Río Bogotá

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Los usuarios y el río

Reportaje Institucional

A finales del siglo XX una consigna prioritaria para la ciudad es la de sanear el río Bogotá y detener la degradación ecológica de su cuenca. Pero a comienzos de siglo, el río también representaba para la ciudad un difícil reto: el de su explotación energética.

Las fuentes de abastecimiento de agua, que durante casi 400 años habían satisfecho las necesidades de sus habitantes, así como los sistemas de evacuación de las aguas negras de los que hacía más de 350 años venía dependiendo la ciudad, se habían quedado pequeños y ob-para los 100.000 habitantes que tenía la capital en 1.900. Por un lado, el estado sanitario de Bogotá era desolador, a pesar de que a finales del siglo XIX se había iniciado la sustitución de los rústicos caños de conducción de aguas negras por tuberías metálicas: pero éstas tan solo aseguraban el vertimiento de aguas negras desde los domicilios hacia las vías públicas, transformándolas en cloacas abiertas. Por otro lado, la ciudad ya amenazaba con salirse del marco fijado por sus riachuelos tradicionales, el San Agustín, el San Francisco, el Arzobispo y el Fucha, que durante siglos habían abastecido a sus habitantes, y se hizo urgente la necesidad de ampliar el sistema de abastecimiento de agua existente. Primando el concepto de la cobertura de los servicios públicos sobre las teorías ecológicas, que por aquél entonces sonaban para la mayoría de los habitantes del país como una excentricidad, se inició la construcción de la gigantesca infraestructura que dotaría a Bogotá de agua potable, servicio de alcantarillado y fluido eléctrico suficientes para respaldar su gran salto urbano: de 100.000 habitantes a comienzos de siglo, a casi 4.5 millones en 1985.

Para llegar hasta aquí, mucha agua ha tenido que correr bajo los puentes. Es por eso que para asumir sin histeria el problema de la contaminación del río Bogotá, que ha sido gradualmente progresivo y que ha marchado paralelo con el crecimiento de la población y con el desarrollo económico de la ciudad, es necesario conocer la forma como ha evolucionado su explotación por parte de los principales usuarios del río: la población de Bogotá y sus alrededores, la industria y los agricultores.

Los años del Mono

Lejos, muy lejos han quedado las épocas en las que el famoso “ Mono de la Pila” y otros chorros de nombres pintorescos abastecían de agua a Bogotá. A ellos se conducía el líquido a través de sencillas zanjas o cañerías desde los riachuelos que bordeaban a Bogotá, y que heroicamente, entre 1538 y 1938, sostuvieron por sí solos las necesidades de sus habitantes.

El primer paso para ampliar las fuentes de suministro de acueducto de la ciudad consistió en agregar al sistema de los ríos San Agustín, San Francisco, Arzobispo y Fucha las aguas del río Tunjuelo, después de someter el proyecto a prolongadas controversias técnicas: las estadís-ticas hidrológicas eran escasas y casi nula la experiencia en embalses. Iniciadas en 1934 y culminadas cuatro años más tarde, las obras para el aprovechamiento de las aguas del Tunjuelo, comprendieron la construcción de una presa de 34 metros de altura, que forma un embalse de cuatro millones de metros cúbicos, una conducción de 22 kms. y la planta de filtración de Vitelma, que por primera vez dio a la ciudad agua de óptima calidad para distribuir por toda el área urbana.

A mediados del siglo, la insuficiencia del sistema hidrográfico de los afluentes del río Bogotá hasta entonces utilizados, se hizo crítica, y se concluyó que había que recurrir directamente al abastecimiento de este río para satisfacer las necesidades futuras de la capital. El primer paso en este sentido fue la construcción de los embalses del Neusa (por el Banco de la República) en 1944, Sisga (por la Caja Agraria) en 1949, (ambos de propiedad de la CAR desde 1961) y posteriormente Tominé (por la Empresa de Energía), en 1960. En esta forma se aseguraron caudales regulados en Tibitó, sitio de la nueva planta de tratamiento de aguas para la ciudad, de 17 metros cúbicos por segundo, que antes de la construcción de dichos embalses, disminuían hasta dos metros cúbicos por segundo durante el verano.

