Río Bogotá

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El río Funza


 

Texto de Eduardo Caballero Calderón

Mucho antes de leer “El Moro” de don José Manuel Marroquín en la clase de literatura y de escuchar las conferencias de don Tomás Rueda Vargas sobre la Sabana, en el Salón Samper, por pura percepción natural yo conocía aunque todavía no sabía que amaba, sí, que amaba con un amor romántico e infantil al río Funza o Bogotá. (Prefiero llamarlo Funza, nombre más terrígena, más con sabor a papa asada ya mazorca tierna, que Bogotá que fue en principio una deformación, o mejor, una aberración del bello nombre de Bacatá, antiguo solar indígena recostado en los cerros de Oriente.)

Durante muchos años el Funza fue el río de mi infancia, el que se deslizaba tan lentamente que apenas se le veía pasar bajo los arcos del Puente del Común y del Puente Grande de Fontibón. Moría indefectiblemente, al menos para mí, al precipitarse envuelto en una capa de espumas en el abismo del Tequendama. Por cierto que durante muchos años estuve persuadido de que los enamorados sin esperanza, los enfermos sin curación, los delincuentes arrepentidos, los locos desesperados que dominicalmente se arrojaban al Salto del Tequendama y en muchos casos dejaban unos versos desgarradoramente malos en el bolsillo del pecho, lo que buscaban en realidad era morir como el río, para ascender al cielo salpicados de espumas. El río Funza era entrañablemente nuestro, tanto al sol y al aire libre como en la muerte entre el estruendo y las nieblas. Era un río sabanero que nada tenía que ver con el que, Salto del Tequendama abajo, corría por tierras calientes en la hoya del Magdalena. El que digo, pues, nacía en las lomas de Villapinzón (otro nombre sin resonancias indígenas) que en tiempos de don Antonio Nariño, santafereño y sabanero se llamó Hato Viejo, tan castizo y evocador. Vivía el río y moría en la Sabana de Bogotá, desparramado en remansos, pantanos y lagunas; seguido a trechos por una doble hilera de sauces llorones, y en ciertos lugares, en los potreros de Yerbabuena donde nació y coleó el Moro de Marroquín.

Todavía oigo mi propia voz cuando leía “El Moro” o lo releía para mi hermano menor y para Cacó mi muchacha, que me crió desde cuando era recién nacido, recostado contra un sauce a las orillas del río. Leía yo:

“En un pantano de los muchos que se hallan a las orillas del Funza, se ve medio sumergido un potrico de doce horas de edad. En sus ojillos negros y vivos se pintan la angustia y la sorpresa que le ocasiona el descubrir que el mundo, en donde ha acabado de aparecer, creyendo no haber en él más que las gratas sensaciones que le produjeron el espectáculo de la naturaleza, el movimiento y los primeros tragos de leche, sólo ofrece peligros y amarguras. Con la desmaña propia de su tierna edad, brega por salir del atolladero, pero de cuando en cuando se le agotan las fuerzas y deja caer la cabecita sobre un mogote como desalentado y resuelto a rendirse a su destino”.

Una nube tapaba el sol y se oscurecía el campo. A mí se me quebraba la voz y Cacó y mi hermano comenzaban a llorar en coro por la mala suerte del potrillo. Peor era la situación literaria y sentimental cuando semanas más tarde, pues leíamos el libro tan despacio como el río se desliza por aquellos potreros salpicados de vacas, arrancaba con el final:

“A la mañana siguiente se encontró (el Moro ya viejo y enfermo) echado y sin movimiento a pocos pasos del charco que servía de abrevadero. Juan Luis se le acercó, lo punzó en varias partes del cuerpo y dijo: “Está muerto. Ya no colea”.

En ciertas mañanas excepcionalmente frías y luminosas del verano, esos mogotales parecía como si durante la noche se hubieran cubierto de grandes copos de nieve.

