Río Bogotá

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El río Bogotá visto por los intelectuales y artistas

Texto de Susana de Ariza

e obras pictóricas, relacionado con el río que veneraron los indígenas, al que llamaron Funza o Patí y que hoy se llama Bogotá.

En realidad desde que los inocentes muiscas desaparecieron, no se ha producido una gran obra sobre el río. Se encuentran numerosas leyendas que podrían convertirse en novelas o en obras de Teatro, algunas obras pictóricas, especialmente del sitio denominado Salto de Tequendama y algunos estudios de la Expedición Botánica y de la Comisión Corográfica, pero al río, hasta ahora no se le ha hecho justicia; antes mal porque sus aguas que han sido manantial de vida, han ido contaminándose y muriendo, unas veces en silencio, otras iracundas, cuando con voces fragorosas se estrellan contra las rocas, para levantarse luego convertidas en niebla y vagar como vagan los espíritus por las más altas montañas hasta el cielo.

Han pasado 445 años, desde el día en que cerca de trescientos españoles, ascendieron dificultosamente por el río Magdalena, hasta esta planicie, que para ellos fue el final de toda pena. No había animales ponzoñosos, la tierra estaba cultivada con esmero, el río y sus afluentes eran de agua cristalina, la gente estaba vestida y las espaciosas cabañas sirvieron para alojar a los Conquistadores.

No habiendo idioma común, la relación empezó por el intercambio de espejos y baratijas por alimentos y joyas de oro. En ese entonces el río tenía gran riqueza ictiológica y en los prados los venados andaban en rebaños. Los Chibchas ofrecieron a los Españoles: pescado, carne de aves y de venado, papas, mazorca, bebida de maíz y frutas.

Una vez instalados, Quezada comenzó a escribir las crónicas, que sirvieron de fuente a todos, los cronistas posteriores, siendo los más conocidos: Castellanos, Lucas Fernández de Piedrahita, Aguado, Zamora, Rodríguez, Freyle y Acosta.

Es de su poner que los Muiscas trataron de dar continuidad ala forma de vida que llevaban antes de la llegada de los conquistadores. Fueron a las acostumbradas peregrinaciones al Salto de Tequendama, su oratorio natural, ya lagunas como la de Guatavita, pues rendían culto al agua como fuente de vida. Para la ceremonia se cubrían el cuerpo con polvo de oro y se sumergían repetidas veces en el agua. Después ofrendaban a la deidad joyas de oro y esmeraldas, ante la mirada estupefacta de los españoles, mientras otros nativos danzaban en las orillas de la laguna, al son de flautas, caramillos, fututos y tambores.

El sitio ideal para vivir fué desde entonces la cuenca lacustre que recorre el río Funza. Las montañas que circundan la Meseta Andina, con su majestuosa imponencia y la riqueza de las numerosas fuentes nacidas en los paramos, que fertilizaban la tierra. El paisaje cambiante del agua evaporada, que a veces se presenta sombrío y tormentoso, arrastrando nubes inmensas como montañas, para luego disolverse en torrentes iluminados por rayos, acompañados del fragor de los truenos, humedeciendo toda la vegetación para brillar después bajo los rayos del sol y cambiar a una expresión beatífica, de ténues y limpios azules y atardeceres multicolores, dando a todo una atmósfera irreal y de ensueño, fue y sigues siendo el paraje escogido, aún cuando hoy el río se arrastre tristemente, esperando el exorcismo que lo libere de los malos espíritus que lo han contaminado.

La ciudad fundada por Quezada, se ubicó estratégicamente entre dos ríos, afluentes del Funza, hoy desaparecidos. El Vicachá o San Francisco y el Manzanares o San Agustín. Por el Oriente la guardaban los cerros de Monserrate y Guadalupe. Muchos peninsulares regresaron a España, porque ya tenían oro suficiente, o porque debían dar noticia al Rey, de lo que habían hallado. Entre estos, fue Quezada. A los pocos meses, en la península estaban informados de los prodigios de estas tierras. Los Reyes mandaron gobernantes, oidores, fiscales y artesanos. En cinco décadas todo el territorio estaba dominado. No todo se hizo en forma pacífica; cuando se presentaban rebeliones, los acusados eran ajusticiados y sus cadáveres eran lanzados a las aguas del Vicachá. ¿Será por eso la turbulencia de las aguas al precipitarse en el abismo del Tequendama?