En la actualidad, el crecimiento de la población de la ciudad de Bogotá y su zona de influencia han determinado que la hoya del río Bogotá sea insuficiente para suplir las demandas de agua para acueducto, riego y generación eléctrica.

Aguas que corriendo van

En los años 50 se suscitó la inquietud de los dañinos efectos que los vertimientos de la ciudad empezaban a producir en la calidad de las aguas del río Bogotá, por lo que ese realizaron las primeras investigaciones realmente técnicas del grado de contaminación y de su flora y de su fauna.

En diciembre del 1954 fue creado el Distrito Especial de Bogotá, con anexión a la capital de 6 pequeños municipios colindantes, lo que en vez de facilitar, complicó el problema del alcantarillado. Las históricas cabeceras de Fontibón, Bosa, Usaquén, Suba y Usme ya estaban provistas de sistemas de desagües de aguas negras, pero apenas servían la mitad de las 4 a 5 mil viviendas que ellos totalizaban para entonces; pero eran sistemas mal conservados, sobrecargados con la intrusión de aguas lluvias y desde luego sin la existencia de casi dos centenares de parcelaciones y urbanizaciones irregulares, surgidas entre aquellas cabeceras y Bogotá, de las cuales apenas una quinta parte disponía de alguna dotación de desagües, improvisados y dispersos; el resto simplemente carecía de ellos.

Este era el panorama que enfrentaba la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá en 1955 , por lo cual se pensó de inmediato en dotarla de recursos para equipar a la ciudad con un moderno servicio de drenajes.

Los estudios continuaron, con la ayuda eficaz de diversas firmas contratadas para el efecto, hasta comienzos de la década de los años sesenta. Fue entonces cuando la empresa diseñó su primer Plan Maestro de Alcantarillado sobre 18.500 hectáreas del Distrito Especial, que comprendían tanto el área urbana desarrollada como la previsible para 1985, cuando tímidamente se pensaba que la ciudad no rebasaría los 3´200.000 habitantes.

Con base en tales estudios se recomendó mantener en los antiguos sectores de la ciudad el sistema de alcantarillado combinado existente, pero separando en las futuras urbanizaciones los desagües pluviales de los cloacales. Para conducir las aguas lluvias se construyeron canales abiertos a través de la ciudad, y paralelamente a éstos, interceptores subterráneos que condujeron las aguas negras. También se recomendó rectificar y profundizar el cauce del río Bogotá, no sólo para capacitarlo para grandes crecientes, evitando los riesgos de inundaciones, sino para que los desagües de las zonas bajas de la ciudad pudieran fluir a él por gravedad.

Después de 25 años que lleva aplicándose el Plan Maestro de Alcantarillado, puede decirse que han mejorado las condiciones sanitarias dentro de la ciudad de Bogotá. Pero el retorno de las aguas negras, que «corriendo van» hacia el río a través del sistema Torca, del río Juan Amarillo, del Fucha y del Tunjuelo sin haber sido sometidas a tratamiento alguno, ha determinado que empeore la contaminación del río Bogotá a medida que se perfecciona y amplía su red de alcantarillado.

Sin embargo, otros problemas tradicionales del río como la escasez de agua en períodos secos y su desbordamiento en períodos invernales han disminuido sustancialmente con ayuda de los embalses y de otras obras de adecuación de su cauce, tales como rectificación de meandros y reconstrucción técnica de jarillones y el dragado de su lecho, realizados por la CAR con la colaboración de las Empresas de Acueducto y Energía.

De la vela al bombillo

El desarrollo desordenado de la ciudad y la falta de conciencia de la comunidad sobre la necesidad de preservar y devolver las aguas usadas en condiciones sanitarias adecuadas, ha generado un deterioro gradual de las aguas del río Bogotá, a tal punto que antes del Salto de Tequendama, la Empresa de Energía se ve precisada a utilizar este recurso en condiciones de contaminación extrema en las cuales el agua llega a este sitio.

Las obras ejecutadas por la empresa han tenido acciones benéficas tales como el retiro de sólidos y plásticos que de otra manera irían al Magdalena a lo que se suma la acción purificadora del Embalse del Muña, que actúa como laguna de oxidación; todo esto como compensación por el efecto de oxigenación natural que se evita al conducir el agua en tuberías y túneles hasta la población de Mesitas del Colegio.

