Rostros de Colombia

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Las montañas que forjaron un país

Paisaje cafetero.Paisaje nariñense.San Félix Caldas, en la cordillera Central.Salto Bordones, departamento del Huila.La estatuaria de San Agustín en el Huila es el grito del silencio y del paseo indígena en Colombia.Las tumbas subterráneas en Tierradentro, Huila, uno de los más hermosos misterios de Colombia y América. Iglesia de Aratoca, Norte de Santander.Mercado en Santa Fe de Antioquia.Barichara en Santander.Iglesia en Villa de Leyva.Iglesia y convento de Monguí, Boyacá.Mercado de Villa de Leyva.Navegación en el río Magdalena. Ciénaga del río Magdalena. Monumento a la Gaitana, del escultor Arenas Betancourt, frente al río Magdalena en Neiva, Huila.Las flores de Colombia constituyen uno de los principales renglones de exportación del país. Se cultivan en la Sabana de Bogotá y se lucen en Europa y Norteamérica. Parque de los Nevados en la cordillera Central. Laguna Negra de los Coconucos, en el Parque Nacional del Puracé.Laguna de La Plaza, al fondo pico El Castillo, 5.050 mts. Sierra Nevada del Cocuy.Familia Kogui en la Sierra Nevada de Santa Marta.Sierra Nevada de Santa Marta, picos Cristóbal Colón y Simón Bolívar.Finca en la región cafetera de Antioquia.Casa de madera en Antioquia. Paisaje de la zona cafetera del Quindío.El ciclismo constituye una pasión nacional, y es el deporte que más le ha dado a Colombia prestigio en el exterior.El Huila y el Tolima con su río Magdalena, sus arrozales, sus ceibas y las palmas de cera en la cordillera.Las tumbas subterráneas en Tierradentro, Huila uno de los más hermosos misterios de Colombia y América.Las tumbas subterráneas en Tierradentro, Huila uno de los más hermosos misterios de Colombia y América.Las flores de Colombia constituyen uno de los principales renglones de exportación del país. Se cultivan en la Sabana de Bogotá y se lucen en Europa y Norteamérica.Las flores de Colombia constituyen uno de los principales renglones de exportación del país. Se cultivan en la Sabana de Bogotá y se lucen en Europa y Norteamérica.Las flores de Colombia constituyen uno de los principales renglones de exportación del país. Se cultivan en la Sabana de Bogotá y se lucen en Europa y Norteamérica.Las flores de Colombia constituyen uno de los principales renglones de exportación del país. Se cultivan en la Sabana de Bogotá y se lucen en Europa y Norteamérica.Las flores de Colombia constituyen uno de los principales renglones de exportación del país. Se cultivan en la Sabana de Bogotá y se lucen en Europa y Norteamérica.El ciclismo constituye una pasión nacional, y es el deporte que más le ha dado a Colombia prestigio en el exterior. El ciclismo constituye una pasión nacional, y es el deporte que más le ha dado a Colombia prestigio en el exterior. La estatuaria de San Agustín en el Huila es el grito del silencio y del paseo indígena en Colombia.La estatuaria de San Agustín en el Huila es el grito del silencio y del paseo indígena en Colombia.La estatuaria de San Agustín en el Huila es el grito del silencio y del paseo indígena en Colombia.Paisaje nariñense.El Huila y el Tolima con su río Magdalena, sus arrozales, sus ceibas y las palmas de cera en la cordillera.El Huila y el Tolima con su río Magdalena, sus arrozales, sus ceibas y las palmas de cera en la cordillera.El Huila y el Tolima con su río Magdalena, sus arrozales, sus ceibas y las palmas de cera en la cordillera.Finca en la región cafetera de Antioquia.

