Rostros de Colombia

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Lejanías

 

Garza blanca en la selva colombiana.Río Vaupés.Músicos, máscaras, coleo y cabalgata típica en las fiestas de San Martín, Meta. Sabanas ganaderas del Llano y pozo petrolero en Caño Limón, Arauca.Parque Natural Nacional Serranía de La Macarena.Fábrica de molinos de viento en Gaviota, Orinoquía. Recolección de frutos de palma africana en los Llanos Orientales.Selva amazónica. Río Orinoco.Niña indígena del Vaupés. Niña indígena madre, del Amazonas.Río Amazonas. Río Vaupés. Poblado indígena en afluente del Amazonas.Navegantes de caño amazónico.
Río Apaporis.Río Orinoco.Indígena de Amazonas.Indígena sibundoy.Fauna amazónica, micos, caimán, guacamayas, tigrillo y chigüiro.Follaje amazónico y la hoja más grande del mundo: la Victoria Regia.Indígena sibundoy.Los indígenas, el colono y la maquinaria en el campo colombiana.Músicos, máscaras, coleo y cabalgata típica en las fiestas de San Martín, Meta.Músicos, máscaras, coleo y cabalgata típica en las fiestas de San Martín, Meta.Músicos, máscaras, coleo y cabalgata típica en las fiestas de San Martín, Meta.Músicos, máscaras, coleo y cabalgata típica en las fiestas de San Martín, Meta.Parque natural nacional de La Macarena.Fauna amazónica, micos, caimán, guacamayas, tigrillo y chigüiro.Fauna amazónica, micos, caimán, guacamayas, tigrillo y chigüiro.Fauna amazónica, micos, caimán, guacamayas, tigrillo y chigüiro.Fauna amazónica, micos, caimán, guacamayas, tigrillo y chigüiro.Follaje amazónico y la hoja más grande del mundo: la Victoria Regia.Follaje amazónico y la hoja más grande del mundo: la Victoria Regia.Sabanas ganaderas del Llano y pozo petrolero en Caño Limón, Arauca.Sabanas ganaderas del Llano y pozo petrolero en Caño Limón, Arauca.Músicos, máscaras, coleo y cabalgata típica en las fiestas de San Martín, Meta.

 

"Se los tragó la selva", es la sentencia final sobre el destino de Arturo y Alicia, los protagonistas de "La Vorágine" de José Eustasio Rivera, novela que desde su publicación en el año 1924 le reveló al mundo de manera sobrecogedora la primitiva, hermosa y virgen realidad de los llanos y las selvas orientales de Colombia.

En, realidad se trata de más de la mitad del territorio nacional pues son 643 mil kilómetros cuadrados. En la actualidad su dimensión geográfica y humana no ha cambiado mucho desde que la describiera el escritor huilense; sólo las crueldades de los caucheros ?que es argumento relevante de la novela? son hoy un recuerdo muy lejano que quizá atestiguan algunas ruinas sobrevivientes de las edificaciones de los campamentos cuando sobresalen entre la vegetación exuberante de la selva amazónica, allí mismo, donde presenciaron la fiebre y la codicia por la apreciada leche vegetal.

En este "otro país" no vive ni siquiera el cinco por ciento de la población nacional; existen parajes de llanos y selvas donde jamás el hombre blanco ha colocado las plantas de sus pies; en lo más espeso de la selva amazónica habitan tribus indígenas que nunca han establecido contacto con la llamada "civilización". En Arauca, en el Parque Nacional de Tuparro, algunos expedicionarios toparon con una comunidad indígena que robaba brasas o leños encendidos, por lo que se supone que es un pueblo que aún no ha descubierto la forma de producir el fuego.

Esta mitad de Colombia es toda lejanías, un horizonte casi infinito que no conoce fronteras donde en muchas partes ni siquiera existe el concepto de propiedad privada sobre la tierra y, por ello, ni escrituras ni alambradas definen la posesión del hombre sobre ella. Cada hombre toma la tierra que necesita, ya sean 10 o 20 mil hectáreas para establecer un hato ganadero gigantesco o, simplemente, un pedazo de playón a orillas de un río para construir un rústico rancho donde habitar. La mayoría de los pobladores de estas lejanías ?ya sean las comunidades indígenas o los colonos provenientes de las más dispares regiones del país? subsiste con base en la caza y la pesca deL trueque de los productos de la tierra por los de primera necesidad.