Leyendas de la Colonia

Uno de los personajes que llegó al Nuevo Reino, en los primeros años de la Colonia, fue Juan Díaz Jaramillo, hombre misterioso, inmensamente rico, quien recibió en encomienda dilatados territorios que iban desde “La Mesa”, hasta Tocaima. El hombre más parecía un califa que un encomen-dero español. Por aquel tiempo (1564), se preparaban en Santafé para la llegada del nuevo Virrey, Don Andrés Díaz Venero de Leiva. Juan Díaz había conocido a una joven, cuyo nombre era Juana Molina, recientemente llegada de la península. Para entrar en relaciones con ella, dio una gran fiesta en honor del Virrey, a la que naturalmente invitó a Juana. Al poco tiempo, la hizo su esposa. Pasados unos meses viajó con ella a Ultramar, pero regresó solo. Se murmuraba que cansado de ella, la había abandonado en una cueva cercana al mar, donde las aguas la habían sepultado. La causa de este desamor fue el haber conocido a Elvira, hija del capitán Hernán González y de la india Firavita, de Facatativá, quien estaba prometida a Rodrigo Peñalver. Para lograr sus ciegos fines primero se deshizo de Juana y luego valiéndose de endiabladas estratagemas, hizo apresar a Rodrigo, quien iba a ser ajusticiado. Con la condición de que salvara la vida a Rodrigo, Elvira aceptó matrimonio a Juan Díaz. Este hombre maligno tenía en TocaIma? su palacio de verano. Resolvió adelantar allí los fastuosos preparativos para la boda, fijando la celebración en viernes Santo, sin tener en cuenta lo inapropiado de la fecha. Como el Capitán González estaba en desacuerdo con los perversos procederes del encomendero, se presentó a la casa de Díaz, conminándolo en nombre de Dios, a abandonar sus intenciones. Juan Díaz se mofó de la angustia del padre de Elvira y este lo maldijo...

Cuentan que Díaz dijo: “Ni Dios podrá quitarme a Elvira y mis riquezas”. Tan pronto pronunció estas palabras, el río Patí, en cuyas playas estaba edificaba la casa, avanzó con ruido aterrador, sin dar tiempo de huir a los invitados. Destruyó la casa y cuanto en ella había. Pasada la tormenta, fueron los del pueblo a ver a quién o qué podían salvar. Lo único que recuperaron fue el artesonado del comedor, que hoy se admira en la Iglesia de la Concepción de Bogotá, Cuando en la región del Tequendama, la niebla cubre valles y montañas y el grajo o el currucú, lanzan su triste canto, la gente dice que es el espíritu de Juan Díaz que todo lo cubre de tristeza.

Gracias a don José Manuel Groot (1800‑1878) conocemos los pormenores de un paseo que en 1780, organizó el Virrey Ezpeleta al Salto de Tequendama. La narración la oyó de labios de su padre y la relata en forma fiel y amena. Don José Manuel Groot, no sólo fue uno de nuestros más conocidos escritores costumbristas, sino también uno de los más notables pintores de su época. El cuadro “Los agrícolas de Funza” fue reproducido profusamente y según Don Joaquín Piñeros, fue el cuadro más conocido de esta región, pues las reproducciones dieron la vuelta al mundo.

El Virrey Ezpeleta, quien dejó fama por su bondad e ilustración, fue el primero en ordenar al pintor Español Sebastián Méndez, la ejecución de un cuadro que representara el Salto de Tequendama. También al Virrey Ezpeleta debemos la construcción del puente del Común, obra realizada bajo la dirección de Don Domingo Esquiaqui, Teniente Coronel del cuerpo de artillería, y Comandante de la Plaza de Cartagena. El puente se inauguró el 31 de diciembre de 1792, con base en los planos elaborados por un Jesuita de apellido Coluccini.

Existe una leyenda que atribuye ala ayuda del diablo, la terminación del puente. Parece que el tiempo fijado para acabar la construcción había llegado y el puente estaba sin terminar; entonces Don Domingo exclamó: “¡Tengo que entregar esta obra terminada, mañana mismo, aún cuando tenga que vender mi alma al diablo!” Decirlo y aparecer el diablo a cerrar trato, fue cosa de un segundo. Aterrado, don Domingo pidió plazo de 24 horas, para cerciorarse de que el diablo cumplía su parte. Por la noche vinieron centenares de miles de demonios, que con ruido pavoroso terminaron la construcción. Entonces el diablo se presentó a cobrar lo pactado. Don Domingo, que estaba arrepentido, invocó a la Santísima Virgen, quien apareció, poniendo en fuga con su sola presencia, la hueste de demonios, dejando en su huida impregnado el río de olores sulfurosos.

