Rostros de Colombia

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Hombres y ciudades


El Dorado en el Museo de Oro de Bogotá.El Dorado en el Museo de Oro de Bogotá.El Dorado en el Museo de Oro de Bogotá.Balsa muisca, una de las joyas de la orfebrería precolombina.Pasto, Villavicencio y Barranquilla, cada uno frente al volcán Galeras, a los Llanos Orientales y al río Magdalena, respectivamente.El Centro del poder en Colombia, con la Catedral, el Capitolio Nacional y la Casa de Nariño. El Dorado en el Museo de Oro de Bogotá.Casa Republicana – Fondo Cultural Cafetero. Costado occidental de la Plaza de Bolívar. Observatorio Astronómico.Sala de conciertos Biblioteca Luis Ángel Arango.Plazuela Rufino José Cuervo.Panorámica de Cali, la iglesia de La Merced y el Museo de La Tertulia de la ciudad.Artesanías de la región. Puente del Humilladero de Popayán.El Centro de Medellín y el silletero, símbolo de la ciudad.Cañón del río Chicamocha en Santander. Los Estoranques, Ocaña Norte de Santander.Iglesia del antiguo monasterio de Santa Clara, Tunja, Boyacá. Villa del Rosario, Santander.Panorámica de Cúcuta, capital del Norte de Santander. Represa del río Prado.Panorámica de Ibagué, capital del Tolima. Pereira, en el corazón cafetero de Colombia.Bogotá, el centro de un país “mediterráneo”. Río Guaviare, entre los Llanos y la selva. Indígena guahíba y su hijo.Playones del río Tomo en el Vichada.Rostros guahíbos.Cascada de Tilupo, Parque Nacional de Katios, fronteras colombopanameña.Río Putumayo. Panorámica de Cali, la iglesia de La Merced y el Museo de La Tertulia de la ciudad.El Centro de Medellín y el silletero, símbolo de la ciudad. Pereira, en el corazón cafetero de Colombia.Pereira, en el corazón cafetero de Colombia.Pereira, en el corazón cafetero de Colombia.Manizales, su nevado del Ruiz, su arquitectura de madera y guadua y su feria taurina.Manizales, su nevado del Ruiz, su arquitectura de madera y guadua y su feria taurina.Los tugurios, la realidad amarga pero cierta del país. Los tugurios, la realidad amarga pero cierta del país. Los tugurios, la realidad amarga pero cierta del país. Los tugurios, la realidad amarga pero cierta del país. El Dorado en el Museo de Oro de Bogotá.El Dorado en el Museo de Oro de Bogotá.Pasto, Villavicencio y Barranquilla, cada uno frente al volcán Galeras, a los Llanos Orientales y al río Magdalena, respectivamente.Pasto, Villavicencio y Barranquilla, cada uno frente al volcán Galeras, a los Llanos Orientales y al río Magdalena, respectivamente.Manizales, su nevado del Ruiz, su arquitectura de madera y guadua y su feria taurina.Manizales, su nevado del Ruiz, su arquitectura de madera y guadua y su feria taurina.Pereira, en el corazón cafetero de Colombia.Panorámica de Cali, la iglesia de La Merced y el Museo de La Tertulia de la ciudad.

 

La leyenda de El Dorado de alguna manera sigue jalonando el corazón de los colombianos. Durante la invasión española, los conquistadores remontaron las cumbres andinas rumbo a la Sabana de Bogotá, donde el cacique Guatavita tenía tanta riqueza que durante su único baño anual se untaba todo el cuerpo de polvo de oro y esmeraldas, para después sumergirse en las aguas de la laguna sagrada. Este sueño de riqueza siempre atrajo hacia el corazón del país a los hombres que buscaban fortuna. Es como si una ambición mítica hubiera permanecido empozada en el inconsciente colectivo de la nación.

De alguna manera, durante los últimos treinta años muchos colombianos han vuelto a buscar El Dorado. Pero ahora el hito de la riqueza ya no está en la laguna sagrada sino en las ciudades del país. Es la versión moderna de la Ciudad Dorada. Se trata de la enorme migración de gentes del campo a la ciudad, que ha transformado de manera radical la faz del país durante las últimas tres décadas. En 1951 en las ciudades y cabeceras municipales habitaba sólo el 38.9 por ciento de la población total de Colombia. Durante el último censo nacional de población realizado en el año 1973 ya este porcentaje había ascendido al 59.7. En la actualidad se calcula que cerca del 70 por ciento de la población colombiana es urbana.