Según las investigaciones de sociólogos y antropólogos colombianos, más de 53 etnias aborígenes pueblan esta vasta sección del país, pero la mayoría se halla amenazada de extinción por efectos de la desnutrición, la insalubridad y los estragos de la culturización que han introducido los blancos en sus comunidades.

Extensas sabanas de pastos naturales, territorios ilímites de selvas donde no existe un claro para colocar un puño humano, ríos caudalosos que se enroscan en la gran llanura, conforman este océano de tierra y floresta que constituye el otro rostro de Colombia. Se le llama "la última frontera del país", y aunque hasta ahora no se ha podido establecer la forma racional y productiva de su explotación, todos los colombianos saben que, más temprano o más tarde, el país tendrá que recurrir al potencia¡ desconocido que ofrece este territorio.

En la actualidad se construye la ciudad de Marandúa en el lugar que es centro geográfico de los Llanos Orientales. Aún siendo un sueño que se abre paso, en el futuro se vislumbra como la Brasilia colombiana. Su destino será el de centro civilizador de esta inmensa porción del país. Por ahora, tanto llanos como selva amazónica son los llamados todavía en forma casi peyorativa "territorios nacionales", lo que tal vez sea una referencia a tierras baldías sobre las cuales apenas el Estado tiene una noción de propiedad.

Ahora bien, además de su rebeldía telúrica, este otro país colombiano avasalla por lo primitivo y salvaje de su belleza natural. No es belleza fácil; para sentirla es necesario realizar largas y peligrosas travesías por ríos caudalosos o cubrir las grandes distancias en pequeños aviones o viejos aeroplanos de pistón. Pero la recompensa satisface plenamente, sobre todo al viajero buscador de emociones profundas con la naturaleza. Realmente se pone a prueba la capacidad de asombro humano cuando se navega el torrentoso Amazonas o se atraviesan en campero las sabanas de Casanare o de Arauca; también cuando se asciende por ese mundo perdido que es la Sierra de La Macarena en los Llanos.

Aunque en la actualidad se puede llegar a lo más remoto de Colombia en avión a reacción en un máximo de dos horas de vuelo, lo cierto es que los llanos y selvas de Colombia siguen siendo lejanías tan ignotas que todos los que huyen de algo se remontan a esas distancias. Por ello en caseríos y a orillas de los ríos se encuentran hombres que hace muchos años emigraron del país andino y nada quieren saber de su pasado. Son un antioqueño desposado con una indígena Huitota o un santandereano solitario aquerenciado en su casa construida sobre un peñasco que se levanta en un recodo del río Vaupés. Pero la mayoría se trata de campesinos buenos y sin tierra que llegaron del interior andino del país.

Los Llanos.

El navegante de la ciencia Alexander von Humboldt describió así los Llanos Orientales de Colombia: "... el sol estaba en el cenit; el suelo, en donde aparecía estéril y desnuda la vegetación, tenía hasta 48 y 50 grados de temperatura... Hay algo imponente en el espectáculo de estas estepas. Todo parece inmóvil allí... No sé si nos sorprende tanto la primera vista de los Llanos como la de la cadena de los Andes... lo mejor que caracteriza estas sabanas es la falta de colinas y desigualdades, el perfecto nivel de todos los puntos del suelo. Así es que los conquistadores españoles que por primera vez las penetraron, no las nombraron desiertos, ni sabanas, ni praderas, sino llanos".