La Expedición Botánica

Hace 200 años, gobernaba el arzobispo Virrey Antonio Caballero y Góngora. Por ese entonces, llegó la noticia de que un sabio alemán venía a hacer estudios sobre la naturaleza de estas tierras. El Virrey había escrito a España, sobre la necesidad de crear una expedición, que realizara estos estudios, sin haber obtenido respuesta. Ante la noticia de que Humboldt, venía precisamente a ocuparse de este trabajo, resolvió adelantársele, nombrando una comisión integrada por los científicos y artistas más notables y dió comienzo a la Expedición Botánica. Cuando el Barón de Humboldt, llegó a Santafé, encontró serios estudios adelantados. Uno de los sabios que formaron parte de la Expedición Botánica, fue Francisco José de Caldas, a quien debemos la primera descripción geográfica del río Bogotá, no superada en belleza y sencillez.

“El Bogotá después de haber recorrido con paso lento y perezoso la espaciosa llanura de su nombre, vuelve de repente su curso hacia el Occidente y comienza a atravesar por entre el cordón de montañas, que están al suroeste de Santafé. Aquí dejando esa lentitud melancólica, acelera su paso, forma alas, murmullo, espumas y rodando sobre un plano inclinado aumenta por momentos su velocidad. Corrientes impetuosas, golpes contra las rocas, saltos, ruido majestuoso, suceden al silencio y a la tranquilidad. En la orilla del precipicio todo el Bogotá se lanza sobre un banco de piedra. Aquí se estrella, aquí da golpes horrorosos, aquí forma hervores, borbotones y se arroja en forma de plumas divergentes más blandas que la nieve, en el abismo que lo espera. En su fondo el golpe es terrible y no puede verse sin horror. Estas plumas vistosas que formaban las aguas en el aire, se levantan a los cielos. Parece que el Bogotá acostumbrado a recorrer las regiones elevadas de los Andes, ha descendido a pesar suyo a esa profundidad y quiere orgulloso elevarse otra vez en forma de vapores”.

Como buen visionario, el sabio Caldas en su libro “Estudio de la geografía del virreinato de Santafé de Bogotá”, dice: “Ni Méjico, ni Perú, pueden contar como nosotros con el prodigio de estos ríos y canales cavados por la naturaleza, donde algún día deben nuestras riquezas correr desde el centro a las extremidades. Ni en el Viejo, ni en el Nuevo Mundo, nada hay mejor situado”.

Comprometido Caldas, en el movimiento de la INDEPENDENCIA, fue fusilado por orden del pacificador Morillo, en el año de 1816, junto con otros científicos y artistas que nos dejaron los primeros dibujos de la flora del altiplano.

Contra la terrible persecución desatada por los peninsulares, se levanta la espada de Bolívar, comunicando junto con el fuego de la libertad, la chispa de la inteligencia a los que a su muerte en 1830, se vieron en la necesidad de crear un concepto de nacionalidad, pues desbaratada la GRAN COLOMBIA, cada una de las tres provincias que la integraban resolvió gobernarse independientemente y se encontraron con que ni siquiera tenían delimitados sus terrenos.

Durante el período de la INDEPENDENCIA, ocupados como estaban en las contiendas por la libertad, sólo quedaron algunos esbozos pictóricos de don José María Espinosa, un Salto de Tequendama hecho desde la margen derecha del río, con un letrero que dice: “Sin terminar”. De don Jo-sé Joaquín Ortíz cantor de la patria y de Bolívar, un canto al Tequendama, transcribo algunas estrofas:

“Más, ¿dónde están, ¡oh río! aquellos pueblos
de esta región antiguos moradores?
¿Qué se hicieron los Cipas triunfadores
que se asentaban sobre el trono de oro?
Y que, padres más bien que augustos reyes,
con amor sonriendo y frente leda,
de paz y amor dictando iguales leyes,
cual se gobierna a una familia, al pueblo
con el cayado patriarcal llevaban
cual con riendas de seda?
¿En dónde el templo en láminas de oro
resplandeciente al sol? ¿A qué comarca
trasladaron las aras en que ardía
el aroma suavísimo entre el coro
de virginales voces noche y día?
¿Dónde Aquimín, el Bogotá, el Tundama?
¿A dónde el santo Sugamuxi a dónde?
¡Tu trueno asonador como un lamento
es la voz sola que a mi voz responde!

La Comisión Corográfica

El tiempo fluye como el río. Estamos en los finales de la NUEVA GRANADA, gobierna el presidente José Hilario López, quien establece por mediación del General Mosquera, la Comisión Corográfica en 1847. Como director nombra al General Agustín Codazzi y como relator a don Manuel Ancizar. Queda encargado del estudio y dibujo de las plantas, don Francisco Javier Matiz, quien había sido compañero del Sabio Mutiz. En esta forma, a través del tiempo, se tiende un puente de continuidad entre la Expedición Botánica y la Comisión Corográfica. Por esta época vienen al país, en viaje de estudio y observación, naturalistas y geógrafos extranjeros que nos dejan páginas de gran interés científico y literario como Boussingault, André, Tilman, Brisson y Heltner.

