Semana Santa en Popayán

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Una procesión de la tradición a la eternidad

Tomado del libro de Alcide D’ Orvigny Voyage dans 		les deux Amériques. París, Furne, 1853. Paso del Santo Ecce Homo.
Pequeña sahumadora. Durante la semana que sigue a la Semana Santa, se realizan cada año en Popayán las "procesiones chiquitas", una réplica exacta de las grandes, que constituyen al mismo tiempo una escuela de devoción semanasantera y una tierna muestra de la irreverencia cariñosa de los popayanejos hacia lo que ellos mismos consideran más sagrado.
Parque de Caldas.
Cúpulas de la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción y de la iglesia de San José.
Calle Quinta con las iglesias La Ermita y Belén.Interior de la iglesia La Ermita. Cada año se renuevan los ritos de la Semana Santa, que en 1998 completaron 450 años de existir en Popayán, lo cual permite que a pesar de que sólo de manera excepcional cambie o se agregue alguna imagen, o se modifique levemente alguno de los personajes tradicionales, las procesiones siempre sean inéditas, aun para quienes en una u otra forma, año tras año, participan de ellas.
Aspecto de la calle quinta y torre de la iglesia de La Encarnación vista desde adentro de la iglesia de La Ermita.
Sahumadora en la procesión del Viernes Santo.Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción.
Fachada lateral y Torre de la Iglesia de Santo Domingo, cuya construcción se inició en 1575. A causa de los terremotos que han ocurrido en la ciudad, se ha reconstruido varias veces.Iglesia de Belén y Parque de Caldas. Iglesia de Santo Domingo y claustro de la Universidad del Cauca.
Paso del Cristo de La Veracruz:  Imagen de la Escuela Sevillana, en su fase de transici—n del clasicismo al realismo, ejecutada por el gran imaginero español Martínez Montañez, en el primer cuarto del siglo XVII. Santiago Sebastián.

Texto de: César Negret Mosquera
Gobernador del Cauca

Hacía falta un gran libro sobre la Semana Santa en Popayán.

Una obra que intentara captar, o por lo menos, aproximarse a todas las razones que hemos tenido los popayanejos para conservar esta tradición centenaria. Para entender esas motivaciones, heredadas y recónditas, que han llevado a todas las generaciones precedentes y, seguramente, a las que nos sucederán en el transcurso de los siglos, a hacer que cada Semana Santa tenga en Popayán, mayor esplendor que la anterior.

Porque, ateniéndonos a la primera referencia históricamente confiable, en 1558, hace cuatrocientos cuarenta y un años, el rancherío que don Sebastián de Belalcázar fundara veintiún años atrás, ya vestía sus pocas galas para que el reducido notablato español que allí habitaba desfilara el Jueves y el Viernes Santo, flagelándose, contrito, detrás de las imágenes objeto de su devoción. Esa actitud penitencial debió ser el origen de nuestras procesiones, su más remoto comienzo.

Cuenta una hermosa leyenda que, algunos años antes, en una de esas noches de la semana mayor, la naciente ciudad se salvó, sin saberlo, de un ataque arrasador preparado por los indígenas de la región. Varias tribus vecinas –paeces, pijaos, tunibíos y yalcones–, acosadas por el hambre y el mal trato de los invasores, habían resuelto tomar por sorpresa a la desprevenida población y asestarle el golpe de gracia.

Sigilosamente, apostados detrás del Cerro de la Eme, miles de nativos esperaban la noche para acabar con ese nido de intrusos “que habían llegado a sojuzgarlos, a romper sus culturas incipientes, a perseguirlos, a explotarlos y exterminarlos, a someterlos al vasallaje físico y espiritual de un Rey extraño, cuya autoridad invocaban en lengua incomprensible, en nombre de un Dios desconocido”.

Había llegado la hora de la gran venganza. Sólo faltaba que cayera la noche y que saliera la luna. Pero, cuando el villorrio quedó sumido en la oscuridad, los atacantes vieron, aterrorizados, una especie de gusano de fuego que se movía lentamente hacia el emplazamiento en donde ellos estaban ubicados. Esa inesperada aparición fue suficiente para provocar la desbandada veloz de los despavoridos y espantados hombres. Su pavor no les había permitido identificar, en el terrorífico gusano de fuego, la procesión del Jueves Santo, que desfilaba, entre dos filas de alumbrantes, por la única calle de ese pueblecito pajizo, que más tarde sería Popayán.

Con el correr de los años, esta sencilla tradición religiosa, de inocultable origen español, se convertiría en el hilo conductor que unifica y eslabona todas las edades de la ciudad y en el motivo de orgullo que nivela y unifica a todos sus hijos.

A partir de entonces, ya en la Colonia, época de luchas y zozobras, cuando la ciudad vivía con la mano en la espada, presta a defender su precario poderío, ya en la heroica y turbulenta Independencia, cuando dos o tres generaciones de criollos y mestizos nacidos en la ciudad decidieron rubricar con su propia sangre el derecho a la libertad, año tras año el desfile procesional aumentaba y crecía, gracias a las generosas donaciones, aportes y legados de las gentes de la ciudad, a las que no les importaba que hubiera pasado la bonanza de los encomenderos, que estuvieran desocupadas las haciendas y abandonadas las minas, porque habían sacado sus tesoros de cofres y de arcones para financiar con ellos las luchas por la emancipación.