En realidad el fenómeno de la "violencia colombiana" denominada así por tratarse de una guerra civil no declarada? se desencadenó a raíz del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 y se prolongó aproximadamente un lustro sangriento que cobró más de 250.000 víctimas y que presionó igualmente un largo e interminable éxodo de campesinos hacia los centros urbanos. Esta cadena migratoria aún no cesa y es así como en la actualidad cada año cerca de 300.000 personas se desplazan desde las más apartadas regiones para radicarse en la capital del país, Bogotá. Esto equivaldría a que cada año todos los habitantes de la ciudad de Pereira una de las ciudades comerciales y cafeteras más importantes del país se trasladaran a vivir en la capital.

El gran fenómeno migratorio desbordó toda la capacidad de servicios de las ciudades, a tal punto que en cada una de ellas se formaron impresionantes cordones de miseria llamados “tugurios” donde una población marginada, sin empleo, sin servicios de agua ni electrificación, sin posibilidades de educación y adecuada asistencia médica, pasó a convertirse en uno de los mayores problemas sociales de Colombia. Por eso en cada centro urbano importante se pueden señalar dos ciudades: la desarrollada, pujante y próspera a todo nivel desde lo arquitectónico hasta lo humano, y la otra, la marginal, la tugurial, donde se generan los principales factores de tensión social.

Aun con todos estos problemas a cuestas, se acepta que una de las características importantes de Colombia es el hecho de ser un país de grandes ciudades. Es decir, que no existe del todo esa macrocefalia urbana que se presenta en la mayoría de los países latinoamericanos, donde aparte de la capital, lo demás es una provincia perdida, En Colombia no existe ese sesgo radical entre la capital y la provincia, como tampoco se puede hablar de la sierra y la costa como en el Perú. La distribución más o menos equitativa de la población urbana a lo largo y ancho del país, es un factor importante para tener en cuenta en cualquier programa global de desarrollo. Sin embargo, la excesiva urbanización del país es una realidad inquietante, pues los campos se han despoblado, lo que es sumamente grave para una nación de esencial e irrevocable vocación agropecuaria.

Por ahora el panorama urbano del país es seductor, Se diría que existen ciudades para todos los gustos y esta es una realidad que desconcierta en ocasiones a los visitantes europeos, que tienen la imagen estereotipada de una Latinoamérica de selva remota y acechanza militarista. Se ofrecen urbes tan modernas y a veces tan complejas como Bogotá, Medellín y Cali, y ciudades intermedias tan apacibles como Popayán o lbagué. Centros urbanos pujantes como Barranquilla y Bucaramanga, y ciudades sosegadas y celosas de sus costumbres y de su tradición como Manizales o Pasto. Ciudades ardientes a 40 grados a la sombra, como Barrancabermeja, o capitales frías y nostálgicas como Tunja. Ciudades que son de fiesta y de mujeres hermosas, como Cali, y centros urbanos que crecen y se expanden de manera desordenada, como Florencia, la ciudad de la selva colombiana. También centros urbanos tan contrastados como Maicao en la Guajira, que es una Babilonia de contrabandistas y comerciantes, y Leticia a orillas del Amazonas, el río más caudaloso del mundo, que se encuentra extraviada en lo más profundo de la manigua. Y también puertos tan olvidados como Quibdó, a orillas de¡ río Atrato, y Puerto Inírida en lo remoto de los Llanos Orientales, en las riberas del gran Orinoco. Otras, como Pereira y Villavicencio, son centros urbanos donde se movilizan grandes capitales agrícolas y se percibe en ellas su futuro de importantes ciudades. Hay también ciudades que embrujan desde el primer momento por su belleza, como Cartagena. Y que atrapan por la generosidad de sus gentes, como Barranquilla. Como si fuera poco, existen pueblos tan desconocidos pero interesantes como Anapoima, con el segundo mejor clima del mundo, y Guasca de maduras duras praderas donde, según Richard Morgan Stewart, está el origen y el futuro del mundo.

Ciudad por ciudad, Colombia es un país de sorpresas. De toda clase de sorpresas.