La obra del relator de la Comisión Corográfica, más conocida, fue “La Peregrinación de Alpha” de ella extractamos algo que concierne al tema.

“A poco andar llegamos a un arroyuelo claro y purísimo que baja de las peñas de Fusca y atraviesa el camino en demanda del río Funza, para precipitarse con él al abismo del Tequendama. La agreste belleza del sitio y el murmullo de límpidas aguas que bajan al camino por entre rocas sombrea-das de floridos arbustos nos obligaron a detener el paso ya beber en aquella fuente solitaria, no enturbiada hasta allí por la mano del hombre, sometida a cauce artificial más adelante, turbia y revuelta con otras aguas después, hasta caer tributaría en el vecino río y lanzarse con él a las profundidades del salto. Imagen fiel de la vida, inocente y pura al principio, oprimida después por las reglas sociales, perturbada y tumultaria al fin, perdiéndose en las in-sondables tinieblas del futuro. Tal es la fuente de Torca, admirablemente descrita por nuestro joven poeta José Caicedo y Rojas, en una lindísima composición que lleva aquél título y cuyas bien sentidas estrofas reprodujo allí mi memoria, en fuerza de la fidelidad de la descripción y la naturalidad de las imágenes que contienen”. Como quiera que don Manuel Ancízar no reproduce en su libro la poesía, tomé del “Parnaso Colombiano” (1867), publicado por don José María Vergara y Vergara, escritor bogotano fundador y alma del “Mosaico”, algunas estrofas.

Fuente undosa y cristalina
Que por las rocas murmuras,
Buscando a tus aguas puras
entre la arena vecina.
¿A dónde vas tan derecho?
¿Cuál será, di, tu destino?
Cuando concluya el camino
de musgo, rama y helecho
donde ahora
bulles alegre y sonora?
¡Cuántos hondos precipicios
recibirán tu corriente
Convertida ya en espuma
tan blanca como la pluma
de la paloma inocente

........................
íTorca humilde, quién creyera,
al ver tu raudal modesto
Que tan presto
Ese tu destino fuera!
¡Cuántas veces yo, sentado
sobre tus frescas orillas
contemplé las piedrecillas
agrupadas en su fondo,
que yo juzgaba tan hondo,
Cuando niño, todavía
inocente repetía:
¡Torca es esta!
Cuántas veces en la siesta
tu murmullo,
cual arrullo,
maternal o cual beleño
a mis ojos blando sueño
regalaba!
y cuántas en el regazo
de la que tierno adoraba
reclinado contemplaba
correr tus nítidas ondas
y en ella sus trenzas blondas
retratadas.

A don José Caicedo y Rojas, también debemos algunos relatos de paseos al salto.

En materia de pintura, de la Comisión Corográfica, nos quedaron un grabado del Salto y apuntes de la Sabana logrados por los pinceles de don Manuel María Paz y del francés Eduardo Riou.

El movimiento que generó la Comisión Corográfica fue expresado por otros artistas y literatos, que aún cuando no estaban ligados directamente a ella, recibieron su influjo.

Ramón Torres Méndez(1809‑1855) fue el primer pintor colombiano que nos dejó paisajes sobre el río Funza y sus alrededores.

Manuel Carvajal, pintó escenas de cacería de patos y venados, en los juncales de las lagunas. El inglés Edward Mark, cónsul de Inglaterra de 1846 a 1856, dejó una colección de acuarelas de Bogotá y sus alrededores, los cerros, el salto, Choachí, Cáqueza, Pandi y Fusagasugá.

A Alfred Gustin, le debemos un grabado de la cascada “El Salto de la Ninfa”. Esta cascada aún existe. A Giovanni Ferroni, cuadros que nos muestran la navegación en barcas pequeñas y canoas que en ese tiempo surcaban el Funza y algunas pinturas sobre Cota y Chía. Paralelamente a estas pinturas, aparecieron obras de escritores costumbristas, entre los que se destaca don Eugenio Díaz (1804‑1865) cuyas obras más notables son “El rejo de enlazar” y “Los pescadores del Funza”. Haremos un ligero esbozo del tema de esta obra.