En la más famosa novela del escritor polaco de lengua inglesa, Joseph Conrad, titulada "Nostromo", se describe una enorme montaña coronada de nieve en un país tropical y cuya característica principales que se puede ver desde el mar. Todo parece indicar que el gran navegante y escritor se refirió a la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña tropical a orillas del mar más alta del mundo y que culmina en los colosales picos Simón Bolívar y Cristóbal Colón. En los días despejados, desde las calurosas playas de la ciudad de Santa Marta se observa arriba el fulgor de las nieves perpetuas.

Sin embargo, la Sierra Nevada de Santa Marta es apenas un símbolo de las montañas de Colombia y no pertenece propiamente a las tres cordilleras andinas que atraviesan de sur a norte el país, pues se halla como una enorme masa de tierra extraviada a orillas del mar Caribe. Pero sus cumbres remotas, sus laderas infructuosas, sus depresiones abismales y los inmensos tesoros arqueológicos que esconde, expresan el culto milenario que existe en Colombia por las majestuosas montañas que siempre acompañan sus paisajes.

Todo empieza cuando la cordillera de los Andes que viene del sur argentino y chileno entra a Colombia y se divide en tres ramales que surcan paralelos el país y forman entre sí los dos fosos interandinos conocidos como los valles del río Magdalena y del río Cauca. La Sierra Nevada de Santa Marta, la Sierra de la Macarena en los Llanos Orientales y la Serranía del Baudó y del Darién en la costa Pacífica, complementan el sistema montañoso que cubre el país a lo largo y ancho del 8 de los 23 departamentos que conforman el territorio nacional en su área más poblada.

Las tres grandes cordilleras que hienden el país inventan en su extensión y sus alturas casi todos los grandes fenómenos de la naturaleza colombiana. Pero más allá de lo geográfico, son montañas que sin duda han marcado la personalidad y el destino del hombre colombiano. En una secular relación hombre y montaña siempre han luchado y el resultado es el país de hoy, arcaico y moderno al mismo tiempo. Explicar esta condición exige un método de comprensión que trascienda los fríos conceptos de las ciencias sociales y económicas. Siempre queda un espacio de misterio. En ocasiones es el hombre el que ha triunfado en la feroz batalla. El ha arrancado de la montaña ¡os mejores frutos de la tierra socavando su entraña aun a costos ecológicos muy altos. Pero... las montañas también se resisten y muchas veces han derrotado al hombre colombiano.

El hombre de la montaña.

Pasaron los siglos de la historia colombiana y el hombre de las montañas andinas cambió, a diferencia de lo que ocurrió en países como Ecuador o Perú, donde aún vive casi intacto el milenario indígena precolombino. Sin duda alguna el colombiano fue el latinoamericano que mejor supo trabajar las montañas hasta obtener de ellas su entraña noble.

Cerca de once millones de sacos de café se producen cada año en las plantaciones de grano que se hallan situadas en las laderas de las montañas, lo que convierte a Colombia en el segundo país productor de café en el mundo y el primero en calidad. El maíz, el algodón y la caña de azúcar, productos también importantes en la economía nacional, son cultivados en las depresiones y valles que se forman entre las tres cordilleras.

El hombre colombiano transformó durante los últimos cien años las montañas y se transformó él mismo. Para bien o para mal, las montañas de Colombia se "occidentalizaron" y hoy están sembradas de grandes y medianas ciudades, de pueblos comerciales, de veredas con electrificación rural y telefonía, de campesinos de radio transistor. La principal zona cafetera del país que comprende los departamentos de Caldas, Risaralda, Quindío y el norte del Tolima, parece haber alcanzado uno de los desarrollos más interesantes dentro del contexto rural. Allí se escenifica el
acontecer socioeconómico más avanzado del campo colombiano y se diría que si en forma semejante marchara todo el país, entonces Colombia estaría cerca de traspasar las puertas del desarrollo.

Pero ubicados en estas altas montañas también existen otros departamentos donde la situación social es extremadamente atrasada y las técnicas e instrumentos de explotación de las tierras son caducas, casi arcaicas. Es en estas zonas donde el hombre andino, habitante ahora de cumbres frías y de páramos desolados, tiene una dimensión telúrica que se enraiza en la secular tristeza y culto a la muerte de¡ hombre americano, como el mejicano Octavio Paz lo demuestra en "El laberinto de la Soledad".