Eran las garzas que venían de muy lejos, de Casanare decían los campesinos, y ahora metían el pico bajo el ala para rascarse el espinazo. Pero un momento. Recordando al pastorcito David que de una pedrada descalabró y tiró al suelo al gigante Goliath, mi hermano y yo emprendíamos un batalla contra los sauces de la otra orilla del río, esgrimiendo peladillas planas y ligeras que al pegar en la superficie rebotaban y saltaban en lo que entonces se llamaba en lenguaje escolar pan y quesito.

Para terminar con esta estampa que todavía parpadea en mi memoria en la Sabana siempre había sol y un cielo azul que en los remansos de agua verde y tranquila se miraban en el río. Aunque es seguro que a lo largo de mi infancia, que entonces me parecía tan lenta y en cambio hoy me parece tan breve, debía llover a torrentes como es de uso y costumbre en la Sabana, lo cierto es qué hoy en mi memoria siempre brillaba el sol y resplandecía el cielo azul.

Y se me estaban olvidando los sapos que de día se escondían quién sabe dónde, tal vez en cuevas de los vallados, pero cuando el sol de los venados incendiaba los cerros del poniente, se echaban a croar, a cantar a la orilla del Funza formando coros que se respondían desde muy lejos e impregnaba la tarde una creciente melancolía. Sin los sapos en las orillas, sin las guapuchas en las chambas, sin las garzas en los esteros, sin los capitanes que desovaban en los juncales, el río Funza no sería el de mi infancia.

Pero vamos a comenzar por delimitar el área de esa gran cuenca o artesa andina que es la Sabana, por en medio de la cual serpenteando como una culebra toreada y como si no quisiera abandonarla, rueda el río Funza desde los páramos de Villapinzón hasta ese formidable balcón natural que es el Salto del Tequendama en la vecindad de Canoas. Pocos paisajes en el mundo eran (¿algún día podrán otra vez los bogotanos decir, son?) tan limpios y tan luminosos como el de la Sabana. Decía don Tomás Rueda Vargas en una hermosa conferencia dictada en el antiguo Salón Samper, por allá en el año de 1921:

“Para un calentano o para un indivíduo que no sea bogotano, la Sabana es toda la extensión de la altiplanicie, sin descontar las laderas que se confunden con la cordillera y los valles como Sopó, La Calera y Tabio. Pero un bogotano no dice “voy a la Sabana”, sino cuando se dirige al Occidente, es decir, a la parte más fértil de la planicie, y así parece entenderlo en general el mismo sabanero, para el cual la Sabana significa lo que ellos llaman el riñón, lo que rodea en varias leguas a la redonda a Funza, la antigua capital de los chibchas... Nosotros preferimos aceptar como Sabana lo que los de fuera de ella entienden por tal, lo que, la visera del casco y la del espíritu levantadas, abarcó la vista del Gran Adelantado, hacienco constar la distinción sutil e inteligente de don Diego Suárez quien aludiendo a la belleza del Norte con sus aguas puras, sus arboledas y su variedad de paisajes, ya la desapacible fertilidad del Occidente, sintetizó, no sin ironía de propietario de la primera de estas regiones así: El Norte para la gente, el Occidente para los animales ... ”

Del lado opuesto, de la otra banda montañosa de donde la vio por primera vez Jiménez de Quesada la ví yo, desde la cumbre de Monserrate a donde subí cargando un ladrillo para el templo que a la sazón estaba en construcción y habría de sustituir a la primera ermita. Se trataba de una promesa que mamá había hecho por mí, cuando estuve enfermo de tifo. Ahora las nieblas matinales se levantaban con los primeros rayos del sol. Los verdes, antes tiernos y opacos, con la pincelada de sol se volvieron brillantes y rotundos, y grandes trechos del río Funza se adivinaban, más que se veían, detrás de las hileras de sauces y eucaliptus que escoltaban su paso. Y muchos años más tarde desde el avión veía la Sabana, cruzada en grandes curvas por la cinta amarilla del río que era como la rúbrica del pintor de ese paisaje formidable. Entré por el Sur cuando venía de Quito, por el Norte cuando venía de Venezuela, por el Occidente cuando venía de Europa, y mi emoción y mi entusiasmo eran siempre los mismos. Volvía a sentir algo que describí en un libro mío, cuando miraba y admiraba la bahía de Río de Janeiro desde la cumbre del Corcovado.

