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El Arte de la Fotografía

Leonor ReyesAlejandro Obregón

Texto de: Eduardo Serrano

Hernán Díaz ha gozado desde los años sesenta de la reputación de ser el más culto, prolífico y versátil entre los fotógrafos del país. Su obra ha sido incesantemente encomiada en el exterior. Su trabajo es requerido por las más exigentes publicaciones internacionales, reproducido en las más prestigiosas revistas, solicitado por las más conocidas casas publicitarias y pretendido sin descanso, no sólo por los miembros del jet set nacional y por modelos profesionales y reinas de belleza, sino por personajes sin el menor asomo de frivolidad. Sus imágenes acusan una personalidad inconfundible, producto de firmes convicciones sobre la expresión individual por medio de la cámara, y de un certero y definido credo estético.

Precisamente Hernán Díaz desempeñó un papel de singular importancia en cuanto a devolverle a la fotografía colombiana el status de medio artístico que la había caracterizado desde su aparición en 1840 hasta finales del siglo XIX. Dicha consideración se había perdido al generalizarse la idea de que la fotografía consiste simplemente en una serie de operaciones manuales que no pueden compararse con obras que son frutos de la inteligencia, y al ser erradicada de los salones artísticos donde sólo volvería a aparecer gracias en gran parte a sus gestiones y a la admiración suscitada por su obra entre pintores, escultores, músicos y escritores en los años setenta.

Ahora bien, la cultura fotográfica y la versatilidad de Hernán Díaz tienen mucho que ver con su formación y sus primeras aspiraciones y oficios. Para comenzar, la fotografía era la afición de su padre, lo cual le permitió familiarizarse con la cámara desde muy temprana edad. También desde niño mostró claras aptitudes para la música, especialmente para el piano. Pero sus primeros estudios profesionales fueron en arte comercial, en Westport, Connecticut, mientras que sus primeros trabajos fueron en publicidad (realizando anuncios y afiches, al igual que Andy Warhol en sus primeras épocas, para Sears Roebuck).

La utilización de la cámara como apoyo para su trabajo publicitario llevó finalmente a Hernán Díaz a comprender cuál era su verdadera vocación y a estudiar fotografía, de vuelta en Westport, en la Famous Photographers School, donde figuraba entre los profesores el sobresaliente retratista norteamericano Richard Avedon, con quien, como se verá posteriormente, existen coincidencias en su consideración del medio fotográfico.

Aunque la reportería gráfica sólo le interesaría esporádicamente y con referencia a contados temas, sus primeros éxitos profesionales fueron, en este campo, trabajando para la revista Cromos, publicación cuyo preponderante papel en el desarrollo de la fotografía en Colombia ha sido señalado con frecuencia. Poco más tarde tuvo oportunidad de demostrar sus capacidades documentales al encargársele un trabajo sobre los progresos en la construcción del ferrocarril del Atlántico. Pero el primer reconocimiento significativo de sus méritos ocurriría en Estados Unidos al ser publicadas sus imágenes con inusitado despliegue en el influyente periódico The Christian Science Monitor.

De ese momento (1961) en adelante, Hernán Díaz se convertiría en uno de los pocos créditos de la fotografía latinoamericana reconocidos internacionalmente; se le invitaría a trabajar para Life, una revista cuya trascendencia radica en la alta calidad de sus fotografías; y también sería contratado por Time, aunque su vinculación con este semanario se interrumpiría algunos años después al encargársele un trabajo sobre un grupo de campesinos decapitados por la guerrilla en Caicedonia. Ante la macabra escena comprendí que debía dedicarme a fotografiar gente viva, dice con cierta ironía. Y es exactamente fotografiando gente viva como Hernán Díaz alcanzaría su definida personalidad como fotógrafo y sus más penetrantes y espléndidas imágenes.

No implica lo anterior que sus paisajes o sus reportajes sobre algunas ciudades como Cartagena, Bogotá y Nueva York desmerezcan ante sus retratos. Por el contrario. Sus fotografías de áreas urbanas y rurales también son particulares y sobresalientes. Basta examinar los encuadres de sus sembrados y montañas e inclusive de sus vistas aéreas, para comprender que obedecen a planteamientos compositivos y espaciales encaminados a lograr ambig?edad o precisión en las distancias según el caso, y sobre todo, ese balance o equilibrio que es la más notoria y diciente de las cualidades de su fotografía. Cartagena, por ejemplo, es uno de los lugares más profusamente fotografiados sin que nadie haya podido resumir de manera tan sensitiva y penetrante como Hernán Díaz, no sólo el encanto de su ubicación, historia y construcciones, sino también su idiosincrasia. La armNica interrelación de la arquitectura bogotana de diferentes épocas y estilos, así como su integración con las montañas aledañas, también han sido perceptivamente subrayadas por su lente. Y sus fotografías de los museos de Nueva York constituyen un ingenioso testimonio no sólo de su patrimonio artístico sino de la actitud y gozo de sus visitantes.