Esta correlación entre la Empresa de Energía y el río Bogotá se remonta hasta finales del siglo XIX, cuando una sociedad surgida de la iniciativa privada, la “Samper Brush y Cía”, se constituyó con el objeto de establecer una planta hidroeléctrica de 350 KW en el sitio de “EL Charquito”, jurisdicción de Soacha, para generar energía eléctrica y distribuirla a la capital. Obtenida la con-cesión se inició la construcción de las obras necesarias, hasta que finalmente el 6 de agosto de 1900 en Bogotá se encendió la luz. La firma se disolvió en 1904 para transformarse en la “Compañía de Energía Eléctrica de Bogotá”, que conservó un carácter privado. Durante los años siguientes un aumento inusitado de la población determinó que se colmará la capacidad generadora de “El Charquito”. Impulsada por otra sociedad creada por la iniciativa privada se ideó entonces la construcción de una planta eléctrica de gran capacidad al lado del Salto del Tequendama, planta que tomó el nombre de “Salto l”. Esa sociedad se fusionó con la primera, constituyendo lo que se llamó “Empresas Unidas de Energía Eléctrica de Bogotá, S.A.”, de la que el municipio adquirió el 51 % de las acciones, reservándose la opción de compra de las demás, que por lo pronto quedaban en manos de particulares. De esta opción se hizo uso a mediados del siglo, pero su conversión definitiva de entidad privada en pública sólo se realizó en 1968, cuando terminaron de pagarse las acciones.

Durante los 87 años transcurridos desde su creación la Empresa no se ha limitado a darle luz solamente a Bogotá, sino también a los departamentos de Cundinamarca y Meta, y a menor escala en Boyacá, Tolima y Valle. Las aguas del río Bogotá son captadas por la Empresa en las inmediaciones de Alicachín para generar energía eléctrica en las Plantas de Saltoviejo, Salto I y II, Laguneta, Darío Valencia y Canoas. Estas plantas que funcionan en cadena pueden generar hasta 550.000 KW, con los cuales se podía abastecer el 48% de la máxima demanda de Bogotá en 1984. Con el fin de manejar los caudales requeridos para cumplir con las demandas de generación, el sistema del río Bogotá cuenta con cuatro embalses, cuya capacidad agregada tiene un total de 930Mm3. De éstos, Sisga, Neusa y Tominé, localizados en la zona alta de la Sabana, tienen un 95.7% de la capacidad total de almacenamiento y producen regulación solamente sobre el 40% de los caudales registrados en Alicachín. El resto de la hoya del río sólo cuenta con el Embalse del Muña, con una capacidad de regulación de 40Mm3. Con el proyecto Mesitas ll, próximo a entrar en funcionamiento, que recogerá toda el agua de la compuerta de Alicachín, aumentará la capacidad de generación en 600.000 KW a través de la construcción de las Plantas de El Paraíso y La Guaca. Con ésto, el complejo del río Bogotá quedará con una capacidad de generación de 1150.000 KW. Adicionalmente, la captación de los ríos Chuza, Guatiquía y Blanco y su desviación hacia la Sabana de Bogotá a través de la construcción de presas, túneles y tuberías en una longitud de 40 kilómetros, permitirá aumentar los caudales del río Bogotá en 16.Om3/S. completamente regulados. Este conjunto de obras se ha denominado el Proyecto Chingaza, y su construcción fue adelantada por la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, con una participación financiera de la Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá, definida en el 21% del costo total.