He llegado al con vencimiento de que la pasión momentánea, o el capricho amoroso por un jardín, un bosque, una montaña, un río, una noche estrellada en el corazón de los llanos, pueden ser todavía más fuertes, en todo caso menos deleznables que los sentimientos que algún día nos hicieron sufrir y llorar por una mujer.

Por lo cual tenía un movimiento de indignación al ver que muchos pasajeros se abrochaban el cinturón, o arreglaban su valija de mano, o llenaban la tarjeta de desembarque, sin ocurríseles mirar al través de la ventanilla el vertiginoso espectáculo de la Sabana que ascendía rápidamente hacia las alas del avión con su río parsimonioso y lento que todavía se resiste a tirarse de cabeza en el Salto del Tequendama. ¿Será que en este mundo hay miles de personas que teniendo ojos no saben ver, y oídos y no saben oír, como les decía Jesús de Nazareth a algunos de sus oyentes?

Tal vez por infiltración del río en las playas de mi memoria, yo también me pierdo en vueltas y revueltas sin seguir derecho a ninguna parte. Por ejemplo ahora me pongo a mirar una mancha de eucaliptus que se reflejan en un pantano de las vecindades del Puente del Común, dejado por la lluvia de la noche pasada. Con los sauces, los euca-liptus son los más fieles compañeros del río. Cuando sopla el viento y les sacude el follaje, su canto es más bronco que el alto y melodioso de las ranas. Sobre todo recuerda fantasmas y almas en pena cuando los niños, llegados la víspera a pasar las vacaciones de Diciembre en una casona sabanera, no quieren irse a dormir. Han oído a las sirvientas viejas contar en la cocina la desaparición por los lados del río de una dama que vivió en esa casa hace muchos años y que parece llorar al compás de los eucaliptus cuyas copas se mecen a la luz de la luna, en alturas vertiginosas.

Me proponía remontar la leyenda del río que se pierde en la bruma de tiempos anteriores al descubrimiento de América. Como suele ocurrir con todas las leyendas, desde los griegos que bebían vino e hidromiel en el jardín de Academos hasta los chibchas que mascaban hojas de coca y se emborrachaban con chicha de maíz en las orillas del Funza, nunca se sabe cuándo ter-mina la memoria y cuándo comien-za la imaginación, cuándo termina la historia y cuándo comienza la leyenda.

No por menos famosa que otras que andan en griego y en latín por las cortes de Europa, la leyenda chibcha del nacimiento del río Fun-za es menos bella. Merecería que algún trovero popular la echara a rodar por los caminos en la caja sonora de su tiple o de su garganta. Se iría deteniendo en las ventas, donde al caer de la tarde, cansados y con la yunta todavía uncida al yugo, o con la azada al hombro, los campesinos se detienen a conversar, a parlar para decirlo como ellos. ¿Si lloverá esta noche? No toca, compadre. Todavía está helando, aunque no apunta Diciembre. El río amaneció cubierto de escarcha.

El trovero, con la totuma de chicha o de guarapo en la mano, comenzaría a contar con la parsimonia con que extrae una mosca que cayó en la totuma.