Popayán quedaba lejos de todo. Pero eso no era óbice para encargar a los mejores imagineros de la remota España, o a los de Quito, entre quienes se destacaba el indio Caspicara, o a los de Pasto –en donde siempre hubo verdaderos artistas–, Cristos, Dolorosas y todos los demás personajes de la pasión, incluyendo “los judíos”, a quienes el ingenio de la ciudad fue bautizando con los nombres de algunos personajes parroquiales, según el parecido que encontrara con ellos.

Los bellísimos y elaborados tejidos y brocados en plata y oro de los mantos y sitiales eran confeccionados en los conventos. La platería de las mallas, de las jarras, de los falsos, candelabros y parales, y el enchape en carey, nácar y marfil de las andas, los tronos y las carteras, corría por cuenta de artesanos y artistas que habían aprendido su oficio en la ciudad.

Pero todo esto habría sido imposible, de no existir un propósito cívico y un compromiso espiritual. Porque en Popayán es toda la ciudad la que se compromete y vive su Semana Santa. Desde el ciudadano común que encala la fachada de su casa, hasta los actores principales de tan magna tradición. Sin cargueros y síndicos, sahumadoras y regidores, moqueros y barrenderos, alumbrantas y pichoneros, simplemente no habría procesión. Todos ellos cumplen su misión con desvelado celo: el carguero, que junta sus últimas fuerzas para no desfallecer bajo el peso del barrote o tener que pasar por la vergüenza de “pedirla”, o el pichonero, a quien una mala acotejada le hace ver estrellas cuando presta su efímero servicio al comienzo y final de toda procesión.

Pero el peso de la tradición no sólo recae en los hombros de los varones de Popayán, sino que descansa sobre una profunda concepción espiritual de todos sus habitantes y sobre una modalidad de culto externo, que bien puede resultar anacrónica para otras gentes y otros credos.

Popayán ama las esencias que conforman su pasado y eso es suficiente. No son muchas las ciudades que tienen razones para hacerlo. Para nosotros, tradición es transmisión. Por eso fomentamos e inducimos a los hijos a iniciarse, desde niños, en la temprana escuela del carguero, que es, al fin de cuentas, a lo que equivalen las “procesiones chiquitas”, que salen en la semana de Resurrección. La tradición fluye y se conserva en ese ritual de repetición inexorable: lo que nuestros padres hicieron con nosotros, lo haremos nosotros con nuestros hijos. Cadena interminable, que se inicia cuando los niños de Popayán hacen su primer intento por cargar un pequeño paso sobre sus hombros todavía frágiles…

Nos sentimos orgullosos de cerrar este libro con un broche de oro cultural. Desde hace 35 años durante la Semana Santa se realiza, sin interrupciones, el famoso Festival de Música Religiosa de Popayán. La idea original de aprovechar la gran afluencia de turistas que llega a ver las procesiones, pero, sobre todo, el magnífico escenario de arte colonial que viste nuestros templos, había sido del maestro Wolfgang Schneider, notable músico, de origen vienés, que dirigía el Conservatorio de Música de la Universidad del Cauca. En buena hora, el Profesor Schneider tuvo la ocurrencia de ofrecer algunos conciertos durante la Semana Santa de 1959. Con gran esfuerzo y los escasos recursos de que se disponía, logró traer los conservatorios de música de Cali y de Pasto. Con ellos y el de Popayán armó un sencillo programa de conciertos, que no tuvo continuidad en los años inmediatamente siguientes.

Pero la semilla estaba sembrada. Un grupo de melómanos de la ciudad, liderados por Edmundo Mosquera Troya, retomó la idea del profesor austríaco, dándole forma y vida al proyecto. En 1964 se organizó el Primer Festival Nacional de Música Religiosa que, afortunadamente, se conserva hasta hoy. Mantener su alto grado de calidad musical ha sido una proeza. Hoy se fundió, en afortunada simbiosis, con nuestra más preciada tradición. Atrae su propio público y ya los popayanejos no concebimos procesiones sin conciertos.

Hemos procurado que este libro tenga el sabor auténtico de Popayán, que equivale a decir el sabor de nuestra Semana Santa y nuestro Festival de Música.

Más que como Gobernador del Cauca, he querido vincularme a este libro, editado y dirigido por Benjamín Villegas, con la colaboración de dos destacados escritores popayanejos, los doctores Gustavo Wilches-Chaux y Carlos Zambrano Ulloa, como un simple y orgulloso carguero del paso del Santo Ecce Homo, y Síndico y carguero del paso del Santo Cristo de la Veracruz.

A todos aquellos, cargueros, síndicos, sahumadoras, regidores, moqueros, barrenderos, alumbrantas y pichoneros, que hemos anhelado tener siempre en nuestras manos un testimonio gráfico y escrito de una tradición, que hemos sabido mantener y conservar, superando el desafío de los tiempos, porque la llevamos muy adentro del corazón, los invito a pasar esta hoja y adentrarnos en el mundo alucinante de nuestras amadas tradiciones. Tradiciones que queremos compartir con todos los lectores, en nombre de un Popayán eterno, que vivirá para siempre en el renovado esplendor de nuestras procesiones de Semana Santa.

 

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