El encanto secreto de Bogotá

Bogotá, la capital de Colombia, es probablemente una ciudad demasiado calumniada. En el extranjero suelen señalarla como una urbe riesgosa y los mismos colombianos no hablan bien de ella, comparándola muchos con la imagen de una mujer otoñal y desaliñada. Sede de¡ gobierno central, el conjunto de la Casa de Nariño palacio presidencial y el Capitolio Nacional donde sesiona el Congreso de la República, ofrecen junto a la Plaza de Bolívar y la Catedral Primada de Colombia, un soberbio complejo arquitectónico en el corazón de la ciudad, que expresa la unidad espiritual y la unidad política de un Estado de Derecho que ha logrado mantener la democracia más sólida de América Latina en los últimos cien años.

Ciudad conmovida por la ola migratoria de las décadas recientes, la capital ha perdido su identidad colonial antigua para convertirse en una amalgama de estilos y expresiones arquitectónicas; quizá por ello alguien la pueda calificar como una ciudad desapacible. Con seis millones de habitantes, la gran mayoría de los cuales no son nacidos en Bogotá sino que llegaron desde los más remotos territorios del país atraídos por el espejismo de empleo y educación, se ofrece como una urbe moderna y ruidosa que ya desborda los límites de la ciudad manejable para aproximarse a la dimensión de la megalópolis asfixiante, Este desarrollo se caracteriza por elementos positivos como sus grandes universidades, sus modernos rascacielos, sus centros culturales, sus cines y teatros, sus lujosos hoteles y su infraestructura de servicios para convenciones internacionales e importantes eventos comerciales, industriales y ejecutivos. Su expresión contemporánea y estilo occidental tipo norteamericano no ha podido extirpar del todo los elementos de gran ciudad española colonial, como quiera que fue la capital del virreinato de la Nueva Granada. Por ello aún conserva numerosas iglesias que exhiben valiosas reliquias de arte religioso, varios museos importantes como el Museo Nacional, el Museo de Arte Colonial y el de Tradiciones Populares y el barrio de La Candelaria, que era en realidad la antigua Santa Fe de Bogotá, el cual se ha logrado conservar como una buena demostración de la arquitectura colonia¡ española en América. Pero existe un atractivo que u e por sí solo justifica una visita a Bogotá el Museo del Oro. Más de 24.000 piezas de fulgurante y extraordinaria orfebrería revelan por qué El Dorado fue el gran sueño americano para los conquistadores.

Al adentrarse en Bogotá, en sus sectores populares, en sus calles y zaguanes, en sus parques dominicales, en sus arboladas avenidas y lujosos vecindarios del norte, en sus atardeceres de verano, en sus alrededores donde se extiende la campiña de la verde Sabana, se descubre entonces que la capital colombiana no merece el calificativo de ciudad hermosa, pero que sí cuenta con los encantos de ayer y con las ventajas de la metrópolis moderna, pero además Bogotá es la única ciudad colombiana donde prácticamente se resume todo el país. Es como un crisol donde se funden las costumbres, las culturas, las peculiaridades lingüísticas y, en fin, todos los hábitos y caracteres locales de la nación. En Bogotá hay más boyacenses que en Tunja, más restaurantes santandereanos que en Bucaramanga, más ventas de ¡echona y tamales tolimenses que en lbagué, más "rumbeaderos" de música salsa que en Barranquilla y Cali y, aunque parezca increíble, el pescado de mar es en ocasiones más barato que en la costa Atlántica.

Cali y Popayán.

Cali es una exquisita ciudad para vivir. De aproximadamente millón y medio de habitantes, es considerada la ciudad más cívica del país, la más organizada, la de gentes más diligentes y serviciales. Es además uno de los principales centros manufactureros 1.045 establecimientos industriales, razón de generación de empleo y movimiento de capitales que ha introducido ingredientes dinámicos a la ciudad como el desarrollo urbano, el progreso personal de sus habitantes y el notable nivel de desarrollo cultural que se respira.

La ciudad se halla en el corazón del Valle del Cauca, sin duda alguna la zona rural más importante para la economía del país después del sector cafetero. Allí están las grandes plantaciones de caña y los ingenios que producen azúcar refinada para el consumo nacional y para la exportación. El nivel técnico de la explotación agrícola del área es de los más avanzados de Colombia, pero la agricultura mecanizada no ha menguado la belleza natural del Valle del Cauca. Es tal vez la zona más verde del país.

