Río Bogotá

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El río Bogotá a través de la historia

Texto de Guillermo Fernández de Alba

La corona de la cordillera oriental andina, asiento del Bogotá, soberano de los Muiscas de habla Chibicha, se desagua, por fin, cuando satisfecha la cólera de Huythacá, dios del mal, la vara milagrosa del Bochica, rompe por el suroeste la roca milenaria y las aguas represadas, dando un salto increíble, se precipitan incontenibles y atronadoras a un abismo circundado por un anfiteatro natural que parece hecho de intento. Obra maravillosa de arquitectura ciclopea de poderosas lajas sobrepuestas con equilibrados ajustes que conforman un semicírculo, grandioso teatro por cuyo eje se precipita el coloso de la irisada barba envuelta en niebla sutil remebranza de la imagen del civilizador Bochica.

Lentamente bajan las temibles aguas que hacen replegara las alturas la población aborígen, que al retornar a la llanura la encuentran fecundada por lagunas, pantanos y quebradas que acrecientan el caudal de su río sagrado, el maravilloso Funza, que inicia su carrera en la laguna del Valle, en Gachaneque, en el célebre páramo al que dará su nombre un conquistador intrépido, de los valientes fundadores de Santafé de Bogotá, el celebrado Juan de Albarracín. La linfa cristalina recibe el tributo de numerosas quebradas y riachuelos hasta hacerlo navegable en piraguas, canoas y balsas aborígenes que se deslizan raudas y silenciosas por en medio de lo que es el paraíso encontrado por España en el siglo XVI.

Razón de sobra para aquel canto memorable de Juan de Castellanos, puesto en labios de los compañeros de Jiménez de Quesada quienes al avisorar la augusta tierra de los Muiscas, inician hincados su oración, exclamando:

¡Tierra buena! ¡Tierra buena!
Tierra que pone fin a nuestra pena.
Tierra de oro, tierra abastecida,
Tierra para hacer perpetua casa,
Tierra con abundancia de comida,
Tierra de grandes pueblos, tierra rasa,
Tierra donde se ve gente vestida,
Y a su tiempo no sabe mal la brasa;
Tierra de bendición, clara y serena,
¡Tierra que pone fin a nuestra pena
¡Tierra do se destierran las malicias
De todas estas vivas pestilencias
Y sus valles y cumbres son propicias
A nobles generosas influencias!

Tan hermosos valles densamente poblados tienen su mejor ornamento y su poético encanto en el regalo de la linfa cristalina que serpentea a través de aquella tierra de promisión, descrita como sigue en 1702 por el historiador bogotano Alonso de Zamora:

“Luego que desde aquellos altos descubrieron los campos de Bogotá, con su hermoso río, centro en que se recogen otros de menor caudal, formados de varios arroyos de aguas dulces y cristalinas, que descienden de frondosas y levantadas serranías, llena de hermosos árboles, olorosas y vistosas flores, con multitud de pájaros de variedad de colores en las plumas y suavidad en las voces, con que festejan sus floridos y siempre verdes paraísos, con tanta seguridad para la delicia, que por más que se penetren sus selvas, no se halla animal ponzoñoso, ni cosa que dé fastidio; antes su continuo desahogo a los cuidados de aquéllos que les alivian en la cacería de venados y conejos de que abundan los montes y las llanuras, entre las espesuras, que se forman de carrizales, entretejidos con variedad de ramazones . A esta vistosa hermosura, sirve de muro natural, que encierra dentro de la circunferencia de veinticinco leguas por lo largo y diez por lo más ancho; unos campos llanos, fértiles y hermosos haciéndolos más útiles y agraciados, diferentes puntas de la misma serranía, que entrándose con menor altura en lo llano, se extienden con alguna proporción, dividiendo los valles con tales comodidades de los pueblos de indios que están en sus contornos, hoy repartidos en cuatro corregimientos que así en los altos, como en los llanos tienen ellos y los vecinos de esta ciudad de Santafé grandes haciendas de campo, con molinos y hermosas caserías con lo necesario para pasar la vida humana con quietud y gran comodidad”.

Al esbelto y nutritivo maíz, tan rumoroso a la caricia del viento, a las habas, a los cubios e hibias, frutos de la tierra, agrega el español la cebada, el trigo y los frutos huertanos. Los espléndidos herbazales y dehesas se convierten en potreros de levante y de ceba para los ganados mayores y menores, que con los caballos y los perros llegan de la ibérica Península, al igual de las gallinas en su variedad hispánica o antillana, para comunicar al paisaje del celebrado Funza nuevos ornamentos, de los cuales el más grácil lo constituye los rebaños de venados, carne exquisita reservada para deleite de los soberanos y de las castas principales de la nación indígena, para convertirse después de la Conquista en la más anhelada presa de avezados cazadores, que al caer de la tarde los buscan en las rinconadas de Bosa y Soacha, donde proliferan los nobles cuadrúpedos, cuya búsqueda proporciona al Virrey Solís y luego Fray José de Jesús María inefables horas de inmensa alegría. La invencible afición venatoria de los españoles tan de a caballo, agosta estos nobles cuadrúpedos que ya no levantan su fina cabeza exornada de poderosa cornamenta al caer de las tardes sabaneras cuando los celajes a los que dan su nombre de Sol de los Venados, embellecen aún más el paisaje del Poniente y las bestias se acercan tímidas a refrescar su belfo en las aguas apacibles del Funza. El caballo andaluz y los sufridos asnos se miran en el rizado espejo del río, mientras las caicas, las mirlas, los toches, los firigüelos, los ruiseñores, las amables chisgas y las abuelitas, las palomas y los cucaracheros llenan de armonías el sosegado ambiente e industrias peregrinas creadas al arrimo de las heredades, alquerías y posadas, casales y rancherías deben su floreciente vida al caudal del Bogotá.