Estos llanos que tanto conmovieron a Humboldt pertenecen a la llamada Orinoquia colombiana, o sea, todo el territorio nacional que drena en el río Orinoco y que abarca 240 mil kilómetros cuadrados. Aunque en su parte más profunda existe una gran franja de selva con características de Hylea amazónica, la Orinoquia es, en su gran mayoría, la llanura situada al norte de los ríos Ariari y Guaviare, y su vegetación está compuesta principalmente de praderas naturales cortadas de vez en cuando por matas de monte y bosques de galería que bordean los caños y ríos. Con un promedio de un habitante por kilómetro cuadrado, este inmenso territorio es todavía un mundo por conquistar, por colonizar y por civilizar. Una visión esquemática de esta vasta intemperie natural puede señalar, cuatro subregiones. El "pie de monte" o franja donde limita la llanura y la cordillera Oriental. Con una vegetación más rica y mejores tierras, allí se halla el más avanzado desarrollo agrícola y la más alta densidad demográfica de la zona. En este pie de monte se encuentra Villavicencio, una ciudad pujante que es como la capital de todo el llano colombiano. La llanura, propiamente dicha se divide en la mal drenada o baja, que se inunda la mayoría del año, y la llamada altillanura, bien drenada, que permite la explotación pecuaria a gran escala. La cuarta región es la más profunda al oriente y al sur y es donde se produce la frontera entre las cuencas de los ríos Orinoco y Amazonas. Son extensos bosques húmedos, surcados por ríos caudalosos y pequeños caños.

Aunque a lo largo y ancho de esta Orinoquia pastan aproximadamente dos millones de cabezas de ganado, hasta ahora su productividad era raquítica para las expectativas de la economía del país, y su vida administrativa y gubernamental era subsidiada por el Estado central. Sin embargo, durante los últimos dos años en la región de Arauca, en la frontera con Venezuela, se han producido hallazgos petroleros calculados para reservas de por lo menos 500 millones de barriles. Por ello, en estos momentos la región vive una completa transformación y entre las praderas surgen hoy las sofisticadas torres petroleras.

Cruzada por grandes ríos como el Meta, el Vaupés, el Guaviare y el Inírida, y delimitada por el gran Orinoco, la Orinoquia colombiana es una extensa región de ejemplar belleza natural. La sola visión de las sabanas de Casanare, limpias, suavemente cóncavas, surcadas por ríos caudalosos es sobrecogedora. La densa encrucijada llano y selva en el Guaviare y en algunos sectores del Vaupés, es una realidad asfixiante, tan telúrica y apabullante como en las mejores páginas de "La Vorágine". Existen parajes tan asombrosos como en el que está situado Puerto Inírida, la capital del Guanía, donde se encuentran tres grandes ríos, el Inírida, el Guaviare y el Orinoco. 0 Puerto Carreño, a orillas del río Meta y frente a una soberbia extensión del Orinoco. Y Arauca, a orillas del "Arauca vibrado y de frente a Venezuela.

Y llano adentro, el mundo primigenio de estas lejanías. En "hatos" ?que son haciendas ganaderas sin fronteras? pastan miles de reses y caballos salvajes. Y en las estepas, manadas de "chigüiros", los roedores más grandes del mundo, y de venados, además de nubes de garzas y de gabanes, aves zancudas de plumaje multicolor. Hace 150 años la exportación de plumas desde Orocúe, a orillas del río Meta y por la vía del Orinoco, constituyó una fuente significativa de ingresos para la economía de la época. Eran las plumas de los sombreros de las damas parisinas, inglesas y alemanas. De igual manera, en los numerosos ríos y caños la pesca es abundante y sumamente variada. Allí está la payara, una presa muy codiciada por la batalla que ofrece a los pescadores más avezados. Por entre estas sabanas ¡límites hay quienes se aventuran en camperos, travesías que duran semanas o meses con severo riesgo de sufrir peligrosos extravíos. Durante el viaje "sabaniando", es decir, avanzando por las praderas se puede tropezar con los indígena de las tribus Huitoto o Puinabes o, de pronto, con los de la que se presume vive en el Parque Nacional de Tuparro y que aún no ha alcanzado un grado de evolución que le permita conocer el fuego.

Ínsulas científicas.