El esplendor del Valle del Cauca también se expresa en Cali. Ciudad moderna, festiva, posee el espíritu caribeño no obstante que está muy lejos del mar. La capital vallecaucana se prodiga como el centro urbano más dinámico pero coherente de Colombia. Es una ciudad armónica, pulcra, organizada, disciplinada y de un refinamiento y sensualidad sin par.

Popayán, cerca a la capital del Valle, es la otra cara de la moneda si se le compara con Cali. Hasta cuando fue parcialmente destruida durante el terremoto del Jueves Santo de 1983, Popayán era la ciudad colonial más hermosa e interesante de Colombia. Sus iglesias, sus museos, sus puentes, su procera historia la emparentaban más con los siglos XVIII y XIX con el Arte Quiteño, que con la pura tradición cultural del país. Estos rasgos hacían de Popayán una ciudad con identidad, con personalidad, con estilo particular. Infortunadamente el terremoto devastó gran parte de su arquitectura, pero la ciudad aún conserva esa impronta del pasado, como si el tiempo se hubiera detenido en sus calles y callejuelas. La catástrofe natural puso a prueba el amor por la ciudad de los payaneses, de los caucanos y de todos los colombianos. Pero a pesar de la solidaridad recibida, la tragedia generó la aparición de barriadas marginales y la pauperización de buena parte de la población.

Sin embargo, hay algo que ningún terremoto podrá destruir en Popayán el delicado espíritu artesanal y creativo de sus gentes buenas y tradicionales. En Colombia existen tres departamentos artesanales: se trata de Boyacá, Nariño y Cauca. En este último se han respetado profundamente las formas auténticas y el colorido y el diseño que por generaciones los padres transmitieron a sus hijos. Colombia reconoce la importancia de su más originaria raíz artística como fuente de la creatividad del hombre sobre los más elementales materiales: el barro, las fibras vegetales, la piedra, la lana de las ovejas, que son elementos que ha trabajado con amor y deleite desde el principio mismo del mundo. Popayán puede mostrar orgullosa losa la más variada gama de artesanías en todos estos materiales. Las alfarerías familiares aún revelan las formas primeras en las que los payaneses, tomaban sus alimentos. Ahí está la olla ancha vidriada por dentro y los encantadores braseros de las estufas de leña y carbón vegetal. Los talleres guardan el tiempo pasado, pues allí se modela con los mismos métodos empleados por años y años. Los instrumentos y herramientas son los de siempre; los grandes hornos arcaicos, los tornos de mano, las mismas manos de increíble habilidad para amasar y tratar la arcilla, la extracción primitiva de los esmaltes. Los resultados son verdaderamente hermosos dentro de una conmovedora sencillez y simplicidad. Porque el artesano caucano lleva dentro de sí todo un cosmos transmitido por herencia, que se revela intuitivamente en la sensibilidad profunda de la estética de sus elementos cotidianos.

Antioquia y Medellín.

Colombia le debe mucho al departamento de Antioquia y a su capital tal Medellín. A esta última se le llama "capital de la montaña" porque se halla en un valle encajonado en lo más alto de la cordillera Occidental. Esta urbe, la segunda más importante del país, es casi un desafío a la naturaleza abismal de Antioquia. A tan difíciles condiciones sus habitantes se sobrepusieron, especialmente por su espíritu emprendedor que hoy se le llama espíritu empresarial. Con esta vocación ¡as gentes de Medellín lograron que, a partir de la década de los treinta, el poblado se convirtiera en la gran ciudad industrial que por muchos años fuera la más importante desde el punto de vista económico para el país. Allí se desarrolló especialmente la industria textil, que ha sido una de las más destacadas de Latinoamérica y es uno de los renglones industriales que más empleo generan en Colombia.

Bajo o una primavera perenne de 21 grados, sembrada de flores, especialmente la orquídea que es la flor nacional de Colombia, Medellín, con algo más de millón y medio de habitantes, es una ciudad contemporánea, dinámica, que atrae especialmente a los hombres de negocios y a los industriales. Durante el pasado, excelente lugar residencial, la depresión económica de Colombia y del mundo, la crisis de la industria textil y del sector financiero y bancario, así como la execrable actividad del narcotráfico, han introducido en Medellín factores que distorsiono su acontecer social laborioso y familiar.