Al penetrar en la sabana el río que viene del norte, recibe tributarios de importancia que magnifican su cuenca como el Sisga, el Tominé, el Teusacá, el del Arzobispo, el San Francisco o Viracachá, el Tunjuelito y el Fucha por la margen oriental; Muña, Subachoque, Chicó, Río Frío y Neusa por la occidental y al final de su curso de 255 kilómetros los de Acuatá y Apulo. Pequeños afluentes suyos hablan también la lengua chibcha como Tibusaneque, Checua, Neusa, en perpetua memoria de la raza vencida y de los últimos pescadores del Funza, pobres gentes humildes de pie al suelo, rancho pajizo rectangular y estampa de tunjo cocido al calor de la chamicera de laureles, alisos, cucharos y perfumados estoraques.

Tal el paisaje que fascina y encanta; el arbolado que delimita el cauce de la arteria vital; el refresco de sus frondas, asilo de tantas aves en las que no se sabe qué admirar más si la belleza del plumaje o Ia armonía de su delgado canto. La serenidad de su corriente que invita a zambullirse pero también a entumecerse, a beber de la cristalina linfa, a sestear a la sombra de sus árboles y tantas veces a pulsar la lira para cantara Funza o maravillarse ante la solemne despedida del torrente en su desbocada carrera hasta descolgarse a tibios valles que conducen sus aguas hasta tributar en el río Grande de la Magdalena. Un anónimo poeta de la época colonial, sin duda el celebérrimo bogotano Hernando Domínguez Camargo (1605‑1659), canta asía¡ famosos Salto de Tequendama en armonioso romance de acertadas metáforas:

“De las sierras cuya altura
corona risueña el alba,
del Bogotá las corrientes
forman un monte de escarcha.

“Corre gigante la nieve
a buscar en Tequendama
el sepulcro que fabrican
dos peñas a su arrogancia.

“Libre el campo se le ofrece
para que corran sus aguas
mas como ya despeñarse
va su orgullo haciendo pausa.

“Sierpe de cristal, se ondea
y al entrar por la montaña
ve por los riscos las señas
del riesgo que le amenaza.

“Los árboles, con las hojas
que despiden de sus ramas,
se embarcan a sus corrientes
en bajeles de esmeralda.

“O como de sus exequias
la triste música cantan,
las aves que en sus orillas
son las ninfas de sus aguas.

“Hasta las flores se quejan
de ver que se despedaza
la presea que tal vez
sirve de espejo a su gala.

“Pero por ver la tragedia
que en el salto le amenaza,
hacen balcón de la peña
las aves, flores y plantas.

“Prisionero de sí mismo,
entre las peñas se ataja,
y al vaivén de sus corrientes
cadenas de plata arrastra.

“Al precipicio se acerca
tan altiva su arrogancia,
que chocando con un risco
un monte de espuma exhala.

“Copo a copo se despeña
gimiendo al golpe sus aguas,
de ver transformado en niebla
el que fue sierpe de plata.

“Pendiente queda del risco
para que diga la fama
que las dichas de un soberbio
se rematan en desgracia.”

Al igual de este cantor admirable muchos otros paisanos suyos o plumas extrañas cantarán al Funza en el Tequendama, hasta formar bellísima antología.

bana determinan al Gobierno colonia a la construcción de puentes y alcantarillas que permitan el cruce con las arrias venidas de lejanas tierras boyacenses y santandereanas, o de los valles ardientes donde se cosechan azúcar, panela y los generosos frutos del trópico y en sus obrajes se labran ruanas y mantas. Desde el siglo XVI se inicia la ardua tarea; primero son los puentes en madera que es necesario renovar cada seis años poco más o menos, hasta que, por fin, un mandatario de empuje, poeta además, el Presidente de la Real Audiencia, Gobernador y Capitán General del Nuevo Reino de Granada, don Martín de Saavedra y Guzmán, resuelve poner término atan antieconómicas estructuras aprovechando la residencia en Santafé de Bogotá del ilustre arquitecto jesuita Juan Bautista Coluchini. Le encarga en buena hora, la planta para un puente de mampostería que habrá de construirse a inmediaciones del pueblo de Ontibón y que se llamará “La Puente Grande de Nuestra Señora de Atocha», llamada a constituir uno de los más bellos adornos de arquitectura civil en la gran sabana de Bogotá. El arquitecto jesuíta cumple a cabalidad su encargo. La planta que traza recuerda las estructuras romanas clásicas, que lógicamente supera en costo las posibilidades económicas de la provincia de Santafé de Bogotá, a cuya jurisdicción corresponde. El señor de Saavedra no se amilana, convoca juntas de prohombres de Santafé de Bogotá, de sus regidores y dueños de las espléndidas dehesas sabaneras; envía lo actuado a España en solicitud del apoyo económico del rey; escribe discursos, como el que sigue, hecho leer el 2 de septiembre de 1640, desusado en los anales de la vida colonial:

“No sin admiración hago esta Junta de la ciudad, viendo que desde el tiempo que se fundó ha estado expuesta a tan exorbitante gasto y contingencias tan inexcusables y de tanto daño a la República, por no haber he­cho una puente permanente en el río de Bogotá, paso de todas las provincias de las Indias a España y de todo el Reino y trajín de los mercade­res. Dista este río dos leguas de esta ciudad, menos de media del pueblo de Fontíbón. Después que se descubrió este Reino se han hecho diez puentes de madera que con sus aderezos habrán llegado a cuarenta mil pesos y hoy nos hallamos con la dificultad en pie y esta ciudad sin las fuerzas necesarias aún para un tenue adobio y reparo por la miseria de sus propios y tenerlos embargados por los débitos de alcabalas; ésto enseña a cuan dañoso es atender sólo a reparar lo presente, sin mirar lo porvenir pues sí en los tiempos floridos se hubiese hecho esta puente de piedra, hoy no se necesitaría reparo ninguno y cuando se necesitase sería pequeño. De reconocidos au­tos que se hicieron para este fin, derramas que se echaron, piedra que se ta­jó al sitio, consumo del dinero, sin saberse en qué y otros descuidos más para sentir que para traerlos a la memoria, el río de Bogotá aunque es manso respecto de correr por tierra llana y no llevar por ésto corriente recia, sino ca­si como laguna, suben mucho sus aguas y ésta es la razón que inunda y llena de pantanos la tierra de Bogotá y así por la mansedumbre sería más fácil hacer la puente de piedra y a menos costa.

“Aún sin el accidente de la ruina de la puente de madera sólo con el te­mor de ella, respecto de la pudrición de sus maderas, había propuesto a Su Majestad que se hiciese la de piedra, enviándole la planta y díchole las dili­gencias que había para que se encargasen de ella los padres de la Compa­ñía, por su maña, trabajo y celo del bien público; parece lo excusan pero no el ayudar con materiales asistir con sus personas y el Padre Bautista Coluchini con la industria de su arte.

“Bien vio esta ciudad la diligencia hecha por mi persona en la puente con todos los maestros de albañilería, canteros y carpinteros y cómo, unánimes y conformes, declararon, costaría la puente de madera cuatro mil pesos quizá con riesgo de caerse otro día como ya ha sucedido. Como trazó el Padre Coluchini la de piedra, halló suelo fijo para hacerla en seco y echar por allí el río y aún para sacarlos estribos del mismo terreno, formándolos de piedra y supuesto que éste es bien común y que a mí este sólo me mueve y el servi­ cio del rey, pues en mandándomelo no he de estar en este Reino y que el útiles de todos los de él y los de esta ciudad y que ofrezco el trabajo, cuidado fuerzas e inteligencia como Gobernador y que ésto parece que a quien per­tenece es a mí y a la ciudad como cabeza de este Reino y como interesado por el paso de los ganados y de todo lo demás que entra en ella, he querido antes de hacer otra cosa juntarla proponiéndoles todo lo referido y que medigan sus pareceres en cuánto lo que podremos hacer para sacar lo que costase o bien en trizas de carne y vino, o bien en portazgos de los que pasa­ren aunque ésto tiene los inconvenientes que de palabra he representado. Y porque he entendido que se encargó los años pasados el alcalde Francisco Sarmiento de la del río, de la de Serrezuela y la tomó por su cuenta como tan celoso del servicio de Su Majestad y bien de la República; y si tomase ésta lo hará con la mesma brevedad y eficacia, yo daría a su sobrino el Corre­gimiento de esta sabana, cincuenta indios ordinarios o más para el trabajo, pagándoles lo que parezca razón conforme el útil que todos ellos tendrán en esta obra y ofrezco lo más que mis fuerzas y cuidados alcanzaren y la estimación de los buenos ánimos y disposición de todos los de esta ciudad en cosa tan del bien de ella, valiéndose del todo más breve pues le pide la necesidad.

Don Martín de Saavedra y Guzmán.”

Como preludio a su gestión de buen gobierno reúne el primero de sep­tiembre una comisión de arquitectos, alarifes y albañiles, para estudiar la disposición para la “fábrica de la puente de cal y canto y ladrillo” y Haber adecuado presupuesto. Cristóbal García, Diego Pulido, Juan Sánchez Fisco, Diego Martínez, Juan Bautista de la Parra, Bartolomé de Orozco, Bal­tasar Sánchez, Nicolás Núñez, Mateo Fernández, Matías de Arce, Pedro de la Cruz, Lorenzo de Arce y Lázaro Mesurado, todos maestros de carpintería; citados “en el sitio de Aguato’’, camino del pueblo de Engativá, “que es donde se dice por tradición de los indios, solía ser madre de este río”, se encuentran con Cristóbal Serrano, Benito de Ortega, Alonso Rodríguez, Bartolomé de la Cruz, Matías de Santiago, Juan Serrano, Juan de Biedma y Javier de Otálora, maestros de albañilería y alarifes y los canteros Juan Caballero, Miguel de Miranda y Cristóbal Jiménez. A cita tan importante, pues la preside su merced el señor Presidente, Gobernador y Capitán General, concurren también el alguacil mayor don Andrés de Zapiain y desde luego el Padre Juan Bautista Coluchini de la Compañía de Jesús, autor del proyecto, además del Padre Francisco Delgado, perito en puentes de madera, cura de Engativá; el Regidor Juan Gutiérrez de Céspedes y Juan Rodríguez Hermoso, depositario general.