Aun así, ya sea el hombre de las zonas desarrolladas de los Andes cafeteros, o de las arcaizantes de¡ minifundio boyacense y nariñense o de los bosques húmedos de las laderas de las cordilleras en el Carare y Caquetá, el hombre colombiano de las montañas se caracteriza por su gran tesón de trabajo. En la actualidad aproximadamente el 75 por ciento de los 28 millones de colombianos viven en ciudades, pueblos y veredas situadas en las montañas. Los grandes centros comerciales e industriales, la mayor parte de los sembradíos agrícolas extensivos y las áreas de explotación pecuaria se encuentran en las montañas y en los valles de¡ sistema andino. Esto significa que las principales actividades económicas del país se llevan a cabo en sus montañas.

Los silencios de la montaña.

Allí en los Andes colombianos está todo, pero tal vez lo más inquietante sea lo que jamás se puede revelar y comprender, son sus secretos. En el sur de¡ país, cerca de la confluencia de los departamentos del Huila y del Cauca, se hallan dos vestigios arqueológicos que son dos joyas de la historia oculta de la cordillera colombiana. El primero es San Agustín. Es un grito apagado de piedra de aproximadamente 50 estatuas esculpidas en roca hace más de dos mil años por un pueblo precolombino de orígenes hasta ahora totalmente desconocidos.

Según el arqueólogo José Pérez de Barrada, 555 años antes de Cristo ya existía en las montañas de lo que hoy es el departamento del Huila este pueblo misterioso sin ninguna conexidad con las culturas precolombinas hasta hoy conocidas. Eran agricultores, guerreros y sacerdotes que rendían un culto profundo a los muertos y a los dioses que expresaron perennemente mediante la escultura. Gigantescas estatuas pétreas de animales mitológicos, de shamanes, de guerreros, así como sarcófagos con grabados líticos en relieve, revelan la dimensión creadora y filosófica de este pueblo. El alter ego, obsesión simbólica de su arte, perpetúa la dimensión espiritual que alcanzó el pueblo agustiniano.

Los cementerios de piedra empotrados en la montaña allí donde nace el Río Grande de la Magdalena y su inmenso valle que surca todo el país, hacen de la zona arqueológica de San Agustín el territorio más próximo al misterio mismo de la existencia, como si éste sólo dejara una memoria de piedra.

San Agustín es probablemente el lugar arqueológico más importante de¡ país; la cantidad y calidad de las manifestaciones materiales de tipo religioso y funerario ha generado un inmenso interés no sólo para los científicos sino también para los profanos. Esta necrópolis sagrada abre el interrogante sobre la Precolombia lejana en el tiempo, pero aún presente en el espacio geográfico y quizá humano de nuestros días.

Muy cerca de San Agustín se encuentra el Parque Arqueológico de Tierradentro. Tal denominación se debió ala peculiar situación de la zona, casi perdida entre los macizos montañosos de¡ actual departamento del Cauca. Probablemente Tierradentro sea una etapa decadente de la cultura agustiniana; de todas maneras, la estatuaria lítica de una y otra cultura posee muchos elementos en común. Sin embargo, aún no se sabe con certeza quiénes fueron los constructores de los hipogeos, de las características vasijas de barro, de la estatuaria y de la ocasional orfebrería que allí se halla.

Ya en el siglo VII de nuestra era este pueblo había desarrollado plenamente su arquitectura funeraria, producto de un proceso de perfeccionamiento tecnológico que condujo a la construcción de refinadas tumbas de nichos múltiples y de elaboradísima y simbólica decoración.