En el corazón de las desoladas sabanas del Vichada se encuentra una enorme edificación de concreto, que es una fábrica de implementos tecnológicos donde se producen desde molinos de viento hasta bombas de agua, trapiches y candados. No muy lejos de allí se encuentra un centro estatal de investigación donde se concentran más de 50 científicos que experimentan y estudian para comprender y aprender a utilizar la Orinoquia colombiana. Y al norte de estos dos enclaves científicos y tecnológicos se halla la Serranía de La Macarena, parque nacional natural que constituye uno de los fenómenos geográficos y ecológicos más interesantes de Colombia.

De 120 kilómetros de longitud, 30 kilómetros de anchura y alturas mayores de los dos mil metros sobre el nivel del mar, la Serranía de La Macarena es algo insólito porque aunque se halla apenas a40 kilómetros de los Andes, no pertenece del todo a este sistema orográfico sino que misteriosamente su flora y su fauna pertenecen al escudo de las Guayanas y al sistema de los Tepuyes, que se encuentran a más de dos mil kilómetros al oriente, en los límites entre Venezuela y Brasil. De esta manera, se trata de una ínsula geográfica y biótica donde se dan cita numerosísimas especies animales y vegetales de la Orinoquia, de la Amazonia y también de los mismos Andes, dentro de un caso único en el contexto tropical. Portentosa montaña de selvas tupidas, colmadas de abismos y de lianas, La Macarena está surcada por grandes ríos y constituye un territorio que debe ser conservado como un santuario científico para la humanidad.

Al sur oriente de la Serranía, muy adentro entre las sabanas del Vichada, se encuentra "Gaviotas", un proyecto que pretende encontrar la tecnología apropiada de bajo costo e impacto ambiental cero para explotar los recursos naturales de la franja tropical del planeta. Allí se desarrolló la idea del molino de viento de doble efecto y se adecuó a Colombia un óptimo sistema de energía solar de uso doméstico ? hoy día más de 2.000 apartamentos en Bogotá y Medellín usan este tipo de energía solar desarrollado por "Gaviotas". Se trata en realidad de aplicaciones elementales pero importantes para el desarrollo del Tercer Mundo, con el propósito de investigar directrices de asentamientos humanos en armonía productiva y no simplemente contemplativa con la naturaleza, dentro de un concepto de racionalidad tropical que pretende, entre otros objetivos, el aprovechamiento de la energía solar, mini?hidráulica y eólica, para la fabricación de equipos sencillos, de fácil operación y mantenimiento y que no requieran combustible. Todos estos esfuerzos se orientan hacia la promoción humana, y hacia la adecuación de una tecnología con dimensión social al servicio del área más pobre de la tierra.

Y más hacia la cordillera, se encuentra la Granja Experimental Carimagua, dependiente del Instituto Colombiano Agropecuario, ICA. Allí varias decenas de científicos provenientes de distintos países tropicales investigan variedades vegetales para la mejor y más eficaz utilización de los suelos de la Orinoquia y la Amazonia. Uno de sus principales hallazgos fue la adaptación a medio de la especie forrajera " Braquiaria". Esta especie vegetal es de gran trascendencia pues permite que en los Llanos, donde se necesitaban hasta diez hectáreas para alimentar una res, ahora sólo se requiera una hectárea por res.

La introducción de este pasto a los Llanos, así como el programa adelantado por "Gaviotas" en el sentido de sembrar 600 mil hectáreas de pino Caribe, le podrían generar al país en el futuro tantas divisas por concepto de explotación como las que actualmente recibe por concepto de explotación de café.

En el nivel investigativo, también de la Amazonia y la Orinoquia, se destaca además, la Corporación Araracuara para el Desarrollo. Con sede en distintos parajes de la región, esta entidad estatal adelanta trabajos de investigación agrícola como el del cultivo del cacao en el bosque nativo, el cultivo de hortalizas y verduras con métodos sencillos y adecuados a las condiciones climáticas y a la composición del suelo de la región, y trabaja igualmente en la implantación de un sistema eficaz de mercadeo para la producción agrícola de los colonos y los indígenas, que impida la acción de los llamados intermediarios nómadas, los que a la larga se quedan con el usufructo de su trabajo.