No obstante esta depauperación social, Antioquia y Medellín siguen señalando el espíritu de progreso y desarrollo que logró transformar el país durante los últimos treinta años. Sin el concurso del hombre antioqueño, Colombia no sería lo que es hoy. Por ello Medellín es una ciudad aún pujante y atractiva para vivir la experiencia de su eterna primavera. En pleno corazón de la montaña, sus grandes avenidas, sus rascacielos, su próximo metro será la primera ciudad colombiana con transporte subterráneo masivo, el vigor que se respira en sus calles, su hermosa ciudadela universitaria, la convierten en el gran fenómeno urbano en los Andes colombianos. Por cosmopolita, Medellín no ha dejado que de sus mesas se vaya el aroma típico de los platos paisas como los fríjoles con chicharrón, la mazamorra y la tradicional arepa antioqueña de maíz.

Viaje a la frontera.

Existen en Colombia otras dos ciudades que merecen la visita de viajero. Son Bucaramanga y Cúcuta, capitales de los departamento de Santander y Norte de Santander. Son centros urbanos que se abren hacia el oriente, hacia la frontera y el mercado de Venezuela. Bucaramanga tiene el atractivo de estar contigua a Girón, un auténtico pueblo colonia¡ perfectamente conservado, de belleza e importancia histórica casi comparables a las de la Villa de Leyva en el departamento de Boyacá.

Pero Cúcuta y Bucaramanga ofrecen sobre todo el encanto de los santandereanos, Es un atractivo que empieza con su notable hospitalidad y su rica cultura culinaria de carnes y granos. De igual manera, existe una impronta humana de calor, generosidad y reciedumbre de carácter en los habitantes de los dos centros urbanos, que superan cada uno el medio millón de habitantes.

Pero al mismo tiempo es extraordinariamente atractivo el contorno de las dos ciudades, El paisaje que rodea a Bucaramanga es de montañas pardas, duras y ariscas, lo que ha marcado el temperamento de sus habitantes, y cerca también está el más monumental cañón de la patria, el llamado Cañón de Chicamocha, un espectáculo de veras comparable a la sensación más estremecedora de las alturas andinas. En los alrededores de Bucaramanga se encuentra el aeropuerto de la ciudad, todo un desafío de ingeniería pues se halla en el lomo de una montaña. Para su construcción fue necesaria la remoción de millares de toneladas de tierra en el sitio que fue escenario de una de las batallas más famosas de las guerras civiles que asolaron a la patria durante el siglo pasado, la batalla de Palomero.

Ahora bien, cerca a Bucaramanga y a Cúcuta existen numerosos pueblos típicos santandereanos con sus calles apretadas, sus plazas adoquinadas nadas y su vida apacible y laboriosa. U no de el los es Villa del Rosario donde nació el general Francisco de Paula Santander, considerado el máximo prócer colombiano después del Libertador Simón Bolívar. Ciudades comerciales, las capitales de los Santanderes, se abren al oriente como avanzadas urbanas hacia la frontera con Venezuela. Y en sus campos aledaños crece el tabaco que se emplea en la casi totalidad de cigarrillos y cigarros que se elaboran en Colombia, actividad de la que derivan su sustento más de 15.000 familias sin contar la gente que trabaja en los pueblos en fábricas medianas o pequeñas, que suma muchos miles. A esto podemos agregar el ingreso considerable del Estado por concepto de consumo y venta sobre la producción tabacalera, una de las principales rentas de los departamentos que se revierten en servicios de educación y salud para sus habitantes. Pero además de la consideración puramente económica, el tabaco yace profundo en la historia de la liberación del yugo colonial pues fueron los pequeños cultivadores de este vegetal tan apetecido en Europa, los primeros en rebelarse contra la corona española cuando el régimen los trató de gravar con el famoso estanco del tabaco. Fueron estos santandereanos los comuneros de la revolución de 1781, principio de la gesta libertadora de la América Hispana.

El camino del Tolima.