¿Cuál fue la razón por la que este pueblo de maíz destinara toda su fuerza creativa para especializarse en la reverencia a la idea de la vida más allá de la muerte? Hoy se acepta que este pueblo fue la comunidad precolombina más hábil de América en construir tumbas subterráneas. A estas criptas profundas se desciende por escaleras en espiral, y algunas son tan majestuosas que lucen como verdaderas catedrales bajo la tierra. Este es el testimonio de un mundo religioso y espiritual, de un extraño respeto por los muertos a los que intentaron procurarles una morada más espléndida de la que tuvieron en vida. Todo un mundo, muchos sueños y muchos miedos quedaron grabados en las paredes de roca de las bóvedas subterráneas, porque la pintura de estos dibujos, de colores intensos y matices variados permanece imperecedera a través de los siglos, Y allí, los restos de entierros primarios y secundarios, estos últimos colocados dentro de urnas de cerámica que adornaron con figuras de serpientes, lagartijas y escolopendras.

Se han descubierto muchísimos más tesoros arqueológicos a lo largo y ancho de las cordilleras de Colombia, pero la tercera maravilla se halla en la Sierra Nevada de Santa Marta. Se trata de la llamada Ciudad Perdida. Hace apenas siete años fue descubierta en lo más profundo de la selva y se calcula que llevaba más de 500 sepultada por la manigua. Tras varios años de restauración arqueológica, Ciudad Perdida ha emergido de nuevo como el asentamiento urbano aborigen más importante de la Colombia anterior al arribo del descubridor Colón. Grandes terrazas, caminos empedrados, patios enlosados, plataformas ceremoniales y una red de pasadizos y vías de comunicación, han puesto en evidencia las bases o la cimentación de una espléndida ciudad indígena, que había desarrollado unos excelentes conceptos arquitectónicos de adaptación al ambiente ecológico y a las condiciones geológicas de la zona, aspecto éste que ha despertado especial asombro en los especialistas.

Tal vez Ciudad Perdida fue algo así como la capital de los Tayronas, una raza hermosa y altiva que aún sobrevive digna a pesar de la permanente amenaza de la culturización blanca que los cerca. Aunque ya olvidaron su destreza para la arquitectura colosal, los Arhuacos y Koguis habitan todavía la montaña de sus antepasados y son el testimonio vivo de una civilización soberbia que alcanzó un poblamiento nucleado en valles y ciudades, una gran cohesión política, una elevada organización social como unidad étnica, lingüística y religiosa y, sobre todo, que desarrolló una arquitectura y una agricultura antierosiva que maravillosamente parecieran realizar el ideal de la tecnología contemporánea de¡ impacto ambiental cero.

¿Cómo no afirmar que las montañas andinas de Colombia guardan en su interior todos los silencios y la sabiduría de su historia milenaria ...?

Los pueblos de siempre.

Algunos, como Guasca en el departamento de Cundinamarca, se hallan en el fondo del último valle de la cumbre de la cordillera Oriental, entre pastizales y sembrados de trigo, que en los umbrales del páramo demudan de sabana amarillenta en el sediento verano de enero, a alfombra verde y tersa bajo las lluvias de abril. Otros, como Ambalema en el Tolima, se asan de calora 40 grados a la sombra. También los hay silenciosos y pétreos como Barichara en Santander, que es como un manto blanco tendido sobre una montaña rojiza. Los hay también lluviosos y solemnes en las proximidades de los páramos, como los de Boyacá, y ardientes y festivos como los de la llanura del Tolima y del Valle del Cauca.

Son los pueblos de Colombia, especialmente aquellos pueblos de la región andina. Con cerca de mil municipios y más de tres mil pequeños caseríos y villorrios, Colombia es un país de pueblos, algunos de asombrosa semejanza a los poblados de pequeños amores que describiera Azorín en su viaje literario por España.