Se había dado a conocer una prohibición del gobierno, sobre el libre uso de las aguas del Funza. Como los indígenas estaban acostumbrados a sacar del río su sustento, pescando con canastos o con redes, no podían abandonar esta costumbre, pues de ello dependía su vida. Ya se había oído decir que algunos “concertados”, (indios pagados para trabajar en las haciendas), habían golpeado a los que se habían atrevido a pescar en lo que ahora era ajeno. El indio Ticince, que pescaba de noche, durante el día tenía escondida la balsa entre unas matas de bijuacá. Aquella noche se fue a pescar con su hija María, con Gervasio el niño pequeño y con el perro. De vez en cuando se oía el grito de los guacos (aves solitarias) o el estampido de los patos que habían venido de lejanas tierras. Cuando se descorría la cortina de nubes, por los intersticios aparecían rayos de luz de luna, que iluminaban las garzas rosadas y blancas que posaban en la orilla del río. Ticince y sus hijos navegaban con temor y tristeza, recogiendo tal cual pescado en su recorrido.

La balsa de Gantiva, joven pescador amigo de la familia que debía seguirlos, no aparecía por parte alguna. Ticince siguió navegando en silencio, pero su balsa enredó en unos juncales. María, Gervasio y el perro cayeron al agua. El padre alcanzó a salvar a Gervasio. Tras infructuosa búsqueda, se dio cuenta de que lo único que le quedaba por hacer, era regresara¡ rancho, para comunicara su esposa la infausta noticia. Gantiva atisbaba en medio de las sombras, de repente vio flotar algo entre unos juncos; se acercó y... sacó el cadáver de María. La escena de dolor es indescriptible. Con duro realismo el autor relata el traslado del cadáver y su entierro. Termina la obra con estas palabras: “La tumba fue el único tributo de igualdad para María; la fraternidad fue tal como se ejerce con los pobres de Nueva Granada; los beneficios de la libertad, su historia los manifiesta. ¡Quiera el cielo que algún día tengamos los granadinos paz, para que mejore la suerte del pueblo y con ella la de los pobres indios! Quiera Dios que haya justicia, que es la mejor de las garantías para pobres y ricos, peones y propietarios”.

El río Funza no termina en el Salto. Después sigue por las tierras bajas, aumentando su caudal con afluentes importantes. Uno de ellos el río Apulo, que al juntar sus aguas al Bogotá, recibe en ese sitio el nombre de “Juntas de Apulo”; en rus riberas se levanta la ciudad de su nombre, que fue sitio de veraneo para los bogotanos durante largos anos. Todos los puertos sobre el río eran visitados frecuentemente por los citadinos y muchas de las obras costumbristas escritas a finales del siglo o a principios de este, tuvieron como escenario el río en su clima tropical. En Apulo, se celebró en 1831 el convenio político entre el General Domingo Caicedo y el presidente de turno, General Rafael Urdaneta. En Tena fue alcalde el General Santander y en Anapoima y Tocaima pasó largo tiempo de descanso el Presidente Marroquín.

Doña Agripina Montes del Valle (1844‑1915) fue la primera poetisa que perfumó sus poemas, con el aroma de las frutas tropicales. Así dice en algunas estrofas de su Oda al Tequendama:

“Por verte allí pasar, la platanera sus abanicos de esmeralda agita;
La onduladora, elástica palmera
riega su gargantilla de corales
y al rumor del Titán cosmopolita
Con sus galas y aromas estivales,
La indiana piña de la ardiente vega, adornada de sol, de ambar y de oro, sus amarillos búcaros despliega.
Sus ánforas de jugo nectarino
te ofrece hospitalaria
la guanábana en traje campesino,
a la par que su rica vainillera
el Tamarindo Tropical desgrana
y la silvestre higuera
reviste al alba su lujosa grana”.

Nos acercamos a finales de siglo. Parece que para los habitantes del altiplano, donde terminaba la sabana, terminaba el mundo. La cascada del Tequendama, se convertía en objeto de filosofía poética. Allí se meditaba sobre la tierra y el cielo, sobre lo pasajero e inmortal, sobre los sentimientos subjetivos y la grandeza del universo. Uno de los poetas famosos que alcanzó esta meta, fue el tres veces Presidente Rafael Núñez, que aún cuando no era del interior, nos dejó una poesía que resume los ideales de su época.

“Al fin a tu umbral llego, sublime Tequendama,
Templo que entre el abismo y el cielo puso Dios. Torrente para el vulgo; para el que siente, llama, Para el que escucha, voz

Pero ante todo, templo que la emoción despierta Que obliga en grandes cosas el alma a meditar,
Que hasta del egoísta en la mirada yerta
La vida hace brillar

Sigue una bien lograda descripción del Salto; una estrofa contra los opresores del pensamiento, contra los que construyen falsos templos, contra las ofrendas mentirosas y termina así:

¡Venid! veréis el mundo cuánto de aquí se aleja, Dejad sus falsas voces por esta augusta voz,
y sus profanos sitios por este que refleja
En su grandeza simple, la majestad de Dios!

