiera se conocían; cada una vivía encerrada en su propio mundo. Ahora han establecido lazos de amistad compartiendo la experiencia común que representa el cuidado de los hijos.

“El programa ha proporcionado también trabajo a otros miembros de la comunidad. Los hombres reparan las casas y fabrican muebles para los niños, las costureras elaboran delantales, toallas, sábanas y otros artículos para los pequeños; los encargados de las tiendas cuentan con nuevos clientes que compran alimentos y demás productos necesarios. Es realmente una experiencia emocionante ver la forma como el trabajo comunitario ha contribuido en el mejoramiento de las viviendas. Incluso he visto soldados participando en estas labores.

“Desde el comienzo de 1988, estos lazos comunitarios son más estrechos ya que el Instituto planeó entregar el manejo de los Hogares de Bienestar a los padres de los niños que asisten a ellos, manteniendo obviamente la supervisión y asistencia por parte del Instituto. Las asociaciones de padres de familia se encargan de manejar el pago a las madres comunitarias, de comprar las provisiones de alimentos y de estar pendientes para solucionar cualquier problema que pueda presentarse.

“Gran parte del éxito de este programa se debe a las maravillosas calidades humanas de las mujeres que han participado en él. Las mujeres colombianas son inteligentes, responsables y trabajadoras. Ellas fueron quienes voluntariamente aceptaron los programas de control de la natalidad, entendiendo intuitivamente los beneficios que allí se derivan para ellas y sus familias. Así, lograron que Colombia se colocara dentro de los países líderes en control de natalidad dentro de las naciones en vías de desarrollo.“Las madres comunitarias asumen sus funciones como miembros de la comunidad y no como simples asalariadas. Esta loable actitud resulta evidente en muchos de los casos que he visto. Por ejemplo, cuidan de los niños durante más tiempo cuando es necesario, o por la noche o aun durante varios días si las madres deben trasladarse a otro lugar (por ejemplo para recoger las cosechas de café). Igualmente reciben hermanas o hermanos mayores que colaboran con el cuidado de los pequeños, manteniéndolos así alejados de los peligros de las calles, la delincuencia y las drogas.

”Las comunidades están encantadas con sus Hogares y con la idea de que sus hijos están siendo alimentados correctamente y recibiendo la atención adecuada. Protegen fervorosamente los Hogares y los defienden de cualquier intento, que amenace el control de los mismos o los utilice con móviles políticos. Anecdótiamente, en un barrio de alta delincuencia, un ladrón bastante conocido se encargó de la vigilancia de uno de los Hogares mientras la madre iba a hacer un mandado, asegurándose en esta forma de que nadie robara nada del Hogar. Los Hogares le han dado a la comunidad un sentido de orgullo, convirtiéndose en una razón para trabajar unidos”.

 

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