Los pueblos cafeteros de la cordillera Central, de Antioquia, del antiguo Caldas y del norte del Tolima, son construcciones empotradas en lo más alto de las montañas, levantados con lo que es la única forma y técnica arquitectónica originaria de Colombia: el bahareque. Se trata de paredes de guadua con argamasa de tierra, y se considera como la construcción elemental más resistente a los terremotos en el mundo. Estos pueblos exhalan música de "carrilera", y en sus domingos de mercado se congregan en sus plazas cientos de cosecheros de café provenientes de todas partes del país, en busca de patrón para la semana que viene.

Pero tal vez los pueblos más pintorescos en su dimensión arquitectónica y humana, se encuentran en la cordillera Orienta¡ en los departamentos de Boyacá y Santander. Y quizá el más hermoso de todos, y tal vez de toda Colombia, es Villa de Leyva, en el corazón de Boyacá. Se halla ubicado en el fondo de una depresión desértica que es en realidad el fondo de un prehistórico mar interior. Son colinas y planicies areniscas, sembradas de amonitas y esqueletos de antiguos y gigantescos animales. Un cronosaurio, especie extinguida hace millones de años, hoy es un enorme esqueleto petrificado que constituye una de las principales atracciones turísticas de esta villa. Más allá de este fósil, entre senderos de sauces y plantaciones de olivos, se levanta el poblado colonia¡ de Villa de Leyva. Es un pueblo blanco, de calles empedradas y una apacible y enorme plaza principal. No hay en él prácticamente una sola construcción moderna, a tal punto que está allí intacto, como si el tiempo no hubiera pasado y aún fuera la aldea donde veraneaban los virreyes. Fue construido por los españoles en aquella "isla de sequía" de los Andes, porque el horizonte rojizo y los olivos, y los escasos riachuelos, les recordaban los parajes de Castilla.

También están los demás pueblos de esta zona que constituyen toda una dimensión artística y artesana¡. Los pueblos de Boyacá, desde Monguí y Tópaga ?con hermosas iglesias coloniales y reliquias de arte religioso? hasta Sotaquirá y Paipa, están todos sembrados como pesebres en la sabana alta de la cordillera. Dejando atrás las ruanas y los pañolones boyacenses, se tropieza con los pueblos de Santander. Ya sea Girón, el Socorro o San Gil, estos pueblos reflejan su opulento pasado cuando fueron el centro de la economía colonia¡ española como principales productores de tabaco y fique.

En la batalla con las montañas, el hombre colombiano ha construido pueblos en sus valles y en sus cumbres, en sus laderas y aun en las cuchillas filosas de cordillera que se asoman hacia los abismos sin fin. Algunos son pueblos tan remotos que no ha llegado el primer automóvil a sus calles. Existen otros tantos que no aparecen en los mapas, y sus pobladores lo único que le piden al gobierno es figurar en las cartas geográficas del país. Y en algunos pueblos de la costa Atlántica sus gentes no resisten la tentación de salir a tocar el hielo, que siempre los asombra cuando lo llevan cada fin de semana.

Del Valle a la cumbre.

Durante más de mil kilómetros las tres grandes cordilleras avanzan hacia el norte para morir en la planicie que desemboca en el mar Caribe. En su viaje, trazan y definen los valles bajos y las sabanas altas que embellecen el paisaje con su lisura apacible, que propicia la explotación agrícola mecanizada y altamente productiva del país.