Pero ahora se me evapora la leyenda del Funza y aparece dentro de mí, frentea mí, en la memoria o en la imaginación, el lento paseo al Salto del Tequendama en un carro de yunta. Primero venía el viaje en el tren del sur, desde la estación de la Sabana, en Bogotá, hasta la de Sibaté en donde un vagón amarillo volcaba sobre el andén, poblado de monjas y enfermeros, un cargamento de locos. Estos seguían hacia el Asilo, arriados por las monjas y los enfermeros mientras que nuestro grupo familiar, presidido desde su silla de manos por la abuela que tenía la apariencia de una reina destronada y el perfil de un ave de presa, se encaminaba hacia el carro de yunta estacionado a pocos pasos del andén. El carro olía a vaho caliente y a boñiga fresca. Así, pensaba yo, exhalaría su tibio aroma el pesebre del Niño Dios, cuando los Reyes Magos ‑Melchor el negro, Baltasar el blanco y Gaspar el amarillo‑ llegaron a Belén a presentarle sus regalos guiados por la estrella desde el Extremo Oriente. Por cierto que no tardarían en aparecer los míos debajo de la almohada o a los pies de la cama, en la noche de Navidad que ya no estaría lejos. ¿Cuándo es la Nochebuena, madrecita? Porque ala abuela le decíamos madrecita aunque en realidad fuera la madre grande de todos. Todavía falta tiempo, hijo. Apenas estamos en Noviembre y Diciembre rueda tan despacio como un carro de yunta.

El cual, conducido desde el suelo por el carretero, se movía tan lentamente como el río en los remansos. Chirreaban las ruedas en los baches del camino, traqueteaban los ejes metálicos mal aceitados, los bueyes batían la cola sobre los flancos para espantarse las moscas, las señoras renegaban del sol que les arrebolaba las mejillas y los niños mirábamos el cielo azul sin una nube, tal vez surcado en grandes espirales por un chulo, y el río que a partir de Canoas se precipitaba en raudales al abismo que bramaba allá lejos como una partida de toros bravos. Era el anual y tradicional paseo al Salto, con el piquete en ollas que se bamboleaban en el carro, y la comilona a la orilla del Salto mojada con masato o con guarrús y servida por las muchachas viejas ‑que absurdo, viejas pero muchachas‑ que al final le bajaban los calzones a alguno de los niños del paseo, le lavaban los calzoncillos en el río y le limpiaban el trasero con una toalla mojada.

A esta piedra, decía alguno de los señores de cuello de pajarita y canotier de paja trenzada, señal-ando la que asoma como un colmillo en la boca desdentada del Salto: A esta piedra brincó el Libertador alguna vez y se quedó un momento con los ojos clavados en la profundidad. Dios sabe qué pensaría. Yo perdería la cabeza. Yo no sería capaz de saltar a esa piedra resbalosa que se empina a la orilla del río. Porque tú no eres Bolívar! exclamaba irrespetuoso, alguno de los niños. Y el río, y la catarata, y el carro de yunta, y el paseo, se perdían en la niebla y en la memoria, como hace un rato el trovador de mi cuento comenzó a contar, y no pudo hacerlo, la leyenda del río Funza mientras extraía parsimoniosamente de entre la totuma la mosca golosa que había naufragado en esa pequeña laguna de chicha.

Y de veras, ¿qué pensaría Bolívar en la piedra del Salto? Eso no lo pensaba yo entonces pero sí ahora cuando al seguir el curso del río doy vueltas y revueltas a lo largo de la Sabana, sin el menor deseo de dejarme caer por la roca del Tequendama. Y pienso que así como Pascal observó, más como un ingeniero de montes y caminos que como un filósofo y un místico, que los ríos son caminos que andan, el Libertador pensaría, allí sobre la piedra a la cual no se atrevía a subir uno de los señores de canotier de paja trenzada y cuello de pajarita, que América era como el Funza. Un tiempo interminable y colonial serpenteado dentro de la Sabana, manso como un lago, pero de pronto, cuando ,Bolívar llegó de Venezuela con su espadita mágica, se precipitó torrencialmente en el vacío, es decir en la guerra, en la independencia, en la libertad...

Pero sería bueno volver, en una de esas largas curvas que traza el Funza para rodear un monte, o un pueblo, o un bosque de eucaliptus, a la venta en el camino donde el trovero, o el promesero, comenzaría a contar...