En escasos cien kilómetros de recorrido se puede bajar de Bogotá, fría y brumosa, al departamento del Tolima, cuya llanura es ardiente y fértil. Esta es la magia de los pisos térmicos colombianos: en pocas horas e puede pasar incluso de las nieves perpetuas a los ambientes más calurosos y tropicales.

En el descenso del Tolima desde Bogotá se tropieza con la zona de balnearios de Melgar, un centro vacacional que es el “veraneadero” de los bogotanos. A partir de allí se adentra en la entraña del Tolima, del Tolima Grande, pues este ámbito también cobija al departamento del Huila. Es la Colombia de los tamales y la lechona, pero sobre todo la Colombia de un estudio humano original, de hombre esforzado y tesoneros que extrajeron de la tierra el arroz – base fundamental de la alimentación de los colombianos de la que derivan su principal fuente de carbohidratos – como también el algodón y el café, otros productos fundamentales de la economía del país. A lo largo de una vasta llanura protegida de un lado por el río Magdalena y por el otro, por la cordillera Central, se desperdigan sus hombres y sus pueblos. Aunque nostálgicos y silenciosos, unos y otros fueron testigos y protagonistas de la más encarnizada batalla de las guerras civiles y de las luchas partidistas de los tiempos de la “Violencia”. Huilenses y tolimenses son de espíritu combativo, libertario, rebelde y, en ocasiones, realmente belicoso. Es tal vez la región donde más se ha ensañado la guerra, la romántica e idealista del siglo pasado y la sórdida de los años cincuenta. Por ello son dos pueblos marcados por las insignias rojas del valor que son las heridas en la refriega.

Pero como la muerte suele tener la misma condición de la vida y del amor, en el Tolima y en el Huila se aquerenció como en ningún otro territorio de la patria, el sentimiento musical colombiano. Neiva e Ibagué, capitales de los departamentos tos del Huila y Tolima respectivamente, celebran cada año para las fechas de San Juan y San Pedro los mejores festivales folclóricos de¡ país. Ibagué es conocida como la capital musical de Colombia y su Conservatorio es la universidad musicales de todo el territorio patrio. Allí más de dos mil jóvenes estudian desde flauta hasta dirección orquestal.

El sentimiento musical de los tolimenses no sólo se expresa en el rigor académico sino sobre todo en la vida cotidiana, pues prácticamente todos cantan y rasgan algún instrumento musical.

En el amor y la guerra, aproximadamente dos millones de tolimenses del Tolima Grande que abarca el Tolima y el Huila son un pueblo trabajador que explota la llanura del Magdalena y las vertientes orientales de la cordillera Central. Y en sus aldeas y ciudades se percibe el dejo misterioso de tristeza y alegría “saudade" del alma del pueblo tolimense. Desde San Agustín, en el extremo sur del Huila, hasta el legendario puerto de Honda, en el norte del Tolima, esta región enseña lo mejor del hombre del interior del país. Neiva e lbagué, centros urbanos apacibles de mediano tamaño ?aproximadamente medio millón de habitantes cada uno? son importantes sedes de agroindustria,, estratégicos polos de desarrollo para la actividad ganadera y agrícola. Lo prueba el hecho que toda la llanura del Tolima Grande es un campo sembrado, hurgado, trabajado y sufrido por sus habitantes.

Las ciudades del café.

A la salida de la capital del departamento del Quindío se halla un monumento llamativo. Se trata de una gigantesca hacha clavada sobre un enorme árbol derribado. Es un homenaje a la colonización antioqueña, llamada la "epopeya del hacha". Aunque esta acción sea considerada como una empresa devastadora de los recursos forestales actuales y el monumento hoy cause rubor entre los ecólogos, lo cierto es que la gesta antioqueña logró para el país 700 mil hectáreas sembradas de café y un puñado de pujantes ciudades.

Manizales, Pereira y Armenia son las tres principales de ellas y son las capitales de los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío, llamados en su conjunto "Antiguo Caldas" porque en el pasado constituían una sola entidad política. Desmembrados, en realidad aún conservan la unidad geográfica y cultural que caracteriza el cosmos social y económico de las típicas zonas cafeteras colombianas. Es el territorio de los suaves declives y las cortantes lomas, donde el café forma una espesa alfombra de un verde intenso.