A lo largo de la región central Colombia, entre la cordillera Central de y la Oriental, se extiende por más de 900 kilómetros el Río Grande de la gran Magdalena. Este río es la arteria de la República y fue la vía para el comercio y el lazo de unión natural entre las diversas provincias y, en fin, la causa de la unidad nacional hasta la tercera década del presente siglo. Nace cerca del llamado Macizo Colombiano, donde se bifurcan los Andes al entrar a Colombia y en su travesía hacia el mar, transita por toda la historia social y económica del país. En ocasiones ancho y caudaloso, en otras profundo cañón , su valle se prodiga como fértil zona arrocera y algodonera, pero también como desierto ?en la Tatacoa en el Huila? y finalmente, cuando se aproxima al Caribe, se convierte en tremedales y en ciénagas moradas que se extienden cubiertas de juncos y de patos en el horizonte de platanales azules. Sin duda alguna, por el río Magdalena y por su valle entraron la civilización y el progreso al país. Hasta hace apenas 40 años los buques de vapor surcaban con sus aspas jadeantes la corriente, mientras los turistas y los viajeros miraban el horizonte de garzas rojas. Cien años antes, los champanes movidos por remeros negros avanzaban trabajosamente, a tiempo que los pasajeros se divertían asustando a los caimanes negros que dormían en los playones de arenales pedregosos. Aunque vital aún para la economía del país, este valle y este río en cuyas orillas se construyeron pueblos otrora espléndidos como Honda y Mompóx, se hallan abandonados, casi sumidos en el desgreño y el peligro ecológico.

Las flores de Colombia constituyen uno de los principales renglones de exportación del país. Se cultivan en la Sabana de Bogotá y se lucen en Europa y Norteamérica.

Al otro lado de la cordillera Central, entre ésta y la Occidental, se encuentra el valle del río Cauca. Es la región más dulce de Colombia, no sólo porque aquí está el 80 por ciento de las plantaciones de caña de azúcar para uso industrial a gran escala en el país, sino porque fue una región inmortalizada a nivel universal por la descripción que hiciera de ella Jorge Isaacs en "María", la novela clásica del romanticismo americano. El valle del Cauca, que rodea la ciudad de Cali, es de una belleza y una verde feracidad sólo comparable a la Sabana de Bogotá que circunda a la capital de la República. Esta sabana, situada a 2600 metros de altura, es la más importante planicie alta de¡ país, y se extiende como una campiña tersa de trigales dorados y hatos de ganado fino para la explotación lechera. Además como esta sabana tiene todo el año el clima y la humedad exactas de la primavera temprana de los países de estaciones entonces se ha descubierto que es el mejor sitio del mundo para sembrar las flores comerciales de la zona templada. Lo anterior fue además un excelente hallazgo económico para el país, pues la aceptación internacional de las flores bogotanas es tal, que la exportación de éstas hoy constituye uno de los principales renglones de entrada de divisas para Colombia.

Boyacá y Nariño son también dos de las regiones más hermosas y pintorescas de Colombia. En sus campos roturados de trigo, papa y cebada distribuidos como una colcha de retazos ?por ser departamentos esencialmente minifundistas? sus gentes silenciosas, siempre retraídas y tímidas, transitan por la soledad de estos altos parajes donde parece que sólo se escucha el rumor del viento.

Los valles bajos y las planicies altas son apenas el principio y el descanso de la escalada de las cordilleras colombianas hacia las cumbres nevadas. Es que los ramales o crestas montañosas Central y Oriental forman por varios trechos lo que se podría denominar como el techo blanco del país.

En los días de verano, por las mañanas, desde la llanura de¡ Tolima, en el valle del Magdalena, se aprecia el que es el más imponente espectáculo de la cordillera Central. Es el fulgor de las nieves perpetuas de los volcanes apagados del Tolima, el Ruiz y Santa Isabel. Los indígenas Pijaos ?los únicos que nunca fueron derrotados por los conquistadores en el campo de batalla? habitaron esta región y le llamaron "Dulima", el país de nieve. Y en estás tres cumbres, donde nacen las aguas que irrigan el valle del Magdalena y del Cauca, allí convergen todos los vientos del país. Y las aguas que corren desde sus alturas calman la sed de las tierras agrícolas que producen el 60 por ciento del café, la caña de azúcar, el sorgo y el algodón de Colombia.