Hace muchismo tiempo, tanto que ya nadie lo recuerda en este mundo ni en el otro, las tribus que poblaban estas mesetas y estas montañas habían caído en el grado más bajo de la maldad y la corrupción. Se emborrachaban como cerdos, hasta rodar por el suelo entre vómitos y porquerías. Se mataban unos a otros por el menor motivo o sin motivo alguno. Maltrataban a sus hijos y a sus mujeres. Pues habían olvidado cultivar la tierra e hilar el algodón que crecía silvestre en los valles calientes de los grandes ríos, andaban desnudos y sólo comían las raíces de ciertas plantas y las hojas de arbustos venenosos. Menos mal que aquellas eran papas y yucas y éstos eran ayo o coca, rociadas con la sal de la mina grande de Zipaquirá. No cantaban alabanzas ni danzaban en honor de la luna y el sol como hacían los antiguos, y cometían toda clase de abominaciones sin distinción alguna entre hombres y mujeres, entre viejos y niños, entre animales y hombres...

Una capa de silencio casi religioso cayó sobre la venta, y como si comprendiera, el sol, avergonzado, naufragó en el horizonte en una nube azufrosa.

Fue entonces cuando nuestro padre el Sol y nuestra madre la Luna, a quien llamábamos Chía, decidie-ron castigar a los hombres y llovieron días y noches sobre la tierra, sin escampar un momento, como si el propio cielo se hubiera desfondado zaherido por una descarga de re-lámpagos. Se anegaron los valles, se desbordaron los ríos, las lagunas de Fúquene y de Siecha se salieron de madre, se pudrieron los bosques, los animales huyeron enloquecidos a refugiarse en las montañas, y las caicas, las golondrinas, los copetones y las mirlas se ahogaron al caer al agua cansados de volar sin encontrar dónde posarse.

¿Pero los hombres, compadre, los hombres?, preguntó un viejo al trovador o al peregrino, como se prefiera llamarlo.

Enloquecidos de terror, temblando de frío y de miedo, calados por la lluvia hasta los huesos, los indios treparon a la cresta de la cordillera que rodea la Sabana. A la sazón ésta ya estaba convertida en un inmenso lago cuyas olas se encrespaban y mugían con el viento,

Caso feroz, compadre!

Y en la cumbre de las montañas, entre tinieblas y crujir de dientes, imploraron al sol para que se apiadara de sus pobres criaturas. Pero no fue el sol quien bajó del cielo a la tierra, a nuestra tierra, a la Sabana, para socorrer a los hombres.

Si no fue el Sol, ¿entonces quién fue, compadre?

Los dioses enviaron a un hombre alto y corpulento, de tez pálida y barba crespa y blanca como la piel de las ovejas. Sería un dios que venía de otra parte, de más allá de los llanos y las montañas, de donde llegan las garzas y los patos en el verano, del otro lado de un inmenso lago que llaman mar y por el cual vinieron muchos años más tarde los conquistadores. Ese hombre se llamaba Bochica. Tenía en la mano una vara de oro, una varita mágica como las que usan los magos y los curanderos que rezan y desengusanan a los animales enfermos. Y andaba Bochica a paso lento, con una gran majestad. Desde las rocas de Suesca se dirigió al Sur, a las pe-ñas del Tequendama. Transidos de hambre y de frío, los indios lo seguían en silencio por la cresta de las montañas, paso entre paso, de uno en uno, en una hilera interminable...

¿Y qué hizo ese tal Bochica, compadre?

Con un movimiento de la vara contuvo la tempestad. El cielo se aclaró por el Oriente y lució el arco iris desde el extremo Norte hasta el extremo Sur de la Sabana. Un rayo de sol se hincó vibrante, como una flecha de fuego, en las aguas de la laguna. Al llegar a las rocas del Tequendama, Bochica lanzó su vara de oro contra la peña que cerraba la Sabana, ahora laguna, por aquella parte. Entonces con un estruendo formidable la laguna saltó en una catarata al abismo y se desaguó rápidamente dando nacimiento al río Funza.

Cómo le parece, compadre!

Como Bochica se había apiadado de los indios, les enseñó a sembrar, a hilar el algodón, a cocer la carne de ciertos animales y a darle gracias a nuestro padre el Sol, de quien pendemos todos como la mosca presa en una tela de araña. Gracias, digo, por habernos restituido la Sabana y haber dado nacimiento al río Funza.