Por excusa del doctor Nuñez, asumió la presidencia otro gran escritor don Miguel Antonio Caro, a quien le tocó la revolución del 95. En el 97 fue-ron elegidos como presidente don Manuel Antonio Sanclemente y como vicepresidente don José Manuel Marroquín.

Ausente el primero, asume el poder el autor de “El Moro”, ese caballito sabanero que entre coces y coletazos compartió la vida de su apacible dueño, en la hacienda de Yerbabuena, descrita por el Canónigo Alejandro Bermúdez. “Hay que reconocer que el sitio fue admirablemente escogido por Marroquín, pues lo hermoso del paisaje que allí se divisa sirve de veras para añadir deleite a las horas del idilio; allí en efecto la vista se recrea, ora con el camino llano, suave y limpio de polvo, ora con la dilatada Sabana que riega el perezoso Funza, ora en fin con la contemplación de los montes, soberana corona del paisaje”.

“¡Qué tribulación! En un pantano de los muchos que se hallan en las orillas del Funza, se ve sumergido un potrico de doce horas de edad. Así empieza su vida “El Moro” en la finca de Yerbabuena, famosa, no sólo por haber sido la casa del Presidente, sino por ser la más rica en leyendas y la más poblada de espantos de la sabana.

El más antiguo de los espantos es de la época de los indígenas. Luces misteriosas en la noche, se comprobó la existencia de un tesoro, cuando don Julio Caicedo, encontró en la parte alta de la hacienda, entre el hueco de una roca, una culebra de oro producto de la orfebrería Muisca.

Le sigue el espanto del primero de los Marroquines, don Lorenzo María de la Sierra, quien llegó al Nuevo Reino en 1786. Aquí contrajo matrimonio con doña Teresa Moreno, hija del fiscal Moreno y Escandón. Por las luchas de la Independencia, español y realista como era, tuvo que huir, dejando enterrados algunos tesoros. Su espíritu regresa como un jinete que monta un caballo brioso. Hacen ruidos, abren puertas, descargan fardos, huyen al galope y desaparecen.

El tercer espanto es nada menos que el de la madre de don José Manuel, doña Trinidad Ricaurte y Naríño, quien desapareció misteriosamente una noche del año 1828, cuando don José tenía apenas un año de edad. Desde entonces su espíritu ronda en las madrugadas por la casa. (Relatos del libro Haciendas de la Sabana de Camilo Pardo Umaña.)

Casi todas las haciendas que se construyeron en las orillas del Funza, tienen su propio espanto.

En la margen derecha del río y colindando con el Tequendama, queda la finca de “canoas”, propiedad de don José María Urdaneta, por los años de 1860. En la parte alta de la cordillera hay un valle El Chipo, que fue asentamiento indígena y cruzando el puente de Alicachín, se encuentran las ruinas del Tuso, que también fue población indígena.

Cuenta la leyenda que por esos tiempos, salía el diablo todas las noches a robarse una res. El hijo mayor de don José María, Carlos, que era un joven bravo y fuerte, poco creía el cuento, así que resolvió montar un caballo y salir por la noche en busca del demonio o de quien fuera, para acabar con los robos. Se dice que encontró al demonio en la llanura del Tuso, donde bajándose del caballo, se enfrentó en lucha cuerpo a cuerpo con él. Los rugidos que lanzaba el diablo, atemorizaron a toda la gente. El demonio echaba fuego y sangre y olía a sudor azufrado. Don Carlos lo cogió por los cachos y lo botó en una cascada que proveía de agua a la región. Era tal el calor que expedía el cuerpo del diablo que la cascada se secó, dejando en el aire olores pestilentes.

En la hacienda de Tequendama, lo que existe es un moján (antiguo sacerdote de los Chibchas, espíritu protector de las aguas y de los montes).

Según cuentan este buen espíritu que protege la hacienda fue el que aconsejó al señor Samper, fundador de la energía eléctrica de Bogotá, la posibilidad de aprovechar la caída de agua del río, entre Alicachín y el Charquito. Don Raimundo Umaña, vendió a los Samper la caída de agua por 5.000 pesos oro. Antes de acabar con las leyendas del siglo XIX y como quiera que para muchos historiadores el siglo XIX se prolonga hasta 1930, quiero referir, al margen, dos anécdotas relacionadas con el río.