Al observar cómo funciona en cadena todo este engranaje, no es sencillo imaginar lo difícil que fue concebir una operación combinada del sistema de los embalses con las demás obras hidráulicas de la Sabana, para la óptima regulación de las aguas del río. En primer lugar, existe una distancia considerable entre los diferentes puntos de control, y además, era necesario determinar el consumo correspondiente a los diversos usuarios a lo largo del río. Construidos los embalses del Sisga, Neusa y Tominé, que conforman el sistema conocido con el nombre de “Embalse Agregado del Norte”, se logró el objetivo de almacenar las aguas en la época de invierno para disponer de los caudales necesarios en verano, gracias a lo cual la distribución de la energía aportada por la hoya se puede planear para varios años y la variación de los niveles de los embalses proyectarse según las necesidades futuras de los distintos usuarios. En la actualidad el “Embalse Agregado del Norte” representa, además, las reservas para consumo humano (Acueducto de Bogotá), uso agropecuario (Sabana de Bogotá y Bajo Tequendama) y uso industrial y energético (Energía de Bogotá y Cundinamarca).

Polución a la carta

El río Bogotá, a la vez protagonista y víctima del progreso urbano, agrícola e industrial de la capital del país nace en las cercanías de Villa-pinzón, Cundinamarca, a más de 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Siguiendo la dirección suroeste desemboca en el río Magda-lena, después de haber recorrido 370 kms. y descendido aproximadamente 2.800 metros.

Como única fuente receptora de las aguas negras de las poblaciones sabaneras y especialmente de Bogotá, así como de las aguas residuales de la industria, el comercio y las actividades agrícolas y ganaderas, el río Bogotá ha quedado convertido en una de las arterias fluviales más contaminadas de Colombia y el mundo. Según análisis químicos, se ha podido observar que la cantidad de oxígeno disuelto en el agua considerada indispensable biológicamente ha ido desapareciendo paulatinamente, hasta llegar a los niveles en los que el oxígeno es mínimo o nulo, especialmente en las vecindades de Alicachín, donde se ha detectado que el río lleva una carga orgánica comparable a la de las aguas negras sin tratar.

Los dos parámetros más importantes de la calidad del agua con base en los cuales se mide el grado de contaminación orgánica del río, son el oxígeno disuelto, OD, y la demanda bioquímica de oxígeno, DBO. Los resultados de un estudio realizado hace cerca de seis años, revelaron lo siguiente: entre la Estación de El Espino y la de Vuelta Grande, en las cercanías de Engativá, el río presenta condiciones sanas. Entre las estaciones de Vuelta Grande y la Laguna cerca a Fontibón, está semicontaminado. Entre las estaciones de La Laguna y Las Huertas, cerca al Embalse del Muña, el río está contaminado. En la cuenca baja del río, entre las poblaciones de Mesitas del Colegio y Girardot, aunque contaminado, muestra indicios de recuperación; desafortunadamente esta capacidad de auto purificación es insuficiente, lo que determina que el río fluya al Magdalena en una condición contaminada.

Esto significa que el uso del río que involucra un mayor volumen de población, que ese¡ correspondiente a la disposición de aguas negras, está en conflicto directo con los intereses de los demás usos. Uno de los principales es el suministro de agua potable. Actualmente el río presta esta servicio a varias poblaciones de la Sabana, a la ciudad de Bogotá y a otras poblaciones como Anapoima, Apulo, Agua de Dios y Tocaima; pero en estas últimas los sistemas de tratamiento actuales no tienen la tecnología adecuada para tratar la mala calidad de las aguas, por lo cual las tasas de morbilidad y mortalidad son más altas que en otros municipios de características similares.

Otro de los usos del río que se ha visto perjudicado por su contaminación es el de riego para la producción de alimentos. En las cuencas alta y baja del río existen extensas áreas dedicadas a la producción agrícola y pecuaria, que utilizan las aguas del río por medio de canales de riego o bombeo directo.

La mala calidad del agua del río es efecto del desarrollo industrial en su cuenca. Tanto sus aguas como las de sus afluentes son utilizadas por muchas industrias y actividades económicas localizadas en sus riberas: explotación minera, floricultura, curtiembres, productos lácteos, industrias químicas, tejidos, cría de animales, mataderos y muchos más.

Por otro lado, la vida acuática ha sido afectada gravemente por la contaminación: como resultado han desaparecido las formas superiores en la mayor parte del río y sus afluentes. Especialmente lamentable es la extinción del conocido como pescado “Capitán” y los cangrejos, que constituían platos típicos de la Bogotá de antaño. Lo que es peor, se está produciendo una fatal influencia de la contaminación del río Bogotá sobre la cuenca del Magdalena, y se teme que si la situación empeora, pueda afectar la vida acuática en el tramo Girardot-Honda.