Dentro de este conjunto de picachos blancos, denominado Parque Nacional de los Nevados, el más imponente es el del Ruiz, una cumbre de 5.270 metros de altura. Es un volcán escudo de 200 kilómetros cuadrados y permite fácil acceso a los visitantes, quienes puede practicar allí el andinismo y el esquí. Durante los días de sol, la larga y maciza manta de nieve produce un fulgor enceguecedor. Desde el Ruiz se observa al fondo el nevado del Tolima, de 5.150 metros de altura. Es el cono nevado más hermoso de Colombia, su perfecta simetría lo ha convertido en una verdadera leyenda como la cumbre más enigmática de las cordilleras andinas colombianas.

Sin embargo, las nieves perpetuas se prodigan de manera más vasta y luminosa en la cordillera Orienta¡ y junto al mar Caribe, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Pero también las hay en el departamento de Boyacá, en la región del Cocuy, donde existen 30 kilómetros de cumbre coronada con 22 picos nevados, lo que constituye la masa de hielo y nieve más extensa de América del Sur, al norte de la línea ecuatorial. Es uno de los parajes naturales más asombrosos con algunas heladas y gigantescas rocas negras. Desde allí se despeñan algunos importantes ríos de la cuenca hidrográfica orienta¡ de Colombia.

Pero es junto al mar donde yace el espectáculo que maravilló al capitán de barco más famoso de la literatura universal: la Sierra Nevada de Santa Marta. Se trata de una pirámide con base subtriangular de una extensión total de 16.400 kilómetros cuadrados que empieza a orillas del mar Caribe y en sólo 42 kilómetros alcanza los picos más altos de Colombia: el Simón Bolívar y el Cristóbal Colón, cada uno de 5.770 metros de altura. Con laderas cubiertas de bosques, en ocasiones húmedos como los de los Andes y en otras secos como los de la costa venezolana vecina, la montaña litoral más alta de¡ mundo presenta la gama de todos los climas de la tierra y, por ende, el espectro casi total de las condiciones ecológicas, no sólo de Colombia sino del trópico entero. La vegetación y la fauna de esta zona es absolutamente maravillosas, entre otras cosas por estar salvaguardadas por las comunidades indígenas, que tienen en estas selvas una completa armonía con el entorno, aprovechándolo en forma racional sin destruirlo y defendiéndolo de la colonización descontrolada. Aquí todavía se oye el concierto de miles de pájaros e insectos, aquí sobrevive la fauna mayor que está en extinción: osos, dantas, pumas, jaguares y venados. Y la flora increíble que conserva, imparte a la selva una inusitada apariencia de exótico jardín. En las tardes despejadas el sol poniente enrojece la Sierra y desde la lejanía aparece como el resplandor concentrado de una fragua, que en la lengua de sus antiguos habitantes quería decir tayrona y que hoy esta palabra nos recuerda los excelsos ofebres que consideraron la Sierra Nevada de Santa Marta como la "Casa Sagrada" desde donde el Creador Serankúa repartió las tierras del mundo, las semillas para subsistir y las leyes para convivir.

Arrieros y fundadores.

Hacia 1840 un guaquero partió de Sonsón, en Antioquia, y avanzó hacia el occidente por selvas desconocidas en búsqueda de tesoros. No encontró las tumbas indígenas para saquear su oro, pero se adentró más y más hasta que sin saberlo llegó a las tierras de¡ Quindío. Cuando regresó, contó que allí existía un valle ondulado, de clima tibio y ríos cristalinos, y que las flores de los cámbulos y los gualandayes impregnaban el aire limpio de los bosques. Entonces los antioquenos, que habían domeñado sus montañas pero que padecían ya escasez de tierra por la saturación humana, iniciaron el viaje en pos de otra nueva. Así empezó la colonización antioqueña de¡ occidente colombiano. Como en la leyenda del Oeste norteamericano, partían las familias con los hijos, el abuelo, los caballos y las carretas, y viajaban hasta que hallaban tierra buena para "fundarse". Se calcula que por lo menos 200 mil personas partieron a derribar selvas y a crear pueblos y ciudades. El momento clave de este proceso colonizador se produce en 1849, cuando se funda Manizales, la primera gran ciudad colombiana nacida después de la independencia de España en 1810.