Todos de acuerdo en el acierto de la traza propuesta por el insigne arquitecto italiano Coluchini y con el lugar escogido para asentamiento de tan magna obra de siete arcos con sus tajamares y diamantes, hermosos pretiles, con rampas a dos aguas y hornacinas centrales con la imagen patronal, la madrileña de Atocha, documento gráfico que, felizmente, se conserva en el Archivo General de Indias y que es el mismo que ilustra estas páginas en las que se da a conocer por vez primera en Colombia, al que se acompañan las siguientes reflexiones del célebre arquitecto jesuita:

“Este es el sitio y disposición del río, es mi parecer que se haga en el lugar, como aquí parece, primero en seco y después abrir la madre nueva; y con el terrapleno en el sitio de la puente de madera (que servirá mucho al terraplenarlo) sin otros tajamares entrará el río sin duda ninguna por hallar bastante resistencia en el terrapleno; antes con el tiempo se irá más terraplenando con las basuras de balsas viejas, caballos muertos, etc y no se quitarán las aguas de Bogotá, así las de antes del terrapleno como después, porque el río al desembocar de la madre nueva ha de hacer círculo de la misma manera, que hace al presente y así engáñense los que juzgaren poderse secar, para poder hacer la puente adonde es ahora la de madera y mucho más es el engaño pensar poderla hacer estando el río con su agua, adonde suele haber cuatro, cinco y seis varas de hondo y ésto en cada año, aunque en diferentes meses. Y así lo firmo, fecho en 16 de septiembre de 1640.
Juan Bautista Coluchini”

Más, ante los eternos problemas económicos de nuestra patria, que no lo son de hoy, se aplaza su construcción por veinticinco años. Por fin, en 1665, se realiza esa puente que conocimos en su integridad hasta no hace muchos años y de la cual se conserva, felizmente, la formidable arquería sobre la cual corre el terraplén de la carretera de occidente. Esta obra monumental, en mala hora despojada de sus hermosos pretiles, de las hornacinas del eje agudo central y de la famosa piedra donde quedara grabada ‘Va pezuña del diablo», presta aún sus servicios para el pesado tráfico de occidente. Tan espléndida obra es finalmente construida en seco, desviando luego el río por la nueva cava. Seguramente no es lo suficientemente profunda, dando origen por ésto a las grandes inundaciones que se presentan durante la época de lluvias.

Realizador de tan insigne obra de cantería es Lucas de Ocampo, maestro de albañilería y alarife de Santafé de Bogotá, quien remata la obra al tenor del acta siguiente, documento de grande interés que por primera vez se publica, por las noticias que contiene, no sólo relacionadas con la obra misma sino con los términos usuales en la Colonia para una licitación de tal magnitud, así como por las expresiones propias del lenguaje del arte de la construcción y cantería:

“En la ciudad de Bogotá, a primero de julio de mil seiscientos sesenta y cinco años, estando los señores Cabildo, Justicia y Regimiento en la sala de su Ayuntamiento, como lo han de uso y costumbre se trajo en pregón público, por voz de Juan, indio pregonero, la obra de la puente de calicanto que se ha de hacer en el Río de Bogotá, en conformidad de la planta aprobada y la última postura a ella fecha por LUCAS DE CAMPO, maestro de albañilería y alarife de esta ciudad, de cantidad de treinta mil patacones pagados en la forma ya los plazos que irán declarados y con las condiciones y calidades siguientes: Que la cepa o cepas de los estribos de la dicha planta han de tener de fondo dos varas y de ancho tres varas y media y de largo catorce varas desde las puntas de los extremos, cuya cepa la ha de llenar de piedra crecida y mezcla real, después de llena dicha cepa en buen firme hasta la superficie plana, recogiéndose y dejando carcañal y que subirá los estribos de piedra de cantería; las frentes y puntas por un lado y otro cinco varas de alto y los macizos y migajón de piedra rajada y mezcla real y los demás como muestra la dicha planta y que dichos estribos han de tener de grueso dos varas y media y de largo trece varas con las puntas de diamante y coces traseras,‑ y en la misma forma de dicha cantería ha de obrar los estribos que abrigan las barrancas de un haz, conforme la dicha planta y que los arcos y rosca de ellos han de ser de ladrillo y de grueso y por alto de una vara de la tierra y mover las dichos arcos con dos hiladas de cantería, demás de las repisas y que después de cerrados macizará las coces en todo su diámetro de piedra y buena mezcla cosa de dos varas en alto y lo restante, para subir y ganar la cima de los arcos y enrasar la puente en cuanto a sus costados, con pared de una vara de grueso de piedra rajada con la dicha mezcla y verdugados de ladrillo; y el pretil que ha de caer sobre los arcos para resguardo del pasaje le ha de levantar de la misma mampostería y verdugado una vara y rematarlo sobre ella, con pasamano o maroma de piedra labrada en redondo, el grueso de dicho pretil de tres cuartas, con que ocupan uno y otro vara y media quedando el pasadizo de la puente y suelo hollado de seis varas y media de ancho y sesenta y seis de largo empedrándola y amadrinando dicho empedrado con tres hiladas de cantería, la una en la clave del arco de en medio y las dos a la salida de dicha puente y después de ellas en el un extremo y otro, salir con el empedrado algunas varas fuera de la puente para su resguardo. A mayor abundamiento habiéndolo terraplenado a pisón de buena tierra y ha de abrir las sesenta y seis varas que tiene de ancho el río en la parte que se ha de fabricar y las seis de profundidad siguiendo a un peso hasta donde sea necesario en el distrito de las doscientas y cuarenta varas que se han de abrir de río a río, en conformidad del mapa aprobado que hizo el Padre Juan Bautista Coluchini, de la Compañía de Jesús, y ha de terraplenar y hacer un camellón en el sitio donde está la puente de madera, de veinte varas de grueso que llegue de barranca a barranca bien pisado y con una estacada por la parte de arriba de maderos y que en el altor quede más alto que las dichas barrancas, porque ha de bajar y asentar con el trajín y lluvias, en conformidad y parecer que en él da el dicho Padre; y ha de hacer los camellones necesarios para entrar y salir en los términos de dicha puente con toda comodidad y hermosura. Y con la calidad que la dicha obra ha de tener privilegio de obra pública, como sí se edificase de sus mismos efectos y no en particular, sin que por este respecto no se le impida cantera en cualquier parte que sea conveniente, ni con ningún pretexto se le ha de pedir nada por piedra ni herbaje para los bueyes ni otras bestias que la arrastraren y sirvieren; ni impedir pasaje ni minas de arena ni rama para el horno de cocer ladrillo, ni otro ningún género necesario y que los oficiales de cualquier arte conveniente a dicha fábrica, pagándoles su trabajo en el modo conveniente y ordinario, ha de ser privilegiada esta fábrica para que acudan a ella voluntariamente o con apremio y todo lo demás que fuere necesario, que aunque no vaya expresado, llegado el caso se ha de entender que lo es.