Una campaña de recuperación

Puede concluirse que han sido la falta de recursos económicos en las empresas públicas usuarios del río y la poca conciencia de los habitantes de Bogotá, los factores que han impedido destinar a la descontaminación del río Bogotá recursos similares a los que se han destinado a la captación de agua para el acueducto de la ciudad y para la evacuación de las aguas usadas.

Sin embargo, el saneamiento del río ha sido una preocupación permanente de todos los usuarios del río, por el progresivo aumento del nivel de contaminación. Esto ha convertido el diseño y ejecución de las obras necesarias en un programa prioritario de la EAAB por su directa participación en el problema, al suministrar agua potable al usuario para que sea devuelta a los afluentes en condiciones degradadas por el uso. Así mismo la CAR, como institución creada expresa-mente por la ley para promover y regir el desarrollo económico en las cuencas así como para legislar sobre la utilización de las aguas, ha venido trabajando tesoneramente en la preservación del medio ambiente y reglamentación de calidad del agua de los afluentes, para iniciar el proceso de recuperación integral del río Bogotá.

Desde su creación, en 1961, la CAR ha venido ejerciendo su función de organismo encargado de la concesión de aguas, tanto para uso directo como para la construcción de obras de aprovechamiento del recurso por parte de los usuarios como las de las Empresas de Energía y Acueducto, cuya ejecución se adelanta siempre con la aprobación previa de la Corporación.

Posteriormente, y ante la creciente demanda de agua y el surgimiento de conflictos entre los diferentes usuarios, la CAR creó el Comité Hidrológico como organismo de consulta con participación de la EEEB y EAAB, con el propósito de planear adecuadamente la operación de los Embalses y fijar políticas que permitan la conservación y utilización racional del recurso en la Sabana de Bogotá, de acuerdo con las prioridades establecidas por la ley.

Adicionalmente, a través de la Ley 62/83, se amplió el área de jurisdicción de la CAR con el fin de cubrir toda la cuenca hidrográfica del río Bogotá, desde su nacimiento hasta su desembocadura. Anteriormente la jurisdicción de la CAR llegaba hasta el Salto del Tequendama, pero se consideró fundamental esta ampliación por la necesidad de someter el manejo integral de la cuenca del río a un solo ente administrativo. Esa misma ley también facultó a la CAR para determinar, dentro de su jurisdicción, las áreas donde deben desarrollarse proyectos de recuperación y protección de los recursos naturales.

Es así como la CAR está empeñada en impulsar proyectos que estimulen la producción agropecuaria, consolidando especialmente la vocación agrícola de la Sabana, preservando suelos con alta potencialidad agrológica, incrementando la competitividad del uso agrícola y asegurando la buena calidad y cantidad de agua para uso agropecuario. Por otro lado, la Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá, en virtud de la Ley 56/81, está obligada a asignar el 4% de las ventas de energía generada en las plantas de su propiedad, para programas de conservación de cuencas y electrificación rural, lo cual hace a través de un convenio suscrito por la CAR como ente ejecutor.

Muchos son los estudios y proyectos que se han realizado hasta el momento con el objeto de diseñar una fórmula para la recuperación sanitaria y ambiental del río Bogotá. De ellos se han concluido que son tres los programas a ejecutar, en desarrollo de un convenio interinstitucional entre la CAR, la EAAB y el Distrito Especial de Bogotá: la continuación del Plan Maestro de Alcantarillado, el Tratamiento de Aguas Negras y la Adecuación Hidráulica del Río. El costo aproximado de estos tres programas es de 1.300 millones de dólares.

El primer programa consiste en la extensión de los colectores e interceptores de aguas negras y canales de aguas lluvias. Con este sistema se busca la intercepción de las aguas negras en forma paralela al río Bogotá, hasta una planta de tratamiento secundaria en cercanías de Soacha.