Pasan los años y surgen Armenia, Pereira y las ciudades del norte del Tolima, y entonces el valle del Quindío, que tanto asombró al barón von Humboldt por sus hermosos bosques de niebla, de robles centenarios y palmas majestuosas, se empezó a despejar como el escenario de la actividad económica fundamental de¡ país: la producción cafetera.

En la actualidad cuatro millones de colombianos son producto de este fenómeno de la colonización antioqueña. Fue una hazaña procelosa realizada por hombres y mujeres anónimos que fueron capaces de civilizar montañas que Simón Bolívar, el Libertador de la patria, jamás soñó así fuera un visionario prodigioso.

Uno de los aspectos más interesantes de¡ proceso y culminación de esta gigantesca gesta colonizadora fue que tuvo como base fundamental la "arrieria". Fueron caravanas de mulas que llevaban a cuestas todo a través de las montañas, desde los trasteos de los colonos hasta los pianos de cola que llegaron después. Eran como "trenes", cuyos vagones eran treinta o cuarenta mulas que trabajosamente remontaban las cordilleras por caminos reales, difíciles, estrechos y empinados; con frecuencia los animales morían por la fatiga o tragados por los pantanos, o se despeñaban por los abismos. Esta arrieria con el tiempo se convirtió en leyenda popular. Aún se habla de los caminos y sus "espantos", como el que partía de Medellín y por la vía de Anserma llegaba a Manizales, o el llamado "camino de¡ Ruiz", que salía de Manizales, se encumbraba hasta el Nevado del Ruiz y después descendía hasta el valle de¡ Magdalena para concluir en Ambalema, un puerto fluvial que por entonces era como Macondo en todo su esplendor, con los barcos que cargaban tabaco hacia Londres, los primeros bancos de¡ país repletos de morrocotas de oro y libras esterlinas, y mujeres espléndidas que vestían trajes comprados en París.

Tal vez sólo la arrieria hizo posible que Colombia dominara y civilizara sus colosales montañas.

Los escarabajos.

Pasaron los años, más de cien, pero no de soledad, y ahora son otros los que escalan estas montañas. Las tres cordilleras colombianas están coronadas hoy día por carreteras pavimentadas, algunas auténticas autopistas de altas velocidades. Por ellas avanzan las caravanas de automóviles y especialmente los enormes camiones o "tractomulas", que transportan la carga pesada del país. La carretera Bogotá? Buenaventura, que atraviesa las tres cordilleras, es el moderno camino por donde sale todo el café de Colombia, y por donde se transporta la mayoría de las importaciones que requiere el país.

El paso más alto de esta carretera es el llamado "La Línea", en la cordillera Central, situado a tres mil metros de altura. En este punto precisamente el incansable viajero científico von Humboldt descubrió la palma de cera del Quindío, la palma más alta del mundo, ya que alcanza hasta 60 metros de altura y es de tal majestuosidad que el explorador alemán la describió como "un bosque encima del bosque"; hoy es, el árbol nacional de Colombia.

Esta empinada cumbre entre Cajamarca y Calarcá en la región del antiguo Caldas, es hoy el mayor desafío no sólo de las "tractomulas" sino también de los "escarabajos", esos ciclistas colombianos que han asombrado al mundo al escalar de primeros las pendientes más tenaces de los Alpes europeos. En realidad este logro no debiera aparecer tan inusitado, pues las montañas de departamentos como Boyacá, además de guardar en sus entrañas las esmeraldas más increíbles de la tierra, producen unos hombres esforzados y acostumbrados a desafiarlas cotidianamente en rústicas bicicletas, que son prácticamente el medio de transporte habitual por sus empinados y tortuosos caminos. Así nacen los campeones colombianos, y quizá son estos humildes campesinos los que mejor expresan la pasión y la fuerza con que los colombianos han sido capaces de vencer las montañas que se atravesaron en su geografía y en su destino.

 

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