“Que se le han de dar todos los días debajo del dicho privilegio, cincuenta indios para dicha fábrica y avíos de los materiales para ella a los cuales ha de pagarse a real y medio a cada uno, cada día, sin que se le obligue a más, por ser interesados en dicha fábrica y que éstos se han de repartir en los pueblos para que puntualmente acudan a el tiempo que les tocare luego que se empiece a obrar y que si faltaren no le ha de correr el término que irá declarado y señalado para acabarla obra y que para ésto sea suficiente que el ministro que se le señalare tome la razón de las faltas y que se le han de dar para el tiempo de romper la tierra para echar el río, cien indios cada día y también para hacer el camellón y atajo en la puente de madera por ser estas obras necesarias de gente y prestes a los cuales ha de pagar a el dicho respecto de real y medio.

“Que le ha de dar ministro que asista por cuenta de dicha fábrica para hacer trabajar los indios y recogerlos y si fuere necesario ira los pueblos de ellos; y se ha de nombrar juez superintendente para todos los casos que se ofrezcan y que se le haya de poner para el acierto de la fábrica un maestro que sirva de mayor y veedor en ella para que se halle a las mezclas, cimientos, fundaciones, alturas, gruesos, anchos y largos de dicha fábrica, para que le haga ajustara su obligación ya la explicación que va hecha de dicha planta y dar cuenta de haberlo ajustado así para que a la aprobación de dicha fábrica ni haya impedimentos ni litigios y en particular a lo que obrare debajo de tierra y agua que él se obliga por el costo y asistencia que ha de tener de darle por su parte doscientos y cincuenta pesos por cada año de los cuatro en que se ha hacer esta fábrica; y que si dura más por falta de indios u otras causas no ha de llevar más que lo que montan los dichos cuatro años respectivamente y que lo mismo le dará aunque sea menos el tiempo en que se acabare y si mereciere más por el dicho trabajo y asistencia en tiempos se le haya de dar lo que fuere de lo tocante a la dicha fábrica pues por la materia, es cierto, merece mayor premio y que lo que ofrece el dicho Lucas de Ocampo es sólo para ayudas de costos de ¡da y estadas y venidas pues ésto es lo más conveniente para que se consiga con perfección.

“Y con todas las dichas calidades se pregonó por espacio de tiempo la postura de treinta mil patacones hecha por el dicho Lucas de Ocampo a la dicha obra, de los cuales se le han de dar de contado, luego que se le remate, ocho mil patacones y desde el día en que se le entregaren en un año siguiente se le han de dar seis mil y en esta forma los dos anos siguientes cada uno seis mil patacones que son tres pagas de a seis mil cada año, sin los ocho mil de contado y que la última paga de los cuatro mil restantes se le han de dar habiéndose acabado Y aprobado la dicha fábrica; que lo ha de hacer en tiempo de cuatro años que han de correr y contarse desde el día que se le hiciere la dicha paga de contado o de cantidad considerable para que pueda empezar.” (...)

En el verano de Navidad de 1669 se inician los trabajos de tan espléndida obra de cantería “para que las aguas de invierno no lo impidan y la puente de madera que sirve está Para durar poco y para ello se ha dispuesto que pueblos de indios señalados de los corregimientos de Santafé, Zipaquirá, Guatavita, Ubaque y Ubaté, salgan desde 15 de este presente mes y año (diciembre de 1669) a la cava de dicha puente; y porque el ser como es causa pública y de bien común y con tiempo limitado y que suelen estorbar semejantes acciones algunos doctrineros por sus propias conveniencias coloreándolo con motivo de obras de iglesias y otras diferentes afectados y conmoviendo a los indios con persuasiones y medios de que se valen para que dejen de acudir o se retarden, Y para que ésto se evite, como se ha procurado evitar en lo tocante a lo secular, se acordó dar el presente por el cual se ruega al señor maestro don Fray Juan de Arguinao, religioso de Predicadores, Arzobispo de este Nuevo Reino, del Consejo de Su Majestad, se sirva de dar sus despachos mandando y prohibiendo expresamente a los doctrineros clérigos de los pueblos de los dichos corregimientos el introducirse ni estorbar en manera alguna por propia persona u otras, que los indios en conformidad de lo que les ha mandado, dejen de acudir sin retardición a lo sobredicho, imponiendo a los dichos doctrineros pena de excomunión y suspensión de beneficio, pues a ellos no les toca tratar de semejantes ministerios, ni introducirse en acciones seculares y se dé copia de este auto, y así lo proveyeron y señalaron los señores General de la Artillería, don Diego de Villalba y Toledo, Caballero del Orden de Santiago; Presidente, don Mateo Ibáñez de Rivera, Caballero del Hábito de Calatrava; don Francisco de Leiva Aguilar y don Jacinto de Vargas Campuzano, Oidores, estando presente el señor Fiscal de Su Majestad, doctor don Juan Antonio de Oviedo y Rivas. Fui presente, don Juan Flórez de Ocariz.”