Así, este hasta ahora inexplorado territorio colombiano ofrece la perspectiva de brindar al país algo más que la belleza primigenia de su naturaleza salvaje.

La Amazonía.

Además de los 10 mil kilómetros cuadrados que conforman el llamado trapecio amazónico, el que es una cuña del territorio colombiano que penetra hasta orillas del río más caudaloso del mundo, Colombia es, en realidad, un país auténticamente amazónico, en la medida en que cuenta con 403 mil kilómetros cuadrados de selva amazónica, lo que equivale a una extensión mucho mayor que la de varios países europeos, pero asombrosamente es una porción relativamente pequeña de lo que es la selva tropical más grande del mundo.

La Amazonia colombiana es un verdor que se extiende desde el Caquetá hasta Leticia, como un mar de bosque que es calificado como el pulmón del mundo. Ríos de aguas amarillentas, otros de corriente negra y otros transparentes conforman una compleja urdimbre fluvial. Sólo estos caminos de agua, que son apenas como rasguños en el espeso follaje verde e infinito, sirven de guía a los aeroplanos que acometen a diario la peligrosa travesía por la Amazonia colombiana. A orilla de grandes ríos como el Caquetá, el Putumayo y el Amazonas, existen algunas concentraciones urbanas de mediano tamaño, pero lo cierto es que en estos 403.000 kilómetros cuadrados ?que son aproximadamente la tercera parte del territorio nacional? apenas viven unos cien mil colombianos y recuérdese que en la sola capital del país, Bogotá, hay más de seis millones de habitantes ... ! En ninguna parte del país existe tanta tierra para tan pocos hombres.

Pero si los hombres no están allí es porque las condiciones de la naturaleza son mas que agresivas para la presencia humana. Es el caso de La Tagua ?sobre el río Caquetá? y Puerto Leguízamo, a orillas del Putumayo y frente al Perú, donde sólo existen 20 kilómetros de distancia para cubrir estos dos puntos; tos; sin embargo el Estado colombiano lleva casi veinte años intentando pavimentar esta corta distancia puesto que las inundaciones, los violentos aguaceros y la dificultad para transportar los materiales, lo han impedido.

No obstante la acometida de la naturaleza, los colombianos han logrado casi milagros en su porción de la gran selva de la tierra. Lo demuestra el caso del departamento del Caquetá. Allí, en lo que hasta hace 40 años era pura jungla virgen, ahora se han abierto vastas extensiones de praderas y pastizales les donde crecen más de 500 mil cabezas de ganado. Florencia, la capital de este departamento, es una de las ciudades de más vertiginoso crecimiento durante los últimos años, al punto de convertirse en la única verdadera ciudad de toda la Amazonia colombiana, sede de una universidad y de todos los entes administrativos y culturales característicos de cualquier centro urbano andino. El departamento del Caquetá, aún con sus problemas actuales de orden público, es el fenómeno de colonización más interesante de los últimos tiempos en el país. De alguna manera se le podría comparar con lo que fue la colonización antioqueña del occidente colombiano: millares de colonos provenientes especialmente del Tolima y Cundinamarca, en su mayoría familias pobres que huían de la violencia de los cincuentas, se adentraron por las vegas de ríos como el Orteguaza y el Caguán, y con gran esfuerzo físico, en ocasiones al costo de la vida de sus propios hijos, lograron despejar la selva y poco a poco ir civilizando las praderas donde hoy pasta buena parte de la ganadería del país.

De la misma manera, 700 kilómetros abajo, en la población de Leticia, capital de la comisaría del Amazonas, Colombia ha logrado establecer otro polo de desarrollo de la región. A raíz de¡ conflicto con el Perú en la década de los treinta, se apoyaron los asentamientos de colonos en esta región y en la zona de Puerto Leguízamo, en el Putumayo. En la actualidad Leticia tiene aproximadamente cincuenta mil habitantes, y este enclave amazónico constituye un centro con mayor desarrollo social y urbanístico que la propia ciudad de Tabatinga, en el sector brasileño vecino. Pequeñas industrias manufactureras, gran actividad comercial, notable movimiento bancario y una gran afluencia de turistas, hacen que Leticia sea como un pequeño Manaos colombiano. Y el río Amazonas a sus pies es, antes que todo, su mayor atracción y su fuente de vida.