Una la del Señor Quijano conocido con el sobrenombre de “Pomponio” a quien se atribuye la selección de la aristocracia bogotana. Al señor Quijano, lo encomendaban a principios del siglo, para hacer entrega personal de las tarjetas, en las que se invitaba a las más importantes reuniones sociales que se celebraban en la capital. En esos días, el río San Francisco, no había sido canalizado. Pomponio leía los nombres de los invitados y seleccionaba a su acomodo, las personas que debían concurrir. Se iba a Puente Latas, y tiraba al agua las tarjetas de las personas que consideraba “Lobas”. Muchos fueron los compromisos rotos y las relaciones que se ahogaron, gracias a la acuciosidad del señor Quijano.

La otra anécdota la debo a don Manuel Vanegas Calvo, pariente del señor Pedro Pablo Calvo, simpático utopista bogotano, fundador de la Biblioteca del Gun Club y quien trajo los primeros omnibus a Bogotá.

Don Pedro Pablo Calvo, había viajado a Europa. Allí tuvo la idea de iniciar la navegación en barco por el río Bogotá. Adelantó negociaciones para comprar el barco “Quimbark” y tras muchas peripecias, lo tuvo fondeado en el ancón que forma el río en Chía, frente a la finca San Pablo, propiedad de don Ramón Lago y señora Lucrecia Alvarez de Lago. Llegó el momento anhelado. Se invitó lo más selecto de la sociedad; bendijeron el barco y luego el señor Calvo dio la orden: ¡Tripulación Calvo, a bordo! Todo el mundo se apresuró a subir y... i PUM! El barco se hundió. Por fortuna lo único que hubo fue chapuzones y alboroto. Sin víctimas, terminó antes de empezar, la navegación por barco en el río Bogotá.

Sea como sea, se acabó el siglo XIX, con una centuria de contiendas civiles a sus espaldas; con sus supersticiones y sus leyendas. Se acabaron las extensiones de tierras realengas que fueron vendidas a pedazos; se acabaron esas noches de José Asunción Silva, todas llenas de murmullos, de perfumes y de música de alas. Se acabaron los peces en los ríos, las garzas, los patos y los venados con que tan alegremente los señores hicieron cacerías, para luego exhibir sus cabezas disecadas en los corredores de las haciendas. Se acabó Panamá y entramos después de la guerra de los mil días en el siglo XX con el Gobierno Quinquenal del General Reyes (Tren de Girardot).

Aún quedaban algunas almas de poetas bucólicos como don Tomás Rueda Vargas, autor del libro sobre la Sabana de Bogotá, quien se dió cuenta de que la imprevisión y la incuria, estaban acabando con el paisaje y con el arte.
“Una región que la historia no haya marcado con el paso de sus hechos, que la literatura no haya embellecido trayéndola a sus páginas, que la música no haya elevado en el poder de sus notas, que la pintura no haya llevado a sus lienzos, será una serie de haciendas en donde las reses engorden más o menos, y los dueños se enriquezcan en proporción; pero jamás tendrá una fisonomía que pueda definirse con rasgos precisos en la mente de los hombres, ni llevará el espíritu de ellos a la contemplación interior de lo mucho que hay en la hondura del pasado y en el misterio del porvenir”. Así hablaba el último NEO GRANADINO, como lo llamó el Maestro Carranza.

Todavía quedaban algunos pintores como Roberto Páramo, haciendo miniaturas de la Sabana, en la paleta de bolsillo que lo acompañaba en sus andanzas; o como Ricardo Borrero, llevando a sus pinceles el color de las quebradas, o como Zamora, recorriendo los pastizales entre el mugido de las vacas, para iluminar sus cuadros con el color de los atardeceres.

Un Pablo Rocha, o un Maestro como Ricardo Gómez Campuzano dedicando toda su vida a la pintura, dejando reflejos de luz en el agua de los ríos y plateados eucaliptus en la sombra de los montes.
Todavía un último rayo de luz en la poesía de doña IsabeI? Lleras de Ospina, quien en 1963 después de uno de sus viajes a Europa escribía:

He vuelto a mi paisaje, a mi sabana melancólica y dulce, el cielo mío
pone sobre mí tierra su rocío
y su rayo de sol en mi ventana.

Las montañas azules, la lejana
línea del horizonte, el manso río,
forman mi ilimitado poderío
y satisfacen mi ambición humana.

A través del cristal miro el paisaje
y él me mira también con su mirada húmeda de ternuras apacibles.

Mí corazón se esconde en el celaje
y aparece su voz aprisionada
del viento entre las manos invisibles.

Hoy por la mañana, al respirar el frío a¡ re que desciende el páramo, nos llegó cargado de arena de las canteras. El paisaje ha cambiado, los jóvenes lo contemplan con cierto desencanto. Observan las cloacas vertiéndose en el río, los basureros en las laderas, la espuma que dejan los residuos químicos de las fábricas, flotando sobre al agua, todo impreg-nado de una triste belleza, que se aprecia a través del aire denso por el humo.