En 1695 la obra requiere algunas reparaciones “por el amago que hace el río para volverse a su antigua madre”, que se realizan con el concurso de otro arquitecto jesuíta el Hermano Juan Bautista Milán, acompañado de los maestros Diego Sánchez Portales, ingeniero de Su Majestad, Diego de Aguilar, alarife de la ciudad y Juan de la Cruz. El Maestre de Campo don Gil de Cabrera y Dávalos, Presidente y Capitán General del Nuevo Reino, el del “tiempo del ruido”, aprueba las conclusiones y salva para lo venidero tan útil puente.

Asegurado el tránsito hasta en rumbar hacia Santafé por el camino abierto por el Licenciado Aunsiba y para poder visitar a su amada la bella encomendera y rica heredera del Conquistador Anton de Olalla, doña Gerónima de Orrego y de Olalla, el atractivo hacia la gran sabana se hace mayor. Las gentes antiguas no pueden olvidar que las márgenes del río son teatro de arrojados encuentros guerreros como el que recuerda el historiador Piedrahita, entre el Zipa Nemequene, el Legislador, y su antiguo súbdito el Zipaquirá que, aprovechándose de las empresas militares del soberano entre fusagasugaes y panches, alza pendones y con poderoso ejército espera el regreso de las huestes del Zipa. “Diéronse vista los ejércitos entre Chía y Cajicá, lugar destinado para el encuentro. Resonaron los caracoles y fotutos, que son los pífanos y trompetas de aquellas naciones, cubrieron los aires de tiraderas y mezclados los tercios redujeron a las macanas la fuerza del combate. Venció como siempre el Zipa, porque se le mostraba risueña la suerte, para dejarlo cuando fuese más sensible la desgracia”.

A este combate seguirán a lo largo del río nuevas escaramuzas, en busca de asegurar la unidad del imperio naciente. El caudillo muere al fin, pero gloriosamente en la batalla de las Vueltas.

Abundantes pobladores del generoso Funza, pesca predilecta de los Muiscas, de santafereños y bogotanos, es la de “ciertos pescados muy buenos, desnudos que me parece son especie de anguilas y los más gruesos Y grandes son pintados, como un lagarto”, escribe Fray Pedro Simón en 1623. Los otros que no menciona, son las pequeñas guapuchas, regalado pasaboca; las dos especies desgraciadamente extinguidas en nuestros días para duelo de buenos paladares. La especie peregrina de los capitanes, cuidadosamente descrita y clasificada por el sabio José Celestino Mutis, se consume principalmente en la Cuaresma, con aquel religioso respeto de encontrar en los pequeños huesos de la cabeza representados los instrumentos de la Pasión de Cristo, como es reiterada creencia desde los días coloniales y lo asevera Fray Pedro Pablo de Villamor, en el año de 1720:

“Goza de claras aguas que ofrecen al refrigerio las entrañas de cordilleras de sus altos montes, las cuales divididas en arroyos, sirven a la común limpieza y conducidas con industria por cañerias se humillan y elevan en muchas pilas, para derramarse liberales en caños, distribuidos al común bien y utilidad de todos los conventos, plazas y casas señalados. Además de otros ríos de su espaciosa vega de más saludables aguas, excediendo en magnitud el que llaman de Bogotá. Este caudaloso río provee para el regalo abundantes peces de dos especies: una de pequeños de figura de sardinas llamados guapuchas y otras mayores de color amarillo, negro y azul, sin escama, llamados capitán, en quien ha hallado la curiosidad misterio, porque divididas las espinas de la cabeza en cada una se representa una imagen de los instrumentos de la pasión de Nuestro Redentor”.

Con sus capitanes y guapuchas quitan el hambre los humildes pobladores de las riberas, bien para su propio consumo o mejor para venderlos, tocando puerta por puerta en las casas señoriales de la ciudad. Agobiados de angustias y sinsabores llegan muchas veces en algo que es tan suyo, a pescar subrepticiamente, como lo recuerdan las paginas amargas de Eugenio Díaz, a quien me refiero adelante.

Es cosa de no creerse el insólito enriquecimiento en los días coloniales del lecho del amable Funza con los peregrinos desperdicios que secretamente arrojan, tanto en la Puente Grande como en la de Bosa, ciertos funcionarios de la Casa de Moneda. Deben ejecutar la orden perentoria de desaparecer, en escondido lugar, el llamado “oro biche”, residuo que queda al fundir el oro procedente del Chocó, sedimento considerado como oro falso, que debe despreciarse, cuando en realidad es tesoro escondido, el nuevo y valiosísimo metal la “platina”, nuestro platino, revaluado en el siglo XVIII en la misma Casa de Moneda de Bogotá por el fundidor Benito de Miranda y analizado y exaltado en la plenitud de su valía por el sabio don José Celestino Mutis (1732 ‑ 1808).

Un siglo más tarde gobernando el Nuevo Reino el Virrey don José de Ezpeleta, se construye el Puente del Común, tan necesario para preservar vidas y haciendas de labradores, negociantes e industriales de las laboriosas provincias de Tunja y Pamplona, salvando así el anegadizo valle de Chía que por constituir el nivel más bajo de la sabana es, por consiguiente, el más inundable de todos. El nuevo puente supera en belleza el tradicional de Coluchini. Autor de su hermosa planta es el Coronel Domingo de Esquiaqui, ingeniero y arquitecto peritísimo. La superintendencia de la obra es encomendada al Cabildo de la ciudad, el cual deposita en su Regidor don José de Caycedo y Flórez la plenitud de su confianza, pues a su grande espíritu público añade notable cultura.