Lo que tiene la selva.

A finales del 1984 estuvo en Leticia, de incógnito, el actor norteamericano Jack Nicholson. De manera furtiva le dijo al guía de turismo que él había venido solamente por experimentar algo que lo aproximara en lo más posible a la idea o a la sensación de la muerte. El guía aceptó el reto y lo llevó a la comunidad de los indígenas Yaguas. Allí lo indujo a una ceremonia de yagé. Extraído de un bejuco que sólo los nativos saben reconocer entre el espeso follaje de la selva, se trata de un "bebedizo" que una vez se consume produce los más aterradores efectos alucinógenos. Según la tradición de la mayoría de las tribus amazónicas, los primeros que beben el yagé son los "Curiacas" y "Shamanes", caciques y sacerdotes de la tribu, y durante varios días entran en trance, tiempo en el cual se aproximan a las divinidades del jaguar y la serpiente. De la misma manera, durante dos días el actor Nicholson vivió la insondable experiencia que hasta ahora no ha sido narrada por hombre blanco alguno. Sólo quedó la visión de los estentóreos delirios del actor y después la soledad y el silencio y la aceptación de que había sido la ocasión de su vida en que más se había aproximado a la idea de la muerte o del más allá.

Este es apenas uno de los muchos misterios que entraña la selva amazónica. Más allá de cualquier exotismo turístico, la Amazonia colombiana es un laberinto inextricable geográfica y culturalmente. Nadie entiende todavía el ritual indígena de la "Pelazinha", o sea, la rasurada del pubis de la mujer y su prisión y escarmiento público cuando llega el período de la pubertad. Menos aún se comprende que en pleno siglo XX viajando en avioneta y con buena suerte se pueda divisar en lo profundo de las selvas, las rancherías y malocas de tribus que jamás han realizado contacto con el hombre blanco o que, atemorizadas por la esclavitud de las caucherías que finalizó hace más de 60 años, huyeron desde entonces y jamás han querido tener relaciones de ninguna índole con la llamada civilización". También es un misterio elemental pero maravilloso, poder tener en la mano, ahí en la plaza de Leticia, un mico" Piel roja", que es el primate más pequeño del mundo ya que apenas tiene diez centímetros de longitud, incluyendo la cola. Igualmente es casi ilógico poder navegar por el caudaloso Amazonas y comprobar que mientras en la orilla colombiana brilla un sol deslumbrante, en la ribera peruana cae un torrencial aguacero; o en las lagunas amazónicas, contemplar la Victoria Regia, la hoja más grande del mundo pues alcanza casi dos metros de diámetro. Como en el envés de la hoja, las nervaduras son fuertes y prominentes en razón de la adaptación alcanzada para resistir mejor la violencia de las crecientes del torrentoso río, inclusive un hombre puede descansar sobre la Victoria.

Y en el interior de este inmenso mundo vegetal envuelto en vapores calientes provocados por las altas temperaturas y por las lluvias diluvianas que no cesan de caer nunca, se da la hermosa lucha por la vida y por los alimentos. Entre los grandes árboles, una red densa de bejucos y lianas cargados de epífitas se la han ingeniado para absorber el agua en estado gaseoso y para utilizar las ramas de los vegetales mayores y así alcanzar la luz que los primeros monopolizan casi totalmente: orquídeas de todos los matices de¡ morado, lila, fucsia y rosado, helechos y bromeliáceas, pueblan las frondas. Y entre éstas, una increíble y diversa cantidad de antropoides: uapusas, sakís, uacarís, caís, tamarinos, monos araña y tití, y también los monos perezosos, que pueden permanecer todo el día inmóviles colgados de una rama. Y en la penumbra de la maleza vagabundean el jaguar o tigre americano en busca de los venados y los pecaríes, que son las presas de su sustento. Pero también acechan otros felinos más pequeños como el tigrillo y el gato?tigre. Y encumbrados en las ramadas más altas las multicolores guacamayas llamadas Colombia por poseer los tres colores de la bandera de la patria ?amarillo, azul y rojo? y los ¡oros parlanchines disputan las bayas y los frutos a los tucanes, hermosas aves de pico enorme y colores contrastantes sobre el negro de su talle. Y también entre los árboles se deslizan silenciosamente las serpientes para sorprender a los micos pequeños o a los pájaros en sus nidos. Tortugas enormes, cocodrilos y caimanes habitan las ciénagas y las riberas de los ríos. Y siempre ronda por la selva la anaconda, la gris verdosa mayor de las serpientes, de siete metros, no es venenosa pero en cuestión de segundos estrangula a cualquiera. Su crueldad sólo se compara con la de las pirañas, una de las dos mil especies de peces que pueblan la hoya del río Orinoco y del río Amazonas, la cual ataca por centenares devorando en escasos minutos a un mamífero mayor o a un hombre.