En cuanto al Plan Maestro de Tratamiento de Aguas Negras, éste incluye dos procedimientos principales: el tratamiento de las aguas negras propiamente dicho, y el control de los vertimientos al alcantarillado y canales de la ciudad. Para ello se ha recomendado la construcción de una planta de tratamiento localizada en cercanías de Alicachín, con capacidad inicial para tratar un caudal medio diario de 24 m3/s. de aguas negras, que producirá Bogotá en el año 2.000, cuando se le calcula a la ciudad una población aproximada de siete millones de habitantes. Pero con anterioridad al desarrollo del Plan Maestro de Aguas Negras es necesario adelantar el reconocimiento, la reglamentación y el control de aquellos desechos industriales que ocasionen daños al sistema de alcantarillado y produzcan efectos adversos irreversibles en la cuenca baja del río Bogotá. Este control se le ha asignado a la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, conjuntamente con el Ministerio de Salud, la CAR y el Servicio de Salud Pública de Bogotá.

La CAR, por su parte, ha emprendido planes maestros de conducción y tratamiento de las aguas negras de los más importantes municipios de la cuenca del río Bogotá, para lo cual actualmente se operan y mantienen dos plantas de tratamiento en los municipios de Tabio y Cota. Pero en general los sistemas de tratamiento propuestos varían de acuerdo con las condiciones loca-les, aunque básicamente consisten en plantas de tratamiento biológico de las aguas negras tales como lagunas facultativas y zanjones de oxidación, lodos activados y filtros percoladores. Paralelamente, con base en el Acuerdo 09/79 de la CAR y el Decreto 1594/84 del Ministerio de Salud, la CAR ha iniciado un plan de control de vertimientos industriales rurales y urbanos excluyendo el Distrito Especial de Bogotá, tendiente a mejorar progresivamente la calidad de los tramos del río localizados aguas arriba de la ciudad. Dentro de este programa de control de vertimientos se han construido cerca de 30 plantas de tratamiento industrial, 20 más están en etapa de diseño y aproximadamente 170 requieren de un sistema de tratamiento adecuado. En la actualidad 21 municipios cuentan con un diseño apropiado para que puedan dar solución al problema de vertimientos de sus aguas residuales domésticas y así contribuir a la recuperación sanitaria y ambiental del río Bogotá y sus afluentes.

En cuanto a la adecuación hidráulica del río, se trata de construir la infraestructura necesaria para otorgar la protección en términos de control de inundaciones e instalaciones de drenaje en la margen oriental, con el objeto de permitir el desarrollo de la ciudad hacia el río en las áreas donde, según el Acuerdo 7 sobre usos de la tierra, está permitido el desarrollo urbano de la ciudad. El no adelantar la adecuación hidráulica del río determinaría muy posiblemente la caótica perspectiva de la urbanización incontrolada de la margen occidental del río en la Sabana de Bogotá, por falta de posibilidades de crecimiento urbano sobre la margen oriental del río, y al no resultar competitivo un uso agropecuario sobre su margen occidental. Para tal efecto la CAR ha iniciado los estudios para un programa de manejo integral de las cuencas de los ríos Bojacá y Subachoque, la apliación del Distrito de riego de La Ramada y la rehabilitación de la Laguna de La Herrera, obras que se iniciarán en 1985 y buscarán darle riego con aguas de aceptable calidad a unas 30.000 hectáreas de la Sabana de Bogotá. Además de estos programas, que benefician las tierras sobre la margen occidental del río Bogotá, se han comenzado igualmente los estudios para el plan integral de manejo y ordenamiento de las cuencas de los ríos Frío, Teusacá y Checua, y del programa de desarrollo de un sistema de riego entre Tocaima y Girardot.

Con la aplicación de los programas mencionados y lo dispuesto en los Acuerdos 33/79, 26/79 y 09/79 de la CAR, aspectos hoy considerados prioritarios como el suministro de agua potable, la disminución de las tasas de morbilidad y mortalidad en las poblaciones ribereñas; la recuperación del recurso pesquero del río Magdalena, el mejoramiento del habitat de la zona urbanizada y el mejoramiento de los suelos destinados al desarrollo agropecuario aledaños al río, podrán comenzar a considerarse una realidad. Y Bogotá tendrá la satisfacción, después de casi un siglo de estar trabajando al debe, de haberse puesto finalmente a paz y salvo con su río y su región.

 

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