Débese a don José Manuel Marroquín la siguiente descripción de la última obra de arquitectura civil emprendida sobre el río Bogotá en postrimerías de la Colonia.
“...La longitud del puente es de 31 metros 86 centímetros. El río tiene, en el punto en que lo atraviesa el puente, 26 metros, 50 centímetros.

“El eje de las bóvedas, o sea la anchura de la masa de la fábrica, es de 5 metros, 71 centímetros.

“Del piso del puente al fondo del río en su parte central, hay 7 metros, 30 centímetros.

“El puente tiene cinco arcos. El arco empleado en él es el carpanel, ésto es, el formado de media elipse cortada por su eje mayor La abertura del arco de en medio es de 5 metros, 69 centímetros; la de cada uno de los inmediatos a éste, de 4 metros, 81 centímetros; y la de cada uno de los restantes, de 3 metros, 71 centímetros.

“En todos los estribos, o sea entre arco y arco, está la fábrica provista de tajamares que contribuyen no sólo a darle la debida solidez, sino a hacerla vistosa.

“A cada uno de los extremos del puente se halla una plazuela en forma de herradura, cuyo diámetro medio es de 18 metros, 15 centímetros, poco más o menos.

“Adornan el puente 12 pilastras terminadas en pirámides cuadriláteras coronadas por globos. Estas pilastras se hallan incrustadas en los pretiles o antepechos.

“Los pretiles de las plazuelas, que van en disminución desde el punto más inmediato al puente, están adornados igualmente con pilastras.

“En cada uno de los cuatro puntos en que terminan los pretiles de las plazuelas, hay un segmento de columna cilíndrica con elegantes molduras, que mide un metro 90 centímetros de altura y que está coronada por un cono curvilíneo sobre el que se halla un hermoso jarrón. La altura total de cada una de estas piezas es de 3 metros 65 centímetros.

“Como complemento de la obra se construyeron (y se conservan) dos anchos camellones o calzadas. Uno antes del extremo oriental del puente y otro después del extremo occidental. Ambos tienen pretiles y están enlosados, aunque con lajas toscas. Mide el primero 123 metros, 70 centímetros y el segundo 109 metros 70 centímetros, contando sólo la parte recta, pues está prolongado, pero formando curva.

“La altura de los camellones varía mucho, por ser desigual el terreno sobre que están levantados.

“Puntos hay en que, según calculamos, se elevarán hasta 4 metros.

“En su extensión están comprendidos dos puentes de desagüe en la parte occidental Y uno en la otra. El mayor de aquéllos, adornado con pretiles y pilastras, fue construido sobre el cauce artificial por donde se hizo correr el río mientras se estaba construyendo el puente.

“Los materiales de que éste fue labrado, son ladrillo, empleado sólo en los arcos; y piedra que es de lo que está hecho todo lo demás.

“En los segmentos de columna que decoran la fábrica, se hallan las siguientes inscripciones, cada una de las cuales está en dos de dichas piezas de ornato. Copiamos las inscripciones con la posible fidelidad.

“En las columnas del Nordeste y del Sudeste:

“Reinando la majestad del señor D. Carlos IV, y siendo virrey de este nuevo Reino de Granada el Exmo. S.D José F. Ezpeleta y Galdeano se construyó esta obra del puentes, y sus camellones en 31 de diciembre de 1792.

“En las columnas del Sudeste y del Noroeste:

“Ha dirigido esta obra el señor D. Domingo Esquiaqui teniente coronel de el Real Cuerpo de Artillería y comandante en la plaza y provincia de Cartagena de Indias siendo diputado por este ilustre cabildo el regidor D.D. José F. Cayzedo”.

El puente de Chía es teatro de incidentes militares durante la primera república y los días subsiguientes de la patria. Afortunadamente la responsabilidad del Ministerio de Obras Públicas que tutela tan excelente obra, le concede los esquivos honores de monumento nacional, en la actualidad utilizado solamente por peatones, permitiendo así la preservación, ojalá definitiva, del puente llamado del Común, por haber sido construido a expensas del común, o sea el pueblo trabajador, hacendados, ganaderos y comerciantes de las provincias del norte colombiano, con cuyas contribuciones puede realizarse obra tan útil, cuyo costo presupuestado en 20.000 pesos supera, naturalmente, los 100.000. No hay como celebrar la patriótica contribución de quienes hacen posible con el paso de sus recuas o el deslizarse en juncos y canoas para movilizar los frutos de la tierra, este bello testimonio de lo que puede el amor a la causa pública y la colaboración generosa con el Estado.

El Río Bogotá, serpenteante y fecundo camino móvil en pasados siglos, inspirador, además, por su belleza, como ya se dijo, de escritores en prosa y en verso, queda temas para páginas de carácter social tan emotivas como la que Eugenio Díaz dedica a los Pescadores del Funza, “monumento ignorado de penetración sicológica, de piedad, en donde está en medio de un silencio escalofriante toda la tragedia de la raza chibcha y, sin nombrarla, toda la religiosidad mitológica del río sagrado de aguas turbias en donde, haciendo pesca furtiva, porque otra era imposible, se ahogó calladamente María Ticince, bajo el vuelo de los grullones y las garzas blancas y rosadas que posan en las orillas”. Pintores célebres dejan aspectos lindísimos del Bogotá, acaso, desde el celebérrimo Gregorio Vásquez, pasando por Torres Méndez, Groot, Ferroni, Carvajal, Páramo, Gómez Campuzano, Borrero, Ramos y tantos otros. El río Bogotá, inspirador de la siguiente página magistral del sabio Caldas:

“El Bogotá, después de haber recorrido con paso lento y perezoso la espaciosa llanura de su nombre, vuelve, de repente, su curso hacia Occidente y comienza a atravesar por entre el cordón de montañas que están al Suroeste de Santafé. Aquí, dejando esa lentitud melancólica, acelera su paso, forma olas, murmullos y espumas. Rodando sobre un plano inclinado, aumenta por momentos su velocidad. Corrientes impetuosas, golpes contra las rocas, saltos, ruidos majestuosos, suceden al silencio ya la tranquilidad. En la orilla del precipicio todo el Bogotá se lanza en masa sobre un banco de piedra; aquí se estrella, allí da golpes horrorosos, aquí forma hervores, borbollones y se arroja, en forma de plumas divertentes más blancas que la nieve, en el abismo que le espera. En su fondo, el golpe es terrible y no se puede ver sin horror. Estas plumas vistosas que formaban las aguas en el aire, se convierten de repente en lluvia y en columnas de nubes que se levantan a los cielos. Parece que el Bogotá, acostumbrado a recorrer las regiones elevadas de los Andes, ha descendido, a pesar suyo, a esta profundidad y quiere orgulloso elevarse otra vez en forma de vapores.

“Las márgenes del Bogotá, desde que entran en la garganta de Tequendama, están hermoseadas con arbustos y también con árboles corpulentos. Las vistosas beffarias resinosas y urcus, las melastomas, la cuphea, esmaltan esos lugares deliciosos, que ponen a la sombra el roble, las aralias y otros muchos árboles. El punto más alto de la catarata, aquel de donde se precipitan las aguas, está a 312 varas más abajo que el nivel de la explanada de Bogotá y ésto basta para comenzar a sentir la más dulce temperatura. A la derecha y a la izquierda se ven grandes bancos horizontales de piedra tajados a plomo y coronados de una selva espesa. Cuando los días son serenos y el sol llega de los 45 a los 60 grados sobre el horizonte, del lado del Oriente, el ojo del espectador queda colocado entre este astro y la lluvia que forman las aguas al caer Entonces percibe muchos iris concéntricos bajo sus pies que mudan de lugar conforme se va levantando el astro del día.

“La cascada no se puede ver de frente y es preciso contentarse con observarla de arriba a abajo. Por el lado Norte ofrece el terreno un acceso más fácil y más cómodo. Aquí hay un pequeño plano horizontal de piedra al nivel mismo del punto en que se precipitan las aguas y desde este lugares de donde los curiosos y observadores han visto esta célebre catarata.

“Cuando se mira por la primera vez la cascada de Tequendama, hace la más profunda impresión sobre el espíritu del observador Todos quedan sorprendidos y como atónitos: los ojos fijos, los párpados extendidos, arrugado el entrecejo y una ligera sonrisa, manifiesta claramente las sensaciones del alma. El placer y el horror se pintan sin equivocación sobre todos los semblantes. Parece que la naturaleza se ha complacido en mezclar la majestad y la belleza con el espanto y con el miedo en esta obra maestra de sus manos.

“Nosotros no estamos acostumbrados a ver hacia abajo de alturas eminentes e incurrimos, sin pensarlo, en una ilusión”.

Al correr de los años ha visto el Bogotá trocadas sus aguas, antes cristalinas, en espeso torrente receptor de detritus y basuras, hasta convertirse en la cloaca que hoy sufrimos y cuyas aguas no logra purificar, ni oxigenar debidamente, el caudal del enantes irisado y niveo Salto de Tequendama, tan venido a menos, considerado hasta no hace mucho como una de las grandes maravillas del mundo hispánico.

Mientras corran sus aguas, así sean turbias y fétidas, se recordará con su nombre, su amable nombre de Funza o Bogotá, el de los soberanos de la nación Muisca o Chibcha, señores por tantos siglos del altiplano de Bacatá y de su río sagrado. Confiémos en que no es vana esperanza, ni ilusión perdida, el que de nuevo la arteria vital de la sabana recupere su antigua hermosura y se vea surcada por balsas y canoas y que al echar los anzuelos pronto piquen los desnudos capitanes de Fray Pedro Simón y sus famosas “guapuchas”.

Bibliografía

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  • ARCHIVO GENERAL DE INDIAS,‑ Sevilla, España, Audiencia de Santafé, Sección 5a., Legajo 25,1640. Autos relativos a la fábrica y construcción del puente sobre el río Bogotá, con cartas de los oficiales reales.
  • ANGULO IÑIGUEZ, Diego. Planos del Archivo de Indias de Sevilla, España, siglo XVII, Colombia, 1640. Puente sobre el río Bogotá.
  • ARCHIVO NACIONAL, Bogotá, Salón de la Colonia, Protocolo Notaría 3a., 1665, 76 y 79, folios 67 a 79.
  • ARCHIVO NACIONAL, Bogotá, Salón de la Colonia, Mejoras Materiales, Tomo 9, folios 416 a 421.
  • EL CATOLICISMO No. 355, 1o. de febrero de 1859, Bogotá.
  • MARTINEZ, Carlos. “Bogotá reseñada por Cronistas y Viajeros”, 1572‑1948, Edit. Escala Ltda., 1978, Bogotá, página 29.
  • PAPEL PERIODICO ILUSTRADO, Tomo II, No. 44, páginas 316/17.
  • RUEDA VARGAS, Tomás. “La Sabana y otros escritos del campo, de la ciudad y de sí mismo”, Instituto Caro y Cuervo, Biblioteca Colombiana, volumen 12, Imprenta Patriótica, 1977, página 143.
  • CALDAS, Francisco José de. “Obras”, recopiladas y publicadas por Eduardo Posada, Biblioteca de Historia Nacional, Volumen IX, Bogotá, 1912, Imprenta Nacional, páginas 509/10.

 

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