En este paisaje se encuentran enclavadas las tres ciudades cafeteras de Colombia. Fundadas cuando Colombia era ya una República independiente de España, no guardan recuerdos de pasados siglos sino la frescura de una historia tan reciente como fecunda. Estas capitales, cada una con cerca de medio millón de habitantes, son centros comerciales bastante dinámicos que padecen o disfrutan de la recesión o la bonanza que les depara el precio internacional del café en la Bolsa de Nueva York. Construidas primero en guadua y después en bahareque, ahora son centros urbanos de una burguesía floreciente afincada en la explotación cafetera, una gran cantidad de pequeños cultivadores y un universo de gentes de paso, desde cosecheros errantes hasta pequeños comerciantes, todos en busca de un mejor vivir y de un porvenir más seguro.

Fundada en 1849, Manizales es la más señorial de las ciudades cafeteras. Se encuentra aferrada al lomo de una montaña, desafiando los encumbrados riscos de la cordillera. De puro linaje español un "pasodoble" es su himno local cada año realiza una de las más vistosas ferias taurinas de Colombia; y las "majas" con sus vestidos tradicionales adornan los palcos de su plaza. En 1863 fue fundada por un grupo de colonizadores antioqueños la ciudad de Pereira, en el valle del río Otún. Además de la producción y mercadeo del café, la ciudad es famosa por sus empresas de confección de camisas y por sus exquisitos "turrones", dulce favorito de los más exigentes paladares. Otros colonos paisas fundaron en 1889 la ciudad de Armenia, En menos de cien años su progreso es de tal magnitud que el poeta Guillermo Valencia la bautizó como "Ciudad Milagro". Ella evoca toda la pujanza de la civilización de la tierra del Quindío. Es una tibia población, rodeada de ondulantes planicies sembradas de café, plátano y yuca.

Las tres ciudades desdibujan el paisaje humano y geográfico de la tierra del café el renglón económico más importante de la nación pero infortunadamente tampoco escapan de los dos mayores flagelos del país: el desempleo y la consecuente delincuencia.

Destino la ciudad.

Desde Bogotá se abren los caminos que comunican todas las ciudades de Colombia. Más de cinco mil kilómetros de carreteras pavimentadas, 3.500 kilómetros de vías férreas y 619 puertos aéreos, permiten la fácil movilización hacia toda la rosa de los vientos de la patria. Entre Bogotá, Medellín y Cali existe un permanente puente en el cielo y el flujo de viajeros es incesante entre éstas, las principales ciudades de Colombia. Debido al rugoso relieve del país, el medio de transporte aéreo es el más rápido y ventajoso. El aeropuerto E ¡dorado de la capital de la República promedia una operación aérea cada cinco minutos y se destaca la cantidad de vuelos hacia Barranquilla y "Bogotá" de la costa Atlántica. Pero los destinos de los viajeros en Colombia son infinitos. Se marchan hacia ciudades no sólo de distintos espacios, sino también de distintos tiempos; es la simultaneidad del arcaísmo y de la modernidad; la Colombia actual posee todas las dimensiones y todos los matices de su historia singular. Se puede voltear hasta Pasto e Ipiales, en el sur de raíces incaicas; también se viaja a Villavicencio, donde se abre el horizonte infinito de los Llanos Orientales. Se viaja hasta las lejanas islas de San Andrés y Providencia; o hasta Leticia, el enclave colombiano en el río Amazonas; o a Cartagena o a Santa Marta, donde se goza el ámbito de la alegría caribeña.

Las ciudades colombianas ofrecen globalmente un coherente panorama de lo que es el país. La gran mayoría de sus habitantes tienen raíces campesinas pues son el producto de la masiva migración que se produjo en los últimos treinta años. Por eso en las ciudades permanece aún el espíritu rural; especialmente en los centros urbanos medianos y pequeños, las gentes son locuaces, generosas y solidarias. Pero Colombia no es un paraíso; sus grandes ciudades padecen también una notable depresión social marginal que se traduce en la existencia de verdaderos anillos de miseria. De igual manera, como en cualquier gran urbe del mundo, existen calles y barrios de peligroso tránsito donde acampar el subempleo y la delincuencia. Los vendedores ambulantes congestionan las calles en la desesperada búsqueda del diario sustento, pero a pesar de todo, las calles agitadas de las ciudades de Colombia revelan una nación que camina con optimismo hacia el futuro…

 

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