Así, nunca se concluiría de narrar lo que tiene la selva, entre otras cosas porque en fin de cuentas nadie lo sabe...

Hacia el mundo perdido.

Las lejanías de los territorios nacionales colombianos son siempre una seductora pero a veces peligrosa tentación. No es gratuito afirmar que ellas guardan las sensaciones más singulares y únicas de todo el país nacional. Para el viajero no o es solamente practicar allí un turismo diferente, es la aproximación a una geografía y a una realidad social y cultural que están mucho más allá de la relativa homogeneidad de la región andina y costera del país.

Hay tantos sitios, tantos parajes, tantos rincones, tantos panoramas, tantos paisajes, tantas cosas por ver... Por ejemplo, el valle del Sibundo y, en el Putumayo, es una región desconocida y deslumbrante, que no aparece en los mapas turísticos del país, situada cerca de donde hace muy poco se encontró una increíble mina de oro que parece ser el yacimiento de socavón más grande jamás descubierto en el país. También está Araracuara, donde antes funcionó una célebre penitenciaría. Allí el río Caquetá, encañonado por rocas hasta de 150 metros de altura, parece que fuera a ser estrangulado. "Cachiveras" o raudales también se pueden conocer en Maypures en el Orinoco o en las corrientes de Guaviare y el Vaupés. En las cercanías de Puerto Inírida, en el verano se forman en el cauce del río inmensas playas de arenas blancas, incomparables por su belleza y tersura, y prácticamente únicas en los ríos de la Amazonia y Orinoquia. Si se viaja a Leticia se puede vivir la experiencia ya muy rara en el mundo de participar en la caza de un caimán negro, o de visitar comunidades humanas como las de los indígenas Yaguas o Ticunas, que en pleno siglo XX viven cerca de la Edad de Piedra.

Pero en realidad la dimensión de los territorios nacionales de Colombia no puede ser la de¡ turismo exótico. Las grandes llanuras del norte y las selvas del sur ofrecen sobre todo la visión de un mundo que tendrá que entrara producir en el futuro una alternativa para el hombre colombiano, sin trastornar su reserva de flora y fauna, clave para el mantenimiento de¡ sistema ecológico de¡ país y de continente americano entero.

Su inmenso potencial forestal, la reserva de energía hidráulica que guardan sus ríos, son por ahora apenas grandes desafíos para el futuro. En la actualidad sólo el cinco por ciento de sus suelos son aprovechados para la agricultura y la ganadería. De esta manera, este territorio aún primigenio en su naturaleza, expresa ese otro rostro de Colombia que es tan vasto e imprevisible que ni siquiera los propios colombianos pueden visualizar. Para muchos es un mundo perdido. Pero necesariamente, a medida que se satura más y más la región andina, estos 643 mil kilómetros cuadrados de llanos y de selvas se van perfilando como la última frontera de los colombianos. Cuando en los pequeños poblados y caseríos de estas lejanías flamea la bandera de la Cruz Roja colombiana, se piensa que la solidaridad y la esperanza acompañarán el progreso de estos territorios tan vastos e imprevisibles como el alma humana.

 

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