Pero en la mayoría de esas fotografías son las personas quienes proveen la información y clarifican el contenido de la imagen la joven negra (Persides) circundada por la sombrilla a cuadros comunica toda la frescura y la alegría de Cartagena, mientras que el abandono y obesidad de Los visitantes de octubre compendian la frivolidad de sus turistas. Los niños de la casa vieja son un reflejo de la lozanía e ingenuidad infantil frente al deterioro y tristeza de los muchos años. La mirada escudriñadora de El vendedor de perritos no puede ser más explícita sobre los gajes de su oficio. Y quién puede olvidar una imagen como la de Peregrina de Chiquinquirá, conmovedor resumen de la fe y los ideales del campesino colombiano Es decir, no sólo sus personajes son expresivos y reveladores sino que, en los casos pertinentes, están cargados de una deliberada colombianidad constituyendo un invaluable testimonio sobre la cultura del país.

Por otra parte, también es evidente que sus Bodegones (fotografías que mezclan objetos estéticos y cotidianos), sus Cajas (producciones tridimensionales en las que ensambla fotografías y otros elementos un poco a la manera de Joseph Cornell), y sus experimentos (en los que examina algunas posibilidades del cuarto oscuro o recorta y recompone sus imágenes trayendo a la memoria ciertas actitudes de Robert Raushemberg y David Hockney), son todos trabajos eminentemente creativos en los cuales se hace palmaria su formación artística, su ágil imaginación y la estructura conceptual que respalda sus realizaciones.

Pero son sin duda los retratos las obras que de manera más completa y contundente manifiestan el talento y la originalidad de Hernán Díaz. En ellos no sólo es posible comprobar su dominio del medio fotográfico, sino que no obstante la belleza y juventud o prominencia y seriedad del personaje es su singular inspiración la verdadera responsable por el logro y expresividad de las imágenes.

El retrato es la más ligada a la pintura de las modalidades fotográficas. Es sabido, por ejemplo, que el daguerrotipo remplazó a la miniatura (o retrato portátil) para buen número de artistas tanto en el exterior como en Colombia. Y si bien es cierto que los primeros retratos fotográficos adoptaron muchas de las convenciones de los retratos pictóricos, entre ellas, las poses, los fondos e inclusive la iluminación o coloreado posterior, no es menos cierto que son innumerables los pintores que se han basado y aún se apoyan en la fotografía para la elaboración de sus retratos. En ese orden de ideas, los retratos de Hernán Díaz podrían describirse, al menos parcialmente, en términos pictóricos, corroborando así su ánimo creativo y proveyendo una explicación para su gran presencia estética.

Ya se ha dicho que sus composiciones son equilibradas, balanceadas y serenas. Pero además, conllevan claras consideraciones geométricas según lo patentizan muchas de sus fotografías, entre ellas, El bodegón de la Candelaria (con la palenquera centrada bajo los barrotes del balcN) o La hilandera (cuyo hilo aparece perfectamente perpendicular al huso que manipula con transparente seguridad). La simetría es asimismo un objetivo frecuente en sus obras, y no es difícil encontrar una especie de trama, es decir, de acentos verticales y horizontales como estructura de sus fotografías. Pues bien, en muchos de sus retratos esta consideración o énfasis geométrico es fácilmente detectable en las posiciones de los brazos y las manos, las cuales acomoda de manera no siempre espontánea y natural, pero obviamente encaminada al equilibrio de las composiciones.

Otra cualidad de sus retratos a la que puede encontrarse paralelo en algunos estilos pictóricos (en particular los geométricos) es su austeridad. En ellos no hay escenografías, símbolos ni ambientaciones, sino que las figuras aparecen centrales y directas acaparando sin excusas la atención del observador. Igualmente, a pesar de que la inmensa mayoría de sus trabajos son en blanco y negro, manifiestan una aguda conciencia del color como puede comprobarse en su Retrato de tres mujeres, cuyas ropas van de claro a oscuro en una deliberada organización cromática. También hay notorias relaciones entre su inclinación por los patrones abstractos y su pasión por la música. Mi obra depende de Bach, Ravel, Debussy y Richard Strauss, dice con seguridad y orgullo. Bach me enseñó que repetirse no es aniquilarse, Debussy que la música es imagen, Ravel que de la estructura de una obra depende su coherencia y Richard Strauss que la inteligencia es irremplazable.

A pesar de todo lo anterior, son valores definitivamente fotográficos los que otorgan profundidad y excelencia a sus retratos. Hernán Díaz, por ejemplo, combina cierta concepción primaria (el arreglo de las manos, las ropas o la luz) con una sensible captación de la realidad, la cual le permite una rápida reacción ante el gesto clásico o la actitud reveladora de la personalidad de sus modelos. Es decir, el fotógrafo logra penetrar en el trasfondo síquico de las fisonomías, buscando, como su colega Richard Avedon, hacer visible el interior de las personas. A diferencia de Avedon, sin embargo, evita los momentos expresivamente exagerados; y es evidente que conoce bien la gente viva que retrata, y que comprende y aprecia sus actividades y sus logros.

Además, enfatiza la belleza de sus rasgos y figuras, y no esconde la presencia de la cámara. Es decir, sus modelos miran por lo regular la lente, o posan sin misterio, evitando las pretensiones de sorpresa y toda teatralidad.

Justa es, en conclusión, la reputación de fotógrafo culto y versátil de que goza Hernán Díaz en el medio colombiano. A ello, sin embargo, es conveniente añadir que su producción se inserta sin dificultad en el campo de las realizaciones artísticas puesto que, aparte de los conocimientos del psicólogo, revela una gran creatividad, una fértil imaginación y unos valores estéticos singulares que la cargan de sentido y la particularizan. En otras palabras, Hernán Díaz ha conseguido un lenguaje expresivo inconfundible por medio de la cámara.

 

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