Tengo que volver al carro de yunta, con sus grandes ruedas crujientes y sus tardos bueyes que el carretero, frente a ellos con la pértiga puesta sobre el yugo, gritaba de vez en cuando: ¡Arre! ¡Jaa!, y su grito se esfumaba entre la niebla. Aquella fue la gran época de la Sabana de la cual yo, por ser niño, apenas me daba cuenta. Pues así como la época dorada del padre Rin, el de Tristán e Isolda y los Nibelungos, fue la de los castillos medioevales que brotaron en las riberas como gigantescos árboles de piedra, la del río Funza fue la de las haciendas que con la lengua de sus bebederos para el ganado le lamían las orillas. Por esa época, a comienzos y más hacia mediados del siglo, los terratenientes sabaneros y los orejones de los pueblos vecinos, empezaron a construir los jarillones para en cauzar el río y evitar que sedes bordara y se empantanara en los inviernos.

Aquí conviene recordar algo que, aunque no lo parezca, tiene una enorme importancia desde el punto de vista de la tempoalidad, más que de la cronología. Por lo general en el ancho mundo y más concretamente en la Europa que conocemos, el siglo diecinueve se prolongó hasta el cuatrenio de la primera guerra mundial, y el siglo veinte comenzó en un vagón de tren con el Tratado de Versalles de 1918. Pues entre nosotros, en Colombia, y otra vez más con-cretamente en la Sabana, el siglo diecinueve siguió arrastrándose como un carro de yunta, como el río manso y perezoso, hasta el año treinta cuando se derrumbó electoral y administrativamente la hegemonía conservadora que venía reinando desde el año 86 y ascendió al poder el liberalismo con Olaya Herrera.

La época dorada del río, pues, fue la de las grandes haciendas con sus caserones de una o dos plantas, su oratorio en el castillo de Marroquín o su capillita de espadaña en la hacienda de Yerbabuena; con sus corrales y su pesebrera, sus talanqueras de golpe, su bolatán en medio del solar, su cuarto de las monturas y su cocina de los peones. En algún costado de la casa había un ancho corredor que le volvía las espaldas al monte cubierto de arrayanes, alcaparros, mortiños, raques, alisos, uvas de monte y otros árboles y otras yerbas, para que desde allí el patrón, sin quitarse todavía la ruana y los zamarros de cuero de león, pudiera mirar el campo, su campo donde los peones ordeñaban las vacas y amansaban los potros de paso fino. A los de trote y galope se les decía brutos, aun cuando fueran ingleses.

Un bello libro perdido entre las vueltas y revueltas de mi biblioteca, ‑parodiando a Pascal podría decir que los libros como los ríos son caminos que se echan a andar cuando uno los comienza a leer‑, un bello libro, decía, se llamaba tal vez, pues no estoy seguro, “Las haciendas de la Sabana”. Lo escribió aquel cronista encantador, gran aficionado y técnico taurino que se llamó Camilo Pardo Umaña. Y en ese libro que hoy quisiera volver a leer para revivir en mi memoria una época cancelada y desaparecida, se resumía la historia de esas haciendas y esos caserones, siguiendo la pista de sus respectivas genealogías. Pero dejemos ésto pues nada hay tan triste como las cosas que fueron bellas y dejaron de serio con el tiempo.

En aquél que digo, tanto por el camino de Occidente que llevaba a Faca y a Guaduas, como por el de Sibaté que desembocaba en el Salto, como por el del Norte que venía de las Rocas de Suesca, entre semana podían verse los viejos sabaneros montados en su yegua o en su caballo de paso, seguidos del mayordomo de sombrero de jipa que por añadidura solía llevar de cabestro un potranco todavía mal destetado y tembleque sobre sus altas patas desgarbadas. Y cuando había ferias y fiestas en algún pueblo de la Sabana, se veía a patrones y mayordomos dar vueltas por la plaza mi-rándoles los dientes a los caballos o tentándoles los pezones a la vacas mientras prologaban un negocio de compra‑venta. Y el negocio se sellaba después con un par de tragos de brandy Valenzuela, pues el aguardiente de las rentas o el de contrabando era para gentes de a pie, que no se movilizaban a caballo.