Las carreteras han llenado con cicatrices de cemento ¡as praderas. Los edificios, los aeropuertos, las fábricas y las urbanizaciones desplazan la vegetación. Son las necesidades de la gran ciudad que se desarrolla a expensas del río. Esto es lo que capta en sus lienzos el joven pintor Francisco Ariza, a quien Fernando Salazar dedicó este poema.

PASEO AL SALTO DEL TEQUENDAMA
Latas de cervezas vacías
flotando en el río Bogotá
Unicos soles que brillan
en este día.

Entre nubes de detergentes
Río abajo, viajamos guiados
por el río Bogotá.
Cielo al revés
infierno
murmurando con su hedor
nuestro hoy
En este día de paseo dominical
al Salto de Tequendama.

Hoy existe conciencia de lo que el río Bogotá representa como fuente de energía física y espiritual, no sólo para los que de él reciben directamente la savia sino para todo el país.

Por eso el Doctor Fabio Puyo, empresario con alma de poeta, junto con los jóvenes gerentes bogotanos de la CAR, Diego Pardo y del Acueducto, Juan Manuel Lleras y Eduardo Robayo, con la eficaz coordinación del Doctor Luis Avella Martínez, han querido auspiciar la publicación de este libro con la aquiescencia del señor Presidente BELISARIO BETANCLIR y los Alcaldes de Bogotá Augusto Ramírez Ocampo e Hisnardo Ardila Díaz y el patrocinio de los consorcios Italo‑ Español, Vianini‑Entrecanales y Tavora y el francés Campenon Bernard‑Spie Batignolles. Todos ellos trabajan intrépidamente con amplias perspectivas al futuro, con la ilusión de dejar a nuestros hijos la herencia de un río de agua pura y un paisaje amable. Se construyen hidroeléctricas, se hace adecuación hidráulica para control de inundaciones y drenaje de la Sabana. Se crean 1.200 hectáreas de reserva forestal en las cabeceras del río y de 3.500 hectáreas, afectadas por la sedimentación del río Quechua, afluente del río Bogotá, se han corregido 1.000. Por detrás de todo esto, hubo un espíritu protector de las aguas, un Mohán del siglo XX que se llamó Francisco Wiesner Rozo, quien dedicó 53 años de su vida al trabajo del Acueducto y quien fue fundador de la CAR.

Estos empresarios con alma de visionarios han reunido un grupo de intelectuales y artistas en torno al tema del río Bogotá, bajo la reconocida capacidad gráfica y editorial de Benjamín Villegas Jiménez. Aquí aparece el río literario del escritor Eduardo Caballero Calderón, quien desde la atalaya de su espíritu recorre con elegancia los meandros del río de sus recuerdos. El río histórico del renombrado profesor Guillermo Hernández de Alba. Un estudio ecológico del científico Julio Carrizosa Umaña en el cual confluyen con raro equilibrio el rigor científico y el sobrio sentimiento poético.

No puedo dejar de mencionar el río representado pictóricamente, primero en forma descriptiva, en algunos detalles de su flora, por la Expedición Botánica; luego como referencia de un mundo exótico visto por los viajeros como Mark y Ferroni; más tarde como elemento de la geografía física y humana por Manuel María Paz, en la Expedición Corográfica. A finales de siglo, dando lugar a una pintura costumbrista con mayores elementos plásticos y especialmente a principios de éste siglo, Ricardo Borrero, Páramo, Zamora, Eugenio Peña, Luis B. Ramos, Andrés de Santamaría y Ricardo Gómez Campuzano. En décadas posteriores, Josefina Borda de Franco, Gabriel Serrano, Blanca Sinisterra, Gabriel Largacha y la joven María Cristina Cortés.

Más de la mitad de las obras reproducidas en este libro son producto del trabajo pictórico de Gonzalo Ariza, quien ha sido llamado el pintor de la Sabana, cuya obra comienza como el río, a los 3.500 metros de altura, entre las ráfagas heladas del páramo, con todos sus elementos de vegetación suspendidos entre las rocas húmedas y atmósferas nebulosas o diamantinas: frailejones, puyas, musgos y corales. Toda su pintura a lo largo de su vida, en una época u otra ha confluido al río. Ya en la sabana, o al precipitarse por el Salto a los valles, donde entre vapores de niebla y el tibio aliento de la tierra, aparecen las bromelias, los helechos arborescentes y las orquídeas. Corriendo río abajo, los ocobos florecidos y las riberas donde señorean las palmas.

También aparecen aquí algunas pinturas de Francisco Ariza y Alfonso Ariza, con una visión actual del paisaje, que hace presente un nuevo enfoque ecológico.

 

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