Por nuestros niños

Programas para su Proteccion y Desarrollo en Colombia

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Prólogo

Texto de: Virgilio Barco Vargas
Presidente de la República

Durante la campaña presidencial adquirí el compromiso de darle prelación a la atención de la niñez colombiana. Siempre consideré intolerables las condiciones adversas en que vivían miles de niños afectados por la más extrema pobreza, sin una esperanza clara de recibir el cuidado y la ali­men­ta­ción que necesitaban. Un país no puede, impasiblemente, presenciar el dete­rio­ro físico, intelectual y moral de sus nuevas generaciones. Al comienzo del Gobierno tomé la decisión de impulsar y fortalecer programas de salud y educación básicas para combatir la miseria, y de realizar un ambicioso plan para rehabilitar las regiones marginadas del progreso.

En desarrollo de las políticas mencionadas se configuró el Plan Nacional de Rehabilitación dirigido a llevar la presencia del Estado con obras de infraestructura y de servicios básicos a las distantes regiones marginadas del progreso. También se concentró la atención en los factores de pobreza del campesino minifundista o sin tierras, para brindarle el apoyo necesario, a fin de elevar su productividad, mejorar sus condiciones de vida y facilitar el acceso de sus productos al mercado. Con el Plan de Erradicación de la Pobreza Absoluta, se integraron las acciones para emprender un profundo cambio social en los asentamientos humanos subnormales de la ciudad, mediante una amplia participación de las comunidades, enderezada a la generación de ingresos, el mejoramiento de su hábitat y la ampliación de su acceso a los servicios de salud, de educación, de protección de la familia y de nutrición de la infancia.

Pero, sobre todo, consideré inaplazable implantar una modalidad nueva de atención al niño menor de 7 años afectado por la malnutrición crónica y por la desprotección durante el día, las cuales le ocasionaban irreparables deficiencias en su crecimiento y desarrollo. Este nuevo programa debía tener la capacidad de extenderse a todos los niños con las carencias anotadas, tanto de la ciudad como del campo, en todo el territorio nacional, aun en los lugares más apartados o de difícil acceso.

Para alcanzar esos objetivos se diseñó y puso en marcha el Programa de Hogares de Bienestar, donde las madres se organizan y reciben capacitación para ofrecer, en sus propias viviendas, a pequeños grupos de 15 niños de su vecindario, alimentación equilibrada y los cuidados que a su corta edad se hacen indispensables, mientras sus padres se ausentan para trabajar.

Este programa fue ideado por la Presidenta de la Junta Directiva del “Instituto Colombiano de Bienestar Familiar”, señora Carolina Isakson de Barco, y por el director del Instituto, doctor Jaime Benítez Tobón, quienes tenían objetivos similares. Para ponerlos en marcha se apro­ve­cha­ron las Oficinas Regionales del Instituto, existentes en el país, pu­dién­do­se abrir los primeros Hogares, 6 meses después del comienzo de esta Administración. El doctor Jaime Benítez dio el primer gran impulso al Programa, que ha continuado creciendo bajo la administración del doctor José Granada. La Presidenta de la Junta Directiva, señora de Barco, se dedicó a ayudar a resolver los problemas de orden ad­mi­nis­tra­ti­vo, tales como concebir la organización y el funcionamiento, y definir las necesidades. La dificultad de poner en marcha la organización y de obtener los recursos suficientes, requirió un esfuerzo de 2 años hasta contar con los servicios necesarios para el Programa.

Gracias a la rápida expansión de este Programa, se atenderán 800 mil niños en el presente año. Se complementa con el de seguridad alimentaria dirigido a la mujer durante el embarazo y la lactancia y al infante menor de 2 años, para garantizar que los niños colombianos cuenten con la posibilidad de crecer y desarrollarse plenamente.

La experiencia de los Hogares de Bienestar ha sido profundamente innovadora y extraordinariamente rica en la multiplicidad de efectos. Especialmente se destaca la movilización de la comunidad y de las familias para cuidar a sus hijos, la aparición de un nuevo liderazgo de la mujer, encarnado por las madres comunitarias, la modificación de actitudes y comportamientos tradicionales para dar cabida a unas relaciones de familia más equilibradas y armoniosas. Ha sido notable la participación en las tareas para mejorar la vivienda y las condiciones sanitarias, la iniciativa de crear empresas productivas por los miembros de la comunidad y el interés de asociarse para contribuir al progreso de su hábitat y proteger la salud infantil. En suma, un auténtico germen de desarrollo social ha nacido en torno de los Hogares de Bienestar.

Es evidente que para combatir definitivamente la pobreza, se debe impedir que los hijos de los hogares sin recursos estén condenados a vivir marginados. Con base en estos criterios, el Gobierno tomó la decisión de otorgarle al Programa de Hogares de Bienestar, así como a los de Educación Básica, Salud y Nutrición, la máxima prelación, pese a las severas limitaciones presupuestales existentes.

El programa ha despertado el interés internacional. Colombia ha recibido la visita de ilustres representantes de gobiernos y entidades dedicadas a la atención de la niñez. Países como Ecuador, México, Venezuela, Nicaragua y Perú, han mostrado especial interés. En diversos foros internacionales, como la Junta Ejecutiva de Unicef; la reunión en 1988 de la “Task Force for Child Survival” en Talloire, Francia; el Seminario sobre Desarrollo Infantil en Florencia, Italia, en 1989; el certamen mundial sobre educación básica celebrado en este año en Bangkok, Tailandia, entre otros, se ha examinado con vivo interés este modelo de atención a la niñez y de desarrollo comunitario. El modelo adoptado articula la acción del Estado con la de la comunidad, para impulsar, sin paternalismo, el cambio social y vincular en forma responsable el trabajo y el aporte de todos los beneficiarios. Con razón se ha afirmado que los Hogares de Bienestar constituyen una revolución en favor de los niños y de las familias pobres de Colombia.

Esta revolución ha sido posible por el esfuerzo inteligente y entusiasta de sus promotores y organizadores. En primer lugar, debo mencionar al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, cuyos abnegados funcionarios han trabajado sin descanso en la organización de las comunidades, y en la instrucción de las madres comunitarias y de las familias que intervienen en el programa. Los organismos del Sistema Nacional de Salud han venido colaborando en la atención de los niños y, también, han organizado jornadas masivas de vacunación para protegerlos de las enfermedades inmunoprevenibles.

Organismos internacionales como la Unicef han contribuido activamente en la realización de estos programas. El PNUD, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, le han ofrecido apoyo dentro de sus planes de cooperación técnica.

Sin duda lo que ha permitido que el programa alcance una asombrosa dimensión en tan poco tiempo, es la participación de las mujeres colombianas, madres de familia y madres comunitarias, que le han entregado toda su capacidad a la tarea de cuidar a sus hijos. Siempre he creído que un programa en favor de la niñez, no puede estar en mejores manos que en las de las propias madres. La tarea cumplida por ellas en estos 4 años conmueve y reconforta: constituye una demostración clara de la creatividad y la constancia de nuestro pueblo para superar las limitaciones que impone la pobreza. El Plan de Erradicación de la Pobreza Absoluta tiene en esta experiencia su mejor testimonio de éxito.

 

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