Los bogotanos viejos “temperaban” de vez en cuando en las Mesitas del Colegio, o en Cachipay, o en La Esperanza, o en el hotel de Apulo, pero más frecuentemente, casi que año por año se iban a veranear a alguna hacienda sabanera ala orilla del río. Cuando no se tenía finca en la Sabana como era el caso de mi abuela, la familia tomaba en arrendamiento el castillo de Marroquín o la vecina casona de Yerbabuena, motivo por el cual tan vinculados están, el uno y la otra, a mi infancia y a la del río Bogotá. Más me gustaba a mí Yerbabuena que el castillo, aunque de la terraza de su torre del homenaje se columbraba un gran recodo del río que como un grueso cordón amarillo ensartaba los arcos del Puente del Común, en el camino que va a Chía. Pero en Yerbabuena veraneaban las tres hijas y los tres yernos de mi abuela, dos o tres de mis tíos que venían de Boyacá, más un reguero de nietos de todas las edades, desde quienes ya montábamos en pelo y a caballo, hasta quienes todavían dormían en cuna, con e¡ ama sentada al lado rezando o cosiendo. Además, y por si fuera poco e alborozo e aquellas mañanas frías y transparentes que doraba el sol a mediodía, y los charcos que recorríamos descalzos pescando cangrejos y guapuchas, y los paseos al monte a coger quiches y lama para el pesebre del Niño Dios, y los piquetes a la orilla del río con alguna avispa o un saltamontes caído sorpresivamente entre la sopa, además de todo eso existía para mí la circunstancia de que ahí, en Yerbabuena, en los mogotales del río, había nacido El Moro, a quien, debido a un accidente al nacer se le había tronchado la cola y por eso siguió coleando toda la vida hasta cuando murió porque ya no coleaba.

Por cierto, y ésto viene como uno de esos brazos del río que una vez sirvieron para irrigar un potrero y ahora están secos, recién salida a luz la novela del señor Marroquín, alguien le preguntó al señor Caro cómo le había parecido el libro, si es que lo había leído. Y don Miguel Antonio, que detestaba a Marroquín por diferencias políticas, contestó: Excelente. Parece escrito por un caballo.

Pero la luna de miel de las haciendas sabaneras, con el río Funza que abrevaba sus vacas en los bebederos y regaba con aguas limpias y abundantes las dehesas y los se sembrados, pasó pronto como suelen pasar las bellas épocas. Pasaron lagunas antes famosas como la de la Herrera donde paraban en el verano las aves migratorias que venían del Canadá y de los Estados Unidos. Pasaron las palomas que tentaban el pulso de nuestros cazadores. Pasaron las garzas que llegaban del llano y se despulgaban al sol en los mogotales de la orilla. Con los desmontes y las quemas de los cerros pasaron las fuentes y los ríos que alimentaban el Funza a todo lo largo y lo ancho de su curso. Pasaron los crespos y tupidos macizos de arboleda andina, desmontada por las areneras del contorno. Con la vegetación violada y aplastada pasaron cien variedades de mariposas y de pájaros. No tardó medio siglo en convertirse el río Funza, despojado de su leyenda, de su historia y de su poesía, en la cloaca de Bogotá, que recibe, además, las alcantarillas y los desagües de cincuenta pueblos de la Sabana.

Me duele rememorar estas cosas. Por absurdo y paradójico que parezca, mi infancia y mi adolescencia se conservaron mejor que las de este río prematuramente envejecido y caduco que ya no se precipita en una catarata por las rocas del Tequendama, sino que apenas escu-rre, negro y maloliente, como el de-sagüe de un albañal. Yo me pre-gunto a veces, y es pregunta para hacerles a los agrónomos, los hidrólogos, los ingenieros, los planificadores, los ecólogos y los gober-nantes en general: Dios mío, antes de enterrarlo en un muladar, ¿no podríamos resucitar el río?

 

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